Capítulo III
Art se detuvo bajo la sombra de los plátanos del parque Belmont. Y entonces se dio cuenta de que, en vez de separarse, Goldie y sus dos oficiales se habían pegado a la tripulación de Art.
Ahora las cosas estaban mucho peor. De entre los plátanos y hortensias se acercaban pavoneándose quince hombres por lo menos, y todos parecían tener el mismo aspecto que Beast y Pest, con lo cual seguramente también acompañarían a Goldie.
- ¿No creéis que esto es genial? -dijo Goldie-. Quizá ahora el señor Esclavo Vooms accederá a devolverme mi arma.
- Devuélvele la espada a la señorita -ordenó Art.
Ebad obedeció sin rechistar.
Goldie volvió a colocarse el alfanje en su elegante vaina dorada. Entonces, le echó una mirada coqueta a Felix mientras se volvía a poner su larga falda y se la abrochaba como era debido.
- Creo que la hija de Molly antes ha preguntado qué haríamos ahora -dijo Goldie-. Veamos. Creo que deberíais aceptar mi proposición, ya que tengo diecisiete hombres a mis espaldas y ella tiene… ¿Tres? ¿Cuatro? No tenéis muchas opciones. Así que lo que deberíamos hacer es lo siguiente: que ella me entregue el mapa.
Art se encogió de hombros.
- No puedo, señorita. No lo tengo conmigo.
- Podemos registrarte.
- De hecho, no creo que puedan -dijo Art sin dudar.
- No -añadió Ebad.
Eerie y los demás repitieron las palabras de Ebad del modo más fiero y pirático posible. En el hombro de Art se posó Plunqwette, quien emitía unos alaridos espeluznantes y sumamente agudos.
Entonces, el señor Beast comenzó:
- Capitana, si me permite una palabra… -Pero entonces detuvo su discurso, pues Art le había lanzado uno de los pequeños cuchillos de su colección directamente a su sombrero, enviándolo fuera de su cabeza hasta que aterrizó sobre el camino arenoso.
A Beast le encantaba su sombrero, así que cuando se vio sin él empezó a jurar y a lanzar insultos mientras lo recogía y le sacudía la arena que se había posado sobre él con tanta delicadeza que parecía una madre acariciando a su bebé.
- Ese mapa -dijo Art crispada- está en mi camarote, a bordo de la Inoportuna. Ya que la veo tan interesada por tenerlo en su poder, se lo voy a vender.
La pequeña Goldie soltó una nueva carcajada, mucho menos encantadora que la anterior.
- Vendérmelo…
- Así es. Reconozco que no tiene ningún valor, como también lo reconoce cada autoridad a la que he pedido opinión -la mentira parecía bastante creíble-, pero si está tan obsesionada, pobrecita señorita Goldie, se lo entregaré por tres meras monedas de plata. Es todo lo que le cobraré. No me gustaría timar a una tonta ridicula.
- ¿Tonta? -Goldie se colocó la mano sobre la cadera, donde se encontraba el alfanje, bajo la falda. El señor Pest la agarró del brazo y la empujó.
- No, no, estimada capitana. -Y con sus diminutos ojos, que reflejaban preocupación, dio un vistazo a toda la tripulación de Art-. Si podemos conseguirlo de forma pacífica, ¿para qué vamos a enfrentarnos?
Art no pudo resistirse a mirar hacia atrás y contemplar quién había.
En una rápida ojeada, estudió a toda la tripulación de la Inoportuna Forastera, y por un momento casi se le escapa una risilla.
Vio lo que ya había visto antes. Parecían mucho más terribles, sedientos de sangre y rabiosos, preparados para una acción vil y viciosa que cualquiera de los que acompañaban a Goldie. Es más, los hombres de Goldie parecían estar nerviosos, gruñían e intentaban desenvainar sus pistolas y alfanjes mientras la tripulación de Art ya las había desenvainado y los apuntaba con ellas.
Más allá del parque, unos gritos de alegría y unos cacareos de gallos retumbaban desde la lejanía.
Pero aquí se vivía un punto muerto, pues en cualquier momento empezarían a estallar las balas y a empuñarse las espadas.
Para la sorpresa de Art, Felix Phoenix había pasado justo por delante de ella y se había dirigido hacia la tripulación de la Enemiga, capitaneada por la pequeña Goldie Girl, y se quedó allí mirándola con la cabeza gacha y con la mirada más extraña, intensa e hipnótica que jamás había contemplado.
- Una capitana hermosa -dijo Felix.
Entonces Goldie le devolvió la mirada de una manera altiva, pues él era unos centímetros más alto que ella y Felix continuó:
- No los provoque. No arriesgue su valiosa persona.
- ¿Arriesgar? ¿Quién es usted para…?
- Jamás me perdonaría a mí mismo que una mujer de tal delicadeza y valor cayera ante las bárbaras y despiadadas armas de una grosera y malvada reina tirana, Art Blastside. Escuche, ahora no les tengo miedo. Me han tomado como su prisionero y tan sólo me quieren para después pedir un rescate. Seguramente les pagarán el rescate, y ésa es la única razón por la que me tienen aún de una pieza. Si no fuera por eso, Dios sabe qué hubieran hecho conmigo. Acepte su oferta de las monedas de plata por el mapa. Acéptela. Ahórrese a usted misma y a su fiel tripulación más tratos con estas víboras y ratas de alcantarilla -en ese momento, Muck, ofendido, empezó a ladrar y a mover su cola-, pues si no lo hace, me estará forzando a arriesgar mi vida para salvar la suya.
El corazón de Goldie palpitaba a mil por hora.
- ¿Por qué, joven cortés? Soy capaz de cuidarme yo sólita. Aun así, debo admitir que su galantería es admirable. ¿Qué puedo decir?
- Diga que sí.
El rostro de Art era todo un cuadro. Parecía estar aterrada, pero, a la vez, parecía más peligrosa que antes.
Goldie parecía considerar la oferta. Quizá estaba recordando cómo Art había empuñado su espada minutos antes.
Entonces, dijo:
- De acuerdo, acepto los términos del contrato. No me gustaría dar un disgusto a esos adorables caballeros de allí.
- De acuerdo -aceptó Art. Su expresión de ira y rabia, que quizá era real, no había cambiado. Y prosiguió-: Vuelva con mi tripulación, señor Phoenix.
Félix se inclinó ante Goldie y le besó su pequeña y pálida mano. Después de pestañear con sus larguísimas pestañas, volvió al lado de la tripulación de Art.
- Bueno, entonces -dijo Goldie- tendremos que ir a vuestra embarcación.
- O nosotros a la vuestra.
- La nuestra está en otro lugar, bien oculta, así que olvidaos del plan de visitarnos.
- Entonces, iremos a la nuestra -asintió Art.
- Subiré a bordo con doce de mis hombres.
- Entonces no subirá a bordo.
De repente, volvió a nacer el mismo cascabeleo de objetos de metal mortíferos y de gatillos de pistolas, a la vez que el loro volvía a sobrevolarlos.
Entonces Art habló con un tono de voz más severo:
- Debemos llegar a un acuerdo. Iremos hacia el puerto, y allí os dejaremos a un rehén. A cambio, cogeremos a uno de vuestros hombres. Él, el señor Vooms y yo remaremos hasta mi embarcación, cogeremos el mapa y volveremos. Entonces usted y yo intercambiaremos los bienes y los hombres. Creo que es un trato justo.
Goldie miró al señor Beast.
- ¿Qué hubiera hecho mi padre, Beastie?
- Abrir fuego contra todos ellos.
A lo que Art contestó:
- Señor Beast, si no cierra su bocaza, yo sí que abriré fuego contra usted, y le endiñaré la bala entre ceja y ceja.
Algo mucho peor que la ira se estaba apoderando de Art, y se podía reflejar en su rostro. El señor Beast dio dos pasos hacia atrás y al retroceder de espaldas le pisó fuertemente el dedo gordo del pie al pirata que tenía detrás de él, quien gritó como una niña y lo maldijo con los insultos más despreciables, mientras disparaba al suelo accidentalmente causando un pequeño alboroto.
Con un chillido espantoso, la pequeña Goldie Girl volvió a poner orden entre sus hombres.
- ¡Parad ya, cerdos!
Y el alboroto desapareció.
- De acuerdo -le dijo Goldie a Art con enorme desdén-. Yo escogeré mi rehén. Escojo a ese indeseable con el parche en el ojo y cerdas.
Refunfuñando, Black Knack dio un paso al frente, mientras el resto de la tripulación le daba palmaditas en la espalda a medida que se abría paso entre ellos. Saludo a Goldie con un gesto de burla, y se unió a su tripulación.
Art recorrió con su mirada de acero a todos sus adversarios, fijándose en el rango que desempeñaban, hasta que finalmente escogió:
- Tú, el del tatuaje en la nariz.
Tattoo dio un paso hacia delante. Era un hombre achaparrado que parecía estar en forma y además aguantaba toda su armadura sin problemas. Lo más seguro es que fuera de mucha utilidad para Goldie, quien lo querría de vuelta, pues sería toda una pena perderlo.
Nuevos cacareos se oían en la distancia.
Y para colmo, Plunqwette chillaba cada vez más alto.
Muck se había sentado detrás de sus piratas con una expresión vigilante mientras todos abandonaban el parque y, como una masa gélida, bajaban hasta el puerto.
Glad Cuthbert estaba impávido por el regreso de Art, Ebad y el hombre de la Enemiga. Sin embargo, Salt Peter parecía estar ofendido, mordiéndose las uñas y mirando fijamente a Tattoo amenazadoramente, lo cual era, quizá, innecesario.
Art y Ebad entraron al camarote del capitán.
- No les entregues el mapa, Art -murmuró Ebad justo cuando cerraron la puerta.
- No era mi intención, Ebad. Aquí hay una gran cantidad de mapas.
- Art -dijo Ebad-, no es tan fácil. Juraría que saben, o están casi seguros, del tipo de mapa que tenemos en posesión y de cómo es.
- Es el atrezo de una obra.
Ebad aún bajó más el tono de voz. Obviamente, dominaba el truco de poder hablar casi sin pronunciar palabra, en un tono de voz tan suave que casi resultaba inaudible. Gajes del oficio, claro.
- Es real.
Art entonces asintió con la cabeza.
- Estaba empezando a pensarlo.
- Es una historia muy larga.
- Me la tendrás que contar en algún momento, señor Vooms. Pero no ahora.
- Obviamente, éste no es el momento. Art, el mapa que está colgado en la pared es casi igual que el que yo te entregué. Seguramente muestra alguna isla remota, así que tan sólo tenemos que quemar el borde inferior.
- También saben eso, ¿verdad?
- Diría que sí -contestó Ebad-. Creo que tenemos una manzana podrida a bordo, Art. Alguna rata callejera de nuestro grupo de actores se ha vuelto un bandido con dos caras ante nosotros. -Ebad parecía estar meditabundo y, ahora, sus ojos negros resultaban incluso más inteligibles que antes-. Él sabía que el mapa que te entregué era real y los avisó.
- Pero, ¿cómo? Si ha estado con nosotros a bordo todo este tiempo…
- Seguramente se dio cuenta de que desenterré el mapa en Grinwich. Quizá me estaba controlando justo cuando lo hacía, o quizá en algún otro sitio, quizá cuando tú reapareciste en nuestras vidas. Nadie, aparte de Eerie, sabía dónde estaba escondido. Algunos pensaban que el mapa se había quemado, pues de lo contrario podía encontrarse en ciento y un lugares diferentes. Siempre tuve mucho cuidado, Art, por si acaso tenía algún valor. Por lo que parece, durante este tiempo, desde que dejamos Grinwich, nuestro traidor, sea quien sea, le ha estado pasando informaciones a la majareta hija de Gol-den Goliath. Le ha tenido que enviar algún mensaje, quizá mediante otro barco, pues pasamos al lado de muchos cuando navegábamos por el río, o quizá mediante una paloma mensajera. Si fuera así, probablemente lo habría hecho desde Port Mouth, pues allí tienen muchas palomas mensajeras encerradas, incluso en la isla Spice, para este tipo de mensajería marina. Y, conociendo el funcionamiento de Port Mouth, no podemos descartar que lo hiciera a través de otras embarcaciones piratas.
- Pero tan sólo tú, Felix y yo fuimos al puerto. Y Walt. El resto permaneció en la isla Spice. Quizá en la taberna Pudin alguno de ellos pudo deslizarse y escurrirse hacia el exterior, porque la verdad es que no podía tener la mirada clavada en los dos durante todo el tiempo que estuvimos…
Entonces Art empezó a inspeccionar las paredes del camarote con más atención.
- ¡Mira! Éste. Son islas remotas que no tienen nombre más allá de Canadia. Será un divertido viaje para ellos. Incluso tiene un delfín dibujado y un barco, igual que el mapa verdadero.
- Déjame verlo. Sí, puede colar, excepto porque nuestro mapa, el real, tan sólo tiene una isla dibujada y seguramente, ellos también lo saben.
- Dibujaré una cruz sobre una de estas islas. Sobre ésta de aquí abajo. Enciende la pipa, señor Vooms, vamos a quemar el borde inferior del mapa.
Fuera, en la cubierta, Glad Cuthbert y Tattoo se habían embarcado en una discusión sobre los viejos tiempos de antaño y sobre las batallas piratas que habían librado en alta mar.
El aroma a tabaco del camarote de Art se escapaba por debajo de la puerta del camarote y se propagaba por toda la cubierta, cosa que provocó que Glad y Tattoo se encendieran sus propias pipas.
Mientras, Peter no paraba de morderse las uñas.
- Aquí tiene.
- Gracias, señorita Art. Oh, y qué bien enrollado está en este envoltorio de piel de foca, aunque ahora que lo tengo entre mis manos me parece que está un tanto húmedo, pero no importa. -Acto seguido la pequeña Goldie empezó a olisquear el mapa-. Huele a humo, aún…
- Ebad ha estado fumando de su pipa.
- Travieso Vooms. Seguramente habrás quemado otro trozo.
Entonces Goldie abrió por completo el mapa y disimuladamente pegó los ojos al papel, evitando que la tripulación de la Inoportuna y también Felix se dieran cuenta de ello. Instantes después, dijo:
- Parece ser que he pillado a alguien mintiendo. -Art no musitó palabra, tan sólo la miraba con impaciencia pero sin mostrarse interesada. Goldie la miró y continuó-: No se moleste, alguien me ha dado una dirección equivocada sobre este mapa. Me dijo que esperaba compartirlo. Vaya, vaya. Debería haber sabido que me mentía, pues nunca encontré nada donde él me indicó.
- Si está satisfecha -dijo Art-, el trato eran tres monedas de plata.
- Oh, páguele, señor Beast. Menuda exigente para su patético botín. Una cosa -añadió mirando a Art, mientras le entregaban las monedas a Eerie-, ¿me permitiría pagar el rescate del pobre señor Phoenix aquí y ahora?
Art contempló cómo Felix alzaba la mirada y su rostro cobraba una expresión de esperanza e ilusión.
- Maldita seas -contestó Art.
El sonido de la risa de la pequeña Goldie era como el tintineo de abalorios de cristal esparcidos por todo el puerto. Ahora Felix apartaba la mirada, como si estuviera algo aburrido.
Art y sus hombres, incluyendo a Black Knack, se volvieron a amontonar en el bote y volvieron a cruzar la bahía. Félix miraba con atención hacia la orilla melancólicamente.
- Tal y como pensaba -dijo Art-, la muchacha es una burra.
Tattoo y el resto de la tripulación se quedaron en la orilla, contemplando cómo Art y su tripulación se esfumaban. La tripulación de la Enemiga decía cosas parecidas sobre Art.
Dos horas después, cuando Goldie y sus hombres estaban de celebración en otra de las célebres tabernas de Puerto República, situada en los muelles de la taberna Dizzy Lobster, se acercó un pájaro que segundos después aterrizó sobre su mesa.
- ¿Qué es esto? -se preguntaban borrachos los unos a los otros, mientras el pájaro permanecía sobre la mesa.
- ¡Es una gallina!
- ¡Aquí! ¡Gallinita, gallinita!
- No, es un gallo de pelea.
El gallo negro empezó a picotear sobre el suelo con su pico de color coral. Estaba domesticado y parecía estar contento por haberlos encontrado. Además, llevaba un papel amarrado a la pierna.
- ¿Qué dice, capitana?
Estaba demasiado furiosa como para burlarse de ellos enseñándoles la carta a sabiendas de que no sabían leer, así que la pequeña Goldie Girl les siseó las palabras:
- Es de nuestro «amigo», y dice: «He oído por causalidad a Eb y A. Mapa equivocado, Goldie».
Felix contemplaba cómo los débiles rayos de sol se desvanecían detrás de él, mientras el oscuro manto de la noche teñía las aguas de un color café oscuro.
Cerca del puerto había libélulas que revoloteaban en el aire, mientras que aquí, en las aguas caribeñas, tan sólo brillaba el resplandor de las estrellas sobre el mar.
Era maravilloso. Hacía mucho tiempo había oído hablar sobre estos momentos, estos viajes, estas noches.
Felix apoyó la cabeza sobre su mano. Tenía los ojos húmedos, pero ¿era por dolor? ¿Por rabia? ¿O por frustración?
- La Inoportuna Forastera navegaba a toda marcha, ayudada por un cálido y salado viento que hacía que las velas se movieran para poder atrapar cada soplo a la vez que la madera chirriaba.
La bandera de fondo rosa con la calavera y los huesos cruzados ondeaba gozosamente.
Felix dio un salto, y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que Art estaba justo detrás de él. Parecía que hubiera aparecido de la nada. Tenía el poder de acercarse siempre con cautela, sigilo y silenciosamente. Bueno, de hecho era una experta ladrona, ¿verdad? Pero, ¿cómo había aprendido todo eso? Los otros le habían contado pocas cosas sobre ella, de hecho todo lo que sabían era todo lo que ella les había contado. Lo que más le sorprendía no era cómo había desarrollado tales habilidades cuando era una niña, sino cómo podía acordarse de ellas a la edad de dieciséis años, seis años después de que todo aquello acabara para ella.
- Señor Phoenix, quiero expresarle mis más sinceras disculpas. -Felix la miraba perplejo-. Quiero decir, señor, por no haberle permitido quedarse con ellos y convertirse en la mimada mascota de esa capitana del tres al cuarto, Goldie. No entraba en mis planes, y bajo ninguna circunstancia entraba dejarlo en Own Accord. Seguramente Goldie se dará cuenta de que le hemos tomado el pelo, ¿sabe? Entonces no creo que ella le parezca tan dulce y amable.
- Sin duda, no. Pero usted tampoco es dulce y amable, así que hubiera sabido perfectamente cómo tratarla.
Art sonrió ligeramente.
- Tenga paciencia. Lo desembarcaremos muy pronto. Hay muchísimos puertos en las costas de las Amer Ricas.
Esa tarde, antes de que abandonaran la bahía, Art había estado comentando ciertas cosas con Ebad y Eerie en su camarote. Ambos siempre habían sabido que el mapa de la Isla del Tesoro no era falso. Plunqwette también lo sabía, o eso parecía. El loro se había posado sobre la biblioteca mirando a cada uno de ellos mientras hablaban.
Tan sólo una única vez dio un consejo.
- ¿Cómo encontraste ese mapa, Ebad?
- En el mar.
- Ah, ¿cuando eras aún un esclavo, en ese barco? -Ebad no contestó-. Entonces, debo pensar que lo robaste.
- Teníamos un plan -interrumpió Eerie-, ahorrar un poco de dinero, cosa que jamás logramos conseguir, fletar un barco e intentar encontrar la bendita Isla del Tesoro. Dicen que tan sólo hay un cofre, enterrado y cargado con la mayor fortuna del mundo. Los astutos cuervos de Eeira saben lo que ese cofre puede contener.
- Entonces -le dijo Art a Ebad-, ésa era la razón por la que tú no armaste un gran escándalo cuando se te habló de volver al mar.
- En cierta manera, así es, Arty. Pero además ya te dije que jamás había sido un pirata, sólo sobre el escenario.
- Pero ahora lo somos.
- Sí. Pero no los típicos piratas con aspecto de malvados asesinos cobardes. Como esa mugre que acompañaba a Goliath. O eso es lo que quiero pensar. Yo diría que el mapa es real, pero jamás nadie ha encontrado esa isla, así que a lo mejor tan sólo se trata de un cúmulo de mentiras. Pero, por otra parte, ahora que has engañado a Goldie…
- Bueno, lo mejor que podemos hacer es comprobar si vale para algo -terminó Art.
En ese preciso instante, el loro habló tal y como lo había hecho aquella otra vez.
- ¡Tierra! ¡Playa, por Cobhouse! ¡Diez kilómetros hacia arriba! ¡Quince pasos izquierda!
Perplejo, Ebad dijo:
- Hacía seis años que no decía todo eso.
- Pero ¿ qué es lo que ha dicho ? -preguntó Art-. ¿Son indicaciones reales para encontrar el cofre que contiene el tesoro? No hay ningún tipo de indicación escrita sobre el mapa, ninguna excepto esas letras… oes… tes… Y Plunqwette dice «diez kilómetros hacia arriba», y vosotros sacudís ia cabeza. Dice «Playa, por Cobhouse», y volvéis a sacudir la cabeza y os quedáis asombrados, perplejos. ¿Debo ahora confiar en vosotros? Me dijisteis que el mapa tan sólo era un atrezo del teatro.
- ¡Por las barbas de Céfiro, dios del viento, Art! ¡Por los quesos de Eira!
- Muy bien. Entonces, ¿dónde está la isla? Me refiero a dónde se calcula que se encuentra. ¿Lo sabéis?
- Todo lo que sé -contestó Ebad- es que yace sobre el océano índico, a la altura del trópico de Capricornio, pasada la isla Mad-Agash Scar, la isla pirata por excelencia de Africay.
- Eso es un largo viaje, Art -dijo Eerie un tanto afligido-. Deberíamos navegar hacia el sur, atravesar el extenso océano Atlántico y las terribles calmas ecuatoriales. Después, navegaríamos hacia el este, rodeando el cabo de Buena Esperanza, que es capaz de arrebatar las esperanzas de sus visitantes con sus tormentas y huracanes.
- Pero nosotros lo conseguiremos -espetó Art.
- Jamás imaginé que pudieras ser tan codiciosa, Art Blastside, hija de Molly -dijo Eerie.
- Hay muchas cosas que se pueden hacer con dinero, Eerie. Es muy útil, pero se trata de algo más que eso.
Y Ebad continuó, con suavidad:
- Ella quiere conseguir lo que todo el mundo ha intentado pero no ha logrado conseguir. A Art le gusta ganar.
- Todos ganaremos. Así que trace nuestro rumbo, señor Vooms. Antes de que lo haga, una última pegunta. Si la Isla del Tesoro está tan cerca de Mad-Agash Scar, la isla pirata por excelencia, tal y como me habéis dicho, entonces, ¿por qué no intentan encontrarla? ¿Acaso nunca nadie ha intentado encontrar la isla, o el tesoro?
- La Isla… -Eerie hizo una pausa-. Hay una leyenda que circula y que Ebad ha oído sobre ese lugar. La Isla del Tesoro es mágica. Se hunde de tal manera que no se puede avistar, y tan sólo sale a flote cuando quiere ser encontrada. Las aguas que la rodean son extrañas, están hechizadas.
- ¡Polly quiere una muhura de oro! -soltó de repente el loro en un tono práctico-. ¡Piezas de mocho!
Ahora estaba justo al lado de Felix Phoenix, ambos contemplaban la oscuridad de las aguas marinas con tal de mirarse el uno al otro, cuando de repente Art, que aún tenía en mente el tesoro, sintió un curioso retortijón en el estómago.
«Sí -pensó-, lo sé. Este jovencito me importa más de lo que creía. Bien, bien, Art. Bien, bien.»
Art miró a su compañero de reojo, quien parecía poco predispuesto a hablar. Se le escapaba una tímida sonrisa al pensar que Felix Phoenix había cobrado un valor de la nada.
Y Art se había dado cuenta de todo esto justo cuando vio a Felix Phoenix junto a Goldie. Jamás había osado preguntarle si realmente le gustaba el aspecto de Goldie y si estaba dispuesto a ignorar otras cualidades de Goldie menos atractivas. O si su propósito tan sólo había sido detener una batalla en la que él y los otros actores-piratas, a quien Felix tenía mucha estima, pudieran resultar heridos.
Entonces, dijo:
- Quiero que sea sincero conmigo, señor Phoenix. Respecto a todo ese espectáculo que escenificó en el parque, ¿se hubiera marchado con Goldie Girl si yo se lo hubiera permitido?
- Sí, señorita. -Su perfecto perfil se giraba hacia el cielo estrellado, y continuó-: He estado buscándola… sin saber quién era… casi toda mi vida.
Art frunció el ceño y cambió la expresión de su rostro:
- Tiene usted un gusto pésimo, señor.
Ella también se dio la vuelta y se fue dando pequeños golpes a la empuñadura de su espada, a la vez que saludaba enérgicamente a Honest, quien estaba en la cofa de vigía.
Media hora más tarde, Honest, aún en la cofa de vigía, empezó a gritar:
- ¡Barco a la vista! ¡Barco a la vista! ¡Un guardacostas a estribor!
Art estaba inquisitiva y dijo a Salt Walter y Whus-kery, quienes estaban junto a ella:
- Hay una gran cantidad de embarcaciones surcando por estas aguas y Own Accord está muy cerca, y la isla Brown Sugar también se halla por aquí.
- ¡Mala jugada! -gritó Honest, imitando el cantar tirolés, desde la cima del mástil principal.
Dirk se dirigió a la barandilla de popa. Tenía el pequeño catalejo de Ebad en el ojo. Desde la galera, Peter y Cuthbert se acercaban haciendo un ruido estrepitoso y Peter llevaba un cucharón en la mano.
- ¡Nos está persiguiendo! -gritó Dirk.
- Déjame ver. -Art le arrebató el pequeño catalejo y entornó los ojos hacia la distancia y hacia la oscura luz trémula de las olas. Entonces vio con sus propios ojos una esbelta figura veloz, armada hasta los dientes, como inclinada hacia delante y muy oscura, incluso más oscura que la propia noche.
En su cabeza, Art podía escuchar claramente la voz de Hurkon Bear de hacía seis años, almacenada en su recuerdo:
- La Enemiga jamás se rinde. Quiere nuestro mapa del tesoro, Molly.
«Son ellos», se dijo a sí misma Art.
- ¡Preparad los cañones! -decía Molly en su recuerdo.
- ¡Cañones! -repitió Art con una expresión severa y fría como el hielo-. ¡Cuthbert, Peter, a trabajar!
Calculaba que dos o tres hombres podrían apañárselas con los siete cañones de la Inoportuna, que estaban en perfecto estado. Además, contaba con Glad Cuthbert, quien en otros tiempos ocupaba el puesto de artillero en su velero pirata. Pero el resto de la tripulación vacilaba y caminaba por la cubierta como si estuviera ida.
- Art…
- ¡Vamos! ¿O acaso quieres que esas repugnantes serpientes nos alcancen y se nos lleven por delante?
- Podríamos simplemente huir y dejarlos atrás.
- Por supuesto que no, señor Salt Peter. No podemos. El navio de Goldie es tan veloz como el mismísimo viento, se abre paso entre las aguas sin obstáculo alguno. Así que, Walt, Dirk y Whusk, orientad las velas. Veamos qué velocidad podemos alcanzar.
Ahora todos obedecían sus órdenes al pie de la letra. Dirk y Walter trepaban por la mesana y el trinquete y Whuskery revoloteaba por todas partes, ajustando los palos, los cabos y demás aparejos.
Pero las velas ya habían tomado casi toda la velocidad que la brisa marina les podía aportar.
Art apartó a la relajada Plunqwette, desplumándola, arrojándola fuera de la barandilla de la embarcación, la llevó hasta el camarote del capitán y la encerró dentro mientras ésta no paraba de graznar.
- Black Knack, quiero que estallen más pistolas de mano, incluyendo los mosquetes. Cargad y disparad.
Black Knack, el único, aparte de Art y Ebad, que se había cambiado los elegantes ropajes por ropa más cotidiana, estaba clavado sobre sus botas, observando boquiabierto cómo el problema se iba acercando hacia ellos. Art volvió a gritar. Entonces, éste se despejó y salió corriendo para no quedarse atrás.
Los cañones de la Inoportuna, al igual que en la obra, estaban justo debajo de la cubierta superior. Ahora se oían unos sonidos secos mientras las escotillas se abrían y unos sonidos metálicos mientras los cañones eran empujados hacia delante.
Art contemplaba este espectáculo desde la barandilla. Su embarcación navegaba ligeramente más despacio que en la última batalla, pues ahora cargaba consigo bienes y provisiones que no había logrado vender en Own Accord, por culpa de Goldie.
Art podía escuchar a Plunqwette chillando enfadada en el camarote, a pesar de que las paredes de éste eran de madera consistente. Pobre viejo pájaro. Al menos siempre parecía estar preparado para emprender una batalla.
El tembloroso llanto de Salt Walter se podía apreciar a pesar de la matraca de los cañones y del estrépito del loro:
- Art, ¿qué es eso? ¡Es otra embarcación! ¡Hacia el este! ¡Y está completamente alumbrada!
- Valor, señor Salt. Tan sólo es la luna.
La luna se asomaba por el este. Casi era luna llena y había cobrado un amarillo tan intenso como el de la piel de un plátano maduro. Alumbraba directamente a la Inoportuna Forastera, a sus mástiles y a proa, de lleno al siniestro mascarón de proa. A sus espaldas, la luz de la luna perfilaba los rizos de las olas, y a lo lejos, pero no mucho más lejos, la macabra figura de la Enemiga, que de pronto había dado media vuelta de forma que sus velas mostraban todo su esplendor a Art y a su tripulación.
De esta manera, el enorme navio parecía un verdadero puñal. Su bauprés era largo, espinado y como con una especie de aletas de lona. Pero también…
- ¡Por los fuegos del infierno! Echa un vistazo a eso.
En la memoria de Art, sonaba de nuevo la voz de Hurkon:
- Cada una de las velas del navio es negra y lleva pintada la calavera y los huesos.
¿Acaso Art recordaba la Enemiga así?
Para la Enemiga, la bandera Jolly Roger, no era una simple bandera.
De hecho, estaba pintada en un blanco resplandeciente y sus dimensiones eran enormes: cada una de las velas de la embarcación era como una pieza de un rompecabezas, de modo que si se contemplaba el navio de frente, se podía ver una gigantesca calavera negra. Una de las tres partes de la calavera estaba en el sobrejuanete mayor, una segunda justo debajo del juanete de proa y el último pedazo, con la enorme sonrisa, ocupaba toda la vela principal superior. De la misma forma, los dos huesos, enormes como monstruos marinos, estaban cruzados debajo del velamen del mástil principal. El resto se desplegaba para decorar la mayoría de trin- quetillas y sobremesanas, hasta llegar a popa, sobre la cangreja hasta el foque de proa.
No necesitaba otra bandera.
El oscuro navio se balanceaba sobre el escenario iluminado por la excelente actuación de la luna, y así se convirtió en su última imagen pirata, gigante, esquelética y que se acercaba con una sonrisa enorme.
Realmente, era pavorosa. Horrible.
¿Cuántos se habrían intimidado ante ella antes de que las armas de la Enemiga empezaran a estallar?
Entonces Art dijo:
- Bien, ahí la tenemos. ¿Qué es lo que dije? Un gusto espantoso.
Art echó una ensordecedora carcajada, y Eerie y Dirk hicieron lo mismo pero con menos fuerza.
Con un sonido discordante, Black Knack arrojó mosquetes, polvoreras, vainas de piel para balas, espadas y dagas.
- Por si acaso nos abordan.
Art le echó una mirada de desaprobación. Pero no había tiempo para eso.
A través del pequeño catalejo Art podía escudriñar a diminutas figuras saltando y que resultaban parecer enanos al lado del pánico que provocaban la enorme calavera y los gigantes huesos de la Enemiga. Art no estaba segura de poder distinguir a Goldie Girl entre la tripulación, pero lo que sí podía ver era el parpadeo de las luces, los barriles llenos de pólvora sobre el castillo de proa y las enormes bocas de los cañones, que estaban impacientes, al igual que los cañones de la Inoportuna.
- Girad a estribor. Señor Vooms, al timón. Señor O'Shea, la cubierta está a su cargo hasta que yo lo releve. Walter, Peter, Whuskery, bajad a la cubierta superior. Seguramente necesitaré más ayuda con los cañones. Pero, de momento, quiero que cojáis vuestras armas, os coloquéis en vuestras posiciones y señaléis vuestros objetivos: la embarcación y su mobiliario, no quiero que disparéis contra su tripulación, y preparaos para recibir más de un golpe. Señor Knack, esto también va por usted.
- De acuerdo, capitana. Tú lo que quieres es lo imposible, pero yo intentaré hacerlo lo mejor que pueda.
Art dio un enorme salto desde la escalera hasta la penumbra de aceite y yesca de debajo.
Ahora, la Inoportuna estaba dando la vuelta, girando como un atleta sobre un pie.
El veloz navio se dio cuenta de la nueva maniobra, y estaba más que listo. A través del enorme charco de aguas oscuras como el carbón que los separaba, se percibía el retumbar de los cañones de la Enemiga, ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!
Peter chillaba.
Art apretaba los dientes. Si no había nadie que ejerciera como público ante su maravillosa interpretación, ¿era posible que se convirtieran una vez más en actores cobardes que no sabían cómo librar una batalla?
- Peter, tranquilízate. Ese miserable barco repleto de escoria está demasiado lejos como para alcanzarnos.
Pero entonces escucharon el silbido de una maravillosa bala de cañón aproximándose a ellos. Un vapor humeante y ardiente alumbraba diabólicamente la cubierta inferior por el costado izquierdo. Los tres primeros cañonazos de la Enemiga habían caído sobre las aguas, pero habían hecho que la Inoportuna se balanceara muy violentamente. De pronto, las estridentes quejas de Plunqwette, que hasta ese momento habían sido el sonido más escandaloso de todos, cesaron.
Art había virado la embarcación de forma que, ahora, cuatro de sus siete cañones estaban orientados hacia la Enemiga. No sabía con cuántos cañones contaba la Enemiga, pero seguramente serían más de siete, de eso estaba convencida. También estaba segura de que tenían al menos un cañón en la cubierta superior, a juzgar por lo que había podido ver a través del pequeño catalejo.
Y Goldie parecía estar impaciente, o eso era lo que pensaba Art. «Está ansiosa por clavarnos sus garras.»
Art miraba a través de las cañoneras, rodeada de cadenas y de metales.
«Ahora ya estamos lo suficientemente cerca», pensó.
Cogió la pequeña antorcha de su recipiente y prendió la pólvora. Al menos, el artillero Glad Cuthbert había cargado y cebado las balas de cañón y lo tenía todo preparado. Él también parecía estar listo.
- Ahora.
Los cañonazos de la Inoportuna también seguían orden de: ¡uno!, ¡dos!, ¡tres! Y a continuación, a la par que Art se apresuraba en encender la mecha, se escuchaba el ¡cuatro!
A pesar de la cercanía de ambos barcos, dos de las humeantes balas de cañón cayeron en el océano, a pocos metros de la Enemiga. Aun así, una aterrizó justo al lado de la embarcación, y enormes chorros de agua brotaron por el impacto iluminados por la luz de la luna. La cuarta bala de cañón de la Inoportuna atravesó la cubierta del veloz navio, llevándose consigo la vela inferior del mástil principal.
De repente, unas llamas empezaron a emerger de la Enemiga.
- ¡Recargad las balas de cañón y disparad!
«Necesito a más hombres aquí», pensó. Ella también había estado ayudando y cargando los cañones mientras gritaba por el hueco de la escotilla a Black Knack, quien, junto a Peter, había sido el artillero más experto en la obra. Además, había conseguido el efecto perfecto cuando se apoderaron del velero franco-español, la Royal. Una figura se precipitaba hacia la cubierta inferior, y parecía muy entusiasmada. Tan sólo Black Knack se entretuvo por el camino. Art saltó por la escalera y, al pasar junto a él, le dijo:
- Coja sus armas, señor.
Mientras hacía lo que Art le había ordenado, ésta estaba ansiosa por darle una bofetada, porque, ¿cómo era posible que estuviera merodeando por ahí y perdiendo el tiempo de esa manera?
Y por cierto, ¿dónde estaba Felix? Art hasta ese momento no había pensado en él. Seguramente estaría esconchándose debajo de un camastro, al igual que Muck, quien había echado a correr al oír el primer chillido de Honest desde el mástil, «o eso espero», se dijo a sí misma.
Art corrió hasta el alcázar, e incluso desde allí no necesitaba el pequeño telescopio, pues la vista era excelente: grandes bocanadas de agua se apoderaban de la Enemiga para sofocar el fuego de la vela inferior. Lo lograron apagar, pero el humo subía dibujando espirales por todas partes, tal y como Art recordaba, como un puré de patatas con nata sucia por encima.
La Enemiga volvió a cargar.
Art podía ver cómo estallaba la bala de cañón, de hecho seis balas de cañón a la misma vez.
Era increíble con qué lentitud se desplazaban las balas, y de repente, con qué rapidez.
- ¡Todo a babor, señor Vooms! Tan rápido como pueda.
Daba la impresión de que la Inoportuna fuera a dar una voltereta de un momento al otro. Walter, que estaba de pie en medio de la cubierta, cayó de bruces mientras Peter se sentaba.
Sí, unas cuantas balas de cañón de la Enemiga habían aterrizado sobre las cubiertas superiores, y ahora sobresalían a través de la madera por debajo de la barandilla.
Art alzó su mosquete de latón, que previamente había escogido y llevaba colgado del hombro.
El objetivo era la embarcación y su mobiliario. Molly nunca mataba.
Aunque eso era en una obra de teatro…
No.
Con una claridad muy peculiar, como la del pequeño catalejo que Art ya no volvió a utilizar, contempló a «algunos hombres que huían a toda prisa por el castillo de popa, dejándolo desolado y vacío excepto por algunos barriles.
Art se dio media vuelta con su mosquetón. Sabía que era más preciso, más certero en el tiro que cualquier otra pistola e incluso le resultaba más familiar que su propio brazo. Entonces disparó.
La bala alcanzó, t'al y como Art se había propuesto, directamente al humeante barril lleno de pólvora que la tripulación de la Enemiga había dejado en el castillo de popa. La explosión retumbó como fuegos artificiales rosas y primaverales. -El cañón llamado Duquesa había estallado. Pólvora. Molly. La cubierta, el escenario. Todo por los aires…
Ahora no. No era el momento de acordarse de todo aquello…
El veloz navio empezó a tambalearse, y realizó una asombrosa reverencia hacia delante.
Art salió corriendo de la cubierta inferior y gritó por la escotilla a los artilleros:
- ¡Fuego! ¡Seguid disparando! Estáis dormidos, ¿o qué? Apuntad al casco y a los mástiles.
Ardientes como el mismo infierno, los cañones de la Inoportuna estallaban y volvían a cargarse.
Sobre la Enemiga, tras la explosión del barril y del fuego provocado, se produjo un remolino de hombres y agua. Pero en el mismo instante, el cañón de la Enemiga volvió a estallar, y las sacudidas que provocó hizo que perdieran otro costado. Su tripulación era sin duda más numerosa, pero quizá les faltaban… ¿agallas?
El espacio que separaba a las dos embarcaciones cada vez era más pequeño…
Justo en ese segundo, mientras saltaba otra vez hacia la cubierta, Art se encontró allí a Felix Phoenix, como si fuera un fantasma, o un idiota, o una especie de público que contemplaba el espectáculo desde la barandilla.
- ¡Agáchese! -le gritó empujándolo. Ambos cayeron al suelo, a la vez que un oscuro estruendo ardiente sobrevolaba sus cabezas y rozaba el mástil principal de la Inoportuna Forastera de forma que empezaron a formarse grietas por todo el mástil.
Art, que podía ver cómo la mitad de las jarcias y de los mástiles de madera se estaban resquebrajando y estaban a punto caerse sobre ellos, agarró a Felix y lo puso contra un costado de la embarcación y rápidamente se arrojó ella hacia él.
- No se mueva. Puede que caiga.
- Pensaba que ya se había caído. De hecho, creía que se había caído sobre mí. Oh, ¿era usted?
Pero, rugiendo y astillándose, el mástil consiguió aguantarse en pie. Habían logrado agrietar el mástil superficialmente, como si hubieran pelado una fruta.
Ahora, el disparo de pistolas petardeaba desde la Enemiga. En la barandilla de la Inoportuna, Dirk y Eerie empezaron a disparar desde su escondite y un barril cargado de pólvora empezó a escupir llamas y humo.
Art se apartó de Felix y le ordenó:
- Levántese y resguárdese en el castillo de popa, señor Phoenix. Como ve, este lugar no es muy seguro y aquí no nos sirve de nada.
- Mis disculpas.
En lo más alto, el mástil agrietado aullaba lastimosamente, como un arpa mal afinada.
Con la cabeza gacha, Art contemplaba la estrecha distancia que los separaba -tan sólo debían de ser un par de metros más o menos-, a pesar de que los disparos de la Enemiga parecían haber cesado. Ah, uno de los disparos de la ronda anterior de la Inoportuna había estallado, gracias a su mala puntería, en dos de las cañoneras del barco enemigo. Ambos cañones se habían desequilibrado y, segundos después, volcado, dejando así dos enormes agujeros dentados de madera por los que entraban grandes bocanadas de agua.
- Excelente -dijo Art.
- Para ser una pesadilla -objetó Felix.
- No pongo en duda que teme que su chica sufra algún daño, su pequeña Goldie. No se inquiete. Tan sólo habrán sufrido alguna que otra chamusquina, eso es todo.
Los cañones de la Enemiga permanecían silenciosos. La mayoría de su tripulación estaba ocupada en apagar algunos fuegos o construyendo balas en las cañoneras derribadas.
Pero, de pronto, una única bala de cañón, de hecho la última que tenían, estalló debajo de la cubierta inferior, justo bajo los pies de Art. La bala explotó, voló y se desplomó con solidez en el trinquete de la Enemiga.
- Cuthbert -dijo con decisión Art-. No puede ser otro que él, pues quién más puede lanzar tal golpe en estas circunstancias.
Diversas palabras de aclamo, vitoreo y aplausos llenaban las cubiertas de la Inoportuna Forastera, mientras que un llanto de desmayo surgía de la lisiada Enemiga, a la vez que se derrumbaba buena parte de su peñol principal, con las dos velas que llevaban dibujadas las puntas de los huesos cruzados. Un enjambre de hombres corría por todas partes. El humo cubría la vista.
- Lo hemos hecho por ella, Art. -Peter saltaba de un lado a otro y sollozaba.
- No del todo, pero puede servir. Por favor, vuelve abajo y felicita al señor Cuthbert de mi parte.
Black Knack también estaba en la cubierta:
- ¿Por qué no acabamos con ella, Arty? No se merece salir con vida de ésta.
- ¡Por el amor de Dios, señor! -exclamó Art-. Yo jamás mato. Dejemos que se vaya. A ver, señor O'Shea, ¿hay alguien herido?
- Tan sólo algunos cortes por las astillas y algunas magulladuras, capitana.
- Entonces, nos dirigiremos hacia la isla Brown Sugar. La Inoportuna necesita algunas reparaciones y, la verdad, dudaría mucho que nos siguieran. Incluso con el mástil principal agrietado, podemos dejarlos atrás.
El veloz navio casi había perdido el control por completo y se balanceaba bruscamente de lado a lado a la vez que sus jarcias se bamboleaban por culpa de la desenfrenada ventisca nocturna. No habían logrado apagar todos los pequeños fuegos que se dispersaban por la embarcación y por el costado que había sufrido el gran impacto no paraba de entrar agua. Era imposible sabíir si alguien estaba timoneando la nave.
Felix se acercó al hombro de Art y le susurró:
- Y entonces, señora capitana «yo-jamás-mato», ¿qué hará si se hunde esa embarcación?
- La Enemiga no está tan magullada como usted cree. Además, tienen botes de sobra -dijo Art con frialdad-. En sus condiciones, lo mejor que pueden hacer es remar hasta Own Accord. Incluso remando, estarían allí al amanecer.
Honest bajó hasta la cubierta, cabizbajo. Felix había contemplado a Honest durante la batalla, y se había dado cuenta de que éste no se había involucrado mucho en la batalla y disparaba sin un objetivo concreto. No parecía asustado, tan sólo triste. A Felix le daba la impresión de que, al igual que él, Honest Liar sentía la misma antipatía por las armas de fuego.
Entonces dijo:
- ¿Realmente cree que se ha deshecho de Goldie? Recuerde, Art, de quién es hija.
- ¿Y yo, señor Phoenix? Soy una capitana a prueba de balas y la hija de Pirática.
Nadie se acercó a molestarlos o incordiarlos cuando llegaron a Brown Sugar. No había ni rastro de la Enemiga.
La tripulación holgazaneaba sobre el césped húmedo bajo los cálidos rayos del sol, mientras otras pandillas de hombres anárquicos, quienes no parecían trabajar en las cañas de azúcar pero que sin embargo conocían todas las embarcaciones, se dedicaban a enmasillar y a carpintear la Inoportuna. En definitiva, convertir a la Inoportuna en lo que una vez fue.
Plátanos amarillos, té anaranjado, vinos exquisitos, pargos violetas cocinados en puchero, la esencia del azúcar moreno…
- Quedémonos, Art. ¡Esto es el paraíso!
- Walter -contestó Art-, tenemos un asunto pendiente. El señor Vooms te informará de ello.
Y el señor Vooms los informó a todos sobre ello.
- Entonces, el tesoro… ¿es real? -preguntó Black Knack.
- Posiblemente.
- Entonces… entonces… ¡seremos ricos! -exclamó Whuskery.
- Oh -dijo Dirk-, fundaremos nuestra propia compañía de actores… nuestro propio teatro…
Los demás permanecían perplejos y en silencio.
Entonces Félix le dijo a Art:
- Espero que comprenda que éste no sea el momento más apropiado para que me desembarque.
- Y no se lo estoy pidiendo, ¿verdad? Aun así, creí que prefería volver a Own Accord. Seguramente Goldie se habrá dirigido hacia allí para reparar su navio.
- Goldie la seguirá a usted.
- Entiendo. -Art miraba fijamente a Felix, le sirvió una copa de vino, se inclinó un poco y se colocó una flor en el escote.
- Igualmente, usted es todo un misterio, Felix Phoenix.
- No. Soy franco y transparente. Al contrario que usted.
- Eso no es así. Simplemente, quiero seguir con vida, ¿usted no?
- ¿Debo responder a eso?
Ella negó con la cabeza y entonces fue cuando se dio cuenta de que ya no llevaba el anillo con el rubí de cristal. «¿Por qué?», pensó, pero no osó preguntárselo, así como no osó preguntarle nada más.
Permanecieron once días en la isla Brown Sugar. Cuando volvieron a adentrarse en el océano, no había ninguna pista de ningún enemigo, ni siquiera de la Enemiga. Pero aún se encontraba un traidor entre ellos y necesitaban descubrir quién era.
Goldie, a duras penas y sorprendentemente, había logrado llegar hasta Own Accord, pues las cubiertas estaban con una gruesa capa blanca del humo, un mástil estaba completamente destrozado y el casco estaba totalmente agujereado. El camino hasta Own Accord fue duro, pues su tripulación no cesó de quejarse y de discutir. El señor Pest circulaba por todo el navio cargado con vendajes, tablillas y otros utensilios, intentando curar un brazo por aquí (sollozos), un hombro dislocado por allá (más sollozos). Mientras tanto, aún revoloteaban pequeñas chispas por toda la embarcación, como diminutas luciérnagas, que se sofocaban y apagaban una y otra vez.
En el alcázar, la pequeña Goldie también chisporroteaba, a ella misma y al señor Beast.
- ¡Pagarán por esto! ¡Por las tretas del timón! ¡Y pagarán con su propia sangre! También ese Phoenix, con sus truquitos deliciosos de hechicero… sí, es un embaucador, como todos los demás. Oh, le haré sufrir -asintió con la cabeza y continuó-, o mejor aún, me casaré con él.
- El peor de los castigos, desde luego -dijo imprudentemente el señor Beast con una sonrisa de satisfacción. Esa sonrisilla de júbilo se desvaneció en el momento en que Goldie sacudió su preciosa cabeza, se giró y le dio una patada en el estómago.
- ¿No podríamos tomar otro camino?
- Los barcos no navegan tan cerca de la costa, Walt.
- No hay otra ruta marina hacia el este -añadió Ebad-. Tenemos que ir por esta ruta, y así cogeremos las corrientes de vientos alisios.
- Pero esas calmas ecuatoriales… ¿son tan fuertes como se decía en la obra? -Sí.
- Entonces…
- Y… -añadió Eerie-, el temido cabo aún es peor: huracanes, barcos fantasma, la maldición del buque holandés que trae mala suerte a todos los que lo ven…
Surcaron en dirección sur por el sureste. Las aguas cambiaban ligeramente, como si intentaran engañar a los que navegaban sobre ellas, pero no lo lograban con ellos. De un azul cristalino, se fundían en un gris azulada nebuloso. Y el cielo parecía ir al compás de estos colores además de que cada día quedaba suspendido a una altura más baja, como si estuviera colgado por cabos. Parecía que de un momento a otro pudieras darte con la cabeza, darte un coscorrón contra la densidad del cielo. Además, hacía un calor sofocante.
- Deberíamos honrar aquí a los antiguos dioses del océano -propuso Eerie.
- Sí, ésa es la tradición -consintió Glad Cuthbert bastante desanimado-. He presenciado muchos infortunios en estas aguas, cruzando la Línea. Peor -continuó en voz baja-, en embarcaciones normales, aunque mi antiguo velero pirata sufrió muchos daños.
Se encontraban casi en el Ecuador, la línea que divide la Tierra en dos polos, el norte y el sur.
Entonces los piratas se volvieron a convertir en actores. Se vistieron con los ropajes más estrafalarios jamás inventados, se pintaron los rostros para simular que tenían barba o bigote, y cómo no, se colorearon el cabello de color verde. Recitaron largos sonetos de Sha-kespur a Neptuno, el dios del mar, sacaron el ron y a Cuthbert enseguida se le subió el ánimo. Art, vestida para la ocasión con una barba de lana verde y un parche en un ojo, arrojó ron hacia las aguas del océano a modo de ofrenda.
Pero una vez cruzaron la Línea, la cosa no mejoró en nada.
Al caer la noche, las estrellas cobraban una brillantez y un tono muy poco habituales: parduzco, rojizo, malva… La luna estaba en cuarto menguante, y parecía apagada, sin luz propia, además de estar marcada con sombras.
Para empezar, había corrientes de viento por todas partes, desde el este, el oeste, el norte, el sur… Así que la Inoportuna estaba constantemente reduciendo y haciendo bordadas. No había tierra firme a la vista, ni vagas brumas de las costas del sur de las Amer Ricas, ni tan sólo diminutos islotes alrededor. Las ráfagas de viento se iban desvaneciendo y Art y su tripulación las veían ya a lo lejos, corriendo con destreza sobre las olas. Ahora, un bochorno se apoderaba del clima, como si la embarcación estuviera metida en una especie de horno.
Entonces, todo movimiento se detuvo, o casi. Sin ningún soplo de viento, la embarcación, construida especialmente para navegar con corrientes de aire, permanecía inmóvil en la inmensidad del océano, quien, sin previo aviso, cada cinco minutos más o menos se revolvía, como un estómago vacío.
Muck aullaba, una y otra vez. Plunqwette revoloteaba, sin intención de intimidar, por entre las velas, quizá para intentar provocar una pequeña brisa que los hiciera desplazarse.
Art miraba con desaprobación a sus hombres. Muchos de ellos estaban en la barandilla trasera, tocando la bocina y vomitando. Quizá servía como un derecho marítimo el hecho de sentir náuseas en ese océano. Pero así pasaron dos días más.
Art, Ebad, Glad Cuthbert, sorprendentemente Dirk,
Black Knack y, el más inesperado de todos, Felix, no sentían náuseas. El resto, incluso Honest, se desplomaban en la barandilla.
- ¿Y ahora, qué? -preguntó Black Knack-. Estamos atascados. Eso es todo lo que este hervidor de mala muerte hace: atascarnos aquí. Y ella, me refiero a nuestra queridísima Goldie Girl, nos puede atrapar en cualquier momento.
- Eso asumiendo que conoce nuestro rumbo.
- La última vez lo conocía.
- Tranquilízate, Black -dijo Art-. Tenemos botes y remos.
Con arcadas y refunfuñando, toda su valiente pero enferma tripulación arrastró los tres bonitos botes de madera de las casetas de cubierta y los colocó sobre el repulsivo océano.
- Atadlos con cuerdas. Eerie, mantente en el timón. Black, atento y vigila. Walt, no, tú no puedes, ¿verdad? Whuskery, ¿te encuentras mejor? ¿No? Sí, sí. Sube hasta la cofa de vigía del mástil principal y estáte pendiente de quién se acerca. El resto, venid conmigo. ¿Qué tal se le da el remo, Félix?
- Nunca lo he probado.
- Pues ésta es una buena ocasión. ¡Menudo regalo!
- No, Art… burgggg -protestó Walter a la vez que vomitaba.
- Señor, estará mejor con algo que hacer.
- Es dura y severa. Me recuerda a mi mujercita, cuando tenía un hogar -confesó Glad Cuthbert.
- Igual que Molly. Era imposible llevarle la contraria.
Plunqwette salió escopeteada de la cofa de vigía del mástil, que a veces utilizaba como nido propio, justo cuando Whuskery aterrizó tras ella. Entonces, estiró el cuello y proyectó su vómito con un arco espectacular hacia el océano.
- Muy bien, señor Whusk. Por poco le das de lleno a mi loro, pero eso sí, ni una gota sobre la cubierta.
- Art, no seas despiadada.
- Señor Dirk, no te olvides. Llámame «capitana».
- Sería una buena ocasión para olvidarlo. ¡Está a punto de caer!
- Eso jamás, y mira, ya se encuentra mejor.
Descendieron, o mejor dicho, se dejaron caer, hacia los botes. Ebad comprobó los cabos y los ató al casco de la Inoportuna.
Honest Liar levantó su rostro y miró a Art:
- Me encuentro mucho mejor aquí abajo.
- Menos charlatanería.
Art había colocado a Ebad y a Cuthbert, que eran considerados los más fuertes, solos en un bote. Felix y ella, los más livianos y quizá los menos fuertes, estaban en dos botes diferentes, cada uno de ellos con un remador diferente.
Posicionaron los remos.
Al principio fue un caos. Incluso Art se dio cuenta de que se equivocaba, y odiaba tener que reconocerlo. Ahora ya había aprendido a hacer las cosas por sí misma, al menos las cosas que eran estrictamente necesarias. Pero sus primeros intentos para remar, pensaba con ferocidad e ira, parecían los de una joven dama de la Academia de Ángeles.
Instantes después, los remos dejaron de salpicar y de darse golpes los unos contra los otros. De pronto, en un mismo intento, se estableció un único ritmo muscular.
Ebad tan sólo echó un vistazo a Art una única vez. Obviamente, ella sabía cuántos barcos se habían hundido en las temidas calmas ecuatoriales, donde, generalmente, las fuertes ventiscas desaparecían. A Ebad aquello no le hacía mucha gracia.
Sobre el castillo de popa, Black Knack miraba enfurecido. En lo más alto, Whuskery ya había parado de sentir náuseas, y Eerie tenía el mando del timón e intentaba cantar una lamentación, a pesar de que en ese instante tenía hipo.
Hacía tres días que llevaban remolcando a la Inoportuna Forastera, cruzando las cálidas y espesas aguas del océano, al abrigo del bajo cielo y sin soplo de brisa marina alguno. Empapados de sudor, cada músculo de los brazos y de la espalda pedía a gritos un descanso. Se movían como serpientes y estaban demasiado entumecidos, extasiados y doloridos como para vomitar.
A veces se tomaban un pequeño descanso. O Art se cambiaba con Eerie, o Whuskery y Black Knack con los demás. Art no se mantuvo nunca quieta, sino que participaba en cada turno de remo. Por la noche, sus hombres se estiraban lloriqueando sobre la cubierta, pues en los camarotes aún hacía más calor.
Muck ya había parado de aullar y deambulaba de arriba abajo, lamiendo las manos de sus amigos, como si los estuviera consolando.
- Es un buen perro.
- Es el mejor de toda Inglaterra.
- Inglaterra… Oh, Inglaterra… ¿Creéis que volveremos a ver esas pálidas costas ?
Por el contrario, Plunqwette bajaba hasta la cubierta para ayudar a Art en el bote, posándose sobre su cabeza hasta que Art empezara a insultarla, o sobre el remo, agitando las alas y cogiendo el vuelo antes de rozar con el agua, aterrizando sobre el remo justo cuando volvía a sobresalir del agua.
- ¡Plunqwette! ¡Te mataré! ¡O mejor, te cocinaré y haré un delicioso pastel contigo!
Plunqwette, que para ese entonces estaba sobre una pata encima de la bota de Art, se limpió el pico con una garra y dijo:
- ¡Piezas de mocho!
Esa tarde, durante el tiempo de descanso, Felix se sentó bajo un toldo dado de sí, justo debajo del castillo de popa, y empezó a dibujar. Tenía los dedos muy resbaladizos por el sudor, la camiseta blanca la llevaba pegada al cuerpo, de la misma forma en que las calmas ecuatoriales habían pegado las aguas al barco.
Art se acercó, lo miró primero a él, y después a lo que estaba dibujando.
- No parece muy dolorido después de remar, pues, por lo que veo, aún le quedan fuerzas para blandir un lápiz. Qué pena, debería haber consumido toda la energía que le quedaba.
Y es que estaba dibujando a la pequeña Goldie Girl: su rostro despiadado en forma de corazón, sus enormes ojos y su cúmulo de rizos negros. Realmente, era un retrato fiel, y se notaba que él estaba convencido de ello.
Felix no musitó palabra, ni tan sólo se movió.
Ya habían recorrido algunos kilómetros, o eso era lo que Ebad aseguraba. Pero nada parecía haber cambiado. El cielo y las aguas parecían los mismos, tan sólo un poco más profundos cuando atardecía. Por la noche, el bochorno parecía ser un poco más llevadero, pues corría una suave brisa.
Black Knack le dijo a Peter:
- No sabía que un capitán remara con su tripulación.
Salt Peter parecía perplejo e incómodo.
Plunqwette decoró la cubierta con una salpicadura blanca.
Desde lo más alto, Dirk exclamó con un tono de voz un tanto disparatado:
- ¡Veo el viento! ¡Y viene hacia aquí!
- No puedes ver el viento -dijo Glad Cuthbert.
Aun así, todos se giraron hacia donde Dirk decía que veía el viento, hacia el norte, y la verdad es que Cuthbert estaba equivocado. Sí que se podía ver el viento.
Ahora, las olas parecían haber cobrado vida y se movían abruptamente, como perros azulados y agrisados persiguiéndose los unos a los otros mientras enormes nubes, como enormes coliflores de color azul pálido, trastabillaban hacia el horizonte. El océano se convirtió en una especie de cacerola hirviendo.
- ¡Alzad los botes! ¡Izad las velas! ¡A los astilleros!
Los actores-piratas se arrojaron, aullando, a los botes y los elevaron, a pesar de la fatiga que acarreaban, hasta las jarcias.
Muck los animaba ladrando.
Un frescor se apoderó de la embarcación, y todos, humanos, perro y loro, mar, atmósfera, cielo… pudieron finalmente respirar. Las velas oscilaban hacia delante y hacia atrás, creando unos fabulosos arcos empujados por la brisa.
La Inoportuna también empezó a moverse como si hubiera perdido el control, deshaciendo las crestas de las olas.
- No durará mucho -dijo Black Knack.
La ráfaga de viento también se había llevado consigo el dibujo de Felix cuando se dio la vuelta y se quedó pasmado al ver la embarcación despertarse tan alocadamente. El retrato de la pequeña Goldie se deslizaba por sí mismo, como un inocente pájaro blanco.
- Vaya, qué pena -dijo Art. Pero no había tiempo para regodearse del asunto.
Las ráfagas de viento siguieron hasta la tercera vez que cambiaron al guardia nocturno. Entonces, en el tintineo de la campana de la embarcación, místicamente destruidas, se hundieron en las profundidades del mar. El viento se había desvanecido.
- Os lo dije.
- Cierra tu enorme bocaza, Blacky -contestó Whuskery, quien aún llevaba un bigote pintado.
- Oh, escuchad… -exclamó Eerie-. Un tamborileo…
En este nuevo silencio absoluto, toda la tripulación permanecía expectante y escuchando sobrecogida el extraño sonido supersticioso que, según informaban centenares de cartas, le había otorgado a esta zona ese nombre.
Un agudo y débil repiqueteo sonaba ahora a este lado, ahora en este otro. Tpp… tpp… tppp… como el redoble de los tambores de diminutos soldaditos de plomo mecánicos. Tambores de juguete… los escucharon durante más de una hora. Incluso la luna se asomó para escuchar, aunque no alumbró otra cosa que el océano y su embarcación.
Cuando finalmente el misterioso sonido cesó, el viento volvió a aparecer con suficiente fuerza como para poder controlarlo. Así pues, durante toda esa noche pudieron navegar gracias al viento hacia el sur y el este rumbo a las abrigadas costas del sur de Africa y, donde varias aldeas sin leyes daban una cálida bienvenida y acogían alegremente a los piratas, con todas sus riquezas y provisiones.
La Inoportuna permaneció breves instantes alrededor de esas aldeas crecientes con edificaciones muy bastas y toscas. Tan sólo se detuvieron para degustar cenas de pescadito frito y recostarse bajo las palmeras, con los alambiques para destilar el brandy amarillo bajo la luz de las estrellas. Los aldeanos, de una raza negra muy remota, coronaban a todos los visitantes, especialmente a Felix, Ebad y Eerie, con enormes coronas de flores, y les ofrecían sus mujeres. Eerie estaba, por lo visto, más que encantado con la idea, pues lo tuvieron que llevar a rastras hasta la embarcación. Incluso a Art le ofrecieron una de sus mujeres. Art sonrió y dijo que desgraciadamente ya tenía una en Inglaterra.
Un largo desfile de leones acaparaba las calles de Free Cape Town, bajo su acantilado púrpura de montaña, leones con abalorios en sus melenas y garras pintadas. Las cebras corrían en enormes manadas rayadas hacia la bahía, donde estaban estacionadas una gran cantidad de flotas marinas: balleneros, comerciantes e indudablemente embarcaciones piratas que ondeaban otras banderas. Siguiendo las órdenes de Art, su tripulación había arriado la bandera rosa de Jolly Molly antes de entrar al primer puerto. Ahora ondeaban los colores de Jack el Republicano, pues en este lugar no gustaban los negocios con piratas.
Una vez que buena parte del cargamento se hubo vendido, que una parte del dinero se había guardado y que unas cuantas cajitas de diamantes en bruto se habían almacenado (que no se parecían en nada a como Art los había imaginado), empezaron a abastecerse de frutas y otras existencias generales, aunque tuvieron que persuadir a Walter para que no comprara una cebra.
- ¡Tan sólo piensa en esa cosa con rayas dando patadas y relinchando toda la noche! ¡Así que olvídate de la idea!
- Más allá de este punto -dijo Eerie mientras hacía movimientos dramáticos con los brazos, mientras subía la marea-, se encuentra el cabo, ese lugar donde todos los océanos se cruzan. Por encima, se unen las tierras que separan el Atlántico y el Pacífico, como un par de padres severos que intentan separar a dos amantes. Pero nunca nadie ha logrado pasar por ese cabo y por esas aguas intermezcladas. ¿Y qué vamos a hacer con nuestra insignificante embarcación? ¿Chocar contra su feroz abrazo?
- Ese discursito lo has sacado del guión de la obra -comentó Dirk.
- Lo sé -dijo Art-, ya me acuerdo.
Pero, aparte de los brillantes diamantes, ella creía que también recordaba el resto, incluso Free Cape Town. ¿Seguro que no había estado antes ahí?
La tormenta llegó a medianoche.
Primero surgió una bruma marina, y tras la neblina de la bruma aparecieron unas rocas que indicaban la costa, y no eran en absoluto acogedoras ni estaban adornadas por flores de colores. Y efectivamente, la imagen que vieron apareciendo y desapareciendo vagamente tras la bruma era igual, o eso creían, que una calavera con unos huesos cruzados.
- Un mal lugar. Un lugar de horrores…
- Ahórrate esa retahila de chorradas. Ahora no es el momento.
Para entonces, las aguas estaban calmadas y la brisa era ligera. Art acordó la hora de los relojes y envió al resto de su tripulación a dormir. Incluso ella se fue a su camarote. Felix estaba en el alcázar, y ella le dio las buenas noches, aunque él ni tan siquiera le contestó. Estaría profundamente dormido, pensaba, soñando con Goldie.
En el camarote del capitán, Plunqwette bebía chocolate y chasqueaba el pico contra los mapas del capitán Bolt, que, al igual que todos sus libros, se estaban volviendo de un color verde oxidado por la humedad creada desde las calmas ecuatoriales. Encerado y bien almacenado, el mapa del tesoro no había sufrido ningún percance.
- Puedo percibir más ráfagas, más ventiscas, Plunqwette. Y Muck, también.
- ¡Oh, el barco! -gritó Plunqwette con otra voz, desconocida-. ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Salvad nuestro mote!
- ¡Shh!
Los cristales de los portones del camarote estaban cubiertos de vaho, aunque si se quería ver qué pasaba en el exterior, también resultaba imposible, pues la impenetrable oscuridad y la bruma lo impedían.
Art se estiró para echar una cabezadita de una hora, más o menos.
Soñó que la atrapaban en mitad de la noche con una red de unas dimensiones gigantescas. Molly estaba junto a ella, una Molly joven, esbelta y maravillosa, con su mirada verde grosella. Una mirada que no tenía par en la faz de la tierra. Juntas, madre e hija, cayeron en la trampa, pero Art se sentía feliz. Y sobre la cubierta estaba el joven Ebad, también sonriente y rebosante de orgullo por alguna cosa.
Entonces, Molly y la embarcación desaparecían, y Art se caía por un precipicio hasta aterrizar sobre una telaraña en forma de espiral a oscuras y con espuma marina salada alrededor, hasta que finalmente se daba un golpazo.
Entonces se despertó y puso los pies sobre el suelo del camarote, y se levantó directamente del camastro gracias a una repentina inclinación del navio que la empujó hacia delante.
La puerta estaba entreabierta, y Art podía ver a Eerie de pie y gritándole. Un diminuto riachuelo de reluciente agua se abría camino por el suelo, con Plunqwette saltando y maldiciendo el agua.
- ¡Al cuerno! ¡Y tres veces al cuerno! ¡Por los bonejos de Kranken!
- Señor O'Shea, cálmese usted también. Todo el mundo, arriad las velas.
Art salió hacia la cubierta mientras Eerie se tambaleaba de un lado a otro.
Era la primera tormenta que había presenciado desde las tempestades que guardaba en su memoria. Pero ésta, ésta también, la reconocía. Y con esa sensación de temor en sus entrañas, llegó una ráfaga de regocijo puro.
Las gotas del océano intentaban incansablemente unirse al cielo, pero la embarcación se esforzaba por anteponerse a ellas para así mantener la cubierta superior por encima de la furia de las aguas que se agitaban continuamente bajo ella.
La mayoría de la tripulación había estado durmiendo en la cubierta por el frescor que corría. Ahora, todos se habían hecho a un lado, bramando y gritando desesperadamente, pero Art a duras penas podía entender alguna de sus palabras, ni siquiera el silbato de Honest en medio de la espiral de viento y líquido.
Los relámpagos hacían desaparecer la oscuridad, durante unos breves instantes, las aguas cobraban un color lima y el cielo un blanco porcelana.
Segundos más tarde, la oscuridad volvía a reinar sobre todas las cosas, y parecía que todo chocara con la Inoportuna Forastera.
Por encima de la embarcación, Art veía que las velas entraban y salían en tropel. Los mástiles estaban empapados, y durante un momento llegó a plantearse si el mástil principal, que habían reparado, aguantaría.
A pesar de que no podía escuchar con claridad las voces de su tripulación, la voz de la misma embarcación se oía alto y claro. Crujía, chirriaba y maullaba como un enorme gato a punto de atacar a otro. Entonces estiraban el velamen, que hasta entonces había permanecido desatendido, pero éste se escapaba una y otra vez del mástil, provocando así colosales golpes secos y rasgaduras que sonaban igual que el talar de un árbol.
- ¡Seguid amarrando! -Art zigzagueaba sobre la cubierta y todos sus hombres estaban manos a la obra, los aparejos estaban bien sujetos o amarrándose. Sobre los camarotes, estaban constreñidos los botes, que se tambaleaban y tableteaban.
Art saltó sobre un pequeño charco de agua resbaladiza hasta el timón. Ebad timoneaba la embarcación, su rostro parecía el de una estatua de basalto e intentaba mantener el navio lo más firme que le era posible. Fue entonces cuando Art, mirándolo directamente a su rostro, pensó que podía ser un descendiente real, un descendiente de los verdaderos reyes de Egipto.
La Inoportuna ahora había tomado otro rumbo. Ahora eran las olas marinas las que se anteponían a su rumbo, las que se colaban por los rincones más recónditos mientras navegaba. El agua cubría todo lo que se encontraba por delante: las miradas, las respiraciones, la noche y el mundo.
Parecía que este siglo acabaría bajo el agua en quizá tres latidos del corazón. Art estaba agarrada al mástil principal, que parecía que aguantaba perfectamente. Detrás de ella, Ebad gritaba su nombre una y otra vez, mientras las velas, empapadas, graznaban.
Art corrió hacia el astillero. A pesar del temblor de la embarcación, consiguió trepar tan lejos como pudo hasta el juanete de proa, mano sobre mano. Agarrándose con las piernas alrededor del palo, empezó a arreglar las velas que se habían soltado.
El resto de la tripulación estaba en el astillero. Se empujaban los unos a los otros hacia la galera o hacia la caseta de cubierta. Art contaba a su tripulación para cerciorarse de que no faltaba nadie, incluso contaba a Felix. Todos estaban sanos y salvos. Muck permanecía en silencio, ¿y Plunqwette? Ah, allí estaba, con el pico clavado sobre el techo de la caseta de cubierta.
La embarcación saltaba como un caballo blanco por las montañas a medianoche. Ahora que habían conseguido domar las velas, no tenía sentido luchar para arriarlas. Art se había atado a sí misma con unos cabos a la madera del mástil. Miró hacia arriba y contempló las estrellas, más allá de la tormenta y de los rayos, que aparecían y desaparecían como dagas plateadas. Se reía a carcajadas. Se reía a carcajadas y oía a su madre decir, años atrás, cuando Art era una niña, o quizá un bebé entre los brazos de su madre: «¡Qué espectáculo!
¡Mira, es maravilloso!», a lo que Art contestaba: «Sí, mamá». Art cantaba al vendaval, desafiándolo, temiéndolo, adorándolo, y continuaba: «Sí. Y esta embarcación es afortunada. Ella y el mar son amigos, ¿verdad mamá? Saben cómo tratarse, esto no es una guerra, tan sólo dos gatitos jugueteando…».
Sobre la punzante esquirla de otra ola, nadaba un pez con plumas verdes y rojizas. Era Plunqwette, que, empapada y resoplando, acabó aterrizando sobre Art clavando así sus garras en el palo.
- ¡Aguanta, bonita! -gritaba Art.
- ¡Aguanta, bonita! -contestaba Plunqwette con la voz de Molly Faith.
Entonces el tiempo dio un cambio inesperado. Todos estaban empapados por las aguas más profundas del océano, y ahora las estrellas brillaban sobre todos ellos. Incluso el viento ahora era como una vela de lona que dejaba caer alguna que otra lágrima.
La tripulación de Art aullaba aterrorizada mientras la joven, aún sentada, sonreía.
No había ocurrido, ¿o sí?… ¿cómo podía ser igual… en el escenario?
- ¿Qué es ese ruido? -preguntó Walter a su hermano.
- Y yo qué sé. Además, ¿qué ruido?, si aquí todo son ruidos.
Tres pasos más allá, sobre la caseta de cubierta, Glad les decía de un modo tranquilizador:
- Tan sólo es una ola que ha quedado atrapada en la sentina. Pasará.
Pero entonces, Walter se empezó a estremecer mientras las olas retumbaban yendo y viniendo en las entrañas de la embarcación, sonando como varios coches de caballos lundinenses que cabalgaban en la sentina.
Felix, que seguía amarrado a la caseta de cubierta junto a Cuthbert y Eerie, levantó la cabeza para mirar, a través de los chorros de agua y el viento, a Art, el leopardo, quien estaba en lo más alto del navio, casi rozando el cielo. Entonces murmuró:
- Está como una cabra.
- Sí -dijo Cuthbert, y escupió una bocanada de agua marina-. Casi todas las buenas mujeres lo están. Y decididamente, todos los capitanes lo están.
- ¿Por qué? -preguntó Felix con una voz que, incluso en esa delicada situación, seguía fría.
- Si no, señor, ¿cómo se explica que esta maldita chiquilla se adentrara al mar y se llevara consigo a todos estos hombres?
Eerie rezaba, y les pidió que bajaran la voz, pues con esos gritos quizá Dios no lograba escuchar sus plegarias.
Las ráfagas de viento emitían unos silbidos muy agudos. Les venía de frente y los hacía tambalearse de babor a estribor, de popa a proa. La popa se alzaba cada vez que chocaba con una gigantesca ola hasta tal punto que Art y Plunqwette, quienes estaban en lo más alto del mástil principal, quedaban empapadas por el impacto con la ola. Entonces la embarcación volvía a posarse sobre la superficie, dando vueltas sin parar, como si estuviera atascada en una especie de alcantarilla sobrenatural.
- Se necesita a alguien más en el timón -gritó Cuthbert.
Felix fue testigo de cómo Cuthbert se liberó por sí solo de las cuerdas que lo mantenían amarrado a la caseta. Al verlo, Black Knack, desde su refugio situado bajo el mástil principal, gritó en una voz áspera una especie de aviso. Dirk y Whuskery clamaban a pleno pulmón y Salt Walter y Salt Peter chillaban desde la cocina. Pero Cuthbert ya no estaba.
- ¿Está ahí al lado, señor Phoenix? No me he atrevido a comprobarlo por mí mismo.
- No, señor O'Shea. Ahora está con Ebad, aguantando el timón. Y Honest también está con ellos.
- Que Dios los bendiga, a los tres. Pero ese timón se quebrará de un momento a otro, estoy seguro. -Eerie no podía retener las lágrimas-. Creo que todos acabaremos en la penumbrosa bodega marina.
Felix se dio la vuelta y cogió de la mano a Eerie:
- He escuchado miles de historias sobre estas tormentas, Eerie. Una embarcación de estas dimensiones puede capear el temporal.
Eerie tosió, y segundos después, durante una calma momentánea del temporal, le preguntó:
- ¿Cómo lo sabes? Tú nunca has estado en el océano.
- Pero una vez conocí a alguien que sí que lo estuvo.
- ¿Te fías de los mendigos cuentacuentos?
- Sí. Eran mi padre y mi tío.
Una ráfaga de viento volvió a azotar la embarcación, y fue imposible volver a entablar la conversación.
Transcurrió otra hora más de tempestad, con los fuertes latidos palpitando al unísono, y resultó ser incluso divertida para ellos, e incluso, si Art estaba en lo cierto, hasta la embarcación se lo pasó de lo lindo jugueteando con la tormenta.
Las lluvias, truenos y relámpagos finalizaron inesperadamente, tal y como empezaron.
De repente, dos enormes olas se avecinaron ante ellos como dos paredes de ladrillos, rompieron y retrocedieron replegándose. Entonces, volvió a aparecer la luna, suspendida, baja, de un color naranja calabaza, alumbrando unas aguas oceánicas vivas pero ya no desbandadas.
Una vez ya habían salido de la boca del lobo, se deslizaron hacia otra noche, una noche diferente, un universo diferente.
- Aquí está mi viola de rueda. Tan resistente al agua como la misma lluvia.
- La Inoportuna apesta a fango, pescado y algas.
- Hay varios peces en los camarotes de la tripulación. Muck ya se ha comido uno… maldito chucho…
- Los pollos están completamente empapados, hemos perdido por lo menos cuatro huevos…
- Mira todos estos platos rotos… y eso que estaban hechos de peltre del bueno…
- ¡Mis manos! Mirad mis manos… ¡arruinadas!
- Sí, Dirk… no volverás a tocar el clavicordio nunca más.
Después de la tormenta, las aguas volvieron a su cauce. Bajo el resplandor de la luna anaranjada, una cantidad de objetos emergían desde las profundidades y cubrían la superficie. Balsas de pecios color verde y algas marinas como larguísimos collares de perlas. Los peces voladores sobresalían de la llana superficie oceánica, planeaban brillantes a través de la oscuridad y opacos a través de la luna. Más tarde, las anguilas serpenteaban por las aguas, enrollándose y desenrollándose, de un color azul eléctrico y blanco luminoso. La atmósfera estaba cargada de ozono y estrellas de mar flotaban en grupos, como si fueran pequeñas islas coralinas.
Arriba, pequeñas nubes pasajeras hacían cabriolas al pasar a través de las estrellas. Mar y cielo, ambos en movimiento, ambos oscuros pero con pequeñas luces móviles, eran un reflejo el uno del otro. Mientras, la luna y la embarcación navegaban océano adentro.
Al día siguiente, despejaron y limpiaron la Inoportuna Forastera. Intentaron sacar toda el agua que se había colado durante la tormenta, fregaron todas las cubiertas y engrasaron los mástiles. Se ocuparon de la carpintería y taparon los agujeros con alquitrán.
Las fuertes ráfagas de viento se habían convertido en brisa marina, lo que resultaba muy útil para poner en orden la nave. El astuto Cuthbert cortaba él mismo con las tijeras la tela de las velas y las cosía, trepaba por los mástiles y arreglaba los juanetes de proa.
Llegaba el crepúsculo, las colosales estrellas y, por supuesto, la cena. De pronto, la brisa marina empezó a convertirse en un viento menos útil.
La calma empezó.
No era como el pavoroso silencio de las calmas ecuatoriales, sino un silencio aliviante. La embarcación se balanceaba sin hacer ruido.
- Aprovechad la ocasión -ordenó Art-, e intentad descansar un poco.
Inesperadamente, la luna apareció más pronto de lo normal, y apareció por todos los lados.
Todos se dirigieron a las barandillas.
Una luz fulgurante se asomaba por el horizonte en todas direcciones. Estaban en el epicentro de una oscuridad total, cómo una piedra preciosa negra incrustada en el centro de un anillo de oro resplandeciente.
- Señor Vooms -dijo Art-, ¿qué es eso?
- Algo que la tormenta ha dejado atrás, capitana.
Entonces Eerie exclamó:
- Imposible. Eso no es natural, por las pestañas de las marsopas.
- Tonterías, señor O'Shea.
- Capitana, preste atención -dijo Eerie-. Estas aguas… ¿Ha oído hablar alguna vez del misterioso holandés?
Art frunció el ceño. El resto miraba fijamente a Eerie, quien estaba asombrosamente alumbrado por el ardiente anillo de las aguas.
Sorprendentemente, fue Felix quien habló:
- Señor O'Shea, eso es una antigua leyenda, no es la realidad.
Eerie sacudió la cabeza y continuó:
- Era un comerciante holandés… algunos dicen que era un cazador de ballenas. Cuando necesitaba ayuda, despertaba a los demonios para que acudieran a él y utilizaba los terribles huracanes del cabo para surcar a toda marcha y así poder sacar más beneficios de los mares. Pero un día los demonios lo traicionaron. Asesinaron a toda su tripulación y lo abandonaron en las solitarias profundidades del océano, y asignaron a su destino la inmortalidad, condenado así a vagar por estas aguas para el resto de la eternidad.
- Y de la tripulación que aviste su barco fantasma -añadió Black Knack en un tono de voz verdaderamente espeluznante-, al menos uno de sus hombres debe morir.
Entonces Art intervino diciendo:
- Dios mío, me acaba de venir a la cabeza que… ¡sois actores, caballeros! -Y comenzó a aplaudir-. ¡Bravo!
Black Knack se escabulló sigilosamente hacia un lado.
El resto permanecía en la penumbra y en la melancolía, pero seguían merodeando a su alrededor. Nadie estaba dispuesto a bajar a los galeotes a dormir, y Art tampoco insistió.
Había algo en eí aire que a Art le provocaba un terrible escozor en la piel.
- Ebad, según tus cálculos, ¿estamos surcando por los mares del este?
- Ahora estamos justo en la frontera. Art, tengo que admitir que, tal y como ha dicho Eerie, en estas aguas ocurren cosas muy extrañas.
- No se lo comentes al resto. Ni tampoco a Eerie. Señor Phoenix -dijo Art acercándose a él-, muchas gracias por sus palabras de sentido común.
- No se merecen. No creo en fantasmas. Los muertos no vuelven a la vida, y nadie es inmortal.
Todos permanecían bajo la aleta de popa.
- No creía que usted fuera tan cerrado de mente, señor Phoenix. A veces, vuelven al mundo terrenal, y algunos son inmortales.
Felix asintió con la cabeza y dijo:
- Pero sólo en sueños.
De pronto, un temeroso y agudo llanto retumbó en la oscuridad de la noche. ¿Quién o qué había lanzado esa especie de sollozo?
Felix, Art y toda su tripulación se habían dado la vuelta en dirección al este, incluso Muck se había girado, cobrando un color plateado por la luz que lo alumbraba y con los pelos de punta, y también Plunqwette, quien tenía las plumas espigadas, parecía estar incluso más preocupada que el perro…
Felix posó su mano sobre el hombro de Art. El contacto entre ellos fue tan electrizante como la noche misma.
- Ahí está.
Desde la hechizada luz del extraño anillo, se divisaba una figura que emergía como un resplandor trémulo. Era una embarcación realmente colosal. Larga, extensa y cuadrada, con las velas izadas al completo. Navegaba a toda vela alrededor del resplandeciente anillo, impulsada por un viento que no soplaba, iluminada por una luz que no mostraba nada más allá de una leve silueta trémula.
- ¡Es el misterioso holandés!
- Deseo la mejor de las suertes a todos aquellos que lo vean…
- La muerte se cruzará en el destino de uno de nosotros…
Art se conmocionó. Abrió la boca para vociferarles o para tranquilizarlos. En ese preciso instante, el anillo luminoso se desvaneció. Tan sólo una negrura opaca cubría el cielo y el océano. Y aparte de la Inoportuna, no se divisaba ninguna otra embarcación.