Capítulo I

Extrañas sombras se agitaban ante mi mirada distraída ondulando a través de mi visión como fantasmas pintorescos y provenientes de algún mundo remoto y agradable. El agua moteada por el sol se extendía tranquila a poca distancia de mi rostro.

Suavemente introduje mi brazo bajo la superficie, observando las onditas perezosas que causó el movimiento. Atisbé de reojo en la profundidad. Sí, en aquella gran piedra vieja era donde vivía, ¡y en aquel momento salía para saludarme! Dejé que mis dedos se deslizaran ociosamente por los costados del pez inmóvil; inmóvil salvo por el suave movimiento de las aletas mientras se «acomodaba» entre mis dedos.

Él y yo éramos viejos amigos y yo iba con frecuencia a arrojarle comida en el agua antes de acariciar su cuerpo. Existía entre nosotros la comprensión completa que sólo logran aquellos que no se temen mutuamente. ¡En aquel tiempo yo ni siquiera sabía que se pueden comer los peces! Los budistas no quitan la vida ni infligen sufrimientos a otros.

Respiré profundamente y hundí mi rostro bajo la superficie, ansioso por escudriñar más de cerca otro mundo. Me sentía como un dios que contempla abajo una forma de vida muy distinta. Altos follajes ondulaban débilmente en alguna corriente invisible, fuertes vegetaciones acuáticas se alzaban como los árboles gigantes de algún bosque. Una banda arenisca zigzagueaba como una serpiente negligente y la bordeaba una extensión de color verde pálido que parecía exactamente un prado bien cuidado.

Minúsculos pececillos de múltiples colores y con grandes cabezas destellaban y nadaban a gran velocidad entre las plantas en su continua búsqueda de alimento y diversión. Un gran caracol de agua descendía trabajosamente por el costado de una gran roca gris para realizar su tarea de limpiar la arena.

Pero mis pulmones estallaban; el cálido sol del mediodía me chamuscaba el cogote y las ásperas piedras de la orilla se clavaban en mi carne. Después de lanzar una última mirada a mi alrededor me incorporé y quedé de rodillas y con satisfacción respiré profundamente el aire perfumado. Aquí, en MI mundo, las cosas eran muy diferentes de las del mundo plácido que había estado examinando. Aquí había bullicio, agitación y muchas corridas de un lado a otro. Tambaleando un poco a causa de una herida no bien curada en la pierna izquierda, me levanté, apoyé la espalda en un viejo árbol favorito y miré a mi alrededor.

El Norbu Linga era una llamarada de color; el verde vívido de los sauces, el escarlata y oro del Templo de la Isla y el azul intenso del cielo contrastaban con el blanco puro de las nubes aborregadas provenientes de la India que pasaban rápidamente sobre las montañas. Las aguas tranquilas del lago reflejaban y exageraban los colores y daban a todo un aspecto de irrealidad cuando una brisa vagabunda agitaba el agua y sacudía y empañaba la visión. Allí todo estaba tranquilo y silencioso, pero poco más allá de la pared, por lo que podía ver, la situación era muy distinta.

Monjes con hábitos de paño burdo iban de un lado a otro llevando montones de ropas para lavarlas. Otros se hallaban en cuclillas junto a la corriente chispeante y retorcían y daban vuelta a las ropas para que se remojasen bien. Cabezas rapadas brillaban a la luz del sol y, a medida que el día avanzaba, los rayos del astro las iban enrojeciendo poco a poco. Pequeños acólitos, recién llegados a la lamasería, saltaban de un lado a otro en un frenesí de excitación mientras golpeaban sus túnicas con grandes piedras lisas para que parecieran más viejas y raídas y dar así la impresión de que quienes las llevaban eran acólitos desde hacía más tiempo.

De vez en cuando el sol arrancaba brillantes dardos de luz de las túnicas doradas de algunos lamas augustos que caminaban entre el Potala y el Pargo Kaling. La mayoría de ellos eran hombres de aspecto grave, hombres que habían envejecido al servicio del Templo. Otros, muy pocos, eran ciertamente jóvenes, algunos de ellos Encarnaciones Reconocidas, en tanto que otros habían progresado y adelantado por sus propios méritos.

De un lado a otro iban a grandes pasos, en actitud muy alerta y severa, los celadores, hombrachones de la provincia de Kham, encargados de la tarea de mantener la disciplina. Erguidos y corpulentos, llevaban grandes garrotes como insignia de su oficio. No eran intelectuales, sino hombres musculosos e íntegros, elegidos solamente por eso. Uno se acercó y me miró inquisitivamente. Cuando me reconoció se alejó en busca de delincuentes dignos de su atención.

Detrás de mí se alzaba hacia el firmamento la alta mole del Potala —«La Morada del Dios»—, una de las obras más gloriosas del Hombre. La roca de múltiples matices brillaba suavemente y enviaba variados reflejos que se deslizaban por las tranquilas aguas. Por una treta de la luz cambiante, las figuras talladas y coloreadas de la base parecían vivir y moverse como un grupo de personas en animada discusión. Grandes rayos de luz amarilla, reflejados en las Tumbas Doradas del techo del Potala, iban a formar vívidos chapoteos en los huecos más oscuros de la montaña.

Un ruido súbito y el crujido de una madera que se encorvaba hicieron que me volviera hacia esa nueva fuente de atención. Un ave vieja, gris y desplumada, más vieja que el acólito más viejo, se había posado en el árbol detrás de mí. Mirándome con ojos parecidos a abalorios, hizo «¡cruak!» y de pronto se dio vuelta dándome la espalda. Se estiró a todo lo largo y sacudió violentamente las alas mientras lanzaba en mi dirección un «regalo» no deseado con una fuerza y una precisión sorprendentes. Sólo gracias a un salto desesperado hacia un lado me libré de servir de blanco. El ave se volvió para hacerme frente otra vez y gritó «¡cruak, cruak!» antes de eliminarme de su atención en favor de algo que la interesaba más en otra parte.

En la suave brisa llegaban los primeros sonidos débiles de un grupo de mercaderes de la India que se acercaba. Eran los mugidos de los yaks que protestaban contra los intentos de sus conductores para hacer que se apresuraran; el crujido y el resuello asmáticos de viejos y secos arreos de cuero, el ajetreo y restregamiento de muchos pies y el tintineo musical de pequeños guijarros lanzados a un lado por la caravana. Pronto pude ver los animales que avanzaban pesadamente, muy cargados con fardos de mercaderías exóticas; los grandes cuernos que se alzaban sobre cejas velludas y subían y bajaban mientras los grandes animales alcanzaban con su paso lento e incansable. Algunos mercaderes llevaban turbantes, otros viejos sombreros de piel y otros gorras de fieltro en mal estado.

—¡Una limosna, una limosna por amor de Dios! —gritaban los mendigos.

Y al ver que los mercaderes seguían adelante sin hacerles caso, exclamaban:

—¡Tu madre es una vaca que se apareó con un verraco, tu prole es la prole de Sheitan y tus hermanas se venden en la plaza del mercado!

Extraños olores me llegaban a la nariz y me hacían respirar profundamente y luego estornudar con fuerza. Eran olores provenientes del corazón de la India, del té prensado de China, del polvo viejo que despedían los fardos llevados por los yaks, y todos ellos venían hacia mí. La distancia apagaba el sonido de las campanillas de los yaks, la charla en voz alta de los mercaderes y las imprecaciones de los mendigos. Pronto las damas de Lhasa tendrían ricos visitantes en las puertas de sus casas. Pronto los tenderos estarían regateando los precios pedidos por los mercaderes, enarcando las cejas y elevando las voces ante esos precios inexplicablemente aumentados. Pronto yo tendría que volver al Potala.

Mi atención cambió de dirección. Me dediqué a contemplar a los monjes que hacían sus abluciones; dos de ellos estaban a punto de pelear porque uno había arrojado agua al otro. Los celadores acudieron rápidamente, con la velocidad de una ráfaga, y se llevaron castigados a los dos monjes, cada uno de ellos asido por el puño de hierro de los Guardianes de la Paz.

¿Pero qué era aquello? Dejé que mi mirada registrase los matorrales. Dos ojitos centelleantes me miraban ansiosamente casi desde el nivel de la tierra. Dos orejitas grises se inclinaban atentamente en mi dirección. Un cuerpo diminuto estaba agazapado y dispuesto a correr al menor movimiento que yo hiciera. Un ratoncito gris consideraba la posibilidad de pasar entre mí y el lago para ir a su madriguera. Mientras yo le miraba corrió hacia adelante, sin apartar la vista de mí. Pero su cautela estaba mal orientada; como no miraba por donde iba se dio de cabeza contra una rama caída y, lanzando un chillido de terror, saltó con una pata en el aire. Dio mal el salto y fue a parar demasiado lejos y al descender perdió pie y cayó en el lago. El pobre ratoncito no podía avanzar y corría el peligro de que lo apresase un pez cuando me metí hasta las rodillas en el agua y lo saqué.

Lo sequé cuidadosamente con el extremo de mi túnica, volví a la orilla y dejé en tierra el bultito tembloroso. Como una manchita borrosa desapareció en la pequeña madriguera, sin duda agradecido por haberse salvado. Sobre mí el ave vieja lanzó un «¡cruak!» burlón y se remontó laboriosamente al aire, sacudiendo ruidosamente las alas en la dirección de Lhasa.

¿En la dirección de Lhasa? Eso me recordó que yo debía ir en la dirección del Potala. Sobre la pared del Norbu Línga se inclinaban los monjes para examinar la ropa lavada que se secaba en la tierra. Todo tenía que ser examinado cuidadosamente antes de recogerlo; el Hermanito Escarabajo podía estar paseando por la ropa y al enrollarla se podía aplastar a ese hermanito, acto que hacia estremecerse y palidecer a un sacerdote budista.

Quizá un gusanito se había refugiado del sol bajo la ropa lavada de un gran lama, y en ese caso había que poner a salvo al gusanito para que su destino no fuese alterado por el Hombre. En todo el terreno los monjes se inclinaban y escudriñaban, y respiraban aliviados cuando un animalito tras otro era salvado de una muerte segura.

Poco a poco los montones de ropa lavada crecían a medida que se recogía todo para llevarlo al Potala. Los pequeños acólitos avanzaban tambaleando bajo las cargas de ropa recién lavada; algunos no podían ver por encima de lo que transportaban. De pronto se oía una exclamación cuando un pequeño tropezaba y dejaba caer las ropas en la tierra polvorienta o en el lodo de la orilla del río.

De lo alto del techo llegó la vibración y el estampido de las caracolas y el sonido de las trompetas. Esos sonidos hacían eco y repercutían en las montañas lejanas, de modo que a veces, cuando las condiciones eran apropiadas, las vibraciones resonaban alrededor de uno y le golpeaban el pecho durante minutos. Luego, de pronto, todo volvía a quedar tranquilo y en silencio, tan silencioso que uno podía oír los latidos de su corazón.

Dejé la sombra del árbol amigo y avancé renqueando a través de una brecha en el seto. Mis piernas estaban débiles, pues algún tiempo antes había sufrido una grave quemadura en la pierna izquierda, la que no se curó bien, y luego me quebré las dos piernas cuando una fuerte ráfaga de viento me levantó del techo del Potala y me arrojó por la ladera de la montaña. En consecuencia renqueaba y durante breve tiempo me eximieron de la parte que me correspondía en las tareas domésticas. Contrapesaba mi alegría por ello la obligación de estudiar más, pues me informaron que «había que compensar el trabajo». En ese día del lavado tenía libertad para vagar y descansar por el Norbu Linga.

No estaba dispuesto a volver por la entrada principal, con todos los grandes lamas y abades pisándome los talones. No estaba dispuesto a subir los duros escalones que solía contar: «noventa y ocho, noventa y nueve, cien, ciento uno…». Me detuve a un lado del camino mientras pasaban los lamas, los monjes y los peregrinos. Luego se produjo un momento de calma, crucé el camino y me introduje entre los matorrales. Arrastrándome a lo largo de la ladera escarpada, fui ascendiendo hasta más arriba de la aldea de Sho y llegué al sendero lateral entre la Sala de Justicia y el Potala.

El camino era abrupto, pero bello con su profusión de pequeñas plantas de roca. El aire era frío y mis piernas maltrechas comenzaban a dolerme insoportablemente. Me envolví en mi vieja túnica andrajosa y me senté en un peñasco cómodo para poder recuperar mi fuerza y mi aliento. Arriba, en la dirección de Lhasa, podía ver pequeñas fogatas chispeantes: los mercaderes acampaban al aire libre, como hacían con frecuencia los indios, con preferencia a alojarse en una de las hosterías. Más lejos, a la derecha, veía el río brillante cuando emprendía su largo viaje hasta la Bahía de Bengala.

«¡Ur–rorr, ur–rorr!», dijo una profunda voz de bajo, y una dura cabeza peluda me golpeó en las rodillas. «¡Ur–rorr, ur–rorr!», respondí amablemente. Se produjo un vago movimiento y un gran gato negro se posó en mis piernas y arrimó su cara a la mía.

—Honorable Minino —le dije a través de la piel espesa—, me sofocas con tus atenciones.

Le pasé suavemente las manos por el lomo y lo aparté un poco para poder mirarlo. Unos grandes ojos azules, ligeramente soslayados, me miraban a su vez. Tenía los dientes blancos como las nubes del cielo y sus orejas tensas estaban alertas al ruido más pequeño.

El Honorable Minino era un viejo y valioso amigo mío. Con frecuencia nos juntábamos bajo algún arbusto protector y nos hablábamos de nuestros temores, nuestros contratiempos y todas las penalidades de nuestra vida muy dura. En aquel momento me mostraba su afecto «apegándose» a mí y abriendo y cerrando sus grandes zarpas mientras sus ronroneos se hacían cada vez más fuertes. Durante un rato permanecimos sentados juntos y luego, también juntos, decidimos que ya era tiempo de que nos moviéramos.

Mientras me esforzaba por seguir subiendo, tambaleando a causa del dolor que sentía en las piernas, el Honorable Minino corría por delante, con el rabo inflexiblemente erecto. De pronto se metía en alguna maleza y cuando yo llegaba reaparecía de un salto y se asía juguetonamente a mi túnica aleteante.

—¡Vamos, vamos! —le dije en una de esas ocasiones—. Ésa no es la manera como debe comportarse el jefe de la Guardia Escogida de los Gatos.

En respuesta, agachó las orejas, trepó por la parte delantera de mi túnica y cuando llegó al hombro saltó de lado a un matorral.

Me divertía ver a nuestros gatos. Los utilizábamos como guardianes, pues un gato «siamés» bien amaestrado es más feroz que cualquier perro. Descansaban, al parecer dormidos, junto a los Objetos Sagrados. Si los peregrinos trataban de tocar o de robar algo, esos gatos siempre en parejas, los sujetaban y los retenían amenazándolos con desgarrarles la garganta. Eran feroces, pero yo podía hacer lo que quería con ellos y, como eran telepáticos, podíamos conversar sin dificultad.

Llegué a la entrada lateral. El Honorable Minino estaba ya allí, arrancando enérgicamente grandes astillas de un poste de madera situado junto a la puerta. Cuando levanté el picaporte abrió la puerta de un empujón con su fuerte cabeza y desapareció en la oscuridad humosa. Lo seguí mucho más lentamente.

Aquélla era mi residencia temporaria. Las lesiones de mis piernas eran tales que me habían enviado desde el Chakpori al Potala. Ahora, cuando entraba en el corredor los olores familiares olían a «hogar»: el siempre presente aroma del incienso, los diferentes perfumes de acuerdo con el momento y el propósito con que eran quemados, el olor acre, rancio y «punzante» de la manteca de yak que se utilizaba en nuestras lámparas, para calentar pequeños objetos como las marmitas y para la entalladura durante los días más fríos. El «recuerdo persistía». Por muy fuertemente que restregáramos (¡y no restregábamos demasiado fuerte!) el olor estaba siempre presente, impregnándolo todo. Un olor menos agradable era el del estiércol de los yaks, el que, una vez seco, era utilizado para calentar las habitaciones de los ancianos y enfermos. Pero yo seguí dando traspiés a lo largo del corredor oscuro al que las lámparas de manteca vacilantes hacían más oscuro todavía.

Otro «perfume» se hallaba siempre presente en todas las lamaserías; un «perfume» tan familiar que no se lo percibía a menos que el hambre hubiese agudizado las percepciones de uno. ¡La tsampa! Mézclese el olor de la cebada tostada, el olor del té chino prensado, el olor de la manteca caliente, y el resultado es la inevitable, la eterna tsampa. Algunos tibetanos nunca han probado más alimento que la tsampa; nacen para saborearla y es el último alimento que comen. Es comida, bebida y consuelo. Los sostiene durante el trabajo manual más duro y les alimenta el cerebro. Pero yo he creído siempre que mata el instinto sexual, por lo que el Tíbet es un Estado de célibes, un país de monjes, con un bajo porcentaje de natalidad.

El hambre había agudizado mi percepción y, en consecuencia podía apreciar el aroma de la cebada tostada, la manteca caliente y el té chino prensado. Avancé cansadamente por el corredor y me volví hacía la izquierda cuando el olor era más fuerte. Allí, en grandes calderas de cobre, los monjes cocineros arrojaban cebada tostada y picada en el té hirviente. Uno cortó varias libras de manteca de yak y las arrojó en la caldera; otro vació un saco de cuero lleno de sal que habían llevado los tribeños de los Lagos de las Montañas. Un cuarto monje, con un cucharón de tres metros de largo, removía y mezclaba todo. La caldera burbujeaba y espumeaba y trocitos de las ramitas del té se elevaban a la superficie y el monje los retiraba con el cucharón.

El excremento de yak que ardía bajo la caldera exhalaba un hedor acre y nubes y más nubes de hollín negro. Todo el lugar estaba cubierto por él y los rostros rayados por el sudor negro de los monjes cocineros podían haber sido seres surgidos de algún profundo Infierno. Con frecuencia el monje del cucharón raspaba la manteca que flotaba en la caldera y la arrojaba al fuego. Entonces se producía un chirrido, una llamarada y un nuevo hedor.

—¡Eh, Lobsang! —gritó un monje, haciéndose oír por encima del estruendo y la algarabía—. ¿Vienes de nuevo en busca de comida? Sírvete tú mismo, muchacho, sírvete.

Saqué del interior de mi túnica la bolsita de cuero en la que los monjes guardábamos la provisión de cebada de un día. Sacudí el polvo y llené la bolsita con cebada recién molida y tostada. De la parte delantera de la túnica saqué mi escudilla y la examiné cuidadosamente. Estaba un poco gusanienta, un poco «costrosa». Del gran barril situado junto a la pared más lejana tomé un puñado de arena muy fina y fregué concienzudamente la escudilla. ¡Me sirvió también para limpiarme las manos! Por fin quedé satisfecho con su estado. Pero había que hacer otra cosa: mi bolsa de té estaba vacía, o más bien lo único que contenía eran los palitos, los granos de arena y otros desperdicios que hay siempre en el té. Esta vez di vuelta a la bolsa y le quité todos los desechos. Volví a poner la bolsa en su estado natural, tomé un martillo y corté un trozo adecuado del ladrillo de té más cercano.

Ahora era mi turno; otra vez tomé mi escudilla —mi escudilla recién limpiada— y la tendí. Un monje tomó un cucharón y me llenó la escudilla con tsampa hasta el borde. Agradecidamente, me retiré a un rincón, me senté en un saco y comí mi ración. Mientras comía miraba a mi alrededor. La cocina estaba llena con los gorrones habituales, haraganes que mataban el tiempo charlando, relatando el último escándalo, aumentando un poco los rumores ya conocidos.

—Sí, el lama Tenching va al Seto de Rosas. Se dice que tuvo un altercado con el señor Abad. Mi amigo oyó todo, según dice…

La gente tiene muchas ideas extrañas acerca de las lamaserías o monasterios. Se cree con frecuencia que los monjes pasan todo el día orando, contemplando o meditando, «en una actitud digna y diciendo solamente cosas buenas». Una lamasería es un lugar donde, oficialmente, los hombres de vocación religiosa se congregan con el propósito de dedicarse a la adoración y la contemplación para purificar su espíritu. ¡Oficialmente! Pero extraoficialmente el hábito no hace al monje. En una comunidad de varios miles de personas tiene que haber quienes se dedican a los quehaceres domésticos y a la reparación y el mantenimiento del edificio. Otros atienden a las cuentas, la vigilancia de las clases inferiores, la enseñanza, la predicación, etcétera. Una lamasería puede ser una gran ciudad con una población exclusivamente masculina. Los obreros pertenecerán a la clase inferior de monjes y no se interesarán por el aspecto «religioso» de la vida, al que sólo atenderán de labios afuera. ¡Algunos monjes nunca han estado en el templo sino para limpiar el piso!

Una gran lamasería cuenta con un lugar para el culto, escuelas, enfermería, almacenes, cocinas, hosterías, prisiones y casi todo lo que se encuentra en una ciudad «laica». La principal diferencia consiste en que en una lamasería todos y todo son masculinos y —en la superficie— todos están dedicados a la «instrucción y la acción religiosas». Las lamaserías cuentan con trabajadores diligentes y con «zánganos» bien intencionados y zumbadores. Las lamaserías mayores son verdaderas ciudades con muchos edificios y parques que se extienden por una amplia zona y a veces toda la comunidad está rodeada por una alta muralla. Otras lamaserías son pequeñas, no cuentan más que con un centenar de monjes y todos ellos se alojan en un edificio. En algunas zonas remotas una lamasería muy pequeña puede no tener más de diez miembros. En consecuencia, varían entre diez y diez mil monjes, altos y bajos, gordos y flacos, buenos y malos, perezosos y activos, lo mismo que en cualquiera comunidad exterior, y no son peores, y con frecuencia no mucho mejores, excepto que la disciplina lamástica puede ser casi militar, lo que depende del abad en funciones. Éste puede ser un hombre bondadoso y considerado, o puede ser un tirano.

Ahogué un bostezo y salí al corredor. Un susurro en uno de los almacenes llamó mi atención. Llegué a tiempo para ver un rabo negro que desaparecía entre sacos de grano. Los gatos «guardaban» el grano y al mismo tiempo cazaban su cena de ratones. Sobre uno de los sacos vi a un gato de aspecto satisfecho que se limpiaba los bigotes y sonreía de satisfacción.

Las trompetas sonaban, su eco repercutía en los corredores y volvían a sonar. Me volví y me dirigí al Templo Interior al son de muchas pesadas sandalias y el restregar de pies desnudos.

Dentro reinaba la oscuridad en aumento de las primeras horas de la noche, con las sombras purpúreas deslizándose a través del piso y revistiendo con ébano las columnas. Los marcos de las ventanas tenían una orla de oro en el momento en que los dedos del sol llegaban a ellas y hacían una última y suave caricia a nuestro templo. Nubes de incienso arremolinadas iban a la deriva y cuando un rayo de luz solar las atravesaba se convertían en una miríada de motitas de polvo de colores vivos y casi dotadas de vida.

Los monjes y lamas y los humildes acólitos fueron entrando y ocupando sus lugares en el piso, agregando cada uno de ellos su salpicadura de color que se reflejaba en el aire vibrante. Las túnicas doradas de los lamas del Potala, las azafranadas y rojas de otros, las pardas de los monjes, y las descoloradas por el sol de los que trabajan habitualmente al aire libre. Todos se sentaban en filas en la posición aprobada. Yo, porque las graves lesiones de mis piernas me impedían sentarme de la manera prescrita, quedé relegado a un puesto en el fondo, donde me ocultaba una columna rodeada de humo, de modo que no podía «destruir la norma».

Miré a mi alrededor y contemplé a todos los muchachos, los hombres y los sabios muy ancianos que atendían a sus devociones, cada uno de acuerdo con su comprensión. Pensaba en mi madre, la madre que ni siquiera me había dicho «adiós» cuando dejé el hogar —¡cuánto tiempo parecía haber pasado!— para ingresar en la lamasería de Chakpori. Hombres, todos eran hombres. Yo conocía solamente a los hombres. ¿Cómo eran las MUJERES? Sabía que en algunas partes del Tíbet había monasterios en los que monjes y monjas vivían juntos, casados, y criaban a sus familias.

El incienso se arremolinaba, el servicio religioso continuaba y la luz crepuscular se convertía en oscuridad apenas disminuida por las vacilantes lámparas de manteca y el incienso que brillaba suavemente. ¡Hombres! ¿Estaba bien que los hombres vivieran solos, que no se asociaran con las mujeres? ¿Cómo eran las mujeres, de todos modos? ¿Pensaban lo mismo que nosotros? Por lo que yo sabía, no hacían más que charlar acerca de las modas, el estilo del peinado y otras cosas tan tontas como esas. Además, parecían espantajos con todos los mejunjes que se ponían en la cara.

El servicio religioso terminó y yo me levanté penosamente con las piernas temblorosas y me quedé apoyado en la columna para que los otros no me derribaran al salir. Por fin fui al corredor y me dirigí al dormitorio. Un viento frío soplaba a través de las ventanas abiertas, un viento que llegaba directamente desde el Himalaya. Las estrellas tenían un brillo frío en el claro aire nocturno. Desde un ventana situada debajo de mí una voz temblorosa recitaba:

Ésta es la Noble Verdad respecto al origen del sufrimiento. Es el deseo vehemente el que causa la renovación de las transformaciones…

Mañana, me recordé, y tal vez durante algunos días, tendremos conferencias especiales sobre el budismo a cargo de uno de los grandes maestros indios. Nuestro budismo —el lamaísmo— se ha apartado de las estrictas líneas ortodoxas del «budismo indio», de una manera muy parecida a como la doctrina cristiana ha tomado diversas formas como la cuáquera y la católica. Pero la noche había avanzado mucho y me aparté de la ventana helada.

A mi alrededor dormían los acólitos. Algunos roncaban y unos pocos se movían inquietos, pensando probablemente en su «hogar», como yo había estado pensando poco tiempo antes. Otros pocos, muy fuertes y resistentes, trataban de adoptar la postura lamaísta «correcta» para dormir: sentados con el busto erguido en la posición del Loto. No teníamos camas, por supuesto, ni colchones. El suelo era nuestra mesa y nuestra cama.

Me quité la túnica y me quedé desnudo y temblando en el helado aire nocturno; pero en seguida me envolví en la manta que todos los monjes tibetanos llevan enrollada sobre el hombro y llega hasta la cintura. Me tendí cautelosamente en el suelo por temor a que mis piernas me traicionasen, amontoné mi ropa bajo la cabeza como almohada y me dormí.