Capítulo XII
La mía era una habitación agradable, pequeña, pero lo bastante grande para mis necesidades. Me satisfizo ver que contaba con dos mesas bajas y que en una de ellas había muchas revistas y diarios. En la otra habían dejado algunas cosas muy buenas para mí: las golosinas que tanto me gustaban. Cuando entré me sonrió un monje sirviente y me dijo:
—Los dioses de la Fortuna te favorecen ciertamente, Lobsang. Estás junto a la habitación del gran lama Mingyar Dondup.
Yo sabía eso, me decía cosas que sabía ya, pero añadió:
—Aquí hay una puerta de comunicación. Debes recordar que no puedes pasar por esta puerta sin el permiso de tu guía, pues puede estar sumido en una profunda meditación. Ahora no podrás ver a tu guía durante breve tiempo, por lo que te sugiero que comas esas cosas.
Dicho eso, se volvió y salió de mi habitación. ¡Mi habitación! ¡Qué bien sonaba eso! Era maravilloso disponer de una habitación propia después de haber tenido que dormir en comunidad con otros muchos muchachos.
Me acerqué a la mesa, me incliné y examiné atentamente todas las cosas buenas que había en ella. Tras mucha incertidumbre decidí lo que iba a comer, una cosa rosada cubierta con un fino polvo blanco. La tomé con la mano derecha y luego, para completar el banquete, tomé otra con la mano izquierda, y fui a la ventana para ver en qué parte del edificio me hallaba.
Apoyé los brazos en la piedra del marco de la ventana y asomé la cabeza, murmurando una mala palabra cuando se me cayó una de mis golosinas indias. Me apresuré a tragar la otra para que no corriera la misma suerte y volví a examinar el paisaje.
Me hallaba en el extremo sudeste del edificio y ocupaba la última habitación en la esquina del anexo. Veía el Parque de las Joyas, el Nurbu Linga. En aquel momento se paseaban por él algunos lamas que parecían discutir, pues hacían muchos gestos. Durante unos instantes me quedé observándolos; el espectáculo era muy divertido: uno de ellos adoptaba posturas en el suelo y el otro declamaba, y luego cambiaban de lugares. Comprendí lo que hacían: ensayaban para los debates públicos, pues el Dalai Lama en persona iba a asistir a uno de esos debates. Satisfecho por no haber perdido algo que debía conocer, fijé mi atención en otras cosas.
Unos pocos peregrinos vagaban de un lado a otro en la carretera de Lingkor como si esperaran encontrar oro debajo de cada matorral o de cada piedra. Formaban un grupo abigarrado; algunos eran peregrinos ortodoxos, realmente sinceros; otros, según podía deducir sin mucha dificultad, eran espías, espías rusos que nos espiaban a los chinos y a nosotros, y espías chinos que nos espiaban a nosotros y a los rusos. Yo pensaba que mientras se espiasen mutuamente nos dejarían tranquilos. Directamente debajo de mi ventana había un pantano con un riachuelo que lo cruzaba y desembocaba en el Río Feliz. Por un puente sobre el río pasaba la carretera de Lingkor. Me divertí observando a un grupito de muchachos de la ciudad; los llamábamos Cabezas Negras porque no las tenían rapadas como nosotros, los monjes. Se divertían en aquel puente arrojando trozos de madera por un lado y corriendo al otro para verlos reaparecer. Uno de ellos perdió el equilibrio con la ayuda oportuna de uno de sus compañeros y cayó de cabeza al agua. Pero el accidente no fue muy grave, pues consiguió salir a la orilla cubierto con un lodo muy viscoso que, por mi daño, yo también había encontrado en aquel río. Todos los muchachos corrieron a la orilla y le ayudaron a limpiarse, pues sabían lo que les dirían sus padres si volvían a la ciudad de Lhasa dejando a su compañero en aquel estado horrible.
Más al este el barquero seguía desempeñando su oficio y transportando a la gente a través del río, y lo hacía con muchos aspavientos, con la esperanza de sacar más dinero a sus pasajeros. Eso era algo que me interesaba realmente, porque en esa época nunca había estado en el agua en una embarcación y eso constituía entonces el colmo de mi ambición.
Un poco más lejos había otro pequeño parque, el Kashya Linga, a lo largo del camino que llevaba a la Misión China. Desde mi habitación veía las paredes de la misión y contemplaba el jardín, aunque estaba bien cubierto por los árboles. Nosotros, los muchachos, creíamos que en la Misión China se cometían horribles atrocidades y, ¿quién sabía?, acaso estábamos en lo cierto.
Más al este se hallaba el Khati Linga, un parque muy agradable pero algo húmedo, pues estaba en un terreno pantanoso. Más allá se alzaba el Puente de Turquesa, que podía ver y la vista del cual me deleitaba. Me divertía ver a la gente entrar por un lado en el puente cerrado para reaparecer en el otro extremo. Mas allá del Puente de Turquesa veía la ciudad de Lhasa, la Municipalidad y, por supuesto, los techos dorados de la Jo Kang, la Catedral, que era tal vez el edificio más antiguo de nuestro país. A lo lejos se alzaban las montañas con las ermitas y las grandes lamaserías. Sí, me sentía muy satisfecho con mi habitación, pero de pronto me di cuenta de que no podía ver el Potala. Y simultáneamente se me ocurrió la idea de que tampoco me podían ver los altos funcionarios del Potala, por lo que si arrojaba guijarros o tsampa a los peregrinos desprevenidos nadie me vería y éstos lo atribuirían a las aves.
En el Tíbet no teníamos camas y dormíamos en el suelo. La mayoría de las veces ni siquiera teníamos almohadones ni ninguna otra cosa en el suelo y nos limitábamos a envolvernos en mantas y nos acostábamos utilizando nuestras ropas como almohada. Pero no era la hora de acostarse y me senté dando la espalda a la ventana, de modo que la luz pasaba sobre mis hombros, y tomé una revista. El título no significaba nada para mí, porque podía haber sido inglés, francés o alemán, y yo no sabía leer en ninguno de esos idiomas. Pero cuando hojeé la revista me pareció que era india, porque tenía un mapa en la cubierta y reconocí algunos de los nombres y algunas formas de las palabras.
Recorrí las páginas. Como las palabras no tenían significado para mí, dediqué mi atención exclusivamente a las ilustraciones. Me sentía contento porque mi suerte había mejorado, feliz contemplando las ilustraciones mientras mis pensamientos vagaban muy lejos de ellas. Recorría distraídamente las páginas y de pronto me detuve y me eché a reír y a reír. Allí, en las dos páginas centrales, aparecían varias fotografías de hombres puestos cabeza abajo, formando nudos con su cuerpo y en otras posturas parecidas. Sabía que lo que veía eran algunos de los ejercicios del yoga que entonces se cultivaban mucho en la India. Algunas de las actitudes me hicieron reír fuertemente, pero dejé de hacerlo de pronto cuando levanté la vista y vi a mi guía, el lama Mingyar Dondup, que me sonreía a través de la puerta de comunicación abierta.
Antes que pudiera levantarme me hizo seña para que me quedara sentado y me dijo:
—No, aquí no queremos ceremonias, Lobsang. La ceremonia está bien en las ocasiones oficiales, pero esta habitación es tu residencia, así como mi habitación —y señaló a través de la puerta— es mi residencia. ¿Pero qué te hacía reír tanto?
Reprimí mi regocijo creciente y señalé las ilustraciones acerca del yoga. Mi guía entró en la habitación y se sentó en el suelo a mi lado.
—No debes reírte de las creencias de otras personas, Lobsang, porque no te gustaría que otras personas se rieran de las tuyas —dijo—. Éstas practican el yoga. Yo no practico el yoga, ni tampoco lo hace ninguno de los lamas superiores; sólo los que carecen de aptitud, para hacer cosas metafísicas practican el yoga.
—Maestro —le pregunté algo excitado—, ¿quiere decirme algo acerca del yoga, cómo lo practica la gente, qué es? Todo ello me tiene muy perplejo.
Mi guía se contempló los dedos durante unos instantes y luego contestó:
—Pues bien, sí, tienes que conocer esas cosas. Hablemos de ellas ahora. Te diré algo acerca del yoga.
Me quedé sentado escuchando lo que decía mi guía. Había estado en todas partes, visto todo y hecho todo, y yo nada deseaba tanto como tomarlo como modelo. Escuchaba con más atención que la que habría prestado normalmente un muchacho.
—A mí no me interesa el yoga —dijo—, porque no es más que un medio para disciplinar el cuerpo. Si una persona ha conseguido ya disciplinar el cuerpo, el yoga no es más que una pérdida de tiempo. En nuestro país sólo las clases muy inferiores practican el yoga. Los indios han hecho de él un culto, y lamento decir que excesivamente, porque aparta de las verdades reales. Se admite que antes que uno pueda realizar varias prácticas metafísicas tiene que dominar el cuerpo, tiene que poder dominar su respiración, sus emociones y sus músculos. Pero —sonrió al mirarme— yo me opongo al yoga porque sólo trata de conseguir mediante la fuerza bruta lo que se debe conseguir por medios espirituales.
Mientras él hablaba yo miraba las ilustraciones y me parecía extraño que algunas personas tratasen de formar nudos con su cuerpo y creyesen que eso era algo espiritual. Pero mi guía continuó:
—Muchos indios de las clases inferiores pueden realizar una forma de engaño mediante el yoga. Pueden hipnotizar y practicar otras tretas que les hacen creer que se trata de algo verdaderamente espiritual, pero es una treta y nada más. Nunca he oído hablar de nadie que haya ido a los Campos Celestiales por saber hacer nudos con su cuerpo —y rió.
—¿Pero por qué hace la gente esas cosas raras? —pregunté.
—Hay ciertas cosas, ciertas manifestaciones físicas que se pueden conseguir con el yoga, y no cabe duda de que si uno practica el yoga puede desarrollar algunos músculos, pero eso no contribuye a desarrollar la espiritualidad. Muchos indios hacen exhibiciones y a esos hombres los llaman faquires. Van de aldea en aldea y de ciudad en ciudad haciendo exhibiciones de yoga, quizás haciendo nudos con su cuerpo, como tú dices, o manteniendo un brazo sobre la cabeza durante largo tiempo, o haciendo otras cosas notables. Adoptan una actitud santa como si realizaran la cosa más admirable de todas, y como constituyen una minoría ruidosa que busca la propaganda, la gente ha llegado a la conclusión de que el yoga es un camino fácil para llegar a las grandes verdades. Eso es completamente falso, pues el yoga sólo ayuda a desarrollar o controlar o disciplinar el cuerpo, pero no ayuda a conseguir la espiritualidad.
Rió y añadió:
—Apenas podrás creerlo, pero cuando yo era muy joven también practiqué el yoga y saqué la conclusión de que invertía tanto tiempo tratando de hacer unos pocos ejercicios pueriles que no me quedaba el suficiente para dedicarme al progreso espiritual. En consecuencia, por consejo de un sabio anciano, abandoné el yoga y me dediqué a cosas más serias —me miró y tendió el brazo en la dirección de Lhasa y luego giró para incluir también la dirección del Potala—. En todo nuestro país no encontrarás lamas superiores que practiquen el yoga. Se ocupan de lo que interesa realmente. Verás que los yoguis hacen siempre un gran alboroto público diciendo lo admirables que son, la importancia que tienen y cómo poseen las llaves de la salvación y la espiritualidad. Pero el verdadero adepto de la metafísica no habla de lo que puede hacer realmente. Por desgracia, en el yoga hay una ruidosa minoría que trata de influir en la opinión pública. Mi consejo para ti, Lobsang, es éste: nunca, nunca te preocupes por el yoga, pues es completamente inútil para ti. Has nacido con ciertas facultades: clarividencia, telepatía, etcétera, y no tienes necesidad alguna de hacer experimentos con el yoga, pues inclusive podría ser perjudicial.
Mientras él hablaba yo pasaba las páginas de la revista casi sin darme cuenta, pero de pronto llamó mi atención un grabado en el que se veía a un hombre al parecer occidental con la expresión contorsionada mientras trataba de hacer un ejercicio. Se lo señalé a mi guía, quien miró y dijo:
—Ah, sí, es una víctima del yoga. Un occidental que trataba de hacer un ejercicio y se dislocó un hueso. Es muy imprudente que los occidentales practiquen el yoga porque sus músculos y huesos no son lo bastante flexibles. Sólo se puede practicar el yoga (si uno desea realmente hacerlo) si uno se ejercita desde una edad muy temprana. Que lo hagan las personas de edad madura… bueno, es tonto y ciertamente perjudicial. Pero es ridículo decir que la práctica del yoga es causa de enfermedad. No es así. Lo único que hace es ejercitar unos pocos músculos, y a veces una persona puede dislocarse un hueso o relajarse un músculo, pero de eso tiene la culpa la persona, que no debe hacer semejantes cosas. —Rió mientras cerraba la revista y añadió—: Los únicos yoguis que he conocido estaban verdaderamente chiflados, creían que eran las personas más inteligentes, que sabían todo, que la práctica del yoga era la salvación del mundo. Pero no es más que un ejercicio, como cuando vosotros, los muchachos, trepáis a un árbol o camináis con zancos, o cuando corréis para que una cometa se eleve en el aire. ¿El yoga? Sólo un ejercicio físico, nada más, nada espiritual. Puede ayudarle a uno a mejorar su estado físico para que luego se olvide del yoga y se dedique a las cosas que importan, a las cosas del espíritu. Después de todo, al cabo de unos pocos años todos abandonan el cuerpo y entonces no importa que ese cuerpo tenga músculos duros y huesos fuertes; lo único que importa entonces es el estado del espíritu.
Volvió al tema y añadió:
—Y debo advertirte esto: muchos de los que practican el yoga olvidan que el suyo es sólo un culto de la preparación física. Pero han adoptado algunas de nuestras prácticas de curación ocultas y dicen que esas prácticas de curación son un aditamento del yoga. Eso es completamente falso, pues cualquiera de las artes de curación puede ser practicada por una persona que ignore por completo el yoga, y con frecuencia lo hace mucho mejor. Por consiguiente —y me señaló severamente— no te dejes engañar por la propaganda yoga, pues en realidad puede desviarte del Camino.
Se dio vuelta y entró en su habitación, pero en seguida reapareció y me dijo:
—¡Oh! Tengo en mi habitación unos pergaminos que quiero que fijes en la pared de la tuya. Será mejor que vengas a recogerlos.
Se acercó a mí y me levantó para que yo no tuviera que hacer esfuerzo alguno para levantarme solo. Entré tras él en su habitación y sobre una mesa había tres papeles enrollados. Tomó uno de ellos y dijo:
—Esto es una estampa china muy antigua que hace muchos centenares de años fue hecha en madera enchapada. Ahora está en la ciudad de Pekín, pero en esta reproducción quiero que estudies atentamente cómo los órganos del cuerpo son imitados por monjes que realizan diversas tareas. —Señaló un punto particular—. Aquí los monjes se ocupan en mezclar comida y líquido y es el estómago. Los monjes preparan todo ese alimento para que pase por varios tubos antes que llegue a otros monjes. Si estudias esto tendrás una idea muy buena del funcionamiento básico del cuerpo humano.
Enrolló otra vez el pergamino, lo ató cuidadosamente con las cintilas que estaban ya sujetas a él y luego tomó otro y me lo mostró.
—Esto —dijo— es una representación de la espina dorsal. Verás que los diferentes centros de fuerza están situados entre la base de la espina dorsal y la parte alta de la cabeza. Debes tener este pergamino delante de ti de modo que sea lo último que ves al acostarte y lo primero que ves por la mañana.
Enrolló cuidadosamente el pergamino y lo ató y luego tomó el tercero, lo desenrolló y dijo:
—Ésta es una representación del sistema nervioso y muestra cosas que deberás estudiar, como el ganglio cervical, el nervio neumogástrico, el plexo cardíaco, el plexo solar y el plexo pélvico. Tienes que conocer todas estas cosas porque son esenciales para ti como preparación para ser un lama médico.
Yo contemplaba esas cosas cada vez más desalentado, porque me parecía que nunca llegaría a dominarlas, que nunca llegaría a conocer todas las complicaciones del cuerpo humano, con aquellas redes intrincadas que eran nervios y músculos. Pero pensaba: «Tengo tiempo de sobra; que me dejen progresar a mi velocidad, y si no puedo aprender tanto como ellos creen que puedo, pues bien, uno no puede hacer más que lo posible».
—Ahora —dijo el lama— te sugiero que salgas y tomes un poco de aire. Deja esos pergaminos en tu habitación y luego puedes hacer lo que quieras durante el resto del día… con tal que no sea una travesura —añadió sonriendo.
Me incliné respetuosamente y tomé los tres pergaminos. Volví a mi habitación y cerré la puerta de comunicación. Durante un tiempo me quedé en el centro de la habitación preguntándome dónde podría fijar los desagradables pergaminos. Observé que en la pared había algunas salientes apropiadas. Cuidadosamente tomé una mesa y la coloqué debajo de una de las salientes; subí a la mesa, lo que me colocó a mayor altura, y por fin conseguí colgar de la saliente el primer pergamino. Me retiré a la parte más apartada de la habitación y contemplé mi obra. Pero no estaba derecha. La miré críticamente y volví para colocar el pergamino como debía estar. Cuando quedé satisfecho, coloque del mismo modo los otros dos pergaminos. Luego me limpié las manos con aire de complacencia. Sonriendo de satisfacción conmigo mismo salí de la habitación preguntándome qué camino seguiría, pero al pasar por delante de la puerta de mi guía vi al monje sirviente en el extremo del corredor. Me saludó amistosamente y me dijo:
—Ése es el camino por el que se sale más rápidamente. La puerta está destinada a los lamas, pero me han dicho que tú puedes utilizarla.
Me la indicó, le di las gracias y no tardé en salir al aire libre.
Me hallaba a campo raso. El final del sendero de la montaña estaba exactamente bajo mis pies. A la derecha un grupo de monjes trabajaba activamente. Me pareció que limpiaban el camino, pero no me acerqué, pues no deseaba que me hicieran realizar alguna tarea. Seguí directamente hacia adelante, me senté en un canto rodado y durante un rato estuve contemplando la ciudad, que no quedaba muy lejos, sino lo bastante cerca para que pudiera distinguir en el aire claro del Tíbet las vestimentas de los mercaderes, los monjes y los lamas que iban de un lado a otro dedicados a sus actividades.
Pronto descendí unos pocos metros y me senté en otra piedra junto a la cual había un matorral agradable. Mi atención se fijó en el pantano de abajo, el pantano en el que la hierba era verde y lujuriante y donde podía ver las burbujas que producían los peces que acechaban en los estanques reservados. Mientras estaba sentado allí sentí de pronto una embestida en la espalda y una voz ronca y gangosa dijo: «Hhrrah, mmrraw». Siguió un ronroneo cordial y una fuerte cabeza peluda me saludó. Tomé al viejo gato y lo acaricié y él se puso a lamerme y a lamerme con una lengua tan áspera como la grava del suelo. Luego corrió a ponerse delante, saltó a mi regazo, descendió de él de otro salto, se alejó entre los matorrales y se detuvo a la vista, volviéndose para hacerme frente. Parecía la imagen misma de la interrogación parado allí, con el rabo y las orejas erectos, mirándome con sus ojos azules centelleantes. No me moví, por lo que él volvió a subir corriendo por la ladera hacia mí, ronroneando Como seguí sin moverme, tendió una pata, clavó la zarpa en la parte baja de mi túnica y tiró de ella.
—¡Oh, gato! ¿Qué te pasa? —pregunté exasperado. Me levanté lentamente y miré a mi alrededor para ver qué era lo que agitaba al animal. Nada había a la vista, pero el gato corrió hacia un matorral distante y luego otra vez hacia mí para tirarme de la túnica. Comencé a descender por la ladera de la montaña con cautela, mientras el gato danzaba excitado, daba vueltas, saltaba a mi alrededor y me empujaba.
Me asía a los matorrales mientras descendía lentamente y por fin llegué al punto donde el gato se había detenido para hacerme frente, pero allí nada había que ver.
—¡Eres un gato idiota! —exclamé irritado—. Me has arrastrado hasta aquí sólo para jugar.
«¡Mmraw! ¡Mmraw!», dijo el gato, volviendo a asirme la túnica con las zarpas, metiéndose entre mis piernas, empujándome y mordisqueándome los dedos desnudos que asomaban entre mis sandalias.
Con un suspiro de resignación avancé un poco más, me abrí paso a través de un matorral y me así a él fuertemente porque allí había un retallo y si no me hubiera asido tan fuertemente habría podido caer por sobre el retallo. Me volví para decir algunas cosas desagradables al gato amigo que en aquel momento se hallaba en un frenesí de excitación. Corrió a mi alrededor y saltó por el borde. La impresión casi me paralizó el corazón, pues el viejo gato era un buen amigo mío y creía que se había suicidado.
Con mucha cautela me arrodillé y, asiéndome fuertemente a los matorrales, miré sobre el retallo. A unos cuatro metros más abajo vi el cuerpo de un monje anciano. Mis ojos horrorizados vieron que tenía la cabeza ensangrentada y que también su túnica tenía sangre. Me palpitaba el corazón a causa del temor, la excitación y el esfuerzo. Miré a mi alrededor y descubrí que a mi izquierda había un pequeño declive, por el que descendí y llegué a donde estaba el viejo monje.
Con cautela, y casi a punto de desvanecerme de espanto, lo toqué. Estaba vivo. Cuando lo toqué movió los ojos débilmente y gimió. Me di cuenta de que se había caído y golpeado la cabeza contra una piedra. El gato me observaba atentamente.
Froté suavemente la cabeza del viejo monje, y bajo las orejas hasta el cuello y sobre el corazón. Al cabo de algún tiempo abrió los ojos y miró vagamente a su alrededor. Lentamente fue enfocando la vista y la fijó en mí.
—Todo está bien —le dije para tranquilizarlo—. Voy a subir para que vengan a ayudarlo. No tardaré mucho.
El pobre anciano trató de sonreír y volvió a cerrar los ojos. A gatas, porque era el modo de subir más seguro y rápido, ascendí hasta el sendero y corrí por él a la puerta oculta de los lamas. Al entrar casi choqué con el monje sirviente que estaba allí.
—¡Pronto! ¡Pronto! —dije—. Hay un monje herido en las rocas.
Mientras hablaba salió mi guía de su habitación y nos miró interrogadoramente preguntándose cuál era la causa del alboroto.
—¡Maestro! ¡Maestro! —exclamé—. Acabo de encontrar, con la ayuda del Honorable Minino, a un viejo monje herido. Tiene la cabeza ensangrentada y la pierna doblada de una manera no natural. Necesita ayuda con urgencia.
Mi guía se apresuró a dar instrucciones al monje sirviente y luego me dijo:
—Guíame, Lobsang, yo te sigo.
Juntos salimos del Chakpori y cruzamos el pequeño sendero. Lo conduje por la ladera empinada, observando con consternación que su túnica azafranada se manchaba; la mía estaba tan sucia que unas manchas más no tenían la menor importancia. El Honorable Minino bailaba en el sendero delante de nosotros y realmente parecía aliviado al ver al lama Mingyar Dondup conmigo.
Pronto llegamos a donde estaba el viejo monje, que seguía con los ojos cerrados. Mi guía se arrodilló junto a él y sacó varios paquetes del interior de su túnica, vendas y un mejunje que tenía en un pedazo de paño y que puso bajo la nariz del anciano. El monje estornudó violentamente y abrió los ojos, unos ojos tensos y doloridos. Pareció muy aliviado cuando vio quién le atendía.
—No es nada, amigo, ahora llega la ayuda —dijo mi guía.
El viejo monje volvió a cerrar los ojos y lanzó un suspiro de alivio.
Mi guía levantó la túnica del monje y vimos que un trocito del hueso salía a través de la piel de la pierna inmediatamente debajo de la rodilla. Mi guía dijo:
—Sujétale las manos, Lobsang, sujétaselas fuertemente. Apriétale de modo que no pueda moverse. Yo voy a enderezarle la pierna.
Dicho eso, asió el tobillo del monje y con un tirón muy rápido le enderezó la pierna y vi que el hueso desaparecía dentro de la piel. Lo hizo con tanta rapidez y cuidado que el anciano ni siquiera tuvo tiempo para quejarse.
También rápidamente, mi guía alcanzó dos ramas que quedaban muy cerca de un arbusto bastante grande. Las cortó con un cuchillo, las envolvió con un trozo de su túnica y las ató como tablillas en la pierna del monje. Luego nos quedamos esperando.
Pronto oímos restregamientos de pies y forcejeos y un grupo de monjes conducido por un lama apareció descendiendo por el sendero. Los llamamos y dirigimos al lugar donde estábamos. Cuidadosamente se agruparon alrededor del monje herido. Un monje joven, sin el menor cuidado, trató de alardear de la firmeza de sus pies. Resbaló en las piedras sueltas, perdió el equilibrio y comenzó a caer por la ladera de la montaña. La parte baja de su túnica se enganchó en un arbusto y le salió por la cabeza, y allí quedó como una banana pelada balanceándose desnudo a la vista de los peregrinos que pasaban por el Camino Circular de abajo. Mi guía rió entre dientes y ordenó que otros dos fueran sin demora a salvarlo. Cuando lo trajeron de vuelta estaba muy avergonzado y ruborizado. Observé que tendría que mantenerse en pie durante varios días si quería estar cómodo, pues el roce con las piedras le había dejado las nalgas en bastante mal estado.
Los monjes levantaron cuidadosamente al herido para poder deslizar bajo él una fuerte lona. Luego lo pusieron de espalda y lo acomodaron de modo que quedó tendido en una buena camilla. Luego lo envolvieron en la lona formando un tubo con ella y pasaron una fuerte pértiga por el túnel, sujetando al herido a la pértiga por medio de anchas cinchas. Él estaba inconsciente, por fortuna, y dos monjes levantaron los extremos de la pértiga y alzaron la camilla improvisada y, con la ayuda de otros monjes que empujaban y les afirmaban los pasos, fueron ascendiendo lenta y cautelosamente a través de los matorrales por la ladera de la montaña hasta que llegaron sin accidentes al Chakpori.
Yo me quedé acariciando al Honorable Minino y relatando a mi guía, el lama Mingyar Dondup, cómo había ido a buscarme el viejo gato para que acudiera en ayuda del anciano.
—El pobre viejo habría muerto probablemente si no hubieras avisado, Honorable Minino —dijo mi guía, y acarició también al gato. Luego se volvió hacia mí y añadió—: Buen trabajo, Lobsang. Has comenzado bien. Sigue así.
Trepamos juntos por el sendero de la montaña, ambos envidiando al Honorable Minino que danzaba y brincaba por delante. Mi guía entró en el Chakpori, pero yo me quedé sentado en el canto rodado de la cima, embromando al Honorable Minino con un trozo de corteza, un trozo de corteza flexible que él simulaba tomar por un enemigo feroz. Saltaba, rezongaba, rugía y atacaba a la corteza, y juntos gozamos con la más intensa sensación de una afectuosa amistad.