Epílogo

—Jackson —le llamé con un tono de impaciencia—. ¿Por qué tardas tanto? Vamos a llegar tarde.

Estaba preocupada porque íbamos a perder el vuelo cuya salida estaba prevista en menos de una hora. Jackson llevaba una eternidad haciendo la maleta y yo empezaba a impacientarme, esperando en la sala de estar. No podía dejar de dar golpecitos con el pie en el suelo.

—No te preocupes, mi amor —dijo él con un guiño sacando la maleta del dormitorio—. El avión no despegará sin nosotros, es una de las ventajas de los vuelos privados.

Puse los ojos en blanco pero aliviada al ver que ya estaba listo. Me levanté, y me puse el abrigo.

—Aun así, no está bien hacer esperar.

Jackson sonrió ampliamente y me dio un beso mientras agarraba mi maleta con la mano que le quedaba libre.

—Es bueno tenerte cerca para que me hagas poner los pies sobre la tierra. La última vez que volamos en un avión privado insististe en traer la comida.

—Todos esos platos de queso y fruta no son gratis. Tienen unos precios abusivos. —Sabía que podía parecer ridículo pensar en el ahorro cuando se está volando en un avión privado, pero yo siempre me sentía un poco incómoda con todas las extravagancias que Jackson daba por sentadas. Además, le había echado un vistazo a la factura del vuelo y al ver que había pagado casi trescientos dólares por la comida casi me da algo. Un surtido de quesos, fruta y galletas saladas no es un menú por el que deban pagarse trescientos dólares. Y eso que ni siquiera incluían el vino.

—Contigo cerca no me arruinaré.

Sonreí abrazándole por la cintura y le di un beso a conciencia.

—Incluso arruinado te querré, siempre que me tengas contenta en otras cuestiones —bromeé casi sin aliento después de besarle. Fui hacia la puerta pero tuve que dar unos pasos hacia atrás porque él dejó las maletas en el suelo y me atrajo hacia sí rodeándome con sus brazos.

—Esta noche no te he oído quejarte —dijo con mirada maliciosa—. Pero estoy dispuesto a hacerte una demostración ahora mismo. Mi objetivo es complacerte.

—Jackson —chillé dirigiéndole una mirada desaprobatoria que mi carcajada echó a perder—. El vuelo, ¿recuerdas?

Entonces, él dio un suspiró teatral y me soltó dándome una nalgada. Le seguí y cerré la puerta detrás de nosotros. Hacía tiempo que yo había dejado mi apartamento y ahora vivíamos juntos en el suyo. Los últimos meses desde que descubrimos las mentiras de Claire habían sido un torbellino. Habían sido momentos dichosos, aunque con sus dificultades. Ahora que habíamos acabado con los fantasmas del pasado estábamos obligados a centrarnos en los retos que planteaba la relación de dos personas que estaban reaprendiéndolo todo el uno del otro.

Jackson se había suavizado desde que vivíamos juntos, aunque seguía sorprendiéndome lo autoritario que podía llegar a ser. Y él estaba descubriendo que yo no era tan flexible como hacía cinco años, cuando permitía que él tomara todas las decisiones. Sin embargo, todo eso no eran más que pequeñeces, nada con lo que no pudiéramos lidiar.

El verdadero cambio para mí había sido mantener una relación con alguien que siempre era el centro de atención, lo que significaba que con frecuencia a mí también se me escrutaba con lupa. Los paparazzi no se portaban demasiado mal porque últimamente no les dábamos mucho de qué hablar, aparte de ser felices y estar enamorados. Sin embargo, para mí la adaptación había sido más dura, pues me había convertido en una figura semipública.

A pesar de todos los desafíos, nunca me había sentido tan feliz. Por Acción de Gracias fuimos a casa de mi madre, que se había quedado atónita al conocer a un actor famoso, cuyo estatus había conseguido borrar cualquier duda que tuviera sobre él. Trisha y Sean fueron un poco más reservados, pero estuvieron dispuestos a aceptar que lo que Jackson había hecho en el pasado se había malinterpretado, aunque todavía se mostraban recelosos en lo que respectaba a sus intenciones. Me había dado un poco de vergüenza oír a Trisha plantearle un cuestionario en toda regla acerca de cómo pensaba mantener una relación saludable cuando íbamos a vivir cada uno en una costa del país, y todo a lo que yo tendría que enfrentarme por salir con un famoso. Jackson se tomó el interrogatorio de buen grado, pero igual que a Trisha, a mí también me interesaba conocer sus respuestas. No estaba segura de cómo saldríamos adelante si él vivía en California, sin contar todos los viajes que tenía que hacer para filmar sus películas.

Mi amiga se ablandó cuando él le contó que planeaba quedarse a vivir en Nueva York porque sabía lo importante que era para mí mi trabajo, y de esa manera estaríamos juntos para enfrentarnos a lo que hiciera falta.

Las Navidades las pasamos en Westchester con la familia de Jackson y por fin pude conocer a su padre, Ryan, y a su extensa familia. Estaba nerviosa, pero todo el mundo me acogió bien y pasamos unas vacaciones maravillosas. Nunca le había visto tan satisfecho ni le había oído reír con tanta facilidad, lo que me hacía inmensamente feliz.

Por Pascua nos peleamos un poco. A Jackson lo habían contratado para grabar en Los Ángeles un programa que reunía a varias personas famosas y cuya finalidad era recaudar fondos para las enfermedades del corazón. Un famoso muy popular había muerto de un infarto a principios de año y sus colegas se habían reunido para recaudar dinero en su nombre, un evento sin precedentes lleno de estrellas de primera categoría. Cuando Jackson me explicó que había aceptado ir al programa, puesto que era un acuerdo que había firmado antes de que volviéramos a salir, su acción me conmovió. Después de todo, mi padre había muerto de un infarto. Por desgracia, no pude acompañarle porque tenía mucho trabajo, a pesar de que él había insistido mucho. Sin embargo, me mantuve firme y me quedé en Nueva York. Pasé la Pascua sola y le eché mucho de menos, y aún más cuando le vi en televisión. Entonces me sentí más sola aún. Lo mejor del programa fue cuando Jackson narró un segmento sobre las vidas que se habían conseguido salvar gracias a los donativos y sentí un gran amor hacia él cuando escuché Imagine de John Lennon cómo música de fondo. Fue un montaje que me hizo llorar y deseé haber podido deshacerme de mis obligaciones para poder estar con él. Me llamó después de medianoche, cuando el programa se había terminado, para decirme que me quería y que nos veríamos pronto. Me quedé dormida con esas palabras en mi mente y me sentí pletórica de felicidad cuando me desperté en sus brazos. Estaba vestido y dormía profundamente, exhausto porque había tomado un vuelo nocturno a Nueva York. Le desperté con mis labios y mis manos mostrándole cuánto le quería y cuánto le había echado de menos.

Era mediados de febrero y estábamos volando hacia Los Ángeles Yo me había tomado un par de semanas de vacaciones para poder estar en California mientras él negociaba algunas ofertas que había recibido. Sabía que Jackson estaba postergando el aceptar otros papeles porque no quería que estuviéramos separados, pero yo le insistí en que su carrera era importante y que yo estaba dispuesta a hacer los sacrificios que fueran necesarios para que él se dedicara a lo que le gustaba. Sabía cuántas satisfacciones le proporcionaba su profesión y no quería arrebatarle eso. A pesar de que le echaría de menos porque se iba a rodar lejos de Nueva York, confiaba en nuestra relación y sabía que nuestros lazos nunca se romperían.

Craig nos llevó al aeropuerto en un tiempo récord y me relajé cuando subimos al avión.

—¿No viene Craig con nosotros? —pregunté, sorprendida de que el guardaespaldas nos deseara un buen viaje con una sonrisa después de dejarnos, y luego se volviera al SUV. Siempre que viajábamos venía con nosotros, aunque fuera de Nueva York quien conducía era Jackson. La única vez que Craig no viajó con Jackson fue cuando yo no pude ir por motivos de trabajo, pues mi novio insistió en que se quedara conmigo.

—No, se queda en Nueva York —me contestó Jackson sin darme más explicaciones mientras yo estaba distraída subiendo al avión.

El piloto nos saludó y luego nos sentamos en los lujosos asientos y nos pusimos el cinturón. A pesar de haber viajado varias veces en vuelos privados con él, no acababa de acostumbrarme al lujo. Después de eso sería difícil volar en clase turista.

El piloto vino a hacer algunas comprobaciones de seguridad y luego nos dijo que despegaríamos enseguida. Jackson me agarró de la mano, porque sabía que yo me ponía un poco nerviosa al volar en aviones pequeños.

—¿Dónde está el auxiliar de vuelo? —le pregunté estirando el cuello para mirar detrás de nosotros. El avión solo tenía ocho asientos, pero también había una salita detrás de nosotros adonde podíamos ir tranquilamente una vez hubiéramos alcanzado la velocidad de crucero. Normalmente la azafata se sentaba delante de nosotros con el cinturón puesto.

—En este vuelo no llevamos.

—Vaya —dije confundida porque en todos los vuelos privados siempre nos acompañaba una—. Una manera de reducir costes, muy bien —dije alegrándome y mirándole con aprobación.

Jackson me sonrió, se le veía sumamente risueño, pero yo lo achaqué a que estaba encantado de volver a Los Ángeles Me había mencionado que estaba buscando una casa nueva porque su actual apartamento le parecía demasiado pequeño. La primera vez que lo vi me sorprendió porque esperaba que fuera algo más grande. Jackson se encogió de hombros diciendo que no pensaba que necesitara más, porque solo lo consideraba como un lugar donde dormir. Luego insistió en que quería mi opinión sobre la casa nueva, ya que yo también viviría en ella, y eso me halagó.

En cuanto el piloto nos avisó de que podíamos movernos libremente, los dos nos desabrochamos los cinturones y nos fuimos a la parte de atrás para echarnos en el sofá.

—¿Tienes hambre? —me preguntó Jackson.

—¿No la tengo siempre? —sonreí viéndole actuar como asistente de vuelo mientras estaba abría una pequeña nevera y sacaba e ella una fuente y una botella de champán.

—¿Qué celebramos? —le pregunté sorprendida, mirando inquisitivamente al champán. El colocó la fuente llena de embutidos, queso y galletas saladas en la mesita que teníamos delante y abrió con destreza la botella, que hizo un pequeño plop al descorcharla.

—No necesito que sea una ocasión especial para disfrutar de una copa de champán con la mujer que quiero —dijo, y se inclinó para darme un beso antes de llenar las copas y luego pasarme una.

—Supongo que no —tomé un sorbo y me sentí loca de contenta cuando las burbujas me hicieron cosquillas en la nariz. Jackson frunció el ceño, parecía un poco molesto.

—Todavía no hemos brindado.

Al ver la expresión de niño enfadado que ponía, dejé de sonreír y puse cara de disgusto.

—Caramba, lo siento. Brindemos.

Jackson sonrió con satisfacción, consciente de que me estaba riendo de él, pero enseguida el gesto se transformó en una sonrisa dulce.

—Emma, no te puedes imaginar lo feliz que he sido en estos últimos meses. Solo pido pasar mi vida junto a ti. Todo lo demás me sobra—. Entonces se levantó tomándome delicadamente las mejillas con la mano y bajando la vista hacia el diamante, que había vuelto a su lugar en mi cuello. El corazón empezó a latirme a toda prisa, preguntándome si habría llegado el momento. El nunca me había hablado explícitamente de matrimonio, yo había supuesto que sería más adelante y no me lo esperaba tan pronto—. Porque pasemos el resto de nuestra vida juntos —brindó chocando su copa con la mía y bebiendo un sorbo de champán. Solté el aire que había estado conteniendo de manera inconsciente, un poco decepcionada porque no me lo hubiera propuesto, pero me quité esa idea de la cabeza. Era demasiado pronto y yo me sentía muy feliz de estar en ese momento con él.

—Porque pasemos nuestra vida juntos —repetí con una sonrisa tomando también otro sorbo de champán.

La sonrisa de Jackson se fue disipando y entonces yo di la vuelta a la mano que él tenía en mi mejilla y le besé la palma.

De vez en cuando le sorprendía con un aire melancólico y él me decía que le costaba olvidarse de que habíamos estado separados por las mentiras de Claire. Le resultaba difícil olvidar lo felices que habíamos sido y cómo la obsesión de Claire por él había destruido esa felicidad. Yo le recordaba que no podíamos cambiar el pasado, que teníamos todo el futuro por delante y que era magnífico.

Cuando le acaricié, se puso serio. Me quitó la copa de la mano y la puso en la mesa con la suya. Se movió hacia mí, poniendo su muslo contra el mío y los brazos rodeándome la cintura.

—Prométeme que nunca me dejarás —me susurró con pasión. Me acordé de la última vez que le había hecho la promesa de no dejarle siempre que no me hiciera daño.

—Prometo que no te dejaré —confirmé, sujetándole la cabeza entre las manos y besándolo con suavidad, sin separar los labios —. No importa que me hagas daño, me pongas de los nervios o me hagas llorar. Nunca dejaré de ser tuya.

Jackson gimió de placer, me abrazó fuerte e inclinó su boca contra la mía. Le respondí con la misma intensidad. Sentí el deseo recorriéndome el cuerpo al notar su rodilla contra mí y mi muslo contra el suyo, hasta que sentí húmedo mi centro. Como llevaba una falda, el fino algodón de mis bragas era su única barrera.

—Te necesito —dijo él jadeando contra mi boca y metiéndome las manos por debajo de la blusa.

—¡Jackson! —protesté mirando detrás hacia la puerta de la cabina, que estaba cerrada—. No podemos. ¿Qué pasa si vienen?

Con los ojos llenos de deseo, me echó hacia atrás con suavidad para que me quedara tumbada.

—No te preocupes, mi amor. Tienen instrucciones estrictas de no entrar sin permiso.

Iba a seguir protestando pero me olvidé de ello en cuanto me desabrochó la blusa, me quitó el sujetador y prendió su boca ardiente de mi pezón chupándolo con fuerza. Traté de reprimir un grito de placer, porque no quería que el piloto o el primer oficial me oyeran.

—Quiero oírte, nena. No te guardes nada.

A Jackson no podía negarle nada y cuando metió la mano por debajo de la falda pasando el dedo por mis partes húmedas, gemí de pura lascivia.

—Siempre tan húmeda para mí —murmuró avanzando con la boca por mi cuerpo hasta que llegó a donde tenía el dedo.

—¡Jackson, por favor! —exclamé mientras hacía círculos con las caderas incesantemente, levantándolas hacia él, que no dejaba de me chuparme el clítoris con avidez, metiendo y sacando dos dedos. Gemí de deseo, las piernas me temblaban notando que la presión iba en aumento. Parpadeé cuando se apartó y levanté la vista confundida. En cuanto le vi desabrochándose los pantalones levanté automáticamente las piernas, la pelvis me convulsionaba por el deseo de tenerle dentro de mí.

—No puedo esperar, mi amor —dijo apretando los dientes—. Necesito estar dentro de ti.

La espalda se me dobló de deseo cuando Jackson me embistió, y grité mientras ondas de placer me hacían estremecer. Él dejó escapar unos sonidos guturales al sacar casi todo el miembro para luego volverme a embestir con él. Movía las caderas adelante y atrás cada vez más rápido jadeando con el rostro tenso de deseo.

—Vamos, nena. Córrete para mí.

Sus palabras me excitaron y grité cuando las convulsiones del orgasmo me sacudieron, balanceándome con tanto placer que me dolía. Jackson engulló mis gritos besándome apasionadamente hasta que las convulsiones cesaron.

Le acaricié la mejilla, que estaba húmeda de sudor y le miré sintiendo tanto amor que asustaba.

—Te quiero —le susurré. Mis palabras le hicieron gemir y sentí su erección sacudiéndose dentro, eyaculando a chorro hasta que, finalmente, se desplomó sobre mí.

Le acaricié la espalda sudorosa, disfrutando de la sensación de tenerlo dentro. Jackson alzó la cabeza sonriéndome.

—¿Cómo se siente al pertenecer al Club de las mil millas de altura?

Se refería a quienes han practicado sexo a más de mil millas de altura y rompí a reír sacudiendo la cabeza.

—¿Para qué palabras de amor y de romanticismo? —dije y recobré la seriedad cuando una idea poco agradable enturbió mi felicidad, aunque la aparté de mi mente.

—¿Qué pasa?

—Solo que... —Me detuve. Mi voz se fue apagando porque no encontraba las palabras. Me dije que no importaba, sin embargo, respiré hondo y le pregunté—: ¿Ya eras miembro del club o esta ha sido tu iniciación?

El sonrió inclinándose sobre mí para besarme.

—Definitivamente, ha sido mi iniciación. No hay sitio en mi club para nadie que no seamos tú y yo.

Su respuesta me tranquilizó. A veces me costaba asumir que había llevado una vida loca de estrella mientras estábamos separados, pero me estaba dando cuenta de que, en realidad, su vida privada era bastante sosegada.

Agradecí que no me hubiera roto ningún botón de la blusa como era propenso a hacer en sus arrebatos pasionales, y me alisé la ropa. Luego me lancé a por la comida con deleite, pues mi apetito había crecido con nuestro apasionado interludio.

Después, me eché una cabezadita en brazos de Jackson mientras escuchábamos música. Me desperté sobresaltada y vi que ya era de noche, me senté para estirarme. Miré alrededor y vi a Jackson tumbado en el sofá, pero despierto.

—¿Cuánto tiempo he estado dormida?

Jackson sonrió, y me frotó la cabeza con la mano.

—Te ha debido de hacer efecto el champán. Has estado durmiendo dos horas.

—¡Dos horas! —exclamé y luego me reí con remordimientos—. Supongo que es lo que pasa por beber tres copas de champán en una hora.

Me asomé a la ventanilla del avión pero solo pude ver la oscuridad de la noche.

—¿Por dónde estamos ahora?

Llamaron a la puerta con unos golpecitos, lo que impidió que me respondiera. Era curioso que fuera el piloto quien pidiera permiso para entrar en lugar de ser al revés. Me sonrojé cuando Jackson le dijo que pasara y el hombre entró en la cabina. Me pregunté si habría oído mis gritos de placer.

—Señor Reynard, aterrizaremos en una hora en Los Angeles para cargar combustible y reabastecernos y luego continuaremos el viaje. Vamos bien de horario y el tiempo estará despejado el resto del vuelo.

—Gracias por informarme. Comuníqueme cualquier cambio que se produzca.

El piloto asintió y regresó a su puesto dejándonos solos.

—¿Qué quiere decir con que nos pararemos a repostar y reabastecernos en el aeropuerto de Los Ángeles? Si es nuestro destino final —dije todavía amodorrada por el champán y el reciente despertar, y segura de haberle oído bien. Jackson sonrió y entrecerré los ojos con sospecha.

—¿Dónde estamos? —pregunté, y luego dejé de hablar repentinamente al reparar en mi mano izquierda. La miré porque sentía algo raro y entonces lo vi. El tercer dedo de mi mano izquierda estaba adornado con un anillo. Pero no se parecía a ninguno que yo conociera. Era un enorme diamante cuadrado rodeado de brillantes con el aro del anillo también de brillantes. Casi cerré los ojos por el destello de las piedras.

Miré a Jackson boquiabierta, sin decir palabra. El estaba sentado frente a mí, sonriente, muy satisfecho. Finalmente, me salió la voz, aunque estaba tensa.

—¿Qué... qué es esto?

Jackson fingió cara de extrañeza, pero le delató el brillo de los ojos.

—¿Quieres decir que no lo sabes? —suspiró teatralmente hablando como si tuviera público—. Por lo que parece, el amor de mi vida no reconoce un anillo de compromiso cuando lo ve.

—Espera un momento —dije resistiendo al impulso de sacudir la cabeza para creérmelo sin pasar por alto lo cómico de la situación—. ¿No se supone que debías pedírmelo primero?

—¿Tu respuesta no es un sí?

—¡Claro que es un sí! —exclamé exasperada. No pensaba que me sentiría así cuando el hombre de mis sueños me pidiera en matrimonio, en especial porque no lo había hecho—. ¡Se supone que me lo tienes que pedir! ¡Ni siquiera estaba despierta durante la proposición!

Crucé los brazos, quería enfadarme por sus maneras arrogantes. Entonces Jackson se puso serio y se bajó del sofá arrodillándose.

—Nunca he deseado nada tanto como pasar el resto de mi vida contigo. Te puse el anillo mientras dormías porque no podía esperar para vértelo puesto. Sé que es solo un símbolo. Ya nos dimos nuestra palabra de pasar juntos el resto de nuestra vida y esto solo es para hacerlo oficial. Me perteneces y te pertenezco —dijo alzando la mano para acariciarme en la mejilla, mientras yo me ponía a temblar emocionada—. Emma Mills, te quiero. Eres mi vida y mi corazón y no puedo imaginarme ni respirar sin ti a mi lado. ¿Quieres casarte conmigo?

—Sí —susurré mareada de la alegría. No podía aguantar tanta felicidad—. ¡Sí! —dije en voz más alta y después grité— ¡Sí, sí, sí!

Me eché a llorar de alegría y él me atrajo hacia sí besándome intensamente, como si la promesa de nuestro futuro se sellara con ese beso. Sentí el gusto de mis lágrimas saladas en la boca, lo que hizo aquel el beso aún más dulce.

Cuando nos separamos le acaricié el rostro con la mano, me encantaba sentir en los dedos aquella barba incipiente. Le miré torciendo la sonrisa, casi incapaz de creer que este hombre tan maravilloso fuera mío. Entonces recordé las palabras del piloto y reaccioné.

—Espera un momento. ¿A dónde vamos?

Jackson hizo una mueca, los ojos le bailaban de la alegría.

—Recordé que alguien me dijo una vez que sería feliz pasándose los días pescando y las noches escuchando el sonido del mar, siempre y cuando estuviéramos juntos.

Pensé durante un instante y entonces me di cuenta.

—¿Vamos a Bora Bora? —le pregunté entusiasmada y una sonrisa surcó mi cara. Me puse a gritar de emoción cuando él asintió con la cabeza—. ¡No me lo puedo creer!

Jackson sonrió abiertamente ante mi entusiasmo y yo me mordí el labio al recordar el contexto de aquel deseo que yo había dicho bromeando.

—Dije que me gustaría dejarlo todo para vivir en una isla desierta —le miré vacilante—. ¿Es eso lo que quieres hacer?

Su sonrisa se desvaneció y se puso serio.

—Si es eso lo que tú quieres.

—Pero, pero... —balbuceé—. Tenemos nuestra vida en Nueva York. Tú tienes tu carrera y yo mi trabajo. ¡Jackson Reynard no puede desaparecer de la faz de la tierra para pasar el resto de sus días en la playa!

Él se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Yo soy feliz siempre que estemos juntos.

—¡Pero a ti te encanta actuar! ¡No puedes dejarlo!

Jackson movió la cabeza negando.

—Ahí es donde te equivocas. Sí que me gusta actuar, pero te quiero. Sé que para ti la vida bajo los focos ha sido difícil. Ya sé que piensas que soy yo quien toma todas las decisiones, pero esta decisión es cosa tuya.

Un inmenso amor por Jackson me invadió, y estaba tentada de dejar a un lado la prudencia junto con todas nuestras obligaciones, para dedicarnos a disfrutar el uno del otro, pero me parecía imprudente e insensato.

Él se inclinó sobre mí y me besó con delicadeza, como si comprendiera la lucha que sostenía en mi mente.

—No tienes que decidirlo ahora. Esto pueden ser solo unas vacaciones. Pero he oído que Bora Bora es un lugar estupendo para tener hijos.

Sus palabras me llegaron al corazón. La idea de tener hijos con él me hacía sentir tan feliz que me era imposible expresarlo en palabras. Aunque Jackson decía que teníamos tiempo para pensarlo, yo no podía parar de sopesar los pros y los contras, sin saber cuál era la decisión correcta. El se limitó a echarse en el sofá mirándome con una sonrisa.

La idea de vivir en un paraíso resultaba tentadora, pero también me gustaba mi vida actual. Nuestros amigos y la familia estaban allí, pero de nuevo la idea de vivir con él en Bora Bora podía ser una aventura. Al final, sonreí porque sabía que era lo correcto.

—¿Has decidido? —me preguntó mirándome inquisitivamente. Cuando asentí con la cabeza sonrió—. ¿Piensas decírmelo?

—Te lo diré después —dije tan contenta—. Ahora mismo tengo que resolver el asunto de lo que me voy a poner en Bora Bora. He hecho la maleta pensando en Los Angeles, no en una isla tropical.

Jackson me atrajo hacia sí, ios ojos chispeantes tanto de amor como de humor.

—¿Vas a hacerme esperar para que me ponga nervioso?

Asentí poniendo cara de engreída.

—Es lo que te mereces después de haberme obligado a soportar esa «no propuesta» tuya.

Sonrió, sin perturbarse lo más mínimo.

—Enseguida te darás cuenta de que no me importa. Podríamos trasladarnos a Bora Bora, podríamos irnos a vivir a un pueblo perdido donde yo me dedicaría a llevar las bolsas de la compra y tú a preparar hamburguesas a la plancha, o a cualquier otra parte. Qué más da. Todo lo que me importa es que te quiero y que tú me quieres.

Le miré fijamente. Mi corazón rebosaba de felicidad, pues me daba cuenta de que gustosamente pasaría el resto de mi vida haciéndome merecedora de aquel hombre.

—Te quiero, Jackson Reynard —le susurré.

—Te tomo la palabra —replicó él con una dulce sonrisa, besándome suavemente.

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15/12/2013