Capítulo IV
Me agazapé detrás del gran muro, haciendo con mi cuerpo una pelota fuertemente enroscada, mientras trataba de atisbar a través de una pequeña abertura. Me dolían mucho las piernas, por las que parecían correr barras de fuego, y temía que en cualquier momento brotase la sangre. Pero TENÍA que quedarme allí, TENÍA que soportar la incomodidad de permanecer acalambrado y asustado mientras trataba de escrutar el lejano horizonte. ¡Allí, en mi presente situación, me hallaba casi en la cima del mundo! No podía ir más arriba sin tener alas o —y la idea me excitaba— si no me elevaba algún cometa poderoso. El viento se arremolinaba y ululaba a mi alrededor, azotaba con furia las Banderas de Oración, gemía bajo los techos de las Tumbas Doradas y de vez en cuando lanzaba una lluvia de fino polvo de la montaña sobre mi cabeza indefensa.
A primera hora de la mañana había salido a hurtadillas, y con temor y temblando seguido mi camino secreto a lo largo de corredores y pasajes poco utilizados. Deteniéndome con frecuencia para escuchar a cada pocos pasos, por fin había salido con extrema cautela al Techo Sagrado, el Techo al que sólo podían ir el Recóndito y sus amigos más íntimos. Allí había PELIGRO. El corazón me palpitaba al pensarlo. Si me sorprendían allí sería expulsado de la Orden con la deshonra mas horrible. ¿Qué haría entonces? El pánico crecía dentro de mí y durante un largo momento estuve a punto de descender corriendo a las regiones inferiores a las que pertenecía. El sentido común me impidió bajar en aquel momento, pues si no cumplía mi misión habría fracasado ciertamente.
¿Expulsado ignominiosamente? ¿Qué haría en ese caso? No tenía hogar, pues mi padre me había dicho que el «hogar» ya no era hogar para mí, que debía seguir mi camino en la vida. Mi mirada errante captó el centelleo del Río Feliz, buscó al negro barquero en su bote de cuero de yak, y mi mente se aclaró. ¡Eso era lo que haría, sería un barquero! Para mayor seguridad me escurrí a lo largo del Techo Dorado para que no me viese el Recóndito si se aventuraba a salir con aquel viento. Me temblaban las piernas a causa del esfuerzo y en mi interior rugía el hambre. Un chaparrón resolvió el problema, pues me incliné y me humedecí los labios en un charquito que se había formado.
¿No vendría él NUNCA? Escruté ansiosamente el lejano horizonte. ¡Oh, sí! Me froté los ojos con el dorso de las manos y volví a mirar. ¡Allí había una nubecita de polvo! ¡Venía de Pari! Olvidé por el momento el dolor de mis piernas y el peligro constante de que me vieran. Me levanté y miré. Muy a lo lejos un grupito de jinetes se acercaba por el valle de Lhasa. La tormenta aumentaba y la nube de polvo que levantaban los cascos de los caballos era barrida por el viento tan pronto como se formaba. Atisbé y atisbé, tratando de defender mis ojos del viento cortante y de no perder nada de vista.
Los árboles se inclinaban ante el ventarrón, las hojas revoloteaban alocadamente, se desprendían e impulsadas por el viento desaparecían en lo desconocido. El lago situado junto al Templo de la Serpiente ya no tenía la placidez de un espejo; surgían en él olas hirvientes que iban a romperse contra la orilla mas lejana. Las aves, que conocían bien nuestros cambios atmosféricos, se dirigían cautelosamente a sus refugios, siempre haciendo frente al viento. A través de las hileras de Banderas de la Oración, casi a punto de romperse a causa de la presión, llegó un sonido espantoso, en tanto que de las grandes trompetas sujetas al techo de abajo llegaban los roncos bramidos que producía el viento al arremolinarse alrededor de sus bocas. Allí en la parte más alta del Techo Dorado, sentía vibraciones, extrañas raspaduras y las súbitas rociadas de polvo antiguo arrancadas de las vigas de abajo.
Tuve un presentimiento horrible y me volví inquieto a tiempo para vislumbrar una negra figura espantosa que se lanzaba sobre mí. Rodeándome con sus brazos viscosos, casi ahogándome, comenzó a asestarme golpes violentos. Yo no podía gritar, pues me faltaba el aliento. Una negra nube hedionda me envolvió y el hedor me produjo náuseas. ¡No había luz, sino sólo aquella oscuridad chillona y el olor! ¡No había aire, sino sólo aquel gas nauseabundo!
Temblaba. Mis pecados me habían descubierto. Un Demonio me atacaba y estaba a punto de llevarme. «¡Oh! —murmuré—. ¿Por qué he desobedecido la Ley y subido al Terreno Sagrado?». Luego se impuso mi mal humor. ¡No, no me dejaría llevar por los demonios! Lucharía contra cualquiera y contra todos. Frenéticamente, con un pánico ciego y animo furioso, me desembaracé de lo que me envolvía, arrancando grandes trozos del «Demonio». Sentí alivio y me eché a reír con la risa aguda de la casi histeria. Me había asustado un toldo de piel de cabra muy viejo, podrido por la edad, que el viento había arrojado contra mí. Ahora volaban sus fragmentos en dirección a Lhasa.
Pero la tormenta tenía la última palabra. Con un aullido triunfante se levantó una gran ráfaga de viento que hizo que me deslizara a lo largo del techo resbaladizo. Mientras mis manos trataban en vano de encontrar un asidero procuré apegarme fuertemente al techo, pero sin conseguirlo. Llegué al borde mismo, me balanceé y caí como una pluma en los brazos asombrados de un viejo lama que se quedó con la boca abierta de par en par al verme aparecer, según le pareció, caído del cielo mismo en alas del viento.
Como sucede siempre con las tormentas de Lhasa, todo el tumulto y la conmoción habían cesado. El viento se había calmado y ya no hacía más que suspirar ansiosamente alrededor de los aleros dorados y jugar suavemente con las grandes trompetas. Arriba las nubes seguían corriendo sobre las montañas y se desmenuzaban al pasar por ellas. Pero yo no estaba tan tranquilo, pues había mucha «tormenta» dentro de mí. ¡Atrapado —murmuraba para mí mismo—, atrapado como el mentecato más grande de la lamasería! Ahora tendría que ser barquero o cuidador de yaks. ¡Ahora me hallaba realmente en dificultades!
—Señor —dije con la voz temblorosa—, lama Custodio de las Tumbas, yo estaba…
—Sí, sí, muchacho —replicó el viejo lama con dulzura—, he visto todo, he visto cómo te levantaba el viento de la tierra. ¡Has sido bendecido por los dioses!
Le miré y él me miró a su vez. Se dio cuenta de que me tenía todavía en sus brazos, pues la sorpresa lo había aturdido demasiado para que lo advirtiese antes. Me dejó suavemente en el suelo. Lancé a hurtadillas una mirada en la dirección de Pari, pero no podía verlos en aquel momento. Sin duda se habían detenido.
—Honorable Custodio —gritó una voz a mi espalda—, ¿has visto a ese muchacho volando sobre la montaña?
Los dioses se lo han llevado. ¡Que la paz sea con su alma!
Me volví. Enmarcado en una pequeña escotilla se hallaba un viejo monje un tanto simple llamado Timón. Era uno de los que barrían los templos y hacían tareas sueltas. Él y yo éramos viejos amigos. Cuando me miró y me reconoció el asombro le ensanchó los ojos.
—¡La bendita Madre Dolma te protege! —exclamó—. ¡Así que eras tú! Hace pocos días la tormenta te lanzó de este techo y ahora otra tormenta te trae de vuelta. Esto es ciertamente un milagro.
—Pero yo estaba… comencé a decir, mas el viejo lama me interrumpió:
—¡Sí, si! Lo sabemos, hemos visto todo. Yo vine cumpliendo mis deberes para ver si todo estaba bien, ¡y has volado sobre el techo delante de mí!
Me sentía un poco triste porque ellos creían que un toldo de piel de cabra viejo y podrido era yo. Pues bien, dejaría que lo creyesen. Luego recordé cómo me había asustado, cómo había creído que los diablos me atacaban. Miré cautelosamente a mi alrededor para ver si quedaba a la vista alguna parte del viejo toldo. No, con mis forcejeos lo había despedazado y todos sus trozos habían desaparecido.
—¡Mirad! ¡Mirad! —gritó Timón—. ¡Aquí está la prueba! ¡Miradlo, miradlo!
Me miré a mí mismo y vi que tenía una cuerda de las Banderas de la Oración enrollada a mi alrededor. El viejo lama cloqueó, cloqueó y cloqueó y comenzó a descender, pero yo me volví bruscamente y corrí a la pared para atisbar otra vez sobre las murallas con la esperanza de ver a mí querido Guía, el lama Mingyar Dondup que se acercaba a lo lejos. Pero ocultaba por completo la lejanía la tormenta que nos había dejado y que en aquel momento cruzaba los valles dejando tras sí nubes de polvo, hojas volantes y sin duda los restos del viejo toldo de piel de cabra.
El viejo Custodio de las Tumbas volvió y miró también por encima de las murallas.
—Sí, sí —dijo—, te he visto subir por el otro lado de la pared; revoloteabas delante de mí sostenido por el viento, y luego te he visto caer en la parte más alta del techo de las Tumbas Doradas. No podía soportar esa visión. Te vi esforzándote para mantener el equilibrio y me cubrí los ojos con la mano.
«Eso me conviene también —pensaba yo—, pues de otro modo me habrías visto luchando para librarme del viejo toldo de piel de cabra y te habrías dado cuenta de que yo estaba allí desde hacía tiempo. En ese caso yo me habría visto en dificultades».
Se oía una conversación en voz baja cuando nos desviamos y cruzamos la puerta que llevaba a los edificios de abajo, una conversación en voz muy baja. La mantenía un grupo de monjes y lamas, cada uno de los cuales atestiguaba que me había visto sacado como con un cucharón de la parte más baja del sendero de la montaña y levantado verticalmente sacudiendo los brazos. Habían creído que iba a aplastarme contra las murallas o a ser arrastrado sobre el Potala, y ninguno de ellos esperaba volver a verme vivo; ninguno de ellos había sido capaz de discernir a través del polvo y del viento punzante que no era yo el levantado, sino parte de la piel de cabra.
—Sí, sí —dijo uno—, yo mismo lo vi, con mis propios ojos. Él estaba allí, en tierra, refugiándose del viento, y de pronto ¡puf! pasó volando sobre mi cabeza y agitando los brazos. ¡Nunca creí que podría ver algo parecido!
—Sí, sí —dijo otro—, yo miraba por la ventana, pasmado ante aquella conmoción, y justamente en el momento en que vi a ese muchacho lanzado hacia mí el polvo me llenó los ojos. Casi me golpeó la cara al pasar.
—Eso no es nada —dijo un tercero—. A mí no me golpeó, sino que casi me rompió la crisma. Yo estaba en el parapeto y él pasó volando por mi lado; traté de asirlo y casi me desgarró la túnica; me cubrió con ella la cabeza y quedé a ciegas, sin poder ver nada durante un tiempo. Cuando pude ver, había desaparecido. Pensé que su hora había llegado, pero ahora veo que sigue aquí todavía.
Pasé de mano en mano como si hubiese sido una estatua de manteca premiada. Los monjes me palpaban, los lamas me pinchaban y ninguno de ellos me dejaba explicar que yo no había sido levantado hasta el techo, sino casi arrojado de él.
—¡Un milagro! —exclamó un anciano que estaba en las cercanías. Y añadió—: Aquí viene el señor Abad.
Todos abrieron paso respetuosamente al hombre de túnica dorada que apareció entre nosotros.
—¿Qué sucede? —preguntó—. ¿Por qué están congregados aquí? —Y dirigiéndose al lama más anciano de los presentes, ordenó—: Explíquemelo.
Con alguna extensión, y con mucha ayuda del grupo que crecía constantemente, fue «explicado» el asunto. Yo estaba allí deseando que el suelo se abriera y me tragara… hasta la cocina. Tenía hambre, pues no había comido nada desde la noche anterior.
—¡Ven conmigo!— ordenó el señor Abad.
El lama más anciano me tomó de un brazo y me ayudó a caminar, pues yo estaba cansado, asustado, dolorido y hambriento. El abad se dirigió a una gran habitación que yo no había visto hasta entonces. Allí se sentó y guardó silencio como si pensara en lo que le habían dicho.
—Repítamelo, sin omitir nada —le dijo por fin al lama.
Volví a oír el relato de mi «vuelo maravilloso desde la tierra hasta la Tumba del Dios».
En aquel momento preciso mi estómago vacío advirtió sonoramente que necesitaba alimento. El señor Abad, esforzándose por no sonreír, dijo:
—Llévelo para que pueda comer. Me imagino que la prueba por que ha pasado lo ha sometido a un gran esfuerzo. Luego llame al honorable herbolario Lama Chin para que le examine por si ha sufrido daño. Pero que coma primeramente.
¡Comida! ¡Qué bien sabía!
—Tú tienes ciertamente una vida de altibajos, Lobsang —me dijo el cocinero amigo—. Primeramente te caíste del techo y rodaste por la montaña, y ahora me dicen que has volado desde el pie de la montaña hasta lo más alto del techo. ¡ES una vida de altibajos y el Diablo cuida de lo suyo!
Se fue, riendo entre dientes de su ingenio. No me importaba, pues era siempre bondadoso conmigo y me ayudaba de muchas pequeñas maneras. Otro amigo me saludó; un ronroneo ronco y ruidoso y un cordial cabezazo contra mis piernas me hizo mirar hacia abajo. Uno de los gatos había venido a reclamar su parte de mi atención. Le pasé suavemente los dedos por el lomo, lo que hizo que ronroneara cada vez con más fuerza. Se oyó un ligero crujido en la dirección de los sacos de cebada y el gato corrió hacia allá como un relámpago, pero silenciosamente.
Me dirigí a la ventana y miré hacia Lhasa. No había señal alguna del pequeño grupo encabezado por mi guía el lama Mingyar Dondup. Me preguntaba si lo había sorprendido la tormenta. Me preguntaba también cuanto tiempo más tardaría en volver.
—… mañana, entonces, ¿eh?
Me volví. Uno de los habituales frecuentadores de la cocina había estado diciendo algo y yo sólo había oído el final.
—Sí —dijo otro—, se quedan en el Seto de las Rosas esta noche y regresarán mañana.
—¡Oh! —exclamé yo—. ¿Hablan ustedes de mi guía, el lama Mingyar Dondup?
—Sí, parece que tendremos que aguantarte un día más, Lobsang —contestó uno de ellos—. Pero eso me recuerda que el honorable enfermero te espera. Será mejor que te apresures.
Me fui con tristeza, pensando que había demasiados engorros en el mundo. ¿Por qué tenía mi guía que detenerse en su viaje y quedarse durante quizás un día y una noche en la lamasería del Seto de Rosas? En aquel período de mi vida yo creía que sólo mis asuntos tenían importancia y no comprendía plenamente la gran obra que el lama Mingyar Dondup estaba haciendo para otros. Dando traspiés me dirigí por el corredor a la enfermería; en aquel momento el enfermero salía, pero en cuanto me vio me tomó por el brazo y me llevó de vuelta.
—¿Qué has estado haciendo ahora? —me preguntó—. Siempre se produce algún incidente o algo parecido cuando vienes al Potala.
Me quedé pensativo ante él y le dije únicamente lo que los testigos habían visto acerca del viento y la gran tormenta. No le dije que yo estaba ya en el Techo Dorado, pues sabía que lo primero que se le ocurriría sería informar de ello al Recóndito.
—Bueno, quítate la túnica; tengo que examinarte las lesiones y luego informar acerca de tu estado.
Me quité la túnica y la arrojé en un banco bajo. El enfermero se arrodilló y probó y apretó para ver si tenía algún hueso roto o algún músculo desgarrado. Se quedó un tanto sorprendido al ver que mis únicas lesiones, aparte de mis piernas dañadas, consistían en que estaba cubierto con magulladuras de color azul oscuro, algunas con matices amarillos.
—Toma esto y frótate bien —dijo, se levantó y tomó de una alta repisa un tarro de cuero lleno de algún ungüento de hierbas que olía fuertemente—. No te frotes aquí, porque no quiero asfixiarme. Después de todo, las magulladuras son tuyas.
—Honorable enfermero —pregunté—, ¿es cierto que mi guía ha tenido que detenerse en la lamasería del Seto de Rosas?
—Sí, es huésped del abad de allí y no creo que regrese hasta mañana a una hora avanzada. En consecuencia, tendremos que aguantarte durante un poco más de tiempo. —Y añadió socarronamente—: Así podrás disfrutar con las conferencias de nuestro respetado visitante el maestro indio.
Le miré y pensé que el viejo enfermero no quería al maestro indio más que yo. Pero no había tiempo para hablar de eso. El sol estaba directamente en el cenit y ya era hora de que volviera a nuestra sala de conferencias.
Primeramente fui al dormitorio, donde me quité la túnica y me froté con el ungüento maloliente. Luego me sequé las manos en la túnica, me puse otra vez ésta, fui a la sala de conferencias y ocupé mi lugar en el fondo, la más lejos posible del maestro indio.
Entraron los otros muchachos, unos pequeños, otros de tamaño mediano y otros grandes, en gran número, porque aquel era un acontecimiento especial, una visita de un maestro indio muy notable, y se creía que a nosotros, los muchachos, nos sería muy útil conocer el budismo tal como lo enseñaba otra cultura.
Mientras esperábamos al maestro los muchachos olfateaban ruidosamente. Los que estaban cerca de mí se apartaron y para cuando llegó el maestro yo me hallaba sentado en un esplendor solitario contra la pared, con un semicírculo de muchachos no más cerca que a tres metros de distancia.
El maestro indio entró con su encantadora bolsa de cuero, pero también olfateando; miró a su alrededor con recelo; las ventanillas de la nariz trabajaban y husmeaban visiblemente. A medio camino entre la puerta y el atril se detuvo, volvió a mirar a su alrededor y vio que yo estaba sentado solo. Se acercó a mí, pero pronto retrocedió. En la sala hacía mucho calor a causa de la gran concurrencia y con el calor el ungüento se hacía cada vez más punzante. El maestro se detuvo, se puso las manos en las caderas y me miró fijamente.
—Muchacho —me dijo—, creo que eres el alborotador más grande de todo este país. Has trastornado nuestras creencias volando hacia arriba y hacia abajo por la ladera de la montaña. Yo lo vi desde mi habitación, te vi ascendiendo a la distancia. Debes de tener diablos que te enseñan en tus momentos libres, o algo parecido. Y ahora, ¡oh, hiedes!
—Honorable maestro indio —contesté—, no puedo evitar el olor, pues me he puesto el ungüento prescrito por el honorable enfermero y —añadí con mucha temeridad —es mucho peor para mí, porque la pócima me está produciendo ampollas.
No cruzó por sus labios ni el asomo de una sonrisa, sino que se hizo a un lado desdeñosamente y se dirigió al atril.
—Tenemos que continuar nuestras conferencias —dijo—, pues tendré la gran alegría de dejaros y de seguir mi viaje hacia la India más culta.
Ordenó sus papeles, los barajó un poco, nos miró recelosamente a todos para ver si le prestábamos atención y continuó:
—En sus andanzas Gautama había pensado mucho. Durante seis años había ido de un lado a otro y pasado la mayor parte de su tiempo investigando la Verdad, buscando la Verdad, buscando la finalidad de la vida. Mientras vagaba sufría penalidades, sufría privaciones y hambre, y una de sus primeras preguntas era: «¿Por qué soy desdichado?».
»Gautama se hacía la pregunta incesantemente, y obtuvo la respuesta cuando las criaturas de la Naturaleza le ayudaron, los caracoles refrescándole la cabeza, las aves abanicándole la frente y todos los demás guardando silencio para no perturbarlo. Decidió que había Cuatro Grandes Verdades, a las que llamó las Cuatro Nobles Verdades, que eran las leyes de la resistencia del hombre en la Tierra.
»El nacimiento es sufrimiento, dijo el Buda. Un niño nace causando dolor a la madre y dolor al niño; sólo mediante el dolor puede uno nacer en la Tierra, y el acto de nacer causa dolor y sufrimiento a otros. La decadencia es sufrimiento; a medida que un hombre va envejeciendo y las células de su cuerpo no pueden renovarse de acuerdo con la norma conocida se produce la decadencia, los órganos ya no funcionan bien, hay un cambio y viene el sufrimiento. No se puede envejecer sin sufrir. La enfermedad es sufrimiento; si un órgano no funciona debidamente hay dolor, sufrimiento, pues el órgano obliga al cuerpo a reajustarse al nuevo estado. Por eso la enfermedad causa dolor y sufrimiento. La muerte es el final de la enfermedad; la muerte causa sufrimiento, no el acto de morir mismo, sino que las condiciones que trae consigo la muerte son en sí mismas dolorosas. En consecuencia, somos desdichados.
»Causa también sufrimiento la presencia de objetos que aborrecemos. Nos mantiene en tensión la presencia de aquellos que aborrecemos. Nos hace desdichados la separación de los objetos que amamos; cuando nos separamos de una persona querida, quizá sin saber cuándo nos vamos a ver de nuevo con esa persona, sufrimos dolor, sufrimos frustración y en consecuencia somos desdichados.
»Desear y no conseguir lo que se desea es causa de sufrimiento, es la causa de la pérdida de la felicidad, la causa de la aflicción. Por eso cuando deseamos algo y no lo obtenemos sufrimos y somos desdichados.
»Solamente la muerte trae la paz, solamente la muerte nos libera del sufrimiento. Por tanto es evidente que apegarse a la vida es apegarse al sufrimiento, que el apego a la vida es lo que nos hace desdichados.
El maestro indio nos miró y añadió:
—El Buda, nuestro bienaventurado Gautama, no era pesimista, sino realista. Gautama comprendió que hasta que uno pueda aceptar los hechos no puede desterrar el sufrimiento. Hasta que uno pueda comprender por qué existe el sufrimiento no puede avanzar por el Camino Medio.
Yo pensaba que las enseñanzas daban mucha importancia al sufrimiento, pero recordaba lo que me había dicho mi querido guía, el lama Mingyar Dondup: «Consideremos, Lobsang, lo que Gautama dijo realmente. No dijo que todo causa sufrimiento. Digan lo que digan las Sagradas Escrituras, digan lo que digan los grandes maestros. Gautama en ningún momento afirmó que todo es sufrimiento. En realidad dijo que todo contiene la posibilidad de sufrimiento, de lo que se deduce evidentemente que todo acontecimiento de la vida puede tener como resultado el dolor, el malestar o la falta de armonía. ¡PUEDE! Pero en ninguna parte se afirma que todo TIENE QUE causar dolor».
Existen muchas ideas falsas acerca de lo que los grandes hombres dijeron o no dijeron: Gautama creía que el sufrimiento, el dolor, iban mucho más allá que el mero sufrimiento físico, el mero dolor físico. En todo momento hizo hincapié en que el sufrimiento de la mente a causa del mal funcionamiento de las emociones era un sufrimiento mayor, una desarmonía mayor que el que podía causar cualquier mero dolor físico o cualquiera infelicidad. Gautama enseñó: «Si soy desdichado es porque no vivo felizmente, porque no vivo en armonía con la naturaleza. Si no vivo armoniosamente es porque no he aprendido a aceptar el mundo tal como es, con todas su desventajas y posibilidades de sufrimiento. Sólo puedo conseguir la felicidad comprendiendo las causas de la infelicidad y evitando esas causas».
Yo estaba ocupado pensando en eso y en el terrible hedor que producía el ungüento, cuando el maestro indio volvió a golpear su atril y dijo:
—Esta es la primera de las Nobles Verdades. Hablemos ahora de la segunda de las Nobles Verdades.
»Gautama predicó este sermón a sus discípulos, los que anteriormente lo habían abandonado cuando la enseñanza había perdido gran parte de su carácter sensacional pero ahora volvían a ser discípulos de Gautama. Les dijo: “Yo enseño sólo dos cosas: el sufrimiento y la liberación del sufrimiento. Ésta es la Noble Verdad acerca del origen del sufrimiento. Es el deseo vehemente el que causa la renovación de las transformaciones; y ese deseo vehemente va acompañado por los placeres sensuales y trata de satisfacerlos aquí o allá. Toma la forma del deseo vehemente de satisfacer los sentidos, o de la prosperidad y las posesiones mundanas”.
»Según nos habían enseñado, el sufrimiento sigue a algo que hemos hecho mal, es el resultado de una actitud censurable con el resto del mundo. El mundo mismo no es un lugar malo, pero algunas de las personas que viven en él hacen que parezca malo, y son nuestra propia actitud, nuestros propios defectos, los que hacen que el mundo parezca tan malo. Todos tienen deseos, o anhelos, o concupiscencias que le impulsan a uno a hacer cosas que en un estado de ánimo más equilibrado, cuando está libre de esos anhelos y concupiscencias, no haría.
»La gran enseñanza del Buda era que quien desea con vehemencia no puede ser libre, y una persona que no es libre no puede ser feliz. En consecuencia, dominar el deseo es dar un gran paso hacia la felicidad.
»Gautama enseñó que cada persona tiene que hallar la felicidad por sí sola. Dijo que hay una felicidad que no causa satisfacción, pues es algo meramente pasajero, y es el tipo de felicidad que obtiene una persona cuando desea cambiar constantemente, cuando quiere ir de un lado a otro viendo nuevos espectáculos, conociendo a nuevas personas. Ésa es una felicidad pasajera. La verdadera felicidad es la que le da a uno una satisfacción profunda, la que libera al alma de uno del descontento. Gautama dijo: “Cuando en la búsqueda de la felicidad advierto que las malas cualidades se desarrollan y que las buenas cualidades disminuyen es que esa clase de felicidad debe ser evitada. Cuando en la búsqueda de la felicidad advierto que las malas cualidades disminuyen y las buenas cualidades se desarrollan es que se debe seguir esa felicidad”.
»En consecuencia, debemos dejar de perseguir las cosas inútiles de la carne, las cosas que no perduran en el otro mundo; debemos dejar de tratar de satisfacer deseos que crecen cuanto más los alimentamos, y en cambio debemos pensar qué es lo que buscamos realmente, cómo lo encontraremos. Debemos pensar en la naturaleza de nuestros deseos, y una vez que conozcamos la causa de nuestros deseos podremos tratar de eliminar esa causa.
Nuestro maestro se enardecía hablando de ese tema. Además se sentía un poco molesto por el olor del ungüento, pues dijo:
—Ahora tendremos un pequeño descanso, pues no quiero someter a un esfuerzo excesivo a vuestra mentalidad, que, según advierto, no es de modo alguno la mentalidad de mis discípulos indios.
Recogió sus papeles, los guardó en su valija, la cerró cuidadosamente y contuvo el aliento al pasar por mi lado. Durante unos instantes los otros muchachos se quedaron inmóviles esperando a que sus pasos se perdieran a lo lejos. Luego uno de ellos se volvió hacia mí y me dijo:
—¡Puá, cómo hueles, Lobsang! Debe de ser porque te has mezclado con los demonios y has volado hacia arriba y hacia abajo con ellos.
Repliqué muy razonablemente:
—Si me hubiera mezclado con los demonios no habría volado hacia el cielo con ellos, sino en sentido contrario, y todos saben que volé hacia arriba.
Nos dispersamos y seguimos nuestro camino. Yo fui a la ventana y miré afuera pensativamente, preguntándome qué hacía mi guía en la lamasería del Seto de Rosas, cómo emplearía el tiempo con aquel maestro indio al que aborrecía completamente. Pensaba que si era tan buen budista como él se imaginaba que era, debía mostrar más comprensión y tacto con los muchachos. Mientras yo me sumía en mis reflexiones un joven lama entró apresuradamente en la habitación.
—¡Lobsang! —me dijo—. Ven en seguida, pues el Recóndito quiere verte. —De pronto se detuvo y exclamó—: ¡Puá! ¿Te has hecho algo?
Le expliqué lo del ungüento de hierbas y dijo:
—Corramos a la enfermería para ver qué se puede hacer para librarte de ese hedor antes que te presentes ante el Recóndito. ¡Vamos, rápidamente!