Thomas Cadell Jr. caminaba algo encogido por la humedad que llegaba desde el Támesis. Su oficina editorial en el 141 de la calle Strand en Londres estaba demasiado cercana al río para su gusto. Pasó por delante del espacio donde decían que iban a construir un nuevo teatro (hoy día el Adelphi Theatre, abierto en 1806 con el nombre francés Sans Pareil [Sin Comparación]). Thomas Cadell Jr., no obstante, aquella plomiza mañana de 1797, no tenía claro que aquel proyecto del nuevo teatro fuera a llegar nunca a buen puerto.

Llegó a su edificio y entró en las oficinas. En la mesa de su despacho se acumulaban varios manuscritos que debía evaluar aquella mañana de un octubre desapacible. De hecho, tenía una novela en particular, remitida durante el verano, que había pospuesto leer en varias ocasiones. Llevaba el título de Primeras impresiones y era una novela romántica más de esas que parecían empezar a hacerse algo populares escrita por una mujer. La remitía el padre de la joven autora con una pomposa carta de presentación en un intento de darle prestancia al envío, pero Thomas Cadell Jr. estaba bastante resabiado sobre el asunto de las novelas de mujeres. Su padre, Thomas Cadell Sr., que se había retirado hacía tres años y les había dejado a él y a su socio Davies el negocio editorial, decía que era mejor publicar obras serias que esos relatos inverosímiles.

Thomas Cadell Jr. se acomodó en su silla frente al escritorio y miró al techo mientras recordaba la frase que su padre repetía una y otra vez en casa durante las cenas.

—Prefiero arriesgar mi fortuna con unos pocos autores como mister Gibbon o David Hume que ser el editor de un centenar de publicaciones insípidas.

Sí, eso decía siempre su padre. Y quizá tuviera razón. Así había editado al filósofo Hume o el impresionante manual sobre la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon (que hoy día sigue siendo un referente sobre la historia de Roma). También había publicado obras del economista Adam Smith o del escritor Tobias Smollett. Gente seria. Thomas Cadell Jr. sabía, además, que su padre había quedado muy decepcionado con el experimento que hizo al aceptar publicar novelas de una mujer, Charlotte Turner Smith; ésta se volvió, al poco tiempo, demasiado radical y prorrevolucionaria, apoyando la locura de todo lo que estaba ocurriendo en la Francia que acababa de guillotinar a miles de aristócratas. Un año antes de retirarse, su padre se negó a seguir publicando novelas de Charlotte Turner y ésta tuvo que recurrir a otros editores.

Thomas Cadell Jr. dejó de mirar al techo y tomó de nuevo en sus manos, como había hecho en verano, el volumen manuscrito de Primeras impresiones.

Leyó un buen rato.

Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo sin dejar de leer.

Davies, el socio de su padre, entró. Traía más manuscritos.

—Esto es lo que ha llegado esta semana —dijo dejando cuatro gruesos volúmenes sobre el escritorio—. Hay algo de Hannah More que seguro que interesará a tu padre.

Thomas Cadell Jr. levantó la mirada y la fijó en los nuevos volúmenes. El trabajo empezaba a desbordarle. Había que ir tomando decisiones. Davies tenía razón en lo de Hannah More. Aquélla era una mujer, pero una evangelista de firmes convicciones religiosas. More era la única mujer de quien su padre estaba dispuesto a leer o a publicar algo. Se limitó a leer el título.

—Sí, sin duda esto interesará a mi padre. Ya puedes ir escribiendo una carta de aceptación.

—De acuerdo —respondió Davies sin sorprenderse, aunque sin ilusión; More tenía sus seguidores, eran ventas seguras y, a fin de cuentas, aquello era un negocio.

Thomas Cadell Jr. suspiró un momento, antes de volver a hablar.

—Y también puedes escribir al padre de esta autora y decir que no estamos interesados en su libro.

—¿El de Primeras impresiones? —preguntó Davies, cogiendo el manuscrito en sus manos.

—Sí, ¿has tenido tiempo de leerlo?

—Algo leí, sí —contestó Davies—. No me pareció que estuviera tan mal. Quizá requiera más maduración por parte de la escritora. ¿Qué edad tiene?

—Veintiún años; eso dice el padre en la carta.

—Muy joven, sí, eso me pareció —comentó Davies—, pero tiene algo. No sé. La forma de contar los sucesos y esa manera de meterse en la mente de los personajes. Es novela, pero es… —Davies tardó un instante en encontrar la palabra adecuada—, es… creíble. Sí, eso es: uno cree lo que cuenta ese libro.

—Le consultaré esta noche a mi padre —dijo Thomas Cadell Jr.

—En ese caso voy preparando la carta de rechazo. Después de lo de Charlotte Turner, tu padre no quiere oír hablar de mujeres escritoras, a no ser que sean Hannah More.

Thomas Cadell Jr. sonrió.

Pocos días después, lejos de allí, en una pequeña población de la campiña inglesa, llegó una carta de la editorial a nombre de George Austen. El interesado la abrió durante el desayuno. Su hija estaba presente y le miraba con emoción, pero el rostro de su padre no dejaba mucho espacio para la celebración.

—Lo siento, Jane, de veras. No les gusta.

A George Austen le dolió tener que decir aquello. Su joven hija había sufrido un grave desengaño amoroso hacía poco tiempo. Un apuesto Tom Lefroy había entablado amistad con ella durante las navidades anteriores, pero, como siempre, en cuanto la familia del joven se enteró de los pocos recursos económicos de la familia Austen, rápidamente hicieron que Tom Lefroy dejara de visitar a Jane. Su padre vio entonces cómo la muchacha se concentraba en escribir para ahuyentar el dolor del amor perdido; él sabía que la joven Jane se había enamorado profundamente. Jane había sobrellevado aquella separación de sus sueños con dignidad y gran autocontrol, pero él estaba seguro de que su hija había puesto entonces toda su ilusión en aquella novela y ahora Cadell la rechazaba.

—Hay más editores, Jane. Lo seguiremos intentando. Escribes bien —insistió su padre, en un intento por poner esperanzas en aquella mañana que amanecía tan torcida.

—Gracias, padre —respondió ella—. Lo siento, pero hoy no tengo hambre. —Se levantó y abandonó la mesa sin desayunar.

Su padre inspiró profundamente. ¿En qué se habrían basado aquellos editores para rechazar el libro? Ni siquiera había críticas a la novela en aquel mensaje.

Semanas antes, Thomas Cadell Jr. cenaba con su padre.

—Han llegado nuevos manuscritos a la editorial —había dicho el hijo.

—¿Algo interesante? —preguntó Cadell padre, sin dejar de masticar el cordero que estaba degustando.

—Ha llegado un nuevo libro de Hannah More, Las estructuras del sistema moderno de la educación femenina, así lo ha llamado. Me parece un título un poco…

—Es un buen título, es un título serio. Supongo que lo habrás aceptado.

—Sí, por supuesto. El libro está bien y se venderá bien.

—Ése es el tipo de libros que debemos publicar, como los de Adam Smith, o David Hume, o Gibbon. Gente rigurosa, personas que tienen algo relevante que contar.

—Sí, padre —respondió Cadell hijo; y decidió dejar pasar un buen rato, en el que hablaron de las obras de aquel teatro que nunca terminaban de construir próximo a las oficinas de la editorial, antes de volver al asunto de los manuscritos—. Ha llegado también otro libro. Una novela.

—¿De Smollett?

—No. De una mujer.

—Si es esa horrible Charlotte Turner, ya sabes lo que pienso…

—No, no, es otra mujer. Es joven, una tal Jane Austen. Es una novela, Primeras impresiones. Una historia romántica, pero está bien escrita. Quizá…

—No, no, hijo. Ya tuvimos bastante con las novelas románticas de Charlotte Turner. No quiero más experimentos. En fin, la editorial la llevas tú, no me voy a meter, pero si quieres mi opinión…

—Por supuesto que tu opinión es importante, padre —respondió Cadell hijo; pero añadió algo más, en un último intento por defender aquella novela—. A Davies le gusta. Eso me pareció.

—Davies es un romántico. Si por él fuera, publicaríamos cualquier cosa.

—Pero le has mantenido siempre como socio.

—Es un buen administrador, pero como editor…; en fin, ya sabes mi opinión.

—Sí. No, no creo que publiquemos a esta autora. De hecho, ya le dije a Davies que preparara una carta para rechazar el manuscrito.

—Has hecho bien.

Y Thomas Cadell Jr. asintió, aunque en el fondo no estaba tan seguro de haber acertado.

Así, Jane Austen vio cómo se rechazaba su primera gran obra. Pero no se rindió y siguió escribiendo. Hay que reconocer que, al menos, Jane contó con el apoyo y el reconocimiento de su familia, que la animaba a seguir intentándolo, pero no sería hasta 1811, catorce años después de la negativa de Thomas Cadell Jr. (o Sr., pues nunca quedó claro de dónde partió la negativa), cuando Henry, el hermano de Jane Austen, consiguió persuadir a otro editor, Thomas Egerton, para que publicara Sentido y sensibilidad. La novela se convirtió en un éxito editorial sorprendente en la época y en pocos meses se agotó la primera edición. Mientras se preparaba una reedición, Thomas Egerton quiso saber si Jane Austen tenía alguna otra novela preparada.

—Hay algo, sí —dijo ella—, pero la rechazaron en el pasado.

—¿Quién la rechazó? —preguntó Egerton.

—Thomas Cadell —respondió Henry, que estaba presente en aquella entrevista.

A Egerton no le gustaba hablar mal de la competencia, pero sabía lo conservadores que eran los Cadell a la hora de seleccionar libros.

—¿Cómo se llama esa novela que le rechazaron? —preguntó el editor.

Primeras impresiones —respondió el hermano de Jane.

—¿Primeras impresiones? —repitió Egerton pensativo.

—Bueno, ahora la he revisado y le he cambiado el título —dijo entonces la propia Jane.

—¿Y cuál es el nuevo título de la novela? —preguntó el editor.

Jane, de pronto, no estuvo segura de sí misma, pero, al final, se atrevió.

Orgullo y prejuicio.

—Me gusta —respondió Egerton—. Es sugerente. Quiero leerla inmediatamente. —Y la miró fijamente a los ojos—. Usted no es consciente aún, pero es una gran escritora.

Y así, en 1813, dieciséis años después de haber sido rechazada por los editores Cadell, Orgullo y prejuicio, una obra maestra de la literatura, vio la luz por fin. Y es que, ya se sabe, a veces las primeras impresiones pueden ser engañosas.