Capítulo I
La señora Hornetti, de cabello negro como el azufre y ojos diminutos como granos de are- entró en el salón principal de su taberna con su perro salchicha bajo un brazo y con un rodillo de cocina bajo el otro.
Los clientes levantaron la mirada y la saludaron con prudencia, y a la vez con un bullicioso respeto. De lo contrario, no dudaría en atizarlos con el rodillo de cocina o arrojarles su perro, Ratskin -que era peor de lo que a simple vista parecía-, para que les atacara. La verdad es que los clientes que frecuentaban la taberna tampoco eran muy de fiar. En esa taberna, iluminada como una cueva y de vigas bajas, estaban sentados una colección de hombres acicalados con parches andrajosos y pendientes, con barbas que no se afeitaban desde hacía semanas y con armas que no pasaban desapercibidas, pues estaban completamente a la vista de todo el mundo.
- Ama -dijo una de las jóvenes que servía-, alguien está repiqueteando en la puerta trasera.
La señora Hornetti salió majestuosamente del salón y caminó pasillo abajo. En un par de habitaciones por las que cruzó había más hombres barbudos, jugando a las cartas en un silencio amenazador y alzando sus jarras de cervezas en honor al ama de la taberna cuando ésta pasaba cerca de ellos.
En la puerta trasera, que conducía a un jardín lateral, la señora Hornetti se detuvo escuchando con atención. Un toc-toc repicaba en la puerta de una manera muy particular.
La señora Hornetti quitó los cerrojos y abrió la puerta de par en par.
Ante sus ojos se postraba una esbelta figura masculina, con una cicatriz color malva en su rostro y con un sombrero de tres picos a una altura en que era imposible vislumbrar sus ojos.
- ¡Doll! -exclamó la señora Hornetti.
- ¡Dot! -exclamó el hombre con voz femenina.
A continuación el hombre (o mujer) entró en la taberna arrastrando una alforja.
- He escondido el caballo en la parte más oscura de tu establo, como siempre. Por todos los murciélagos, Dot, qué líos y aprietos me ha hecho pasar Jack estas navidades. La mitad de los policías de Lundres lo están buscando aunque, afortunadamente, están persiguiendo al hombre equivocado.
- Entra al salón y echaré un vistazo a tu botín, cariño. Y luego beberemos ginebra.
- Jerez, Dot -dijo la bandida-, sabes que no puedo con la ginebra.
Pronto se acomodaron cada una a un lado de la mesa, a la luz de las llamas de la chimenea, con sus respectivas bebidas y con la puerta cerrada con llave. Entonces, la bandida se quitó el sombrero y la bufanda que llevaba. Era Doll Muslin, la íntima amiga de Jack Cuckoo y su cómplice, aunque en realidad era el mismísimo Jack Cuckoo, o eso intentaba pretender. Los carruajes en los que el caballero Jack sembraba el terror, siempre los robaba, y con éxito, Doll.
Sobre la mesa, Doll colocó todas las posesiones, los relojes de bolsillo de plata, anillos de oro con perlas incrustadas, una hebilla de diamantes, algunos collares de brillantes y un cofre color ámbar y azabache a rebosar de marfil. La señora Hornetti hacía su agosto con todo ese tipo de artículos que le entregaban los bandidos, los contrabandistas y los piratas que visitaban su taberna.
- Agradecería pasar aquí esta noche, Dot. He cabalgado desde Rowers, sin hacer una sola parada. La nieve obstaculiza mi camino, y para rematar, los policías que persiguen a Jack están por todas partes, como pulgas.
- Obviamente que sí, Dolly. Celebraremos una fiesta, tú y yo. Bebe. Este jerez proviene del puerto franco-español de S'herry.
El bote que habían cogido prestado -o robado… o apropiado…- era una diminuta cáscara de nuez completamente agujereada que permitía que el agua se colara dentro. Fue entonces cuando Art empezó a pensar que quizá alguien lo había dejado tirado en la isla Spice para que se pudriera.
Sin embargo, consiguieron cruzar y chocaron contra los guijarros que estaban fuera del alcance de la ciudad de Port Mouth.
- ¿Dónde vamos? -preguntó Walt, quien después de todo los acompañó remando con todas sus fuerzas bajo los consejos de Ebad.
- Ahí hay una taberna -dijo Art-, lo recuerdo.
- El Pudin de Port Mouth -aclaró Ebad.
- Pero ése no es un lugar real -contestó Walt-, tan sólo era parte de la obra…
- Es real, señor Salt -dijo Ebad-. La obra que representábamos utilizaba los nombres reales de las cosas. El Pudin es famoso por las andrajosas y maliciosas personas que lo frecuentan. Pero anímate, porque Gol-den Goliath no volverá a poner un pie aquí.
Art detuvo a Ebad, a la vez que Walter y el silencioso Felix bajaban del pequeño bote.
- ¿Me estás diciendo que Golden Goliath era real?
- Así es, pequeña. Uno de los peores piratas, de hecho el peor.
Entonces Art dijo fríamente:
- El cartel del teatro decía que ese papel estaba interpretado por un tal señor Trevis Wilde.
- Trevis interpretaba a Goliath en la obra, pero Goliath, y eso tenlo por seguro, era un hombre real, si es que a un monstruo como él se le puede considerar un hombre. Era temido desde aquí hasta Barbaria, pero eso era años atrás. La mitad de la Marina francesa lo perseguía y lo llegó a capturar cerca de las Indies. Le hundieron con su propio barco. Desde entonces, nadie ha vuelto a oír hablar de él.
- Pero y ese navio negro con la calavera y los huesos cruzados en cada vela…
- Era suyo. Él también tenía una flota en su poder. Seis o siete barcos, aunque nunca los llevaba a todos consigo.
- Pero su embarcación se llamaba la Enemiga.
- Sí. Y si un barco puede ser cualquier cosa, éste era igual que su capitán. Ese barco era como un demonio. El público solía chillar cuando se alzaba, o eso parecía, sobre el escenario. Y les encantaba cuando Molly luchaba contra esa embarcación, y en alguna de las aventuras la vencía. El mismísimo Goliath, tal y como te he dicho antes, era temido y odiado por todos, pues siempre fue un asesino vicioso. Ni ningún barco ni ningún miembro de ninguna tripulación logró sobrevivir a sus ataques, a no ser que fueran lo suficientemente fuertes como para osar enfrentarse a él. Aquellos que lo pretendieron, perecieron en el intento. No dejaba a nadie con vida. Los mercaderes y comerciantes que perdían sus cargamentos, sus hombres, su tripulación, sus amigos gracias a G. Goliath, solían contarlos como estrellas de un cielo nocturno.
Caminaban tranquilamente por las calles adoquinadas tupidas de tabernas iluminadas y de tiendas muy poco alumbradas o incluso, algunas, casi a oscuras.
El Pudin estaba justo en el lugar donde Art lo recordaba. Seguramente, Molly le habría dibujado un mapa.
Al abrir la puerta principal, Art fue la primera que puso un pie en el interior. Le seguían, Ebad, después Walt y por último Felix.
- ¿Por qué entra aquí? -susurró Walt a Felix.
Felix encogió los hombros.
- ¿Tú por qué crees, Walter?
Pero Walter no parecía estar muy enterado de sus intenciones.
Justo entonces, una ovación ensordecedora rompió el hielo en el salón a rebosar de hombres que apestaban a brandy. Éstos se levantaban y alzaban sus copas y jarras en dirección a la puerta. Tan sólo unos cuantos permanecieron sentados dando la espalda y gruñendo con envidia.
¿Todo esto era por Art? Ella no lo creía así. Miraba a su alrededor, al igual que Ebad y Walter, para ver si alguien más, aparte de ellos, había entrado en la taberna.
Felix hizo una mueca.
Entonces Art escuchó el saludo:
- ¡Es Jack Cuckoo! Había oído que andaba por estas tierras. ¡Oye, Jack! Vimos cómo lograste escapar de la policía lundinense. ¡Eh, Jack! ¡Vamos, entra y enséñanos el botín!
Un enorme borracho, que se balanceaba hacia un lado y el otro, tenía, en vez de un pendiente, un diminuto cuchillo que le atravesaba la oreja. Sonrió abiertamente a Felix, se abrió paso entre toda la multitud y estrujó la mano del joven.
- No soy el caballero Jack Cuckoo.
- ¡Claro que lo eres! ¡Te he visto muchas veces! Alto, esbelto y con el pelo rubio. Además, tu caballo está en el establo de la señora Hornetti. Lo he visto con mis propios ojos, ese caballo es inconfundible, pues suele llevar puesta media máscara, como tú, Jack, cuando cometéis un robo.
- ¡Oh, dios mío! -dijo Felix completamente disgustado.
Art le dio una palmadita en el hombro.
- Jack es un hombre modesto, señor Knife. Pero os agradecemos vuestra cálida bienvenida.
Evitando cientos de ofrecimientos de fiel y eterna amistad, lograron llegar a un banco que había en la esquina y se sentaron.
La posadera se acercó a ellos con una bandeja repleta de bebidas gratis para ellos.
- Invita la casa, caballeros. -Y guiñó un ojo a Felix-. No tenía constancia de que era usted tan hermoso, caballero Jack.
- Gracias -dijo Felix cansado.
El del cuchillo en la oreja se levantó y se sentó en la esquina que quedaba libre del banco donde estaban sentados.
- ¿Algún reloj de bolsillo, Jack? ¿O algún collar? Algo para mi querida esposa.
- Nada.
- Bonito anillo, ¿qué me dices de ese rubí?
Felix cerró los ojos, y Walter, preocupado, lo rodeó con su brazo.
Art vio como Ebad se reía a carcajadas por primera vez desde que lo había vuelto a ver. Knife, el hombre con el cuchillo en la oreja, estaba muy intrigado. Cuando al fin Ebad paró de reírse, Art dijo:
- Jack tiene problemas con la policía lundi-nense.
- ¡Eso es lo que hemos oído! -exclamó Knife con júbilo y satisfacción.
- Está agotado, como puedes ver. Ha cabalgado desde Rowhampton.
- Eso también lo hemos oído. Ese viaje se convertirá en una leyenda.
Art se inclinó hacia delante y susurró:
- ¿Qué barcos, en condiciones de navegar y con buenos aparejos, están listos para zarpar? Tenemos que preparar una huida perfecta para Jack.
Knife suspiró.
- Conozco todos los barcos, aunque mis días como pirata ya han acabado. Aun así, todavía puedo juzgar a un barco. Es como un matrimonio, ya sabes -añadió con confianza-. No eres infiel, pero se le puede echar una ojeadita.
Entonces Felix dijo en voz baja y gentil:
- Aclarémonos, caballeros. Ella no está pidiendo barcos para ayudarme a mí.
Ebad no dijo palabra y Walter abrió los ojos y quedó boquiabierto.
Knife miraba fijamente a Art:
- ¿Ella?
Art de repente se volvió tímida y sonreía como una tonta. Sabía perfectamente cómo hacerlo, y eso que jamás habría imaginado que las clases en la Academia de Angeles servirían para algo en su futuro.
- Shh, no sigas -murmuró Art a Knife.
- ¡Oh! ¡ Ah! -exclamó con una gran sonrisa-. Ya lo entiendo. Es por seguridad. El secreto irá conmigo a la tumba.
Después, se volvió a sentar y empezó a hablar sobre todos los barcos del puerto, de sus orígenes, de su arquitectura, de sus propietarios, de sus destinos, de sus fechas de partida…
Ebad y Art escuchaban atentamente. Y Walter también empezó a prestar atención, sorprendiéndose a sí mismo, aparentemente, por su conocimiento del arte de la navegación y de los viajes.
Felix apoyó su cabeza contra la pared y empezó a dormirse de una forma silenciosa y elegante.
Se despertó porque su posadera estaba justo detrás de él, inclinada sobre la mesa y sacudiéndolo mientras lo agarraba por las solapas.
- ¡Caballero Jack! ¡Despierte! ¡Hay un problema!
- Claro que lo hay -dijo Felix.
Vio a Ebad, Walter y Knife tomándose una cerveza como viejos camaradas en la barra de la taberna. Tan sólo Art estaba sentada en la otra punta del banco.
A su juicio, Art parecía bastante asustada. En sus ojos ardía una luz muy lejana, e incluso su pelo estaba electrizante. Parecía asustada, y algo más.
Igual que lo que había oído de su madre sobre el escenario, Félix pensó: «No puedes dejar de mirarla».
¿Habría escuchado Art lo que la posadera le había dicho? Pero la posadera estaba dando vueltas alrededor de ellos y, ahora, tiraba de Art.
- ¿Qué pasa? -preguntó Art suavemente.
De pronto, la respuesta la tenía delante de sus narices, un grupo de policías golpeaba con sus puños la puerta trasera del Pudin.
- ¡Abrid la puerta, en nombre de la Libre Inglaterra!
Felix se levantó y flexionó las manos preparándose para los grilletes. Sabía que esta vez no darían un paso en falso que Felix pudiera aprovechar para volverse a escapar. Art también se levantó, con la mirada fría como el acero, y empuñó su espada.
Entonces, en el salón irrumpió una mujer como un tornado, con nubarrones arremolinados en su cabello del color de las plumas de un cuervo, con un rodillo de cocina agarrado con firmeza en una mano y con una botella de ginebra en la otra. Y de repente, como una escoba, un perro salchicha negro apareció ladrando y babeando.
- ¡Es la policía, muchachos! -gritó-. ¡Están buscando a nuestro querido caballero Jack! Así que haced lo que se os ordena o no volveréis a probar la cerveza.
La violencia y la cólera empezaron a estallar en la taberna, que parecía un volcán en erupción.
Todos los granujas que segundos antes estaban sentados en los bancos, ahora estaban en acción. Unos se lanzaban hacia otros y otros brincaban. Los alfanjes brillaban y las empuñaduras eran sacudidas frenéticamente. Las botellas volaban y las tazas llenaban el aire. Acababa de originarse una de las más increíbles batallas.
La posadera agarró con sus brazos a Felix de una forma maternal.
- No te asustes, cielo. Toda esta gente suele sobornar a la policía local, así que estamos bastante seguros.
- Me alegra -dijo Felix.
- Quiero decir que la policía tiene que ir con un poco de cuidado con ellos y eso nos ayuda. Además, tan sólo te están buscando a ti. Mira, te sacaré a hurtadillas por ese pasillo lateral. Eso es lo que la señora desea. Es curioso, porque siempre pensé que eras una mujer…
Art esquivaba las jarras de cerveza que caían en picado mientras empujaba a uno de los combatientes que se había dejado llevar y estaba intentando darle un golpe con una silla en la cabeza. Ebad y Salt Walter emergieron de la refriega a sus espaldas.
- Oh, Art… -murmuró Walter.
- Tan sólo están actuando -dijo Art mientras golpeaba, sonriendo agresivamente, a alguien en la nariz.
Art y el resto se retorcían entre el caos, seguidos por la chica que ayudaba a escapar a Felix.
Pasaron por tres o cuatro salones laterales que se conectaban entre ellos por donde todo el mundo corría. En uno de estos salones, un par de jugadores de cartas, ignorando el jaleo de la zona principal, estaban ocupados en una privada, y para nada interpretada, pelea.
En pocos minutos, la servicial posadera logró llegar a una habitación abarrotada de barriles, presionó una piedra de la húmeda y fría pared sin ventilación alguna, y reveló una especie de rampa que se desvanecía con brusquedad hacia un lugar húmedo y oscuro.
- De acuerdo -dijo Felix.
- ¡Deprisa! ¡Salid! -suplicó la posadera-. ¡Es la salida de los contrabandistas! -Y acto seguido besó a Félix con tanta pasión que lo empujó directamente por la rampa.
Art descendió por la rampa sin ayuda alguna y los demás saltaron y aterrizaron detrás suyo, o mejor dicho, encima suyo. Una vez llegaron a tierra firme, todos se deslizaron, a pesar de la oscuridad y del sabroso olor a brandy y vino. El trayecto finalizó en una alcantarilla abierta en la que cayeron uno tras otro.
Walter era el único que parecía enfadado:
- ¡Era mi mejor abrigo!
- Desde luego, ya no.
Más allá de la esquina de madera del Pudin, gritos ensordecedores rompían el silencio de la calle. Intentaron echar un vistazo alrededor de esa esquina, y alcanzaron a ver a tres policías disparando a los adoquines, y cómo uno de ellos llevaba atado al pie el baboso perro salchicha.
- ¿Y si me entrego? -preguntó Felix.
- Entonces lo colgarán -contestó Art-. Sé que prefiere antes «nada» que «alguna cosa», pero esto es demasiado «nada».
- Por el corazón del viento -exclamó Ebad-, vayámonos.
Art y Ebad agarraron a Felix entre los dos y lo condujeron hasta las sombras de los oscuros valles de la ciudad de Port Mouth, mientras Walter se tropezaba con sus talones, a la vez que parloteaba sobre cómo se podían obtener restos de alcohol de un paño fino.
- Ya ha conseguido lo que quería -le dijo Felix a Art.
- ¿Ah sí?
- Sabe perfectamente a lo que me refiero: a su lista de embarcaciones prometedoras. Eso no lo hacía por mí, ¿verdad?
- Obviamente, no. Usted es su propia dificultad, señor Phoenix.
- Nunca he dicho que fuera otra cosa.
- Encantador -dijo Art-. Jamás lo había visto enfadado antes.
- ¡Porque nunca me habían hecho nada como para enfadarme! -dijo Felix mientras se calmaba y dirigiendo la mirada hacia la oscuridad del agua, por donde Ebad y el gruñón de Walter remaban-. Tan sólo una única vez. Una sola. Y la ira que me ha provocado permanecerá en mí para siempre.
Art parecía estar relajada, como una leona, pensó Felix, después de una victoriosa cacería. Entonces Art murmuró:
- Su historia parece ser muy triste.
- Un día se la explicaré, señorita.
- Por ahora prefiero no saberla, señor, ya tengo suficiente con la mía.
Asustada durante unos instantes, Art miraba con curiosidad a Felix, dándose cuenta de que había revelado una pequeña pista de su secreto dolor, de la misma manera que él también lo había hecho, a pesar de que no era su intención.
Pero no importaba, pues a Felix tampoco le daba mucha importancia. A Felix podían desembarcarle en cualquier orilla más tarde. Sus planes ya estaban establecidos, azarosos pero concretos. La verdad es que incluso Art admitía que eran un poco teatrales.
Esa noche, anclados en el puerto de Port Mouth, el capitán de la embarcación perteneciente al Sistema de la Reserva Federal Republicana (SRF), la Elefante, desfilaba por su elegante y metódico velero de altos mástiles mientras echaba un vistazo a los impecables preparativos de las balas, cañones, cuerdas, velámenes, botes joviales, cubiertas inmaculadas, galeras y bodegas atiborradas de bienes. Esa embarcación estaba totalmente en forma, pues era uno de los veleros más rápidos, cuyo destino era el mar abierto en dirección a Own Accord y las Azules Indies.
Sin aliento, y orgulloso de ello, el capitán se retiró a su fantástico camarote y se sirvió una pequeña copa de vino como si se la fuera a beber un periquito, sin imaginarse que, a la mañana siguiente, conocería a Art Blastside.
Los primeros rayos de sol se abrían paso entre las estrellas del cielo nocturno.
Sobre la cubierta de casi tres metros del Ca(fé) (P)irata, la tripulación de Art estaba sentada desayunando pan con queso. Whuskery también había abierto el bote color ciruela donde estaba el jamón, a modo de celebración. Hoy pisarían tierra firme, ¿verdad? Para representar, al fin, el espectáculo que el patrocinador deseaba y también para ganarse algo de calderilla. Y en lo referente a los problemas con la justicia, parecía que todos ellos ya habían olvidado el asunto. Quizá pensaban que si Felix desembarcaba pronto, nadie los culparía de nada. Y todos ellos sabían, por años de experiencia, y no sólo por el escenario, cómo mentir convincentemente.
Sobre el castillo de proa, Ebad Vooms observaba, a través de su pequeño catalejo, un atrezo teatral que de hecho era bastante real, la maravillosa y nítida figura de un gran velero, la Elefante, que navegaba sin motor desde el puerto, dejando atrás, al avanzar, un pequeño rastro de nieve que anteriormente estaba posada sobre sus velas.
- Bonita vista -dijo Eerie-. Mira cómo se mueve, parece un cisne.
Art salió de su camarote, con la verdosa y brillante Plunqwette (que no se parecía en nada a un cisne) sobre su hombro.
- Se acerca un problema -murmuró Black Knack-. Otra vez quiere conseguir algo, lo lleva escrito en el rostro.
Salt Peter permanecía de pie detrás de él y, con rotundidad, afirmó:
- Anoche, Art nos comentó algo sobre esa embarcación, la Elefante. Dijo que su destino eran las Azules Indies.
Felix, tan solitario como siempre, no se unió a ellos, aunque comentó al preocupado Walter y a Dirk que sentía náuseas y que se acostaría sobre los sacos de granos de café. Probablemente ésa era su delicadeza, su tacto, su manera de demostrarles que se mantendría a salvo y poco visible hasta que pudiera desembarcar, pues nunca antes había vomitado.
Art se trasladó hasta la mitad de la cubierta.
Miró hacia el horizonte, donde la Elefante se acunaba con los suaves balanceos de las olas. Después, los rodeó a todos y con una mirada fija y una ligera sonrisa preguntó:
- Si ésta fuera nuestra obra, sobre un escenario, ¿qué sucedería ahora?
Nadie dijo una palabra. Instantes más tarde, Honest Liar gritó:
- ¡Seguiríamos a ese barco y nos lo llevaríamos!
- Un premio muy tentador -dijo Art-, pues está cargado de bienes de las Azules Indies y abarrotado con suficientes provisiones para ese tipo de viaje. Es grande pero fácilmente manejable y, además, está armado.
- Sí, ese tipo de embarcación cuenta con varios cañones. De hecho, la Elefante tiene siete cañones. He contado las escotillas.
- Muy pirático de usted, señor O'Shea -dijo Art-. Pero dadme una razón más, a largo plazo, para que nos la llevemos.
El barco cafetero de repente se tambaleó, como si también se estuviera poniendo nervioso o entusiasmado. En una fracción de segundo, Black Knack estaba vomitando por un costado.
- Molly -dijo Art razonablemente- no se enzarzaría en una batalla si no fuera necesario. Se hubiera llevado a la Elefante mediante una de sus artimañas.
Eerie entonces se acordó de uno de los episodios de la obra:
- Quizá, si fingimos angustia y dolor… como si nos tuvieran que rescatar…
- ¡Correcto! -exclamó Art-. Dejemos que la Elefante nos rescate. Y una vez estemos a bordo de ella -hizo una pausa pensativa-, levaremos el ancla. Vamos en busca de esa embarcación.
Sus hombres empezaron a armar el bullicio que ya esperaba. Tan sólo se escuchaban gritos de protesta y sarcasmo y risitas en tono de burla.
Mientras, ella permanecía impasible. Y cuando al fin creyó pertinente interrumpir el alboroto, Art añadió:
- Pero veo que habéis olvidado cómo hacerlo. Le prometimos al señor Phoenix que le embarcaríamos sano y salvo en una nave. ¿No querréis que lo atrapen, verdad? ¿O que nos atrapen a nosotros porque aún lo tenemos con nosotros, verdad?
Toda la tripulación la miraba, aunque también se miraban los unos a los otros.
- Por nuestro honor -dijo Eerie-, tenemos que desembarcarlo. Pero, Art, ahora está enfermo, con náuseas, y se ha recostado sobre el café, así que ya ha perdido el barco.
- No importa -dijo Art.
Honest ya se había puesto con la cadena del ancla, y Walter lo ayudaba.
Las diminutas velas jamás habían sido izadas.
Art tomó el timón y Salt Peter corrió a darle la buena noticia a Felix de que lo desembarcarían en un gran velero con destino a las Azules Indies.
Sin embargo, Peter se encontró con Felix en la escalera, y éste no parecía estar enfermo, tan sólo un tanto adusto y mojado.
- El agua entra por ahí abajo.
- ¿Abajo? ¡Art! -gritó Peter mientras saltaba de dos en dos la escalera-. ¡Está entrando agua!
El ruido y el murmullo que antes se habían desatado ahora se convirtieron en un silencio aterrador, excepto por las quejas y gruñidos de Black Knack:
- Ha agujereado el barco a propósito, maldita niña caprichosa.
- Moriremos ahogados…
- Iremos al infierno de los puercoespines…
Art les fruncía el ceño desde el timón.
- Yo no he agujereado el barco. Además, el agua tan sólo cubrirá un dedo o dos de la sentina.
- Mirad -dijo Felix mientras señalaba con el dedo a sus botas y pantalones, que estaban empapados hasta la rodilla.
Black Knack empezó a gritar a la tripulación de temerosos y afligidos actores:
- Esta niña está loca y no tiene corazón. Hará lo imposible por conseguir lo que quiere siguiendo su calculado y meditado plan…
- Ninguno de nosotros sabe nadar, Arty -dijo Ee-rie más bien horrorizado que enfadado.
- Yo sé nadar -dijo Ebad.
- Pues mejor para ti, entonces…
Ahora, todos y cada uno de ellos podían sentir esa sensación. A pesar de que el viento soplaba a su favor y que avanzaban con el suave empuje de las olas, el barco se balanceaba bruscamente hacia un lado y el otro.
En el horizonte, dejando atrás la isla Spice, aún podían contemplarse los matutinos rayos solares que se abrían paso por el cielo.
Y la perfecta y blanca Elefante surcaba el mar justo detrás de ellos, a una distancia de más de medio kilómetro, aunque en realidad parecían mil kilómetros. Entonces, Art dijo con claridad:
- Walt, Honest, Peter, Whuskery, Dirk, Ebad: arrojad los barriles de café. Tiradlos por la borda, y el café también, así aligeraremos la marcha. No tenemos ningún jovial bote que nos acompañe, gracias a vuestro querido patrocinador, así que utilizaremos sus barriles, los vacíos. Nos agarraremos con fuerza a ellos de manera que podamos flotar. Hacedle una señal a ese barco.
- Pero, ¿cómo? -preguntó Black Knack en un tono malicioso y endemoniado.
- Prenda fuego a sus cajones, señor Knack. A cualquier cosa. ¡Y cállese! Todos tienen pulmones de actor, así que utilícenlos. Tan sólo está a medio kilómetro.
Por si acaso daba la impresión de que la Elefante aún no se había dado cuenta del apuro en que se encontraban, Ebad, quien hizo una pausa para utilizar su pequeño catalejo, observó que algunos hombres se habían agrupado en la barandilla del enorme velero y los señalaban con el dedo.
Felix permanecía de pie en la mitad del barco, mientras su diminuto abrigo lleno de hollín -de hecho, el de Art- se agitaba de tal manera que se alzaba sobre su cabeza. Honest aullaba como un lobo, Dirk ululaba como un búho y Whuskery y Eerie gritaban como si lanzaran truenos de su propia boca. Los demás chillaban, pero en armonía.
No valía la pena preguntarse si la loca de Art les había hecho esto a propósito, o si Felix quería realmente escaparse o no hacia las Azules Indies, ni tan siquiera si alguno de ellos quería terminar sus días en alta mar.
- ¡Gritad! -ordenó Art. Instantes después todos empezaron a gritar como locos.
Habían vaciado todos los barriles y sacos de café arrojando por la borda todos los granos de café que contenían sobre las olas, que cada minuto que pasaba se volvían más impetuosas. El pequeño barco empezó a dar fuertes sacudidas y a balancearse con violencia. Black Knack, que cada vez que lograba coger aire lo malgastaba insultando a Art, incluso se olvidó de vomitar.
Dirk agarró con fuerza a Whuskery, como si fuera su último abrazo.
El Café Pirata se sumergió bajo las aguas, hundiendo, junto a él, a la figura femenina, quien ya no sostenía una cafetera, pues se la habían arrancado de cuajo en Hasta que Perezcáis para aliviarla un poco.
En la cubierta, todos se deslizaban, rebotaban y se golpeaban con las heladas aguas del mar, y entonces volvían los gritos, los tragos de agua y las burbujas que causa la respiración bajo el agua.
Art vio a Plunqwette volando por encima de todos ellos como si fuera una bala de cañón de color verde esmeralda justo antes de que la sal marina le cubriera la cabeza. Entonces Ebad empujó a Art hacia la superficie.
- No hace falta que intentes mantenerte a flote. Estás a salvo.
- No sea bobo, Ebad Vooms. Puedo nadar incluso mejor que usted, pues Molly me enseñó. Échele una mano a Eerie o se irá derechito al fondo del mar.
Mientras Art se mantenía a flote como podía, miraba a su alrededor, comprobando que todos sus hombres estuvieran ahí.
Whuskery y Dirk habían logrado agarrarse a unos barriles vacíos y estaban a flote, tendidos y tristes. Pe- ter, extrañamente, sabía nadar y estaba aguantando a Walter, quien gritaba con desesperación a la vez que le entraba agua por la boca. Honest Liar, de quien Art habría jurado que no sabía nadar, aprendió a hacerlo justo en el momento en que rozó el agua y, lo mejor de todo, estaba disfrutando como un niño. Hizo unas señas con la mano a Art alegremente y emprendió su camino, chapoteando como un perro, hacia la Elefante. Ebad había alcanzado a Eerie justo cuando el nuevo segundo oficial se estaba hundiendo por tercera vez. Black Knack también había encontrado un barril vacío y, dando vueltas, no cesaba de lanzar insultos y malas palabras. Detrás de todos ellos, una pequeña diosa emplumada en vuelo, Plunqwette, lanzaba graznidos de aliento.
Ahora, todos eran muy conscientes de que el Café Pirata estaba viviendo sus últimos momentos sobre las olas, pues en segundos descansaría en las profundidades del mar.
O casi todos, pues Felix Phoenix no aparecía por ningún sitio.
Art dio un profundo respiro del helado aire y se zambulló una vez más, en las gélidas aguas marinas.
Era obvio que el chico no sabía nadar. Pero, ¿dónde estaba?
De pronto, un apenas imperceptible glub-glub, un pequeño chorro de oscuridad y burbujas emitía un ligero bramido justo por debajo de ella. Era un trozo del barco cafetero, en concreto la figura de la mujer que se había desprendido de la proa. La figura sonreía a Art con estupidez mientras se iba hundiendo poco a poco, cuando de pronto el bello rostro de Felix apareció yendo a la deriva de las azulosas y heladas profundidades, con su cabello como bandera plateada.
Art lo agarró, y a base de empujones y de impulsos con las piernas logró alcanzar la superficie junto a él.
En ese momento, una ráfaga de viento le sacudió el rostro y Felix dejó de ser esa hermosa y a la vez sin vida figura, y empezó a sacar agua y más agua por la boca.
Cuando finalmente a Felix se le amainó el espasmo, Art se dio la vuelta y empezó a remolcar a Felix junto a ella en dirección al otro barco.
Ahora, ya podía vislumbrar que la gran embarcación había virado y que se estaba acercando, poco a poco, para rescatarlos.
- ¿Ha…? -balbuceó Felix con musicalidad.
- No hable.
- ¿Ha agujereado la quilla de la embarcación pirata?
- Era un barquito, no una embarcación. Y no. Cállese y recuéstese. Está a salvo, lo tengo.
Y Felix no volvió a mencionar el tema.
El Café Pirata se había desvanecido bajo los brazos del mar.
Todos ellos lograron nadar, flotar, o sacudirse para mantenerse a flote hasta que la enorme y maravillosa embarcación estuvo suficientemente cerca.
Desde el costado de ésta, un grupo de malhumorados y desdeñosos marineros les ayudaron a subir a la espléndida cubierta de la embarcación de altos mástiles llamada Elefante.
La tripulación se colocó en el alcázar, fornida y esmeradamente afeitada, abrigada con su capa color rojo intenso típica del capitán de un navio mercantil y con sus sombreros de tres picos adornados con trenzas doradas. Del cuello del capitán, un lazo rojo dejaba entrever una medalla seguramente otorgada por alguna hazaña heroica.
Art pensó que no se parecía mucho a su padre, aunque de hecho tenían el mismo aspecto arrogante y altivo y el mismo hedor bajo su nariz.
El capitán se dirigió a la proa bajando, a zancadas, por la escalera y empezó a balancearse sobre las enormes y abrillantadas tablas que cubrían la pulcra cubierta.
Toda su tripulación estaba a la vista, unos veinte hombres más o menos, que se arrastraban unos pasos hacia atrás cuando su capitán se acercaba. De entre las cantidades de nieve aposentadas sobre las exquisitas velas, todas las miradas se dirigían directamente a ellos.
- ¿Quién está al mando aquí? -preguntó el capitán de la Elefante.
- Yo -dijo Art dando un paso hacia delante.
- ¿Tú? Pero si tan sólo eres un muchacho, ni siquiera te ha cambiado la voz. ¿Qué quieres decir? -El capitán volvió a echar un vistazo a Art como si le acaba ra de encontrar flotando, pero no en las aguas marinas, sino en su taza de café-. Mira, si eres tú quien está aquí al mando, señorita, te lo diré bien claro: me has hecho perder mi valioso tiempo con tu estúpida aventurita. Podréis tener un barco cuando pasemos la isla White Lion, pero no antes. Y os lo aseguro, señores, estáis multados por hacerme perder el tiempo. Pero, ¿qué se os pasó por la cabeza? ¿En qué tipo de juguete navegabais?
- ¡En un barco! ¡Y nuestro maldito barco se ha hundido, carajo! -berreó Whuskery.
- ¡Dios mío! -dijo el capitán-. ¡No quiero oír más insolencias! ¡No sois más que escoria!
Art caminó tres pasos más hasta llegar justo delante del capitán, con el agua resbalándose por toda su ropa, rostro y cabello pero no por la pistola que, de forma mágica, había aparecido de la nada. Apretó el gatillo de la pistola y apuntó directamente a los labios del capitán, quien los cerró a la vez que bajó la mirada hacia los barriles vacíos.
A su alrededor, la tripulación de la Elefante emitía un siseo colectivo casi imperceptible.
- Por favor, señor -dijo Art-, pare de hacer ese ruido. Tan sólo quería darle las gracias de todo corazón.
El capitán ladeó la cabeza y habló:
- Baja la pistola o haré que te aplasten con hierro. La Revolución inglesa acabó hace veinte años.
- Quería darle las gracias, como he dicho antes -añadió Art, haciendo caso omiso de lo que le había dicho el capitán-, pero no por habernos rescatado, sino por regalarnos su enorme y maravilloso velero con todos sus bienes a bordo.
El capitán arremetió contra Art, y ésta le dio una patada tan violenta en la pierna, que el capitán empezó a cojear. Detrás de ella, escuchó por primera vez una escaramuza, dos o tres chillidos y una serie de ruidos sordos, pero no giró la mirada.
- ¡No les prestéis atención! -gritaba el capitán-. ¡La pólvora está mojada, así que no pueden disparar! ¡De ninguna de las maneras pueden disparar!
Art colocó la pistola en un costado de la cabeza del capitán.
- Hemos mantenido la pólvora seca, señor, en bolsas de piel de tiburón -mintió Art-. ¿ Quiere que se lo demuestre disparando contra su oreja?
De pronto, un disparo retumbó sobre la enorme embarcación. El capitán gritaba a la vez que presionaba sobre su oreja, pues aún no se había desprendido del todo. Pero no había sido Art quien había disparado, sino Ebad. Había apuntado, aparentemente como si estuviera jugando, a la barandilla de la embarcación, y ahora su pistola humeaba con elegancia. Obviamente, formaba parte del atrezo de la obra y no tenía ninguna bala cargada, pero nadie de la Elefante podía saberlo. Y además, de esta manera había ayudado a corroborar la idea de la pólvora seca.
Art echó un vistazo detrás de ella y vio a un par de hombres que habían intentado socorrer al capitán, pero Honest, Walter y Ebad los habían detenido en su intento. Honest estaba sentado sonriente junto a su hombre, quien llevaba otro de los uniformes y tenía en su rostro una expresión muy desagradable.
- Podéis coger vuestros objetos personales -dijo Art al capitán-, y después os montaréis en uno de los botes del barco y remaréis hasta Port Mouth. Os lo permitiremos.
Cuando se había dado la vuelta para echar un vistazo a sus hombres, también había podido observar que cada actor se había sacado una pistola y un alfanje. Dirk, quien había desenfundado un sable y un cuchillo, se había arrojado sobre dos hombres que permanecían sin moverse y con la boca abierta. Mientras tanto, Black Knack y Whuskery, unidos como si fueran uno solo, habían golpeado un par de cabezas de marineros que ahora se arrastraban con lentitud. El resto de la tripulación de la Elefante parecía estar aturdida.
- Dad un solo paso y estaréis muertos -avisó Black Knack a los marineros.
- ¡Por los centelleos del lucio! -dijo el capitán arrodillándose ante Art, como si estuviera proponiéndole matrimonio de la forma más romántica-. Estás confundida, jovencita.
- Perdone -contestó Art-, Art Blastside a su servicio. Y estos caballeros son mis fieles compañeros. Déjeme explicarle que todo lo que ha visto forma parte de un pequeño espectáculo. Nosotros somos piratas. Robamos cosas, barcos… vidas… Ahora os podéis levantar y huir, antes de que cambie de opinión y le acabe de arrancar la oreja.
De pronto, Art escuchó un amenazador crujido en lo más alto de la embarcación. Art desenfundó de su vaina un cuchillo, que había robado la noche anterior en el Pudin, y lo lanzó en un abrir y cerrar de ojos. El marinero que se deslizaba por el mástil principal emitió un gemido y se quedó colgando, sujetado por la parte trasera de sus pantalones gracias a una verga, mientras su daga caía sobre la cubierta sin causar ningún daño.
Salt Walter volvió a disparar otro impacto ensordecedor en dirección al cielo. Todos los actores de pronto tomaron una postura amenazadora, alzando sus espadas como si fueran guadañas.
- ¡Arranquémosles los hígados y los riñones! -gritó Walter, con su cabello rojo como auténtica sangre y blandiendo dos alfanjes a la vez.
- ¡Colguémoslos de la quilla para que alimenten a los peces!
- ¡Rellenémoslos de plomo y arrojémoslos al mar!
En una fracción de segundo, el valor de la Elefante ya se había desplomado.
Mientras preparaban los botes para desembarcar a los marineros, los piratas daban saltos, acechando con la mirada y representando su papel, con sus armas y sus adornos piráticos deslumhrando bajo la luz del sol.
Incluso Félix, quien había estado recostado a causa del desvanecimiento sobre la cubierta, intentó hacer algo. Se levantó y empezó a vomitar dentro de los pulidos zapatos de hebilla del cuarto oficial de la Elefante.
El capitán se alzó y, cuidadosamente, le echó una mirada maliciosa a Art:
- La veré colgada en la soga, señorita.
- Lo veré en el otro mundo -respondió Art con una pequeña reverencia.
Incluso el cocinero se apresuraba a salir de su galera, aparentemente, con su cucharón favorito y ansioso por escapar. Seguramente era una pena perderlo. Quizá, o mejor dicho, sin duda, era mucho mejor en el arte de la cocina que Whuskery.
Tan sólo un bote descendió hacia las gélidas olas marinas. Los marineros se apresuraban en subirse para no quedarse a bordo de la enorme embarcación. Incluso parecía que se fuera a hundir en pocos minutos después por el peso que infringían sus pasajeros.
Tan sólo el capitán, quien estaba en la barandilla del navio, tenía aún sus dudas e intentaba, bajo las amenazadoras pistolas de las piratas, tener una última palabra con Art.
- ¡Que el demonio te lleve el alma! -fue todo lo que le permitieron vocalizar.
Mientras, Plunqwette sobrevolaba abruptamente por los alrededores como si estuviera dando un paseo y daba la sensación de que ella era quien tenía la última palabra, pues para concluir con el asalto defecó sobre el sombrero del capitán.
- ¿Pero qué hemos hecho? Oh, dulces canciones de mi inocente juventud… ¿qué?
- Estamos defendiendo a Art. No podemos permitir que la ataquen.
- ¿Por qué no? -preguntó Eerie con desesperación-. Mirad a lo que nos ha conducido.
Perplejos, los piratas-actores se balanceaban en la consistente cubierta de la Elefante. Con su batalla a capa y espada terminada, estaban como globos recién explotados.
- Ha sido el recuerdo de nuestras batallas sobre el escenario lo que nos ha empujado a hacerlo -dijo Whuskery-. La costumbre. Lo hemos representado millones de veces.
- Y lo hemos hecho aquí, nos hemos vuelto locos, y ahora, mirad.
Ebad estaba en silencio y Felix, apoyado sobre la caseta de la cubierta principal, tampoco musitaba palabra.
Art entonces se dirigió a ellos en un tono tranquilo y calmado:
- Caballeros y amigos, decidme honestamente si preferís seguir promocionando café. Si realmente es así, entonces podréis montaros en uno de estos botes y remar hasta la isla White Lion. De lo contrario, pensad en lo siguiente. Sois actores, y esas náuseas que sentís tan sólo son el miedo al público. Pero ahora estáis en el escenario más grande del mundo, el océano. Y toda la tierra firme del mundo está esperando a ser vuestro público.
Había un cierto revuelo entre los piratas-actores, quienes se miraban perplejos los unos a los otros y escuchaban, a pesar de no acabar de creérselo, a Molly sobre el castillo de proa de la increíble embarcación, viendo cómo su sueño, o pesadilla, se convertía en una realidad. También a Black Knack, durante un segundo, le hicieron los ojos chiribitas, incluso en el que llevaba un parche.
Entonces, el enfurruñado Dirk dijo:
- Si el océano es el escenario, cariño, y la tierra firme es nuestro público, ¿ dónde están los camerinos?
Felix abrió los ojos de par en par. Art ahora estaba justo enfrente de él:
- Lo desembarcaremos en la isla White Lion, señor Phoenix.
Felix observaba cómo los piratas se pavoneaban por la cubierta, cómo se vestían con ropajes secos que habían «cogido prestados» de los diversos cofres del barco. Peter le trajo unos ropajes y unas mantas a Felix y, más tarde, Whuskery le acercó una taza de peltre con la peor sopa que Felix había probado nunca. Si no hubiera sido por esos detalles, hubiera parecido que se habían olvidado por completo de Felix.
Cuando Felix avistó a lo lejos los pálidos acantilados de la isla, conocidos como los alfileres de oro, y la tierra firme con forma de un león recostado, los actores, sin salir de su propio asombro, ni tan sólo se acercaron a Felix para montarlo en un bote. Aunque él tampoco se ofreció a irse.
A Felix le rondaban cientos de pensamientos por la cabeza: ¿actores? No, ahora eran piratas de los pies a la cabeza. Se habían convertido en piratas en el momento en que Art los encontró. Y aunque ella le había salvado la vida, dos veces concretamente, sabía que ella se había convertido en su peor enemiga. Y precisamente por esta razón quería alejarse de ella, y por esta misma razón, había decidido quedarse.
Ahora ya no había tiempo que perder. Mientras surcaran las aguas inglesas, la Marina de la República, debidamente avisada por el colérico capitán de la Elefante, estaría buscándolos por sus mares. Sin mencionar a todos aquellos a quienes habían ofe
Estaban más que acostumbrados a darse a la fuga, pues lo habían interpretado millones de veces. Incluso Eerie se consolaba con el comentario:
- Sobre el escenario, solía creer cada palabra y cada acto que representaba. Ahora es real y no me lo puedo creer.
La costa de Inglaterra y la isla White se iban desvaneciendo tras la neblina y la distancia. Habían estado navegando durante horas.
La noche caía sobre las luces de los faros de aceite mientras comían la repugnante cena que Whuskery les había preparado.
Estaban calmados, a pesar de la asquerosa cena, pero cautelosos, como los felinos cuando comen juntos. Art tampoco dijo mucha cosa y la mayor parte del tiempo estuvo fuera de la cubierta.
Art empezó a ubicar a los guardias nocturnos, colocando a Ebad en su posición para que vigilara su camarote cuando ella se acostara. Misteriosamente, Ebad parecía intentar ayudarla, como si pretendiera que ella se saliera con la suya. Seguramente, si decidía preguntarle el porqué, no obtendría ninguna respuesta.
A pesar de que no ostentaba un tamaño colosal, la Elefante tenía de todo: provisiones, cañones, pólvora seca, pistolas, comodidades y comida, que, a pesar de Whuskery, tenía mucho potencial, pues había enormes tarros con mermeladas de frutas, conservas, verduras frescas, sopas de carne seca, sacos repletos de manzanas, barriles llenos de agua dulce, gallinas vivas ocupadas en poner huevos mientras Plunqwette se dedicaba a visitarlas con frecuencia y desfilar a su alrededor con desdén. En lo referente al camarote del capitán, era un lugar acogedor, ordenado y un tanto estrecho, aunque Art enseguida desarmó el camastro de madera, esparció los ropajes y los libros de la biblioteca privada del capitán por todo el suelo y abrió la pequeña vitrina donde había mapas colgados en la pared. Aquellos mapas eran maravillosos. Mostraban el mundo entero. De repente, el nombre de multitud de países se agolparon en la memoria de Art: Africay, Persis, Zanzibari, las Costas de Marfil y de Oro, las Amer Ricas, las verdaderas islas Spice, las Azules Indies… Todos esos lugares dibujados en tonalidades marrones y miel, con una delgada línea que marcaba el mar a su alrededor y con animales dibujados, delfines, dragones marinos, pulpos, ballenas, que se zambullían y sobresalían de las aguas, y diablillos y querubines que volaban con el soplo de los blancos vientos. En la masa de tierra firme, puntos de referencia, torres y faros, tigres y osos aparecían dibujados. Grandes flotas de verdes icebergs surcaban a través de las fronteras antárticas y colosales montañas se estiraban hasta la luna de Africay.
Fue entonces, al echar una rápida ojeada a los mapas, cuando sintió la primera y profunda incertidumbre. Impaciente y un tanto alterada, Art contemplaba la grandeza del mundo, acordándose, y teniendo en cuenta que su memoria había sufrido algún que otro cambio, que jamás había podido verlo con sus propios ojos, ni tampoco enfrentarse a la inmensidad de éste. No se trataba tan sólo de un barco, o de la tripulación de Molly, ni tan sólo se trataba de su propia vida. Sabía que a lo que se tenía que enfrentar era al mismo mundo.
Pero esa duda, esa incertidumbre, dejó de ser tan sólo un sentimiento, dejó de habitar en su corazón, pues ella misma había desatado una peligrosa batalla en la que no había lugar para los titubeos.
Art se levantó porque Plunqwette se posó sobre sus costillas clavándole sus afiladas garras.
- Oh, viejo pájaro. ¡Aparta o te daré un mordisco!
Entonces, el loro cambió ligeramente de postura.
- ¡Isla del Tesoro! -anunció Plunqwette-. ¡El mapa!
- Sí, aquí hay una gran cantidad de mapas, Plunqwette. Y no te acerques a ninguno de ellos, me gustan.
- ¡Tierra a la vista! -gritó Plunqwette. La voz de Plunqwette se había alterado y ahora sonaba más humana, más como… ¿la voz de Molly?-. ¡Playa, por Cobhouse! ¡Diez kilómetros hacia arriba! ¡Quince pasos a la izquierda!
Art se enderezó suavemente, mientras Plunqwette emprendía el vuelo y emitía un suave gruñido.
- ¿Qué?
- ¡Piezas de corcho!
- ¡Plunqwette! ¿Estás hablando sobre el mapa del tesoro?
Pero mientras le preguntaba sobre el mapa, la duda volvió a salir a la superficie, pues aunque Plunqwette realmente estuviera hablando de tal mapa, seguramente serían unas frases pertenecientes a la obra teatral.
- Vete a dormir, pajarillo. En menos de una hora amanecerá.
Plunqwette, mostrando sus habilidades mímicas, se sentó sobre el escritorio del camarote y cloqueó durante una hora como si fuera una gallina.
Mientras los primeros rayos de sol teñían la cubierta del color del narciso, Art caminaba de arriba abajo por la cubierta de la embarcación. Realmente, allí hacían falta unos cuantos cambios.
Art había podido comprobar que la bodega estaba llena de latas y barras del más refinado acero inglés, cajas repletas de libros y de botellas de whisky escocés, saponaria, prendas de lana y varias vajillas de porcelana china. Realmente, tampoco gastó muchas energías en fijarse en estos objetos para el comercio, pues no le resultaban muy atractivos. Su (equivocada) memoria tan sólo dibujaba cofres con joyas, armas relucientes y brillantes monedas provenientes de cientos de países diferentes.
Ahora, el navio que capitaneaba Art ya no era una embarcación mercante.
Venderían todo ese pesado cargamento a los habitantes del puerto más cercano, y así podrían aligerar peso y guardar sólo lo que era necesario para el lastre.
Para entonces, deberían haber quitado el mascarón de proa del elefante, pero no iban a arrojarlo a las aguas, pues los mascarones de proa tenían cierto poder, incluso algunas leyendas narraban que podían cobrar vida o incluso hacerles preguntas. Así que, con cortesía y amabilidad, el elefante se guardaría cuidadosamente.
También tenían que cambiar el nombre que lucía embarcación, cosa que no les resultaría muy difícil, pues contaban con materiales adecuados para trabajar: lima, pintura y barniz.
¿Una bandera? Peter sabía coser, y abajo, en la proa, Art había descubierto algunos paños de color rosa intenso…
Whuskery debía dejar de ser el cocinero, o los acabaría envenenando a todos, si es que no los volvía locos antes.
La tripulación deambulaba como almas en vela, aún aturdidos. A veces tomaban unas posturas piráticas y otras se encogían mirando hacia las aguas, donde no lograban avistar ni tan siquiera un pequeño punto de tierra firme, sino tan sólo una delgada y tenue línea en el horizonte que debía de ser Francia, o quizá Franco-Spa-nia. No había ni una sola embarcación a su alrededor.
Ebad era capaz de diferenciar las diversas herramientas de la embarcación, como el compás, el sextante o las cartas de navegación, gracias a sus días de esclavo cuando navegaba en la embarcación que le conducía a Inglaterra y donde, al parecer, lo habían entrenado para su propio regocijo. Aunque había sido él quien los había avergonzado, pues aprendió mucho más rápido que ellos.
Art tenía muy poca paciencia con cualquiera de estos instrumentos, ya fueran cartas de navegación o compases. Ella tan sólo quería forzar la marcha, y a pesar de que sabía que esto significaba mostrar una debilidad por su parte, permitió a Ebad que le diera alguna lección.
Una mañana, ciertas turbulencias los golpearon fuertemente, unas dos horas después del amanecer. El mar estaba muy agitado, el cielo entremezclado con oscuridad y relucientes luces y las ráfagas de viento, heladas como el mismo hielo, los desequilibraban.
Sobre todos ellos, se alzaban los elegantes mástiles acicalados con escarcha. Art trepó hasta alcanzar la cima muy despreocupadamente, como si fuera un acróbata sobre la tela de una tienda de campaña, y con la irritante escarcha metiéndosele entre los dedos de las manos.
Ella no temía a la embarcación, aunque no la conocía muy bien. De hecho, se podría decir que ahora la estaba empezando a conocer.
Desde la cima del mástil central, Plunqwette -sin emitir gemido alguno- dejó escapar una blanca decoración sobre la cubierta sin darle a la diminuta figura de Black Knack.
Desde la sobremesana, Art se dirigió hasta Black Knack:
- Capitana -saludó Black Knack humildemente.
Art pudo darse cuenta de su humildad, de su rostro de modestia y de su parche negro sobre un ojo. La verdad, no se fiaba de ninguno de los tres.
- Sí.
- Quería decirte que ahora estoy de tu lado, Art… Capitana. Como ya sabes, jamás te apoyé, pero ahora sí. La forma en que robaste esta embarcación realmente me impresionó. Y además, ¡ya no quiero patrocinar café! Jamás quise hacerlo, de hecho ninguno de nosotros quiso nunca. Yo quiero mi libertad, y ésta podría ser una forma de conseguirla. Así que ahora actuaré como lo hice años atrás, ahora seré un pirata, y lucharé en las batallas y robaré por los Siete Mares. Haremos una gran fortuna.
- Quizá, señor Knack.
Black Knack asintió con la cabeza.
Art se dirigió hacia el camarote del capitán, sin compañía alguna, y una vez más observó con curiosidad los diversos mapas del mundo.
Ahora, las aguas se habían calmado, pero ya se sabe que el mar es el mar. Es asombrosamente variable. ¿Podrían tripular este velero con tan sólo nueve personas? Considerando, obviamente, que Felix era un pasajero y, por lo tanto, inútil. Pero Art también había escuchado historias con tripulaciones así o incluso más pequeñas. Pero ¿dónde? ¿En la obra? ¿O sería verdad? De momento, había funcionado todo lo que se habían propuesto, incluso cuando las aguas se tornaban bravas. Además, ninguno de ellos había vuelto a sentir náuseas.
La embarcación siguió su rumbo hacia el sur, siguiendo la línea del horizonte a la derecha, la costa franco-hispánica, que más tarde se convertiría en las costas de Africay, y que a su vez, girando hacia la izquierda se convertirían en las Azules Indies. La Elefante, en teoría, tenía que seguir ese rumbo, pero ¿quién suponía que así lo haría?
Hacia el mediodía, Ebad pudo avistar, gracias a su catalejo, tres navios franceses ondeando la bandera color azucena del rey Borbón que se acercaban por el horizonte. Parecía que no prestaban ni una gota de atención a la Elefante.
Pero de la misma manera que no se podía predecir el clima marino, tampoco los barcos «poco amistosos», que resultaban tan habituales como las tormentas y que además parecían barcos fantasmas, eran predecibles.
Felix estaba en las cubiertas traseras, mientras que el resto de la tripulación se había situado en el castillo de proa inferior.
Art prefería no ver al muchacho, pues éste no le caía bien. Le hacía sentir, ¿cómo decirlo?, como si lo que hacía estuviera mal, al igual que todos aquellos a los que había tenido que oponer resistencia en su vida.
Alguien gritó, y Art, que estaba en el castillo de proa, miró hacia atrás.
Ebad estaba en el timón, Walter un poco más arriba, Peter en la cocina asumiendo sus nuevos deberes como cocinero, mientras Whuskery, Dirk, Black Knack, Ho-nest y Eerie se asomaban por un costado del barco. ¿Es que acaso estaban vomitando otra vez? No, entonces, ¿qué hacían?
- ¿Qué es eso?
- Mira, Art, es un enorme pez negro. ¡ Ahhh!
- Es una mujer. Está ahogada, os lo digo yo -dijo bruscamente Whuskery.
- No, no está ahogada… está… ¿haciendo señas?
- Entonces mejor que la subamos a bordo -dijo Art.
De lo que no cabía duda es de que algo se estaba moviendo, algo muy oscuro, que arrastraba consigo largos jirones negros y velos y que flotaba en la superficie del mar. Estaba atrapada por algunas de sus… ¿telas?… en la parte lateral de la embarcación.
- ¡Seguro que es una sirena! -exclamó Eerie.
Parecía que tan sólo se inclinaban para mirar el objeto que estaban a punto de recoger para después comentar la jugada. Art se dirigió hacia ellos y lanzó una cuerda con un garfio en el extremo. Podía verlo con sus propios ojos, no era un ser humano, y menos aún algo vivo.
Subieron el objeto, que se movía entre las viscosas cuerdas.
Eran hierbas, algas marinas de las profundidades. Era como un lodo blanco, pero cuando al fin lograron alzarlo hasta la barandilla, sobresalió una mano pálida y Whuskery gritó como una chica.
- Es una estatua -dijo Eerie, quien golpeó con los nudillos en ambos lados de la figura y pudo comprobar que el objeto era de madera.
Walter, que estaba justo en la mitad de ese nido de cuervos, exclamó:
- ¡Ya veo lo que es! ¡Es un mascarón de proa!
Honest corrió con un cubo de agua y lo vertió sobre el barro que cubría la figura.
- ¡Por los bigotes del gato! ¡Es el viejo mascarón de proa del barco cafetero!
Y de hecho lo era. El mascarón de proa del pequeño Café Pirata los había seguido, y ahora, recostado sobre la proa después de vagar por las oscuras profundidades de las aguas parecía mucho más siniestro. En realidad, no tenía nada de bonito.
- No lo limpiéis -dijo Art-, o lo empeoraremos.
La pálida mano que una vez sostuvo una cafetera de café parecía estirarse desde las oscuras sombras con un gesto bastante amenazador. «¡Dame!», parecía decir esa mano.
Era el tercer buen augurio.
Entonces, Art dijo:
- Olvidémonos de nuestro viejo mascarón de proa, ya tenemos uno nuevo. Caballeros, dad la bienvenida a la Inoportuna Forastera.