Capítulo XI

Juntos descendimos por los corredores hasta que llegamos al patio interior, donde unos monjes palafreneros tenían ya preparados dos caballos, uno para mi guía, el lama Mingyar Dondup, y el otro para mi desdichada persona. Mi guía hizo seña a un palafrenero para que me ayudara a montar, y me alegré de que mis piernas estuvieran en mal estado, porque un caballo y yo rara vez llegábamos al mismo punto juntos; si yo me disponía a montar en un caballo, el caballo se movía y yo caía en tierra, o si esperaba a que el caballo se moviera y corría para saltar, el caballo no se movía y yo me daba de bruces contra el desdichado animal. Pero en esta ocasión, con la excusa de mis piernas lisiadas, me ayudaron a montar en el caballo e inmediatamente hice una de las cosas que no deben hacerse. Comencé a cabalgar sin mi guía. Rió sonoramente al verme, pues sabía que yo no podía manejar a aquel caballo desafortunado. El animal salió del patio y comenzó a descender por el sendero, y yo me asía a él firmemente, por temor a rodar por la ladera de la montaña.

Así fui rodeando la pared exterior. Un rostro gordo y amistoso asomó por una ventana sobre mí y me gritó:

—Adiós, Lobsang, vuelve pronto, pues en la próxima semana tendremos buena cebada de una clase excelente, mejor que la que hemos tenido últimamente. Ven a verme tan pronto como vuelvas.

El monje cocinero oyó que se acercaba otro caballo, volvió la mirada hacia la izquierda y exclamó:

—¡Oh, oh, honorable lama médico, perdóneme!

Pasaba mi guía y el pobre cocinero creyó que había cometido «una impertinencia», pero el lama Mingyar Dondup le sonrió amistosamente y el cocinero se quedó tranquilo.

Seguí cabalgando montaña abajo, con mi guía riendo entre dientes detrás de mí.

—Tendremos que engomarte el caballo, Lobsang —dijo riendo.

Volví la cabeza para mirarle un tanto malhumorado. Aquello estaba bien para él, que era un hombre grande de casi dos metros de altura y más de ochenta kilos de peso, con fuertes músculos e inteligente, y yo no dudaba de que si lo deseaba podía tomar al caballo en sus brazos y llevarlo montaña abajo en vez de ser el caballo el que lo llevara a él. Yo, en cambio, me sentía como una mosca posada en el animal. Apenas lo dominaba y con mucha frecuencia, por su perversidad natural o porque sabía que yo estaba asustado, se acercaba al borde mismo del sendero y miraba al saucedal situado muy abajo, y relinchaba, probablemente porque eso le divertía.

Llegamos al pie de la montaña y seguimos la carretera de Dodpal, porque antes de ir al Chakpori teníamos que visitar una de las oficinas del gobierno en la aldea de Sho. Cuando llegamos, mi guía, con mucha consideración ató mi caballo a un poste y me ayudó a desmontar mientras decía:

—Quédate aquí, Lobsang; yo no tardaré más de diez minutos.

Tomó una bolsa y entró en una de las oficinas, dejándome sentado en un montón de piedras.

—¡Mirad! ¡Mirad! —dijo una voz campesina detrás de mí—. He visto al lama de la túnica azafranada desmontar de ese caballo y aquí está el muchacho que cuida de los caballos. ¿Cómo estás, joven maestro?

Miré a mi alrededor y vi un grupito de peregrinos. Sacaban la lengua de la tradicional manera tibetana como los inferiores saludan a los superiores. Mi pecho se hinchó de orgullo y disfruté desvergonzadamente con la gloria refleja de ser «el criado del lama de la túnica azafranada».

—¡Oh! —fue mi respuesta—. Nunca debéis presentaros ante un sacerdote inesperadamente como habéis hecho ahora, pues, como sabéis, estamos siempre sumidos en la meditación y una impresión súbita es muy mala para nuestra salud. —Los miré desaprobadoramente con el ceño fruncido y continué—: Mi maestro y guía, el lama Mingyar Dondup, el que viste la túnica azafranada, es uno de los lamas más importantes de aquí, una gran persona ciertamente, y os aconsejo que no os acerquéis demasiado a su caballo, porque también su caballo es importante, pues conduce a tan gran jinete. Seguid adelante, seguid adelante y no olvidéis vuestro circuito por el Camino Circular, pues os proporcionará muchos beneficios.

Dicho eso, me volví, pensando que había actuado como un verdadero monje y causando una favorable impresión.

Una risita cercana me hizo levantar la vista con cierta sensación de culpabilidad. Vi a un mercader que se mondaba los dientes con una pajita; apoyaba una mano en la cadera y la otra trabajaba activamente en su boca. Me apresuré a mirar a mi alrededor y vi que los peregrinos me habían obedecido y seguían su camino.

—Bueno, ¿qué desea? —pregunté al viejo mercader que me miraba de soslayo—. ¡No tengo tiempo que perder!

El viejo sonrió benévolamente y contestó:

—Vamos, vamos, joven maestro, no seas tan duro con un pobre y viejo mercader al que le cuesta tanto ganarse la vida en estos tiempos tan difíciles. ¿Tienes por casualidad algunas chucherías, algo que hayas traído de la Gran Casa de allí arriba? Puedo ofrecerte un precio muy bueno por cortaduras del cabello de un lama, o por un trozo de la túnica de un lama. Puedo ofrecerte un precio mayor por algo que haya sido bendecido por uno de los lamas superiores, como tu maestro de la túnica azafranada. Habla, joven maestro, habla antes de que él vuelva y nos sorprenda.

Le miré con desprecio y pensé que aunque hubiera tenido una docena de túnicas no las habría vendido para que traficaran con ellas farsantes y charlatanes. En aquel momento, con gran alegría, vi que volvía mi guía. El viejo mercader lo vio también y se alejó con paso vacilante.

—¿Qué tratabas de hacer, comprar algo a ese mercader? —me preguntó mi guía.

—No, honorable maestro —le contesté—, él era el que trataba de comprarle a usted, o cosas pertenecientes a usted, cortaduras de cabello, trozos de túnica o cualquiera cosa que él creía que podía robarle.

El lama Mingyar Dondup rió, pero su risa tenía un matiz de tristeza mientras se volvía para mirar al mercader, que ya no caminaba despacio, sino que corría realmente para ponerse fuera del alcance de la voz.

—Es lástima que esos hombres estén siempre dispuestos a sacar partido de todo —dijo—. Es lamentable que traten de conseguir algo para darle un valor falso. Después de todo, no es la túnica azafranada lo que importa, sino el alma del que viste la túnica azafranada.

Dicho eso, me levantó con un movimiento rápido y suave y me puso a horcajadas en mi caballo, el que pareció tan sorprendido como yo. Luego desató las riendas, me las entregó (¡como si yo supiera qué hacer con ellas!), montó en su caballo y reanudamos la marcha.

Descendimos por la Mani Lhakhang, cruzamos el resto de la aldea de Sho, pasamos por la Pargo Kaling y luego por el pequeño puente que atravesaba un tributario del Kaling Chu. Doblamos hacia la izquierda, cruzamos el pequeño parque Kundu y tomamos el camino que llevaba a nuestro Chakpori.

Era un camino escabroso y pedregoso, un camino difícil de recorrer, un camino para el que se necesitaba un caballo seguro. La Montaña de Hierro, como llamábamos al Chakpori, es más alta que la montaña en la que se alza el Potala, y su cumbre de roca era menor, y más abrupta y empinada. Mi guía iba por delante y su caballo desalojaba con frecuencia pequeñas piedras que rodaban por el camino hacia mí. Mi caballo lo seguía cuidadosamente, eligiendo el camino. Mientras ascendíamos yo miraba a mi derecha, hacia el sur, donde corría el Río Feliz, el Kyi Chu. También podía ver, directamente abajo, el Parque de las Joyas, el Norbu Linga, donde el Recóndito pasaba sus muy escasos momentos de recreo. En aquel momento el parque estaba casi desierto, pues aparte de unos pocos monjes jardineros que arreglaban los destrozos de la reciente tempestad, no había lamas ancianos a la vista. Yo recordaba que antes que se lisiaran mis piernas me gustaba deslizarme por la ladera de la montaña, cruzar la carretera de Lingkor y entrar en el Parque de las Joyas o Norbu Linga por el que yo creía que era mi camino supersecreto.

Llegamos a la cima de la montaña, el espacio pedregoso que se extendía ante las paredes del Chakpori, paredes que encerraban a toda esa lamasería. El monje que estaba en la puerta se apresuró a recibirnos y otros dos monjes corrieron para hacerse cargo de nuestros caballos. Yo me despedí del mío con la mayor alegría, pero gimiendo un poco al sentir otra vez en las piernas el peso del cuerpo.

—Tendré que ocuparme de tus piernas, Lobsang, pues no se curan tan bien como yo esperaba —dijo mi guía.

Un monje se hizo cargo del equipaje del lama y se alejó con él. Mingyar Dondup entró en la lamasería mientras me decía sobre el hombro:

—Volveré a verte dentro de una hora.

El Potala era demasiado público para mí, demasiado «grande»; uno tenía que estar constantemente alerta para no molestar accidentalmente a un monje anciano o a un lama joven; los lamas ancianos nunca se ofendían, pues tenían que preocuparse por cosas más importantes que si una persona miraba en su dirección o aparentemente no los tenía en cuenta. Como en todos los casos, sólo los hombres inferiores causaban dificultades, pues sus superiores eran bondadosos, considerados y comprensivos.

Entré en el patio, pensando que ésa sería una buena oportunidad para comer. En aquel período de mi vida el alimento era una de las cosas más importantes, porque la tsampa, a pesar de todas sus virtudes, lo dejaba a uno un poco hambriento.

Mientras recorría los muy conocidos corredores me encontré con muchachos de mis contemporáneos, muchachos que habían ingresado más o menos al mismo tiempo que yo. Pero se había producido un gran cambio. Yo no era ya sólo un muchacho más, un mozalbete al que había que educar o reprender, sino que estaba bajo la protección especial del gran lama Mingyar Dondup, el que vestía la túnica azafranada. Ya había circulado el rumor y se había difundido en el exterior de que iba a recibir una instrucción especial, de que iba a tener una habitación en el alojamiento de los lamas, de que iba a hacer esto o aquello, y me divertía saber que mis hazañas, reales o imaginarias, eran muy conocidas. Un muchacho le confesó alegremente a otro que me había visto levantado de la tierra por una ráfaga de viento y llevado hasta lo alto del Techo Dorado.

Lo vi con mis propios ojos —dijo—. Yo estaba aquí, en este mismo lugar, y lo vi allí abajo sentado en la tierra. Luego vino esa gran tormenta de polvo y vi a Lobsang volar hacia arriba y parecía que luchaba con los demonios en el techo. Y después —el muchacho hizo una pausa dramática y giró los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras— cayó directamente en los brazos de uno de los lamas guardianes del Templo. —Hubo un suspiro de pavor y admiración, con una mezcla de envidia, y el muchacho añadió—: Luego llevaron a Lobsang ante el Recóndito, ¡lo que significa una distinción y un honor para nuestra clase!

Me abrí camino entre la multitud de buscadores de sensaciones, la horda de muchachos y monjes jóvenes que esperaban que yo hiciese algún anuncio pasmoso, una especie de Revelación de los dioses, pero yo buscaba comida; me abrí camino entre aquella gente y me dirigí renqueando por el corredor a un lugar bien conocido: la cocina.

—¡Ah! ¿Así que has vuelto a nuestra casa? Bueno, siéntate, muchacho, siéntate y te alimentaré bien. No te han alimentado muy bien en el Potala a juzgar por el aspecto que tienes. Siéntate y te daré de comer.

El viejo monje cocinero se acercó, me palmeó en la cabeza y me hizo sentar en un montón de sacos de cebada vacíos. Luego buscó en el interior de mi túnica y consiguió sacar mi escudilla. Fue a lavarla cuidadosamente (¡pero no porque lo necesitara!) y se acercó al caldero mas próximo. Pronto volvió derramando tsampa y té en toda la cocina y me hizo levantar las piernas por si derramaba también sobre mi túnica.

—Aquí lo tienes, muchacho —dijo mientras me ponía la escudilla en las manos—. Cómelo, cómelo de prisa, pues sé que pronto vendrán a buscarte porque el Abad desea enterarse de todo lo que ha sucedido.

Por suerte, algún otro entró en la cocina y requirió su atención, por lo que se alejó de mí y me dejó comer mi tsampa tranquilo.

Cuando terminé le di las gracias cortésmente, porque era un anciano excelente que pensaba que los muchachos éramos molestos, pero no tan molestos si se nos alimentaba adecuadamente. Fui al gran barril de arena fina y limpié cuidadosamente la escudilla, y luego tomé la escoba y barrí la arena que había caído en el suelo. Me volví, hice una reverencia en su dirección, lo que le sorprendió gratamente, y salí.

Fui hasta el extremo del corredor y apoyé los brazos en la pared mientras miraba afuera. Debajo de mí estaba el pantano y un poco más allá corría el arroyo. Pero yo miraba sobre el Kashya Linga hacia el bote de transbordo, porque el barquero parecía estar extraordinariamente activo ese día. Se inclinaba sobre los remos y remaba vigorosamente, y su embarcación de piel de yak parecía completamente cargada con personas y sus paquetes, y me preguntaba qué sucedía, por qué afluía tanta gente a nuestra Ciudad Santa. Luego recordé que los rusos ejercían una gran presión sobre nuestro país porque los ingleses también habían causado una conmoción, y ahora los rusos enviaban muchos espías a Lhasa disfrazados de mercaderes, en la creencia de que nosotros, pobres nativos ignorantes, no nos daríamos cuenta de ello. Olvidaban, o quizá no lo sabían, que muchos de los lamas eran telepáticos y clarividentes y sabían lo que pensaban los rusos casi tan pronto como ellos.

Me gustaba observar a todas las diferentes clases de personas, adivinar sus pensamientos y determinar si eran buenas o malas. Con la práctica eso era fácil, pero en aquel momento no tenía tiempo para quedarme mirando a los demás, pues deseaba ir a ver a mi guía. Me dolían las piernas y estaba realmente cansado. Mi guía había tenido que ir al Seto de Rosas antes que yo me hallara lo suficientemente bien para realizar mis tareas. En realidad debía haber permanecido entre las sábanas y en el suelo durante una semana más, pero el Chakpori, aunque era un buen lugar, no acogía de buena gana a los muchachos enfermos que tenían heridas cuya curación era lenta y violaban la rutina regular. Por eso había tenido que ir al Potala, donde, cosa curiosa, había más facilidades para esas atenciones que en nuestro Templo de la Curación.

En el Chakpori enseñaban a los discípulos capaces las artes de la curación. Nos enseñaban todo lo relacionado con el cuerpo, cómo funcionan las diferentes partes del cuerpo, la acupuntura, que consiste en introducir en el cuerpo agujas muy finas para estimular ciertos centros nerviosos; y todo lo relacionado con las hierbas, la manera de recogerlas después de poder identificarlas, el modo de prepararlas, almacenarlas y secarlas. En el Chakpori teníamos grandes edificios en los que los monjes, bajo la vigilancia de los lamas, preparaban constantemente ungüentos y hierbas. Recordaba la primera vez que los había visto…

Atisbé a través de la puerta, vacilante, asustado, sin saber lo que iba a ver ni quién podía verme. Sentía curiosidad porque, aunque mis estudios no habían llegado todavía a la medicina botánica, el asunto me interesaba mucho. En consecuencia atisbé.

La habitación era grande y tenía un alto techo de vigas, y colgaban cuerdas de las grandes vigas que se extendían de un lado a otro y que sostenían unos bastidores ordenados en forma triangular. Durante un rato estuve mirando sin poder comprender la finalidad de aquellas cuerdas. Cuando mis ojos pudieron ver claramente en la oscuridad interior advertí que el otro extremo de las cuerdas estaba atado a bolsas de cuero, bolsas de cuero que mediante un tratamiento apropiado quedaban tan duras como la madera. En cada bolsa de cuero había pintada una palabra, palabras que nada significaban para mí. Observaba y nadie advertía mi presencia, hasta que por fin un viejo lama se volvió y me vio. Sonrió bondadosamente y me dijo:

—Entra, muchacho, entra. Me complace ciertamente que un muchacho tan joven se interese ya por ésto.

Me acerqué a él titubeando y él me puso una mano en el hombro y con asombro por mi parte comenzó a hablarme de lo que se hacía en aquel lugar, señalándome las diferentes clases de hierbas y explicándome la diferencia entre el polvo, el té y el ungüento hechos con hierbas. Simpaticé con el anciano, al que sus hierbas parecían haberlo dulcificado notablemente.

Directamente frente a nosotros había una larga mesa de piedra, de una clase de piedra más bien áspera, probablemente granito, aunque no puedo asegurarlo. La mesa era plana, de unos cinco metros por dos, es decir grande y sólida. A su alrededor los monjes se ocupaban muy activamente en extender terrones de hierba, ésta es la única palabra que encuentro para describirlos, pues parecían terrones de hierba coagulados, una masa de vegetación pardusca. Extendían esas hierbas en la mesa y luego, con trozos de piedra lisos parecidos a ladrillos, apretaban las hierbas arrastrando las piedras hacia un lado. Cuando las levantaban vi que las hierbas quedaban maceradas, desmenuzadas. Seguían haciendo eso hasta que sólo quedaba la pulpa fibrosa. Al llegar a esa etapa los monjes se retiraban y se acercaban otros con cubos de cuero y piedra con el borde dentellado. Los nuevos monjes raspaban cuidadosamente la mesa de piedra y recogían toda la materia fibrosa en sus cubos de cuero. Hecho eso, los primeros monjes extendían arena fina en la mesa y frotaban ésta con sus piedras, limpiándola y al mismo tiempo haciendo nuevas rascaduras que retendrían a las hierbas para que pudieran ser maceradas.

Los monjes con los cubos de cuero llevaron la materia fibrosa al lado más lejano de la gran habitación, donde, como veía ahora, había calderas con agua hirviente. Uno tras otro fueron derramando el contenido de los cubos en una de las calderas. Me interesó ver que el agua estaba hirviendo y burbujeando, pero tan pronto como cayó en ella la materia fibrosa cesó la ebullición. El viejo lama me llevó a la caldera y miró adentro y luego tomó un palo y removió la masa mientras decía:

—Mira. Estamos hirviendo esto y seguiremos hirviéndolo hasta que el agua rebose y consigamos un jarabe espeso. Te mostraré lo que hacemos con eso.

Me condujo a otra parte de la sala, donde vi grandes jarras llenas con jarabe, todas con etiquetas que indicaban sus diferentes clases.

—Esto —dijo, señalando una tinaja particular— es lo que damos a los que sufren de infecciones catarrales. Beben una pequeña cantidad y, aunque el sabor no es muy agradable, es mucho más agradable que el catarro. Y de todos modos lo cura.

Rió de muy buen humor y luego me llevó a otra mesa situada en una habitación contigua. Allí encontré un grupo de monjes que trabajaba en un banco de piedra que parecía una artesa poco profunda. Tenían en las manos paletas de madera y mezclaban toda una colección de cosas bajo la vigilancia de otro lama. El anciano que me conducía en un recorrido tan interesante me dijo:

—Aquí tenemos esencia de eucalipto y esencia de alcanfor y las mezclamos con aceite de oliva importado muy costoso, y luego, con esas paletas de madera, los monjes revuelven todo y lo mezclan con manteca. La manteca forma una excelente base para un ungüento. Cuando tenemos enfermos del pecho encuentran alivio si se les frota con esto el pecho y la espalda.

Extendí con cautela un dedo y toqué una gota del material al borde de la artesa y todavía con más cautela lo olí y sentí que me escocían los ojos. El olor parecía arder dentro de mí, parecía que se me quemaban los pulmones y temía toser, aunque lo deseaba desesperadamente, por si estallaban. El viejo lama se echó a reír y dijo:

—Ponte eso en la nariz y te arrancará la piel de las ventanillas. Es el material concentrado y hay que seguir diluyéndolo con más manteca.

Más adelante estaban unos monjes que cortaban las puntas de las hojas de cierta planta seca y cuidadosamente la cernían a través de un paño parecido a una red de malla muy cerrada.

—Estos monjes preparan tés especiales. Llamamos té a una infusión de hierbas que se puede beber. Este té particular —y señalo uno— es antiespasmódico y alivia en los casos de contracciones nerviosas. Cuando vengas aquí y te familiarices con todo esto lo encontrarás muy interesante. —En ese momento le llamó alguien, pero añadió antes de irse—: Míralo todo, muchacho, míralo todo. Me alegro de que alguien se interese tanto por nuestras artes.

Dicho eso, corrió a la otra habitación. Seguí recorriendo el local y olfateando esto y aquello. Tomé uno de los polvos y lo olí con tal fuerza que se me introdujo en la nariz y la garganta y me hizo toser y toser hasta que vino otro lama que me hizo beber un té, también detestable.

Me repuse de ese incidente y me acerqué a una pared donde había un gran barril. Miré en su interior y me quedé asombrado porque parecía estar lleno de corteza, una corteza de aspecto extraño que nunca había visto. Tomé un pedazo y se desmenuzó entre mis dedos. Moví la cabeza sorprendido porque no comprendía para qué podían servir aquellos trozos de una corteza más áspera y sucia que cualquiera de las que había visto en nuestros parques. Un lama vio mi gesto, se acercó y me dijo:

—No tienes la menor idea de qué es esto, ¿verdad?

—No, honorable lama médico —contesté—. Me parece que no es más que basura.

Rió al oír eso, pues realmente le hizo gracia, y replicó:

—Eso, joven, es una corteza que se utiliza para el padecimiento más común actualmente en el mundo, una corteza que proporciona alivio y ha salvado muchas vidas. ¿Puedes adivinar qué es? ¿Cuál es el padecimiento más común?

Yo estaba en verdad perplejo y, aunque pensé y pensé, no pude dar con una solución sensata, y se lo dije. Sonrió y explicó:

—El estreñimiento, muchacho, el estreñimiento. Eso es la mayor calamidad del mundo. Pero ésta es una corteza sagrada que traen los mercaderes de la India. Se la llama sagrada porque proviene de un país muy lejano, el Brasil, donde la llaman cáscara sagrada. La utilizamos también como té, o en los casos excepcionales la hervimos durante largo tiempo hasta que obtenemos un destilado que mezclamos con cierto agregado de greda y azúcar y luego la prensamos en forma de píldora. Eso es para quienes no pueden tolerar su sabor acre en la forma de té.

Me sonrió muy amablemente, pues era evidente que le complacía mi interés, y era en verdad interesante.

El viejo lama anterior volvió apresuradamente, me preguntó cómo me iba y sonrió al ver que tenía en la mano un trozo de cáscara sagrada.

—Mastícala, muchacho, mastícala —me dijo—. Te hará mucho bien y te curará cualquiera tos que puedas tener, porque después de masticar eso no te atreverás a toser.

Se sonrió como un pequeño duende, porque, aunque era un gran lama médico, era, no obstante, pequeño en estatura.

—Ven aquí —dijo—, mira esto; es de nuestro país. Lo llamamos olmo resbaladizo y ésta es la corteza de esa variedad de olmo. Es muy útil para las personas que padecen perturbaciones gástricas. La amasamos, hacemos con ella una pasta y el paciente infortunado la toma y se le alivia el dolor. Pero espera, muchacho, espera. Cuando vuelvas por aquí un poco más tarde estoy seguro de que descubrirás que tienes un gran porvenir por delante.

Les di las gracias a él y al otro lama por su bondad y puse fin a la primera de mis visitas.

Pero oí pasos apresurados, pasos apresurados: llegó un muchacho con la orden de que fuera a ver a mi guía, el lama Mingyar Dondup, quien me esperaba en su alojamiento, que en adelante casi sería también el mío, pues iba a tener una habitación junto a la suya. Me envolví estrechamente en la túnica para parecer más aseado y acudí con toda la rapidez que podía para ver qué clase de lugar me estaba destinado.