NUEVE

Región de Kaliningrado, 16 de noviembre de 1999

Oculto entre las sombras, Gregor Sadov observaba el incendio. En los últimos cuatro días, él y su grupo habían incendiado siete almacenes. Y, por fortuna, la única baja que había tenido había sido la de Andrei. Con todo, no era suficiente. Pero, claro..., nunca bastaba.

Con la mano izquierda se oprimía el costado, sujetando un pañuelo contra la pequeña herida que había sufrido. No estaba seguro de si había sido un fragmento de metal de la explosión del último almacén o si uno de los vigilantes le había disparado y le había producido un rasguño. Pero daba igual. Era una herida dolorosa pero no profunda, y Gregor no era de los que dejaba que un pequeño dolor los frenase.

No, no era la herida lo que lo preocupaba. Era el mensaje que había recibido aquella mañana. Breve y conciso, como siempre, el mensaje decía simplemente: «Los incendios de los almacenes, efectivos. Pero se necesitan más. Prepare a su grupo para atacar a intereses norteamericanos en la zona.»

Eso decía. No concretaban qué clase de intereses norteamericanos debía atacar, ni cuándo. Gregor sabía que no le comunicarían esta información hasta que les pareciese oportuno. A él no le importaba. Sabían cómo trabajaba, y que no atacaría hasta que él y su grupo estuviesen preparados.

Allí entre las sombras, sujetándose el pañuelo en la herida, Gregor miró hacia el almacén envuelto en llamas y sonrió.

Elaine Steiner cerró la caja de herramientas que tenía a sus pies, se limpió las manos y se incorporó lentamente, arqueando la espalda para aliviar la tensión después de haber estado arrodillada tanto rato. Un mechón de su pelo entrecano se había salido del pañuelo con el que se lo recogía para trabajar y volvió a remetérselo. A su lado, Arthur, su marido, cerró la puerta del panel de servicio, se incorporó y ladeó la cabeza de izquierda a derecha para relajarse.

Estaban en uno de los pequeños edificios del perímetro del complejo que Roger Gordian estaba construyendo en la región de Kaliningrado, escasamente poblada. La ciudad más cercana estaba a 90 kilómetros de allí y, por lo tanto, aquel complejo tenía que ser en gran parte autosuficiente, con un bloque de apartamentos para el numeroso personal y varias instalaciones para su esparcimiento. Además, también tenían que ocuparse de la seguridad. Grandes medidas de seguridad. Aunque eso era igual dondequiera que fuesen.

Elaine y Arthur habían estado con Gordian prácticamente a lo largo de los últimos veinte años. Él elegía los emplazamientos para sus estaciones de telecomunicaciones y los Steiner se encargaban de dirigir la construcción y de velar después por su buen funcionamiento. Era un buen trabajo y se ganaban bien la vida. Además, resultaba una labor gratificante, sobre todo, como en aquel caso, cuando se trataba de terminar la primera estación de telecomunicaciones on-line.

—No ha estado mal —dijo él mirando a Elaine.

Ella le sonrió. Arthur siempre veía el lado positivo de las cosas. Era lo que Elaine más admiraba en él, quizá porque ella era muy pesimista?

—No, salvo cuando falla —dijo ella, que lo hizo girarse de espaldas y empezó a darle masaje en el cuello—. ¿Te has olvidado ya de cuando no conseguíamos que el sistema estuviese on-line durante más de diez minutos seguidos.

—Ya —dijo él agachando la cabeza para que el masaje fuese más efectivo—. Esos malditos transistores que nos vendieron los afganos son anticuados y se calientan. No había manera de averiguar qué pasaba.

—Y esto no era más que un trozo de cable defectuoso. Les dije a los rusos de mantenimiento que no podían instalar un cable tan largo sin intercalar fusibles. Pero como nunca nos hacen caso...

—Ya nos lo harán —dijo Arthur—. Aprenderán.

Elaine suspiró y movió la cabeza, pero sonreía con expresión benevolente mientras seguía dándole masaje. Era bueno saber que en la vida había cosas que no cambiaban.

—Vamos —dijo ella—. Queda una botella de vino del último envío. Nos vendrá bien para cenar.

Arthur se dio la vuelta y la rodeó con sus brazos. Le limpió una mancha de grasa que tenía en la mejilla y la besó delicadamente.

—¿Ves? Ya está todo enderezado otra vez.