Capítulo I

1. No soy un ángel

Art tenía dieciséis años cuando de repente, un día, se acordó de su madre. Fue gracias a que Art se cayó escaleras abajo y se dio un golpe en la cabeza con la barandilla de madera tallada en forma de águila.

Se sentó ahí mismo, la cabeza no paraba de darle vueltas y de pronto vio que en lo alto de la escalera había un grupito de niñas impertinentes que no paraban de reírse tontamente y de señalarla con el dedo. Sus cabellos excesivamente rizados parecían una corona sobre aquellas cabezas en las que enormes libros intentaban hacer los más ridículos equilibrios. Fue entonces cuando Art pensó: «¿Quiénes son ésas?». Y después…

Y después le vino a la cabeza la imagen de una mujer fuerte y esbelta, no muy alta, aunque lo parecía porque tenía unas piernas larguísimas perfectamente perfiladas por los pantalones y las botas que llevaba. Tenía el pelo color bermejo recogido hacia atrás y los ojos del color de la esmeralda. Esa mujer era Molly Faith. Era su madre. Durante seis años, Art jamás había pensado en ella, jamás había podido recordar a su inolvidable y maravillosa madre, quien en otro tiempo había capitaneado una tripulación pirata en alta mar.

Art, quien tan sólo diez minutos antes era conocida, y ella misma se conocía, como la señorita Artemesia Fitz-Willoughby Weatherhouse, sacudió la cabeza y se despejó, como también lo hizo su memoria.

Se levantó y dijo en voz alta:

- El cañón estalló. El cañón de Molly al que ella llamaba «Duquesa». Ese fue el impacto que recibí, y el motivo de mi cicatriz.

Art se puso una mano en la cabeza, sobre su cabello cuidadosamente arreglado. Sabía de sobra que su pelo se veía de color castaño oscuro, pero, cuando corría, en el lado derecho se le asomaba un mechón anaranjado, como el pelaje de un zorro feroz, que ella siempre maquillaba para intentar disimular, como si tuviera que avergonzarse de ello.

Aquella cicatriz y el mechón color naranja la causó Duquesa, o quizá otro cañón que estalló antes, cuando Art tenía ¿cuántos años? ¿Dos? ¿Tres?

- ¿Estás bien, Artemesia? -susurró una de las insolentes jovencitas, esperando más bien que realmente no lo estuviera.

El hecho de que alguien se hiciera daño siempre resultaba interesante en un sitio tan aburrido como ése. Art pensó: «¿Lo estoy?», y se dijo a sí misma: «Sí, estoy bien». Entonces corrió escaleras arriba, de tres en tres, tan rápidamente que ni siquiera se dio cuenta de que se había rasgado la falda larga que llevaba puesta.

Las jovencitas de cabello rizado se habían caído varias veces por la escalera antes que ella, y muchos de sus libros habían resbalado y caído al suelo formando un enorme estruendo.

Todas ellas habían estado practicando Conducta Femenina, incluso Art. Conducta Femenina consistía en andar con la espalda y el cuello completamente rectos, ya que si no lo hacías de esa forma, el libro que llevabas sobre la cabeza se caía al suelo. Y el libro que llevaba Art sobre la cabeza se había caído, pues Art había perdido el equilibrio.

Lo curioso era que, a pesar de que apenas podía recordar quiénes eran esas personas y esa mansión donde vivían, de paredes color pastel y de suelos resplandecientes (la Academia de Angeles para Jóvenes Señoritas en Rowhampton, cerca de Lundres), de repente todo era menos real que el pasado que había olvidado y que ahora le traqueteaba en la cabeza como un vagón de tren fuera de control.

- ¡Cuidado! -gritó alguien-. ¡Ya viene la Detestable Eeble!

¿La Detestable Eeble? ¿Quién era? Ah, sí. La señorita Eeble era una de las profesoras de la academia. El tipo de profesora que nunca aprendió nada por sí misma, ni enseñó nada a los demás, excepto el sarcasmo o el miedo.

Ahí venía, justo acababa de doblar la esquina del pasillo y llevaba puesto un vestido liso como un mantel. Su cara de culo denotaba la satisfacción que le producía enfadarse. Le encantaba pillarte en alguna travesura.

- Por el amor de dios, ¿qué es todo este barullo?

- ¡Artemesia se ha caído por la escalera!

Entonces, la Detestable Eeble echó una mirada feroz, primero a la que la había informado de lo sucedido y después a Art. Art pensó: «¿Conozco a esta mujer?».

- No hay razón alguna para que te caigas por la escalera. Eres una señorita perteneciente a una familia de alta alcurnia. Deberías ser elegante, cortés y femenina todo el tiempo, un ornamento para tu género femenino. Una dama como dios manda jamás se cae.

Art miró fijamente a la señorita Eeble y a continuación se irguió con su ridículo vestido, volvió la cabeza y apoyó su mano izquierda sobre la empuñadura de un imaginario alfanje que en otro tiempo, seis años atrás, pendía de su cadera izquierda. Tan sólo era un pequeño sable, pero es que entonces tan sólo tenía diez años. Sin embargo, Art podía recordar cómo se le amoldaba y lo bien que le sentaba. A diferencia del libro que tenía que llevar sobre la cabeza, con el alfanje lograba el perfecto equilibrio.

- Señora -dijo Art con arrogancia a la señorita Eeble, que estaba completamente desconcertada-, ¿qué son todas estas chorradas que está soltando como una descosida?

Eeble se quedó boquiabierta y después volvió a su actitud habitual. Tan sólo dijo una frase, tan inflexible como siempre:

- Artemesia, creo que tienes que ser debidamente castigada por tu falta de respeto.

Art sonrió y dijo:

- ¿Sabe qué le digo? ¡Que se vaya a freír espárragos, señora!

Las jovencitas gritaban y los libros caían al suelo como hojas de otoño haciendo un ruido ensordecedor, ¡bang!, ¡pum!, ¡pam! Mientras, abajo, en la escalera, Art brincaba de un lado a otro. Como un remolino, empezó a dar vueltas por el descansillo de la escalera. En su cabeza retumbaba el estallar de los cañones, se encaramaba por todo tipo de jarcias, sentía el crujir de la madera, percibía la voz de su madre, Molly. Antes de que sus ojos flotaran sobre las doradas costas de Amer Rica, Persis y Zanzibari, los delfines saltaban como balas plateadas disparadas de las azules bocas de las olas.

- ¡Su padre tiene que venir a por ella! -gritó la señorita Eeble-. ¡Se ha vuelto loca!

- Cuerda -recalcó Art-, me he vuelto cuerda.

Entonces, Art hizo una reverencia a la barandilla en forma de águila, pues ésta la había liberado de todo eso y le había devuelto su pasado.

Esa noche era Nochebuena y la oscuridad se había abatido sobre la ciudad junto con la nieve.

Por todo el paisaje, una blancura sombría resplandecía desde la tierra hasta la sombra blanquecina del cielo.

Inglaterra era entonces una república. Más de veinte años atrás, todo el país se rebeló contra la monarquía y ésta se vio obligada a abdicar. Aquéllos fueron días de caos y violencia en los que las personas se sentían libres y poderosas y tenían el mando de sus propias vidas. Más tarde, las cosas se calmaron y, a pesar de que el orden ya había vuelto, la realeza y los títulos reales no regresaron jamás. Hoy en día, aunque a una mujer se la pueda llamar «dama», si es que ésta pertenece a una familia de clase alta, ya nadie obtendrá el título de «lord» ni será llamado «rey» o «reina». Aunque el padre de Art, George Fitz-Willoughby Weatherhouse, en ese entonces era propietario de muchas tierras, se le llamaba «landsir».

Landsir G.F.W. Weatherhouse recorría a toda prisa el invernal y nevado paisaje montado en su carruaje. Cuando al fin llegó a las puertas de la Academia de Angeles, un hombre se apresuró a abrirlas. Con la nieve, el portero parecía un fantasma. A decir verdad, aquélla parecía una noche de fantasmas y Weatherhouse frunció el ceño nada más verlo.

Su finca, el parque de Richman, estaba a poco más de dos kilómetros de la escuela, así que la carta que le habían escrito desde la Academia le había llegado esa misma tarde.

Art se había vuelto loca, eso es lo que decían. Weatherhouse pensó: «Igual que su maldita madre».

La Academia de Ángeles se encontraba en la ladera de un bosque, no muy lejos de Rowhampton y Arrow- hampton. Un poco más allá, se expandía el parque Wimblays, que bandidos y ladrones solían frecuentar (diez por cada kilómetro cuadrado, según el Lundon Tymes, periódico nacional), y especialmente el inquietante caballero Jack Cuckoo. El carruaje del señor Weatherhouse, y le encantaba presumir de ello, no tenía por qué cruzar ni tan siquiera las zonas periféricas de ese parque.

El carruaje producía un enorme estruendo detrás de los resoplidos de los caballos mientras ascendía por la avenida adornada de tilos que habían quedado desnudos al caer las últimas hojas de otoño.

Desde la calle, se apreciaba el tenue amarillo de las luces que alumbraban la mansión. Cuando el carruaje se detuvo, Weatherhouse se apeó y mostró su refinamiento y exquisitez con su abrigo bordado con hilo dorado, su chaleco con botones de oro, su bastón de puño de plata y su peluca perfectamente empolvada.

Revoloteando como mariposas delicadas, la señorita Detestable Eeble y la señorita Grasienta Grash, la directora de la escuela, lo invitaron a pasar y a recorrer los brillantes pasillos.

- Está ahí dentro.

- Bien, déjeme pasar, señora.

- Oh, señor, usted cree que…

- Cállese y hágase a un lado -le ordenó Landsir Weatherhouse, quien podía llegar a ser de lo más desagradable. Pero las señoras estaban demasiado intranquilas.

- Señor, tememos que sea peligrosa.

- O que incluso esté armada. -O…

- ¡Cállense! ¡Tranquilícense! Y si no pueden, fuera de aquí.

Las señoritas E y G huyeron corriendo. Weatherhouse abrió la puerta bruscamente y entró.

- ¡Por Dios! Pero ¿qué es todo esto?

Art, que estaba recostada junto al fuego, se giró perezosamente para echar un vistazo a ese hombre que iba emperifollado de arriba abajo y al que de lo furioso que estaba incluso le salía humo por las orejas. Ese hombre era su padre.

Art sabía que si, tan sólo un día antes, su padre hubiera irrumpido con igual cólera en esas mismas circunstancias, se hubiera sentido culpable y muy disgustada. Pero ahora no lo estaba en absoluto, incluso sonrió.

- ¿De qué diablos te estás riendo? ¡Mírate! Te he tenido aquí durante seis años, pirata de pacotilla, para convertirte en toda una señorita. Te envié aquí para que mejoraras, no para que empeoraras.

- ¡Oh! ¿Es que acaso estoy peor, señor?

Art estiró las piernas y se retiró del fuego. Llevaba unos calzones de hombre, unas botas de chico, una camiseta blanca y un abrigo de terciopelo mate lleno de remiendos. Ya no tenía el pelo rizado ni recogido, y a través de su melena color marrón avellana recién lavada podía distinguirse ese destello de fuego anaranjado que Weatherhouse había visto por primera vez hacía ya seis años.

- Eres como tu madre.

- Mi mamá fue una muy buena persona.

- No conmigo.

- Entonces, papá, ¿por qué la deseabas tanto?

- ¡Cómo te atreves a hablarme así!

- ¿A quién más podría decírselo? Tú te casaste con ella.

Weatherhouse gruñó. El berrido fue tan fuerte que las frutas y plantas trepadoras de escayola del techo se tambalearon.

Art se encogió de hombros y sacó una manzana de invierno de su bolsillo y se la comió tranquilamente, mientras su padre deambulaba alrededor de la habitación dando enormes pisotones y golpeando las patas de la mesa con su bastón.

- ¿Es que acaso no sabes que tu miserable madre, Molly, fue una de las peores mujeres de este mundo?

- Fue una pirata.

- Si tú lo dices… Una especie de pirata.

A lo que Art contestó:

- Alardeaba de que nunca había matado a una sola persona, tan sólo les quitaba sus riquezas con trucos de habilidad y triquiñuelas. Y eso es verdad.

- Ya habías olvidado todos estos disparates -dijo bruscamente su padre. El milagro, y la recuperación de la memoria de Art obviamente lo era, lo hacía enfurecer aún más.

- El cañón estalló. Ahora lo recuerdo. Después de eso lo olvidé todo, y así he estado durante años. Esta escuela, estas idiotas, esta cárcel. Y hablas de disparates -dijo Art, con una mirada fría como el hielo y dura como el acero-. Esto es lo que ha sido un disparate.

- ¿De dónde has sacado esa ropa tan descarada y fea? -Art soltó una carcajada.

- De dos chicos que trabajan en el establo. Era su traje de domingo, y la chaqueta y la camiseta del portero de la escuela. Les pagué por la ropa, y por el lavado y por el planchado. Les pagué con tu dinero, lo siento, pero ya me lo habías dado.

- Te lo di para que te compraras un vestido nuevo.

- Bueno, pues aquí tienes mi vestido nuevo.

Weatherhouse se apoyó en la repisa de mármol de la chimenea, mirando con ira a su propia hija, quien en esos momentos, por todos los santos, se parecía mucho más a su ex mujer, Molly Faith.

- Si te acuerdas de todo esto, también te acordarás de lo mosquita muerta que era tu madre, ¿verdad?

Art se dio la vuelta. Se giró como un gato cuando ve a otro de su especie que no le gusta demasiado. Weatherhouse, aún con el ceño fruncido, no daba crédito a lo que veía.

- Mi madre, señor, era una Reina de los Mares, una emperatriz de los piratas, con una flota de más de veinte embarcaciones.

- Ese juego… esa mentira…

- Su nombre ha estado dando vueltas alrededor del mundo, señor. No como Molly, no como Faith, no con tu nombre, papá, no con el que tomó cuando se casó contigo. Desde luego que no.

- Era una persona normal y…

Entonces Art se levantó y dos enormes lágrimas se deslizaron desde sus ojos a sus mejillas, aunque eso no le otorgaba un aspecto de debilidad. Aquellas lágrimas eran como dos medallas de plata que sus ojos habían creado fruto de su orgullo.

- Se llamaba Pirática.

- Crece, Pirática -comentó Weatherhouse con sarcasmo, mezquindad y crueldad- está muerta. Tan muerta como el ridículo melodrama en el que estaba metida. Muerta y enterrada, o si lo prefieres, pasto de los peces.

- Lo sé.

- Y en lo que a ti se refiere, Artemesia, aquí se cumplen mis órdenes. Espero que estés cómoda en esta habitación, pues aquí estarás, pequeña, hasta que entres en razón. ¿Una cárcel dijiste? Entonces, te quedarás aquí encerrada sin comida, sin las deliciosas bebidas para señoritas como el té caro, el café, el chocolate o los zumos. Un vaso de agua y punto. Ah, y no eches más madera al fuego.

- Feliz Navidad -dijo Art.

- Ya tuve suficiente con Molly -concluyó su padre-. No dejaré que te pase lo mismo a ti.

Cuando cerró la puerta, Art se inclinó hacia el fuego y murmuró:

- Y ella también tuvo suficiente contigo, señor, y es por eso que te dejó y me llevó con ella cuando tan sólo era un bebé. He perdido seis años de mi vida. Eso para mí también es suficiente.

Atizó el fuego con la vara de metal y luego la sacó, ardiente y con cenizas. A continuación, escribió en letras grandes en la blanquecina pared que estaba junto a la repisa de la chimenea el verdadero nombre de su madre.

2. El rosa, para las chicas

Fuera, algo retumbaba de forma rara en la oscuridad de la noche. Era un ciervo que correteaba por el bosque colina arriba.

Desde la ventana, se podía ver cómo los copos de nieve caían como jirones blancos. En la chimenea, el fuego se iba desvaneciendo poco a poco y ahora en la habitación ya empezaba a refrescar, pero a Art eso no le importaba. En cierta manera, ella sabía que, a pesar de las palabras de su padre, de la inamovible puerta y de las selladas ventanas, iba a conseguir salir de allí. Así que lo mejor era que se acostumbrara al cambio de clima.

De todas maneras, por el momento, lo que había hecho era darle vueltas durante toda la mañana y toda la tarde a aquello que lograba recordar, recuperando del olvido todo cuanto podía. Las imágenes que recordaba eran tan vividas que parecía que estuvieran pintadas en su mente.

Podía ver una a una las diferentes escenas marítimas: días soleados de mar en calma, días en que el reflejo del sol bañaba los mares de un color verde aceituna y otros en que los cielos se teñían de negro y lanzaban astutos relámpagos que destrozaban los mástiles mientras las olas galopaban velozmente. Entonces el barco empezaba a tambalearse bruscamente, de un lado para otro, como si quisiera tirarla por la borda. ¿Acaso Art se había asustado alguna vez? Quizá tan sólo una. Uno de sus recuerdos más vividos era éste: Molly la tenía acurrucada entre sus brazos cuando sólo tenía dos o tres años.

- ¡Mira qué espectáculo! -gritaba Molly-. ¡Mira qué maravilla! -Y después continuaba-: Jamás temas al mar, es el mejor amigo que las personas como nosotras podamos tener. Mejor que cualquier tierra firme, por muy hermosa que parezca. Respeta el mar, eso sí, pero jamás pienses que las acciones del mar son crueles o injustas. Son las personas las que son crueles e injustas. El mar es tal y como lo ves. Y este barco tiene mucha suerte, pues se lleva muy bien con el mar y ambos saben muy bien cómo tratarse el uno al otro.

Fue entonces, en ese preciso instante, cuando una enorme ola color turquesa inundó las cubiertas del barco. De repente, empezaron a izar las velas y la tripulación de Molly empezó a agarrarse y a balancearse como si fuera un grupo de monos por los mástiles. Art y Molly estaban empapadas, y Molly le decía a su hija:

- Y aunque naufraguemos y nos hundamos en las profundidades del mar, tampoco a eso debes temerle, pues aquellos a los que el mar retiene consigo duermen entre sirenas y perlas en reinos sumergidos. No te importaría, ¿verdad, cielo?

Pero el barco que supuestamente tenía suerte… Aún no, aún no es hora de pensar en eso.

En lugar de pensar en eso, Art recordaba los fascinantes continentes y las apacibles excursiones en tierra firme. También lograba recordar blancas casas con grandes columnas a las que eran invitadas por el gobernador de ese o aquel lugar, quien intentaba complacerlas por las riquezas que los piratas le habían traído y les invitaba, tanto a Molly como a su tripulación, a una cena o a un baile en su honor. Art solía sentarse en un sillón de terciopelo mientras contemplaba a su madre, que en esas fiestas lucía elegantes brazaletes y abalorios y vestidos de color escarlata o verde turquesa, dando vueltas por la pista de baile con esos gobernadores o con otros hombres de su misma calaña. Los manjares que servían allí eran exquisitos, los helados deliciosos e incluso el centelleo del champán recién servido parecía una llovizna de diamantes. Mientras, en las terrazas cubiertas de palmeras y de estrellas relucientes, la elegante tripulación de Molly se dedicaba a robar besos a las más prestigiosas damas. Todo el mundo quería a esos piratas. Todavía podía recordar las calurosas bienvenidas acompañadas de aplausos y ovaciones que recibían allá donde desembarcasen y, cómo no, los cofres en cubierta desbordantes de joyas, monedas, rubíes, esmeraldas y oro.

Ahora era el momento de pensar en las batallas que libraron en alta mar. Bueno, de hecho, también habían sido bastante provechosas, pues luchaban contra embarcaciones de gobiernos de países en los que no eran bien recibidos, o más a menudo, contra piratas rivales que perseguían a la famosa embarcación de Molly

Su navio se llamaba la Inoportuna Forastera, y era como un pequeño, astuto y escurridizo galgo, a pesar de sus altísimos mástiles. El tipo de embarcación era como un enorme barco de vela, parecido a una carabela, una embarcación mercantil que necesitaba de grandes velas para transportar el cargamento lo más rápido posible. Pero Molly había robado el navio gracias a uno de sus trucos y éste parecía amarla por ello. Se convirtió en una embarcación con suerte bajo la siniestralidad de su nombre, y, obviamente, al igual que Art, la embarcación disfrutó mucho más siendo pirata.

Oh, ¡cómo olvidar la bandera! Art la recordaba perfectamente. En un principio, era la típica y temida bandera de Jolly Roger, una calavera blanca y unos huesos cruzados sobre un fondo negro. Pero más tarde, Molly, una de de las pocas mujeres que capitaneaba una tripulación pirata, decidió cambiarla. Y vaya si lo hizo, cambió el negro por el rosa intenso. El rosa, para las chicas. Y la calavera y los huesos en vez de blancos, de color negro. Después de esto, toda la tripulación y todo el mundo que navegaba por los Siete Mares empezó a llamar a esta bandera la «Jolly Molly».

Y así, mostrando una bandera con calavera y huesos cruzados sobre un fondo rosa, la Inoportuna Forastera conquistaba puertos extranjeros que la recibían con una oleada de aplausos y flores. En cambio, cuando estaba en alta mar, con embarcaciones enemigas que intentaban acercarse mientras los cañones retumbaban, con balas de cañón y cenizas que dividían el aire y el océano y con nubes de humo como nata sucia, se zambullía en el agua como un pato, se sumergía poco a poco para después escapar volando sana y salva.

Y en sus aventuras, la Inoportuna Forastera atacaba a flotas enteras de buques mercantes, a veces sola y en otras ocasiones acompañada por algunas o todas las embarcaciones de la flota de Molly -unas quince o veinte-. Art podía advertir perfectamente el sonido de las flautas y los silbidos, de los berridos de las trompetas y el estruendo de los tambores que la banda pirata de la Inoportuna tocaba lo más fuerte que podía para asustar a sus presas. Mientras tanto, se podía sentir el retumbar de las pistolas y el ensordecedor sonido de los cañones estallando. Pero sólo disparaban para dejar inutilizada la embarcación a la que atacaban, jamás para hacer daño a la tripulación enemiga. Y si alguna vez alguno de sus enemigos decidía rendirse ante el ataque, Molly trataba a aquellos que había robado muy educadamente, como también lo hacía su tripulación, a quien Molly tenía prohibido comportarse de forma burda o violenta. Art recordaba a Molly inclinándose hacia una jovencita y diciéndole:

- Y este topacio, dime, ¿pertenecía a tu amado padre? Si es así, quédatelo, es todo tuyo.

Pero si, por el contrario, se desencadenaba una batalla, Art recordaba a Molly con elegancia y soltura y con su alfanje brillando como una aguja de plata. Con él, golpeó la espada de un hombre que osó desafiarla, se la quitó de las manos y después le arrancó con su sable todos los botones de los pantalones de forma que se le cayeron hasta los tobillos. Después todo el barco volvía a balancearse, pero esta vez por culpa de las carcajadas de quienes habían presenciado tal espectáculo. Una maliciosa y perversa broma, desde luego.

Un barco con suerte. Con tanta suerte como la de Molly, quien se había ganado el título más preciado de capitán pirata: a prueba de balas. Así era, indestructible y afortunada. Una vida maravillosa.

Y ahora, por fin, Art había logrado llegar a regañadientes al día en que sus vidas dieron un vuelco y dejaron de ser tan maravillosas. El día en que la Inoportuna Forastera se hundió.

Art, a sus dieciséis años, cayó profundamente dormida ante la chimenea fría. Había soñado con ello, había soñado con la escena final, con el desafortunado día, en el que ella tenía tan sólo diez años.

Fue así: Art estaba sentada en la cubierta de la Inoportuna Forastera mientras observaba estupefacta a Molly, con su habilidad de pavonearse y bajando por el mástil central. Art también podía subirse por todos los mástiles del barco y además podía ayudar a clavar clavos y a izar o arriar las velas. Art, como todos y cada uno de sus tripulantes, conocía el barco de arriba abajo y de izquierda a derecha. Era su hogar, era su mundo.

- Alguien nos está persiguiendo -advirtió Hur- kon Beare, a quien de repente, Art podía ver de forma impecable y clara en su sueño. Era el primer oficial de capitán. Hurkon Beare nació en Canadia, cojeaba de una pierna y tenía el cabello canoso a pesar de su juventud (en ese entonces, no mucho mayor que Art ahora). Pero en el sueño, que era el pasado, Art tan sólo tenía diez años y Hurkon parecía bastante maduro. En su hombro había algo posado, algo de colores vivos y llamativos, y también un poco sucio.

Las velas estaban izadas y los mástiles desprendían una blancura jamás vista. La Inoportuna navegaba a toda máquina gracias a un viento favorable.

Pero, en el horizonte, Art ya podía divisar la forma de una segunda embarcación, su perseguidora.

En el sueño, también en el pasado, la apariencia de esa segunda embarcación era vaga, como un agujero humeante que rompía con la armonía de los rayos de sol. «Sus velas, ¿eran también oscuras?»

- Preparad los cañones -ordenó Molly a Hurkon. Molly se acercó a Art y le sonrió. Molly no emanaba temor, y Art tampoco. De hecho, Art se levantó de un salto y corrió hacia el entrepuente para contemplar las cinco bocas de cañón que se balanceaban en sus posiciones y cómo sobresalían de las cañoneras.

Las escotillas de la cubierta estaban abiertas y Art aún podía ver a su madre dando zancadas de un lado para otro, escuchar su voz y la de Hurkon.

Después, Salt Walter, un joven pelirrojo, empezó a empujar a Art detrás de la escalera de forma amistosa y afable.

- Vete con tu madre. -Siempre la trataba como a una niña, a pesar de que él tan sólo era dos años mayor que ella. Pero Art no se lo discutió y obedeció, pues en las batallas nunca hay tiempo que perder.

De nuevo en la cubierta superior, escuchó a Hurkon decirle a Molly:

- Esa embarcación es la Enemiga. ¿Lo ves? No tiene bandera pero cada vela negra lleva dibujada la calavera y los huesos cruzados.

«¿Qué es eso que tiene en el hombro? ¿Una fregona de plumas? Ah no, está vivo, y además, ¡vuela!» Art, con diez años, sabía que eso era un pájaro. Con dieciséis, en sus sueños, aún está perpleja, pero de todos modos obedece. Y a continuación oye a Hurkon decir:

- La Enemiga. Jamás se rinde. Quiere el mapa del tesoro, Molly.

Ciertamente, la Enemiga estaba muy cerca, y ya se sabe el porqué. El barco oscuro navega imperturbable por el océano, con las velas orientadas favorablemente y con un aspecto amenazante. Sus maniobras son nítidas y esmeradas.

Empiezan a tronar las pistolas. Fuego.

Art está sentada a horcajadas en el único cañón superior de cubierta, la Duquesa. Pero ¿por qué? ¿Acaso no debería estar ahí? Quizá había subido hasta allí para lener una mejor vista.

Intentan dar media vuelta para atacar a la Enemiga y así devolverle los cañonazos.

Y después, de todas partes llega no otro cañonazo o estruendo, sino un sonido seco que desemboca en un ilencio sordo y ardiente. Un ardiente silencio y un vano frío.

Entonces Art abrió los ojos.

Entonces Art abrió los ojos y se halló sentada en una silla y aún encerrada en su nueva habitación de la Academia de Ángeles para Señoritas.

No era un cañón, pero otro ciervo estaba revolo- teando en la oscuridad del bosque.

Más tarde, cuando Art tenía diez años, al despertar- so en una cama de sábanas recién lavadas y planchadas tan sumamente arropada que difícilmente podía moverse, alguien le había dicho que su padre la había rescatado.

Art ahora se acordaba del severo Landsir Weatherhouse. A sus diez años fue la primera vez que lo vio, pues desde que era un bebé no había sabido nada de él.

Seis años antes, su padre ya tenía ese terrible aspecto. La miró enfurecido y le dijo:

- Perdónela por los pecados de su madre.

En ese entonces, Art no podía entender cuáles eran esos pecados, pues no se acordaba de ningún pecado ni de nada hasta este preciso instante.

Más tarde, la envió aquí, a la Academia de Ángeles, donde sólo había aprendido que su madre era una mala mujer y que había muerto. Eso era todo.

Hasta hoy, Art no había podido recordar a su madre, Molly.

Algo estaba revoloteando y repicoteando en las selladas ventanas de la habitación de Art. Art miró fijamente mientras cogía la vela, cuya luz cada vez era más tenue. Era de los mismos colores que los vestidos de baile de su madre, escarlata y verde turquesa. ¿Qué era eso? Algún pedazo de tela, o quizá algún juguete. Mientras los copos de nieve seguían cayendo, el desconocido objeto salió disparado hacia el lado contrario y desapareció.

La Duquesa había estallado. La Enemiga había agujereado a cañonazos el barco y éste se había hundido en las profundidades del océano.

La madre de Art ahora yacía, con su barco y con su difunta tripulación, entre sirenas y perlas. Para siempre.

Un ruido alarmante y extraño abarrotó la habitación. Parecía que los ladrillos que aguantaban la repisa de mármol de la chimenea cobraran vida y se movieran.

Art daba vueltas por toda la estancia y estuvo a tiempo de ver algo de color negro que hacía estallar una mancha de hollín y mugre por encima del fuego.

Fue directamente hacia ella. Unas alas se sacudían sin sentido alguno, quitándose el hollín. Empezaron a dejarse entrever pequeñas manchas de colores. Verdes y rojas. -

- ¡Piezas de ocho! -gritó el pájai-o. Era el inconfundible loro de Molly Faith, capitana de la Inoportuna Forastera-. ¡Piezas de troncho!

- Mi madre me sacó de allí -murmuró Art mirando al loro, que agitaba las alas y graznaba-, ahora lo recuerdo. El bote pequeño, me metieron ahí, justo antes de que la Inoportuna se hundiera. Sólo me metieron a mí, sólo a mí.

- ¡Piezas de corcho! -insistió el loro. Después, se dio la vuelta y voló por la chimenea.

Art abrió los ojos por tercera vez, aunque realmente era la primera de verdad, y se encontró sola y sin el loro en la oscura y ya gélida habitación.

Ni un solo sonido, excepto el tictac del reloj de la repisa de mármol. A duras penas se dio cuenta de que fallaba un cuarto de hora para la medianoche, para que empezara el día de Navidad. ¿Acaso había soñado que el loro había descendido volando por la chimenea porque quizá pensó que era Papá Noel? ¿O quizá tan sólo necesitaba algo que le recordara la chimenea?

Ésta conducía directamente al tejado, pasando por las habitaciones de toda la mansión. Seguro que se podía trepar y trepar hasta llegar arriba del todo y luego empezar a bajar. La Academia era una mansión de cuatro plantas, con muchas esculturas y adornos de piedra, que resultarían muy útiles a la hora de trepar. La mugrienta y negra chimenea tenía peldaños dentro, para facilitar el trabajo a los deshollinadores. Para una jovencita que, desde pequeña, había recorrido de arriba abajo todos los mástiles de un barco pirata, esto era una pequeñez.

Art sólo se preguntaba, con lo fácil que le había resultado introducirse en el diminuto espacio de la chimenea, cómo podía ser que no hubiera pensado en eso antes hasta que se le apareció el fantasma de un loro para mostrárselo.

Ahora, en la habitación vacía, el nombre que había escrito con el atizador de la chimenea aguardaba en la pared: Pirática.

3. Charlas en el parque

Pasaban diez minutos de la una de la madrugada cuando Art se acercaba más allá del bosque a las dos grandes avenidas del parque. Fue entonces cuando advirtió un pequeño destello de luz en la distancia. Obviamente, era la casa de su padre, que se encontraba a unos tres kilómetros hacia el este. Si miraba hacia el otro lado, podía contemplar las farolas de luz tenue del pueblo más cercano, Rowhampton. Arrowhampton quedaba detrás de la colina.

Había parado de nevar en el momento en que Art, cubierta de hollín, había trepado por la última tubería de desagüe ornamental de la Academia, para aterrizar después en la helada cabeza de una estatua clásica situada en el jardín. Ya no había más Eebles ni Grashes alrededor suyo, y todas las jovencitas angelicales, sin duda con dolores de cabeza por culpa de las clases de equilibrios con libros sobre sus cabezas, estarían seguramente acostadas en sus respectivas camas.

Parecía sencillo correr rápidamente a través de los campos hasta las vallas cuyas paredes eran más fáciles de trepar. La casa del guarda de seguridad tenía las luces encendidas, o al menos la de una habitación. Él ni tan siquiera se dio cuenta de que Art merodeaba por allí, y minutos más tarde ya estaba trepando por la pared.

Un estrecho sendero se abría paso entre el bosque. Pero en el lugar en que este pequeño camino se desviaba hacia las ciudades de Row y Arrow, Art decidió tomar otra senda. Ésta era mucho más abrupta y pronto la conduciría al parque Wimblays.

Era una noche extraña, muy oscura y sin luna, a pesar del color pálido y a la vez brillante de la nieve depositada en el suelo. Los árboles, sin hoja alguna que les sirviera de manto, parecían estar encarcelados ahí dentro como caballeros de armadura acicalados con enormes pelucas blancas. Los densos matorrales de este tipo de árboles se expandían por todo el parque y, justo después de que viera las luces encendidas de la casa de su padre, Art se detuvo otra vez. Algo descomunal y muy poderoso se acercaba temerosamente a ella abriéndose paso entre los grandes troncos cubiertos de nieve.

De entre los robles y hayas invernales, Art podía ver a una manada de ciervos que se movían como fantasmas. Entonces, un ciervo macho empezó a correr por el mismo sendero en el que ella estaba. Sus astas macizas, como ramas de árboles, parecían estar pintadas de un color opaco sobre la nieve acumulada. Por un instante, a Art le parecieron las blancas jarcias de un barco a medianoche y sus ojos verdes brillaron de una forma extraordinaria.

Art se quedó inmóvil y lo miró fijamente. No tenía miedo. Una señorita como dios manda seguramente hubiera sentido miedo ante tal situación y, por supuesto, hubiera gritado y, probablemente, se hubiera desmayado. Sin embargo, Art dijo sonriendo:

- Buenas noches, señor Ciervo.

La manada de ciervos tenía la respiración cálida, de tal manera que bajo sus narices se formaba una pequeña nebulosa blanca, como el humo de los cañones al estallar, y después dieron media vuelta y se adentraron en las misteriosas sombras pálidas.

«Una buena señal», pensó Art. Un gran obstáculo acababa de desvanecerse de su camino. Molly hubiera dicho que eso era un buen augurio.

Art seguía caminando con la oscuridad de la noche a cuestas. Hubo un momento en que logró escuchar las lejanas campanas de los pueblos más cercanos que anunciaban las dos. Ese sonido también tenía algo de misterioso, atravesando por completo la inmensidad de la nieve.

El objetivo de Art era encontrar la carretera que conducía hacia Lundres. Incluso en Navidad, un carruaje recorría esa vía a primeras horas de la mañana, un carruaje rápido que siempre intentaba llegar a la ciudad antes del mediodía. Si podía, iba a intentar cogerlo en la parada del pueblo de Haré Bridge, donde el carruaje estaría parado un cuarto de hora más o menos. Tenía suficiente dinero en su bolsillo para pagar el billete. Pero ¿y en Lundres? Su memoria, que de repente había vuelto por completo, había colocado en su mente como una especie de cartel en el que se podía leer: La Taberna del Café. Sabía que allí podría encontrar algo de información, que al fin y al cabo quería decir encontrar algo de información sobre la tripulación de Molly que logró sobrevivir.

No recordaba absolutamente nada de la taberna, pero ahora y más que nunca confiaba en su instinto l iegamente, pues éste la había liberado de su cautiverio.

La densidad de árboles que cubría el valle parecía un tupido manto tejido en forma de abrigo. De repente, una luna delgada y enfurruñada apareció en el este. Art intentó orientarse por la posición del astro y después volvió a escuchar las campanas de otro pueblo, que esta vez anunciaban las cinco de la madrugada. Amanecería sobre las siete y media de la mañana.

El bosque volvió a rodearla una vez más, pero no por mucho tiempo, pues Art buscó detenidamente y al fin encontró entre sus columnas de árboles la carretera que conducía a Lundres. Era indiscutible e inequívocamente ésa, no podía estar equivocada incluso a pesar de la nieve que la cubría. Pero, para su sorpresa, Art enseguida vio unas pezuñas y las ruedas de un enorme vehículo con seis caballos. El carruaje Inicia Lundres llegaba más temprano de lo normal, y Hare Bridge estaba, al menos, a más de un kilómetro y medio de allí. Art empezó a correr como una condenada.

De repente, escuchó un confuso sonido tan claramente como había escuchado las campanas de las iglesias marcando las horas, y si hubiera llegado antes podría haber visto qué era lo que lo causaba.

Inmiscuyéndose con mucho más cuidado y sigilosamente entre los árboles y arbustos, Art llegó a un alto montículo donde una pequeña cabaña deshabitada le sirvió para esconderse. La escena continuó en la carretera, justo abajo.

El carruaje estaba ahí. Al principio pensó que se trataba de un accidente y que por ello estaba parado y los caballos apiñados. Unos cuantos pasajeros con abrigos de pieles y elegantes capas se habían apeado del vehículo y se habían arremolinado a su alrededor. Un pequeño perro amarillo no paraba de ladrar. El conductor del carruaje y su copiloto no cesaban de discutir a gritos y en algún lugar una mujer, una verdadera señorita de los pies a la cabeza, dejó escapar el chillido perfecto para la ocasión.

Sólo entonces Art vio qué era lo que realmente ocurría.

Entre el conductor del carruaje y la muchedumbre se encontraba un hombre montado en un caballo de color negro oxidado. Él también tenía la piel de ese color, y llevaba un sombrero de tres picos que se unía a una media máscara de color negro, sólo dejando entrever la parte inferior de su rostro, que estaba entrecubierta por una tela color malva que seguramente sería un pañuelo. En su mano derecha tenía una pistola que agitaba con impaciencia y que brillaba ante las luces del carruaje.

- ¡Os he dicho que os estéis quietos y me lo entreguéis! -gritó con voz ronca-. ¿Acaso no habláis mi idioma? Significa que no os mováis y me deis vuestras cosas. ¡Sabandijas! Daos prisa o moriré de frío aquí fuera malgastando mi tiempo con todos vosotros.

Un ladrón.

Acostumbrada a los piratas de Molly, Art pensó: «No tiene ni gota de estilo».

El conductor del carruaje volvió a gritar y a lanzar amenazas contra el bandido. Éste respondió apuntando su pistola hacia el cielo y disparando. Una rama se desplomó y salpicó a todos con la nieve que acarreaba, incluyendo al ladrón, pero él tan sólo sacudió la cabeza irritado.

- Jack Cuckoo, ése soy yo -dijo con voz áspera-. Soy peligroso, realmente peligroso, así que entregadme vuestros objetos de valor y nos iremos todos rápidamente de aquí.

La mujer volvió a gritar, pero nadie pareció darse cuenta. El perro continuaba ladrando y el conductor y el copiloto no paraban de sudar. Molesto a pesar de su aguante, el caballero Jack Cuckoo, si ése era su verdadero nombre, volvió a disparar por segunda vez al cielo.

Entonces, los caballos, que hasta ese instante habían permanecido apiñados, empezaron a asustarse, o quizá también perdieron la paciencia. Y en una ráfaga de nieve, el desocupado carruaje comenzó a tambalearse y a deslizarse detrás de los caballos, que iniciaron una veloz carrera en dirección a Hare Bridge.

En ese instante, el conductor del carruaje gritó:

- ¡Mi carruaje! ¡Mi carruaje! -Se giró y empezó a correr tras él, seguido de su compañero, del impaciente perro amarillo, de la mujer gritona y de la mayoría de los demás pasajeros.

Tan sólo una figura masculina permanecía abandonada sobre el manto de nieve, de pie y mirando a Jack Cuckoo, quien intentaba retomar su posición y recargar sus pistolas para después empezar a disparar por todo el suelo.

- Pues hala, largaos, ¿por qué no? ¡Sabandijas! -dijo Jack con voz deprimida.

Art apenas podía distinguir al último pasajero, quien se agachó y recogió algunas de las balas que Jack Cuckoo había disparado, devolviéndoselas con buenos modales.

- Gracias. Chupasangres sin escrúpulos, ¡menuda educación! Ahora, dame ese anillo que llevas.

El último pasajero, bajo su sombrero, tenía el pelo de un color increíblemente brillante, de una blancura que ni tan sólo los polvos de talco hubieran conseguido, casi incluso como la misma nieve. Art pensó que se trataba de un anciano, pero luego, cuando lo escuchó hablar, se dio cuenta de que su voz sonaba joven, como la de un muchacho de dieciocho años. Su voz era muy educada y a la vez musical.

- La verdad es que este anillo no vale mucho, ¿sabe?

- ¿No es un rubí?

- Me temo que no. Es un simple cristal. Soy un artista de poca monta.

- ¿Cristal? A ver, continúe. -Jack Cuckoo se inclinó peligrosamente desde su viejo caballo y echó un vistazo al anillo del pasajero-. Bueno, a ver, ¿qué más tiene?

- De hecho, tan sólo la ropa que llevo encima. Y créame que tampoco vale mucho.

- Venga, un caballero como usted…

- Bueno, no es exactamente así. Soy más pobre que una rata.

- Lo habría podido hacer muchísimo mejor - observó el caballero Jack Cuckoo-, si mi muñequita hubiera estado conmigo. Doll Muslin, ¿la conoce? Ella sabe muy bien cómo robar un carruaje y sacarle algo que valga la pena. Pero es Navidad -dijo Jack Cuckoo con aire triste-, y dijo que cocinaría algo para cenar. Sabe de sobras que a mí me encanta hacer ese tipo de cosas, pero no, es Jack el que tiene que salir fuera y robar al dichoso carruaje que va a Lundres. Ya verás qué nochecita de Navidad me espera, se me va a echar encima cuando me vea.

- Tome, es mi última moneda.

- No, no. Guárdesela, yo mejor sigo mi camino.

- Quizá debería intentar trabajar en algo diferente, Jack.

- ¿Como qué? Como pasar hambre, supongo.

La nieve empezaba a caer otra vez mientras el bandido se subía a su caballo. Sus siluetas se desvanecían en la oscuridad de la carretera mientras se dirigían al pequeño montículo. De repente, el caballo y el jinete se tambalearon y segundos después se cayeron, el ladrón tenía los ojos rojos y no paraba de gruñir. Les faltó muy poco para golpear a Art mientras ésta corría en su dirección. De improviso algo cayó y chocó contra los pies de Art como si fuera un regalo del cielo. Pensó que sería un ladrillo que se había desprendido del tejado de la casita donde había estado refugiada. Pero no lo era.

El segundo buen augurio.

Art se dio la vuelta y miró con atención y con dureza a la única figura que quedaba en la carretera.

Le gustaba la ropa que llevaba y excepto por un pequeño detalle no eran todas de color negro y con hollín.

De un salto brincó de la caseta donde estaba y aterrizó, con ambos pies, como si fuera un gato ágil y habilidoso, a unos dos pasos detrás de él.

De repente, el joven se dio la vuelta bruscamente hacia ella y la miró fijamente, con unos ojos como platos.

Art lo inspeccionó con la mirada. Tenía el rostro más bello que jamás había contemplado, incluso más que el de los galantes piratas de su madre. Además, su aspecto resultaba de lo más atractivo. Art no daba crédito a lo que estaba viendo. Y su pelo largo sí era real, tampoco estaba empolvado, era blanco como el mismo hielo.

- Hola -le dijo Art-, ¡en guardia!

- ¡Oh! -contestó el joven, carraspeó y continuó-. Así que tú eres el famoso bandido.

- Ése soy yo -dijo Art. Y con un impecable movimiento rápido de muñeca, sacó la pistola que Jack Cuckoo había dejado caer con torpeza y sin darse cuenta a sus pies. Tenía la cabeza ladeada y colocada perfectamente para poder ver con claridad el encantador rostro del joven. Él era unos cinco centímetros más alto que ella, pero por otra parte tan sólo era un poco más grande en lo que a envergadura se refiere.

Tenía unos ojos azules intensos y, mirándola fijamente, parecía que creyera que ella era un muchacho, o como él, un jovencito. El hecho de que Art llevara el rostro cubierto de hollín hacía que fuera muy fácil pensar que era el enmascarado Jack Cuckoo.

- Bien, le cogeré -empezó Art- su abrigo y su capa.

- Debe estar de broma.

- ¡Quíteselos!

- ¿Con este tiempo?

- ¿Quiere que le dispare? -le preguntó Art cor- tésmente-. Ahórrenos tiempo a los dos.

- No, por favor. Si lo hiciera, probablemente agujerearía el abrigo.

- Entonces, lo mejor será que se lo quite. A cambio le daré el mío. No se congelará, pues yo no lo he hecho. l,o llevaré a una caseta que hay ahí arriba, cómoda y agradable. También aceptaré su sombrero.

- Vil traidor -dijo el pasajero en voz baja, quitándose la capa y el abrigo y entregándoselos a ella.

Sus manos eran finas y delicadas, a pesar de que las uñas las tenía de un color sucio, pintadas quizá, pues había mencionado antes que era artista. Art se dio cuenta de que la camiseta que llevaba parecía desgastada, pero se notaba que era de buena calidad y que tiempo atrás habría costado una fortuna.

Art extendió la mano y rozó el anillo que el joven llevaba puesto.

- Y esto, también me lo llevo.

- Pero no es…

- Sí que lo es. He visto suficientes piedras preciosas para saber cuándo un rubí es verdadero a simple vista.

Art se quitó el abrigo lleno de hollín que llevaba puesto y se lo tiró al chico mientras se vestía con las prendas ajenas que aún estaban calientes, pues el joven acababa de desprenderse de ellas y ahora parecía estar congelado. Pero tampoco estaba demasiado preocupada por él, pues cuando el chico escapara de la pequeña caseta encontraría sin problemas el pueblo de Hare Bridge, que quedaba muy cerca de allí.

- Era -dijo el pasajero- el anillo de mi padre.

- Ya, de su padre. ¿Acaso eso importa?

- Sí -dijo el pasajero cabizbajo-, sí que importa.

- Entonces, quédese con el anillo.

El paseo hasta el montículo donde se encontraba el pequeño refugio fue realmente muy pesado. Mientras ascendían por el valle nevado, él se comportaba como un absoluto zoquete recogiendo hongos y diversas plantas, cosa qLte llevó a Art a pensar que quizá estaba intentando embaucarla con alguno de sus trucos. Ella lo apuntó con la pistola directamente a su cabeza, ahora sin el sombrero, recubierta por todo ese cabello maravilloso, y él le lanzó una soberbia mirada de dolor.

Finalmente, lograron llegar al refugio. Art abrió la puerta de una patada y lo empujó hacia adentro.

Realmente era un lugar deprimente y además sin fuego, lo que le hacía parecer mucho más sombrío y a la vez siniestro. Pobre chico.

- Se quedará aquí hasta que las campanas de las iglesias anuncien las siete en punto. ¿Lo ha entendido?

- Me quedaré aquí dentro, tiene mi palabra de honor.

- Se lo voy a decir así de claro: si me sigue, o sigue al carruaje, le dispararé a muerte. Tan sólo necesitaré una bala, y créame, jamás fallo, señor.

- Me lo imagino. Pero ¿qué explicación les daría a las personas que lo vieran asesinarme tan alegremente?

- Simplemente les diría que usted era un cómplice del caballero Jack Ctickoo. Después de todo, usted era el único que se quedó con él cuando el resto de los pasajeros huyó corriendo.

- Fue por educación. Él no tenía la intención de hacer daño a nadie, era obvio, y además parecía fastidiarle hacer eso.

- ¿Quién piensa usted que creería que se quedó por eso?

- ¿Usted?

- Me da lástima -le dijo Art. Después cerró la puerta a su prisionero y por si acaso la bloqueó con la nieve que había posada en la rama rota de un árbol.

Fuera de la caseta, la joven se limpió el rostro que aún tenía cubierto de hollín y de repente le pareció escuchar al hombre a quien había robado canturrear. Éste continuó cantando, y Art empezó a pensar que realmente tenía una voz muy melódica. Entonces, de repente, a Art le dio un salto el corazón: ella conocía esa canción, aunque no sabía de qué. Pero ahora no tenía tiempo para pensar en eso, así que se echó a correr por la carretera confiando en que alguien habría detenido a los caballos y al conductor y que, después de todos los alborotos, el carruaje aún no habría partido camino a Lundres.

Por supuesto, ella jamás le hubiera disparado.

El tañer de las campanas en la mañana de Navidad despertó al joven Felix Phoenix. Abrió sus maravillosos ojos azules y miró a su alrededor, un tanto sorprendido de encontrarse en una caseta medio en ruinas al lado de las cenizas de un fuego que, sin éxito, había intentado encender en la chimenea.

Alguna criatura extraña había estado brincando justo detrás suyo esa noche, algo como una cría de leopardo, que tenía una mirada como de acero. Eso era lo que le había encerrado ahí dentro.

De todas maneras, había prometido no escaparse del refugio hasta que fueran las siete, y ahora, según las campanas, ya eran las ocho de la mañana.

- Feliz Navidad, Felix -se dijo a sí mismo afligido, deslizando una mano por su cabello blanco como la nieve.

Intentó abrir la puerta con una patada después de haberlo probado en varias ocasiones de la forma usual, con la mano.

Afortunadamente, el abrigo lleno de hollín que la criatura le había dado a cambio de sus pertenencias había resultado ser bastante caliente. Una vez en el exterior, empezó a correr enérgicamente hasta alcanzar el pueblo sin demasiados esfuerzos. El sol brillaba con fuerza y el cielo estaba completamente azul.

Justo a las afueras de Hare Bridge, Felix se encontró con una muchedumbre de gente rodeada de maletas en la parada donde supuestamente debía llegar el carruaje, a pesar de que allí no había carruaje alguno. Sin duda, ya hacía tiempo que había partido, con el leopardo en su interior y con su capa, su abrigo y su sombrero.

La gente, al ver a Felix, se dio la vuelta y lo miró detenidamente. Tan sólo había silencio. De repente, gritos, palabrotas e insultos empezaron a emerger del gentío. Los fornidos granjeros empezaron a rodearle.

- Hola -dijo Felix.

- ¡Es él! ¡Es el caballero Jack Cuckoo!

Un cúmulo de acusaciones empezaron a revolotear a su alrededor, como cuervos volando a baja altura.

- No, de hecho creo que… -intentó decir razonablemente Felix.

- O quizá sea su cómplice, su maldito cómplice -dijo entre dientes una mujer corpulenta y con delantal-. Es peor que el mismísimo Jack.

- Este…

- … se come a mordiscos las narices…

- … se come las ruedas de los carruajes…

- ¡Un demonio!

El leopardo le había mentido, pensó Felix.

A continuación, se protegió la cabeza con los brazos, se abrió paso a empujones entre la muchedumbre y salió corriendo por la carretera. Un primer patinazo por el hielo que había en el suelo le deslizó bastante lejos, pero en cuanto se enderezó pudo comprobar que esa gente ya había iniciado su caza. Entonces, salió de la carretera que conducía a Lundres y se adentró en el bosque, injustamente acusado y perseguido por todos los huéspedes de Hare Bridge, que no cesaban de abuchearlo.