Su primera novela había sido un gran éxito y acababa de recibir una carta de su editor, Pierre-Jules Hetzel, con relación a su segundo manuscrito. Estaba emocionado. Nervioso, rasgó el sobre y empezó a leer la carta de pie. Su rostro, no obstante, comenzó a cambiar de gesto y todo asomo de ilusión se desvaneció por completo. Poco a poco, se sentó en una silla. Hetzel no se andaba con rodeos y fue directo al grano:

—Me ha decepcionado profundamente. Este manuscrito está muy alejado de la calidad de su primera novela. Ha intentado un proyecto demasiado ambicioso y ha fracasado. Quizá pueda intentar algo de esta envergadura más adelante, cuando sea un escritor más maduro, pero no ahora.

Pero él ya no volvería a intentarlo. Al menos, no de esa forma. Tampoco siguió leyendo. No tenía sentido aumentar el dolor de la derrota, y su editor era bastante cruel en la elección de los calificativos. Probablemente de forma completamente innecesaria, pero no todos tienen el don de la sensibilidad. Dejó la carta sobre la mesa, fue al despacho, cogió el manuscrito y lo metió en un cajón del escritorio. Tal fue la decepción que quizá su mente, hábilmente, borró todo recuerdo sobre la existencia misma de aquella novela. Y allí se quedó, olvidada por todos. ¿Para siempre?

Pasaron los años y, pese a ese segundo manuscrito fracasado, escribió más libros y se convirtió en un autor famoso. Publicó decenas de novelas, muchas de las cuales se hicieron muy populares. Murió en 1905 y con el siglo XX llegaron las adaptaciones al cine de sus novelas. Fue considerado un genio de la anticipación histórica, algo así como la novela histórica pero al revés. En sus novelas predijo el viaje del hombre a la luna o la invención del submarino, los automóviles, los motores eléctricos, los ascensores, la construcción de rascacielos o incluso la silla eléctrica. Evidentemente, me estoy refiriendo a Julio Verne. Un visionario perfectamente documentado que supo proyectar hacia el futuro el progreso de los avances científicos de su época. Pero ¿qué fue de aquella segunda novela olvidada en un cajón?

En 1989, ochenta y cuatro años después de la muerte de Verne, su bisnieto hacía limpieza en una de las antiguas residencias de su famoso bisabuelo y, vaciando armarios y escritorios viejos, encontró un manuscrito amarillento por el paso del tiempo. Estaba firmado por Julio Verne. Su bisnieto tomó el montón de folios envejecidos y, con buen criterio, decidió dedicarle un poco de tiempo y leerlo. Le pareció deslumbrante, con una capacidad de prever el futuro tan abrumadora como en el resto de sus famosas novelas: Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje a la luna o Veinte mil leguas de viaje submarino. Sólo había una diferencia sustancial, pero absolutamente clave: en el resto de sus obras, Verne parecía presentar siempre una visión más positiva que negativa sobre los avances y progresos de la humanidad; sin embargo, esta novela olvidada era demoledora en su descripción del mundo del ser humano en pleno siglo XX. No era de extrañar que su antiguo editor, Hetzel, se hubiera sentido tan incómodo con aquel texto: en él Verne describía un mundo gobernado por las operaciones financieras, donde la gente ya no leía libros, y el latín y el griego eran objeto de desprecio, de burla; un mundo donde la gente se desprendía de los libros y se mofaba de la música clásica. Eso sí, en ese mundo descrito por Verne había trenes de alta velocidad, trasatlánticos gigantescos y ciudades atestadas de automóviles que se desplazaban con motores de combustión interna (así de preciso le gustaba ser a Julio Verne); había también aeronaves y millares de farolas con luz eléctrica por todas las calles. A modo de ilustración, les transcribo algún pasaje de este relato perdido:

La mayoría de los innumerables vehículos que congestionaban la calzada de los bulevares se movía sin caballos; avanzaban gracias a una fuerza invisible, por medio de un motor que funcionaba con la combustión del gas.

Y todo este mundo estaba iluminado por una electricidad omnipresente, sin la cual aquellos seres parecían ya incapaces de existir:

La multitud llenaba las calles; estaba por llegar la noche; las tiendas de lujo proyectaban resplandores de luz eléctrica a lo lejos; los candelabros construidos según el sistema Way, mediante la electrificación de un filamento de mercurio, brillaban con claridad incomparable; estaban enlazados entre sí.

Pero la novela no sólo chocó con la hostil negativa de Hetzel, sino que aún encontró nuevas dificultades y reticencias para ser publicada en pleno siglo XX. Tras ser encontrada, tuvo que pasar por un complejo proceso de autentificación, lo que se consiguió en relativamente poco tiempo. Hasta aquí todo es comprensible, pero no fue hasta 1994, cinco años después de haber sido redescubierto por el bisnieto del autor, cuando el libro apareció publicado en Francia con su título original: París en el siglo XX. Ochenta y nueve años después de su muerte, Julio Verne volvía a publicar una novela.

Las traducciones a otros idiomas llegaron pronto. El autor no necesitaba presentación y todos parecían querer disponer de aquella novela en su propia lengua, pero… de pronto todo salió mal: la obra no terminaba de despegar en los índices de más vendidos. ¿Acaso Verne, uno de los grandes autores del siglo XIX, por lo menos si nos atenemos a su popularidad y al número de ejemplares vendidos, había dejado de interesar? ¿Por qué motivo la novela no llegó a ser un superventas? Es difícil saberlo. Hay quien apunta, tras un sesudo análisis literario de la obra, que la novela carece del ritmo adecuado, que le falta coherencia, cohesión, que parece demasiado deslavazada. Es posible que algo de esto haya. No hay que olvidar que era su segunda novela y a esto de escribir, como en casi todo, se aprende haciendo. Pero yo creo que hay una segunda razón de no menor calado para explicar la falta de ventas de este nuevo libro. Julio Verne lo escribió pensando en retratar el mundo de 1960, pero no tuvo en cuenta que más bien describía el mundo del siglo XXI y que a los humanos de este nuevo siglo no nos iba a gustar vernos retratados con tanta precisión. Y, si no me creen, juzguen por ustedes mismos. Así reflexiona en un momento de la narración el protagonista de la novela:

Qué habría dicho uno de nuestros antepasados al ver esos bulevares iluminados con un brillo comparable al del sol, esos miles de vehículos que circulaban sin hacer ruido por el sordo asfalto de las calles, esas tiendas ricas como palacios donde la luz se esparcía en blancas irradiaciones, esas vías de comunicación amplias como plazas, esas plazas vastas como llanuras, esos hoteles inmensos donde alojaban veinte mil viajeros, esos viaductos tan ligeros; esas largas galerías elegantes, esos puentes que cruzaban de una calle a otra, y en fin, esos trenes refulgentes que parecían atravesar el aire a velocidad fantástica… Se habría sorprendido mucho, sin duda; pero los hombres de 1960 ya no admiraban estas maravillas; las disfrutaban tranquilamente, sin por ello ser más felices, pues su talante apresurado, su marcha ansiosa, su ímpetu americano, ponían de manifiesto que el demonio del dinero los empujaba sin descanso y sin piedad.

Pero no, parece que no quisimos escuchar a Verne en el XIX, tampoco en el XX y creo que menos aún en el siglo XXI. A modo de excepción, Ridley Scott nos recrea la capacidad de visión de Julio Verne y otros grandes escritores del género de la ciencia ficción en una más que interesante serie de televisión llamada «Profetas de la ciencia ficción».

Pero por si no les parecen suficientemente premonitorios los párrafos que les he transcrito de aquella vieja novela perdida y olvidada, París en el siglo XX se abre con afirmaciones tan contundentes como: «Abundaban [en aquel tiempo futuro] los capitales y más aún los capitalistas a la caza de operaciones financieras.»

¿Estaba intuyendo acaso el genial augur de la literatura francesa el poder de los especuladores y los mercados? Qué lástima tan grande que don Julio Verne ya no esté entre nosotros. Quizá sería el único que sabría decirnos a todos qué es lo que nos va a deparar el futuro. A veces me pregunto si el bueno de Verne querría respondernos. Total: si no le hicimos caso en el pasado, ¿por qué le íbamos a escuchar ahora? Seguramente, si Verne hablara del futuro, de nuestro próximo futuro, todas las agencias de calificación menospreciarían su opinión y no les temblaría el pulso a la hora de rebajar la calificación de sus novelas.