Capítulo XV
El anciano estaba ciego, totalmente ciego. Yo contemplaba sus ojos con asombro, pues eran raros. Durante un tiempo no pude descubrir qué era lo que me hacía pensar que eran tan extraños, pero luego me enteré de cómo se había quedado ciego.
En el Tíbet los ermitaños viven encerrados en celdas situadas a gran profundidad dentro de la ermita. Esas celdas están completamente a oscuras y si un hombre quiere salir de ellas, si cree que debe terminar el retiro que se ha impuesto, necesita mucho tiempo para poder hacerlo. Primeramente hacen en el techo un agujero muy pequeño, de modo que pueda entrar por él un minúsculo rayito de luz. Al cabo de varios días se agranda el agujero, para que alrededor de un mes después el hombre que está adentro pueda volver a ver, porque durante su encierro las pupilas de los ojos se abren plenamente y si la luz entrase súbitamente el hombre quedaría ciego al instante. Aquel anciano se hallaba en una celda un lado de la cual fue golpeado por una roca que al caer la derribó. En un momento dado el ermitaño estaba sentado en la celda en la que llevaba encerrado unos veinte años, y un momento después se oyó un terrible estrépito, la pared lateral de la ermita se derrumbó y el anciano quedó mirando directamente al sol ardiente. Instantáneamente quedó ciego.
Escuché lo que el anciano le decía a mi guía:
—De acuerdo con la costumbre le suministramos la comida el primer día, y el segundo día, y el tercer día, pero la comida quedaba intacta, y como nuestro hermano no respondía, creímos que su alma había volado de su cuerpo vacío.
Mi guía tomó al anciano por el brazo y le dijo:
—No te preocupes, hermano, pues nos ocuparemos del asunto. ¿Podéis conducirnos a la celda?
Los otros se volvieron y nos condujeron a la ermita y a su pequeño patio. A la izquierda había una serie de pequeñas celdas, cinco según observé, muy desnudas, muy desprovistas de comodidades, pues eran más bien cuevas abiertas en la ladera rocosa de la montaña. No había mesas, ni bancos, ni nada; sólo un piso de piedra en el que el monje podía sentarse o acostarse para dormir. Pasamos por delante de ellas y entramos en una habitación grande y oscura, una habitación asentada precariamente en una saliente rocosa de la ladera de la montaña. Me pareció que se hallaba en posición muy poco segura, pero al parecer se mantenía así desde hacía doscientos años.
En el centro de esta gran habitación sombría había otra. A medida que nos acercábamos a ella la oscuridad aumentaba. Llevaron lámparas de manteca y entramos en un pequeño corredor oscuro como boca de lobo y a los pocos pasos dimos con una pared. Las lámparas de manteca arrojaban una luz muy débil que parecía acentuar la oscuridad. Mi guía tomó una de ellas y la sostuvo a la altura del pecho y entonces vi a un escotillón herméticamente cerrado. Mi guía lo abrió y tanteó en lo que parecía un armario. Golpeó fuertemente en la parte interior del armario y escuchó atentamente.
Luego introdujo su lámpara y vi lo que parecía una caja incrustada en la pared. Mi guía dijo:
—Ésta es una caja, Lobsang, con dos puertas: ésta y otra interior. El ocupante de la celda espera durante cierto tiempo, luego abre su puerta y saca a tientas de la caja la comida y el agua que han dejado para él. Nunca ve la luz, nunca habla con nadie, cumple en realidad un voto de silencio. Ahora tenemos el problema de que no ha tocado el alimento durante varios días y no sabemos si está vivo o muerto.
Contempló la abertura y luego me miró a mí. Volvió a mirar la abertura y la midió con la mano y el brazo, y luego me midió a mí, después de lo cual dijo:
—Me parece que si te quitas la túnica puedes pasar por esta abertura y abrir por la fuerza la puerta del otro lado, y así podrás ver si el monje necesita atención.
—¡Oh, maestro! —exclamé muy asustado—. ¿Qué pasará si entro ahí y luego no puedo salir?
Mi guía reflexionó durante unos instantes y luego contestó:
—Primeramente te levantarás de modo que tengas un apoyo. Luego, con una piedra, puedes golpear la puerta interior. Cuando la hayas abierto te deslizaremos adentro y podrás llevar una lámpara en las manos extendidas. Será lo bastante brillante para que puedas ver si el hombre necesita ayuda.
Mi guía pasó a la otra habitación y tomó tres lámparas de manteca, quitó las mechas a dos de ellas y las entrelazó con la de la tercera, que llenó cuidadosamente con manteca. Entretanto uno de los monjes había salido fuera de la ermita y volvió con una piedra de buen tamaño. Me la entregó y yo la sopesé para ver si podía manejarla.
—Maestro, ¿por qué no puede el monje responder a una pregunta? —indagué.
—Porque ha hecho voto de no hablar durante cierto tiempo —fue la respuesta.
Me quité de mala gana la túnica y me quedé temblando en el frío aire de la montaña. En el Chakpori hacía bastante frío, pero allí hacía más todavía y el frío era cortante. Conservé las sandalias porque el piso era como un témpano.
Entretanto un monje había tomado la piedra y asestado un fuerte golpe a la puerta interior, que se abrió con un gran estrépito, pero los otros, aunque se esforzaban por hacerlo, no podían ver la celda interior. Sus cabezas eran demasiado grandes y sus hombros demasiado anchos. En consecuencia mi guía me colocó horizontalmente y yo extendí las manos como si fuera a zambullirme y uno de los monjes encendió las tres mechas de la lámpara y me la puso cuidadosamente en las manos. Me deslicé hacia adelante. Encontré que el armario o pasaje era muy áspero, pero con muchos rezongos y exclamaciones conseguí llegar a la entrada parecida a una caja y retorciéndome y avanzando a sacudidas por fin logré introducir los brazos y la cabeza en la celda interior. Inmediatamente sentí un hedor nauseabundo. Era completamente fétido, el olor de carne putrefacta, de cosas echadas a perder. Era un hedor parecido al que exhala un yak o un caballo muertos conservados durante demasiado tiempo. El olor me provocaba náuseas, pero conseguí dominarme lo bastante para sostener la luz en alto y a los destellos fluctuantes que reflejaban las paredes de piedra pude ver al viejo monje. Sus ojos brillaban y me miraban fijamente y el susto me hizo dar tal salto que me desollé gran parte de la piel de los hombros. Volví a mirarle y me di cuenta de que sus ojos brillaban a causa de la luz que se reflejaba en ellos, pero no parpadeaban, no se movían. Sacudí los pies para indicar que deseaba que me sacaran apresuradamente. Me sacaron con suavidad, pero sentía náuseas, fuertes náuseas.
—No podemos dejarlo ahí —dijo mi guía—. Tendremos que derribar la pared y sacarlo.
Terminaron mis náuseas y me puse la túnica. Los otros tomaron unas herramientas que consistían en un martillo pesado y dos barras de hierro con los extremos aplanados. Aplicaron las barras de hierro a unos nichos que había en una parte alejada de la pared y martillaron. Poco a poco fue cayendo un bloque y luego otro y otro. El hedor era terrible. Por fin la abertura fue lo bastante grande para que entrara un hombre y uno de los monjes entró con dos lámparas de manteca. Volvió en seguida con el rostro desencajado y presa de las náuseas, lo que no dejó de alegrarme.
—Tendremos que atarlo con una cuerda y sacarlo arrastrándolo —dijo ese monje—, pues se despedaza.
Un monje salió silenciosamente de la habitación y volvió poco después con una cuerda larga. Entró por el agujero abierto en la pared (donde había originalmente una puerta que había sido tapiada) y le oímos moverse y luego volvió.
—Ya está —dijo—. Pueden tirar.
Dos monjes asieron la cuerda y tiraron de ella suavemente. Pronto aparecieron la cabeza y los brazos del anciano; se hallaba en un estado terrible. Los monjes lo sacaron por completo, lo levantaron cuidadosamente y lo llevaron afuera.
Del lado más alejado de la habitación partía un pequeño sendero que llevaba montaña arriba. Los dos monjes ascendieron con su carga por ese sendero y se perdieron de vista. Yo sabía que llevaban el cadáver a una superficie plana donde los buitres no tardarían en devorarlo, porque no era posible enterrar los cadáveres en las duras rocas de la montaña y había que recurrir al «entierro al aire libre».
Mientras se hacía eso, el monje ayudante que había subido con nosotros abrió en el lado más alejado de la pared un pequeño agujero que dejaba entrar un débil rayo de luz. Luego tomó unos baldes de agua y lavó la celda interior de la podredumbre dejada por su último ocupante. Pronto —¿cuán pronto?— habría alguien que se encerraría en esa celda para vivir en ella diez, veinte, ¿cuántos años?
Ese día, a una hora más avanzada, estábamos todos reunidos y el anciano ciego dijo:
—Puedo percibir que aquí tenemos a alguien que está destinado a hacer largos viajes y a ver muchas cosas. He recibido información acerca de él cuando mis manos tocaron su cabeza. Muchacho, siéntate delante de mí.
De mala gana me adelanté y me senté directamente frente al anciano ciego. Él levantó las manos, que estaban frías como el hielo, y las puso sobre mi cabeza rapada. Sus dedos recorrieron suavemente el contorno de mi cabeza y palparon unas protuberancias que tenía en ella. Luego dijo:
—Vas a tener una vida muy dura. —Gemí para mis adentros, pues todos me decían que iba a tener una vida dura y ya me estaba hartando todo aquel asunto—. Después de que hayas padecido privaciones, pruebas y tribulaciones que suelen padecer muy pocos, antes del final conseguirás tu propósito. Harás aquello para lo que has venido a este mundo.
Ya había oído eso anteriormente. Había ido a ver a adivinos, videntes, astrólogos y clarividentes y todos ellos me habían dicho lo mismo. Después de pronunciar esas palabras el anciano movió las manos y yo me levanté y me retiré lo más lejos de él que pude, lo que le hizo reír divertido.
Mi guía y los otros mantenían una larga discusión sobre cuestiones muy serias. Yo no les entendía muy bien, pues hablaban de profecías y de cosas que iban, a suceder en el Tíbet, de los mejores métodos para preservar el Conocimiento Sagrado, y de cómo se tomaban ya medidas para trasladar los diversos libros y artículos a lugares elevados en las montañas donde quedarían ocultos en cavernas. Dijeron también que en los templos dejarían copias para que los antiguos objetos auténticos no cayeran en poder de los futuros invasores.
Salí de la ermita, fui a sentarme en una piedra y desde allí miré hacia donde estaba muy abajo la ciudad de Lhasa, que ocultaban ya las sombras de la noche que se acercaba rápidamente. Sólo los picos más altos del Chakpori y el Potala se destacaban todavía a la débil luz del crepúsculo. Parecían dos islas que flotaban en un mar del color purpúreo más intenso. Mientras me hallaba sentado allí las islas se fueron sumergiendo poco a poco en la oscuridad que lo invadía todo. Luego un brillante rayo de luna que descendió por la ladera de la montaña tocó el techo del Potala y lo iluminó con destellos dorados. Me levanté, entré en la ermita, me quité la túnica, me envolví en la manta y me quedé dormido.