Capitulo II

1. La Isla del Tesoro

Desde las ramas de los árboles más cercanos a la orilla, colgaban los frutos más maduros y apetecibles que jamás habían visto. Más allá, otros árboles frutales mostraban sus frutas de color rosado y amelocotonado. Las flores parecían formar un manto tupido que cubría el suelo y que trepaba por los troncos de los árboles. Este paisaje yacía tras la arena de la playa, que brillaba como si en ella estuvieran esparcidos miles de diamantes. Justo donde la arena empezaba a convertirse en tierra húmeda, se alzaban flores y árboles frutales que a unos metros se convertían en un espeso bosque que parecía hecho de terciopelo verde. En el centro aparecía la pequeña colina, aunque desde la distancia a la que estaba la embarcación resultaba casi imposible advertir todos estos detalles.

Sobre la cima de la colina, sobre los altísimos árboles del bosque y sobre las frutas de los árboles situados a la orilla, había más loros. Parecía que sobrevolaban en millares, y muchos de ellos se juntaban tanto que daba la impresión de que fueran enjambres de abejas de colores.

Mientras, algunos de los loros que se habían asentado en los palos y mástiles de la embarcación la abandonaron y se dirigieron hacia la orilla de la playa. En cambio, otros permanecían en el navio, dando vueltas y más vueltas por encima del mástil principal, o sobrevolando los botes de la Inoportuna o las cabezas de la tripulación. Volaban tan bajo que más de una vez llegaron a tirar al suelo los sombreros de los piratas. De vez en cuando, una bandada de cientos de loros cruzaba toda la orilla hasta llegar al mástil principal, donde se reunían con sus compañeros. De pronto, plumas y excrementos de animales empezaban a caer desde el cielo como copos de nieve.

Las palas y picas que habían traído para cavar caían al suelo de la cubierta formando un escándalo estrepitoso y los cabos y cuerdas que habían traído para trepar empezaron a enredarse formando una tremenda maraña.

- Pero ¿qué es todo esto? ¿Qué les pasa?

- ¡Espántales con las manos y los brazos, Whus- kery! Mirad, uno acaba de echarme a perder el abrigo…

- ¡Por todos los dioses!

- Baj…

- Ees…

- ¡Maldita sea! ¡Ha entrado por el calcetín!

Muck no paraba de ladrar mientras pisoteaba a todo el mundo. Mientras tanto, espadas y alfanjes chocaban entre sí y los loros se perseguían los unos a los otros. Además, resultaba imposible distinguir a Plunqwette entre las enormes bandadas de plumas de colores.

Entonces, Art gritó con todas sus fuerzas:

- ¡Disparad hacia el aire! ¡Señor Vooms! ¡Señor Dirk! Apuntad bien, no quiero que ningún loro quede herido, ¿entendido? Los demás, no os mováis.

Art también se unió a los disparos de sus compañeros.

La multitud de loros graznaba y agitaba las alas enérgicamente mientras se dirigía directamente hacia el corazón de la isla. Presumiblemente, Plunqwette se había unido a los de su especie.

La tripulación se retocaba los ropajes, que habían quedado bastante desarreglados después de aquel percance.

Art contemplaba la isla gracias al catalejo de Ebad.

Algo de color negro parecía estar al acecho, merodeando por el verdor luminoso del bosque. Al principio, no estaba muy segura de lo que era. Además, en la cima del acantilado parecía haber un débil rubor que se esparcía por la vegetación.

Mirando hacia el otro lado, la colina permanecía sin movimiento alguno, tupida por el manto de los árboles. Lejos de todo eso, la playa yacía bañada por las aguas cristalinas del océano. De hecho, la colina parecía estar de más en la isla.

Una vez hubieron echado el ancla en las aguas más cercanas a la playa, la Inoportuna flotaba sobre un océano del mismo color que el té. Tan sólo dos hombres se quedaron a bordo de la embarcación: Salt Peter, quien se había agarrado al mástil principal como un clavo ardiendo y, muy bien atado a su camastro, Felix Phoenix, su antiguo amigo.

Entonces, Black Knack dijo:

- Y bien, capitana, ¿por dónde empezamos a cavar?

- Aquí, no -respondió Art-. Caballeros, les contaré lo que tengo en mente. Esta parte de la isla, aquí abajo, cuando sube la marea, queda cubierta por las aguas del océano, así que queda sumergida. Bueno, quizá no pasa cada día, pero sí muy a menudo. ¿Podéis ver eso de allí tan oscuro entre los árboles? Es una zona que se está recuperando después de haber estado sumergida en estas aguas y cubierta por salmuera marina. Se comenta que mientras se encuentra sumergida está conservada, al igual que la carne se conserva en vinagre y especias. Como podéis observar, el resto ya está del todo recuperado.

- Tiene razón -dijo en voz baja Eerie-. Es por eso que dicen que huele tan mal. Cuando sube la marea, la playa, los árboles frutales de los extremos y la zona forestal del interior se hunden y quedan sumergidos en el océano. Todo lo que se sumerge, muere. Después, cambia la marea, y todo vuelve a salir a la superficie. Tal y como ha dicho Art, parece que la isla, bajo las aguas, se conserve…

- Entonces, poco a poco la isla empieza a cobrar vida, las hojas, flores y frutos empiezan a brotar otra vez -finalizó Whuskery-. Hasta que vuelva a subir la marea y vuelva a sumergirse.

- La parte inferior del mapa está completamente quemada -dijo Art-. Puede que no haya sido un accidente. De hecho, yo creo que ha sido intencionado, deliberado. Muestra cómo las aguas del océano cubren la isla, y muestra la única parte de la isla que siempre se mantiene en la superficie, que es el acantilado -apuntó-. Como podéis ver, hay vegetación, y ésa es la razón por la que todos los loros se dirigen hacia allí cuando el resto de la isla está completamente bajo el agua. Por otra parte, cuando una embarcación navega por estas aguas seguramente no aviste otra cosa que una roca pedregosa, nada que pueda hacer pensar que vale la pena ir hasta allí para investigar.

- Entonces, ¿cómo podemos saber cuándo va a volver a sumergirse? -preguntó Whuskery intranquilo.

- No podemos saberlo. Las mareas son muy extrañas en esta zona, de eso estoy segura. Nadie que conozca este hecho enterraría aquí un tesoro, ni siquiera en la cima de la colina.

- Entonces, ¿dónde…?

- En lo más alto del acantilado, caballeros. ¿Dónde si no?

- Pero, capitana… las rocas son muy escarpadas… ¿quién sería capaz de escalar el acantilado? Aunque contáramos con cabos y cuerdas, ¿cómo lo conseguiríamos?

- Veamos a ver si podemos adivinarlo.

- ¡Peter!

Salt Peter, quien empezaba a rozar la locura sobre la cubierta, escuchaba la voz de Felix, que no paraba de llamarlo y gritarle desde las cubiertas inferiores.

Peter bajó hasta la cubierta inferior y miró hacia la lúgubre habitación, donde tan sólo un camastro arrinconado ejercía de ornamento.

- ¿Qué quieres?

- Me preguntaba si serías tan amable de desatarme.

- No.

- Peter, sabes de sobra que no soy peligroso. No sé luchar y no sé nadar. Te doy mi palabra de honor de que no haré nada. Pero me estoy muriendo de calor aquí abajo.

- No -contestó Peter-. Lo siento mucho, pero no lo haré, canalla. Además, si hiciera lo que tú dices, ella me despellejaría.

- ¿Quién? ¿Art? Pero ella no mata, o eso es de lo que presume.

Peter no volvió a abrir la boca. Subió la escalera y cerró la escotilla de un golpe seco.

Felix suspiró y reemprendió la tarea que ya había comenzado: deshacer la cuerda con la que estaba atado con una pequeña lima que había encontrado sobre la cubierta el día anterior.

El camino a través del bosque de la isla, que debía medir casi un kilómetro, resultó ser, en un principio, realmente apasionante.

- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Son joyas!

Todos miraban las orquídeas de los helechos que se alzaban desde el suelo.

- Sólo son flores.

- No, imbécil. ¡Míralo bien! ¡Es un zafiro del tamaño de mi ojo!

Y lo era.

Art, ahora consciente de que no era capaz de distinguir una piedra preciosa real de una falsa, preguntó cautelosamente:

- ¿Es cristal?

- Sin duda, no lo es. Es tan verdadero como la luz del día.

En un principio, decidieron quedarse con el zafiro. Según la ley pirata, el botín pasa a ser propiedad común que tiene que dividirse casi en partes iguales. Dos partes para el capitán y una parte para cada miembro de la tripulación.

Pero después se encontraron con seis berilos deslumbrantes y, más tarde, con siete de color granate. Por si fuera poco, en uno de los caminos por los que corría algo de agua del océano que aún no se había evaporado, encontraron puñados de monedas de plata y pepitas de oro cubiertas de algas, que se habían quedado atrapadas en las esqueléticas raíces de los árboles y en espinas y conchas pertenecientes a antiguos animales acuáticos.

- Aquí yace una gran fortuna.

- Pero, ¿qué tipo de tesoro está enterrado en esta isla como para dejar esparcidas por la isla riquezas como éstas? -susurró Eerie.

- Sea lo que sea lo que esté esparcido por esta isla, no es más que una ofrenda al destino -dijo Ebad-. Así que mejor dejemos estas riquezas donde estaban, camaradas. Seguramente nos traerán mala suerte, pues ni tan sólo el océano se las ha llevado consigo.

De forma precipitada, todos los que habían recogido estas riquezas las volvieron a arrojar al suelo, sobre el fango y las conchas. Pues es sabido que tanto los piratas como los actores se caracterizan por ser supersticiosos.

Así pues, con los bolsillos vacíos salieron del bosque y continuaron su camino. La luz del sol era tan intensa e impetuosa que les cegaba los ojos.

El acantilado se alzaba vigoroso y poderoso ante la lisa superficie.

- No se puede escalar.

- Tiene que haber una manera -dijo Art.

- Diez kilómetros hacia arriba, eso es lo que aquel loro dijo. Realmente, parece que tiene razón. Quizá con una cuerda no se agriete, no, o mejor con un agarre.

Art sacó el mapa, se puso de cuclillas y lo extendió sobre el suelo. Todo el mundo se agachó y lo observó con atención.

Después, se sentaron. El sol los alumbraba a todos ellos, y también al mapa del borde quemado, con su indescifrable código de letras, con las oes, y las tes, las haches, las erres, las íes griegas… Y, cómo no, alumbraba al inalcanzable acantilado.

- Fantástico. Esos pajarracos revoltosos ya están de vuelta.

Horrorizados, Art y la tripulación miraron hacia el cielo.

Como si aplaudieran con las alas, tintados de todos los colores del arco iris y farfullando entre las nubes, los loros empezaron a descender desde el sol directamente hacia su ubicación.

Tal y como iban descendiendo, llenaban la atmósfera no sólo con pelusa y otro tipo de cosas, sino también con palabras.

Ahora, cada loro graznaba palabras, palabras incomprensibles y sin sentido en inglés. Pero Art también los había escuchado decir palabras en francés y en español, incluso en latín, lengua del mundo antiguo, y otras lenguas de las que jamás había oído hablar, pero que Molly le había enseñado.

Su tripulación también se había dado cuenta de la variedad de lenguas que repetían.

- ¿Es griego?

- Es africayano… conozco bien ese dialecto…

- Es chino mandarín, estoy seguro. La verdad es que no lo hablo, pero lo he oído hablar.

- Yo diría que es hindi… la lengua de la Indie.

Al fin los loros aterrizaron.

Ya no volaban sin rumbo alguno, sino que permanecían en tierra firme. Así, a primera vista, parecía que fueran más de doscientos ejemplares, y todos estaban allí, posados sobre sus cortas y peludas patas, con las alas recogidas y bien ajustadas a su pequeño cuerpo, moviendo sus cabezas con el mismo vigor que cuando graznaban, con sus ojos color perla pestañeando, chasqueando el pico y zarandeando de un lado a otro sus lenguas negras.

Balbuceaban fragmentos y partes de las frases más desconcertantes y disparatadas jamás oídas…

- ¡Pájaro de hueso! ¡Ocho, y luego, ocho más! ¡Golpear justo ahí! ¡Dieciséis pasos! ¡Veintiún pasos! ¡Derecho o al suelo! ¡Quitad la tapa! ¡Diecinueve! ¡Mirad qué pálido estoy! -Esta última provenía de un loro que ostentaba los colores púrpura intenso, negro y turquesa.

¿Cómo podrían saber dónde empezaba la retahila de frases y dónde acababa? Entre los parloteos absurdos y balbuceos de alaridos podían distinguirse algunas voces que parecían provenir de seres humanos, mientras que muchas otras procedían inconfundiblemente de loros.

Entonces, a través del tumulto se escuchó el característico graznido trompetero de la misma Plunqwette, que ya no sonaba en lo más mínimo a la voz de Molly.

- ¡Diez kilómetros hacia arriba! ¡Diez kilómetros hacia arriba!

Desesperados los piratas en busca del verdadero tesoro, que nunca habían abierto un cofre que no fuera entre bambalinas y sobre un escenario, se miraban los unos a los otros. Si ésta era una especie de pista, o un código, ¿cómo lograrían adivinar lo que significaba? Fuera quien fuera quien hubiera enseñado a esos pájaros, tan sólo les había enseñado fragmentos de un elaborado discurso. Centenares de retazos de un mismo discurso, como un rompecabezas cuyas piezas están dispersas o como un plato hecho añicos que nadie se ve capaz de reconstruir.

Cuando Felix subió a la cubierta principal, Salt Peter, el único que se había quedado a bordo haciendo guardia, miraba con celos hacia la isla. No prestaba atención a nada más que no estuviera relacionado con ella.

Felix se acercó sigilosamente hacia él por la espalda y, a regañadientes, colocó una pistola, una de las muchas que se guardaban en el almacén, justo en el cuello de Peter.

Peter dio un salto del susto.

- Lo siento. Ayúdame a bajar un bote.

- La capitana dijo…

- Voy a ir a la isla.

Ambos se miraron afligidos.

- ¿Por qué quieres ir a la isla? ¿Es que acaso quieres tomar más notas como pruebas contra nosotros, para que así nos cuelguen?

- Quizá. Y mi intención es ver con mis propios ojos el tesoro que están buscando, si es que realmente existe.

- ¿Quieres una parte? No me lo puedo creer. Obviamente, no lo repartiremos contigo, rata callejera.

Felix blandió la pistola.

- Quiero saber si toda esta pesadilla en la que estáis metidos es verdaderamente real. Ahora, un bote.

Entonces, Felix pensó: «He aprendido el método adecuado para amenazar, Dios me ayude. Aunque, la verdad, creo que funciona».

Peter se acobardó y dijo:

- Si tú vas a la isla, entonces yo iré contigo.

- Perfecto. Serás tú quien tome los remos, señor Salt. Durante estos días he remado todo lo que debía remar en esta vida.

- ¿Qué te hace pensar que seguirás con vida cuando Art te vea?

Finalmente, el bote se alejó del navio. La Inoportuna Forastera se quedó flotando sobre un reflejo trémulo justo en el lugar donde las aguas del océano azul se mezclaban con las aguas ámbares. No había ninguna otra isla a la vista, y tampoco ninguna embarcación más. Estaban completamente solos. Su única compañía era la isla y los loros que cacareaban desde lo más alto de la colina, cuyas plumas relucían con la luz del sol y parecían figuras hechas a partir de rubíes y esmeraldas, zafiros y topacios, diamantes y oro… Sin duda, ése era el tesoro más preciado del mundo: la belleza.

2. La moda de los loros

«Art Blastside, debes descifrar este código. Ahora eres Pirática, así que hazlo -pensaba Art ferozmente-. Molly lo habría hecho, ¿verdad? ¿Lo habría conseguido? A veces pienso en los seis años que pasé en la Academia de Ángeles. La verdad es que he olvidado casi todo aquello. Ahora, es ésa la parte de mi pasado que mi memoria no logra retener ni recordar. En cambio, a Molly la recuerdo como si la hubiera visto ayer mismo. Así que, ¿qué es real, y qué no?»

Art pensaba en Felix, quien debía estar aún atado en la hirviente cubierta inferior.

«No pienses en Felix. Felix no es real», se decía a sí misma.

Art se sentó pensando en Felix, reteniendo su imagen en su mente. Instantes después, desvió la mirada hacia el mapa y siguió contemplando la esquina quemada y el código que no lograba descifrar.

La mayoría de los demás hombres que la acompañaban se había retirado hacia la linde del bosque, donde la luz del sol no alumbraba y el ambiente resultaba menos sofocante. Estaban comiendo los frutos de los árboles, una especie de magnolias o melocotones, pero que, al parecer, eran salados. Muck estaba recostado sobre algunos loros, jadeando bajo una enorme palmera y una telaraña de lianas, pues estaba agotado, al igual que todos los demás.

Los pájaros aún caminaban por su alrededor, entre el acantilado y los árboles, y la mayoría estaban tranquilos, a pesar de que de vez en cuando se escuchaba una serie de balbuceos sin sentido. Otros volaban hacia la lejanía, sin ni tan siquiera acercarse, como si parecieran desinteresados.

Honest Liar se aproximó con sigilo a Art con una expresión de seriedad en su rostro. Le ofreció a la joven un melocotón recién cogido del árbol, incluso aún mantenía unas cuantas hojas en el rabito.

- Gracias, Honest. Pero no sé si esto es comestible.

- Creo que se pueden comer.

- ¿ Cómo lo sabes ?

- Lo sé.

- A veces me da la sensación de que sabes muchas cosas que el resto de nosotros no sabemos -dijo Art con un tono dubitativo.

Honest bajó la mirada y empezó a sonrojarse hasta cobrar el mismo color que el pañuelo que llevaba en la cabeza.

- Nunca me han enseñado nada.

Art consideró la idea y después mordió la fruta. Estaba salada, pero se podía comer. A continuación observó:

- Honest, quizá tú seas el indicado para echar un vistazo a este mapa.

Así pues, Honest se acercó y se arrodilló junto a ella para contemplar el mapa más de cerca.

- Estas letras de aquí al lado podrían ser una pista -dijo Art-. Con eso ya tenemos algo. Y también contamos con todos estos loros. Pero…

Y entonces volvió a pensar en Felix, aunque se negaba a hacerlo. Así que decidió volver a la realidad y vio el ovalado rostro de Honest tan pálido como la luna misma.

Art estaba recostada con los ojos cerrados sobre el césped que había entre el inalcanzable acantilado y el sombreado bosque.

- Son los números de las letras, capitana Art.

- ¿Perdona? ¿Qué?

- Las letras del mapa. Esas oes y tes y el resto… son las letras del alfabeto. Y el alfabeto tiene veintiséis letras. A es el número 1, B es el 2, C es el 3… y Z es el 26. La verdad es que no me acuerdo de las letras que hay entre el 3 y el 26…

- ¡Honest! -exclamó Art levantándose de un salto.

- Así pues, los números que graznan los pájaros son los números de estas letras. Al parecer, el número de pasos. Si emparejas los números que dicen los pájaros en el mismo orden que los números de las letras del mapa… entonces, obtendrás el número de pasos que tienes que dar y el resto de pistas que van unidas a los pasos y que también se tienen que ordenar.

- Dios mío, Honest. Creo que has resuelto el enigma.

Art se sacó un lápiz de su bolsillo. No estaba muy afilado, así que difícilmente podría escribir encima del papel de cera. Sacó uno de sus cuchillos, lo afiló y después lo lamió. Escribió junto al lado de cada una de las letras del mapa el número correspondiente en el alfabeto:

0-15, 0-15, P-16. T-20, T-20, U-21. F-6, A-l, B-2. M-13, M-13, N-14. R-18, R-18, S-19. A-l, F-6, C-3. H-8, H-8,1-9. Y-25, Y-25, Z-26. F-6, A-l, D-4.

Art las leyó en voz alta.

Como un torbellino, la mayoría de los cientos de loros abrieron sus alas y alzaron el vuelo hacia el cielo. Tan sólo doce loros se quedaron en tierra firme rodeando a Art. Ella estaba completamente perpleja al ver cómo los loros habían cambiado totalmente su expresión.

- Estaban esperando la señal. Los demás eran aquellos que habían hablado en otras lenguas, aquellos a quienes habían enseñado la misma versión en español y en francés, en chino y en árabe, pues seguramente el alfabeto sería diferente y, por lo tanto, las pistas también debían de ser diferentes.

Art contemplaba a los doce loros que la rodeaban. Fue entonces cuando la joven se dio cuenta de que, entre ellos, se encontraba también Plunqwette.

Si los loros se caracterizan por vivir un centenar de años, o incluso más, entonces, ¿cuándo fue la primera vez que aprendieron el centenar, o quizá millar, de versiones del código?

Art se preguntaba cómo podía hacerlos hablar uno por uno y cuál sería el orden correcto.

- Esperad -ordenó Art-, Plunqwette es la prime ra. Tiene que ser la primera. «Playa, por Cobhouse», ella solía decir eso. Creo que significa que, con la playa y el bosque al pie de la orilla sumergidos, no existe manera alguna de llegar al punto correcto del acantilado y así encontrar el camino. A pesar de que fuéramos en un bote, no encontraríamos el camino. Seguramente, el camino está bajo el océano. Pero entonces… dice aquello de diez kilómetros hacia arriba… 10 corresponde a la J. Pero la J no está entre las letras que hay en el mapa… Bueno, de todos modos, intentemos con la primera letra, a ver qué sucede.

Art miró directamente a Plunqwette y con voz firme y clara dijo:

- Quince.

- ¡Tierra a la vista! -graznó Plunqwette-. ¡Playa, por Cobhouse! ¡Diez kilómetros hacia arriba! ¡Quince pasos hacia la izquierda!

Art frunció el ceño y se quedó pensativa. Después, volvió a repetir la misma palabra todavía con más claridad:

- Quince.

Entonces, un loro de color negro dio un paso hacia delante meneando sus alas de color mandarina, y finalmente dijo:

- Quince pasos más. Levantad los pies. Dieciséis pasos hacia la izquierda.

- Perfecto -siseó Art mientras comprobaba las letras del mapa.

Doble O y una P correspondían a quince, quince y dieciséis. Las siguientes letras eran dos T y una U. Así que Art anunció en voz alta hacia los loros:

- Veinte.

Un loro de color escarlata y con un pico del color del hierro alzó el vuelo y gritando dijo:

- Entrad por la roca. Veinte pasos hacia el interior. Veinte pasos más.

Uno tras otro, Art fue entrevistando a todos los loros, colocándolos en fila india como si fueran actores a punto de estrenarse que no se han aprendido muy bien el guión. Para cada número de letra, si se decía en el mismo orden en que aparecía en el mapa, un loro diferente respondía. En el caso de que más de un loro tuviera la misma letra, y por consiguiente el mismo número, éstos seguían un orden definido que continuaba siendo el mismo, de forma que jamás dos loros hablaban a la vez. Por ejemplo, Plunqwette y el loro gris y negro tenían el mismo número, el quince, pero ninguno de ellos habló a la vez. Algunos tan sólo tenían un número y un conjunto de pistas, mientras que otros tenían dos o tres números y una pista para cada uno de los números.

- ¿Qué hace nuestra pequeña Art? -preguntó Walter desde los árboles-. Oh, pero mira qué ricura, ella y Honest están conversando con los paj arillos.

Cuando Art se acercó a ellos como una tormenta eléctrica, con Honest pisándole los talones y los doce loros sobrevolándole la cabeza, la tripulación se alarmó ligeramente.

- Por todos los tambores, tenemos un problema…

- Tranquilízate, capitana. Y sé lo que estoy diciendo…

- Por favor, dejaos de tonterías y escuchad.

Art colocó a su coro de loros en fila india.

Cada uno de los loros dijo su frase.

Juntando todas las frases de los doce loros, el discurso tomaba la siguiente forma:

«1) Playa, por Cobhouse. Diez kilómetros hacia arriba. 15 pasos hacia la izquierda. 2) 15 pasos más. Levantad los pies. 16 pasos hacia la izquierda. 3) Entrad por la roca. 20 pasos hacia el interior. 20 pasos más. 4) Mirad qué pálido estoy. Golpeadme en la parte derecha, que de hecho, es la izquierda, 21 veces. 5) Cruzad a través de mí. 6 pasos hacia delante. 1 paso hacia la izquierda. 2 pasos hacia el faro. 6) Trepad hasta donde se puede trepar. 13 pasos hacia la derecha y 18 más. Levantad la tapa. 7) Liberaos de la oscuridad. 14 pasos hacia delante hasta el pájaro de hueso. 8) 18 pasos hacia la derecha y 18 más. Cuando deis el paso 19 os mantendréis en pie, o caeréis. 9) 1 paso hacia delante. 6 pasos hacia la derecha. 3 pasos hacia delante. 10) 8 pasos hacia delante y 8 más, podéis manteneros en pie, o caeros. 9 pasos hacia abajo. 11) 25 pasos hacia la izquierda. 25 pasos hacia delante. Contad 26 sobre el suelo. 12) Leed con la luz del sol. 6 pasos hacia el norte. 1 paso hacia el oeste. 4 pies os conducirán hasta mí».

- Esto se ajusta perfectamente al orden que siguen las letras del mapa -explicó Art a sus hombres-. Honest lo adivinó. Muchas felicidades, señor Honest.

De pronto, unas confundidas ovaciones emergieron de la confundida tripulación.

- Ahora, lo único que nos falta por saber es dónde empieza ese recorrido y comprender esas pistas astutas.

Ebad se había levantado. Instantes después, todos estaban en pie jadeando como Muck, como si hubieran estado corriendo durante horas.

Entonces, Ebad dijo:

- Tiene que haber algo marcado o escrito al lado del acantilado, Art. Algo que se relacione con la primera pista, que es la de Plunqwette, y que no sea la del cuadro de la playa, eso ya lo tenemos. Yo creo que todo empieza con la frase de diez kilómetros hacia arriba. Ese es el punto de partida.

- Pero aquí no hay nada que se dirija diez kilómetros hacia arriba -refunfuñó Black Knack, quien se había quitado el parche que llevaba en el ojo dejando a la vista de todos su mirada. Sus dos ojos brillaban como sucios, pero afilados, cuchillos.

Entonces, Dirk repitió, tal y como Art había dicho antes:

- Diez es el número de una letra. Concretamente, de la letra J…

- La J no está en el mapa. Pensaba que significa algo más.

Y Eerie agregó:

- Camaradas, acompañaremos a nuestra inigualable capitana, a nuestra querida Pirática, y recorreremos como halcones cada centímetro de esta maldita roca hasta encontrar el punto de partida.

Muck, acarreando una expresión de intolerancia, se levantó y siguió a sus camaradas hasta el acantilado.

El sol se desvanecía por el horizonte, y el acantilado empezaba a crear un pequeño dobladillo de oscuridad en el borde.

Los doce loros acompañaban a los buscadores del tesoro, preparados para recitar sus útiles, o no tan útiles, pistas tantas veces como fuera necesario.

- ¿Quién habrá entrenado a estos pájaros? Son incluso mejores que las gallinas de Clora Snutch.

- Yo diría que un millar de personas, y en un millar de lenguas. Supongo que cada conjunto de pistas no será el mismo que las nuestras.

- Tienes razón, porque, por ejemplo, el alfabeto de la Indie no es el mismo que el nuestro. Ni el griego.

Buscaron sin cesar, esforzándose en explorar cada milímetro de todos los costados de la colosal roca.

Fue Walter quien encontró el punto de partida.

- A juzgar por el aullido de Walter, pensaría que lo ha atacado una serpiente.

En la superficie de una roca que les servía de cobijo, alguien había escrito unas palabras, concretamente las siguientes:

«Aquí estuvo Jacobo Diez Kilómetros, capitán de una colosal flota que surcaba los Siete Mares el año 16\|/2».

- Es un nombre… Diez Kilómetros…

- Mil seiscientos diecidós. De eso hace un siglo, y quizá hasta el día de hoy, nadie…

- Y entonces, ¿qué hay de lo de «hacia arriba» ?

Eerie se giró hacia Black Knack con el desdén de un poeta que se enfrenta a un realista pesimista.

- Se refiere a una escalera, cerebro de mosquito. Si dice hacia arriba, es que va hacia arriba, y déjame pensar, ¿qué más sube hacia arriba?

- Bueno, ¿y dónde está esa escalera?

A lo que Art contestó tajantemente:

- Está allí dentro, Black. Dentro del acantilado. Así que empecemos con los pasos para encontrar el camino de entrada.

Ahora los loros, en respuesta a cada número correcto, los seguían en línea x'ecta.

Primero dieron quince pasos hacia la izquierda, tomando como punto de partida la piedra donde habían encontrado el punto de partida esculpido y en dirección al acantilado. Después, dieron quince pasos más.

- ¡Levantad los pies!

Justo allí se encontraba un pequeño pozo muy poco profundo, así que lo atravesaron dando un pequeño brinco y siguieron con los dieciséis pasos siguientes, en dirección izquierda.

- Entrad por la roca…

- ¿Entrad por la roca? Pero, ¿por dónde? No hay ninguna entrada…

Art, que iba a la cabeza de la fila, les mostró una planta trepadora que se tambaleaba al compás del viento. Al apartarla, un pasadizo muy angosto surgía desde el interior del acantilado.

- No puede ser eso. Es demasiado estrecho, sólo un felino podría introducirse por ahí… y probablemente no volvería a salir jamás.

- Yo puedo entrar, caballeros. Veamos qué es lo que encuentro.

Art apartó la planta trepadora y se adentró por entre la roca, como una espada en su vaina.

En el interior, reinaba una oscuridad opaca, y, una vez dentro, Art se sentía completamente encajonada entre la parte exterior del acantilado y la pared interior. Gracias a los esfuerzos que realizó para avanzar por ese estrecho pasadizo -causándose arañazos y más de un rasguño-, Art consiguió llegar a un espacio que parecía ser más ancho y en el que se podía mover con total facilidad. Así que llamó a los demás.

Uno por uno, cada miembro de la tripulación se esforzaba y hacía los malabarismos más extravagantes para poder pasar por ese lugar mientras maldecían al diablo, gritaban cada vez que las afiladas paredes les desgarraban trozos de piel y de su ropa. Incluso Dirk se dejó más de una uña en esas paredes. Tan sólo Whus- kery y Eerie se quedaron encajonados durante un momento. Pero los demás los empujaban con todas sus fuerzas para que así lograran cruzar. Cuthbert, quien parecía estar bastante en forma y que, de hecho, podía doblarse tanto que llegaba a parecer un paraguas cerrado, atravesó el angosto espacio casi a la misma velocidad que Art.

Los loros se adentraban por la roca con una cautela extrema, como un pez nadando entre peligrosos arrecifes.

- Ya hemos dado los veinte pasos que nos conducen al interior. Ahora, debemos dar veinte pasos más.

Los contaron todos en voz alta.

- ¡ Veintiuno! -gritó Art a los loros.

Y el loro azul y púrpura fue el que respondió.

- ¡Mirad qué pálido estoy!

- ¡Así es! ¡Mirad!

Una piedra del acantilado parecía tener un color más pálido que las demás, incluso parecía que estaba iluminada.

- Golpeadme en la parte derecha, que de hecho, es la izquierda, 21 veces.

- Son pequeñas adivinanzas, Art. Son peores que la sección semanal de crucigramas del periódico The Tymes.

Entonces, helada como el hielo, Art dijo:

- No. Significa que para hacerlo «derecho», es decir, adecuadamente, tenemos que golpear veintiún veces el lado izquierdo de la roca. Utilizaremos las empuñaduras de nuestras armas. Cada uno golpearéis dos veces en la roca, y yo, como capitana, cinco. Empezará el señor Vooms, seguido del señor O'Shea.

Cada miembro de la tripulación que acompañaba a Art golpeó dos veces la pálida roca del acantilado. De cerca, se podía ver que la superficie estaba picada, marcada por los golpes que quizá otros buscadores de tesoros habían atestado a la roca. Cada golpe sonaba seco y hueco.

Justo en el quinto golpe que dio Art, que correspondía al vigésimo primero, el astuto truco de la puerta de Jacobo Diez Kilómetros funcionó, y ante ellos se abrió una imponente puerta que chirriaba a medida que se iba abriendo.

Todos se habían quedado boquiabiertos, paralizados por su primer triunfo.

- ¡Pero está completamente a oscuras!

- Tienes razón, Dirk. No te adentres ahí, Ebad, o no habrá forma de distinguirte -soltó en broma Black Knack.

Dirk, que tuvo que inmiscuirse entre sus compañeros como una comadreja debido a la falta de espacio, se dirigió hacia Black Knack y le asestó un par de bofetadas.

Enfadada, Art gritó:

- ¡Parad ya! ¿Se os ha caído un tornillo y yo no me he dado cuenta? Este lugar seguramente esconde trucos y trampas, pues fue construido por piratas. Así que estad atentos. No quiero más discusiones, ni tampoco más comentarios patéticos, Black Knack. Lo primero que debemos hacer es bloquear esta puerta para que se mantenga abierta. Creo que con las espadas será suficiente. Después entraremos en la caverna y mantendremos la calma.

Todo el mundo permanecía en silencio, mientras Art seguía dando indicaciones a los loros:

- ¡Seis!

Enseguida, un loro contestó:

- Cruzad a través de mí. Seis pasos hacia delante. Un paso hacia la izquierda. Dos pasos hacia el faro.

Ahora, Art y sus acompañantes se movían con suma cautela, pues en esa oscuridad fácilmente podían golpearse con las paredes o tropezarse los unos con los otros. Ebad intentó encender una mecha con la ayuda de una piedra y yesca. Gracias a las llamas temblorosas que se encendían y se apagaban a intervalos, Whuskery dio con la escalera. Muck aullaba con todas sus fuerzas, pues Dirk le había pisado de lleno una de las patas traseras.

Instantes después, llegaron al faro. En un frasco de aceite cerrado herméticamente deslumhraba una luz cegadora, y como el aceite aún estaba en buenas condiciones, vertieron un poco en la antorcha que habían logrado prender proporcionando así una luz brillante y una mecha duradera.

Estaban en el interior de una extensa chimenea negra. Desde el techo, colgaban afiladísimas rocas en forma de colmillo o agua que se había solidificado. En las paredes, enormes bandas de oro macizo deslumhraban entre tanta oscuridad, pareciendo así enormes venas de las paredes. De pronto, justo enfrente de ellos, se alzó una escalera de piedra que parecía no tener fin.

- Esto sí que parece tener diez kilómetros de altura -dijo Eerie.

Aun así, decidieron subir la escalera. Después de los eternos cuarenta minutos que tardaron en llegar a la cima acompañados por quejas y sollozos, dieron trece pasos hacia la derecha, seguidos de otros trece más, hasta que Ebad, el más alto de todos, alcanzó una pequeña ventana de metal oxidado que empujó con todas sus fuerzas mientras ésta chirriaba, hasta que al fin la logró sacar y a través de ella empezaron a entrar los primeros rayos de sol. Habían logrado llegar a la cima del acantilado, sobre el que sobrevolaban más loros. Uno por uno, cada miembro de la tripulación cruzó a través de la pequeña ventana ayudado por sus compañeros.

La cima del acantilado, que parecía medir por lo menos otro kilómetro, estaba cubierta por una hierba gruesa y alta, y por arbustos. También había unos pocos árboles, imposibles de avistar desde otro punto del acantilado, que parecían estar esparcidos por la cima pero que se reunían sobre todo en el centro de la misma. A su alrededor, plantas enredaderas y orquídeas crecían en abundancia.

En aquel momento, el resto de los loros ya había desalojado esa zona. Tan sólo doce loros, armados con las pistas correspondientes del alfabeto inglés, revoloteaban de un lado a otro.

De pronto, avistaron un riachuelo que corría por el acantilado. Sedientos, todos se apresuraron a acercarse y beber de su agua dulce, pero con un regusto un tanto amargo.

- Catorce pasos hacia delante hasta el pájaro de hueso.

- Pero, ¿qué es eso? Si se refiere a los huesos de un pájaro, resultarán muy pequeños como para que los veamos.

Pero no eran tan pequeños como pensaban.

Mientras vagaban a través de la alta vegetación del acantilado dando el número correcto de pasos, Dirk soltó un grito que, del susto que les dio, los doce loros salieron disparados hacia el cielo. Sin embargo, los loros no aterrizaron en la zona desierta de la isla, sino sobre las hojas de una palmera solitaria.

Y entonces, debajo de esa palmera…

- Eso no puede ser un pájaro.

- Sí, sí que lo es. ¿ No ves el pico ?

- Esto es un monstruo, el legendario Roe de las Mil y una Noches.

- He oído hablar de esa criatura -murmuró Ebad-. Su origen es prehistórico y dicen que mide tres metros.

- Es como un loro… un enorme y colosal loro…

El pájaro se había fosilizado, justo debajo de la palmera. Estaba amarillento, el esqueleto estaba completamente cubierto y atado con plantas trepadoras y en la parte donde tenía las garras empezaba a crecer una pequeña palmera. El esqueleto sólo contaba con una única ala, que estaba cubierta por las trepadoras, dando la impresión de ser un arpa. El pico aguileño parecía ser un par de martillos de marfil que se acoplaban perfectamente para formar un pico.

Justo cuando dieron el último paso, los catorce loros pertinentes se posicionaron enfrente del esqueleto. Dirk y Walter dieron un paso atrás y se hicieron a un lado, mientras que Glad Cuthbert parecía disfrutar con el nuevo descubrimiento.

- Sólo pienso en lo que diría mi querida esposa si le llevara un bicho de éstos a casa vivito y coleando en una jaula… Seguramente no me dejaría ni entrar.

- Dieciocho pasos hacia la derecha y dieciocho más. Cuando deis el paso diecinueve os mantendréis en pie, o caeréis.

- Se refiere a las piedras.

- ¿Tú crees? Yo pensaría que son plantas.

- Son plantas trepadoras, y son como piedras, que pueden tenerse derechas, o caerse. Así que tendremos que contarlas.

Había diecinueve piedras, de las cuales siete permanecían a un nivel más bajo y se habían fosilizado, confundiéndose así con los huesos del gigantesco loro.

Además, otras dos piedras también se encontraban a ese nivel, a pesar de que resultaba bastante difícil distinguirlas, pues estaban rodeadas de malas hierbas y flores de color rojo intenso. Y empezaron la travesía.

- Un paso hacia delante. Seis pasos hacia la derecha. Tres pasos hacia delante.

- Hay más piedras.

- Cuéntalas bien. Deberían de ser ocho, y después ocho más.

- No, es imposible. Debería de haber dieciséis y tan sólo hay quince.

Eerie señaló hacia el suelo.

- Aquí, mirad.

Justo ahí había una única piedra, completamente desconchada y cubierta por las raíces de un árbol quemado, cuyas llamas se habían sofocado hacía muchos años.

- Dieciséis, ocho más ocho.

- Sí, pero ahora habrá que dar nueve pasos, y no hay más piedras para continuar el camino.

- Tienes razón. Pero es que los nueve pasos tienen que ser hacia abajo, así que tendremos que cortar todas estas plantas trepadoras para poder bajar.

Lograron arreglárselas y dar los nueve pasos hacia abajo.

Entonces, el decimoprimer loro graznó:

- Veinticinco pasos hacia la izquierda. Veinticinco pasos hacia delante. Contad veintiséis sobre el suelo.

- ¿Qué significa eso? ¿Sobre el suelo? ¿Es que acaso no damos todos los pasos así?

- Demos primero los veinticinco pasos y después los otros veinticinco -contestó Art.

Ella empezó con los pasos, mientras el resto la seguía a cierta distancia, observándola bastante agotados después de subir todos aquellos escalones.

A pesar de que Art logró dar los primeros veinticinco pasos hacia la izquierda sin dificultad, los siguientes veinticinco que debía dar hacia delante no le resultaron tan fáciles.

Justo en ese punto, el terreno cedía el paso. Piedras y trozos de suelo se habían desmoronado, resecando así todas las plantas desarraigadas y bloqueando ambos caminos y, en consecuencia, cualquier estimación que Art pudiera haberse hecho.

Art miraba hacia delante, justo a través del pequeño desmenuzamiento, o hundimiento.

Contó veinticinco pasos hacia delante, y después veintiséis sobre el suelo. Pero ¿veintiséis qué? ¿pasos? ¿centímetros? ¿metros?

El decimoprimer loro dio un pequeño salto, pasó por el lado de Art cruzando así el pequeño revoltijo de piedras y aterrizó sobre la hierba. Justo allí había otro riachuelo, por donde sobresalían cañas y juncos.

Art saltó al igual que el loro, cruzando el pequeño agujero, y aterrizó sobre un terreno cubierto de vegetación y malas hierbas. Una vez estuvo en la superficie, miró a su alrededor. ¿Habría dado los veinticinco pasos por el camino correcto?

¡Sí! Allí, medio escondido por las malas hierbas, se tendía un montón de pequeños palos grises. Eran antiguos remos, quizá tendrían más de cien años. Art caminaba a su alrededor, y después decidió contarlos. Había veintiséis, veintiséis palos sobre el suelo.

En aquel instante, el resto de la tripulación apareció corriendo, aterrizando, al igual que había hecho Art, sobre el terreno cubierto de vegetación y observando el conjunto de pequeños remos y el riachuelo. De pronto, todos empezaron a gritar y a dar saltos de alegría, incluso los ladridos de Muck eran de júbilo.

- Una más… tan sólo una pista más…

- Aún falta un conjunto de tres pistas más, señor Whuskery. El loro número doce es quien nos las tiene que recitar.

La verdad era que este último conjunto de pistas era el único que todos habían retenido en su memoria desde el primer momento que lo escucharon.

Así que todos corearon al unísono junto al decimo- segundo loro:

- Leed con la luz del sol. Seis pasos hacia el norte. Un paso hacia el oeste. Cuatro pies os conducirán hasta mí.

Realmente, no les resultaba muy sencillo leer con aquella poca luz solar con la que contaban, pues el sol ya se había puesto por el noroeste, y la luna ya estaba tomando el papel protagonista.

Aun así, leyeron en voz alta, y desde la cima del acantilado empezó a soplar una suave y fresca brisa que ondeó la hierba sobre la que pisaban, como si fuera borlas de seda de unas cortinas.

«Cuatro pies os conducirán hasta mí.»

De pronto, esa euforia colectiva se desvaneció. Esta última pista era la más extraña de todas, y en esos momentos se encontraban agotados, pero estaban ansiosos por encontrar el tesoro.

- ¿ Cuatro pies ?

- ¿A qué se refiere? ¿A que nos pongamos a gatas?

- Eso no puede ser cuatro pies, imbécil, eso sería dos manos y dos rodillas.

- Entonces, ¿ qué es lo que tiene cuatro pies ?

- Los leones, las cabras, los caballos…

- Los perros.

- ¡Muck! Ven aquí, viejo amigo.

- Pero ¿cómo puede ser que se refiera a Muck?

- El tiene cuatro pies. ¡Mirad!

Muck empezó a correr por toda la superficie, arriba y abajo, resoplando y moviendo la cola. Repentinamente, Muck había encontrado algo allí que, al parecer, le intrigaba mucho. Instantes después, empezó a escarbar.

- ¡Vamos, bonito!

- Nuestro Muck… ¡El perro más limpio del mundo entero!

- Decididamente, ¡ es un genio!

- Muck, ¡te regalaremos un cuenco de oro!

Finalmente, Muck desenterró su tesoro. Estaba encantado y presumía de su descubrimiento.

Era un enorme hueso de loro que medía casi medio metro.

Como un conquistador que acababa de descubrir un nuevo país, Muck brincaba feliz y contento, perseguido por los piratas, que ahora perjuraban retorcerle el pescuezo.

- El tesoro está por aquí -dijo Art-, en algún sitio cercano. Así que, por favor, calmaos y no perdamos la compostura.

De pronto, todos ellos cayeron en picado tragados por la tierra.

La brisa ya no era fresca, sino gélida a pesar de que el día había sido bastante caluroso, incluso sofocante. El sol, con su último rayo del día, les echó una mirada lasciva y maliciosa. Los loros caminaban por entre la hierba, arreglándose las plumas e intentando darse picotazos entre ellos.

Art se levantó muy despacio.

- Y justo aquí -dijo Art- es donde vamos a empezar a cavar. Así que, sacad vuestras espadas, caballeros.

- Pero aquí es donde dimos los últimos pasos, capitana.

- Piense, señor Cuthbert.

- Estoy pensando, capitana. Pero nunca pasa nada. Esa es la triste historia de mi vida.

- ¿A nadie se le ocurre liada? ¿No? Cuatro pies -dijo Art mientras sopesaba su espada y la clavaba en el suelo. El césped estaba seco y bastante compacto, a pesar de que no había notado ninguna piedra-. Caballeros, no se refiere a dar cuatro pasos, significa que debemos cavar cuatro pies hacia el interior, y cuatro pies equivalen a casi un metro y medio. Así que el tesoro está enterrado en las profundidades de este acantilado. Vamos, manos a la obra.

En pocos minutos, todas sus espadas chocaron con algo metálico que era, nada más ni nada menos, que un enorme cofre rectangular.

Los últimos rayos de sol iluminaban las aguas de Oriente. El cofre era de madera negra, sin esculpir, pero con algunas incrustaciones de metal descoloridas y una larga placa de latón, como una página metálica, clavada en la tapa. Art leyó en voz alta lo que estaba cincelado en esa página de latón.

«Nosotros, los piratas, pertenecemos a otra especie. A una especie marcada por la sangre, la muerte y el asesinato.

Nuestros días de gloria siempre acaban entre cuerdas o sumergidos en las despiadadas profundidades del océano. Por si eso no fuera suficiente, después debemos pagar todos y cada uno de nuestros pecados en el reino del infierno.

Así pues, a pesar de que nuestra especie sea rica y poderosa, raras veces nombra a un heredero de su fortuna y de sus secretos mejor guardados.

Por esta razón, cien grandes hombres de nuestra especie una vez hicieron un pacto y, bajo una tregua pirata, cada uno de ellos trajo hasta aquí una muestra de sus inmensas riquezas. Aquí yacen esos tesoros, reunidos en un mismo lugar. Esta es nuestra última, para algunos, y la única, para otros, aventurera hazaña. Puede que, en la balanza del cielo, se sopese con nuestros pecados cometidos.

Un día u otro, este tesoro será encontrado. Aquí yacen los mapas y las pistas de todos los tesoros del mundo, aunque no son fáciles de encontrar. Seguramente, habrá más copias de estos mapas, pero no debéis confiar en ellas, pues todas contienen errores. De hecho, vosotros debíais tener entre vuestras manos un mapa verdadero, pues de lo contrario no hubierais conseguido llegar hasta aquí.

Así pues, por vuestro ingenio y buena suerte, a quienes hayáis desenterrado este cofre os nombramos, sin reserva, nuestros herederos.

Haceos con todo el botín, bebed un buen sorbo de la copa de oro a nuestra salud y prosperad.»

Los hombres de la Inoportuna permanecían estupefactos ante el cofre. Un cofre con el que jamás habían soñado, y del que jamás habían tenido conocimiento. Un cofre que reunía las inmensas riquezas de un centenar de antiguos piratas.

Nadie era capaz de mover un dedo. Entonces, Ebad dio un paso hacia delante y colocó sus manos sobre el enorme baúl y, de un tirón, desanudó las húmedas bisagras que mantenían el cofre cerrado.

- Por Molly Faith -susurró Ebad tan flojito que tan sólo los muertos eran capaces de oírlo-. La Reina entre las mujeres. Mi único amor. Y destapó el cofre.

Inmersos en un terror más profundo que el que se siente dentro de un pozo o en una fosa sin fin, todos ellos, actores, piratas y demás, se habían quedado de piedra mientras miraban boquiabiertos el interior del cofre hasta que al fin Walter empezó a lamentarse, cosa que todos ellos ya habían empezado a hacer en silencio.

- ¡Pero si está lleno de papeles viejos! ¡Papeles! ¡No hay nada más!

3. Mareas

La alta vegetación sombreaba los papeles enrollados dándoles un aspecto rayado, como el pelaje de una cebra.

Los rayos del sol ya no eran tan intensos, y la luz era mucho más tenue. ¿Se habían pasado más de una hora sin moverse y desmoralizados ?

De repente, todos empezaron a recoger sus bártulos para volver a la embarcación.

- Oh, siempre pasa lo mismo… pones toda tu ilusión en una cosa para que después…

- Desde luego, la fortuna no está de nuestro lado.

- Si lo hubiera sabido antes, no me habría molestado en llegar hasta aquí.

- ¡Qué rabia! Mi madre tenía razón cuando me decía que nuestros destinos estaban ya escritos, y esto lo demuestra.

- Esperad -dijo Art en un tono de voz con cierto efecto.

Black Knack estaba golpeando la empuñadura de su espada contra una roca, mientras Cuthbert mantenía una pequeña conversación con su esposa, quien obviamente, no estaba presente.

Incluso Ebad se había dado media vuelta.

Pero Art, haciendo caso omiso de las quejas y protestas de sus hombres, se dirigió hacia el cofre, se arrodilló ante él y empezó a sacar los papeles uno por uno.

Enrollados y arrugados, con un poco de musgo y fango en los bordes -aunque no mucho, pues los habían encerado-, y gracias a la ayuda de Art, aquellos papeles vieron por primera vez en años los rayos del sol, y sintieron la fresca brisa marina.

La tripulación que acompañaba a Art la dejó allí sola.

- Miradla, se ha vuelto loca otra vez.

- Está tan chiflada como la heroína shakespuriana. Seguro que sabía que iba a suceder esto.

- Bueno, es que esta historia vuelve loco a cualquiera.

A pesar de estas palabras, Art decidió hablar con su voz vibrante típica de una actriz de teatro veterana y que tan sólo utilizaba para dar órdenes sobre su embarcación. Al escucharla, su tripulación se detuvo, dio media vuelta y se quedó mirando a su capitana.

- Caballeros, os rendís muy pronto. Tenéis razón, en este cofre no hay ni rastro de un gran tesoro. No hay monedas de oro, ni cadenas de diamantes, ni grandes piedras de amatista o esmeralda.

- Así es, querida.

- Pero no os dejéis engañar, camaradas. Lo que realmente yace en este cofre es un centenar de mapas. Eso es lo que son estos papeles arrugados, caballeros, mapas. Mapas del tesoro. En ellos, se muestran los tesoros más recónditos jamás revelados del mundo. Estos tesoros están enterrados por todos los lugares de la Tierra, de norte a sur y de este a oeste.

Todos se apresuraron en acercarse a ella, y al cofre.

Se arrojaron frente al cofre, sacando mapas sin parar, pasándoselos a sus compañeros y colocándolos sobre el césped. Incluso Muck se abalanzó sobre ellos para poder tener una mejor vista, aunque ya estaba suficientemente ocupado con el hueso gigante que llevaba en el hocico.

Plunqwette también se aproximó al corro y se posó sobre el hombro de Art.

- Hola, Plunqwette. Eres un pajarito muy listo. ¡Vaya si lo eres!

- ¡Polly bonita! -contestó Plunqwette.

El resto de los loros había desaparecido. Quizá se habían asustado al escuchar los cantos tiroleses y las carcajadas de la tripulación de Art.

- Aquí dice: «Un millón de perlas de agua dulce y siete vajillas de oro que una vez pertenecieron a la realeza española…».

- Y aquí reza: «Una fortuna intacta de tres rajás de la Indie…».

- Y aquí pone que en Africay hay «diamantes pulidos que tienen un valor de unos dos millones de guineas españolas».

- Algunos mapas están escritos en otras lenguas.

- ¡Los traduciremos!

Ahora, una brisa fría soplaba desde la cima del pedregoso acantilado. Con ella traía unas voces distorsionadas y frías, pero ninguno de ellos, ajetreados como estaban con su tesoro, las escuchó, o quiso escucharlas.

Ninguno se dio cuenta de aquello, excepto Art, quien, junto a Plunqwette, fue testigo directo de la llegada de las personas que tenían esas voces.

Se acercaban con una espada en la mano y cortando toda la vegetación que les obstaculizaba el paso. Habían conseguido llegar hasta allí no gracias a las pistas, pues tampoco les resultaban necesarias, sino guiados sin problemas por el ruido que sus compañeros despedían.

- El señor Peter Salt y el señor Felix Phoenix. ¿No deberíais estar en la embarcación? De hecho, señor Phoenix, ¿no debería estar usted atado en la cubierta inferior?

Ambos permanecían mirándola de arriba abajo y sin saber qué decir. En el rostro de Peter se dibujaba una amplia sonrisa fruto del nerviosismo.

Entonces, Felix, con una mirada de acero, explicó:

- Ha resultado bastante sencillo encontrar el camino. Por el costado del acantilado parecía que hubiera entrado una enorme bestia, así que no fue muy difícil verlo y penetrar por allí… y bueno, también resultó fácil continuar el camino una vez dentro, pues la puerta se aguantaba abierta por cuatro espadas. Incluso había un faro ardiendo en lo más alto de las escaleras, cosa que nos ayudó cuando tuvimos que subirlas.

- Ni siquiera volvisteis a poner la tapa de metal de la ventana que conducía directamente a la superficie -añadió Peter.

Entonces, Art dijo:

- Bueno, ya habéis llegado hasta aquí. Peter, eres un completo idiota. Después de todo, señor Phoenix, ya veo que sigue siendo un vil traidor.

Art llamó a Ebad, quien se apresuró a acercarse hasta ella. Art se dio cuenta de que Ebad no estaba tan eufórico como el resto de sus compañeros.

- Como vemos, señor Vooms, nuestra embarcación está completamente desatendida en unas aguas de mareas y corrientes extrañas. Así que reúne a toda la tripulación, debemos irnos a toda prisa.

El cofre era muy pesado y eran necesarios cuatro hombres para poder alzarlo, Ebad, Black Knack, Whus- kery y Cuthbert.

Black Knack sugirió que maniataran a Felix, y Art estuvo de acuerdo con la idea.

Con Art encabezando el grupo, empezaron a caminar por el acantilado rumbo a la orilla. El camino no resultaba complicado, pues tan sólo la parte que se había hundido presentaba algunos elementos con los que resultaba fácil tropezarse. El agotamiento y el cansancio de la aventura empezaban a dar sus frutos, pues después con la gran victoria habían desgastado toda la energía que les quedaba.

Además, el clima empezaba a enfriarse, el viento soplaba con más fuerza, los rayos de sol eran menos cálidos y en el horizonte unos nubarrones oscuros teñían el cielo de gris. Los loros retornaban al acantilado en bandadas, o eso o volaban al compás de los soplos del viento en espiral. Así pues, el cielo parecía un revoltijo de pelusas de colores amenizado por graznidos agudos y graves.

Finalmente llegaron al lugar donde permanecían las diecinueve piedras y, de repente, la luz del ambiente cambió por completo.

El cielo se había tornado de color verde.

- Se acerca una tormenta -advirtió Cuthbert.

Muck soltó uno de sus aullidos, pero sin dejar caer el hueso que acarreaba desde hacía cierto tiempo.

- ¿ Falta mucho ? Me da la sensación de que ha sido mucho más sencillo llegar hasta aquí que volver por el mismo camino -se quejó Walter.

- ¿Qué es eso?

Fue Peter, quien había hecho novillos de su puesto de vigilancia, quien señaló hacia un punto del lúgubre paisaje.

- Es un árbol.

- No, no lo es.

- A no ser -añadió Whuskery ansiosamente- que los árboles caminen.

De lo que no cabía duda era de que allí había algo. Parecía haber venido desde un conjunto de pequeñas palmeras que estaba justo detrás de ellos. No era ni muy alto, ni de una envergadura considerable. Era de un color oscuro y tenía una forma muy difícil de definir, pues la criatura, o lo que fuera, llevaba una especie de sábana o velo que le tapaba completamente todo el cuerpo. Ante ella, había una cosa, también difícil de definir, de un color muy pálido.

- ¿Es un animal? ¿Quizá uno de esos lémures?

- Pero, ¿habitan aquí? ¿Cómo habrá trepado hasta aquí?

- Callaos -dijo Art poniendo fin a la charla.

La tripulación aminoró el paso.

Todos miraban perplejos a la oscura criatura cubierta por el velo, con un brazo pálido que le sobresalía de la tela, y que se deslizaba sigilosamente por la vegetación que ya olía a tempestad.

Fue Walter el único que soltó un pequeño sollozo. En cambio, el resto de la tripulación, incluso Art, ya podían observar y comprobar con exactitud qué era esa cosa que se acercaba hacia ellos.

Ahora fue Eerie quien habló:

- Que Dios nos ampare. Es el mascarón de proa de nuestra embarcación.

A lo que Art contestó con rapidez:

- Lo dudo, señor O'Shea.

- Nos ha estado siguiendo…

- Nos siguió flotando cuando el Café Pirata se hundió. Nosotros cubrimos el rostro con un velo negro… mirad el mascarón, no puede ser otro… con su siniestro brazo para agarrar a alguien…

En ese momento, un ensordecedor estruendo resonó desde algún lugar, quizá desde el cielo, quizá desde el océano, quizá desde ambos. De pronto, el mascarón de proa de la Inoportuna Forastera echó carrerilla y empezó a correr velozmente hacia ellos, mientras que otras figuras sombrías y brillantes parecían haber cobrado vida a su alrededor.

- ¡Preparad vuestras pistolas -ordenó Art mientras desenvainaba la suya- y disparad directamente contra el suelo que pisan!

- Ya es demasiado tarde, capitana, los tenemos demasiado cerca.

- Cubrios.

Art y los suyos se quedaron quietos. Ante ellos, pistolas y brillantes alfanjes poco amistosos iban acercándose poco a poco hacia ellos. Y lo más curioso de todo era su propio mascarón de proa, del cual sobresalía un enorme brazo que parecía que los iba a agarrar de un momento a otro. De pronto, éste se quitó el velo que lo cubría y apareció una amplia sonrisa de dientes tan blancos como perlas.

- ¡Sorpresa! -gritó la pequeña Goldie Girl.

- ¡Qué bonito encuentro! -exclamaron los veintitrés miembros de la tripulación de la Enemiga.

- Hemos estado persiguiéndoos con mucho sigilo y cautela, lo que ha sido bastante inútil, pues en vuestra embarcación no había nadie que la estuviera vigilando, Art Blastside. De hecho, os llevamos siguiendo el rastro desde que partisteis de Mad-Agash Scar. El estimado Hurkon Beare, un viejo amigo, nos informó de vuestro rumbo, aunque para ese entonces ya nos habíamos hecho una ligera idea del camino que habíais tomado. Por todos los timones, nos ha sido realmente sencillo.

- Sencillo después de haber reparado vuestra embarcación -respondió Art.

- ¿Reparado? Ah, eso. Bueno, eso es una tontería, pues ni vuestras ardientes balas de cañón son lo suficientemente pesadas como para causar daños a un velero de las características de la Enemiga. Hurkon, como ya sabréis -añadió Goldie-, adivinó la violenta y peculiar ubicación de esta isla, cuyo secreto siempre ha sido, partiendo de la base de que se cree en ella, no su situación, sino la resolución del código del mapa. Pero también soy de la opinión de que Hurkon teme a este lugar. Bueno, ya es bastante mayor. Sin embargo, fue él quien dijo: «Esa chica de Molly… tiene la suerte de los diecisiete demonios. Se ve a primera vista». También dijo que lo conseguirías, pues vendrías a la isla cuando ésta no estuviera sumergida y resolverías todos sus enigmas y secretos. -Goldie miró a Art mientras sonreía tiernamente y continuó-: Mi extraordinario padre tuvo la suerte de tener entre sus manos vuestro mapa, pero eso fue hace muchos años. Sabía con precisión que ése era uno de los verdaderos, y ahora, estoy segura de que está cantando desde su tumba marina. Pero yo me pregunto si incluso él, el maravilloso Gol- den Goliath, habría tenido la fantástica idea de dejar que tú hicieras todo el trabajo sucio por él, tal y como yo he hecho. Por cierto, Hurkon espera su parte del tesoro, por supuesto, pero bueno, quizá se me olvida entregársela en un momento determinado.

Art no daba crédito a lo que estaba escuchando. Goldie estaba fuera de su alcance y no paraba de merodear de un lado a otro mientras se arreglaba su precioso cabello, que, gracias al viento, se rizaba aún más.

- Pero no te preocupes Art, no te quedarás con las manos vacías. Creo que te recompensaré diciéndote el nombre del señor Traidor, y no me refiero a Hurkon Beare, quien obviamente siempre ha estado de mi lado. Debo reconocer que el señor Traidor ha sido bastante listo, la verdad. Primero me envió una paloma mensajera. Después nadó hasta Own Accord y me envió una gallina mensajera. Tan sólo hizo un movimiento estúpido, justo cuando intentó hundiros a todos vosotros en Port Mouth. Pero, no me preguntéis cómo, sobrevivisteis. Realmente, no hubiera resultado todo tan fácil y simple, pues la tarea de intentar pescar un mapa que pertenecía a alguien que estaba bajo las aguas del océano no era lo que tenía en mente. Os di la oportunidad de que me entregarais el mapa, pero no quisisteis hacerlo. Así que pensé que lo más fácil y cómodo sería dejar que os quedarais con el mapa, que resolvierais el misterio y desenterrarais el tesoro por mí. Pero, volviendo al tema, ese tipo sigue siendo un traidor. Una forma de vida un tanto rastrera, ¿no creéis?

Los hombres de la tripulación de Art se miraron los unos a los otros, perplejos y sorprendidos, además de horrorizados y enfadados. Tan sólo Eerie, Ebad y Art, y obviamente el hombre en cuestión, sabían que entre la tripulación había un traidor.

Con grandes ráfagas de viento, bajo un cielo verde guisante, los rostros de los hombres de Art eran como los de los fantasmas que habitan en las profundidades oceánicas.

- Bien, pequeña Goldie -dijo Art-. Dinos, por favor, quién nos ha traicionado.

- Deberá decíroslo él mismo. Así que, señor, dé un paso hacia delante -contestó Goldie-, ahora estás con nosotros, con mi tripulación.

Nadie se movió.

- Ya veo -dijo Goldie-. Aquí tenemos a un cobarde. Bueno, todos los traidores lo son. Venga hacia aquí, señor Knack. Las pistolas de la Enemiga lo cubrirán hasta que llegue aquí.

Black Knack dio un paso hacia delante saliéndose del círculo que rodeaba el cofre. Escapó corriendo hacia las filas de la Enemiga y una vez allí se posicionó con una amplia sonrisa y con ambos ojos, sin parche alguno, encendidos por el gran triunfo, y por el miedo.

Los hombres de Art formaron un alboroto tremendo, pero eso no afectó en nada su ánimo. Al menos, ahora estaban más unidos que nunca. ¿Había sospechado Art alguna vez de Black Knack? Quizá. De hecho, había sospechado de la mitad de la tripulación, exceptuando a Ebad y a Eerie. Ahora pensaba que tal vez tenía que haber intentado encontrar al traidor antes, pero bueno, hasta entonces, no se había imaginado hasta dónde iba a llegar el asunto…

Art alzó la mano para así silenciar a sus hombres, y también a sus pensamientos. Entonces, se hizo el silencio.

- Muy bien -dijo Art-. El fue quien hundió el barco del café. Te envió las palomas, y las gallinas, con mensajes. Y también has dicho que nadó hasta las orillas de Own Accord. Así que después de todo, Black Knack, sí que sabías nadar.

Goldie le dio unas palmaditas en el hombro a Black Knack y le susurró animándolo:

- Venga, contéstale.

Así que Black Knack habló.

- Por supuesto que sé nadar. La verdad es que no me suponía ningún problema tirarme al mar… Además, vosotros habríais sido capaces de pillarme haciendo de las mías si hubierais sabido que podía mantenerme a flote. Me inventé que no sabía cuando hundí el barco. La verdad es que actué bastante bien, bueno, a eso me dedico, soy actor. En cuanto a la otra vez, en Own Accord… bueno, yo te oí, Art, a ti y a tus oficiales de poca monta. Escuché toda la conversación que tuvisteis en tu camarote. Creías que el mapa estaría a salvo en tu camarote, pero olvidaste lo fácil que resulta encontrar algo que está tan al alcance… y escuché cada palabra. Así que antes de que zarpáramos, mientras todos vosotros jugabais a marineritos en la orilla, yo nadé hasta los muelles. En esa época del año las aguas están tibias, cálidas. La verdad es que no tardé mucho en llegar. Soy un buen nadador, y bueno, después no me costó nada encontrar ropajes secos en la embarcación. Ninguno de vosotros os disteis cuenta.

- ¡Un fuerte aplauso para nuestro astuto señor Knack! -exclamó Goldie.

La tripulación de la Inoportuna no movió ni un dedo, mientras que los hombres de la Enemiga estallaron en aplausos y ovaciones. Black Knack parecía más bien desconcertado.

Entonces, Goldie interrumpió:

- Ésta es la cruda realidad, Art. Aquellos en los que has confiado te han traicionado y te han vendido para estar conmigo. Mientras, yo he estado cómodamente sentada y tú retorciéndote los sesos para encontrar el tesoro para mí. Qué bochorno debes sentir, señorita.

Sus ojos brillaban como esmeraldas y, a continuación, desvió la mirada hacia otro lugar, hacia Felix Phoe- nix. Su rostro reflejaba comprensión y compasión cuando miraba a Felix maniatado. Después, le sonrió con divinidad. «No temas nada -decía esa sonrisa a Felix-, pronto serás mío.»

El viento soplaba con fuerza. Plunqwette alzó el vuelo de repente y recorrió las cabezas de todos los hombres, quienes seguían rodeando el cofre, incluso Muck lo protegía como podía.

- Se acerca una tormenta, lo presiento. Así que lo mejor es que arreglemos aquí nuestras cuentas y nos larguemos lo antes posible -propuso Goldie.

La pequeña Goldie Girl estaba sujetando una pistola con su mano derecha. Era de madera, del color de las castañas, y tenía incrustado un artístico objeto de metal, y estaba apuntando directamente hacia Art.

Art permanecía impasible mientras miraba fríamente a Goldie. Art intentaba descifrar la mirada de Goldie, y así fue cómo adivinó que esa pistola no estaba destinada para ella. Justo en ese instante, Goldie cambió su objetivo, alzó unos centímetros la pistola y apuntó directamente hacia el corazón de Black Knack.

- Aunque es cierto que resultan útiles, no me gustan los traidores, señor Black Knack.

Black Knack retrocedió un poco y susurró:

- Tu propio padre ya contrató mis servicios años atrás, pequeña Goldie… Me dijo que, si conseguía el mapa, me recompensaría y muy bien. Siempre he hecho todo lo que los dos habéis querido… tanto él como tú me prometisteis una parte del tesoro.

- Pues aquí la tienes.

Black Knack se dio la vuelta dando la espalda a Goldie y a la pistola que le causaría la muerte. Echó a correr sacudido por las fuertes ráfagas de viento, que a la vez lo empujaban haciéndolo correr a más velocidad, como si fuera un navio que surca los mares gracias al soplo del viento.

Así que Black corría a más no poder por el acantilado, tropezándose una y otra vez, golpeándose la cabeza, volviéndose a levantar y emprendiendo otra vez su camino.

Entonces, Goldie disparó.

Un destello de luz, eso fue todo. El sonido fue casi imperceptible, como el movimiento de las ramillas más finas de los arbustos. Parecía como si Black Knack saltara hacia delante… y eso era todo… saltos hacia delante…

El último salto que lograron contemplar desde la distancia lo condujo directamente hacia la escalera de Diez Kilómetros, así que la última imagen que tuvieron de su compañero fue deslizándose escalera abajo. Eso fue todo.

Black Knack se había ido.

Goldie limpió la boquilla de su pistola y después sopló sobre ella -como si tuviera que quitarle el polvo-, mientras sonreía tiernamente al arma.

- Lo ha matado -dijo Whuskery mientras rompía a llorar.

- Cálmate, amigo -le consoló Dirk.

- Una vez lo vi en el papel de Hamlet. Sin duda, nadie interpretaba ese papel mejor que él -recordó Peter.

- Le ha disparado en la maldita espalda -protestó Cuthbert.

- No era mucha cosa, pero seguía siendo un hombre -dijo Eerie.

- ¿Está muerto? -murmuró Walter.

- No te quepa duda -contestó Honest.

- Art, no… -gritó Ebad.

Pero ya era tarde para intentar frenarla, pues Art ya se había abalanzado sobre el señor Beast al verlo desempuñar su alfanje y su espada. Pero Art fue mucho más rápida que él, pues cuando éste se quiso dar cuenta, la joven ya había azotado un puñetazo directamente a su nariz y él se había desplomado.

Una fracción de segundo más tarde, Art le había arrebatado la pistola a Goldie con su espada, lanzándola hacia el aire hasta que finalmente aterrizó sobre la hierba.

- En guardia -dijo Art-, pequeña sirenita.

Goldie tenía la cara pálida, y su mirada gris ahora resultaba impenetrable. Ésta contemplaba la situación impávida, dio un paso hacia delante, tal y como Black Knack había hecho minutos antes, y preguntó:

- ¿Por qué… señorita Blastside?

- En guardia, señorita. Empuña tu espada y acércate. Ha llegado el momento de que aprendas a luchar.

Goldie echó una mirada amenazadora a su tripulación. Únicamente la bestia del señor Beast había osado intervenir y, obviamente, le había salido el tiro por la culata. Ahora Art estaba demasiado cerca de ellos, y no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas, ni la de su capitana. Así que la tripulación de la Enemiga permaneció en pie con los ojos brillantes y hambrientos, como si fueran hienas.

- Está bien, déjame que me prepare -contestó Goldie.

Entonces, Goldie hizo el ademán de quitarse el abrigo que llevaba puesto y de pronto, en vez de dejar entrever en su cintura un alfanje, una pequeña navaja salió volando directamente hacia la garganta de Art. Art esquivó la navaja con el filo de su espada haciéndola caer sobre la hierba.

- Dios mío, por el antojo de la ballena. Ya veo que debería haberte matado en cuanto pude, hace ya tiempo -dijo Goldie, arrepentida.

A continuación, desempuñó el deslumbrante alfanje que llevaba colgado de su cintura.

Ambas tripulaciones dieron un paso atrás -la de Art arrastrando el cofre-, dejando así suficiente espacio para la pelea que se avecinaba. Y así fue; instantes después, ambas contrincantes ya habían ocupado el espacio que les estaba destinado.

Nadie se atrevía a abrir la boca, dejando así toda la concentración de la batalla en manos de las dos mujeres.

Goldie parecía ser más hábil, como si estuviera más preparada para los ataques que podía recibir de Art.

Felix, que permanecía entre la tripulación de la Inoportuna Forastera, seguía maniatado y con retortijones en el estómago mientras observaba el espectáculo. Goldie era una luchadora nata, eso resultaba evidente. Además, había asesinado a Black Knack, y la verdad es que no parecía estar muy arrepentida o que sintiera remordimiento alguno. Pero, ¿rompería Art su juramento? ¿El juramento de su madre? ¿Estaba Art preparada para matar?

Pero a Art la idea ni tan siquiera se le pasaba por la cabeza. Sentía horror, repugnancia, indignación, ira, rabia…, pero no lo quería demostrar. Era un viejo truco del teatro. Apártate y deja que la otra persona ataque. Obviamente, los actos de la otra persona también te implican a ti.

Art no tenía la intención de luchar simplemente para desarmar a su contraria. No, no era lo que buscaba. Tenía otro objetivo en mente.

Goldie manejaba sorprendentemente bien el deslumbrante alfanje, a pesar de que Art era capaz de evitar cada uno de sus ataques. Así pues, su método empezaba a mostrar sus frutos con elegancia. De repente, Art se abrió paso y con su espada empezó a cortar la hierba que Goldie pisaba, mientras ésta no podía hacer otra cosa que retroceder el paso.

Ya habían transcurrido cinco minutos y, sin embargo, no había pasado aún nada que decidiera la batalla.

Las combatientes seguían caminando y acostumbrándose al espacio que les pertenecía, y los dos grupos de hombres, a pesar de que mantenían las distancias, seguían alejándose más y más del lugar de batalla.

Cada vez que Goldie intentaba asestar un golpe a Art, ésta dejaba escapar unos gritos de fastidio y despecho, o quizá eran de frustración, al ver que no lograba su objetivo. Pero a medida que avanzaba el tiempo, los gritos iban perdiendo el ritmo alegre que los caracterizaba. Art, que había logrado rodear a su contrincante gracias a unos movimientos de guadaña con su espada, finalmente había conseguido llegar hasta Goldie. Así que ambas estaban al alcance de la otra cuando, de pronto, el extremo del alfanje de Goldie se clavó en el hombro izquierdo de Art provocando así que el abrigo de Art se tiñera de un color escarlata.

Art se mantenía impasible, como si no hubiera ocurrido nada. Bien podía ser porque la herida era superficial, o bien porque fuera de una profundidad inexplicable.

Pero Goldie, que se sentía satisfecha y orgullosa de su hazaña, se descuidó un momento mientras alardeaba y presumía de su logro cuando, de pronto, Art se abalanzó sobre ella y la empujó por el costado derecho. En ese instante, ambas tripulaciones dejaron escapar un grito de asombro y sorpresa, a pesar de que tan sólo fue el tejido del abrigo el que sufrió un pequeño desgarro. Goldie maldijo a Art y rápidamente se arrancó toda la manga del abrigo y la arrojó directamente al rostro de su contrincante, pero ésta fue más veloz y antes de que llegara a rozarla lo esquivó y volvió a embestirla, y esta vez el golpe de la espada pirata de Art se dirigió a la cintura de Goldie.

Goldie se tambaleaba, hacía los mil y un malabaris- mos para mantenerse en pie, pero antes de que pudiera recuperarse, Art volvió a empuñar su espada y golpeó directamente hacia las piernas de Goldie, en concreto en la parte trasera de las rodillas.

Con un alarido, Goldie cayó al suelo. Estaba sentada sobre sus rodillas, sobre la hierba del acantilado, cuando Art se acercó a ella apuntándola con su espada.

Realmente, había sido un golpe maestro. Walter y Peter, y muchos otros, al observar la situación, pensaron que Art tenía la intención de cortarle el cuello, pues vieron alguna cosa caerse al suelo… pero no era su cabeza, sino una enorme cascada de largos rizos negros.

Mientras, Goldie gateaba por su alrededor buscando algo que pudiera ayudarla a combatir con su enemiga. En pocos segundos, encontró otra pequeña navaja escondida entre algunos de sus ropajes que minutos antes se había arrancado, y lo lanzó directamente hacia los ojos de Art. Esta vez, Art no fue lo suficientemente rápida como para poder evitar el golpe, y la navaja le rasgó ligeramente la mejilla derecha.

Aun así, y a vista de todos los espectadores, a Goldie le sangraba la sien por donde la espada de Art había pasado al cortar el cabello negro de Goldie.

Goldie dio unos cuantos pasos hacia atrás mientras lanzaba temerosos y groseros insultos a Art. En cambio, Art se aproximaba a ella con cautela y tranquilidad, hasta que al fin Goldie puso punto y final a su grosería para poder defenderse.

«Art no está luchando con la intención de matarla», pensaba Felix, que sentía mareos y náuseas, ¿quizá por la repugnancia que le producía ver tal espectáculo?, ¿o quizá por miedo?

Las espadas chocaban entre sí, provocando un sonido agudo y metálico continuo.

Sorprendentemente, el viento se había apaciguado y ya no corría ni un soplo de aire fresco. Por encima de todos ellos, una atmósfera verde y sombría los rodeaba, como si fuera el telón de fondo de una obra de teatro.

De repente, la espada de Goldie rasgó el antebrazo izquierdo de Art, y ésta, en respuesta, le asestó un golpe con su espada que llegó a alcanzar y herir el hombro derecho de Goldie. El rasguño no fue muy profundo, pero lo suficiente como para que el tejido de la camiseta de Goldie se tiñera ligeramente de rojo intenso.

La batalla estaba muy igualada, pues ambas contrincantes tenían las fuerzas para seguir luchando a pesar de tener bastantes heridas superficiales y algo molestas para seguir el combate. Los ropajes de las dos capitanas estaban cubiertos por pequeñas manchas color rojo en la parte de los brazos, del tronco, e incluso en sus rostros, pues Art tenía una herida en la mejilla derecha y Goldie en la sien izquierda…

Pero cualquiera con dos dedos de frente podía darse cuenta de que Goldie estaba allanando el camino a Art, pues ésta, antes del ataque de la aparentemente imparable espada de Art, ya estaba cansada y jadeando.

De repente, la espada de Art volvió a hacer otro de sus magistrales movimientos y otra fuente de rizos negros salió volando por los aires hasta aterrizar en el suelo. Antes de que Goldie pudiera reaccionar, Art le atestó otro golpe maestro cortándole más cabello de su preciosa melena negra e instantes después todos y cada uno de los botones con piedras preciosas incrustadas que adornaban su abrigo de seda le fueron arrancados sin piedad.

Goldie soltó unas carcajadas, pero en el fondo no podía creerse lo que le estaba ocurriendo. Ella era la felina, ella era la que jugueteaba a su antojo con sus adversarios… y no al contrario.

De repente, Goldie exclamó:

- ¡Así que lo amabas! ¡A Black Knack! ¡Todo esto… lo has hecho por él!

Art contestó, pero con un tono de voz tan suave que nadie fue capaz de escuchar lo que dijo.

- Formaba parte de mi tripulación.

Goldie volvió a gritar, pero esta vez no vocalizó ni una palabra. Se dio la vuelta y lanzó su alfanje hori- zontalmente, mientras Art daba un salto hacia atrás para así poder esquivarlo. Pero no lo logró, pues la brillante punta de acero se clavó en su cintura.

Pero Art no emitió ni un quejido. Durante un segundo se desplomó y se cayó al suelo a la vez que se colocaba la mano sobre la herida, por donde no paraba de manar sangre. Instantes después, retiró la mano de la herida sin ni siquiera echarle un rápido vistazo.

Segundos después, se levantó y corrió velozmente hacia Goldie.

Si antes los movimientos de Art eran rápidos, ahora eran tan veloces y ágiles que resultaba imposible contemplar lo que intentaba hacer. Definitivamente, eran tan ligeros y ágiles que hasta que no se detenía, no se podía estar seguro de lo que había hecho.

Ahora, su espada se movía como un molino de viento en una noche de ventisca. O eso parecía. Daba la sensación, a juzgar por la rapidez con la que la usaba, que no era una espada, sino cuatro unidas por una única empuñadura.

Así que de ese remolino de espadas no paraban de salir disparados pedazos de cabello negro y trozos de seda verde con bordados dorados.

Mientras, Goldie no paraba de gritar, pero esta vez no eran gritos groseros, sino gritos temerosos.

Goldie intentaba evitar los constantes ataques de Art, pero no lograba conseguirlo, hasta que, de repente, Art le arrebató su arma.

Desarmada, como antes lo había estado Art Blastsi- de, Goldie se puso de cuclillas sobre la hierba.

Art estaba de pie junto a ella, con un ritmo respiratorio tan rápido como sus anteriores movimientos y con una mirada y una expresión gélidas. A

- Recógela.

Goldie emitió un suave quejido.

- Recógela, pequeña Goldie Girl. Recoge tu elegante espada. Aún no hemos terminado.

Entonces, la pequeña Goldie giró el rostro, pálido y ensangrentado y con los ojos húmedos, enmarcado por un desordenado e irregular cabello negro y se dirigió hacia la tripulación de la Enemiga.

- Malditos cerdos maleantes… venid aquí y ayudadme a acabar con esta zorra.

Art ni siquiera se molestó en echar un vistazo a los piratas de Goldie. Instantáneamente, la tripulación de la Inoportuna Forastera estalló, con Ebad en la cabeza, para defender a su capitana… pero… sorprendentemente… ningún miembro de la tripulación de Goldie se había movido.

Nadie de la tripulación de la Enemiga había movido un solo dedo.

Todos miraban a su capitana, arrodillada y vestida con los restos de sus ropajes y de su maravilloso cabello, abatida y vencida. Pero ninguno hizo nada.

- ¡Os retorceré el pescuezo en cuanto os pille! -gritaba Goldie a sus hombres-. ¡Os arrepentiréis durante el resto de vuestras vidas!

De repente, alcanzó su alfanje, se levantó y se abalanzó hacia Art. Y todo esto, en un único movimiento.

Pero Art se hizo a un lado esquivando así a su contrincante, como si se tratara de un divertido baile, y le asestó un puñetazo entre la muñeca derecha de Goldie y el codo.

Con el brazo entumecido por el golpe, Goldie dejó escapar su espada.

- Recógela.

- ¿Y cómo quieres que lo haga, bruja? -En ese momento Goldie rompió a llorar.

Lloriqueaba como una niña de cinco años, mientras se sorbía los mocos.

Art hizo un movimiento rápido con su espada, y cortó el único rizo negro que quedaba en la cabellera de Goldie. Un segundo después, ésta volvió a gritar como una loca.

- Lo siento mucho -dijo Art-. Recoge tu espada y continuemos.

Goldie se restregó su mano derecha, que aún tenía entumecida, y de debajo de la manga se sacó otra navaja y se la arrojó directamente a Art con su mano izquierda. Pero Art esquivó la navaja con la empuñadura de su espada.

Goldie permanecía ahí, medio inclinada, muy poco encantadora, mocosa y lloriqueando.

Art pasó por delante de ella, recogió el alfanje de Goldie y se lo ofreció muy amablemente.

Goldie tiró al suelo el alfanje y Art dijo:

- Oh, cielos.

Una vez más, Art recogió el alfanje y mientras se volvía a poner derecha, Goldie intentó golpearla con su puño izquierdo, pero Art logró evitar el golpe con facilidad. Un segundo después, Art volvió a entregar el alfanje a Goldie.

Después de todo, Goldie intentó agarrarlo y se abalanzó sobre Art.

Pero esta vez, Art golpeó con su espada el alfanje de Goldie con tanta fuerza que lo lanzó hacia el aire haciendo arcos y después aterrizó a unos metros de allí. Goldie, quien había perdido por completo el equilibrio, se tambaleó y cayó sobre el suelo, justo ante los pies de Art.

- Ya basta -se quejó Goldie.

- ¿Perdona?

- ¡Ya basta! -gritó Goldie-. ¡Quiero seguir con vida! ¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Ya basta!

- Ah -dijo Art mientras miraba hacia abajo-, seguir con vida. Creo que tu padre, Goliath, jamás permitía que sus enemigos sobrevivieran.

Afligida, Goldie miraba fijamente el rostro de Art, pálido y ensangrentado, con unos ojos tan negros y gélidos que parecían los de una estatua.

En un horroroso silencio, ambas tripulaciones observaban cómo la espada plateada de Art hacía una especie de zigzag en el rostro de la pequeña Goldie Girl.

Instantes después, Art se enderezó y todos escucharon a Goldie sollozar:

- Pero, ¿qué has hecho?

- Es un pequeño recuerdo. Para que nunca te olvides de mí. Considérate afortunada, señorita, pues portas la marca de Pirática.

Goldie se llevó la mano a la mejilla derecha, justo al lado del labio superior, y volvió a gritar.

- ¡Esto me dejará una cicatriz enorme! ¡Me ha dibujado dos huesos cruzados en la mejilla! ¡En mi preciosa mejilla! ¡Matadla, ratas malolientes!

Uno por uno, cada miembro de la tripulación de Goldie escupió en el suelo. Entonces, el señor Beast, con la nariz bien roja, habló, pero no se dirigía a Goldie, su capitana, sino a Art.

- Capitana Pirática, has vencido. Ya no está a prueba de balas, así que ahora carga consigo el peso de la mala suerte. Su padre yace en su tumba, en las profundidades marinas. Llévanos contigo, capitana. Ahora nos debemos a ti.

Y entonces, toda la tripulación de la Enemiga gritó a todo pulmón:

- ¡Sí! ¡Leales hasta el fin!

Art alzó su cabeza y empezó a carcajearse con temeridad.

Fue en ese preciso instante cuando el mar y el cielo se unieron.

Un enorme estruendo hizo que todos giraran la cabeza, y la mirada, hacia arriba.

Ahora, cerca del borde del acantilado, podían ver perfectamente cómo se iba acercando una enorme ola.

Era como un segundo océano que surcaba sobre una extensa y rizada ola. No era ni azul ni ámbar, sino del color de la melaza oscura, y parecía que en lo más alto se zambulleran caballos blancos en la espuma. Incluso daba la sensación de que la ola rugiera a medida que se iba acercando.

A sus espaldas, sobre el acantilado, la multitud de loros no paraba de graznar y Plunqwette, quien ahora estaba posada sobre el hombro de Ebad, tan sólo emitió un gemido un tanto salvaje.

- ¿Cuánto debe medir esa ola?

- Yo creo que al menos más de un kilómetro…

- Yo diría que tiene la misma altura que ese acantilado… Creo que vuelven las inundaciones.

Unidos por la inquietud y la preocupación, los hombres de ambas tripulaciones permanecían perplejos mientras observaban lo que se les acercaba. Art también estaba de pie, observando con cautela el creciente océano. Tan sólo Goldie permanecía sentada a lo lejos, sobre la hierba, sujetando un pañuelo para intentar curarse la herida y de espaldas a todo el espectáculo.

Ahora la ola empezaba a plegarse. Una vez rompió, las aguas se extendieron por toda la superficie del océano, destrozando así todo lo que encontraba a su paso. Segundos más tarde, la espuma se apresuraba hacia ellos.

En la orilla de la playa, los botes ya flotaban sobre las nuevas aguas, y empezaban a romperse en mil pedazos. Al contemplar mar adentro, ninguna de las dos embarcaciones estaba a la vista.

Por encima de sus cabezas, unos deslumbrantes y tormentosos truenos caían desde el cielo, que ahora había cobrado un color extraño, como si estuviera anocheciendo.

- Retroceded -dijo Art-, y estiraos sobre el suelo. ¡Todos!

- Sí -continuó Ebad-, golpeará directamente contra el acantilado, y seguramente arrastrará consigo muchas cosas…

La roca del acantilado parecía emitir una especie de zumbidos, como un canturreo agudo. Arrastrando el cofre que contenía el tesoro que les había conducido a todo esto, los hombres de la tripulación de Art producían un ruido sordo al empujarlo hacia los árboles más cercanos, donde cientos de loros ya se habían agrupado sin emitir sonido alguno, como un enorme fardo de plumas.

El agua golpeó la roca provocando un ruido un tanto metálico. La espuma estalló como magníficos fuegos artificiales de color blanco en el cielo. Después, cayó sobre ellos como aguanieve salada. Esto ocurrió tres veces más, a pesar de que la segunda y la tercera no fueron tan violentas como la primera.

Hubo unas cuantas sacudidas más, que golpearon en el acantilado, pero en pocos minutos se dejó de ver o sentir la explosión de la espuma. Las olas de la marea empezaban a desvanecerse.

- Esta isla está maldita -dijo Goldie, lloriqueando sin que nadie le hiciera el menor caso.

Largos hilos de agua salada recorrían la hierba.

Art vio a Felix, aún con las manos atadas, acurrucado entre los árboles situados detrás de ella. A pesar de que el terreno estaba mojado, el océano se había retraído.

Los loros, mojados, se sacudían el agua de las plumas. La cima del acantilado se había mantenido por encima del nivel del mar, presumiblemente como siempre. Pero a unos metros debajo del acantilado, cuando se asomaron por la escarpada roca, observaron que el agua seguía corriendo. Oscura como el cielo, cubría todo lo que se encontraba a su paso, la playa, el prado, el bosque, la entrada-salida de la escalera de Diez Kilómetros. Ni siquiera los árboles más altos eran visibles.

- Black yace ahí abajo.

- Y nuestros botes.

- Y la embarcación. Seguramente la Inoportuna yace en lo más profundo de estas aguas.

Ahora, lo único que se mantenía por encima de la marea era la arbolada colina, sobrevolada por un gran número de loros. La colina se había convertido, al igual que el acantilado, tan sólo en un islote más de los Mares Ámbares.

- Estamos perdidos -dijo Eerie-. Sin embarcación y abandonados en esta roca. Nos moriremos de hambre y de pena.

- ¡No, mirad, camaradas! -exclamó el señor Beast-. ¡Allí hay un barco! Pero… por los berrinches felinos… si es… ¡nuestra embarcación! ¡y la vuestra!, ¿no?

Ebad cogió el catalejo y miró a través del crecido y oscuro océano en silencio. Y, así, entregó el catalejo a Art.

No eran dos embarcaciones, sino cuatro. Art lo veía claramente a través del cristal del catalejo y a pesar de todos los kilómetros que los separaban de aquellos navios y de la agitación de las aguas del océano. Sí, podía observar cómo se dirigían hacia la isla. Incluso, a través del catalejo, pudo contemplar las banderas que enarbo- laban.

- ¿Es la vieja Inoportuna Forastera, capitana? ¿Se ha salvado?

- Me temo que no, señor Cuthbert. Una embarcación ondea una bandera que lleva dibujado un elefante sujetando una taza de café, y otras tres ondean los colores de la Marina de la República de Inglaterra.

Un gemido de sufrimiento brotó de todos ellos, de todos excepto de cuatro: Art, Ebad, Felix y Goldie. El señor Beast fue el que dio el último discurso:

- Al fin nos han cogido. Estamos perdidos. Creed- me, hay una soga esperándonos a todos y cada uno de nosotros.