Los disparos de la ametralladora alemana, por fin, se detuvieron. Se trataba de una Schweres Maschinengewehr 08, una ametralladora pesada que escupía hasta cuatrocientas balas por minuto. Las ráfagas mortales habían estado arreciando toda la jornada como una lluvia incesante de fuego y rabia.
—O se les ha acabado la munición o se han cansado de matarnos —dijo su amigo.
Raymond le miró y asintió. Quedaban media docena de sus compañeros de armas en aquella trinchera. De hecho, apenas quedaban hombres del regimiento de las tropas expedicionarias canadienses a las que Raymond se había alistado para ir a luchar al frente en Europa. Por entonces, él era nacionalizado británico y, al estallar la Gran Guerra de 1914, había considerado su deber alistarse, pero, después de meses en el frente, Raymond ya no estaba seguro de nada. Ni siquiera de que fuera a salir vivo de aquella trinchera en la que tantos habían caído en unas pocas horas.
Raymond, para evadirse del horror del momento, repasaba en su mente lo que había ocurrido en los últimos meses: los alemanes se habían lanzado contra París y casi llegan a tomar la ciudad, pero los ejércitos francés y británico combinados consiguieron hacerles retroceder; hasta ahí todo bien, pero lo que parecía un rápido contraataque anglofrancés, que debería haberlos conducido a todos a luchar en un Berlín que británicos y franceses pensaban que caería pronto, se detuvo en seco cuando los alemanes enviaron más tropas de refuerzo a Francia. Ése fue el principio de una tragedia humana de dimensiones desconocidas hasta entonces. Los ejércitos quedaron inmovilizados y con ellos pareció detenerse Europa entera. Todo el norte de Francia se plagó de trincheras, alambradas y ametralladoras. Desde entonces, en una larga guerra de desgaste, decenas de miles de soldados de uno y otro bando se dejaban la vida mientras los altos mandos de los dos contendientes introducían todo tipo de nuevas armas en los campos de batalla. Los altos mandos experimentaban. Los soldados caían.
Raymond había visto enemigos con fusiles que lanzaban llamas incendiándolo todo a su alrededor y a compañeros suyos envueltos en fuego, convertidos en antorchas humanas, corriendo despavoridos, cegados por el horror y el sufrimiento extremos, hasta que eran alcanzados por una ráfaga de ametralladora que casi parecía misericordiosa en medio de aquella locura. Otros días había tenido que gatear para escapar de aquellos gases terribles que habían dejado ciegos a tantos de sus compañeros. Nadie sabía ya a qué atenerse ni qué tipo de guerra era ésa. Les repartieron entonces máscaras con las que protegerse de los gases. Pero llegaron entonces las máquinas. Raymond vio ingenios terribles, como apisonadoras gigantes que exhibían cañones por los laterales o por delante, vehículos completamente acorazados que lo arrasaban todo a su paso, alambradas o huesos quebrados de soldados atónitos, hasta que un cañonazo enemigo o un lanzallamas detenía el avance de aquella máquina y ésta quedaba destrozada, aprisionando en su interior a sus ocupantes.
Todos usaban de todo. Pero lo peor era que con frecuencia, después de los gases, los lanzallamas y los tanques, había que terminar luchando en muchas ocasiones con las bayonetas de los fusiles cuando se terminaban encontrando cuerpo a cuerpo con el enemigo. Peleaban entonces como animales, como perros rabiosos.
Pero aquella jornada la ametralladora enemiga decidió callar por fin. Aprovechando el descanso de las interminables ráfagas de munición asesina, Raymond sacó un cigarrillo y ofreció otro a su amigo. No se conocían, pero llevaban toda la mañana sobreviviendo juntos en la trinchera, bombardeo tras bombardeo de la artillería enemiga. El otro soldado era de un escuadrón diferente, pero, seis horas después de estar allí juntos bajo el fuego enemigo, Raymond sentía que eran amigos.
—Gracias —dijo su compañero aceptando el cigarrillo de buen grado. El resto los miró con envidia.
—No tengo más —dijo Raymond—, pero ahora os paso el mío. —Inspiró un par de veces y les dio su cigarrillo. El amigo de Raymond le imitó y también empezó a pasar su pitillo.
—¿Qué estarán haciendo? —preguntó uno de los compañeros de la trinchera al tiempo que inspiraba profundamente el humo del tabaco.
—Si hay suerte, los franceses avanzarán y nos sacarán de aquí —comentó entonces Raymond, en un intento de animarse a sí mismo y al resto.
—No sé. Parecen atascados a quinientos metros —respondió otro—. Vi cómo intentaban romper alambradas hacia allí, en aquel sector. —Y señaló hacia el este, donde se podían ver unas colinas.
—Llegarán. Si esperamos aquí, llegarán —insistió Raymond, pero más por no perder la esperanza que por convencimiento.
Nadie dijo nada en un rato. Se limitaban a fumar. De pronto, empezaron a oírse nuevas explosiones y ambos cigarrillos cayeron al suelo por la sorpresa. Dicen que te acostumbras, pero no es cierto. Malvives con el miedo. Eso es todo.
—¡Maldita sea! —dijo Raymond.
Eran los nuevos cañones del enemigo, de un calibre superior. Y sonaban muy cerca.
—Ya sabemos lo que estaban haciendo —dijo uno de los atrincherados—. Estaban acercando sus cañones pesados.
—Nos van a dar —dijo su amigo.
Y en ese momento una explosión hizo saltar por los aires un enorme montón de arena, pocos metros por delante de su posición, que les cubrió los cascos y el uniforme de polvo y tierra y sangre.
—¡Nos van a dar! ¡Hay que salir de aquí! —gritó su amigo una vez más para hacerse oír por encima del estruendo de las bombas, que caían por todas partes.
—¡No es buena idea! ¡Salir no es buena idea! —replicó Raymond sacudiéndose la tierra que le había caído encima—. ¡Está la ametralladora!
Pero su amigo no le escuchaba. Estaba como ciego por el pánico y sacó los brazos para empezar a trepar y salir de la trinchera; y el resto, como poseídos por el mismo terror, le imitaron. Las bombas volvieron a caer cerca. Era cierto que podía caerles una bomba en cualquier momento, pero la ametralladora seguía allí. Raymond, en un último intento por detenerlo, cogió a su amigo por el uniforme.
—¡No salgas! ¡Es lo que quieren! ¡Está la ametralladora! ¡Aquí aún tenemos una posibilidad! ¡Fuera estamos muertos!
Pero su amigo se zafó de su brazo.
—¡No les quedan balas! —dijo, y salió gateando seguido por los otros.
Una ráfaga de ametralladora barrió toda la parte superior de la trinchera. Raymond se salvó por muy poco. Su amigo y el resto agonizaban en el exterior. Raymond los oía aullar de dolor. Una segunda ráfaga acabó con ellos.
El bombardeo prosiguió todo el día, hasta que un avance de los franceses rescató la posición canadiense con varios tanques que arrasaron las alambradas alemanas y volaron por los aires la posición de las ametralladoras. Raymond salió de su refugio en estado de shock. Apenas podía hablar. Lo que nadie sabía allí es que de esa trinchera, junto con Raymond, salieron vivos El sueño eterno, El largo adiós, La dama del lago, Adiós, muñeca, El simple arte de matar, La historia de Poodle Springs y tantas otras obras maestras de la novela negra; y, si lo pensamos bien, por extensión, también salieron de allí vivas tantas obras maestras del cine negro de todos los tiempos, fruto de las magníficas adaptaciones cinematográficas de todos esos relatos. Y es que de aquella maldita trinchera salió vivo Raymond Chandler, el genial escritor, y con él sus historias sobre el investigador Philip Marlowe, que tan bien encarnaría en la gran pantalla del cine del mejor Hollywood el inolvidable Humphrey Bogart, siempre seguido de cerca por la impactante Lauren Bacall. Sí: todo eso, de una forma u otra, sobrevivió a esa guerra, a aquel bombardeo de la artillería y a las ametralladoras.
En aquella jornada nadie podía imaginar lo que se rescataba de la masacre, pero ahora sí sabemos lo que se salvó de aquella trinchera de la primera guerra mundial. Lo que no sabe nadie ni nunca podremos averiguar es si quedó alguna otra gran novela en aquellas alambradas, entre los cuerpos sin vida de los compañeros de Raymond Chandler. Ni nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro.