Capítulo II
1. Pistolas para dos, ¿café para quién?
Durante todo el camino hacia Lundres el amarillento perro no paró de ladrar. ¿De quién era? Parecía no tener dueño. Puede que él mismo se pagara su billete.
Art estaba ojo avizor y vigilante, no se fiaba ni un pelo de los otros cinco pasajeros que la acompañaban. Tres de ellos parecían pensar que ella era el encantador joven caballero, el señor Phoenix, el mismo que un día antes había viajado junto a ellos, los otros dos pasajeros sospechaban que era tan sólo lo que se veía a simple vista, una impostora que había robado los ropajes del encantador señor Phoenix y que ahora se los había apropiado y los llevaba puestos.
Art no musitó palabra durante todo el viaje. Deslizó su «supuesto» sombrero hacia abajo, de manera que su rostro quedaba cubierto y así podía aparentar que estaba dormida, aunque en realidad en ningún momento cerró los ojos.
A los caballos, que tan sólo habían galopado hasta la parada de Hare Bridge, se les había dado avena y ahora estaban de un humor bárbaro, con lo que el carruaje había cogido una velocidad considerable. La noche se iba desvaneciendo dando lugar a un alegre abanico de colores invernales: la nieve parecía seda, como mármol recién tallado, el cielo era de color turquesa y todos los tilos estaban cubiertos por un suave manto de nieve que los rayos del sol perfilaban con una delgada línea dorada. Las campanas sonaban por todos los lugares. Ya era Navidad. Con su peculiar espíritu navideño, los pasajeros se quejaban, refunfuñaban y gritaban al darse cuenta de que llegarían tarde a la celebración de las comidas familiares.
El paisaje mostraba extensos campos y pueblos que parecían de juguete bañados por los niveos copos de nieve, y éstos parecían multiplicarse a ritmo constante según iban desplazándose. Pero, poco a poco, este panorama navideño sacado de un cuento de hadas se fue convirtiendo en un paisaje más sucio y las callejuelas de los pueblos empezaron a apiñarse como caimanes escamosos. Para entonces, en el horizonte apareció la ciudad de Lundres, que se alzaba en la distancia como un cuadro pintado al óleo.
¿Había estado ahí Art alguna vez? No estaba del todo segura. El pueblo que mejor conocía y que se encontraba a unos doscientos kilómetros hacia el suroeste se llamaba Port Mouth. Allí se había construido un canal por el que no se debía pagar impuestos y además era un lugar de grandes embarcaciones, algunas de ellas embarcaciones piratas secretas.
Art sacó la cabeza por la ventanilla del carruaje, al igual que los otros cinco pasajeros y, cómo no, el perro. Entonces pudieron ver: una media naranja dorada, aún con la cáscara, en la cúpula de la catedral de San Paulus; la cúspide del Puente de Lundres; el rojo y el blanco de la Torre de Lundres, donde se rumoreaba que guardaban las antiguas joyas de la corona y también leones; el negro portón de Monk; mercados grasientos y el pantanoso barrio de Sheerditch.
El carruaje llegó a su destino final bajo el grandioso reloj de la Cruz de la Santa Caridad, en la playa del Tamsis. Entonces, el conductor empezó a presumir de la hora a la que había alcanzado llegar a su destino, pues tan sólo pasaban cinco minutos del mediodía.
En cuanto al perro, cuando los pasajeros empezaron a apearse de uno en uno del carruaje, él también lo hizo. Meneando la cola y bastante solo, su silueta fue desapareciendo a medida que se adentraba por las callejuelas.
Art permaneció de pie en la orilla cuando de repente una oleada de carruajes la salpicó al pasar por encima de la nieve casi derretida. Se encontraba en medio de una muchedumbre y rodeada por altísimos edificios en la parte más baja del río Tamsis. El río era azulado y sus orillas estaban rodeadas de monumentos de granito y estatuas. El grueso hielo se había aposentado sobre sus aguas, flotando en pedazos entre los diversos barcos.
- ¿La Taberna del Café? -El hombre miró a Art con los ojos entornados cuando ésta le preguntó por el lugar y le respondió:
- Es como un grano en el culo, como un orzuelo. Camas como pasteles, pasteles como camas, pulgas tanto en los pasteles como en las camas. Tienes que ir al barrio oeste, y una vez estés allí preguntas por la avenida Ramble.
Art dio media vuelta y se dirigió hacia la zona oeste de la ciudad.
Las campanas de la iglesia de St. Martins in the Fields, situada en el centro de la ciudad, tocaban magníficamente detrás de ella, sobre una pradera cubierta de nieve. El republicano Jack de la Inglaterra Libre se podía contemplar desde casi todos los campanarios de las iglesias y tejados de las casas de color rojo, blanco, verde, amarillo y azul.
Art dio tan sólo una rápida ojeada a Lundres a pesar de que era una apasionante y ruidosa ciudad, pues tenía cosas que hacer.
En el interior de La Taberna del Café, o al menos lo que la puerta entreabierta dejaba descubrir, había una atmósfera marrón por el humo del café y de las cenizas de las pipas de tabaco.
Por encima de la puerta colgaba un cartel con forma de una tinaja repleta de granos de café, y debajo de éste, se encontraba el perro amarillento, ladrando en el umbral.
Al ver a Art, el perro meneó la cola y después se precipitó directamente hacia el interior de la taberna. En el interior, figuras sombrías se tambaleaban y se maldecían las unas a las otras mientras el perro corría disparado entre ellas, doblando una esquina de color marrón oscuro más allá de la cual había una ventana que dejaba entrar una luz brillante. Fue entonces cuando se escucharon enormes chillidos que le daban la bienvenida al perro:
- ¡Muck! ¡Muck!
De repente, Art se quedó paralizada. No daba crédito a lo que escuchaba. Conocía esa voz.
- Oye, éste es Muck, el perro más limpio de toda Inglaterra.
- ¿Dónde has estado, viejo amigo?
- Pásame el café, Walt. Le daremos un plato al perro.
Art los conocía a todos y cada uno de ellos.
Se fue adentrando en la taberna poco a poco, y se colocó en un rincón. Los bebedores cafeteros estaban sentados con la espalda encorvada de forma que no podían descubrirla. En un lado se estaba celebrando un combate de lucha libre en el suelo. Una jovencita, no se sabe cómo, llevaba diez jarras rebosantes de café, pero, a pesar de todo, era un lugar sombrío. Estimulados por la cafeína, como si fueran alondras, los clientes canturreaban pesadas y estridentes canciones para luego volver a arrellanarse con sus jarras. Todo el mundo estaba concentrado en su vaso.
Art se plantó delante de una larga mesa, alrededor de la cual estaban sentados todos esos hombres.
Salt Walter, un joven que ahora tendría la mayoría de edad con una fogosa cabellera que incluso brillaba en la oscuridad; Salt Peter, su hermano, un hombre de unos veinte años y experto en cañones; también estaban Dirk, Whuskery, el segundo oficial Ebad Vooms (más negro que el carbón) y Eerie O'Shea, tercer oficial.
Art tardó unos instantes hasta que sus ojos se adecuaron a la nueva intensidad de luz. Ahora los podía ver mucho mejor, a pesar de que ninguno de ellos la había visto aún.
Art no podía pronunciar palabra. Sentía cómo los latidos de su corazón eran lentos e impetuosos.
Esos hombres iban vestidos con ropajes de piratas, tal y como ella los recordaba: camisetas con bordados rasgados y cordones, abrigos remendados con parches de colores y con borlas y trenzas doradas, botas altas de color negro, cinturones anchos de los que colgaban cuchillos, cinturones de balas atiborrados de pistolas, pedreñales y alfanjes pendidos de sus caderas. Sombreros de tres picos, plumas, joyas, pendientes de aros y lentejuelas del tamaño de la oreja de un pirata.
- El perro está más ansioso por el café que tú, Ebad. Se lo ha zampado todo. -Eerie se giró para pedir más café y fue entonces cuando se dio cuenta de que una persona estaba detrás de él.
Entonces Art dijo, con voz gélida y clara y con el corazón latiéndole con fuerza:
- El perro ha llegado hoy desde Rowhampton. Debe de estar sediento.
- ¡Por todos los demonios!
- ¡Por…!
Empezaron a dar saltos súbitamente, brincando de un taburete a otro, sin dar crédito a lo que veían.
Se colocaron en semicírculo alrededor de la mesa. Concretamente eran seis hombres, seis hombres que miraban atónitos a Art. Uno por cada año que había estado encarcelada en la Academia de Ángeles.
Nadie musitó palabra.
De repente, emergió de la nada otra canción:
Bebed el sabroso café, dulce y marrón
Sobre el Puente de Lundres caerá un chaparrón
- ¡Por todos los dioses! -exclamó Ebad Vooms. Y suavemente murmuró-: Es Molly Faith.
- Sí -contestó incrédulo Salt Walter con los ojos como platos soperos-. ¡Es un fantasma!
Art hizo caso omiso y fue Eerie quien dijo:
- Ésta no es Molly, no puede ser Molly.
- No -contestó entonces Art-, es la hija de Molly.
De repente, algo con la cabeza como una fregona mojada descendió de las húmedas vigas y aterrizó justo en el hombro de Art. Realmente, no le sobresaltó ese hecho, y menos después de todo lo que había sucedido. Giró la cabeza y vio los ojos color gris perla del loro de Molly, Plunqwette.
- ¡Piezas de ocho! -dijo el loro-. ¡Polly quiere un dólar!
- Buena chica -dijo Art, quien tenía algo en la garganta y carraspeaba. Pestañeó tan sólo una vez, y eso fue todo.
Pero, en la mesa, Muck empezó de nuevo a ladrar, y el loro, que salió volando del hombro de Art, se lanzó directamente para picotear al amarillento perro.
De pronto, plumas de colores y pelos de perro empezaron a revolotear por el aire mientras tazas de café rodaban por el suelo y se hacían añicos.
- ¡Pelea de gallos! -gritó la muchedumbre cafetera, y se levantaron de la mesa para hacer sus apuestas.
- ¡El amarillo! ¡Mira, mira!
- ¡Qué va! ¡El verde!
En ese momento se acercó el encargado de la taberna, quejándose por la vajilla rota:
- Ah, sois vosotros, cómo no. Maldita plaga de andrajosos.
- No nos puedes tocar un pelo -le dijo Salt Wal- ter, mientras hacía cabriolas sobre las mesas, entre las trizas de la vajilla china y la pelea entre el perro y el loro.
- Ahora somos la Tripulación del Café -le dijo Salt Peter a Art.
- Café Pirata, cielo -añadió Dirk.
Art no entendía nada, pero tampoco ellos entendían qué hacía ella en un lugar como ése, así que se podría decir que estaban en paz. Entonces, tan pronto como Art se sentó, le sirvieron una taza de café.
- Cuando aquello pasó -dijo Ebad-, después de eso…
- Te refieres a cuando nuestro barco se hundió -prosiguió Art.
- Bueno, es una manera de hablar.
- Era el barco de Molly -apuntó Walter, quien a continuación rompió a llorar mientras su hermano le quitaba la taza de café puro para que no quedara salado.
- La verdad es que Molly fue una gran pérdida para todos nosotros -dijo Eerie mientras se sonaba la nariz-. Una gran pérdida para nosotros y para todo el mundo.
- Y después de eso, bueno, en realidad hemos estado perdiendo el tiempo. La más elegante tripulación… por dios, ¿por qué nosotros? Hemos cambiado de trabajo y, en fin, sin hacer nada de provecho.
- Sobrevivisteis -dijo Art.
- Eso es cierto, realmente cierto.
- Pero ¿cómo lo lograsteis?
Todos la miraban sorprendidos. Ahora, en esa penumbra color chocolate que quedaba más allá de la desluimbrante ventana, todo el mundo veía perfectamente a todo el mundo. Incluso Muck y Plunqwette habían parado de pelearse y, molestos, los jugadores que participaban en la pelea de gallos se habían marchado.
- Hicimos esto y aquello -dijo Dirk-, bueno, corramos un tupido velo y hablemos de otra cosa.
Whuskery se limpió la espuma del café depositada en su maravilloso bigote color azul oscuro y añadió:
- Nos mantuvimos unidos, somos como una gran familia… una gran familia feliz.
- ¿Por qué no intentasteis conseguir otro barco? -preguntó Art.
- ¿Qué?
- Si lograsteis sobrevivir cuando la Inoportuna se hundió…
- Nadie -comentó Ebad- nos hubiera dejado tener otro barco.
- Molly hubiera conseguido otro -afirmó Art con entereza.
- En eso llevas toda la razón. Molly era capaz de hacer cualquier cosa. Nos cuidaba mucho -se lamentó Eerie-, incluso mejor que cualquier hermana. Era como una madre para nosotros.
Alzaron sus tazas y brindaron en honor de Molly. Incluso Muck brindó por ello. Tan sólo Plunqwette estaba sentada aislada, arreglándose las despeinadas plumas color verde y rojo. Entonces Art preguntó:
- Pero ¿qué pasó con el resto de la flota de Molly?
Nadie contestó. La miraban de una forma muy peculiar. Finalmente Ebad se aventuró a decir:
- ¿Su flota?
- Sí, Ebad. Por lo menos había quince embarcaciones, ¿no? ¿Ninguna acudió en vuestra ayuda? ¿Eso fue lo que pasó? -Ebad la miraba fijamente, estupefacto como si de repente estuviera hablándole en otro idioma. Art entonces pensó: «¿Qué le pasa a éste? Seguramente el resto de la tripulación pirata abandonó la Inoportuna Forastera y su buque insignia la dejó en manos de la suerte». No entendía por qué a esos hombres les costaba tanto hablar de ello.
En este nuevo silencio que se había formado, Eerie acabó de confirmar las sospechas de Art exclamando en un tono de voz falso:
- Pero háblanos de ti, Art. Tu padre te acogió, ¿verdad? Después de… después de que nos hundiéramos.
Art frunció el ceño.
- ¡Por todos los mares! -dijo Salt Walter-. Miradla, es clavadita a su ma…
- Incluso más Molly que la mismísima Molly -afirmó Eerie.
- Tu padre, ¿ha cuidado bien de ti todos estos años? -preguntó resoplando Salt Walter.
Art arrojó su taza de café al suelo con ferocidad.
- Escuchad. He pasado años encerrada en una cárcel por culpa de mi padre.
- ¿En una cárcel?
- Sí, una escuela que se dedica a refinar a las jo- vencitas para hacer de ellas distinguidas señoritas. Mi padre es un monstruo.
- Ah, Molly también lo decía.
- Olvidé todo mi pasado. A vosotros, a ella, a nuestro cañón, la Duquesa… aquel estallido me hizo olvidarlo todo, pero ahora…
- Bueno -dijo Ebad mientras asentía con la cabeza-, eso lo explica todo. No temas, nosotros cuidaremos de ti. Por los mares y los cielos que lo haremos.
- Señor Vooms, yo no necesito que me cuiden -contestó Art mientras los miraba fijamente uno a uno-. Yo seré quien cuide de vosotros.
Nadie contestó.
Art podía escuchar cómo sus mentes susurraban al unísono diciendo: «Ella no es Molly Faith».
- Nosotros tenemos ahora un trabajo -saltó de repente Eerie.
- ¿Y en qué consiste?
- Ayudamos a vender café.
- Café Pirata -añadió Salt Peter-. Podemos beber todo lo que queramos mientras hagamos publicidad y además nos dan alojamiento, comida y algo suelto para meternos en el bolsillo. Resulta igual de agradable que un pañuelo de seda al tacto.
Art giró la cabeza y empezó a reírse a carcajadas.
- ¿Que vosotros, qué?
Enormes lágrimas se deslizaban por el rostro de Salt Walter, quien con una sonrisa de oreja a oreja trinaba:
La nueva bebida, el Café Pirata es,
Si lo pruebas, verás qué exquisitez,
Sube con nosotros y te sorprenderás,
No te arrepentirás.
- ¡Cállate!-ordenó Art-. Yo os diré qué vamos a hacer. -Los piratas esperaban con inquietud hasta que finalmente Art añadió-: Vamos a volver al mar.
- Eh… Art… es que… ¿el mar?
- ¿Es que jamás ha oído hablar de él, señor Salt? Ya veo. Habéis perdido todo vuestro valor, pero no importa. La tripulación de Molly era la más magnífica de los Siete Mares. Vuestro coraje volverá a salir a flote, os lo prometo. Cogeremos una embarcación y la llamaremos la segunda Inoportuna Forastera. Nos haremos ricos gracias a nuestra astucia y a nuestros planes, y no utilizaremos la crueldad ni la maldad. Actuaremos tal y como Molly lo hizo en su tiempo.
Ahora un silencio total se cernía entre ellos e incluso Art pensó que jamás volverían a pronunciar palabra. Segundos después, muy débilmente, Eerie dijo:
- De hecho, ya tenemos una especie de barco.
- El Barco del Café -exclamó Salt Walter, quien se sonrojó hasta tal punto que las mejillas cobraron el mismo color que el de su cabello, o incluso el color de las rojizas plumas del loro. Incluso en la oscuridad Art Inidia darse cuenta de ello.
Tienes que entender que tan sólo es publicidad aclaró Ebad con seriedad-. Navegamos a través del río Tamsis hasta llegar al alegre Grinwich, después descendemos por éste en dirección a la costa oeste, quizá hasta Port Mouth. Sí, somos piratas, pero de los que hacen publicidad al Café Pirata, ¿me estás siguiendo?
Felix descubrió horas después cuál había sido el malentendido cuando vio su rostro reflejado en una moneda de plata. Entonces se dio cuenta de que el leopardo que lo había asaltado y que le había robado el abrigo, la capa y el sombrero no había dado falsas informaciones a las gentes de Hare Bridge. Fue precisamente él quien, sin querer, lo había hecho.
El hecho de que apareciera justo después de que el caballero Jack Cuckoo hubiera detenido un carruaje e intentado robar a los pasajeros de éste provocó que Felix, quien en ese momento llevaba una antigua capa remendada y algo sobre sus ojos que parecía ser una media máscara, diera una impresión equivocada.
La máscara estaba manchada de hollín del fuego que había intentado encender en la pequeña caseta, o incluso, a juzgar por su abrigo, parecía que se hubiera metido por una chimenea. Y por supuesto, a pesar de que él no pudo verse en el espejo esa mañana, el gentío sí que lo había visto…
Felix recorrió kilómetros.
Resbalaba y se deslizaba, patinaba por gráciles colinas, chocaba contra los árboles, se caía, se levantaba y emprendía de nuevo la carrera.
Al fin perdió de vista a la muchedumbre. Probablemente tuvo suerte, aunque también pensó que había estado corriendo en todas las direcciones posibles, ahora este, ahora norte, y que además se había caído en matorrales nevados, se había deslizado a cien kilómetros por hora por muchas colinas que nadie, en su sano juicio, hubiera descendido a no ser que tuviera muchísimo cuidado. Así que había podido perder de vista a la muchedumbre porque ésta tenía más juicio que él.
Cuando finalmente se dio cuenta de que había logrado escapar, Felix se detuvo pensativo durante unos instantes apoyado en un árbol. Estaba magullado y golpeado, pero aun así estaba de una sola pieza. Se rio ligeramente de sí mismo, del mundo entero, intentó enderezarse el sombrero, pero se volvió a dar cuenta de que ya no tenía sombrero, caminó por un campo cubierto de nieve rodeado por árboles y fue directo hacia…
- ¡Ahí está! Llega muy tarde, señor. ¿Se puede saber por qué?
- Por nada -contestó Felix mirando a los cinco elegantes caballeros, quienes tenían una expresión de desagrado. En la mesa había botellas de brandy, vendajes y un cofre abierto con dos bonitas y brillantes pistolas con incrustaciones.
- ¿Nada? ¿Está siendo sincero con nosotros, señor? ¿Eh, señor?
Felix esperó con cautela.
- Miradlo. Acaba de estar en un baile y se ha olvidado de la máscara. ¿Acaso no sabe cuál es su función aquí? ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! ¿Se le ha comido la lengua el gato, o qué?
- Puede ser.
- Así que al señorito se le ha comido la lengua el gato, ¿eh?
Uno de los hombres se dirigió a él dando grandes zancadas y le lanzó una mirada feroz.
- Este tío me da mala espina. No me fiaría de él ni ¿quiera para que me hiciera un absurdo recado, así que mucho menos para que sea el cirujano de este duelo.
Ah, un duelo. Ahora entendía por qué estaban las pistolas sobre la mesa. Entonces Felix dijo:
- Yo no soy…
- No es el qué, a ver. ¡Suéltelo!
- Eso, dese prisa. Quiero endiñarle una bala a éste entre ceja y ceja aquí y ahora, y salir pitando para llegar a tiempo a mi cena de Navidad. Ya hemos perdido demasiado tiempo esperándolo, concretamente más de una hora.
- Yo no soy cirujano.
- Ahora nos salta con que no es cirujano. ¡Rayos! Entonces, ¿qué eres?
En ese momento, el otro hombre que participaba en el duelo y que había comentado lo de su cena de Navidad se acercó dando pisotones.
- Yo he sido quien ha organizado este duelo para hoy y quien contrató sus servicios anoche, cuando Harry y yo acordamos batirnos a la mañana siguiente.
- Y desde luego que lo hiciste, Perry. Me acuerdo perfectamente. Justo después de que dijeras que yo era un tramposo jugando a las cartas y que yo te abofeteara con mis guantes y te dijera que tendría una bala lista para ti por la mañana.
Unidos como hermanos, Harry y Perry, los furiosos duelistas, empezaron a gruñir contra Felix.
- No podemos llevar a cabo un duelo sin un cirujano. Está en contra de las normas, así que va a tener que serlo y punto.
- No tengo ni idea de cirugía…
- Ni falta que hace. Uno de nosotros disparará al otro y éste no acudirá a su cena.
Dos de los hombres que estaban presentes empezaron a animar a los contendientes. El quinto hombre dijo con severidad:
- Tengo que estar en Republics a las diez en punto para arbitrar un duelo del honorable Landsir Whack. Soy un hombre ocupado, como puede ver. Además, tengo otro a mediodía.
- ¿Lo ve? -intervino Harry-. Venga, hombre, no nos haga perder más tiempo. Cuanto antes acabemos mejor, así que váyase preparando.
Empujaron a Felix hacia la nevada pradera. En la blanca cima de los árboles estaban sentados los cuervos graznando y soltando carcajadas. Mientras tanto, los adversarios escogían sus pistolas.
El severo árbitro levantó su mano derecha y dijo:
- Tan sólo una bala. Espalda contra espalda, caballeros. Contaré hasta diez, que serán los pasos que daréis. Después os daréis la vuelta y dispararéis a muerte.
- Siempre me ha gustado eso -remarcó Harry amistosamente a Perry-, disparar a muerte; ten cuidado Muerte, es lo que siempre digo.
Felix estaba junto a la mesa. Los vendajes estaban esparcidos y completamente desordenados y los instrumentos de metal de las cajas parecían de la Edad Media, incluso tenían más mugre que las pistolas.
Los contendientes ya estaban espalda contra espalda, listos para la cuenta atrás e incluso bromeaban entre ellos alegremente.
- ¡No! -exclamó Felix.
- ¿Qué? Pero ¿qué pasa ahora?
- No quiero formar parte de todo esto. Vosotros sois amigos.
- Bueno, los amigos también pueden dispararse -comentó uno de los hombres que observaba el espectáculo de forma aburrida.
- Ya lo sé -prosiguió Felix-, está demostrado por la cantidad de asesinatos que hay en el mundo. Y yo no soy un médico, así que si os hacéis daño yo no podré ayudaros. Así que mejor dejadlo.
Los cinco hombres se dieron la vuelta para verse cara a cara con Félix, pero no lo lograron, pues Felix ya estaba de espaldas y marchándose de aquel lugar.
- ¡Detened al ladrón!
Como si fueran uno solo, Harry y Perry dispararon contra la nieve, apuntándole en los pies. Los dos eran muy buenos en el arte del disparo. Las balas le rozaban el borde de las botas y la nieve burbujeaba en dobles arcos.
Después, los dos espectadores empezaron a correr hasta que lo lograron atrapar y a continuación lo arrastraron hasta la mesa.
- ¡No pienso hacerlo! -gritó Felix-. ¡Es una maldita estupidez!
Harry recargando su pistola, se quedó embobado y dijo:
- Vuelve a escaparte otra vez.
Perry le dio una palmadita en la espalda a Harry y dijo:
- Está bien, jovencito. Ahora me voy a ocupar yo de esto. Escuche -añadió agarrándole la camiseta con fuerza a Felix-, o se hace pasar por cirujano o no tendré compasión con usted. Por su voz veo que es todo un caballero, así que hará lo que le digo. Voy a batirme en duelo con alguien, y usted podría ser ese alguien.
- Yo no me bato en duelo -exclamó Félix, pálido e inmóvil-, he oído por ahí cuáles son las consecuencias. Además, tampoco puedo disparar.
Harry se abrió paso entre ellos:
- Ya he tenido suficiente. Por lo más sagrado que ya he tenido suficiente. ¡Tome esto! -le espetó mientras le propinaba al chico una bofetada con su guante de piel.
- ¡Y esto! ¡Y que le zurzan! -exclamó Perry abofeteando a su vez a Felix con su guante de piel.
- Ahora somos nosotros quienes le retamos a usted -añadió Harry, en un intento de explicarse mejor-. Maldito cirujano, lo haremos sin él igualmente. Escoja su arma, señor.
- No.
- O la escoge o le dispararé a muerte de todas maneras.
Felix ahora estaba completamente pálido como la nieve, lo que hacía que sus ojos parecieran de un azul tan intenso que llegaban a rozar el negro y que el color de su cabello fuera en cierta manera más vivido. Después, cruzó los brazos.
- Yo no lucho. Ni disparo. Ni soy médico.
Pero alguien puso una pistola cargada, presumiblemente, en la mano de Felix. Este la arrojó con indignación en la nieve. Nadie se percató de lo ocurrido. Lo habían colocado de espalda contra la espalda de uno de ellos, Harry. El árbitro volvió a explicar las reglas.
- ¡Ten cuidado, Muerte! -gritó Harry.
A continuación Harry caminó los diez pasos.
En cambio, Felix no. Pero, cuando acabaron de contar, se dio media vuelta y dirigió una mirada penetrante a los ojos de Harry, que relucían como balas de plata.
Harry pestañeó, se dio la vuelta mirando de reojo y disparó a quemarropa, a una distancia de tan sólo diez pasos, a Felix Phoenix.
En el momento en que la pistola escupió la bala y el ruido, Félix cayó sobre sus rodillas.
- Pero qué demonios… ¿he fallado?
Félix se sentó sobre la nieve y susurró:
- Eso parece.
Perry y los dos espectadores estaban escudriñando el suelo, intentando encontrar la otra pistola que había llegado a las manos de Felix y que éste había escondido bajo la nieve.
- ¡Nunca fallo!
- Otra vez será… -susurró Felix.
- Pero se ha derrumbado -le comentó Perry a Harry-, y ha escondido la pistola. Mejor no te enfrentes con él. Jamás he visto a un tipo que se mueva tan rápidamente como él. Aunque se ha desmayado. Cayó justo una fracción de segundo después de que tú dispararas.
Felix ya se había levantado. A Harry estaban a punto de saltarle las lágrimas. Y, en su berrinche, se negaba a ser consolado por haber fallado.
Esta vez, su mañana de Navidad se había arruinado y el espíritu navideño se había esfumado. Ni siquiera intentaron pararle los pies a Felix.
- ¡Adiós y buen viaje! -gritó alguien.
A kilómetro y medio, sacó la pistola que había podido meterse, de manera inexplicable, en el bolsillo al caer. Un duelo con una sola pistola, ni siquiera Harry o Perry hubieran podido hacer lo mismo. Si Felix hubiera lanzado la pistola, quizá alguien inocente habría podido encontrarla, así que se quedaría con ella hasta que tuviera la oportunidad perfecta para deshacerse de ella, a pesar de que resultaba ser una carga muy pesada para su conciencia.
Felix estaba deprimido. Estaba desconcertado examinando la pistola. Y fue entonces, en el resplandor plateado del arma, cuando de nuevo vio repentinamente el tenue reflejo de su rostro, con la media máscara de hollín que le hacía parecerse al ladrón.
Ebad Vooms hizo una pausa mientras echaba la vista atrás por toda la avenida Ramble, y fue entonces cuando distinguió a una alta y esbelta jovencita que vestía como un alto y esbelto jovencito. Salt Walter y Peter caminaban junto a ella y Dirk, Whuskery y Muck también. El loro no paraba de dar vueltas sin sentido a su alrededor, molestando a las palomas lundi- nenses.
Sí, realmente Art se parecía mucho a Molly, aunque el tono del cabello de Molly era más rojizo y el verde de sus ojos más intenso. Sin embargo, Art era más alta, libad recordaba perfectamente la estatura de Molly, quien parecía más alta por sus larguísimas piernas. En realidad, Art era casi como Molly. Lo difícil sería…
- ¿Está chiflada? -preguntó Eerie, algo melancólico, a Ebad.
- Qué va. Le viene de cuando el cañón estalló. Le liizo muchísimo daño y le afectó a la memoria, según dice.
- Eso fue hace seis años, Ebad. Seis largos años.
- La chica dice que no se acordaba absolutamente de nada hasta ayer por la mañana.
- Dale un poco de tiempo entonces -dijo Eerie.
- Tiempo y marea no esperan a nadie.
- Así es.
2. Hundiendo a Molly
Tomaron el carruaje de caballos hasta Grain Dock. Diez caballos tiraban del vehículo abarrotado de pasajeros que viajaban el día de Navidad, cuyas cestas estallan a rebosar de gansos, algunos aún sin cocinar y otros ya listos para la cena, de botellas, de mandarinas y de regalos atados con cintas doradas. Un enorme árbol de Navidad ocupaba casi cuatro asientos delanteros. La atmósfera estaba cargada de la esencia de la madera de pino, de humos, de excrementos de caballo, de cenas navideñas en todas sus etapas culinarias y de púdines cociéndose en pastelerías a lo largo de toda la calle.
- Ni siquiera tenemos un triste pedazo de pastel de carne con frutas… -se lamentó Eerie.
- Ninguno de nosotros celebrará las navidades.
- Así es la vida de los anunciantes.
En Grain Dock la nieve se amontonaba en ambos lados de la escalera y el hielo, de un grosor considerable, se incrustaba en el dique. Los barcos se mantenían a una cierta distancia del río, con sus mástiles desnudos como árboles invernales. La mayoría de los tripulantes eran hombres comerciantes que parecían estar oxidados y su ruta consistía en ascender y descender el río Tamsis con cargas pesadas y macizas que les imposibilitaban ejercer de piratas.
Art sentía mucha curiosidad por el barco del que le habían hablado. ¿Le serviría de algo? Todos se habían referido a esa embarcación como «el barco del café», y no como «la embarcación del café», así que no prometía mucho. Pero por lo que había comentado Ebad, el velero supuestamente navegaba no sólo por el río, sino que además lo hacía por toda la costa sur, llegando incluso hasta Port Mouth. Así que, al menos, algo de provecho sí que le podía sacar.
Pero Art no se sentía segura, no estaba feliz. Había algo que le hacía dudar de la tripulación de su madre. En seis años habían perdido toda su energía, pero no sólo eso. En otro tiempo habían sido los piratas más famosos y célebres del mundo y ahora, ¿cómo era posible que estos hombres deambularan por las calles lundinenses y trabajaran de anunciantes de café? Algunos puertos, como por ejemplo el de Port Mouth, eran muy permisivos con ellos y les dejaban ir y venir a la vez que disfrutaban de las picaras inglesas ricas venidas de Inglaterra. Pero en Lundres no era lo mismo. En la capital, la ley se imponía como si fuera el mismísimo Jack el Republicano. El destino de cualquier pirata, como el de cualquier vulgar ladrón, era, una vez capturado, enfrentarse a un juicio en la cárcel de Oldengate para después ser ejecutado en el muelle de Execution.
Y allí estaban, sin pasar desapercibidos y más anchos que panchos caminando libremente.
¿Acaso les habían perdonado? ¿O es que se habían vuelto locos ?
¿Se habían vuelto locos cuando al fin ella se había vuelto cuerda?
Ella no les había presionado mucho y ahora los miraba con atención. Una oscura desconfianza se había apoderado de Art. Realmente ella no esperaba encon- i rar ni tan sólo a uno de ellos tan pronto, y menos aún encontrarlos a todos tan repentinamente para luego… verlos así.
Debía esperar, observar y comprender.
Después, el barco llegó remolcado hasta el muelle.
Oh, dios mío. El barco.
- Aquí tienes un bonito barco.
- Eso… ¿es vuestro? -preguntó Art.
- Es el Café Pirata -contestó Salt Walter.
Y realmente lo era.
Estaba pintado de marrón café, con líneas rojas y amarillas brillantes. Era como una especie de barco pirata pero en miniatura. Tan sólo medía nueve metros de popa a proa, los mástiles eran delgados y de poca altura y las velas eran de un color crema que parecían un escupitajo que la primera ráfaga de viento hubiera echado sobre ellas. A un lado del barco estaba escrito su nombre, Café Pirata. Bajo el bauprés se asomaba la figura de la cabeza de una dama sujetando una cafetera. Y lo peor de todo era que en el Café Pirata ondeaba la bandera de Jolly Roger. Art lo miraba atónita, no daba crédito a lo que estaba viendo. En un fondo negro estaba pintada, en vez de la calavera, una taza de café de porcelana china con dos cucharitas de café cruzadas.
- Si os montáis en esa cosa -dijo con voz áspera la joven-, la maldición de cada océano caerá sobre vuestras cabezas.
- No te desanimes, Art -dijo Ebad con un tono de voz muy forzado.
Entonces Art se dio cuenta de que ya era demasiado tarde. La maldición ya los acompañaba, pues una pequeña parte de la tripulación de Molly ya estaba a bordo. En la barandilla del barco, se asomaban otros dos rostros conocidos del pasado: el malhumorado Black Knack con su barba negra y con un parche negro sobre un ojo y Honest Liar, de cara redonda como una hogaza, con un pañuelo rojo y con aros en las orejas.
- ¡Adelante, camaradas!
- ¡Deteneos, babosas marinas! No sois bienvenidos a bordo.
Muck ladraba.- ¡Cállate! -le gritó Art injustamente. Aun así, Muck empezó a brincar por toda la pasarela mientras el loro de Molly sobrevolaba a baja altura y de vez en cuando descendía en picado para molestar al perro.
- Mirad a quién hemos encontrado -exclamó Eerie presentándoles a Art.
Black Knack miraba con curiosidad y para poder ver con más claridad se quitó el parche que llevaba en el ojo.
- No necesitamos a nadie más para este viaje. Además, no hay suficiente dinero para pagarnos a todos.
- Black Knack, es la hija de Molly Faith.
- No puede ser. Si es un muchacho. Venga, bájate del barco, jovencito.
Art caminó por la pasarela y empezó a dar zancadas alrededor de Black Knack. Mientras andaba, oyendo el cambio del crujir de la madera, incluso en esa diminuta cubierta, sentía que los músculos de las piernas se le agarrotaban. Poco después se encontraba cara a cara con Black Knack.
- Deberías avergonzarte, Black Knack. Y tú también, Honest. Mirad este mechón de mi cabello. ¿Quién soy?
- Está bien, te reconozco. -Honest se sonrojó, bajó la cabeza y agregó-: Te conocía. -Después sonrió de oreja a oreja y sacó el silbato empezando a pitarle a ella y a los demás para que subieran a bordo.
Art aún estaba encarada a Black Knack.
- No sólo deberías avergonzarte por no haberme reconocido, sino también por el barco.
- El barco, es verdad -contestó Black Knack mirando hacia otra parte-. Tuvimos nuestra época de gloria, éramos los mejores. Ahora hemos caído en el olvido.
- Guárdate eso para luego. Ya hablaremos sobre eso más tarde -comentó Ebad.
- Dime una cosa -preguntó entonces Art-, ¿quién capitanea este barco?
- Digamos que al patrocinador eso no le importa mucho. Cualquiera… -Black Knack hizo una pausa y añadió finalmente-: Cualquiera de nosotros.
Art se marchó por la cubierta acompañada de Ebad y Eerie. Le mostraron las escotillas, la escalera, el camarote del capitán, que era como una caja de cerillas y que además estaba a rebosar de sacos de café, y las cubiertas posteriores, que también estaban llenas de sacos y barriles.
- Ahí llegan los marineros -anunció Salt Peter desde la diminuta cubierta del alcázar.
Art se dio la vuelta rápidamente.
- ¿Marineros?
Un grupo de marineros de cubierta estaban subiendo a bordo, con barrigas cerveceras y llenos de alquitrán. Parecía que vinieran de cualquiera de los barcos comerciantes del puerto.
- Nosotros -exclamó Art- somos la tripulación.
- Aquí no. Ahora ya no -dijo Ebad con voz grave y resignación.
- ¡No necesitamos a ningún marinero!
- El patrocinador del café, la compañía… Es su espectáculo. Ellos deciden quién hace el qué -intervino Eerie.
Un joven se columpiaba agarrándose de las jarcias del diminuto mástil. Debía de ser más fuerte de lo que parecía a simple vista.
Art saltó con rapidez hasta el mástil principal, de hecho, el único que había en el barco, confiando en que podría aguantar su propio peso.
Fue subiendo, mano sobre mano, mientras los rayos de sol le deslumhraban los ojos, y su cabello ondeaba como una bandera. Cuando finalmente logró alcanzar la cima del palo, se sentó y le echó una sonrisa al invernal cielo azul. Ahí, justo ahí, a pesar de todo, estaba su sueño, en cierta manera hecho realidad.
- Sí, es la hija de Molly -susurró Ebad-. Aún sabe cómo hacerlo.
- Cómo desearía que Molly estuviera aquí.
- Molly está muerta -recordó Ebad-. Tanto tú como yo, y todos y cada uno de nosotros, lo vimos con nuestros propios ojos. Tuvimos mucha suerte al sobrevivir. Y la pequeña Art también la tuvo.
- Tengamos paciencia y calmémonos.
- ¿No sería mejor -irrumpió Salt Walter- decírselo de golpe y sin rodeos?
Los piratas estaban de pie, con las cejas arqueadas. Mientras, los demás marineros, ajenos a todo aquello, se enjambraban por los delgados mástiles y Art seguía sentada en la cima sonriéndole al sol.
Café Pirata navegaba por el Tamsis con destino a Grinwich y las islas Hog.
A medida que la tarde avanzaba ésta se hacía más pesada y el oeste se tornaba rosado, la multitud aún saludaba a los que estaban en los bancos de la orilla del río y pronto agitarían los faroles. Las farolas empezaban a encenderse por todos los muelles y destellos amarillos centelleaban en el agua helada.
- Nosotros somos como la nave de Cleopatra de la obra de Shakespur -explicó Whuskery-. ¿Lo recuerdas, Dirk?
- Por supuesto, camarada -respondió Dirk-. Es difícil olvidarlo después de aquella noche en…
- ¡Shht! -dijo Whuskery-. Art está delante.
Dirk estaba apoyado en la barandilla y parecía estar nervioso. Art también estaba ahí, mirando la orilla pasar. Los monumentos y los descomunales edificios de Lundres se habían convertido en gloriosos árboles, isle- tas con cañaverales y muelles de barcos vacíos que esperaban ser pulidos.
Art se movía con sigilo, como una sombra. Cuando vivía, Molly también lo hacía así. Silenciosa y, de pronto, maravillosa.
- Debería saberlo.
- Haz lo que quieras. Pero piensa que es un riesgo -dijo Dirk arreglándose las uñas bajo la luz de las farolas del barco.
Llegaron a las islas Hog al atardecer. Pasaron por Budgerigar Wharf, un monumento adornado por dos altas y oscuras torres y almacenes mientras navegaban por entre y sobre el pálido reflejo de las columnas de la iglesia egipcia de Hawdsmoore, San Edwige.
- Esta noche atracaremos aquí. Mañana empezará el espectáculo.
- Lo primero -dijo Ebad-, el teatro. Vamos para allá.
Art miró hacia el lado donde estaba Ebad, con la noche cayendo sobre sus espaldas. El color de su piel detrás de la luz ayudaba a que fuera difícil distinguirlo.
- ¿A un teatro? ¿Ahora?
Art podía sentir en algún lugar de sus entrañas una extraña sensación, como el rugir de un león desde la Torre de Lundres. Y encogió los hombros.
El barco cafetero llegó navegando por aguas poco profundas, con trozos de hielo surcando a su alrededor. La tripulación pirata se dirigió hacia la orilla, como si fueran anuncios publicitarios con patas del Café Pirata.
Los cerdos gruñían y hurgaban en las orillas del río de las islas Hog. Se los oía, pero era imposible verlos por la opacidad de la noche. Las calles principales que conducían hasta el teatro de Grinwich estaban alumbradas por farolas callejeras.
- ¿Por qué estamos aquí?
- Tan sólo estáte atenta, Art. Fíjate en esas paredes de color verde intenso repletas de carteles de viejas obras de teatro y representaciones.
Art miraba a su alrededor de mala gana, y sólo lo hacía para complacerlos. A pesar de que ella recordaba perfectamente a la tripulación, ahora esos hombres le parecían, cada minuto que pasaba, más desconocidos. ¿Eran forasteros? ¿Oportunos forasteros?
Mientras permaneció sentada en la cima del mástil esa tarde, Art había estado reflexionando sobre cómo había logrado encaramarse hasta allí arriba. Se engañaba a sí misma pensando que estaba en un verdadero barco en alta mar.
Walter se quedó paralizado ante un enorme y andrajoso cartel.
- «El Célebre Zimbaldo» -leyó-. «Mago y Lector de mentes», ¡lo recuerdo! Un farsante genuino, y aquí tenemos a «la Señora Clora Snutch y sus gallinas parlantes».
- He oído algunas cosas sobre ella -comentó con desprecio Dirk- y esas gallinas.
Ebad tenía una llave que abría la puerta del teatro. La entrada principal estaba vallada con tablas de madera. Art imaginaba que su tripulación tenía en mente quedarse esa noche a dormir allí. Realmente, la idea no resultaba demasiado tentadora.
- Me parte el corazón ver este precioso lugar en ruinas -confesó Eerie.
Entraron y Peter encendió un pequeño farol. Subieron con suma cautela por una escalera en forma de caracol, en la que colgaban telarañas que parecían humo solidificado.
- Se me encoge el alma -susurró Eerie.
«¿Por qué? -pensó Art-. Oh, seguramente debió de presenciar una obra de teatro aquí alguna vez.»
El teatro era como un laberinto. Había pasillos por todas partes, pero ninguno estaba iluminado. El farol se tambaleaba de un lado a otro encendido, hasta que finalmente se cayó al suelo. Fue en ese preciso instante, en silencio, cuando Art recordó algunas cosas estallando, hasta que se encendieron más luces.
De repente, toda la tripulación estaba animada y enérgica. Estaban riéndose a carcajadas y adoptando diferentes poses, empuñando sus alfanjes y fingiendo luchar los unos contra los otros, explicando chistes, recitando cosas que sonaban a mala poesía, incluso mucho peor que la canción del café. El perro de pronto estaba tranquilo y sobre sus talones y Art no tenía ni idea de hacia dónde se había dirigido el loro.
¿Por qué a los hombres de Molly les gustaba tanto este teatro?
- Ahora, Art y yo vamos a ver el escenario. Vigilad esta sala donde… bueno, vigiladla -dijo Ebad.
- Ebad -comentó Art-, este teatro no me interesa para nada.
- Art, tan sólo acompáñame.
- De acuerdo. Si es tan importante.
Los dos solos caminaron por el laberinto a oscuras con la ayuda del farol de Ebad. El teatro estaba helado, pero un temor aún más frío se estaba infiltrando en los huesos de Art. «¿Debo fiarme de Ebad? -pensó la joven-. Aún conservo la pistola de Jack Cuckoo.»
Odiaba pensar así, pero si alguno de ellos era su enemigo, se iba a arrepentir de ello, aunque la muerte no era estrictamente necesaria para pararle los pies a un hombre.
El escenario apareció ante ellos como una extensa cueva donde varios objetos estaban desparramados fruto del olvido, como propiedades que nadie había querido, o no se había acordado de recoger. Había un árbol descolorido de madera, una cortina devorada por las polillas, un taburete roto, un plato… Las candilejas se alineaban al pie del escenario, con los cristales hechos pedazos y sin luz alguna que alumbrara.
Pero ¿qué sabía Art sobre candilejas? ¿Es que había actuado alguna vez en una obra de teatro cuando era pequeña? No, estaba segura de que no. Nunca había tenido tiempo para ello, pues siempre estaba en alta mar con Molly.
- Fíjate en aquello de allí arriba -exclamó Ebad mientras señalaba con la luz hacia arriba.
En lo alto, había cuerdas que colgaban hacia abajo, extraños aparatos de madera para alzar o transportar objetos que en su mayoría estaban torcidos. Desde algún lugar de las altas sombras, unas alas descendieron en picado como un rayo de colores. ¿El loro? No, una paloma.
Art se giró hacia Ebad.
- ¿Qué es todo esto?
- No lo sabes, ¿verdad pequeña Art?
Art esperó, mirando fijamente a los huesudos y desconocidos pero a la vez familiares ojos de Ebad. Algo se movía detrás del escenario, ¿palomas? La joven no podía determinarlo.
- Ven a ver los camerinos -propuso Ebad.
- ¿Para qué?
- No los has visto.
- Y no los veré. Ya he visto suficiente.
- No, cielo. Aún no. Por aquí, sigúeme.
Art estaba fría como el hielo. Volvió a notar ese mareo que sintió cuando se golpeó la cabeza con la escalera de águila en la Academia de Ángeles y todo su pasado volvió a desbordarse como cuando sube la marea.
De repente se dio cuenta de que debía seguir a Ebad y con ambos pies entumecidos a pesar de las botas siguió la deslumbrante luz.
Bajó otra escalera, recorrió otro pasillo, abrió otra puerta.
En esta última puerta permanecía casi intacto otro cartel.
Ebad se detuvo una vez más, apuntando con el farol hacia arriba.
- Léelo, Art.
Art leyó el cartel de la obra. Trataba sobre una vieja obra de teatro de hacía años. Lo leyó una y otra vez, pues en cierta manera no tenía mucho sentido.
Leyó el cartel unas tres o cuatro veces, y aún no sabía qué era lo que decía o qué significaba el dibujo, con un grabado de madera en blanco y negro en la cabeza del cartel… tres cosas estaban fijadas en una cuña con forma de queso. ¿Qué era eso? Además, estaba en una lengua que Molly no le había enseñado, persa u holandés. Art tenía nociones de francés, español e incluso africaniano, así que no podía ser ninguno de éstos.
Pero no era eso.
Ebad, que la miraba con atención, podía ver que no lo había entendido. Sin embargo, no articuló palabra. No sabía qué más podía decir, aparte de la aplastante verdad.
Fue Black Knack quien les había seguido como un gato sigiloso y quien ahora en un severo timbre de voz les leía cada palabra del cartel de la obra:
- «Para el gozo y deleite de nuestros patrones, desde el escenario lundinense tenemos el placer de presentar a Molly Faith y a su incomparable tropa, la Tripulación Pirata de la célebre Inoportuna Forastera. Esta noche, y durante seis noches consecutivas, podrán maravillarse con las audaces aventuras de la Tripulación de la Inoportuna, y con las de Rob de Zanzibari en las costas de las Amer Ricas. Este espectáculo pondrá punto y final de la forma más espléndida y sin escatimar en gastos con una infernal batalla marina con el viejo rival de la Inoportuna, Golden Goliath, interpretado por Trevis Wilde, a bordo de la Enemiga, afilada por el demonio…»
- Ya es suficiente, Black Knack -murmuró Ebad.
Pero Black Knack no se detuvo y continuó leyendo:
- «Jamás contemplarán un espectáculo semejante, con cañones resplandecientes y veleros hundidos en océanos salados. Si consideran que nuestra presentación es poco realista, intenten imaginarse a ustedes mismos en alta mar.»
- Black Knack.
- «No se pierdan la gloriosa oportunidad de vivir las asombrosas victorias y las trágicas derrotas de la fa« mosa reina pirata, temida y amada por todo el mundo: Pirática. Un chelín cuesta cada butaca para esta exclusiva representación. Se otorgan concesiones especiales para marineros, aunque se requerirá una prueba de la profesión náutica que lleven a cabo.»
Art agitó la cabeza hasta volver en sí.
- ¿Estás intentando decirme que alguien escribió una obra sobre Molly, el barco y todos vosotros ? -preguntó Art con frialdad.
- No, Art -contestó Black Knack.
Art miraba atónita el cartel. El peculiar dibujo era de un barco, ahora podía verlo con claridad. Tres mástiles. Un gran velero con galgos color gris pintados a ambos lados…
- Eramos nosotros -dijo Ebad.
- Te refieres a que es como lo de la publicidad. Ya lo tengo: vosotros y ella veníais aquí e interpretabais vuestra vida en alta mar en una obra de teatro.
- Art -dijo Ebad-, nunca tuvimos una vida en alta mar, tan sólo sobre el escenario. Aquí arriba, sobre estas tablas, estaba nuestra cubierta. En éstas y en las de la mitad de los teatros que hay desde Lundres hasta la frontera con Escocia. Y el barco era falso, construido con una madera muy fina que se balanceaba sobre cintas correderas, muy bien reforzadas para que cuando las olas de madera se mecían, también lo hiciera el barco. Éramos el opio del pueblo. Y Molly, nuestra deslumbrante estrella.
- Mi madre era Pirática. Era una capitana pirata.
- Tu madre -continuó Black Knack rotundamente- interpretaba a una capitana pirata. Pirática era su personaje. Molly la hizo famosa, y nosotros hicimos famosa a su tripulación.
- Vosotros sois piratas…
- Nosotros somos actores, Art. Actores. Molly era una actriz. Y tú también lo eras. Una niña prodigio muy famosa.
- Ahora lo recuerdo -dijo Art mientras escuchaba a su propia voz a kilómetros de distancia-, la cubierta sumergiéndose bajo nosotros…
- Maquinaria, tal y como te he dicho antes. Como las olas de madera.
- ¡De madera no! Estábamos empapados…
- Nena, a veces tiraban cubos de agua sobre nosotros para hacerlo todo más realista a ojos de los espectadores.
- ¿Y los mástiles? Yo trepé por ellos, vosotros también.
- ¿Cuántas veces más te lo tengo que decir? El barco estaba especialmente construido para eso.
- El cañón -murmuró Art-, la pólvora…
- La pólvora era la misma que la de los fuegos artificiales. Y los truenos se hacían golpeando láminas de metal.
- ¿Y qué me dices de las batallas? ¡Nosotros luchábamos !
- Simulaciones.
- ¿Y los palacios de los gobernadores? -musitó Art, quien ya no hablaba en voz alta.
De todas formas, Black Knack le contestó:
- Todo eran diferentes escenas de una obra de teatro. Derribábamos la casa y cada noche, cuando el barco se hundía, pura maquinaria, te sacábamos del barco y escapabas sola en ese pequeño bote hacia los bastidores. A todos los del público se les humedecían los ojos.
«Piratas -pensó Art sin pronunciarlo-, océanos…»
- En mi vida he navegado por alta mar -afirmó Black Knack-, incluso ese río me revuelve las tripas.
Ebad colocó su mano sobre el hombro de Art. El horror que le producía aquello no tenía límites, era mucho más que rabia, ya no se fiaba de él.
- Pero nuestra querida Molly pereció, Art. La última noche. Algo no funcionó bien. Aquel cañón, un ca ñón del escenario, la Duquesa. Demasiada pólvora. Explotó. Logramos tirarte, pero el conjunto de esa máquina pesada nos derrumbó. El barco se hundió del todo e instantes después traspasó el suelo del escenario hasta llegar al sótano.
- Ay… pobre Molly -dijo Eerie, oculto en la oscuridad de la escalera situada detrás de Black Knack.
Vagamente, Art empezó a darse cuenta de que todos aquellos hombres estaban allí de pie.
- Una Molly infinitamente jocosa y de una exquisita elegancia. Fue como una reina, una hermana y una madre para todos nosotros. Al menos este recuerdo, Artemesia, era real.
3. Después del teatro
La Navidad se desvanecía en Grinwich a medianoche amenizada por las campanas de San Edwige.
Art permanecía en el muelle.
Mirara donde se mirara, se alzaban extensos bosques invernales como mástiles de barcos, y por encima de éstos, una luna amarilla surcaba por el cielo en dirección oeste.
Era igual que antes. Art a duras penas podía recordar cómo logró salir del escenario, aún fría como el hielo intentando encontrar el camino hacia la puerta del teatro, cosa que le resultó muy fácil, como si realmente lo conociera.
Todo formaba parte de un sueño.
Molly no era una pirata. Y Art, tampoco. No existía ninguna embarcación, ninguna emocionante vida perdida a la que regresar. Nada.
Art pateaba los guijarros.
En algún lugar, verdaderos marineros estarían cantando una habanera desde alguna cubierta real de donde colgaban faros reales.
- Pero me acuerdo de…
«No -pensó-. No te acuerdas. Las batallas marinas, el chirrío de espadas, las cenas en grandes mansiones, las joyas, el viento en las jarcias, los delfines pirueteando, los trucos, las triquiñuelas… Todo era una mera fantasía inventada.»
Aunque todo le había parecido, y aún le parecía, tan real. Más real que la mismísima realidad.
«Entonces, ¿qué es lo que voy a hacer ahora? ¿Ir otra vez donde está mi maravilloso padre, el cadavérico Landsir George Fitz-Willoughby Weatherhouse, o volver a la Academia de Angeles? Eso jamás.»
Art echó un vistazo sobre su hombro hacia la deslumbrante luz de San Edwige. En la parte baja del río, los marineros habían dejado de cantar y ahora un nuevo y amenazador griterío alborotaba las callejuelas situadas detrás de la iglesia.
El volumen del sonido iba aumentado cada vez más. Los guijarros crujían. De repente, escuchó un grito lloroso, lo que significaba que los que producían ese vocerío se estaban acercando.
«Una muchedumbre borracha y yo tan sólo soy una actriz. Una chica normal y corriente entrenada para aguantar libros sobre la cabeza y para desvanecerse con estilo. Inútil.»
Art no se movió. Tan sólo miraba cómo dos hombres desconocidos saltaban sobre el bajo muro de uno de los lados del muelle y se caían de bruces mientras se reían. Habían reconocido a Art, desde luego, y además mostraban interés por ella. Parecían gente pudiente y sus relucientes espadas colgaban de sus caderas.
- Os lo dije. Es un hombre.
- Ven para aquí, jovencito, y vacíate los bolsillos.
Más ladrones. ¿Por qué lo hacían? No parecían ser pobres.
Pero ¿quién era Art para juzgar si ella jamás había sido una ladrona, aparte de aquella vez en la carretera de Lundres donde robó un abrigo y un sombrero, y aún menos una pirata?
- ¡Mirad! ¡Se está acercando! ¿Cómo se atreve?
- Tú se lo has ordenado.
- ¿Ah sí? Bribón insolente.
Art se dirigió hacia ellos y se inclinó.
- Alto, jovencita.
- ¡Alto! ¡Alto! -gorjearon.
Pero la pistola de Jack Cuckoo estaba en la mano izquierda de Art apuntando directamente a la nariz de uno de los hombres.
- ¡Rayos y truenos! ¡El chico está armado!
- ¡ Recórcholis!
Art se fue acercando con delicadeza a la espada del hombre rico hasta lograr quitársela, con la ligereza de un suspiro, de su vaina.
Dio un paso hacia atrás mientras dibujaba círculos con la cuchilla de la espada, que blandía con su mano derecha mientras sonreía.
- Tal y como habéis dicho, bolsillos vacíos, caballeros. Dejad vuestro dinero amablemente sobre las piedras.
Gritando y tartamudeando, los dos pobres desgraciados que se habían tropezado con la hija de Molly hicieron lo que se les ordenó. Instantes después, estaban suplicándole para que los dejara volver a casa.
- Pero es que me encanta su compañía, señores -dijo Art, metiéndose en los bolsillos los objetos de valor.
- Oh, a nosotros también la suya, igualmente, pero por favor, nos esperan para cenar, ya sabe… odiamos disgustar a nuestra nana…
- Por favor, qué poco caballerosos son. ¿Alguno me va a conceder un pequeño baile? Desprendeos de vuestra espada. Ese de ahí aún tiene una y sabemos que podéis volver a intentar robar a otras personas en el muelle, si es que os dejan. Veamos quién se atreve a luchar conmigo.
Incluso a la luz de la luna y bajo el reflejo de la iglesia egipcia, Art podía ver que los dos caballeros de clase alta se habían puesto de color verde por el mareo y el que aún tenía el arma se abalanzó sobre ella.
Se movía bastante rápido, pero Art aún más que él. De repente, el arma de aquel hombre cayó al suelo rodando hasta el Tamsis y, un segundo después, ya no tenía botones y llevaba los pantalones por los tobillos: el golpe maestro de Molly, a pesar de que sólo fuera sobre un escenario.
Con esas pintas, el caballero se quedó sobre el puente sin saber qué decir ni qué hacer mientras el otro se arrodilló gimoteando.
- Un consejo, no me busque porque me encontrará. Levántese.
- No me mate.
- Jamás mato. Nunca he tenido la necesidad de hacerlo. Soy muy transigente. Entregúeme su vaina. Tendré a buen recaudo su espada. Se ve que me prefiere a mí.
No opuso resistencia.
Con la espada colgando de su cinturón, Art lo dejó ahí. Su amigo se había desvanecido detrás de la pared. Art se movía con rapidez en tierra firme. Ahora, riéndose, se dirigía corriendo hacia los helados y brillantes guijarros. Ya no quería pensar en nada, ni que nada más se entrometiera en su camino, como si la noche le hubiera revelado los pasos a seguir.
- Me he vuelto cuerda -recordó Art a los muelles de Grinwich y a los barcos de mercancías de cascos redondos y mástiles como cornamentas que golpeaban con fuerza las anclas a la vez que la marea del Tamsis se adentraba en el muelle.
Los piratas-actores ya no estaban en el teatro, sino en su barco cafetero lanzando cuidadosamente otros pequeños barcos, hechos a base de láminas de papel de cera, al río. En cada uno de esos pequeños veleros ardía una mecha en una diminuta vasija de barro con aceite. Mientras navegaban río arriba, con esa flota en miniatura, las llamas se agitaban como pequeñas mariposas en la oscuridad. El perro trotaba por todo el largo de la embarcación, ladrando a todos por igual.
- Una costumbre de la Indie -dijo Whuskery, sin mirar cara a cara a Art-, esos papeles con luces. No es la estación más apropiada… de hecho, no he podido hacerlo en su momento este año… pero dicen que trae buena suerte.
- ¿Cómo sabes todo esto si jamás has viajado a la Indie? -preguntó Art.
- Ah, aparecía en una de las obras de Pirática -contestó Dirk-, en una de las más aclamadas, de hecho. El público nos aplaudía durante horas. Pero mira, esta cera ha arruinado mis uñas…
- ¿Ninguno de vosotros ha estado en el mar? -volvió a preguntar Art.
Mirándola con curiosidad, pudieron comprobar que ya estaba mucho más relajada, incluso les estaba sonriendo, saludando con la cabeza a los diminutos barcos con luces que flotaban a lo lejos y acariciando a Muck.
De repente, una sensación de alivio se apoderó claramente de la tripulación. Empezaron a observarla de cerca. Estaban seguros de que su Art se calmaría y todo volvería a la normalidad. Era la pequeña de Molly, así que cuidarían de ella, pobre muchacha.
- ¿Ninguno de vosotros? -repitió Art.
- Yo -contestó Ebad.
- Así que tú has estado en alta mar.
- Qué remedio. Me trajeron a Inglaterra desde Africay cuando tan sólo tenía nueve años, como esclavo. No tuve elección: o trabajaba para poder comprarme el pasaje o mentía en el apestante control y me pudría en la cárcel. Obviamente, trabajé. He trepado por mástiles, he sacado el agua de las tormentas, he limpiado cubiertas…
- Un esclavo… -dijo Art.
- Sí, y en Inglaterra también. Poco después llegó la Revolución. La población inglesa se sublevó y se quitó las cadenas, y así fue como me quitaron las mías. La república me hizo libre. Luego, me convertí en un actor, y ahora hago publicidad al Café Pirata.
Art le estrechó la mano, como si ambos fueran personas de negocios.
- ¿Qué es esto? -preguntó.
- Es para ti -contestó. Tenía en su mano una lámina de papel de cera.
- ¿Quieres que construya yo misma un barco de papel, Ebad?
- No pienses mal. Para eso utilizamos los carteles del café que promocionamos. Pero éste es distinto. Un recuerdo, puede, del pasado.
Eerie se acercó y dijo:
- Éste es el Gran Mapa del Tesoro. Golden Goliath estuvo detrás de él mucho tiempo en su espantoso velero, la Enemiga. En la… mm… en la obra.
- Pero -contestó Art-, no hay un tesoro, ¿verdad?
- Tan sólo formaba parte del atrezo, parte de la obra. Tiene un gran valor sentimental, eso es todo.
Le entregaron el mapa, doblado en dos partes.
Mientras lo desdoblaba, Art se dio cuenta de que los demás se estaban alejando ligeramente para echar un vistazo a sus luminosos barquitos. Tan sólo Ebad y Eerie se quedaron junto a ella, observándola con atención.
Eerie parecía ser una persona transparente como el cristal. En cambio Ebad, desde el principio, había aparentado ser un enigmático cofre de secretos. Seguramente tendría sus razones… pues había sido un esclavo. Pero en el pasado, ¿habría sido tan opaco?
Art miraba al mapa, al atrezo de la obra. En él estaba dibujada una isla en un mar de aguas azul marino, con delfines pirueteando en el aire y con un barco en una de las esquinas, como el barco del cartel de la obra en el teatro, que Art no había reconocido porque no era real.
Había unas letras escritas por los bordes de la isla, ¿un código inventado, quizá? Cuando se pronunciaban no tenían sentido alguno: OPP, TTU, una efe… una a… una be… emes… haches…
Hacía un frío de los mil demonios y la escarcha empezaba a depositarse en forma de estrella sobre el papel de cera. Además, los bordes bajos del mapa estaban desdibujados y ennegrecidos de una manera muy extraña.
- La parte inferior del mapa, y de la isla, está chamuscada -exclamó Art. Pero Ebad y Eerie habían ido en busca de los demás.
Un pájaro los sobrevolaba haciendo círculos. ¿Una paloma? ¿Una gaviota? Un loro.
- ¡Piezas de mocho! -gritó la mascota de Molly-, ¡ Polly quiere un doblón!
Art extendió el brazo y dijo:
- Aquí, Plunqwette.
Plunqwette se posó con majestuosidad y fijó sus garras en el puño del abrigo robado de Art. El aire crujía con la escarcha sobre ellas, como ocurre con el fuego.
- En el momento de la explosión -dijo Art al loro-, fue cuando el mapa se chamuscó, ¿verdad? Tú y yo -prosiguió Art-, yo y tú.
El loro estiró el cuello, picoteó la empuñadora de la espada robada que aparentemente ninguno se había dado cuenta de que llevaba y guiñó un ojo como un lagarto.