Capítulo 9
19 de Mirtul, Año de la Magia Desatada
Al atardecer del día de su llegada, el ejército shadovar estaba extendiendo la última esquina de la manta de sombra sobre la legendaria Myth Drannor. Las agujas agrietadas y las columnas cubiertas de enredaderas de la ciudad, ya medio ocultas tras un muro de bruma primaveral, desaparecieron bajo un ondulante manto de oscuridad, y el silencio que había sido sobrecogedor y ominoso durante casi todo el día, se volvió absoluto y total. Cuando se fijaron los bordes al suelo, unas cuantas aves y demás animales de las zonas boscosas huyeron solos o en parejas. A esas criaturas se les permitió escapar, pero compañías de guerreros montaban guardia para matar a cualquier monstruo capaz de regresar más tarde para mortificar a los veserabs. Desde su posición aérea en el extremo occidental de la ciudad, Vala vio a un acechador, dos gárgolas e incluso un malaugrym en su forma genuina con tres tentáculos.
La manta impediría que los de su clase se teleportaran o usaran las puertas translocacionales que, según rumores, todavía funcionaban en el interior de la ciudad, pero eso sólo significaba que los phaerimm serían todavía más peligrosos y feroces que de costumbre. Según los exploradores y adivinadores shadovar, debería haber todavía cerca de treinta espinardos habitando en los niveles subterráneos de las ruinas, y para que el ataque fuera un éxito, sería necesario matarlos en sus propias guaridas. Por primera vez en su vida, Vala deseó ser capaz de escribir. Le habría gustado dejar constancia de algunos pensamientos para su hijo antes de que éste empezara su instrucción con la espada.
Vala inclinó un ala mágica hacia el extenso prado del extremo occidental de la ciudad y aterrizó sobre la hierba pisoteada frente a la tienda de Escanor. El príncipe estaba esperando a la entrada, siguiendo con los ojos cobrizos todos sus movimientos mientras ella se soltaba la coraza para poder quitarse el arnés que sujetaba las alas. Su comitiva de ayudas de cámara y subcomandantes también estaban allí, aunque casi todos estaban más interesados en observar cómo él la miraba a ella.
Aunque Vala nunca había sido precisamente tímida, y aún menos después del tiempo pasado entre los elfos, la mirada de Escanor le producía una cierta desazón que ni siquiera las miradas furtivas de sus propios vaasan le habían producido jamás. No obstante, en lugar de volverse, sonrió y alzó juguetonamente una ceja mientras se levantaba la guerrera para desprender los broches de la pechera.
—¿Nunca has visto a una chica quitándose las alas?
Algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro del príncipe.
—No eran tus alas lo que estaba mirando.
Escanor abandonó el alero de su tienda, y no puede decirse que hubiera salido a su encuentro, sino más bien que emergió a su lado de entre las sombras.
—¿Ya te encuentras más cómoda con ellas?
—No tanto como para dejármelas puestas para dormir. —Vala dio la espalda al príncipe, poniendo las alas aproximadamente a la altura de sus manos. Dejó que los correajes de sedasombra se deslizasen por las ranuras que había en la espalda de su guerrera y después empezó a hacer movimientos rotatorios con sus cansados hombros.
—Supongo que vamos a dormir antes del asalto ¿verdad?
—Eso depende de ti. —Escanor esperó a que Vala asumiera totalmente el control de su cuerpo—. Tengo algunas noticias —dijo.
A Vala se le cayó el alma a los pies. Sus pensamientos volaron de inmediato a Galaeron y Aris, pero al volverse no lo demostró.
—¿Ha sucedido algo en la Torre de Granito? —preguntó.
Era imposible saber si la sonrisa colmilluda de Escanor era tranquilizadora o burlona.
—Nada de eso. Estoy hablando de Galaeron.
—¿Galaeron? —dijo Vala con fingida decepción. Había estado pensando en este momento desde su salida del enclave y había llegado a la conclusión de que sólo había una manera de afrontarlo—. ¿De verdad se ha marchado?
Los ojos del príncipe lanzaron un rojo destello.
—¿Conocías sus planes?
—¿Conocer? —Vala meneó la cabeza—. Pensé que era sólo su sombra la que hablaba. Habló de ello después de que me pediste que te acompañara en este asalto. Creo que se puso celoso.
—¿Y no se lo dijiste al Supremo?
—¿Por qué habría de contarle mis problemas personales al Supremo?
—No son tus problemas personales —replicó Escanor—. El conocimiento que lleva consigo pertenece al Enclave de Refugio.
Vala sonrió y le dio una palmadita en la mejilla.
—Supongo que tendrías que haber pensado en eso antes de invitarme a este viaje. —Recogió las alas y se encaminó hacia su tienda—. Tengo que asearme. ¿A qué hora es la cena?
Escanor la acompañó andando a su lado.
—¿No te preocupas por él?
—¿Tendría que preocuparme? —Vala siguió caminando. Por encima de todo, en este asunto tenía que aparentar indiferencia. Si Escanor llegaba a darse cuenta de lo que sentía realmente, le ocultaría información y jugaría con sus emociones para hacer que ella le revelara lo que sabía—. El Supremo lo puso en mi contra. Ya lo viste.
—Entonces ¿no puedes decirme dónde está?
A Vala casi se le escapa una sonrisa. Si los shadovar no conocían su paradero, eso significaba que todavía estaba libre.
—Si fuera tú, lo buscaría en Evereska.
—Es su destino más obvio, por supuesto —dijo Escanor—, pero él sabe que tenemos un ejército allí. Habíamos pensado que tal vez intentara ir a Aguas Profundas.
—Podría ser —asintió Vala. Por lo poco que había oído después de abandonar la cena, aquél era realmente el plan de Galaeron—. Va a ser endiabladamente difícil encontrarlo. El Anauroch es un desierto enorme.
—Especialmente para recorrerlo a pie. Encontramos el veserab y el disco volador en el que viajaban con toda la carga de agua, pero ni rastros de ellos. —Escanor cogió a Vala por el brazo y la hizo parar—. Si sabes adonde van, tienes que decírmelo. Sin sus odres de agua no van a vivir ni una semana, aun cuando puedan encontrar algún oasis.
—Entonces no vivirán ni una semana —dijo Vala.
Aunque Escanor tenía razón sobre sus oportunidades de supervivencia en el Anauroch, al menos las de Aris, los shadovar ya habían adivinado lo poco que ella sabía, de modo que no iba a ganar nada admitiendo su propia e insignificante participación.
Echó una mirada de desagrado a la mano oscura que, expectante, le sujetaba el brazo.
—Al menos me ahorraré el problema de tener que darle caza cuando su sombra le haya ganado totalmente la batalla.
Escanor le soltó el brazo.
—¿Realmente no sabes dónde están?
—¿Acaso no te lo he dicho ya?
—¿Y no estás enamorada de Galaeron?
—Me respeto demasiado como para eso —al decir esta mentira, Vala miró intencionadamente al príncipe a los ojos—. Todo lo que me ata a él es una promesa.
Escanor la sorprendió con una sonrisa obviamente sincera.
—Eso fue lo que le dije al Supremo. —Le señaló su propia tienda con la mano—. Por favor, te quedarás aquí esta noche. Será más cómodo.
—¿Cómodo? —Aunque Vala sintió un estremecimiento interno, logró esbozar una media sonrisa de complicidad—. ¿No crees que necesitamos dormir esta noche?
—Cuando hayamos terminado, dormirás como una leona después de la cacería —respondió Escanor mostrando los colmillos—. La verdad, había pensado que tus coqueteos no eran más que un intento de ocultar tu traición tras una simulación de deseo, pero ahora veo que Melegaunt no exageró en sus informes sobre las mujeres de Vaasa.
—¿Informes? —inquirió Vala.
—Que siempre estáis receptivas —dijo Escanor. Le cogió cariñosamente la mano entre las suyas—. La hija de Bodvar era una de sus favoritas.
—¿La hija de Bodvar? —Vala se quedó pensando un momento—. ¿Granna? —preguntó con aire sorprendido.
—No temas. Aunque Melegaunt sea tu abuelo, nos separan muchas generaciones. Casi no tenemos sangre común. —Tiró de ella hacia su pabellón—. ¡Despejad mi tienda!
Vala se paró en seco.
—¡Espera! —dijo.
En los ojos de Escanor apareció un brillo rojizo.
—¿No eres sincera?
—Siempre lo soy —respondió Vala, reconcomiéndose ante las miradas de mal gusto que le echaban los shadovar mientras desfilaban abandonando la tienda—. Pero llevamos cuatro días en el aire y todo el día de hoy tendiendo la sombra, con lo que hacen cinco. Tengo que asearme.
—Tengo agua en mi tienda —dijo Escanor—. Lo puedes hacer allí.
—Asearme es una forma de decir —repuso Vala. Aunque no le hacía ascos a compartir la cama de un hombre cuando a ella le apetecía, no estaba acostumbrada a que le ordenaran que lo hiciera. El príncipe era demasiado impositivo, demasiado rápido. Estaba tramando algo, y ella necesitaba ganar tiempo para averiguar qué era—. Lo que realmente tengo que hacer es…
—Puedes hacerlo en el escusado que hay detrás de mi tienda —la interrumpió Escanor—. Tiene conexión con las letrinas.
—De acuerdo —dijo Vala, aparentando que se rendía—, pero primero tenemos que comer. Estoy famélica, y con el día que nos espera mañana…
—Eso no tiene por qué preocuparte —repuso Escanor, conduciéndola al desierto pabellón—. No se espera que la consorte de un príncipe salga a combatir.
—¿Qué? —Viendo finalmente su oportunidad, Vala se detuvo—. ¿Consorte?
—Por supuesto —afirmó Escanor—. Los shadovar no somos bárbaros. No abandonamos a una mujer después de haberla usado.
—¿Y tengo que dejar de combatir?
Escanor meneó la cabeza.
—En absoluto. Una consorte puede combatir cuando le plazca…, pero no es lo que se espera que haga. —Le indicó el fondo de la tienda—. Si me haces el favor, ya haré traer la comida más tarde.
Vala se negó a atravesar el umbral.
—¿Y qué pasará con Sheldon?
—¿Tu hijo? Será traído al enclave y educado en mi casa como un Alto Señor. ¿No te complace?
A Vala le bastó con pensarlo un momento antes de responder.
—No. Es un vaasan.
—Muy bien, se quedará en Vaasa —concedió Escanor—. Lo que tú quieras, Vala.
Vala se volvió a mirarlo.
—¿Sea lo que sea?
—Para la consorte del Primer Príncipe, lo que sea —dijo Escanor—. Incluso podrías volver tú misma a Vaasa… y habiendo pagado totalmente la deuda de Bodvar.
Era casi todo lo que necesitaba Vala para entrar en la tienda. Llevaba más de un año fuera de la Torre de Granito y nada ansiaba más que volver para criar a su hijo y ver a sus ancianos padres…, y eso era lo que hacía que la oferta del príncipe fuera demasiado buena para ser verdad. Quería de ella algo más que compartir su lecho de pieles. Había más de mil cortesanas en el Palacio del Supremo a las que podía tener por una sonrisa, y la mayoría eran mucho más deseables que ella, aunque hería su orgullo el admitirlo.
Dio un paso alejándose de la tienda y miró a Escanor entrecerrando los ojos.
—¿Y qué voy a tener que entregar por tanta generosidad? ¿Mi vida? ¿Mi voluntad?
Escanor abrió los brazos.
—Nada, si tu deseo es auténtico.
—Supongamos que no lo es.
—Entonces hay una forma mucho más fácil de conseguir los mismos privilegios —dijo Escanor, esquivando la pregunta—. Bastará con que me digas lo que sepas sobre la desaparición de Galaeron.
—Ya lo he hecho —replicó Vala—. No sé nada más que pueda ayudarte.
—Deja que sea yo quien juzgue eso —insistió Escanor—. Tú no puedes saber qué es lo que podría ayudarnos.
Vala se sintió tentada. Después de todo ya casi estaba diciendo la verdad. Si Galaeron no iba a Aguas Profundas, y al parecer ése era el caso ya que los shadovar no podían encontrarlo, entonces no sabía por dónde empezar. Sin embargo, Escanor tenía razón en eso de que ella no podía saber qué podría ayudarles a encontrar al elfo, o qué podría implicar a los que habían quedado atrás. Lo mirara por donde lo mirase, eso significaría traicionar a sus compañeros, si no de hecho, al menos de intención.
—Vamos a probar una cosa —sugirió Vala—. Tú me dices lo que sabes y yo te diré cualquier cosa que sepa que pueda ayudarte.
La sorprendió la risa de Escanor. No era una media risa fría, amenazante, sino una carcajada cálida, casi respetuosa.
—Eres una mujer valiente, Vala Thorsdotter —dijo apoyando una de las grandes manos en su nuca—. No quiero pensar en lo que va a ser de ti si el Supremo se entera de que te has negado a retractarte de tu traición.
Vala sintió que las piernas se le quedaban heladas, y al mirar hacia abajo vio que se estaba fundiendo en las sombras que había a sus pies.
—¿Qué estás…?
Fue todo lo que pudo decir antes de que su conciencia se desvaneciera en una fría oscuridad. Un tiempo después, podría haber sido un segundo o una hora, no tenía forma de saberlo, Vala sintió el aire húmedo de Myth Drannor entibiándole primero la cara, después el cuerpo y por fin las piernas. Se vio saliendo de un pozo de sombra mientras su cuerpo recuperaba las proporciones normales. Cuando se atrevió a alzar la vista otra vez, se encontró encima de la manta de sombra, y a su alrededor se erguían las torres veladas por las tinieblas y por los árboles de Myth Drannor. Logró entrever a distancias variables a lo largo de la estrecha calle a una docena de compañías de guerreros shadovar.
Escanor, que todavía sujetaba a Vala por el cuello, la obligó a rodear la esquina de las enormes ruinas de un castillo y entrar en un patio cubierto por la vegetación que antes hacía las veces de entrada principal del edificio. Había una sola torre adosada a la izquierda y un ala en forma de «L» a la derecha, todo ello envuelto en el mismo manto de sombras que los árboles y el propio suelo. Una docena de guerreros shadovar custodiaban la entrada del patio con armas y varitas mágicas en ristre, y un nervioso oficial observaba aproximarse a Escanor.
Presintiendo que no le iba a gustar lo que el príncipe se proponía, fuera lo que fuera, Vala deslizó la mano hacia la empuñadura de su espada y sintió que la mano de hierro de Escanor la sujetaba con más fuerza.
—Me salvaste la vida una vez —bisbiseó—. No hagas que te devuelva el favor rompiéndote el cuello.
—Está oscuro —dijo Vala—, sólo quería ver qué pasa.
—¿De veras? —inquirió Escanor con voz burlona. Se detuvo frente al oficial de aspecto nervioso—. ¿Es esto el Irithlium?
—Así es, príncipe —dijo el guerrero inclinando la cabeza.
—Bien. —Escanor hizo avanzar a Vala de un empujón—. Cuéntale a ella lo que hemos averiguado sobre este lugar.
El oficial asintió y se volvió hacia Vala.
—No mucho, señora Thorsdotter. En una época fue una escuela de magia que naturalmente atraía a los phaerimm. Las capas superiores parecen haber sido despejadas, pero hay por lo menos seis phaerimm refugiados en algún lugar debajo de los cimientos.
—¿Seis phaerimm? —Vala dio un respingo y entendió por qué la patrulla parecía tan nerviosa—. ¿En un solo edificio?
El oficial asintió.
—Nuestra misión es identificar sus guaridas.
—No —dijo Escanor—. Ahora, vuestra misión es matarlos.
Los ojos color topacio del oficial palidecieron.
—¿Matarlos, señor?
—No tenéis nada que temer, servidor. —Escanor empujó a Vala contra él—. Os he traído a una nueva exploradora. Os podéis poner en contacto conmigo para pedir otra si ésta os falla.
El oficial enarcó las cejas al oír esto. Después asintió.
—A tus órdenes, mi príncipe.
Escanor se volvió hacia Vala.
—Dijiste que querías combatir —declaró—. Si cambias de idea, ya sabes qué tienes que hacer.
—No voy a cambiar de idea —dijo Vala mirándolo con furia.
—Por supuesto que no —admitió Escanor. Apartó a un joven shadovar de la patrulla y cogiendo el astado yelmo del guerrero se lo entregó a Vala—. Esto evitará que los phaerimm te controlen…, y si por casualidad cambiaras de idea, bastará con que toques un asta con la hoja de tu espada.
Vala aceptó el yelmo y se lo puso en lugar del suyo.
—¿Y si no?
—Entonces comunicaré al Supremo tu muerte en combate —dijo Escanor—. La Torre de Granito será informada de tu valentía y de tu entrega al deber.
—No me refería a eso —replicó Vala—. ¿Qué consigo si matamos a todos los phaerimm? ¿El mismo trato que hubiera conseguido entrando en tu tienda?
—¿Si matas a seis phaerimm? —La sonrisa de Escanor dejó al descubierto las puntas de sus colmillos—. Si matas a los seis phaerimm, entonces yo seré tu consorte.
Learal salió del barro del bosque a la arena húmeda del extremo del Anauroch, a más de cuatrocientos kilómetros de distancia. Aunque en principio sabía qué debía esperar, estaba tan aturdida por el tamaño del orbe oscuro que tenía ante sí que, en la confusión que sigue a la teleportación, pensó que por alguna circunstancia había llegado a algún punto fuera del Plano de Sombra. Lo suficientemente translúcida como para poder distinguir a través de ella las siluetas de las estribaciones, risco tras risco, la esfera tenebrosa era tan ancha como el propio horizonte y tan alta que sólo una delgada franja de cielo, gris de nubes, se distinguía encima de ella.
A Learal la sacó de su atónito desconcierto el jefe Garra al tropezar con ella desde atrás, pasando casi despedido por encima de su hombro mientras lanzaba una maldición uthgardt. Al recordar que pronto se presentaría todo un torrente de soldados provenientes del círculo de teleportación, Learal se hizo a un lado y cogió la enorme muñeca del bárbaro.
—Es el caparazón de sombra —le dijo, tratando en vano de apartarlo—. Estás fuera de los Sharaedim, ¿recuerdas?
—Charideem —repitió Garra con aire ausente mientras echaba la cabeza hacia atrás para tratar de ver la enorme bóveda de oscuridad que se cernía sobre él—. ¡La Gran Montaña Oscura!
Lord Yoraedia cobró vida instantáneamente detrás del jefe Garra y se dio de bruces contra la espalda del bárbaro al moverse hacia adelante.
—¡Por las flechas de Corellon!
Yoraedia retrocedió, echando mano a su espada… y fue empujado otra vez hacia adelante cuando Skarn Hacha de Bronce se estampó contra él.
—¿Qué? ¿Quién? —gritó el enano—. ¿Dónde está la Antípoda Oscura?
—El caparazón de sombra, ¿recuerdas? —Learal se afirmó con los pies y arrastró al jefe Garra hacia un lado, después lo soltó e hizo lo mismo con Hacha de Bronce y Yoraedia—. Despertad de una vez, buenos señores, o nuestro ejército empezará a teleportarse cayendo los unos encima de los otros, y si pensáis que el Camino del Comercio fue una desbandada, esperad a ver lo que sucede cuando un elfo y un enano tratan de ocupar el mismo espacio.
—¡Eso es algo que no me apetece! —dijo Garra, recuperando la conciencia.
El jefe se volvió y empezó a retirar literalmente a los demás comandantes hacia un lado a medida que iban llegando. Learal se quedó un momento aún con Yoraedia y Hacha de Bronce, ayudándolos a superar el aturdimiento de la teleportación y recordándoles dónde estaban. Cuando por fin parecieron recordar lo que se suponía que estaban haciendo, les asignó a cada uno un sector que despejar y se dedicó a ayudar al siguiente lote de recién llegados a superar la transición.
Había ensayado todo el plan con sus comandantes antes de crear el círculo de teleportación en el Bosque de los Wyrms, pero contando sólo con tres horas para hacer pasar a todo el ejército de relevo por una superficie de poco más de metro y medio de diámetro, no podía haber margen de error.
Cuando por fin confió en que sus comandantes tenían la situación bajo control, Learal se dedicó a inspeccionar el área. Aunque casi no llovía, el tiempo seguía amenazador y húmedo, y Learal a duras penas pudo distinguir el principal campamento shadovar, situado, para facilitar la defensa, sobre un promontorio bajo al borde del Anauroch. Las siluetas tenebrosas de varias docenas de centinelas se veían al borde del abismo, usando sus lanzas oscuras para hacer señales al ejército que llegaba mientras sus atónitos camaradas seguían arribando velozmente.
Learal alzó los brazos e hizo señas a los atónitos centinelas y a continuación envió un conjuro para comunicarse con el más próximo.
Presenta a tu príncipe los saludos de Learal Mano de Plata y dile que ha llegado el Ejército del Norte.
El guerrero inclinó la cabeza sorprendido, después levantó la lanza en señal de entendimiento y se volvió para marcharse.
Así se hará.
Learal asintió y se puso en marcha a través de la arena húmeda hacia el caparazón de sombra. Aunque todavía estaba a medio kilómetro aproximadamente, el imponente tamaño de la construcción hacía que pareciera más algo natural, algo parecido al Hielo Alto o a la Espina Dorsal del Mundo, que una creación de la magia de los hombres. Estacionadas en su base cada tanto, había pequeñas patrullas de guerreros shadovar montados en sus extraños wyrms voladores que prestaban más atención a Learal y a su ejército de relevo que a las laderas rocosas que había dentro de la esfera oscura. Estaba demasiado lóbrego como para ver si la llovizna también caía dentro del caparazón, pero los pocos árboles mustios visibles a través de la barrera hacían pensar que algo estaba transformando a los Sharaedim en una extensión tan muerta como el Anauroch.
Cuando Learal se acercó más al caparazón, su débil sombra se oscureció y se dividió en tres siluetas idénticas. Un par de relucientes ojos metálicos apareció en las cabezas de las dos formas exteriores y a continuación asumieron lentamente la forma de dos guerreros shadovar. Learal se detuvo y se dirigió a la figura de anchos hombros de la izquierda.
—Es un placer volver a verte, príncipe Clariburnus.
Los ojos de color plomo del príncipe se iluminaron de placer, entonces su silueta se desprendió del suelo y, mientras todavía se estaba expandiendo a su forma normal, hizo una reverencia.
—Clariburnus, por favor. —Señaló al otro príncipe, una figura huesuda con dedos como garras y ojos del color del hierro oxidado—. Mi hermano Lamorak.
Lamorak, tras haber recuperado también la forma, saludó con una inclinación de cabeza.
—Tu llegada es una grata sorpresa. —Echó una mirada significativa a la horda creciente de guerreros que iba saliendo del círculo de teleportación de Learal—. Teníamos entendido que todavía pasaría cierto tiempo antes de que llegaras con tu ejército.
Learal devolvió el saludo.
—Sí… bueno, estaba empezando a pensar que los shadovar no dejaríais nunca de acudir a rescatarnos.
Lamorak frunció el entrecejo, confundido, pero la sonrisa de Clariburnus fue franca y apreciativa.
—¿Fue una estratagema tu larga marcha?
Learal miró por encima del hombro a los exhaustos guerreros que seguían saliendo por el círculo de teleportación.
—No se lo digas a ellos —dijo en voz baja—, pero después de la desbandada en Nido Roquero decidimos que sería mejor sacar del medio a los phaerimm que quedaban antes de tratar de introducir a otro ejército. Según mis exploradores, los últimos tres phaerimm libres corren por las colinas de Trielta abajo con sus hobgoblins y sus illitas en este momento.
—Para cuando se den cuenta de que tú ya no estás en el Bosque de los Wyrms, tus guerreros estarán descansando en tiendas secas tras una empalizada de estacas shadovar —remarcó Clariburnus—. Mis felicitaciones. Un plan astuto y bien ejecutado.
—Gracias por tus felicitaciones —dijo Learal—, pero me temo que debo rechazar tu oferta de protección.
Los ojos de Lamorak centellearon.
—Supongo que no creerás las calumnias vertidas sobre nosotros en Aguas Profundas.
—Sólo a medias —respondió Learal con tono ligero—. Tempus sabe que necesitamos el descanso, pero el Mythal de Evereska está declinando.
Los dos shadovar se miraron con desconfianza en los ojos.
—Me lo ha dicho Khelben —explicó Learal—. Está en la ciudad.
—Claro —dijo Clariburnus haciendo un gesto de comprensión—. El muro infranqueable de los phaerimm ha empezado a decaer; el caparazón de sombra funciona.
Una terrible sospecha pasó por la mente de Learal.
—¿Estás seguro? Si el caparazón de sombra está bloqueando su acceso al Tejido, también estaría bloqueando el de Khelben y yo no habría podido comunicarme con él.
—Estamos seguros —dijo Lamorak, dirigiéndose a Learal como si fuera una niña de varios cientos de años de edad—. Todavía hay magia del Tejido dentro del caparazón, y se necesita mucha menos energía para transportar palabras que para mantener el muro infranqueable.
La mirada de Clariburnus se volvió distante. Se quedó callado y se volvió hacia el caparazón de sombra. Al no estar suficientemente familiarizada con los shadovar como para reconocer lo que estaba pasando, Learal se quedó también en silencio y miró a Lamorak.
—Hermano mío —dijo Lamorak—, ¿qué sucede?
Clariburnus volvió a mirar a Lamorak, y luego deslizó sus ojos en dirección a Learal y meneó la cabeza muy levemente.
Learal frunció el entrecejo.
—¿Algo te perturba, príncipe? Lo que menos necesitamos en este momento es empezar a desconfiar los unos de los otros.
Clariburnus lo pensó un momento antes de hablar.
—Pues bien, tu historia no puede ser verdad. El caparazón de sombra habría hecho rebotar el conjuro de comunicación de Khelben.
Learal asintió, recordando que todos los conjuros que habían intentado antes de establecer contacto habían fracasado.
—De hecho así lo hizo —dijo—, y no sólo el envío de conjuros. Hemos tratado de transferir objetos, de abrir puertas transdimensionales y varias otras cosas. Nada funcionó.
—¿Cómo pudiste oírlo entonces? —preguntó Lamorak.
—No fue un conjuro. Es un don que Mystra nos ha concedido a los Elegidos. —Esperó hasta que apareció un brillo de entendimiento en los ojos de los príncipes—. Ahora debo pediros permiso para que mi ejército entre en los Sharaedim. No vamos a dejar que caiga el Mythal.
Clariburnus miró a su hermano, que levantó una mano y se dio la vuelta para pensar.
—Príncipe Lamorak, tu hermano Aglarel le aseguró a lord Piergeiron que nos permitiría el acceso —dijo Learal—. Si no respetáis esa promesa…
—No tengas miedo, nos atendremos a la promesa. —Lamorak miró al creciente ejército de relevo, luego se volvió a mirar a Learal y le dedicó una sonrisa fría llena de colmillos—. Con tu permiso, haremos aún más. Te ayudaremos a destruir a los phaerimm.
—Por supuesto. La ayuda de los shadovar será bienvenida. —Learal le devolvió una respuesta igualmente fría—. Incluso podéis decir que cuento con ella.
En materia de pasadizos, el que llevaba al sótano más profundo del Irithlium era una obra maestra. Oculta bajo la única falsa columna que había entre las miles de columnas auténticas que soportaban el piso de arriba, la entrada era casi indetectable, ya que las junturas de la puertas estaban disimuladas por la piedra que servía de base a la columna y las bisagras estaban escondidas en el capitel seis metros más arriba. De no haber visto Vala al ciempiés que salía por debajo de la base mientras ella se acercaba, es poco probable que hubiera observado algo desusado en el pilar. Tenía el mismo aspecto que cualquier otra de las columnas que habían visto a su paso, hasta estaba enmohecida y llena de grietas. Los constructores elfos incluso habían tenido la precaución de ocultar el pestillo en una grieta de una columna del lado opuesto.
—¿Por qué te detienes, exploradora? —la pregunta sonó diez pasos por detrás de Vala, donde Parth Gal, al que Vala se negaba a llamar señor, incluso mentalmente, miraba escondido detrás de una columna—. ¿Has encontrado algo?
—Una puerta secreta —dijo Vala, indicándole que se acercara.
Parth alzó una mano para que el resto de la patrulla hiciera un alto.
—Ábrela —le dijo.
—Este lugar fue construido por los elfos —explicó Vala—. Tendrá una trampa, y yo no tengo la palabra de paso.
Parth se encogió de hombros y no salió de detrás de la columna.
—Para eso están los exploradores. —Hizo una pausa—. A menos que prefieras ponerte en contacto con el príncipe Escanor y decirle dónde están tus amigos.
Vala lo atravesó con la mirada.
—Uno de vosotros debe de tener un conjuro para desarmar trampas.
—Claro que sí, somos una patrulla de reconocimiento —dijo Parth—, lo que significa que deberíamos estar localizando phaerimm, no atacándolos. Si quieres contactar con el príncipe, estoy seguro de que todos viviremos más tiempo. Hasta entonces, me temo que debo insistir en que cumplas tu deber.
Un paso amortiguado sonó en la oscuridad en algún lugar por detrás de Parth, le siguió el grito alarmado de una voz ahogada. Después se oyó el ruido de una espadaoscura atravesando un grueso caparazón y a continuación una especie de zumbido y un sonido como de carne abierta. Vala atisbo a un grupo de shadovar deslizándose entre las columnas hacia el lugar donde había habido señales de lucha, pero el silencio volvió a reinar y los guerreros llegaron demasiado tarde para ayudar a su camarada.
—Balpor —anunció alguien—. Desaparecido. Sólo quedaron la cabeza y un brazo.
Era la quinta baja de la patrulla y ni siquiera habían visto un phaerimm todavía. Vala sintió un repentino escalofrío. Aunque la sensación bien podía ser su propia reacción ante otra muerte, tomó la precaución de revisar el área inmediata para asegurarse de que nada se abalanzaba sobre ella. Le pareció ver una figura gris deslizándose tras el pilar donde estaba escondido el cerrojo, pero sólo encontró vacía oscuridad cuando lo rodeó por el otro lado.
—¿Qué pasa? —preguntó Parth.
—Imaginaciones mías —respondió Vala—. ¿Sigues queriendo que abra esa puerta?
—A menos que hayas cambiado de idea y le digas al príncipe lo que quiere saber —respondió.
—Lo siento. —Vala se agachó y deslizó la punta de su daga en la hendidura donde estaba oculto el cerrojo—. Escucha, si esto sale mal para mí, envíale un mensaje a Sheldon diciéndole que morí por cumplir mi palabra.
—¿Sheldon?
—Mi hijo —dijo Vala.
—Ah… Eso no sería necesario si tú…
—No puedo hacerlo —lo interrumpió la mujer. Tuvo que reprimir un estremecimiento. El escalofrío que había experimentado antes se negaba a abandonarla—. Una cosa más…, si esto lleva a un tesoro y no a la guarida de los phaerimm, no toquéis nada. No hay nada que odien más los elfos que los ladrones de cacharros.
—Gracias por la advertencia —contestó Parth.
—No estaba pensando en ti —dijo Vala—, pero ya sabes lo que me gustan los elfos.
Respiró hondo y luego, estirando el brazo tanto como pudo, rodeó la columna sin ponerse de pie y accionó el cerrojo.
—Eltargrim.
La palabra sonó tan quedo que Vala no estaba segura de haberla oído. Giró sobre sus talones y no vio nada tras ella, pero el escalofrío persistía. En cualquier caso, el frío era más intenso que antes, aunque tal vez sólo por el sudor helado que le corría por el pecho y los costados.
—¿Vala? —Parth parecía tan asustado como ella.
—Sigo aquí —dijo—. Tened cuidado.
Vala se puso de pie lentamente y fue hacia la columna. Medio esperanzada en que el shadovar le dijera que esperara a que mandara a alguien a comprobar si había trampas, respiró hondo y le dio un levísimo empujón. Todo el fuste se hizo a un lado dejando al descubierto una estrecha escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad por debajo de la falsa base. Al ver que no salía ninguna nube de gas tóxico, pasó la punta de su espadaoscura por la entrada para comprobar si había trampas activadas por el movimiento y a continuación bajó el primer escalón.
No sucedió nada.
—¿Y bien? —preguntó Parth.
—Por el momento no hay trampas —dijo—, ni telarañas. Algo baja por aquí, y no deja huellas.
El shadovar salió de su escondite y le indicó que bajara la escalera.
—Te seguimos.
—Cómo no —musitó Vala.
Tras decidir que Parth y sus camaradas no merecían que les advirtiera sobre la figura gris que podría haber atisbado o no y sobre la palabra susurrada que podría haber oído o no, Vala tomó impulso y saltó hasta el quinto escalón.
Los escalones seguían hacia abajo a través de otros tres metros de piedra sólida, después se abrían a un gran corredor que corría paralelo a la base de la escalera. Poniéndose en cuclillas y estirando el cuello, Vala pudo ver lo bastante lejos pasadizo arriba como para distinguir una serie de portales con arcadas que se abrían a ambos lados a intervalos irregulares, pero la magia de su espadaoscura no le permitía ver todo el camino hasta el final del pasillo. Al ver que nada salía a su encuentro escalera arriba, bajó los tres primeros metros en dos saltos rápidos, se asió con fuerza de la barandilla y saltó al corredor de cara a la dirección opuesta a aquélla en que había estado descendiendo.
Vala se encontró frente a una gran silueta redonda con una movediza corona de tentáculos rematados en una forma bulbosa. Apenas tuvo tiempo de reconocer la silueta como la de un gran acechador antes de que varios tentáculos empezaran a moverse hacia ella. Saltando con un pie por delante se deslizó por debajo de la cosa, lanzó su espadaoscura a su ojo central y echó mano de su daga.
Vala tocó el suelo aproximadamente al mismo tiempo que su espadaoscura daba en el blanco, aunque, sin la espada en la mano, ya no podía ver en la oscuridad y sólo supo que había alcanzado al acechador por un chillido que helaba la sangre y que el eco repitió en todo el corredor. Le cayó encima una lluvia de sangre mientras se deslizaba por debajo del acechador que todavía flotaba. Totalmente consciente de que ni siquiera una estocada perfecta al ojo central podía matar a un monstruo de esta envergadura, alzó la mano y cogiendo el borde inferior de la herida con la mano libre tiró del monstruo hacia el suelo y lo aplastó contra la piedra. Al mismo tiempo levantó la daga por detrás de él, hundiendo la hoja de acero en su grueso cráneo una, dos, media docena de veces hasta que el acechador finalmente cayó en un montón inerte encima del brazo que lo había mantenido pegado al suelo.
Vala lo apartó a un lado.
—¿Vala? —La voz de Parth llamó desde arriba. La llamada se repitió en voz más alta—. ¿Vala?
—No habéis tenido tanta suerte, Parth —le respondió—. Todavía estoy aquí.
Se oyó el ruido sordo de la columna secreta al moverse y ocultar la escalera.
—¡Cobarde! —musitó Vala.
Extendió el brazo para recuperar la espada, pero sintió la empuñadura debajo de los dedos. Considerándose dichosa por no haber dado en cambio con la hoja, se puso de rodillas y asió el arma… y, cuando pudo ver otra vez en la oscuridad, se encontró frente a una boca enorme, dentuda, rodeada por cuatro brazos. A pesar del ángulo poco propicio, reconoció de inmediato a un phaerimm enorme.
¿Por qué ruegas a Tempus, querida? Ahora yo soy tu dios. —Vala oyó la voz ronca en el interior de su cabeza, no como el Eltargrim que antes le había parecido oír en un susurro, sino definitivamente en sus pensamientos—. Deja a un lado tu arma y hablaremos.
Vala recogió las piernas bajo su cuerpo y se puso en pie de un salto, y al instante se encontró rodando por el corredor oscuro.
¿Qué es lo que no entiendes, humana? Depón el arma.
Sin mostrar el menor temor por la espadaoscura, el phaerimm seguía avanzando por el corredor, con dos de sus cuatro brazos apuntando al suelo cubierto de musgo. Intrigada por el extraño comportamiento de la cosa, Vala dudaba entre hacer lo que se le ordenaba y arrojarle su arma, aunque tenía la certeza de que estaba dispuesta a rechazar con magia la espada en cuanto abandonara su mano.
No hizo ninguna de las dos cosas, y el phaerimm se detuvo justo fuera del alcance de su arma.
¡Obedece!
La voz amortiguada de Parth empezó a reverberar por el hueco de la escalera, pidiendo explicaciones y voceando amenazas sobre lo que sucedería si ella no abría la puerta. De repente, Vala lo entendió. El phaerimm no quería matarla. La había atrapado a ella sola convencido de que podría convertirla en unos de sus esclavos mentales, aunque el casco que llevaba la protegía de eso.
—S-sí —dijo. Moviéndose muy lentamente se quedó en cuclillas y puso la espada en el suelo—. Quiero hablar.
En cuanto soltó la empuñadura, volvió a sumirse en la oscuridad. Desconociendo la presencia del phaerimm, Parth y los demás seguían gritándole que abriera la puerta. Maldiciéndolos para sus adentros, no sólo por cobardes sino también por tontos, Vala apartó la espadaoscura de un puntapié y retrocedió por el corredor. Estaba tan aterrorizada que le temblaba todo el cuerpo. Sin la espada ya no podía ver lo que estaba haciendo el phaerimm.
Una mano huesuda la cogió por el hombro.
Ya es suficiente, hija mía.
Vala se detuvo y rogó que no le quitara el casco que le había dado Escanor. Sin él, se convertiría en la esclava que él creía que era. A menos que lo engañara dándole una falsa sensación de seguridad, no tenía la menor oportunidad de matarlo. Aquella criatura podía formular conjuros con la rapidez con que ella pensaba, o incluso más.
No eres uno de los shadovar.
No fue una pregunta. ¿Acaso el phaerimm esperaba una respuesta?
¿Qué eres?
—S-soy v-vaasan —respondió Vala—. Mi pueblo está obligado a servirles.
¿Vala? —preguntó el phaerimm—. ¿La favorita de Escanor para recibir su huevo?
Vala tuvo que concentrarse y reprimir un respingo antes de preguntar cómo sabían los phaerimm semejante cosa. En lugar de eso se limitó a asentir.
¿Qué estás haciendo aquí?
—Lo rechacé —dijo Vala—, y entonces él me mandó a matar, phaerimm.
En lo alto de la escalera, Parth se dio cuenta por fin de que algo iba mal y dejó de golpear la columna.
¿Y pudiste hacerlo?
Vala meneó la cabeza.
—¡No! —Por el momento fue una respuesta sincera—. Nunca más.
¿Nunca más? —El phaerimm se quedó atónito—. Pero olvidaba quién eres. ¿Qué sientes por él ahora?
—Lo odio. —No distaba mucho de la verdad.
¿Puedes traicionarlo?
—Tal vez —dijo Vala. Un retumbo sordo sacudió el techo al empezar a deslizarse la falsa columna—. Es muy poderoso.
Yo te ayudaré —manifestó el phaerimm—. Extiende la mano.
Vala extendió los dos brazos con las palmas hacia arriba. Sintió algo redondo y pequeño sobre la mano.
Le permitirás que te monte y entonces apretarás su espalda con esto —ordenó el phaerimm—. Eso lo despojará de su poder. ¿Lo entiendes?
—¿Vala? —La voz de Parth volvió a sonar en el hueco de la escalera—. ¿Estás ahí?
Vala no se atrevió a gritar una advertencia.
—Lo entiendo —dijo.
—¿Qué? —preguntó Parth.
Vala no le hizo caso.
—¿Y luego qué, mi señor? —mientras preguntaba esto, llamó mentalmente a su espadaoscura—. ¿Lo mato?
¡No! Haz que se interne en el bosque —dijo el phaerimm—. Eso facilitará las cosas.
—¡Vala, contéstame o bajaremos!
La espadaoscura llegó a su mano.
—¡Daos prisa!
Al tiempo que gritaba esto, Vala atacó con la espada el abdomen del phaerimm. Su visión oscura volvió y vio una boca del tamaño de una caverna y llena de colmillos abierta delante de ella. En lugar de retroceder o de atacar de nuevo, con una pirueta rodeó el cuerpo espinoso del phaerimm y vio que un poderoso rayo chamuscaba la piedra allí donde había estado parada. Cambiando la mano que sujetaba la espada mientras se movía, extrajo la espada del abdomen del phaerimm y dio una voltereta en la dirección opuesta, usando el borde de la herida como punto de apoyo para atravesar casi un metro de carne dura y piel escamosa.
El corredor se llenó de un remolino de aire ululante al exteriorizar el phaerimm su rabia y revolver su punzante cola en una clásica maniobra de distracción. Fue un error fatal. Vala saltó sobre su espinoso lomo, cercenando primero una y después otra dos de las manos con que lanzaba las llamas. Clavó la espada en el cerco de la boca de la criatura y ésta cayó al suelo, agitando la cola sin efecto alguno contra la piedra donde había supuesto que estaría la mujer. Vala giró en redondo y arriesgó otro golpe desde el mismo lugar. Esta vez cortó limpiamente al phaerimm en dos.
La cola golpeó dos veces más la piedra antes de caer totalmente inerme. Vala tomó la precaución de cortarla en unas cuantas partes más. Finalmente, oyó el ruido de botas bajando la escalera y al volverse vio aparecer el primer par de piernas shadovar.
—Parth, tómatelo con calma. El trabajo duro…
Del hueco de la escalera llegó un sonido vibrante y un coro de voces shadovar gritó sorprendido. El primer par de piernas se dobló y el cuerpo inerte de Parth fue el primero en caer, seguido por los de Carlig, Elar y otros cuatro, todos los que quedaban de la patrulla de reconocimiento.
Vala se deslizó hasta la pared que quedaba junto al hueco de la escalera y se apretó contra la piedra, con la espadaoscura lista para cortar el primer pie que asomara. Al ver que no aparecía nada, se arriesgó a echar un vistazo a los cuerpos caídos en la base de la escalera. Los siete shadovar estaban muertos, asaeteados sus rostros, cuellos y demás áreas carnosas no protegidas por la armadura con unos diminutos dardos de forma cónica. Esperó todavía un momento y a continuación miró a hurtadillas escalera arriba. Los escalones estaban sembrados de dardos y las paredes moteadas de diminutos agujeros de los que habían salido.
En lo alto de la escalera sonó una voz tan sutil que parecía apenas un soplo.
—Eltargrim —dijo.
Vala se escondió. El corazón le latía tan de prisa que a duras penas podía oír el ruido de los dardos que se precipitaban escalera abajo al apartarlos con el pie el recién llegado. Lo único que quería era correr por el pasadizo adelante tan rápido como se lo permitían sus piernas, pero eso era lo peor que podía hacer. El desconocido sabía que estaba allí, de hecho había susurrado la palabra de paso que había impedido que ella corriera la misma suerte que los shadovar, y fuera quien fuera, era evidente que conocía el Irithlium mucho mejor que Vala.
Vala volvió a sentir el escalofrío de antes. Levantó la espada hacia su yelmo preguntándose si Escanor llegaría a tiempo para salvarla si tocaba una de las astas con la espada. Tal vez no, pero tal vez vengaría su muerte o moriría también a manos de lo que estaba bajando por la escalera. Cualquiera de las dos cosas le parecieron bien a Vala.
Un pie desnudo apareció en la escalera por encima de la cabeza de Vala. Era pequeño y de huesos finos. Le pareció el pie de un elfo, salvo que la carne era tan escasa y blanca que podían verse los huesos debajo, y también los tendones y ligamentos que los movían. Apareció el otro pie, igualmente pequeño y pálido, con uñas largas y rotas suspendidas de los extremos de los dedos. Por encima de los talones colgaban los andrajos de un par de pantalones deteriorados por el paso del tiempo.
Vala sintió tanto frío que la piel se le erizó. Fuera lo que fuera, no podía ser nada bueno. Respiró hondo y se apartó ágilmente de la pared, blandiendo la espadaoscura para cercenar los pies a la altura de los tobillos. Apenas tuvo tiempo de parar el golpe para evitar que la espada se clavara en los escalones de piedra.
Los pies habían desaparecido; no así el frío.
Vala se apartó de la pared y se encontró con una pequeña figura de piel de alabastro y complexión esbelta que la miraba desde la base de la escalera. Estaba vestida con los restos andrajosos de lo que habían sido ropajes de bella factura y sus facciones estaban hundidas y marchitas; los ojos, unos orbes relucientes del blanco más puro.
Señaló la espada de Vala, después movió un dedo con aire de reconvención y dijo:
—No parece que seas muy amante de los elfos.