El joven detective soltó un grito de terror y se agarró a una
pierna de mister Kent.
¡Ahora la montaña humana estaba formada por tres personas y un gato de pelo muy blanco!
—¡Sacadme a esta fiera de encima! —gritó Larry, que no soportaba las emboscadas de Watson.
Agatha bajó al suelo y acarició el suave pelaje del gato.
—¡Primo, qué peste más horrorosa echas! —exclamó mientras se tapaba la nariz—. ¿Te has revolcado en un vertedero de residuos?
Él carraspeó, avergonzado:
—Es que me he escondido en un contenedor de la basura… ¿Se nota mucho?
—Necesitarías un buen baño de sales perfumadas —dijo Agatha entre risas—, pero me imagino que partimos hacia un objetivo lejano, ¿o no?
—Tú me lees el pensamiento…
—¿Cuándo sale el avión?
—Dentro de tres horas.
—¿Adónde vamos?
—A las cataratas del Niágara.
Agatha esbozó una radiante sonrisa.
—¡Perfecto, nunca he estado allí!
Hizo un leve gesto al mayordomo, que asintió con la cabeza y salió para hacer las maletas.
—Has dicho las cataratas del Niágara —reflexionó la chica mientras pasaban a la sala de estar—. ¿A la orilla americana o a la canadiense?
—Ah, pues no lo sé —confesó Larry.
—Si la memoria no me engaña —comenzó Agatha, pensativa—, el río Niágara hace de frontera entre los dos países: la orilla oeste es territorio canadiense, y la orilla este pertenece a Estados Unidos.
—Déjame comprobarlo. —Larry consultó los datos de la misión en el artefacto de alta tecnología—. Después del vuelo Londres-Nueva York, tomaremos un vuelo local hasta Buffalo, una ciudad norteamericana que está cerca de las cataratas… —En aquel momento levantó la mirada—. Tus cajones de la memoria son realmente infalibles —refunfuñó—. ¡El hotel al que vamos está en Canadá!
—Perfecto —respondió ella, satisfecha—. Ahora solo nos falta contactar con algún pariente que viva en la zona.
Y, sin añadir nada más, fue a consultar el árbol genealógico de la familia, en el cual figuraban las residencias, las profesiones y el grado de parentesco de todos los Mistery del mundo.
—A ver…, en la zona de los Grandes Lagos vive Scarlett Mistery, una prima lejana nuestra —dijo Agatha mientras señalaba su nombre—. Intentaré llamarla. ¡Estoy segura de que nos será de gran ayuda! —Descolgó el teléfono y marcó el número rápidamente.
Larry se desplomó sobre un sofá turco y trató de seguir la conversación, pero Agatha hablaba a mil por hora y no paraba de soltar grititos.
Unos minutos después, la chica colgó el teléfono con una expresión extasiada.
—¡Scarlett Mistery es periodista y trabaja en la revista Strange Tours, especializada en viajes insólitos y llenos de aventuras!
—Otra excéntrica como nosotros —suspiró el aprendiz de detective.
—Irá a esperamos a Buffalo y nos acompañará en nuestro viaje —continuó Agatha—. Estoy impaciente por conocerla, ¡parece muy simpática!
—¿Le has contado algo? —se preocupó Larry. Al principio de cada investigación siempre se ponía nervioso: no quería que en la escuela descubriesen lo importantes que eran para su carrera su prima y los demás miembros de la familia.
—¿Y qué podía contarle? —replicó Agatha—. ¡Si aún no sé cuál es el objetivo de la misión!
Los interrumpió mister Kent, que entró en la sala arrastrando una pesada maleta de ruedas y la jaula de Watson.
—Lo siento, pero no he encontrado ropa limpia para el señorito Larry —se disculpó.
—No importa, tenemos poco tiempo —afirmó Agatha mientras abandonaba la sala.
Larry siguió a la comitiva hasta el garaje y subió a la limusina negra que conducía mister Kent. El coche arrancó como un misil y se incorporó al tráfico de Londres.
Llegaron al aeropuerto de Heathrow en un tiempo récord, compraron los billetes y subieron a bordo del Boeing 747 de British Airways en el último momento.
Por suerte, la clase business estaba casi vacía, de modo que pudieron hablar sin preocuparse por posibles oídos indiscretos.
—A ver, ¿nos cuentas lo del contenedor de la basura? —preguntó Agatha mientras despegaban.
—Uf, es una larga historia —murmuró Larry, titubeante.
Hizo una mueca, olió su ropa y se decidió a hablar de mister Martins, de su misteriosa cómplice con peluca y del escondite que había encontrado.
—He sido más listo que ellos —concluyó haciéndose el fanfarrón—. ¡Me pondrán la mejor nota en Persecución y Distracción!
Por toda respuesta, Watson extendió una pata desde su jaula y enganchó una espina de pescado que había quedado pegada al jersey del joven Mistery. Se la zampó en un pispás y maulló satisfecho.