Arthur era un hombre tranquilo. Nadie podía imaginar en qué andaba pensando desde hacía varios meses.

Había diseñado el asesinato perfecto. O eso creía. Ni siquiera el enigmático y agudo Sherlock Holmes podría hacer nada por evitarlo. La jugada era maestra, perfecta. Más aún: era osadía pura, pues su víctima no iba a ser otra que el propio Sherlock y, sin embargo, el detective de Baker Street no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba a punto de ocurrir. Ni idea. Ése era el gran poder de Arthur.

El plan era sencillo. Sólo había que conducir a Sherlock Holmes, al vanidoso y ególatra Holmes, hasta el abismo de Reichenbach, en Alemania. Ocurriría allí. Arthur asentía mientras lo preparaba todo. Pero Arthur no quería ser acusado. ¿Acaso quiere alguien pasar por eso? No. Lo tenía todo pensado: acusarían a otra persona en su lugar. ¿Quién? Aquí Arthur sonrió. Quién sino el enemigo eterno de Sherlock Holmes, quién sino el perverso dueño de los bajos fondos de Londres y de medio mundo, quién sino el temido profesor Moriarty.

Sí. Arthur lo preparó todo con esmero: folios limpios, blancos, sin mácula, y tinta negra, oscura, líquida, bien dispuesta. Ésas eran sus armas. No necesitaba más. Dicen que hay palabras que hieren. De acuerdo. Y también hay palabras que pueden matar. Empezó a escribir.

Todo salió tal y como lo había diseñado: Holmes siguió a su archienemigo hasta el precipicio de Reichenbach y allí luchó a muerte con él hasta que el abismo se tragó a ambos. Todos cometen torpezas. Holmes, en su afán por atrapar a Moriarty, decidió arriesgarse. Arthur contaba con ese punto de vanidad de Holmes. Sabía que no dejaría pasar la oportunidad que se le brindaba de atrapar a Moriarty, incluso si eso conllevaba una arriesgada lucha al borde mismo de un precipicio.

Todo pasó rápidamente. No era momento de proporcionar muchos detalles. Arthur, además, se aseguró de que ni tan siquiera aparecieran los cadáveres. Mejor así. Aún más difícil reunir pruebas en su contra.

Todo había terminado. Sherlock Holmes había muerto.

Arthur se levantó de la mesa de su escritorio y cruzó el despacho hasta llegar al pequeño mueble donde guardaba las bebidas. Podría haber llamado a alguien del servicio, pero se sentía como si aún tuviera sangre en las manos y, por encima de cualquier otra consideración, aquél era un momento privado. Se sirvió un vaso de jerez. Bebió. Le supo algo amargo. ¿Le sabrían ahora siempre amargas todas las copas? ¿Era ése el regusto que le iba a quedar en el paladar para siempre? Retornó hacia el escritorio y, de pie, con la copa en la mano, releyó la última página que acababa de escribir. Al menos le había proporcionado una muerte heroica. A todos les gustaría. Además, así aún sospecharían menos de él. Fin de la historia. Regresó al mueble bar y se sirvió una segunda copa. Ahí se detuvo. No quería emborracharse. Tampoco sentía esa necesidad.

Arthur durmió tranquilo aquella noche, sin el más mínimo complejo de culpabilidad. Por fin era libre. Tenía tantos proyectos, tantas ideas. Ahora podría ocuparse de ellos, darles forma. Ya no estaba atado a Sherlock. Mañana mismo empezaría a trabajar.

Todo fue bien durante varios días. La rutina se apoderó de su existencia y se sentía cómodo. Hasta que llegó la primera carta. Arthur la vio una mañana en la bandeja del correo, pero no quiso abrirla. Intuía qué podía ser y decidió ignorarla. Venía del mismo Londres. No le dio importancia. Era lógico que hubiera algunas reacciones, pero al día siguiente eran tres las cartas y diez al siguiente y luego veinte, treinta, cincuenta… Arthur decidió abrir algunas, sólo por tener una noción de lo que se pensaba: le acusaban a él, directamente, con firmeza, sin duda alguna. Nunca pensó que fueran a llegar a esa conclusión tan rápidamente. Pero había más: le rogaban; le imploraban que deshiciera el pasado, que desanduviera el camino andado con aquellas páginas, pero cómo hacerlo y, a fin de cuentas, por qué. Ahora era libre. Y le gustaba serlo y pretendía seguir siéndolo por mucho tiempo; no, para siempre. Negó con la cabeza y dejó las cartas sobre la bandeja del correo. No volvería a leer ninguna más. No importaba cuántas llegaran, pero, justo en ese instante, llamaron a la puerta. Arthur iba a dar orden de que ignoraran esa llamada, pero ya era tarde: oyó cómo el servicio la abría y cómo subían por la escalera. Debería haberse marchado de Londres por un tiempo. Quedarse había sido un error de cálculo. Se mantuvo tranquilo. No se sentía culpable.

Un hombre entró en el salón. Era conocido por el servicio y nadie pensó que se le debiera detener en la entrada.

—¿Qué has hecho, Arthur? —le preguntó el hombre aun antes de saludar.

Arthur guardó silencio.

—¿Por qué? ¿Por qué, Arthur?

Arthur seguía callado. Se levantó de la butaca en la que se había sentado y deambuló por la habitación, hasta que se detuvo en una ventana y miró a través de las cortinas. Había mucha gente frente a su residencia. Dio un paso atrás. Encaró entonces al recién llegado.

—Porque estoy harto, hastiado, por eso —replicó Arthur resuelto, casi con fiereza.

El hombre que había ido a verle suspiró, hizo un gesto al escritor para que regresara a su butaca, lo que Arthur aceptó, y el otro hombre se sentó frente a él. Le hablaba como quien habla a un niño.

—Arthur, te aseguro que si hay alguien que puede entenderte ése soy yo, pero esto no puede ser. Has ido demasiado lejos. Esto tiene que… tiene que ser de otra forma.

Arthur volvía a negar con la cabeza, pero el hombre le hablaba con decisión y Arthur sabía que tenía razón, que no había otro camino.

—Sherlock Holmes era demasiado grande ya, Arthur, demasiado. Quizá al principio habrías podido hacerlo, cuando no lo conocía tanta gente; pero ahora no, ahora de ningún modo. Nadie lo aceptará. Veo que aquí también han llegado algunas cartas —dijo mirando la bandeja del correo de Arthur repleta de sobres sin abrir—. Esto no es nada, lo que tienes aquí es apenas una muestra. Nosotros tenemos miles de cartas. Y todas piden lo mismo. Y tienes ya a mucha gente congregada ahí fuera.

Arthur miraba al suelo.

—Ha de volver, amigo mío —concluyó el hombre—. Arthur, no sé cómo podrás hacerlo, pero Sherlock Holmes ha de volver, ha de salir vivo del abismo de Reichenbach.

Hubo un momento de silencio.

—Es lo mejor, créeme, Arthur, es lo mejor. —Y el hombre se levantó, le dio una palmada en la espalda y salió despidiéndose en voz baja para no interrumpir los pensamientos de Arthur, que debía encontrar la fórmula para resucitar a un muerto.

Sir Arthur Conan Doyle, cansado de escribir decenas de relatos sobre el más famoso detective de la historia, decidió que Sherlock Holmes, la más impactante de todas sus creaciones, debería morir luchando contra su enemigo Moriarty. Conan Doyle relató aquella lucha de titanes en una carta que Holmes enviaría al doctor Watson, donde el propio Sherlock Holmes explicaba que iba a seguir a Moriarty hasta aquel terrible lugar, el abismo de Reichenbach, y atraparlo; pero cuando Watson fue allí, las pisadas de ambos hombres se perdían en el nefasto precipicio. El amigo del detective concluyó que todo había terminado. Y para que no quedara duda alguna entre los lectores, el título del relato era claro: «La aventura del problema final.» Era el fin de Sherlock Holmes, ése había sido el plan, pero dar muerte al más audaz de los detectives no era tan fácil: los miles de cartas recibidas por sir Arthur Conan Doyle y las visitas y los ruegos de su propio editor le hicieron ver que el público se negaba a aceptar que Holmes pudiera morir. Muchos seguidores de las aventuras del aclamado detective de Baker Street se paseaban frente a la casa del escritor con crespones negros en los sombreros en señal de protesta y luto por la muerte de su ídolo. Conan Doyle se plegó al fin a las peticiones de su editor y del público y, en «La casa deshabitada», Sherlock Holmes regresaba a la vida. ¿Cómo? En la ficción todo puede arreglarse: Holmes, haciendo uso del arte marcial baritsu, había luchado contra Moriarty al borde del abismo de Reichenbach y había derrotado al terrible enemigo, pero el detective había fingido caer él también al vacío para combatir, durante unos años, al resto de líderes de los bajos fondos de Londres, gracias al anonimato que le daba el hecho de que todos le creyeran muerto, hasta que por fin el gran detective se presentó de nuevo ante un sorprendido e inmensamente feliz doctor Watson, en uno de los reencuentros más conmovedores de la historia de la literatura. Incluso el gélido Sherlock Holmes se verá conmovido, como pocas veces en su vida, ante la alegría incontenible de su amigo al reencontrarse con él. Hoy día, sir Arthur Conan Doyle está muerto y no le podemos resucitar, pero Holmes sigue vivo, más vivo que nunca. A veces los personajes son mucho más importantes, más fuertes, incluso casi más reales, que sus autores.