Aquella tarde de junio de 1924, Max regresó del funeral caminando despacio y melancólico por las calles empapadas de aquella ciudad austríaca que no dejaba de recordarle a la vieja Praga. Max llegó a su residencia agotado, se sentó en el modesto salón de la casa que habitaba y encendió la chimenea. El fuego debía servir a un doble fin: calentar sus entumecidos músculos y quemar los escritos de su amigo recién fallecido. Este segundo objetivo, el de quemar los relatos y las novelas de su amigo, no ilusionaba a Max; se le antojaba algo terrible, pero no tenía elección.
—¡Quémalo todo! —le había dicho su amigo mientras le asía con fuerza de un brazo insistiendo varias veces—. ¡Todo! ¡Quémalo todo! ¡No quiero que quede nada! ¿Me entiendes?
—De acuerdo —dijo al fin Max. Es prácticamente imposible discutir con un moribundo.
Max dispuso los escritos en varios montones junto a su butaca frente a la chimenea. Unos los tenía hacía tiempo. Otros los había recogido en la habitación de su amigo en el sanatorio de Kierling. Había mucho material para quemar. Aquello sólo hacía que aumentaran sus dudas.
—No seré capaz de hacerlo —le había dicho Max después a su amigo pese a haber aceptado el terrible encargo; pero el moribundo, como si no le hubiera escuchado o como si no quisiera escucharle, le nombró albacea de todos sus escritos. Esto es, de todos los relatos y novelas menos de los que tenía Dora Diamant, una joven actriz que su amigo había conocido en sus largas estancias en el sanatorio, cuando intentaba curarse de aquella maldita tuberculosis que ya no lo abandonó nunca y que terminó por llevárselo allí donde fueran los que ya no están entre nosotros.
Max frunció el ceño. ¿Tendría Dora las mismas instrucciones? Se respondió a sí mismo con un gesto mudo de asentimiento. Seguramente. ¿Las cumpliría? Muy posiblemente. Dora adoraba a Franz, su amigo. Fue lo único feliz que Franz extrajo de aquel sanatorio: su amistad con Dora Diamant.
Max cogió el primer legajo de folios y lo miró con atención. La llama del fuego era ya poderosa, capaz de engullir en su incendio miles, decenas de miles, millones de palabras que enmudecerían para siempre. Max acercó el montón de páginas a las llamas. Su amigo, a fin de cuentas, apenas había conseguido publicar unos pocos relatos cortos en su vida. Relatos extraños que nadie supo entender, de forma que éstos habían pasado bastante desapercibidos tanto para los críticos como para los lectores. Franz le confesó un día:
—Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar […] debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron.**
Si eso era cierto, no era probable que se perdiera nada especial en aquellas llamas. De pronto, los ojos de Max se detuvieron sobre el título de aquel primer gran grupo de folios. Y las dos palabras le atraparon. Se reclinó en la butaca y, a la luz del fuego de la chimenea y de la pequeña luz de gas que tenía encendida, empezó a leer. A fin de cuentas, había aceptado quemarlos, pero no habían concretado que él no pudiera leer antes aquello que luego tendría que destruir. Y leer era como volver a recuperar un poco la voz inconfundible de Franz. El relato le atrapó. Max no paró de leer en varias horas. Era una novela inquietante, asfixiante y, sin embargo, no podía dejar de leerla.
Con las primeras luces del alba, Max se despertó sobresaltado, y de un respingo se puso en pie y se palpó la cara. Había tenido una pesadilla recordando otro de los relatos de Franz, La metamorfosis, en donde el protagonista se despierta un día convertido en un gran insecto. Fue corriendo al lavabo y se miró en el espejo. No, no pasaba nada. Allí estaba él, Max, taciturno y abatido y con las ojeras propias de una noche en vela sumido en la lectura. Volvió al salón y miró los folios desperdigados por el suelo. Se arrodilló y los ordenó de nuevo. El título del texto que había leído por la noche y que su amigo quería que quemara seguía allí, extraño, incómodo: El proceso, así se llamaba.
Max no desayunó, sino que puso a un lado el texto que había estado leyendo y que no había terminado y tomó el siguiente montón de páginas y siguió leyendo. Éste se titulaba El castillo. Quizá sólo merecía la pena uno de los manuscritos, aquel por el que había empezado la noche anterior, y el resto fuera material que no merecía ser recordado por nadie. Durante varios días, Max no salió de casa. Sólo se detenía para comer de cuando en cuando. Al cabo de varias semanas concluyó aquel maratón de lectura con el último montón de folios: América. Cuando terminó, se llevó las manos a la cabeza. No sabía qué hacer. Todo lo que había leído era espléndido y original. Su amigo tenía siempre una perspectiva especial sobre el mundo que arrojaba una visión crítica y demoledora a la vez. Nadie escribía como él, y todo eso… ¿se iba a perder?
Max Brod decidió al fin no quemar nunca los escritos de su amigo Franz Kafka, aunque con ello contraviniera su último deseo. Eran demasiado buenos, demasiado especiales, demasiado únicos. No podían perderse así, sin más. Y no sólo los guardó, sino que decidió que se publicaran lo antes posible; y así, sucesivamente, en 1925, 1926 y 1927 fueron apareciendo muchos de estos volúmenes. La historia de la literatura universal ya no fue la misma.
Pero ¿qué pasó con los manuscritos que Kafka confió a Dora Diamant?
Unos años después, en 1933, Dora, aquella joven que Kafka había conocido en el sanatorio de Kierling, se escondía de la Gestapo en las entonces peligrosas calles del Berlín previo a la segunda guerra mundial. Sabía que su nombre estaba en las listas de la policía secreta nazi y sabía que, además de su afiliación al partido comunista, su relación con Franz Kafka no la ayudaba demasiado. Kafka estaba mal considerado por el nuevo régimen nazi. Sus escritos eran demasiado extraños y críticos con cualquier orden establecido, y, sobre todo, hacían pensar demasiado, así que el Reich había decidido que Kafka no debía leerse y, sobre todo, que nada más que hubiera escrito aquel rebelde de Praga debía ver la luz nunca jamás. Pero Dora no tuvo suerte. Se acababa de mudar a un nuevo piso con la esperanza de haber burlado a los agentes que la vigilaban, pero una mañana fría sintió aquellos terribles golpes en la puerta y supo que la habían encontrado.
—¡Abran, rápido, rápido!
A Dora no le dio tiempo a nada. Los agentes de la Gestapo irrumpieron en el piso a puntapiés, la detuvieron y no pudo hacer ya nada por evitar el registro. Ella, igual que Max, pese a lo que éste hubiera podido suponer, tampoco había sido capaz de quemar los textos que tenía de Franz Kafka. Con más dudas que Max, sin embargo, no se había atrevido a hacerlos públicos. Una cosa era no quemarlos y otra que se publicaran; pero ahora, al ver aquellas treinta cartas y aquellos veinte cuadernos de notas con relatos manuscritos por Kafka en manos de los agentes de la Gestapo, Dora lamentó no haberlos dado a conocer antes.
Dora fue encarcelada. Luego huiría a Rusia, pero no tuvo una vida fácil. Dora pensaba por sí misma. Seguramente eso es lo que Kafka vio en ella, lo que le atrajo. La joven sufrió pronto las purgas de un Stalin al que, como a los nazis, no le gustaban nada quienes se empeñaban en pensar por sí mismos. La vida fue injusta con ella. Seguramente los meses pasados con Kafka en Kierling fueron los mejores de su vida.
Pero volvamos al Berlín de finales de la segunda guerra mundial: la Gestapo se llevó aquellos escritos de Kafka. ¿Y qué hizo? ¿Los ocultó en algún archivo secreto o los destruyó? Aún hoy no sabemos nada de ellos. Se siguen buscando, pero, por el momento, nunca se han encontrado ni se han obtenido noticias fiables sobre su paradero. Y hay más preguntas: ¿había en aquellos cuadernos más novelas o más relatos de Kafka? Tampoco lo sabemos. Dora Diamant, la única que podía saberlo, huyó de país en país, hasta morir finalmente en la Inglaterra de la posguerra mundial, y nunca precisó qué había escrito en aquellos cuadernos. El Kafka Project de la Facultad de Humanidades y Letras de la Universidad de San Diego en Estados Unidos, en colaboración con el gobierno de Alemania, sigue aún tras el rastro de aquel registro de la Gestapo del año 1933, pero aún no ha conseguido resultados positivos. La pérdida de aquellas treinta cartas y veinte cuadernos de notas sigue siendo uno de los mayores enigmas literarios de todos los tiempos.