Capítulo III

1. Caminando sobre tablones

Felix le dio la impresión de que el capitán de la embarcación perteneciente al Sistema de la Reserva Federal, llamada Sin par, era más amable y civilizado que los de los demás navios. Cada noche Felix cenaba con él y sus oficiales, quienes iban vestidos con un traje color azul marino, adornado con botones de metal y medallas de oro, mientras que Felix llevaba ropajes de caballero que le habían entregado y que tenían guardados, según ellos, para sus huéspedes.

Así pues, Felix volvía a ser un invitado que disfrutaba de ciertos favoritismos, y de esta manera todo iba bien encaminado para llevar a cabo su plan. Y ese plan no era más que un plan que había imaginado cuando era un crío en la casa de caridad, después de que su padre de cabello canoso muriera. Sí, su plan iba bien encaminado, pues las tripulaciones de dos veleros piratas eran llevadas ante la justicia de la Libre Inglaterra, y una de ellas era la tripulación de la Enemiga, una copia exacta de la embarcación de Goliath. Y fue la flota de Goliath la que, hacía muchos años, había destrozado la embarcación del padre de Felix, la Viajera, y con ella su riqueza, su felicidad y su propia vida.

Felix jamás había confiado a nadie ese detalle de la historia, la implicación de Goliath, ni a Art ni a ninguno de sus hombres. Ni Art ni su tripulación sabían que Goliath era el pirata que más odiaba Felix. O que la hija de Goliath, Goldie, era la única persona que Felix deseaba que descansara junto a la tumba de su padre. Cuando Felix le dijo a Art que se habría ido con Goldie porque ella era lo que él había estado esperando, sin saberlo, durante toda su vida, no se refería a un sentimiento amoroso, sino a un sentimiento de venganza. No amaba a Goldie, que era lo que Art había supuesto al escuchar sus palabras. Lo que quería era ayudar a que ésta estuviera entre rejas.

Se preguntaba si Art se habría dado cuenta de esto. También se preguntaba si de hecho deseaba que colgaran a Goldie en los muelles de Execution. Era completamente innecesario preguntarse si le deseaba el mismo destino a Art y a su tripulación de actores. Obviamente, no.

No está mal soñar con una venganza, comprometerte por ella y tenerla la mayoría del tiempo en tu cabeza, pero esto puede resultar un sueño imposible si te adentras en el mar, cosa que, en un principio, resulta algo poco probable. A pesar de que no quería reconocerlo, Felix sabía que había cambiado. Nunca le habían desagradado los piratas de Art, aunque había hecho esfuerzos por odiarlos. Siempre se había sentido como un traidor, tan indeseable como Black Knack o Hurkon Beare, pues Felix había, en cierta manera, traicionado a sus amigos de la Inoportuna. Y no sólo eso, sino que por haberles cogido cierto aprecio, también había traicionado la memoria de su padre.

Sin embargo, al principio, casi lo encarcelan junto a los demás.

Y eso por culpa del regordete patrocinador del café y del capitán Bolt, quienes habían saltado desde su ridículo barco, con su ridicula bandera de un elefante sujetando una taza de café con su trompa, y habían ido a por ellos con la ayuda de los remos de los botes navales.

- ¡Aquí tenemos a otro! ¡Es el célebre bandido, el caballero Jack Reloj de Cuckoo…!

Pero, entonces, los oficiales navales empezaron a reírse.

- No seas ridículo. Todo el mundo sabe que el caballero Jack es, en realidad, una mujer, una rubia que llaman Dolly Muslin.

- ¿Otra mujer? -exclamó con indignación el capitán Bolt-. ¿Es que acaso ningún crimen se ha cometido en manos de un hombre?

- Hablando de manos, este jovenzuelo tiene las manos atadas -dijo uno de los hombres mientras se apresuraba en desatar a Felix.

Felix recordaba perfectamente cómo en ese momento Art, quien también estaba maniatada con una cuerda muy robusta, había dado un paso hacia delante y había dicho:

- Él no es uno de los nuestros. Era nuestra inocente víctima. Lo cogí para luego poder exigir un buen rescate, caballeros. Podéis llevároslo con mi permiso. Por cierto, le ha estado doliendo la oreja durante todo el viaje.

Incluso al final, Art continuaba teniendo estilo y siendo generosa. Pero el final aún no había llegado.

Felix se preguntaba una y otra vez cómo podría salvarlos de los galeones, pero no encontraba la manera. No podía hacer nada, absolutamente nada. Lo que era, indudablemente, lo que debería desear, ¿no?

Todas las embarcaciones se mantenían muy cerca las unas de las otras en el momento de atravesar el cabo de Buena Esperanza. Felix podía ver muchas veces a dos o tres de ellas surcando cerca de la embarcación en la que él iba a bordo. Pero había un total de seis embarcaciones, cosa que fue una gran sorpresa para todos ellos cuando los llevaron a bordo. Ni la Inoportuna Forastera ni la oscura Enemiga se habían hundido. Aparentemente, gracias a las aguas revueltas por las mareas de la isla, la Marina había encontrado a ambas embarcaciones a la deriva, con el ancla y las cadenas rotas, así que las cogieron para remolcarlas hasta la República. Tripuladas ahora por marineros legítimos, también iban rumbo a Inglaterra, aunque el capitán Bolt se había opuesto en algún momento, pues tanto la Inoportuna como la SRF Elefante le habían pertenecido en otro tiempo.

- Ese asunto se resolverá en la Corte -le habían contestado algunos oficiales.

El nuevo barco cafetero también rondaba por allí, aunque se mantenía un tanto atrás porque no era capaz de navegar con tanta velocidad como las demás.

A veces, los veleros llegaban a acercarse mucho, y entonces Felix podía avistar a los prisioneros, quienes hacían un poco de ejercicio sobre las cubiertas. Obviamente, la Marina quería mantener a todos los piratas saludables y en forma para el juicio final que se celebraría en Inglaterra.

Cada tripulación estaba en una embarcación diferente de la Marina. Felix ya se había dado cuenta de que Goldie había hecho muy buenas migas con el capitán de la embarcación donde iba a bordo. No parecía que estuviera atada, y caminaba arriba y abajo por la cubierta, cogida del brazo de un oficial, mientras le reía las gracias a éste. Esa preciosa y melodiosa risa parecía resonar sobre las aguas. Sus hombres, mientras, hacían ejercicio, y no parecían estar ni tan felices ni atractivos con grilletes.

Felix también lograba ver a los actores-piratas, quienes también estaban maniatados, pero con cuerdas, no con hierros. Caminaban por las tablas de la cubierta de la embarcación de combate de la Marina y parecían abatidos, miserables. De vez en cuando, ofrecían alguna que otra actuación dramática, algunos pedazos de las obras de Shakespur, y entonces emergían los aplausos de las mismas olas.

Incesantemente, Felix también veía a Muck y a Plunqwette. Muck se había convertido en la mascota de la embarcación de la Marina, y Plunqwette se sentaba sobre las jarcias, como si fuera otra bandera de colores.

La Marina también se había quedado con las gallinas ponedoras de la Inoportuna Forastera.

Muy pocas veces, lograba avistar a Art.

Parecía que aún seguía maniatada, aunque parecía sentirse bastante libre y caminaba de una forma amenazante sobre las tablas de cubierta, con la cabeza altiva, sonriendo y saludando a su tripulación y a los oficiales de la Marina, como si fueran la realeza, e intercambiando bromas. Parecía que sus chistes les hacían reír mucho.

A Felix le dolía el corazón.

Le dolía tanto que no lograba conciliar el sueño, ni comer los exquisitos manjares que le servían para cenar, así que los oficiales empezaron a preocuparse y le llevaban los más delicados manjares que tenían en las reservas.

Le dolía el corazón, al igual que en su momento le dolió a su padre. A pesar de que no era de la misma manera.

Realmente, no la trataban para nada mal. El capitán de la destructora SRF a la que llamaban Haremos lo imposible, al fin se dirigió a Art.

- Bien, señorita. Como eres una mujer, no te encarcelaré junto con tus hombres. Podrás disfrutar de un camarote separado bajo el castillo de proa y, aunque te cerraremos con llave, una vez dentro no estarás maniatada.

Art le agradeció el detalle con gentileza. Tal y como Molly lo hubiera hecho en la obra. Entonces dijo:

- Estoy de acuerdo. A cambio, le pido que trate a mis ocho hombres con amabilidad y cortesía.

- Pero, señorita, ¡si son piratas! Sois una tripulación pirata! Toda Inglaterra ya se ha hecho eco de vuestros robos y saqueos por los Siete Mares.

- Una tripulación pirata que no ha hecho daño a nadie, que no le ha quitado la vida a nadie y que no ha hundido un solo barco.

El capitán parpadeó. No era muy joven y su rostro desgastado y erosionado no resultaba muy atractivo y en ningún momento, ni por asomo, le recordó a Art a su odioso padre.

- Ajá… -dijo.

- Señor, también quiero recordarle que tanto yo como mi tripulación somos actores -agregó Art incluyendo también a Glad Cuthbert-, y que nuestros nombres son famosos gracias a una popular obra de teatro. Mi madre, señor, era Molly Faith y…

Antes de que pudiera continuar con su explicación, se dio cuenta de que no tenía la necesidad de proseguir.

- ¡Por las medias de seda de los delfines! ¿Tu madre era… Molly Faith?

- Sí, capitán. Pirática.

- Ah, Pirática -suspiró el capitán con entusiasmo-. Vi esa obra unas cuantas veces, de hecho tengo un cartel en mi casa de Inglaterra firmado por la propia mano de Molly Faith… tu madre, era un encanto de persona, y una actriz excelente.

- Muchas gracias. Mi madre, señor, era una mujer excelente. Pero si ha visto esa obra y los papeles que se desempeñaban, entonces nos comprenderá a todos, a mí y a mi tripulación.

El capitán se levantó y le dio la mano a Art.

- Creo que sí. Y también veo a Molly Faith en ti, capitana Blastside. Así pues, no tengo otra opción que guardar todas tus armas y maniatarte cuando camines por la cubierta de la embarcación. Y esto también incumbe a tu tripulación. Pero no os preocupéis, dejaremos las cuerdas bastante flojas para que así os podáis mover con más facilidad. En cuanto al espacio, tus hombres se pueden instalar en los camastros de la cubierta inferior. Cenaremos en la cubierta principal, vosotros y nosotros. Si a mis oficiales no les importa, podréis disfrutar del espectáculo de los pavos reales. Quizá… -miró a Art con una mirada llena de recuerdos y continuó- tú y tus compañeros podríais interpretar algún trozo de alguna obra, para nosotros… El camino a casa es muy largo.

Art sonrió y contestó:

- Estoy segura de que no habrá problema, capitán. Aunque, la verdad, para nosotros, cuanto más largo sea el camino a casa, mejor.

Después de pronunciar estas últimas palabras, en un tono de lo más tétrico, tal y como Molly hubiera hecho, Art, quien ahora era Pirática, pensaba en sus queridos compañeros.

Sin duda, ni ella ni su tripulación tenían ninguna prisa por llegar a Inglaterra, pues allí serían juzgados y después colgados.

Art reflexionaba sobre lo que acababa de pensar, y se lo quitó inmediatamente de la cabeza. No. Se negaba a aceptar que ella y sus hombres morirían en la soga. Ya había perdido a dos de sus hombres. Black Knack, un imbécil podrido por dentro, pero igualmente jamás le habría deseado la muerte. La idea del cuerpo de Black Knack estirado sobre el suelo de una isla inundada le irritaba, y muy en el fondo, le dolía. Hurkon, obviamente, era el otro que se había perdido. Hurkon también había sido un traidor, y además por doble partida, y desde hacía unos pocos días, para su sorpresa, había aprendido mucho sobre él.

Cenaron sobre la cubierta. Los hombres de Art estaban en el castillo de proa, practicando algunos discursos para así animar a la tripulación de la embarcación destructora. Ninguno de los actores parecía estar feliz, sino que se sentían indignados, pero animaban en el momento de las comidas o mientras ensayaban. Incluso Ebad bromeaba y se pavoneaba, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo. No tenían ningún momento de intimidad para hablar entre ellos, pues siempre estaban rodeados por los demás, ya fuera por un vigilante, o un gran público que quería ver sus actuaciones.

Art se sentaba junto al capitán, y evitaba cualquier conversación en la que se mencionara a su madre.

Y cada vez que la charla se centraba en los actos de piratería que Art había realizado por los Siete Mares, ella se lo explicaba con todo detalle. No tenía nada que esconder, y el capitán asentía con la cabeza. Entonces, él le preguntaba:

- Pero, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no te quedaste en un simple escenario?

A lo que Art tan sólo podía contestar:

- El mundo es en sí mismo un escenario, señor, y todos los hombres y mujeres que habitan en él son meros actores.

A babor, Art contemplaba una figura blanca, como un cisne, la Inoportuna Forastera timoneada por otras manos y navegando hacia Inglaterra, aunque ya no bajo una bandera rosa y negra.

El capitán siempre hacía una reverencia cuando Art se le acercaba, y siempre le dejaba tiempo de más para que pudiera contemplar el hermoso paisaje.

Al final, Art le preguntó:

- ¿Quién le dijo dónde podía encontrarnos, o dónde podía encontrar la Isla del Tesoro?

Tal y como Art esperaba, el capitán le contestó:

- El villano de Hurkon Beare, que reina sobre la isla de Mad-Agash Scar y que se hace llamar Gobernador. Había señalado bastante bien la zona donde se encontraba la isla, supongo que ya lo sabes. Se parecía demasiado a una babosa, a un cobarde, como para ir él mismo a buscarla, así que permitió a los demás hacer su trabajo. Primero a vosotros, y después a Goldie Girl. Pero en cuanto lleguemos a Inglaterra, ya me encargaré yo mismo de que la justicia le haga una pequeña visita, aunque la verdad es que él es quien nos pone al día de todas las noticias que vienen del océano, así que nos resulta útil. Aquella crecida de la marea fue para nosotros como una luz, como un faro, y nos permitió encontraros.

- Así que Hurkon juega a dos bandas, en la pirata, y en la de la justicia.

- Sí. Y es por eso que todos los gobernadores de Inglaterra y de Amer Rica le permiten seguir con vida. Conoce casi todos los secretos que surcan los Siete Mares, así que les resulta muy útil, y además, le pagan más que bien. Si dependiera de mí, me llevaría a una flota entera y lo sacaría de su isla por el pescuezo. Pero las cosas no funcionan así…

Entonces, el capitán Bolt le contó la inesperada noticia.

- Art, ¿sabías que Beare había navegado junto al mismísimo Golden Goliath, el peor de los piratas y de los asesinos de los Siete Mares?

Art no podía creérselo.

- ¿Con él? ¿Se refiere al tiempo en que Goliath era prisionero?

- No, la verdad es que eran bastante buenos amigos. El hecho de encontrar un mapa del tesoro, uno verdadero, con pistas verdaderas, aunque no sirvió para crear un vínculo impenetrable, sí que los acercó.

- Señor, me está intentando decir que incluso cuando Hurkon era miembro de la tropa de Molly…

- Según mis informaciones, incluso antes de eso ya era amigo de Goliath.

Art no dijo nada más. La sangre que corría por sus venas de repente se había congelado. Algo terrible merodeaba por sus pensamientos… pero no lograba perfilarlo, definirlo.

Entonces, el capitán añadió:

- Y eso tan sólo es la punta del iceberg. Pero bueno, al fin y al cabo, jamás encontraron el tesoro. Y ahora que lo habéis encontrado vosotros… se ha desvanecido, pues el cofre que teníais estaba completamente vacío. Al principio pensé que quizá lo habríais escondido, pero luego pensé: ¿dónde? No había ninguna otra parte del acantilado por donde se hubiera podido cavar, y ninguno de tus hombres llevaba joyas o monedas en los bolsillos. Así que supongo que alguien se os habrá adelantado, alguien que también tenía en sus manos un mapa verdadero y el ingenio como para resolver el enigma.

- Tiene toda la razón, capitán. No fue un buen golpe.

El tesoro…

Oh, el tesoro…

Art se estremecía al recordar cómo las tripulaciones de ambas embarcaciones, la Enemiga y la Inoportuna, daban saltos de alegría y hacían nuevas promesas.

Pero eso fue cuando aún estaban sobre la isla, contemplando cómo los tres navios de la Marina se acercaban sutilmente hacia ellos mientras aún tenían el cofre en sus manos, a rebosar de más de cien mapas que significaban, nada más y nada menos, que la llave maestra al tesoro más colosal, quizá, que se encontraba sobre la faz de la tierra. Para ese entonces, todos sabían qué contenía el cofre.

Únicamente Felix y Goldie no se habían apuntado al enorme alboroto que formó el resto. Ella miraba hacia el suelo, y él, hacia el lado contrario.

- Aún tenemos tiempo -dijo Cuthbert finalmente-. Seguramente todavía tardarán una hora en llegar hasta aquí, después tendrán que remar, y las aguas no son tan profundas como para que lleguen tan fácilmente. Creo que podemos volver a enterrar el cofre.

Y Art contestó:

- No, señor Cuthbert. Si han sabido llegar hasta aquí, es porque saben lo que nos ha conducido hasta esta isla. Lo primero que harán será meternos entre rejas y, acto seguido, rastrearán toda la superficie de la isla en busca de alguna señal.

- Entonces… ¿nos rendimos…? ¿nos entregamos a la justicia?

De repente, treinta y un rostros horrorizados se giraron hacia Art. Incluso el de Ebad, que a pesar de no estar horrorizado, estaba muy enfadado. Sus actores, que definitivamente se habían convertido en piratas, y la tripulación de Goldie ahora estaban junto a Art. Art pensaba: «Parecen crios después de haber hecho una travesura delante de su madre». Seguramente, así es como hubieran mirado a Molly.

- Esto es lo que vamos a hacer -empezó Art a explicar-. El papel de los mapas está encerado, así que doblaremos cada mapa para crear barquitos de papel, y después los arrojaremos al mar.

La respuesta fue un tremendo alboroto.

Art esperó a que pasara el ruido.

- Escuchadme. Si escondemos los mapas aquí, los encontrarán. Si los escondemos sobre nosotros, en nuestros bolsillos, también los encontrarán. Pero mirad el océano. Hay un montón de objetos flotando que la marea ha arrastrado, palitos, algas, hojas, medusas… Para cuando lleguen las embarcaciones, estos pequeños barcos de papel ya se habrán alejado lo suficiente como para pasar desapercibidos sobre el agua. Y al igual que nosotros, la Marina no viene a la isla en busca de papel.

- Pero, capitana Pirática -interrumpió el señor Tattoo de la Enemiga, con mucho respeto-, si arrojamos los barquitos al mar, jamás los recuperaremos, y serán otros quienes los encuentren.

- Qué más da -gruñó el señor Beast-, jamás volveremos aquí, así que hagámoslo y punto. Nosotros no tendremos los mapas, pero ellos tampoco conseguirán poner sus garras sobre nuestro tesoro.

Todo el mundo bajó la cabeza, asintiendo.

Entonces, Ebad dijo, en un tono de voz muy calmado:

- Hagamos lo que nuestra capitana ordena.

Así que se sentaron formando un corro justo en lo alto de la cima del acantilado, como niños en una lección del colegio, haciendo cientos de barquitos de papel con los mapas del cofre.

La tripulación de Art, que ya había hecho este tipo de barcos con el papel de los carteles en Grinwich, el día de Nochebuena, en memoria de un festival de la In- die, enseñaba a los hombres de la Enemiga cómo hacerlo, aunque, sinceramente, los barquitos de la tripulación de la Enemiga no estaban muy logrados.

Una vez el barquito de papel ya había cogido la forma deseada, lo arrojaban al mar. Al principio de uno en uno, después de dos en dos, y más tarde de veinte en veinte.

Y los pobres barquitos se iban alejando poco a poco, a veces dando vueltas sobre sí mismos, otras acompañados con la brisa marina, y otras sin rumbo alguno, mientras sus creadores se lamentaban.

Muy pronto, tal y como Art ya había dicho, los barquitos de papel parecían ser simplemente escombros flotando sobre el mar, como si fueran flores mojadas de cera.

Justo cuando los navios de la Marina ya estaban muy cerca, con los cañones cargados, y los botes de las embarcaciones con los marineros apuntándolos con sus pistolas -algunos incluso pasaban junto a los últimos mapas doblados, sin darse cuenta-, no les quedaba ni un solo mapa por doblar.

Al recordarlo, Art caminaba de un lado a otro de la cubierta principal de la SRF Haremos lo imposible, mientras hacía el ejercicio diario. Qué limpias estaban las tablas por las que pisaba, y qué deslumbrantes cuando el sol de Africay brillaba sobre ellas.

Si miraba a estribor, vería a Felix apoyado en la barandilla de la SRF Sin par contemplando fijamente la SRF Haremos lo imposible, pero ¿la miraría a ella? Quizá. O quizá tan sólo se regodeaba de su captura. Seguramente ahora la justicia ya no necesitaría sus dibujos, aunque los podría utilizar contra ellos a su favor, si quería.

Ella jamás lo miraba.

Sentía que jamás debía volver a mirarlo a los ojos, pues si lo hacía, se desmoronaría, y no quería que eso ocurriera.

En la cubierta de la tercera embarcación de la Marina, la SRF Devastación Total, la pequeña Goldie Girl estaba sentaba bajo un toldo junto al capitán del navio.

Le habían permitido que se cortara el cabello, y la verdad es que había hecho un trabajo estupendo. Ahora lo tenía más corto, pero el estilo la favorecía mucho, y cuando lo llevaba recién lavado, le brillaba más de lo normal y se le rizaba mucho más. Parecía que llevara una aureola negra. Le habían encontrado ropajes de señorita, pues parecía ser que los había pedido insistentemente, pero su perfecto rostro ahora se veía un tanto desmejorado por la cruz que Art Blastside le había dibujado, aunque parecía que estuviera cicatrizando bastante bien. Tan sólo le dejaría una pequeña cicatriz en la mejilla, pero la cicatriz que le dejaría en la memoria sería mucho más profunda.

- Oh, capitán -arrullaba Goldie-, jamás dejaré de agradecerle a Dios el haberme rescatado de esa gentuza.

El capitán no parecía estar muy convencido de sus palabras, pero creía muchas de las cosas que ella le contaba. La verdad es que no se acababa de creer que Goldie fuera una villana, seguramente tenía razón cuando decía que su malvado padre y su malvada tripulación la habían obligado a ejercer la piratería.

- ¿Cómo cree que una jovencita tan frágil y débil como yo ha podido resistirlo? Yo aún me hago cruces, capitán. Todas esas horribles acciones… seguramente un día u otro me habría desvanecido por el miedo y el dolor.

Naturalmente, había dejado a su malvada tripulación pudriéndose en las bodegas, atados con cadenas, y cuando ésta aparecía en la cubierta, Goldie desaparecía cogida del brazo del capitán.

Jamás mencionó a Felix ni a Art directamente, pero sí que había contado al capitán de la SRF Devastación Total el destino de los mapas encontrados en el cofre, pero él nunca se lo reveló a ninguno de sus oficiales.

Goldie había añadido:

- Pero debo decir que no todo está perdido, aún. Mire, la playa estaba completamente cubierta por gemas y monedas, que obviamente nosotros… digo… la horrible tripulación de mi padre recogió y que usted, mi galante capitán, después se encargó de arrebatárnoslas… digo, arrebatárselas, tal y como es su deber. Pero ¿sabe qué? Me hizo reflexionar. Las joyas seguramente se han hundido con la isla, pero cuando baje la marea, seguramente volverán a salir a la superficie, con lo cual, ¿por qué no puede ocurrir lo mismo con todos esos mapas?

- Art, debemos hablar. Solos, tú y yo.

- Sí, Ebad. Pero aquí no tenemos ocasión de hacerlo.

- Debo hablar contigo antes de que me cuelguen en Inglaterra…

- No nos colgarán a nadie, señor Vooms.

- Creo que es probable que me cuelguen, cielo… y no te he contado todo lo que sé. No quiero morirme sin contártelo.

- Pero, Ebad, mira a tu alrededor, hay tres oficiales de la Marina y seis marineros. Quieren vernos ensayar, o simplemente asegurarse de que no nos estamos contando secretos.

- Maldita sea.

- Y siempre estamos separados, excepto cuando subimos a cubierta.

Los hombres de la Marina estaban justo detrás de ellos, y entonces Ebad subiendo el tono de voz dijo:

- Y el viaje real sobre el velero, cuyos pasajeros no son la realeza, sino los bandidos más feroces y temidos de los Siete Mares. Así que aquí y ahora deberéis escuchar mi juramento. Prestad atención… -Entonces sus ojos negros brillaron como espadas mientras los observadores permanecían paralizados y encantados con la interpretación-. Presta atención, Pirática. Pues estando esta noche, bajo el cielo y la luna llena, solos tú y yo, te revelaré la verdad de tus orígenes.

Art encogió los ojos. Durante un instante, no pudo pensar en nada, hasta que de pronto, dijo:

- Por encima de mi alma, señor, le concederé su deseo.

Y entonces, los caballeros de la Marina empezaron a aplaudir con gran entusiasmo.

2. En el mismo bote

Art estaba apoyada sobre la barandilla de Haremos lo Imposible, esperando a Ebadiah Vooms, bajo el oscuro cielo de medianoche.

A Art le había resultado bastante sencillo. Únicamente, había pedido al capitán que le dejara subir a cubierta para poder tomar un poco de aire fresco nocturno. El capitán le concedió dos horas. Su petición también incluía estar completamente sola para así poder meditar sobre su destino, y el capitán también se lo concedió. Parecía algo romántico, este capitán. Qué suerte.

Plunqwette se había acercado hasta la barandilla donde estaba Art para así hacerle un poco de compañía, cosa que no solía hacer cuando los hombres de la Marina merodeaban a su alrededor. Muck se hallaba junto a los oficiales en el salón. Ellos jugaban a las cartas y el perro, sentado con el hueso de loro en la boca, los ayudaba ladrando cuando uno de ellos tenía la puntuación más alta.

- Chucho desleal -había declarado Eerie.

- No puedes culpar al perro -Whuskery contestó-, ahora no le servimos de nada.

Art se preguntaba de qué modo Ebad lograría escapar de la cárcel de la cubierta inferior, pero en cierta manera intuía que lo conseguiría. Y así fue.

De repente, como un sigiloso felino -como ella, o como Molly-, Ebad apareció junto a ella y le contó, rápidamente, cómo había logrado salir de ahí.

- Allí abajo no nos tienen maniatados. Y Muck me trajo la llave de la puerta.

- ¡Muck!

- Husmeó debajo de la puerta y fue empujando la llave hasta que la tuve entre mis manos. Es un viejo truco que le enseñamos. A veces, los actores en paro necesitamos planes como éste. Muck, el mejor perro de toda Inglaterra. Verdaderamente, el perro más limpio.

- Así que Muck también juega a dos bandas.

Embriagada por la fascinación de aquella historia, Art escuchó el ladrido de Muck en el salón.

Ebad le desató las cuerdas que tenía en las muñecas y después se las entregó.

Ninguno mencionó la oportunidad de la que ahora gozaban para poder escapar -con las muñecas sin atar, con la puerta de la cárcel abierta-, porque en realidad era un peligro demasiado arriesgado. Por encima de ellos, había dos vigilantes que tenían puesta la mirada en el océano, así que cualquiera que decidiera tirarse al mar seguramente recibiría un balazo directo. Además, sin tener en cuenta que iban armados, no toda la tripulación de Art podría conseguirlo, pues contaban con nadadores poco expertos, e incluso con algunos que no sabían nadar, y la costa estaba demasiado lejos. Art ya había considerado la idea de hacerse o no con esa embarcación, y llegó a la conclusión de que no lo conseguiría. Estaban completamente desarmados, y además no tenían al alcance ningún tipo de armas. La tripulación de la Marina contaba con más de sesenta hombres, y además, aunque consiguiera hacerse con la embarcación, las otras dos no tardarían mucho en rodearla. Así que las probabilidades no eran muchas. Intentaba no pensar en lo frustrante que resultaba esta libertad provisional y quería proponerle a Ebad que se salvara tirándose al océano. Pero le daba la sensación de que igualmente él jamás la abandonaría, al igual que ella jamás abandonaría a su tripulación.

- Si nos quedamos aquí, nos verán -dijo Ebad-. Podemos subirnos a uno de los botes de allí arriba. Es menos probable que busquen por ahí. De todos modos, como saben que andas por aquí, si te llaman, tú puedes contestar y yo agacharé la cabeza y así no me verán.

Así pues, a oscuras, subieron hasta uno de los botes. Para mantener el secreto a salvo de cualquiera, incluso desterraron a Plunqwette al mástil principal. Bajo la luz de las estrellas, Art contemplaba el rostro de Ebad, un rostro de un antiguo esclavo y de un descendiente real.

- Te lo confesaré, Arty. Seré rápido. ¿Aún crees recordar ser una niña y estar sobre un barco en el mar? Me refiero a un mar real, no a la maquinaria de un escenario.

- Sí, a pesar de todo lo que me habéis dicho. A pesar de que la pólvora me golpeó y me dejó sin memoria durante seis años, recuerdo el mar.

- Y estás en lo cierto, Art. Por todos los velámenes, es un hecho.

Art cambió el ritmo de su respiración. Ésa fue toda su respuesta.

Ebad continuó:

- Molly era una actriz. Eso es verdad. Ese hombre, tu padre, Fitz-Willoughby Weatherhouse, desde el primer momento en que la vio, la intentó cortejar, y en cierta manera, ella cayó en sus redes y tiempo después contrajo matrimonio con él. Convivió con él durante un año y durante ese tiempo naciste tú, Art. Molly siempre nos decía que no te parecías nada a tu padre, que no parecías una Weatherhouse. Además, nos contaba que sólo le pertenecías a ella, así que después de un año, te cogió y lo abandonó.

- Ese hecho es uno de los que más me enorgullece.

- Pero, Art, ¿sabes qué pasó después de eso? Ella jamás volvió a subirse a un escenario, pues tenía miedo de que Fitz la persiguiera y le causara más problemas. Estaba afincada en Lundres, pero quería dirigirse hacia la costa. Quería subirse a un barco cuyo destino no fuera Inglaterra. Fue precisamente en Lundres donde yo la conocí. Tan sólo puedo contártelo diciéndote la verdad, Art. Ella y yo, con tan sólo una mirada (y cito a tu madre, a pesar de que para mí fue exactamente la misma sensación), con tan sólo una mirada ya nos entregamos el uno al otro. A veces, el amor es así de sencillo.

- ¿Tú y Molly?

- Sí, sí. ¿Te molesta?

- Por supuesto que no. Continúa, por favor.

- Cogimos un barco que descendía por el río, hacia la costa. Llegamos al puerto de Battering Ram y allí nos subimos a bordo de otro barco que nos llevaría directamente a Francia. Una vez llegamos allí, encontramos unos billetes que nos conducían hasta las Amer Ricas. Nos destinaron a un lugar a. los pies del continente sureño, un lugar que tenía nombre español y que significaba «paraíso valiente». Pero era un pueblo muy tormentoso, pues siempre había estado en guerra, aunque decían que allí podías hacer fortuna. No sé si fue ella o fui yo quien lo creyó, ya no me acuerdo. Pero su nombre nos daba confianza, hacía relativamente poco tiempo que estábamos juntos y buscábamos un sitio lejano donde dirigirnos.

- ¿Valparaíso? ¿Era ése su nombre?

- Sí.

Art recordaba el movimiento de las aguas tormentosas y las aguas en calma. Recordaba los pequeños botes del barco navegando sobre las estáticas calmas ecuatoriales, y las luminosas estrellas de ópalo de la Cruz del Sur. A medida que iba recordando todo esto, se lo iba contando a Ebad.

- Art, lo viste todo con tus propios ojos. Eras tan sólo un bebé… luego fuiste creciendo, pero seguías siendo una niña… pero al fin y al cabo, lo viviste, con ella, conmigo. Fue entonces cuando Molly empezó a enseñarte las diversas lenguas, y cuando te enseñó a nadar, al igual que yo le enseñé a ella en la bahía de España. Y te contaba todo lo que ocurría sobre la embarcación, incluso cuando estábamos en medio de una tormenta, Dios mío, Art, tu madre caminaba por la cubierta principal contigo en brazos sin miedo alguno. Incluso te alzaba para que pudieras ver cómo los rayos iluminaban el cielo, para que pudieras sentir el soplo del viento, para que contemplaras cómo ardían las jarcias y cómo las olas trotaban sobre las aguas…

- Lo recuerdo todo, Ebad. Lo recuerdo.

- Ella te decía…

- Ella me decía: «¡Mira qué espectáculo! ¡Mira qué maravilla! Jamás temas al mar, es el mejor amigo que las personas como nosotras podamos tener. Mejor que cualquier tierra firme, por muy hermosa que parezca. Y aunque naufraguemos y nos hundamos en las profundidades del mar, tampoco a eso debes temerle, pues aquellos que el mar retiene consigo duermen entre sirenas y perlas en reinos sumergidos». Sé que también lo había dicho varias veces en la obra, pues formaba parte del guión, pero la primera vez que lo escuché fue en ese barco, en medio de una tormenta.

Ebad intervino y dijo:

- Ese barco le encantaba. Recuerdo cómo trepaba por las jarcias de la embarcación, contigo atada a la espalda. Yo tenía el corazón en un puño, créeme. Pero tú no parabas de reír y cantar. Y ella… bueno, ella no le temía a nada ni a nadie. No temía ni por ti, ni por mí, ni por ella. Tampoco le temía al mar, y la verdad es que el mar jamás le hizo daño. Fue la tierra firme, el escenario, quien le hizo daño.

- Pero, ¿por qué volvisteis otra vez a Inglaterra? ¿Qué pasó?

Entonces Ebad explicó, como otro ya le había dicho antes:

- ¿No lo adivinas? Piratas.

Y entonces, muy despacio, Art preguntó:

- Entonces, ¿los piratas abordaron vuestra embarcación ?

- Fue el mismísimo Golden Goliath. Sí, Art. Si Felix te ha contado su historia, seguramente ahora te resultará familiar, pues es muy parecida a la nuestra, en cierta manera. Las tres embarcaciones que atacaron el velero de su padre lo saquearon y después de no encontrar lo que realmente creían que llevaba a bordo giraron hacia el suroeste y nos encontraron a nosotros. Digamos que por esas aguas no surcaban muchas embarcaciones provenientes de Inglaterra o de las Amer Ricas que llevaran a bordo el mapa de la Isla del Tesoro, y nosotros llevábamos uno. Tan sólo pasaron unos pocos meses entre el hundimiento de la Viajera y el ataque a nuestro barco. Pero el resultado no fue el mismo. Nuestra embarcación contaba con veinte balas de cañón, así que viramos la embarcación de forma que los cañones apuntaban directamente a Goliath. Como ya habrás comprobado en su hija, Goldie, a ese tipo de chusma esto no le hace mucha gracia. Entonces se desató una larga batalla sobre nuestra cubierta, y todos acabaron huyendo. Nosotros nos alejamos, siguiendo nuestro camino, y cuando nos dimos cuenta, los cañones de la Enemiga habían agujereado nuestro barco. A duras penas llegamos a un puerto bastante alejado de Valparaíso. Una cosa más. El capitán de nuestra embarcación murió en la batalla, junto a siete miembros de su tripulación. Era un buen hombre y Molly y yo le caíamos bastante bien. Era un hombre negro de Puerto Libertad, aunque jamás había ejercido como esclavo. A ti y a tu madre os pasó una bala de cañón casi rozándoos la parte derecha de vuestras cabezas, pero el resultado tan sólo fue esa pequeña marca en tu cabello. Ni tú ni ella resultasteis heridas. Fue allí donde esa mecha de tu cabellera se originó, luchando con el mismísimo Goliath. Y por primera vez, Molly se sintió desconcertada.

Y, entonces, Art dijo:

- A partir de ese momento, ambos perdisteis la confianza en vosotros mismos, ¿verdad?

- La verdad es que fue un golpe muy duro. En ese entonces, Molly y yo éramos muy jóvenes. Cuando eres joven crees que nada ni nadie te puede parar los pies. Pero Goliath nos mostró cómo, en un santiamén, podía eliminarnos de la faz de la tierra, como lo hizo con nuestro capitán, y lo fácil que era morir. Y entonces, cuando al final llegamos a ese puerto perdido en medio de la nada, Molly empezó a extrañar Inglaterra. Se me ha olvidado comentarte que con nosotros viajaba otro hombre, Hurkon Beare. Subió a bordo de la embarcación de nuestro capitán muerto en las Azules Indies. Una vez vi cómo intentaba enamorar a Molly, pero ella sólo me quería a mí de ese modo. Intentaba que ella se interesara por él, pero después pareció entender que sus intentos eran en vano. Siempre me pregunté, años más tarde, si me perseguía a mí, o a ella. La verdad es que su futuro no estaba muy claro en Inglaterra. Además, también estaba el mapa.

- El mapa del tesoro.

- Art, el capitán de la embarcación de Amer Rica tenía en su poder un mapa. Ese mapa era el mismo que te entregué en Grinwich, con los bordes quemados… todo fue por culpa de ese mapa. El capitán nos dijo que se lo compró a un viejo comerciante en la Costa de Marfil. Dijo que lo compró por cumplir con el viejo, no porque pensara que realmente valiera algo, así que se quedó con el mapa y con el loro del viejo.

- ¿Plunqwette?

- Exacto. El viejo juraba y perjuraba que el mapa era uno de los verdaderos. La isla dibujada se situaba en alguna parte del sur de Africay, decía, donde los dos océanos se convierten en uno solo. Y el pájaro de vez en cuando soltaba algunas palabras que parecían un conjunto de pistas. A Molly le gustaba el loro, solía repetir las pistas a Plunqwette y otras cosas, así que pronto Plunqwette empezó a repetir todo lo que se le decía, incluso las pistas, pero con la voz de Molly, no con la del comerciante. Y ésa es la razón por la que a veces creemos escuchar la voz de Molly en ese loro. Pero esa noche, el capitán nos contó que el mapa y el loro eran la herencia que nos dejaría a nosotros, si es que algo le pasaba durante la travesía. A veces, decía que algún día intentaría encontrar la isla, averiguar si verdaderamente existía. Quizá conocía su destino, pues murió cuatro semanas después a manos de Goliath.

- Así que os quedasteis con el mapa… y con Plunq- wette.

- Hurkon, fue Hurkon quien insistió en coger el mapa, y Plunqwette ya era de Molly, por así decirlo. Y entonces, cuando estábamos en el puerto, Hurkon sugirió que nos dirigiéramos hacia el este e intentáramos encontrar esa Isla del Tesoro…

- Espera -interrumpió Art-, tengo entendido que Hurkon pertenecía a la tripulación de Golden Goliath.

- Yo también lo he escuchado por aquí últimamente. Pero yo creo que Hurkon se subió a bordo de ese barco en las Amer Ricas para comprobar si el capitán tenía un mapa, y si ese mapa era uno de los reales… y si Hurkon estaba en el bando de Goliath en ese entonces, quizá le informó de lo que ocurría. Obviamente, al enterarse, Goliath intentó encontrarnos, pero no logró hacerse con el mapa, ni con el loro, y Molly y yo teníamos el mapa, así que a Hurkon le interesaba mantenerse cerca de nosotros. Ahora que lo pienso, durante esos días se pegó a nosotros como una lapa. Y una vez llegamos a Inglaterra, fue él quien sugirió que deberíamos, los tres, mantener en secreto todo lo que habíamos vivido hasta entonces.

- Quería el mapa para entregárselo a Goliath o quiza para si mismo.

- Y también quería a Molly. Y a mí, muerto -Ebad -vaciló Art-, por favor, continúa. -El señor Beare era un actor venido de Canadia -prosiguió Ebad-. En ese entonces, Molly me enseñaba algunos trucos para ejercer de actor. Recuerdo cómo me decía: «Tienes una voz perfecta, tan sólo necesitas limar algunas asperezas. Y yo puedo enseñarte cómo hacerlo». Y así lo hizo. Nos sentábamos los tres, junto a Hurkon, y decíamos qué deseábamos que le ocurriera a Goliath, mientras Molly y yo nos acordábamos de nuestro capitán y su fallecimiento. Me acuerdo que Molly siempre decía que si alguna vez ella capitaneaba un barco, perseguiría a Goliath por los Siete Mares, así que a partir de allí, surgió la idea para la obra. Al final, encontramos un velero que nos trajo hasta las costas inglesas. Viajamos durante más de un año por todos los océanos, desde el cabo situado más cerca del Polo Sur hasta la península más cercana al Polo Norte. Molly decía que una vez llegáramos a casa, nadie continuaría buscándome. Y de hecho, cuando llegamos, nadie me buscaba. Y la verdad es que la joya de tu padre jamás nos molestó, así que al llegar, buscó a todos los actores que conocía y formó su propia compañía de teatro. El resto de la historia ya la conoces.

- Hurkon os abandonó después del accidente con el cañón. Después de que Molly muriera -dijo Art.

- Justo después. Perdió la cabeza por completo. De hecho, todos la perdimos. Fue entonces cuando Weatherhouse finalmente apareció. Ahora me avergüenzo al pensar que le dejé que te llevara consigo, a pesar de que la justicia estaba de mi lado. Se suponía que yo debía actuar como padre, Art. Y yo debía haberme quedado contigo, no él.

- Estoy de acuerdo con eso, señor Vooms. Y hubiera estado muy orgullosa de que tú hubieras sido mi padre, pero hay otra cosa…

- Lo sé, Art. Lo sé. Yo también tengo la mosca detrás de la oreja desde hace mucho tiempo…

Durante unos instantes permanecieron sentados en silencio. Ninguno musitó palabra sobre lo que pensaban, a pesar de que el pensamiento era el mismo, y éste era el siguiente: ¿Se había propuesto alguna vez Hur- kon destruir el escenario, matando así a Ebad para luego poder hacerse con el mapa? ¿Habría encendido la pólvora que hizo estallar el cañón del escenario llamado Duquesa? ¿Habría sido un accidente, o un asesinato?

Si realmente su plan seguía estas directrices, no le había salido bien. Molly era la que había muerto, no Ebad. Y el mapa, que continuaba oculto por el sospechoso Ebad, Hurkon jamás lo encontró.

- Recuerdo -dijo Art- a Hurkon y a mi madre… a ambos… sobre la embarcación cuando la Enemiga y Goliath se acercaban a ellos. Y también recuerdo a la tripulación que aparecía en la obra. Siento que mis recuerdos están mezclados. Pero ahora, Ebad, cuando sueño, siempre te veo a ti junto a Molly. Ella, tú y yo. Y aunque no lo recuerde muy bien, también sueño con vosotros dos juntos.

- De camino a Valparaíso.

Sobre sus cabezas, Plunqwette susurraba:

- ¡Piezas de mocho!

Muck, aún con el hueso de loro en el hocico, correteaba por toda la cubierta y no paraba de ladrar. Había salido del salón donde todos cenaban para ¿avisarlos?

Ebad sacó los pies del bote para así poder saltar a la cubierta y deslizarse hacia la cubierta inferior.

- Tenemos que volver a hablar -dijo Art.

- Quizá no lo logremos, en este mundo. Pero te veré en el otro, Art Blastside, joven Pirática. Y allí, también me reencontraré con tu madre.

Cuando los oficiales de la Marina llegaron a la cubierta, ya hacía unos minutos que Ebad se había ido. Art les deseó las buenas noches, desde el mástil principal, donde ahora permanecía en pie, y con las manos otra vez atadas.

Pero en su mente bailaban miles de recuerdos. Recuerdos sobre personas que Ebad había perdido, y ella también. Él había perdido al amor de su vida. Y ella también. Dos veces. Primero a su madre, y después… Bueno, su segundo amor todavía no. lo había conquistado. En la embarcación que navegaba a su lado, Felix Phoenix estaría durmiendo plácidamente pensando que los días de Art y su tripulación estaban contados. Pero, ¿lo estaban realmente? ¿Cuánto faltaba para llegar a Inglaterra y para que los colgaran de la soga?

3. Ensayo y error

La muerte.

En el banquillo de los acusados, la jovencita permanecía con la cabeza altiva, con su cascada de cabello anaranjado cayéndole por la espalda y vestida con ropajes masculinos. Le habían permitido dejárselos puestos, para así mostrar en el juicio, al jurado y al público, que había sabido arreglárselas, pero no lo suficiente.

También habían pedido a la jovencita, conocida principalmente por el nombre de Pirática, que, puesto que había sido una magnífica actriz, contestara las preguntas con menos de diez palabras, para así evitar que diera cualquier tipo de discurso.

Cuando entró en la sala, el público empezó a aplaudir, lo que provocó que el jurado, con pelucas empolvadas y togas demasiado adornadas, empezara a amonestar -¿quizá por celos?- a los oficiales de la corte.

- ¡Detened ese ruido! ¡Haced que se callen, aunque tenga que ser a base de golpes!

De repente, toda la sala se calmó.

El juicio no fue muy largo.

Mucha gente hablaba sobre las horrorosas vejaciones que el patrocinador del café y el capitán Bolt habían sufrido y cuán desalmada y malvada era la joven. También se comentaba que si un hombre pirata resultaba ser un tipo demoníaco, una mujer pirata debía de ser el mismísimo demonio.

Un capitán de una embarcación de la Marina, concretamente el de la SRF Haremos lo Imposible, intentó en reiteradas ocasiones explicar que Pirática se había comportado realmente bien durante el largo viaje de regreso a casa. La consideraba una joven inteligente, honorable e incluso encantadora, al igual que toda su tripulación. Pero todo el mundo sabía que la tripulación de Pirática ya había sido juzgada y sentenciada por este mismo jurado. Rápidamente, desestimaron las palabras del capitán.

Por robo a mano armada y por piratería, tan sólo existía una pena posible, según la ley Finalmente, el juez se colocó un birrete negro sobre su cabeza para anunciar su resolución.

Cuando se dijo la última palabra, Pirática se giró hacia el juez, quien vestía de negro, y lo miró fijamente con sus ojos grises y ardientes.

A pesar de que ya había dictado sentencia, éste decidió, al parecer, concederle un último comentario.

- Te mereces la muerte, jovencita. Te lo has ganado a pulso. Eres una vergüenza para tu país y para tu especie.

Art contestó con nueve palabras, con claridad y respeto.

- Y usted, señor, es una vergüenza para este mundo.

A pesar de las porras de los oficiales del tribunal, la multitud se levantó y comenzó a aclamarla y a aplaudir mientras se la llevaban.

Con el metálico ruido de las llaves, cerraron la puerta de la celda. El rostro del carcelero apareció entre las rejas.

- Oh, señorita Pirática, ¿me permitiría, humildemente, entrar?

- Claro.

El carcelero entró tan rápido como pudo, encogiendo los hombros como si tuviera miedo de avanzar más por si acaso la pirata o su loro se abalanzaban sobre él.

Art lo miraba fijamente y con frialdad.

- ¿Qué quiere?

Plunqwette, quien estaba recostada sobre una silla destartalada, emitió un sonido extraño, como si imitara a una gallina.

- Me preguntaba, con toda humildad, qué desearía la señorita para cenar.

- Dame lo que acostumbráis a dar. Supongo que pan rancio y media rata al horno.

- ¡Oh! -contestó el carcelero-. Menudo ingenio.

Art apartó la vista, y Plunqwette la imitó cerrando los ojos y las alas, como si estuviera durmiendo. En cambio, Art miraba alrededor suyo, a través del estrecho espacio restante entre las barras de su solitaria celda.

Ya era invierno en Inglaterra, una vez más. A Art le daba la sensación de que el invierno inglés nunca pasaba, sino que era una estación perpetua, pues justo comenzaba antes de que se fuera y se supone que se desvaneció cuando ella estaba en el océano. Había nevado, pero ahora todo estaba hecho un desastre, pues el hielo comenzaba a derretirse. A través de la barrada ventana, Art podía contemplar el río Tamsis fluyendo entre lodo y nubes. Parecía que allí afuera, el río se sintiera aburrido, aburrido de la ciudad de Lundres y de sus afueras, demasiado aburrido como para fluir con más rapidez. Entre todos los guijarros de la playa situada bajo la cárcel de Oldengate, que cobraban un color sombrío junto a las piedras con nieve a medio derretir por encima, lo más famoso era el muelle de Execution. Y, cómo no, ese lugar especial que guardaban para los de la especie de Art, un lugar al que llamaban Lockscald Tree.

Art tan sólo lograba ver una viga altísima, y ya era suficiente, pues había podido contemplar cómo construían el patíbulo.

Así pues, ¿ya se habría convencido? A veces pensaba que sí. Aunque lo veía muy lejos, a kilómetros luz, como cuando vio por primera vez las embarcaciones de la Marina.

No les habían permitido quedarse con ningún tipo de moneda, aunque el romántico capitán de Haremos lo Imposible -el hombre que había narrado todas las virtudes de Art durante el juicio- le había entregado algo de oro para poder sobornar a los carceleros, pues era el único modo de conseguir comida decente o cualquier otro tipo de comodidades. Sin embargo, la policía lundinense se mostraba muy severa con Art en ese tema.

Así pues, no pudo sobornar a mucha gente, lo que era una pena, pues ya había ideado un pequeño plan…

El carcelero que tenía en la puerta, que ni entraba ni salía, no paraba de resoplar y arrastrar los pies cada vez que caminaba. De pronto, dijo:

- Todos los periódicos hablan de ti. Te traeré unos cuantos para que los leas, si quieres, claro. Hablan de ti y de tu tripulación, y por cierto, ellos los leen cada día, te lo aseguro. «Los actores intrépidos», así es como os llaman, o «Los héroes del mar», o «Robina Hood y sus alegres camaradas». Incluso el Lundon Tym.es tiene vuestro nombre en su Acrónimo. Y bueno, la lista es interminable. «La dignidad de Pirática y su espíritu luchador y valiente»… Bueno, el periodista estaba entre el público el día del juicio. Elogia a tu tripulación y todo lo que habéis hecho. Dice que sois piratas nobles, los primeros que os mostráis así de toda vuestra especie.

- ¿Por qué me cuentas todo esto?

- Oh… ah… Bueno… pues… resulta que… -Ahora parecía dudar y vacilaba mucho-. Es por… por nuestro libro.

En el exterior, un enorme velero se alzaba hasta conseguir llegar a la vista de Art, mientras surcaba por el río. Era un velero fuerte, con unos mástiles que parecían pilares griegos. Intentaban remolcarlo para que así cogiera más velocidad con tres botes, con marineros remando, como en las calmas ecuatoriales… Los cabos eran del color de la plata cuando un rayo de sol los iluminaba, y los ribetes de la cubierta brillaban como el mismísimo oro. Incluso sobre las aguas medio blancas y medio grises se tornaban deslumbrantemente resplandecientes cuando el sol los bañaba.

Art no alcanzaba a leer el nombre de la embarcación, estaba demasiado lejos, como todo lo que ocurría a su alrededor.

Las horcas de debajo parecían estar mucho más cerca.

- Verás. Este libro…

- ¿Qué libro? -preguntó con impaciencia al carcelero.

- Sólo me preguntaba si me lo firmarías, supongo que no te dirán nada por escribir. Quizá podrías dejar un pequeño mensaje diciendo cómo lo encontraste, estando aquí…

- ¿Qué?

- Señorita, eres una verdadera celebridad -contestó el carcelero-. Ahora eres famosa. Por ejemplo, para tu ejecución… creo que es dentro de tres días… bueno, has conseguido reunir a una de las multitudes más grandes, cientos de personas están reservando su lugar, comprando entradas. ¡Qué digo cientos! ¡Miles de personas! Y todo para verte a ti. Algunos intentan imitar algunos de vuestros hábitos, pero siempre dentro del ámbito legal. Por ejemplo, la última moda en peluquería ahora es llevar el color de tu cabello con esa enorme mecha color calabaza.

Art ni se inmutó, pero el carcelero se dio cuenta de cómo Art estiraba los dedos de la mano para luego plegarlos y formar un puño.

El carcelero desistió, y ahora tan sólo asomaba la nariz por los barrotes de la puerta.

- Hay gente que pagará por ver el libro, ¿lo entiendes ? Hay gente muy rica que es capaz de todo. A algunos les gustaría echarte un vistazo, pero un vistazo rápido.

Art respiró profundamente.

- Si querías algo de mí, deberías haber sido más amable conmigo.

- Pero he sido tan amable como he podido… Te he dado todo lo mejor…

- ¿Y eso era lo mejor?

- Bueno… -dijo el carcelero metiendo la cabeza, un pie y un brazo entre un par de barrotes de la puerta-. ¿Qué quieres entonces?

Y Art contestó:

- Aquí tengo mucho frío. Preferiría tener una celda con una bonita chimenea, para mí y para mi tripulación. También quiero una comida decente, para mí para ellos. También quiero que nos entreguéis unas sábanas y mantas como Dios manda, para mí y para cada uno de ellos. Ah, y otra cosa, quiero que les quitéis las cadenas a mis hombres cuando estén cenando; si no, no podrán disfrutar de la cena. Y quiero verlos, una última vez. Una última ocasión para despedirme.

- Pero, bueno, tú quieres muchas cosas. ¡Eso te va a costar algo!

- No pienso pagar nada. Firmaré tu asqueroso libro, ése será el único coste.

- Maldita bruja pirata de tres al cuarto -refunfuñó el carcelero olvidando el miedo que le provocaba Art-. No te mereces ni la corteza de la fruta. Te encadenaremos contra la pared. Créeme que lo propondré, y así no podrás quedarte ahí dándome órdenes sobre chimeneas, comidas, mantas… ¿De dónde crees que lo puedo conseguir, bonita?

- Eso depende de ti.

El carcelero cerró la puerta de un golpe seco y se fue con las llaves. Aun así, Art podía escuchar a ese botijo refunfuñando por el pasillo, gritándose a sí mismo sobre lo poco razonable que ella resultaba, hasta que los otros prisioneros le contestaban, también gritando, y finalmente sonó el timbre de la cárcel.

El severo juez que había sentenciado a Art y a toda su tripulación, como también a la tripulación de la Enemiga, a muerte, miraba sorprendido, y todavía de una manera más severa, al último vil pirata que habían traído a estos muelles.

Se trataba de una jovencita de aspecto jovial, con el cabello corto, rizado y negro azabache y con una mirada verde felina; vestía un vestido blanco nuclear que le resaltaba su preciosa figura y su maravillosa piel. Seguramente alguien le había llevado esas cosas a su celda.

Miraba tímidamente al juez mientras dos preciosas lágrimas de cristal se deslizaban desde sus ojos verdes por las mejillas.

- ¿Quién es? -preguntó el juez mientras consultaba sus documentos-. ¿La pequeña Goldie Girl? ¿La hija del monstruoso Golden Goliath?

Mientras el juicio de Goldie continuaba, el juez empezó a interrumpir a aquellos que acusaban a Goldie, y a concederle la palabra a ella.

Cuando él la miraba, ella temblaba ligeramente justo en el momento en que cruzaban las miradas. Y justo en esa milésima de segundo, el inteligente juez, que se enorgullecía por su habilidad de juzgar, en los ojos de Goldie veía a una jovencita frágil, tierna, en definitiva, un ángel. Y también veía que ella confiaba en él, que ella consideraba que era una persona juiciosa y sabia, y que por esa razón, le contaría la verdad y sólo la verdad.

Entonces, Goldie empezó su discurso:

- Caballeros, señor juez. Mi historia es trágica. Durante toda mi infancia no he sido más que una prisionera de mi cruel padre, Goliath, que me obligó a navegar junto a él y su despiadada tripulación bajo sus órdenes. He tenido que llevar ropa de hombre, cosa que no resultaba muy cómoda para una jovencita como yo, y me obligaban a presenciar todas sus fechorías… Tengo que reconocer que jamás osé hacer nada para impedírselo. He vivido una vida de terror, caballeros -ahora su mirada se dirigía al jurado y proseguía-, durante toda mi infancia. Y ahora me veo obligada a entregar mi vida y no por mis crímenes, pues yo jamás he tomado parte en ninguno. Yo también soy una víctima… díganme, ¿qué puede hacer una pobre niña débil como yo contra la fortaleza y las amenazas de estos hombretones? La verdad es que prefiero la muerte a seguir viviendo así. Ya he sufrido suficiente.

El juez, intentando calmar las voces de los asistentes a la sala, se levantó y dijo:

- Si fueras perdonada, ¿qué desearías con más intensidad?

- Oh, señor… -Goldie levantó su rostro dejando ver su cicatriz de los huesos cruzados, un símbolo de su maltrato, y que ahora sólo era una pequeña cruz, como un delicado beso-. Desde siempre he deseado convertirme en lo que jamás me han permitido ser. Una mujer de los pies a la cabeza. Una mujer verdadera. Oh, pero no sabría ni por dónde empezar, si alguien pudiera ayudarme…

El juez carraspeó y no dijo ni una palabra más.

Diez minutos más tarde, la pequeña Goldie Girl, capitana de la Enemiga, era perdonada. De hecho, se la había considerado completamente inocente.

Art escuchó la buena nueva cuando el carcelero volvió a su puesto.

Entonces, ella preguntó:

- ¿Y qué ha pasado con la tripulación de Goldie?

- En las horcas, junto a la tuya.

- Esta noche las cuerdas tendrán mucho trabajo -dijo Art, como si fuera Molly actuando en la obra.

Entonces, la puerta de su celda se abrió, y frente a ella aparecieron dos fuertes carceleros que hacían guardia y que habían traído varios platos, comida humeante, una botella de vino, una taza de café y una cesta de hierro con carbón ardiendo.

Plunqwette entró volando hacia su celda y se posó sobre un plato lleno de patatas.

- Pájaro mugriento -refunfuñó el carcelero, que además estaba desdentado.

- Le dije que quería una celda con chimenea, carcelero.

- Es imposible. Ésta es una celda especial, reservada para gente de tu calaña, así que te quedarás aquí dentro. -Se hizo a un lado e hizo el intento de adularla, en cierta manera-. Aun así, hemos movido a tu tripulación. Ahora están en una enorme celda, y gozan de una enorme chimenea. Es una de nuestras cuatro mejores celdas. Muy alegre y acogedora.

- ¿Cómo quieres que te crea? -En ese momento Art sintió como si le dieran un golpe en el corazón.

- Puedes subir después de tomar tu exquisita cena. Sí, puedes visitar a tu tripulación durante veinte minutos. ¿Qué me dices de eso?

- No está mal.

- Rata desagradecida.

Curiosamente, en ese momento se acordó de cómo los había encontrado aquella mañana en la Taberna del Café, justo en la parte oeste de Lundres. Y allí estaban. Sus piratas.

Estaban sentados sobre unos bancos de madera al lado de la chimenea, donde enormes troncos y cortezas de pino crepitaban. Había un buen fuego, de eso no había duda. Así que el carcelero no le había mentido. Una barra de hierro negro estaba colocada en medio de la chimenea.

Durante un segundo, Art miró a su alrededor en busca de Muck. Pero, obviamente, Muck no estaba ahí. Seguramente habría salido brincando de la embarcación de la Marina cuando atracaron, y se habría ido corriendo, con la amarillenta cola bien alta, sin importarle otra cosa que sus propios asuntos y con el hueso de loro aún en su hocico.

- No te desanimes -le dijo Dirk a Walter-, Muck siempre se ha comportado así, ¿o no? Siempre se ha ido… y luego ha regresado…

- Y creo que, si esta vez regresa, no nos va a encontrar -contestó Walter.

De todas maneras, Muck no había vuelto. Ese perro sabía, tal y como Eerie había dicho una vez, en qué lado sus patas encontrarían más comida.

Plunqwette ahora estaba posada sobre el hombro de Art, con la cabeza y el pico agachados. En ese momento el loro estaba seguro de que el grupo de hombres que se hallaba junto al fuego eran sus compañeros de fatigas, así que dejó escapar un graznido penetrante y empezó a sobrevolarlos.

Se levantaron y le dieron las gracias alzando sus tazas de café.

- ¡Plunqwette!

- Art… ¿eres tú?

- ¿Es que te quedas aquí junto a nosotros? ¿Compartiremos juntos nuestros últimos momentos de vida?

- Me temo que no. Es sólo una visita.

Consecuentemente, su entusiasmo disminuyó hasta tal punto que parecía una de las cenizas de la chimenea, aún ardiente pero desvaneciéndose.

Pero, ¿qué se podía esperar? No había ninguna razón para entusiasmarse. En dos o tres días, estarían en Lockscald Tree.

Pero intentaron pasar sus últimos momentos de la mejor manera posible. Se sentaron todos juntos a la luz del fuego, se contaron uno o dos chistes y narraron unas cuantas historias. A Art le dijeron que estaba preciosa, que nadie diría que había estado encerrada en una celda durante todo ese tiempo y ella por su parte les dijo lo mismo.

Después, todos brindaron con sus tazas.

- Señor Vooms -dijo Art-, ¿podemos hablar un minuto, por favor?

Ebad, como siempre, había sido el más silencioso y comedido de todos. Daba la impresión de que siempre estaba esperando alguna cosa. Entonces se levantó y la acompañó hasta la estrecha ventana.

- ¿Cómo nos has comprado todo esto? -preguntó.

- El carcelero quiere que le firme su famoso libro. Escucha, nuestro tiempo se agota, sólo me han concedido veinte minutos. Ebad, ninguno de vosotros estáis encadenados.

- Nos han quitado las cadenas para cenar, dijo que nos dejarían sueltos hasta la ronda de las seis.

- Pues entonces mejor que lo hagamos antes de las seis. He pensado que podríais haceros los borrachos cuando me vaya.

Ebad la miró con perspicacia.

- ¿Ya lo habías pensado? La chimenea -dijo Art.

- Es posible si hacemos los movimientos adecuados. La chimenea parece ser bastante ancha. Podemos hacernos los borrachos, como tú dices, y cantar a pleno pulmón para así evitar que escuchen el ruido de la barra de hierro cuando la arranquemos, cosa que hará que el espacio sea aún más amplio. Pero, ¿crees que son tan idiotas? ¿Crees que no imaginarán que intentaremos escaparnos por allí?

- Ahí está, Ebad. Parece ser que los idiotas no piensan nunca en las chimeneas. Yo utilicé el mismo truco cuando me escapé de la Academia de Ángeles. Aquella chimenea era lo suficientemente ancha como para que pudiera trepar por ella, pero comparada con ésta era una minucia. Además, seguramente, también habrá pequeños peldaños para los deshollinadores.

- Quizá algunos de esos peldaños conduzcan a otras chimeneas, pero, ¿adonde saldremos?

- Pues a un tejado, ¿dónde si no? Aunque habrá guardias vigilando en el exterior, no esperarán este tipo de molestias. Preocúpate por cómo huir de aquí, permaneced calmados y controlaos. ¿Os han dado sábanas? Bueno, entonces unidlas haciendo un nudo para que podáis bajar por la pared del edificio. Podéis trepar hacia arriba y hacia abajo, en caso de que se avecinen problemas. Además estamos más que acostumbrados a trepar por los mástiles de una embarcación. Creo que es la mejor posibilidad que tenéis si queréis escapar.

- ¿Y qué hay de ti?

- Ya me las arreglaré, Ebad. Aún me quedan tres días. Tendré la mente mucho más despejada si no me preocupo por el resto de vosotros.

Ebad le cogió la mano. Finalmente, Art pensó: «Sí, es una despedida».

Entonces Plumqwette volvió y se posó sobre las manos de Ebad y Art. El pájaro se balanceaba sobre las entrelazadas manos, permaneciendo entre ellos dos, con una pata en la mano de Art y otra en la de Ebad.

- Dejo a Plunqwette con vosotros, Ebad. Ya estába empezándome a rondar por la cabeza la idea de retorcerle el pescuezo a través de mi ventana. Así es mucho mejor.

Art pasó su mano por la cabeza de Plunqwette suavemente, por su cuello y por las plumas de color jade y rubí, los colores que Molly Faith utilizaba para sus vestidos de baile.

- Cuídate mucho, Plunqwette, vieja amiga. Y tú, papá, cuídate mucho también.

Ebad sonrió y dijo:

- Eres la hija de Molly. No te olvides de eso jamás.

- Venga, hombre. Sólo me olvidé durante seis años.

Art abrazó a toda su tripulación. A Eerie se le escapaban las lágrimas. Y a Dirk, a Walter, a Whuskery, a Peter… El rostro de Honest parecía una ovalada lágrima gigante.

- Bueno, bueno. Parad este lloriqueo o apagaréis el fuego de la chimenea -dijo tristemente Glad Cuthbert intentando subir el ánimo.

- El señor Vooms os explicará cómo apagaréis el fuego. Es una idea espléndida, creedme. Buenas noches, caballeros. Os veré en tiempos mejores. Os veré… en algún valiente paraíso.

Cuando Snouty abrió la puerta, Art salió sin musitar palabra. El carcelero gruñó y a continuación cerró la puerta con llave.

- Bueno, ahora me firmarás el libro, ¿no?

- Así es.

- Bueno, también hay una pareja de landsirs y damas a quienes les encantaría echarte un vistazo. Un minuto cada uno, y son cinco. El tiempo es dinero, mu- chachita. Te encadenaré y todo eso, para hacerlo más real. Eso es lo que ellos esperan, ¿sabes? No deberías decepcionar a tu público, pero bueno, supongo que, siendo actriz, eso lo entenderás.

«Ellos tienen que escapar. Es todo lo que pido. Yo no puedo, pero ellos deben escapar.»

Ahora estaba completamente sola. Había estado durante mucho tiempo sola durante todos esos años en la academia, pero aquella soledad no era comparable a la que ahora sentía.

Pensaba en Felix. No, no, tenía que quitárselo de la cabeza. Así que pensaba en Ebad y en Molly.

Pero luego le venía a la cabeza el soneto de Shakes- pur que Felix había cantado en el barco cafetero, la canción que Molly le cantaba a Art cuando era pequeña.

¿Quizá puede que seas como un día de estío?… en ti más belleza y más templanza… broncos vientos sacuden los capullos de mayo… y es muy breve ese tiempo concedido al verano… Brilla el ojo del cielo con un fuego excesivo… cuando no se ensombrece su semblante dorado.

Dos días y dos noches más. Era curioso. Era todo lo que le quedaba, pero parecían ser los más largos de su vida, ¿o los más cortos?

«¿Estaré asimilando que la muerte se acerca? No -pensaba-. No lo creo. Pero parece que el momento se va acercando.»

En los titulares del Tymes, se leía: «Esta noche, la flamante y célebre tripulación de actores-piratas ha esquivado con astucia las garras de la justicia».

Todo Lundres parecía gritar: «¡Por una chimenea!». Todo Lundres, en concreto los barrios bajos de Lundres, se reía y brindaba por los osados y brillantes piratas, que habían escapado de la cárcel Oldengate, en la República. Cubiertos de hollín, habían logrado salir y correr por diferentes tejados y paredes. Aún no habían conseguido capturar a ninguno de ellos. Héroes. Granujas adorables.

- Pero Pirática todavía está en la cárcel.

- Y era la más astuta e inteligente de todos ellos.

El cielo estaba teñido de un color bermejo. El invierno empezaba a desvanecerse. Pero, ¿qué día era? ¿El primero? ¿El segundo? ¿El tercero?

Ah, era el tercer día.

- Levántate y alégrate -se carcajeó el carcelero, ahora apoyado por unos cuantos guardias armados-. Ha llegado tu gran mañana.

Pero Art ya estaba preparada, con el abrigo puesto, el pelo arreglado y las botas relucientes. No vacilaba. Miró al carcelero y preguntó:

- ¿Has leído lo que te he escrito en el libro?

- Sabes perfectamente que no sé leer -dijo Snou-ty con desdén.

- Entonces, consigue a alguien para que te lo lea.

Unos días más tarde, seguiría su consejo. Y el espacio que lo rodearía resonaría al escuchar sus gritos de furia al oír la descripción que Art había hecho de él, al igual que había hecho cuando se dio cuenta del error que había cometido al dejar a los hombres de Art en una celda con chimenea.

Sin embargo, mientras tanto…

- Qué lástima que haga viento -dijo uno de los guardias mientras le quitaba las cadenas que el carcelero le había dejado puestas, cuando la tripulación se escapó.

- Ahí fuera hay una concentración multitudinaria. La más grande que jamás he visto. Sin duda has debido de oír el escándalo que están montando.

- ¡Por las estrellas! -añadió el otro-. Esto es lo que siempre he deseado ver, un poco de interés por parte del pueblo. Me parece la mar de tierno.

Las campanas repicaban por toda la ciudad y el viento soplaba por todo el río. Pero ya no había ninguna embarcación surcando sus aguas rumbo a la inmensidad del gran océano.