«In a hole in the ground there lived a Hobbit» [«En un agujero en el suelo, vivía un hobbit»], eso es lo que el profesor J. R. R. Tolkien escribió un día en una hoja de papel, cansado de corregir exámenes de inglés antiguo de sus estudiantes de la Universidad de Oxford. Siempre les contaba cuentos a sus hijos y esta frase le pareció un buen principio para el de esa noche, así que lo apuntó en un cuaderno y, acto seguido, continuó con su trabajo. Tenía todavía varios ensayos sobre el poema Beowulf que evaluar. Tolkien nunca pensó en ese momento que El hobbit fuera a escribirse y mucho menos a publicarse, y menos aún que tendría un notable éxito.
Pero lo hizo, ya fuera porque el relato entusiasmó a sus hijos o porque era una historia que tenía la necesidad de contar. El caso es que El hobbit se publicó y gustó tanto que, al poco tiempo, sus editores en Inglaterra le rogaron que escribiera una segunda parte.
—¿Una segunda parte? —se preguntó Tolkien inseguro, pues aún no había digerido del todo la popularidad de su primera novela.
Y no, no pensaba que aquello pudiera tener una continuación precisa, pero… se puso a pensar y algo se le fue ocurriendo y fue tomando forma, poco a poco, en su cabeza. Pero el tiempo transcurría y sus editores empezaron a ponerse nerviosos: primero se trataba de unos meses, pero luego ya era cuestión de dos, tres años, y Tolkien no aparecía con la anhelada continuación de El hobbit.
—¿No tiene ya la continuación? —le preguntaban constantemente al veterano profesor de inglés antiguo de Oxford sus editores de Houghton Mifflin, que no podían entender cómo se podía tardar tanto en escribir otra novela para niños de unas doscientas cincuenta páginas.
El tiempo siguió transcurriendo con lentitud enervante para los editores. Pasaron doce años.
Tolkien, no obstante, no estaba inactivo, pero durante ese período sólo leía capítulos de su nueva obra a un selecto grupo de amigos. Entre ellos estaba C. S. Lewis, uno de los pocos que entendía bien de fantasía, pues sería luego el autor de la también famosa y exitosa serie de Narnia. Lewis le animó constantemente a que terminara el proyecto y lo presentara a sus editores; y Tolkien, al fin, siguió su consejo y presentó su nueva novela, la continuación de El hobbit, a aquella editorial que ya daba casi por perdido aquel libro.
Sin embargo, la felicidad de los editores se transformó en confusión: estaban completamente abrumados por la extensión del nuevo texto, que tenía más de mil doscientas páginas, es decir, medio millón de palabras, en un momento en que las novelas no solían pasar de las trescientas páginas. Los editores de Houghton Mifflin no sabían cómo reaccionar. Además, la extensión era sólo la primera de las diferencias con El hobbit. El nuevo relato era original en otros aspectos: era más oscuro, más denso y más complejo que su antecesor. Así, los editores, perplejos, no tenían ni la más mínima idea de qué hacer. ¿Era mejor olvidarse de todo aquel proyecto que se había tornado en locura o invertir algo de dinero y ver cómo respondían los lectores? Al final, asumiendo que iban a perder unas mil libras esterlinas como mínimo (mil libras de los años cincuenta), se decidieron a publicar aquella obra pero, con la idea de minimizar los daños, dividida en tres partes. El objetivo de los editores realmente era que si la primera parte resultaba, como preveían, un absoluto desastre de ventas, ya no publicarían el resto, excusándose en la baja demanda.
La comunidad del anillo apareció el 29 de julio de 1954. Y, contraviniendo todas las expectativas que se habían formado en la editorial, se vendió bien. Se aventuraron entonces a publicar la segunda parte. Las dos torres llegó a las librerías el 11 de noviembre de ese mismo año. Y también se vendió bien. De hecho, los lectores empezaron a escribir a Houghton Mifflin quejándose por el retraso en la publicación de la tercera parte, pero es que para entonces el propio Tolkien, que había empezado a tomar conciencia de la sorprendente repercusión que estaba teniendo aquel largo relato sobre la Tierra Media, estaba enfrascado en numerosas correcciones para dar un impactante broche final a su historia. Al fin, El retorno del rey se publicó el 20 de octubre de 1955 y, al igual que en las dos ocasiones anteriores, también se vendió bien. Muy bien. Tolkien hubiera preferido que el tercer volumen se hubiera titulado La guerra del anillo para no desvelar tanto sobre la trama, pero al final fueron los editores aquí quienes ganaron el pulso. Yo también creo que La guerra del anillo es tan o más sugerente que El retorno del rey y no desvela parte del desenlace. En cualquier caso, las novelas funcionaron razonablemente; bueno, mucho más que eso, hasta el punto de que en poco tiempo se publicaron también en Estados Unidos con un éxito similar, no arrollador, pero económicamente rentable. ¿Y los críticos literarios? Estaban aún intentando digerir qué era exactamente esa serie de novelas englobada bajo el título genérico de El señor de los anillos. Primero hubo una acogida dubitativa de la crítica literaria, que no sabía discernir si estaban ante una gran obra de la literatura universal o ante un… no, no sabían bien qué. Lo curioso es que muchos críticos siguen sin saberlo aún.
Hasta ahí todo bien; la historia no deja de ser la de otra novela, o serie de novelas en este caso, que sorprendió por un éxito inesperado, pero en 1965 todo se complica: Ace Books, de Estados Unidos, decidió lanzar una publicación masiva en tapa blanda de los tres volúmenes de El señor de los anillos sin, y aquí empieza lo grotesco, sin, insisto, SIN pagar derechos de autor a J. R. R. Tolkien. ¿Y cómo podían atreverse a hacer algo así en pleno siglo XX? Pues muy sencillo: amparándose en el hecho de que el presidente Eisenhower, lógicamente bastante más preocupado por la guerra fría que por los vericuetos legales sobre los derechos de autor, no había estampado su firma en la ratificación del Convenio de Berna. Este tratado internacional es el que regula el reconocimiento de derechos de autor en todo el mundo, de forma que, simplificando mucho y pidiendo perdón a los más doctos en leyes, si un libro se publicaba en aquellos años en, por ejemplo, el Reino Unido, los derechos de autor quedaban reconocidos en todos aquellos países firmantes de dicho convenio. Pero la editorial Ace Books, muy astutos ellos, argüían que el presidente Eisenhower no firmó dicho convenio hasta unos meses después de la publicación de El señor de los anillos en Inglaterra, por lo que, desde un punto de vista legal, en Estados Unidos los tres volúmenes de la trilogía no estaban sujetos a derechos de autor en su país. Como se lo cuento. Literal. Tal fue el revuelo que generó el asunto que hasta hay una tesis de máster sobre todo este alucinante episodio, recogida en los fondos bibliográficos de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.
En los años sesenta, internet era sólo un proyecto militar, no había móviles, ni sms ni Facebook ni Twitter, pero, eso sí, J. R. R. Tolkien tenía unos niveles de indignación equivalentes a los que cualquier escritor sentiría hoy día si una editorial publicara masivamente sus obras y se negara a pagarle rédito alguno. Tolkien, no obstante, era una persona pacífica, pero, y aquí es donde le infravaloró Ace Books, perseverante. Es lo que tiene ser catedrático de inglés antiguo y dedicar muchos días, semanas, meses o años a traducir viejos textos olvidados por todos. Además, si se había pasado doce años para escribir la trilogía de El señor de los anillos, bien podía pasarse otros tantos intentando que las leyes estadounidenses retornaran a la senda del sentido común. Tolkien meditó, trazó un plan y lo ejecutó con la precisión y la tenacidad de un hobbit: había recibido numerosas cartas de admiradores de todo el gran país norteamericano, así que, con paciencia, les escribió a todos y cada uno de ellos y les contó lo que estaba pasando con la edición en tapa blanda. Los lectores de Tolkien, admiradores y entusiastas de su obra, reaccionaron en cadena. En pocos meses, Ace Books recibió decenas de miles de cartas de protesta y, ante un creciente descrédito popular que amenazaba con hundir la empresa si los lectores llevaban a cabo sus amenazas de no comprar ya más libros de aquella editorial, se vio obligada a contactar con Tolkien y acordar la cantidad que éste debía percibir por unas novelas, fruto de su inteligencia, de sus conocimientos y de su imaginación. No sólo se trataba de una cuestión de orgullo. Era un asunto importante. La trilogía lleva vendidos ciento cincuenta millones de ejemplares.
Uno de mis lectores me dijo un día en una firma:
—Cuando usted escribe en su trilogía de Escipión «ahí, al final de todas las cosas», o cuando dice «en estos tiempos oscuros», cuando usted escribía eso… ¿pensaba en El señor de los anillos?
Le sonreí.
—Por supuesto —dije—, y me encanta que usted se haya dado cuenta; y… —añadí con cierto suspense—, y en Los asesinos del emperador hay un gran homenaje a Éowyn de Rohan.
El lector asintió con complicidad, seguro también de que pronto descubriría ese nuevo guiño literario.