Capítulo 13

CINCO AÑOS DESPUÉS

—Me había olvidado de la humedad que hace en Nueva York en verano —dije abanicándome con la mano—. Confiaba en que hiciera más fresco aquí que en Washington.

—¡Intenta ponerte una falda de punto con este tiempo! —exclamó Trisha desdeñosamente.

Sonreí pasando la vista por su conjunto.

—Te dije que pasarías calor si te ponías eso.

—Pero es tan mona.

Me reí con su cara de resignación. Ella había insistido en hacer el viaje conmigo hasta Nueva York, argumentando que tenía ganas de pasar un fin de semana de chicas. No me opuse, agradecía tener quien me acompañara en ese viaje tan largo.

El aire acondicionado del automóvil que había alquilado para ir a Nueva York hizo unos ruidos y dejó de funcionar cuando todavía estábamos a las afueras de Nueva Jersey. Abrimos las ventanillas, pero no sirvió de mucho para aliviar aquel calor sofocante.

Para cuando llegamos al Upper West Side, el sudor me empapaba la espalda y recé para encontrar un sitio donde aparcar.

—Nuestra suerte está mejorando —dije al divisar un garaje abierto en el mismo edificio donde se encontraba mi apartamento y estacioné rápidamente en batería. Las dos salimos del vehículo deseosas de estirar las piernas, pues aquel viaje tan largo nos había pasado factura.

—La primera vez que vine a vivir aquí, tuve que acarrear dos maletas enormes y subirlas tres pisos escaleras arriba —dije mientras abría el maletero—. Gracias a Dios que hay ascensores.

El edificio de mi apartamento quedaba lejos de las Torres Trump pero tenía ascensor y conserje, lujos de Nueva York. Como de antemano había enviado por barco mis pertenencias, solo llevaba conmigo una maleta y un par de cajas, además de la maleta de Trisha.

—¿Puedes llevar también mi maleta? —pregunté sacando las dos del maletero del automóvil y dejándolas en el suelo junto a Trisha—. Yo llevaré las cajas.

Trisha y yo nos dirigimos hacia el apartamento deteniéndonos para presentarnos al conserje. Cuando abrí la puerta y entré dejé escapar un suspiro de alivio, contenta de que fuera igual que en las fotografías. Había sido difícil coordinar la mudanza desde Washington y no tuve tiempo de ver el apartamento en persona. Porque antes de marcharme había estado dándome prisa para dejar terminados los proyectos de mi antiguo trabajo.

—Es bonito —comentó Trisha, dejando las maletas en la sala de estar.

—Algo pequeño, pero el barrio es bueno y tenía ganas de vivir en un sitio con conserje y ascensor.

Dejé las cajas en suelo y empecé a explorar mi nueva casa. El dormitorio era pequeño, pero la sala de estar lo compensaba. El baño era práctico, si bien un poco justo, pero la cocina era preciosa, con electrodomésticos de acero inoxidable y una encimera espaciosa. En ese momento el apartamento estaba lleno de las cajas y muebles que había enviado por barco desde Washington y la idea de ponerme a desembalar no me seducía.

—¿Qué haremos primero? —dijo Trisha desplomándose sobre el sofá, que aún estaba envuelto en plástico—. Por favor, no me digas que quieres empezar a desembalar.

Sonreí al ver la expresión de súplica de Trisha. Ella había venido a pasar un fin de semana divertido, y no uno envuelto en plástico de burbujas y cinta de embalaje.

—No te preocupes. Lo que menos me apetece es desembalar. Tengo mucho tiempo para eso. Hay que ir a devolver el automóvil a la oficina de alquiler de vehículos, pero ¿por qué no nos vamos después a comer? Quiero explorar el vecindario.

Esperé a Trisha mientras se ponía una ropa más adecuada para aquel sofocante calor. Con sus pantalones cortos blancos y su transparente blusa azul, que llevaba encima de una camiseta sin mangas, se veía más arreglada que yo.

—¿No te quieres cambiar? —me preguntó.

—Tú eres la modelo a la moda, no yo. Me encuentro bien con los jeans y la camiseta —dije. Desde que conocía a Trisha siempre iba bien arreglada, incluso en la secundaria. Habíamos sido amigas desde sexto grado, excepto durante el pequeño bache de nuestra amistad tras la ruptura de mi compromiso con Sean. Después de su accidente, Trisha me confesó que siempre había estado enamorada de Sean y que por eso no podía aceptar lo que yo le había hecho. Se había disculpado conmigo con lágrimas en los ojos por abandonarme y me suplicó que le diera otra oportunidad.

Afortunadamente, todas las horas que pasamos juntas ayudando a Sean con su rehabilitación habían logrado que nos diéramos cuenta de que merecía la pena salvar nuestra amistad. Desde entonces nos habíamos unido mucho. No resultó fácil que Sean acabara enamorado de Trisha, pero lo logramos, así que ambos llevaban ya dos años casados.

Después de dejar el automóvil en la oficina de alquiler de vehículos, Trisha y yo paseamos por la avenida Amsterdam, mientras íbamos dándole vueltas a qué restaurante elegir entre la vertiginosa variedad de opciones. Finalmente, nos decantamos por un restaurante tailandés y al entrar agradecimos el aire acondicionado del interior.

—¿No se te hace raro volver? —me preguntó Trisha después de que pidiéramos.

—Un poco, porque es la primera vez que vuelvo desde que viví aquí, sin contar ese viaje corto que hice para la entrevista, aunque cuando vine me pasé más tiempo en el aeropuerto que en la ciudad. Tampoco me parece el mismo sitio. Cuando viví aquí era tan cándida e ingenua. Pensaba que Nueva York era un lugar mágico que cambiaría mi vida. Ahora ya sé que solo es otra ciudad.

Trisha dudó un instante antes de hacerme la siguiente pregunta.

—¿Te trae recuerdos dolorosos de Jackson?

Suspiré tratando de averiguar cuáles eran mis sentimientos. Tenía una mezcla de emociones con respecto a Jackson Reynard y a los recuerdos que me traía. Perderle había sido una de las más dolorosas experiencias de mi vida tras la pérdida de mi padre. Me tomó mucho tiempo recomponerme y lo hice despacio pero segura. Me mudé a Washington en cuanto Sean empezó a hacer progresos importantes, sabiendo que estaba en las competentes manos de Trisha. Me había abierto camino en una agencia de publicidad hasta llegar a ser directora de cuentas y convertirme en una de esas adictas al trabajo que mi madre tanto temía. Encerrarme en el trabajo me había ayudado a quitarme a Jackson de la cabeza.

No es que hubiera sido fácil. Recuperarte del fracaso de una relación ya era bastante duro, pero aún resultaba más duro que la cara de la persona a quien intentabas olvidar apareciera en todas las portadas de las revistas.

La carrera de Jackson se había catapultado desde que protagonizara Exposición arriesgada, la película de John Warner que casi deja por mi culpa. Desde entonces había sido calificado como protagonista de papeles de hombre acción inteligente, y después había protagonizado dos grandes éxitos más. Su meteórico ascenso a la fama significaba que cada vez que encendía el televisor, cada vez que pasaba por una marquesina de autobús o por un puesto de periódicos corría el riesgo de ver sus ojos verdes devolviéndome la mirada. Sin embargo, por difícil que resultara, me acostumbré a ver su cara por todas partes hasta que dejé de sentir ese angustioso dolor cada vez que veía su imagen. Me convencí a mí misma de que era alguien a quien una vez conocí, un lejano recuerdo que todavía a veces me torturaba, pero que había ido perdiendo el poder de hacerme sentir aquel dolor lacerante.

El saber que me había traicionado con Claire y que el amor desesperado que yo había creído sentir por él se había fundamentado en un montón de mentiras, me ayudaron a olvidarlo.

Eso no significaba que yo no evitara su imagen. Nunca había ido a ver ninguna de sus películas y evitaba cualquier programa televisivo o revista en la que apareciera. Me decía a mí misma que no dejaba de ser normal que me quedaran restos de los recuerdos de aquellas noches cuando la ruptura aún era reciente. Noches en las que tumbada en la cama revivía el tiempo que habíamos pasado juntos mientras agarraba el colgante con el diamante que me había regalado con una mirada llena de amor. Noches en las que me daba placer a mí misma con las manos mientras me imaginaba que era él quien me acariciaba. Mi cuerpo todavía le ansiaba, a pesar de que mi mente sabía que me había engañado, que me había sido infiel con Claire.

—Me trae algunos malos recuerdos —tuve que admitir—. Pero me digo a mí misma que eso fue hace ya tiempo. Ahora soy otra persona, alguien un poco menos ingenuo.

—No lo has sido nunca y no lo eras —dijo Trisha negando con la cabeza—. Estabas enamorada. No tienes la culpa de que Jackson te fuera infiel y te abandonara.

—Técnicamente él no me abandonó. Yo le abandoné a él.

—No le defiendas —replicó Trisha con vehemencia—. Puede que tú cortaras con él, pero lo hacías por su bien. Solo que tardaste una semana en darte cuenta de tu error y tu hombre ya se había ido a vivir con la puta con la te había estado engañando.

Trisha me estuvo apoyando en aquellos días tan sombríos. Me escuchó contar los detalles de lo que había ocurrido entre Jackson y yo porque le abrí mi corazón. Me quedaría corta si dijera que ella tenía muy mala impresión de Jackson. Y le enfurecía más aún que se hubiera convertido en alguien rico y famoso. Decía que nunca vería una película de ese «hijodeputa».

—No le estoy defendiendo. Y mucho menos excuso su infidelidad. Pero ahora sé cuál fue mi papel en el fin de nuestra relación. Doy gracias a mi suerte por haber roto con él, pues de lo contrario nunca me habría enterado de lo de él y Claire.

Nuestra conversación se vio interrumpida por el camarero que vino a servirnos la comida.

—No perdamos más tiempo hablando de Jackson. Este fin de semana nos lo vamos a pasar bien. Solo te tengo por dos días y no quiero pasármelos deprimiéndome por el pasado.

Trisha estuvo de acuerdo, dejó el asunto y nos pasamos el resto de la comida planificando el fin de semana. Ella se marchaba el domingo por la mañana, así que solo nos quedaba el resto del día y todo el sábado para hacer todas las actividades posibles.

Después de comer nos fuimos de compras. Trisha estaba decidida a gastarse la mayor cantidad de dinero posible antes de marcharse. Me iba arrastrando tras ella de tienda en tienda, mientras yo esperaba pacientemente a que se probara un millón de zapatos.

—¿Qué te parecen? —me preguntó desfilando con un par de piel de serpiente con tacones de doce centímetros.

—Me da la impresión de que acabarías matándote con ellos —le contesté dejándome caer en la silla. Tenía la sensación de que estaríamos allí un buen rato.

—Puede, pero vaya manera de irme al otro barrio.

Trisha hizo señas al agobiado dependiente para pedirle otro par más que probarse. Dos mujeres se sentaron junto a mí, enfrascadas en su conversación mientras se probaban zapatos. No pude evitar el oír su conversación por casualidad.

—Está en la ciudad para el estreno de su película. Descubriremos en qué hotel se encuentra y nos apostaremos fuera.

La acompañante arrugó la frente y se levantó para contemplar en el espejo los zapatos que se estaba probando.

—Me parece que ya somos un poco mayores para acosar a los famosos.

—Ya, ¡pero es Jackson Reynard! Está tan bueno, no me importaría hacer el ridículo con él.

—He oído que está saliendo con Candace Stile. No es por ofender, pero no creo que una simple mortal pueda robárselo a ella. Además, he oído que llevan saliendo un tiempo pero que lo han mantenido en secreto. Parece que están enamorados.

—No es que yo piense que tengo alguna oportunidad de verdad —dijo la mujer con gesto serio—. Pero ¿qué hay de malo con soñar un poco?

Las dos mujeres se marcharon a otra zona de la tienda sin darse cuenta de que me habían dejado petrificada. Lo último que esperaba era que Jackson estuviera en la ciudad. Suponía que la mayor parte del tiempo se lo pasaba en Los Ángeles y no había tenido en cuenta que tenía que venir a Nueva York para promocionar su película. Yo no había podido evitar ver los anuncios de la película porque los emitían constantemente. Estaba convencida de que sería otro gran éxito, una más de esas películas suyas que nunca vería.

—¿Qué tal estos? —me preguntó Trisha, que llevaba ahora puestas una botas rojas hasta la rodilla.

—¿Para qué te pruebas unas botas en pleno verano? —le pregunté quitándome a Jackson de la cabeza. En los últimos cinco años había adquirido mucha práctica en no pensar en él, aunque tenía que admitir que no siempre lo conseguía.

—¡Porque estas están rebajadas! Puedo reservarlas hasta el invierno.

Estudié los tacones de las botas con mirada escéptica.

—No creo que esas botas sirvan para caminar en la nieve.

Trisha negó con la cabeza tristemente, mostrándome con claridad que no me enteraba de nada. Acabó comprándose las botas y dos pares de zapatos más.

—¿Por qué no volvemos al apartamento? —le propuse—. Me siento como una mula de carga con todas tus bolsas. Podemos ir a dejarlas y descansar hasta la hora de cenar. Nos daremos un homenaje en un restaurante muy bonito que hay en el Eleven Madison Park, pero antes necesito descansar. Si no me quedaré dormida encima del plato.

Cuando volvimos a mi casa, rompí el plástico que envolvía los muebles y traté de colocarlos de manera que dieran una cierta apariencia de orden. Abrí una botella de vino y Trisha se relajó en el sofá hablando distraídamente sobre nada en concreto.

—¿Estás ilusionada de empezar en el trabajo nuevo? —me preguntó dando vueltas a su copa de vino.

—Ilusionada y nerviosa a partes iguales. Es un gran paso para mí. —Y lo era. Iba a empezar como directora de cuentas de Forrester, una gran agencia que tenía oficinas en todo el país. Me iba a encargar de cuentas que facturaban decenas de millones de dólares y aunque me sentía cualificada para el trabajo, no podía remediar el sentirme como pez fuera del agua. La agencia que había dejado en Washington era bastante más pequeña.

—No me cabe ninguna duda de que vas a hacerlo de maravilla —dijo Trisha con confianza—. Solo hace falta que yo venga de vez en cuando por aquí para levantarte el ego.

—Me encantaría —repliqué con una carcajada—, aunque no sé si Sean estará muy contento con eso.

Trisha hizo un ademán de despreocupación con la mano.

—Tiene un montón de cosas de las que preocuparse, como por ejemplo, remodelar el baño.

Trisha y Sean se habían comprado una casa que estaban redecorando y se estaban ocupando personalmente de muchas de las reformas, aunque a menudo lo que sucedía era que Trisha asumía el papel de supervisora y él de mano de obra. Aunque bromeaba con lo de dejar a su marido a su aire, yo sabía bien que no le gustaba pasar mucho tiempo separada de él. Eran la típica pareja inseparable que resulta tan repelente. Hasta yo estaba sorprendida de que me hubiera propuesto acompañarme a Nueva York, aunque sabía que la verdadera razón que lo había motivado, era su preocupación por los malos recuerdos que mi regreso pudiera remover en mi interior. Agradecía tenerla como amiga.

Trisha miró la hora y dio un salto, bebiéndose de un trago lo último que le quedaba en la copa.

—Tengo que empezar a arreglarme si queremos estar a las ocho.

—Son las seis, te queda mucho tiempo.

—Lleva un buen rato hacer de esto una belleza —dijo pasando la mano por su cuerpo. Yo sacudí la cabeza con exasperación. Durante la secundaria Trisha estaba un poco rellenita pero se había quitado unos kilos en la universidad. Sin embargo, su inseguridad no la abandonaba, no importaba la de veces que le dijeran que era preciosa. Con su corte pixie y sus asombrosos ojos azules era la típica chica mona.

La miré divertida mientras se daba prisa por arreglarse, emperifollándose como si fuera a cenar con la reina Isabel de Inglaterra. Sobre las siete y media las dos estábamos listas para salir a divertirnos.

—Te dije que ese vestido te quedaba impresionante —le comenté echándole un vistazo. Llevaba un vestido azul marino que resaltaba sus ojos haciéndolos más vivos y le quedaba como un guante. Había sido una deportista empedernida desde la universidad y se notaba en su esbelta línea.

Yo iba más formal. Lucía un vestido recto de color negro que me llegaba a mitad del muslo y un cinturón de piel gris. Trisha me miró con admiración.

—Mataría por tener tus curvas.

—Pero ¿qué pasa con las mujeres? —pregunté negando con la cabeza—. Nunca estamos contentas con lo que tenemos. Yo quisiera estar tan en forma como tú —le dije sonriendo—. Digamos que las dos estamos impresionantes y lo dejaremos así.

—Trato hecho —me dijo, tomándome del brazo. El trayecto en el ascensor fue rápido, ya que nos encontrábamos solo en el quinto piso. Saludé al conserje que antes había insistido en que le llamara Harry y paré un taxi en la calle. Aunque el restaurante quedaba en la otra punta de la ciudad, el tráfico era relativamente fluido y llegamos enseguida.

—Tenemos una reserva para dos a las ocho, a nombre de Emma Mills —le dije al maítre en cuanto llegamos.

—Por supuesto —dijo con gentileza—. Por aquí señorita Mills.

Trisha y yo le seguimos mientras yo hacía una inspección general del comedor, maravillándome de su impecable decoración. Me encantaban los restaurantes de lujo pero no solía permitirme cenar en uno muy a menudo. Mi yo responsable protestaba si me gastaba cientos de dólares en una comida.

—Que disfruten la velada, señoritas —nos dijo el maítre después de retirarnos las sillas para que nos sentáramos. Nada más abrir la carta del menú, Trisha se inclinó hacia mí.

—¿Qué narices es esto? Solo dice cosas como carne de res, ternera y apio. ¿Cómo se supone que voy a pedir algo que solo dice apio? ¿Apio cómo?, ¿un puré de apio?, ¿una sopa de apio? ¿Me van a poner un tallo de apio en un plato decorado?

Tuve que reírme ante la cara de ofendida que ponía.

—Ya te dije cómo era el menú. Hacen una lista de los ingredientes principales de cada plato sin decirte cómo está preparado. Así es una sorpresa cuando te lo sirven. Limítate a elegir uno de cada categoría, ponte cómoda y disfruta.

Ella no estaba muy conforme con la disposición del menú, pero no pronunció ni una queja más, aunque cuando pedimos yo sabía que se moría por preguntarle al camarero cómo estaban preparados los platos.

—Esto es vida —dijo Trisha con un suspiro, apoyándose en el respaldo de la silla mientras tomaba un sorbo del vino que habíamos pedido. Al parecer, la transgresión de aquel menú tan poco descriptivo había quedado olvidada—. Me gustaría pasarme todo el día de compras y comiendo en restaurantes como este.

—Creo que te aburrirías enseguida. Solo hay tantas cosas como puedas comprar y tantos platos de paté como puedas comer.

—Habla por ti. ¿No sabías que nunca se puede ser ni demasiado delgada ni demasiado rica?

No le respondí porque me volví al oír un tumulto alrededor de una de las mesas del restaurante.

Había un par de personas inclinadas por encima de la mesa y el maitre parecía estar echándoles fuera.

—¿Qué está pasando ahí? —preguntó Trisha estirando el cuello.

—No sé, pero parece que el maitre está a punto de estallar.

Trisha aspiró el aliento con fuerza al tiempo que yo me quedaba helada cuando el maitre logró que la gente se retirara de la mesa tirando de ella. Cuando conseguí tener una visión completa de los ocupantes de la mesa, mi corazón se detuvo al ver a Jackson allí sentado, tan claro como la luz del día. Parpadeé de manera cómica, como si estuviera viendo un milagro y esperara que se desvaneciera.

—¡Vaya una mierda! —dijo Trisha con suavidad, porque obviamente también le había visto. Volví la cabeza bruscamente hacia ella, pero todo lo que mi mente veía era el perfil de aquel hombre. Su pelo castaño oscuro estaba más corto, pero eran inconfundibles la línea recta de su nariz o su deseable y suave boca. No hacía falta que se volviera hacia mí para saber que sus ojos eran de un verde penetrante.

Respiré profundamente intentando regular los latidos de mi corazón. Siempre me había imaginado qué pasaría si me encontraba con Jackson. Yo lo saludaría con desprecio y él se pondría de rodillas, diciéndome que había cometido el mayor error de su vida. Entonces yo me reiría en su cara y le dejaría con el corazón destrozado, justo como él había dejado el mío.

Pero sabía que me estaba engañando a mí misma. Aquel actor famoso ya no era el hombre de quien me había enamorado hacía cinco años, el hombre que me había hecho sentir la persona más importante del mundo. Ahora era Jackson Reynard, un rompecorazones y estrella de cine que salía con otras estrellas de piernas largas como Candace Stile.

—A veces tengo la impresión de no poder tener ni un respiro —dije con una sonrisa irónica, tratando de que Trisha no viera cuánto me había afectado verle—. En mi primer día de vuelta a Nueva York tenía que ver a Jackson.

—¿Quieres que nos marchemos? —preguntó Trisha en voz baja—. Podemos tratar de salir de aquí antes de que nos vea.

Negué con la cabeza. No estaba huyendo de él. Tenía tanto derecho como él a estar en aquel restaurante.

—No. Vamos a disfrutar de esta cena y a olvidarnos de que le hemos visto. Él no me ha visto y dudo que se fije en nadie que no sea de su exclusivo círculo de famosos.

A pesar de mis valientes palabras, decidí no darme la vuelta hacia Jackson porque me daba miedo llamar su atención. Era más que nada un miedo irracional, porque seguramente él estaba acostumbrado a no hacer caso de las miradas de la gente. Sin embargo, no me apetecía tentar a la suerte.

Trisha se esforzaba por hablar de cualquier cosa menos de Jackson. Parloteaba continuamente sobre la comida, analizaba cada plato e intentaba adivinar los ingredientes. Yo le seguía la corriente fingiendo entusiasmarme con la comida. En realidad, no saboreaba nada de lo que me metía en la boca, porque la impresión de verle se anteponía a todo, incluso a mis papilas gustativas.

Fue un alivio pagar la cuenta y poder marcharnos pasando desapercibidas. Salimos deprisa del comedor y nos dirigimos a la entrada del restaurante.

—Que tengan una buena noche, señoritas —dijo el maitre con una sonrisa. Estábamos a punto de abrir la puerta cuando sentí una mano en mi codo que me echaba hacia atrás con firmeza. Me volví despacio, el corazón me palpitaba a tanta velocidad y tan fuerte que estaba segura de que todo el mundo podía oírlo. Aunque me imaginaba quién era, no estaba preparada para verlo cara a cara. Me quedé mirando aquellos penetrantes ojos verdes que tenía clavados en mí. Seguía siendo tan guapo como lo recordaba, e igual de atractivo que el hombre que mostraban los carteles de cine. Pero de pronto dejó de parecerse a la persona por la que había perdido la cabeza. Sus labios eran una fina línea y sus ojos me miraron con frialdad. Su encanto varonil se transformó en una intensidad glacial. Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante unos momentos, sin decir una palabra ninguno de los dos. Sus ojos fueron pasando de mi cara a mi cuerpo, mirando sin prisa mientras volvía de nuevo arriba. Me ruboricé ante aquel descarado examen preguntándome si me echaría de menos.

—Te has cortado el pelo.

Lo miré perpleja, porque aquella observación era lo último que esperaba oír de él. Refrené el tímido impulso de tocarme la melena, que me llegaba hasta los hombros, y cobré ánimo para lo que fuera a pasar después.

—Aparte de mi pelo han cambiado muchas cosas.

Jackson torció la boca y yo seguía siendo completamente consciente de que aún tenía la mano en mi codo. Me liberé de su mano, que dejó caer a un lado y la cerró en un puño.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No sabía que tenía que pasar por tu control en cuanto pisara Nueva York —dije poniéndome furiosa, irritada por su tono exigente.

—Lo último que oí es que estabas en Washington.

La ira reemplazó al asombro y le miré con los ojos entrecerrados.

—¿Oír de quién? ¿Qué te han contado? ¿Cómo has podido enterarte de nada relativo a mí?

Entonces se encogió de hombros con indiferencia, aunque su mirada no parecía nada despreocupada.

—Las noticias vuelan.

—No, las noticias no vuelan cuando eres una persona normal y los detalles de tu vida no salen publicados en las revistas.

Jackson alzó una ceja con un brillo extraño en los ojos.

—¿Así que has estado interesándote por mí?

Solté un resoplido de frustración.

—¿Qué estamos haciendo? No hay ningún motivo para mantener esta conversación. Finjamos que no nos hemos visto.

—Vamos —dije volviéndome hacia Trisha. Me sentía incómoda al notar que estábamos llamando la atención y que todas las miradas estaban sobre nosotros como si estuviéramos traficando con pastillas a la vista de todo el mundo.

Mi amiga se había quedado junto a nosotros escuchando nuestra conversación boquiabierta. Cuando me dirigí a ella, cerró la boca y pareció volver en sí. Asintió, se detuvo para echarle una mirada soliviantada a Jackson y salió. Me disponía a seguirla cuando él me agarró otra vez, en esta ocasión de un modo más brusco. Cerró la puerta y apoyó la mano en ella, de manera que Trisha se quedó fuera bloqueada mientras él se aproximaba cerniéndose sobre mí.

—¿Qué estás haciendo? —siseé con la rabia subiéndome por las paredes—. ¡Estás montando una escena! ¡Yo no vivo mi vida de cara al público como tú!

—¿Cómo vives tu vida? —susurró Jackson con suavidad—. ¿Eres feliz? ¿O piensas en mí cuando estás en la cama con tu marido?

Le empujé en vano por el pecho, deseando golpearle y llamarle cabrón. No sabía de qué estaba hablando y tampoco me importaba.

—Si no me dejas ir voy a montar una escena de verdad y dudó que quieras que mañana salga en todos esos periódicos sensacionalistas.

Jackson me agarró la muñeca de la mano izquierda con la que yo estaba empujándole por el pecho y me la inmovilizó mientras me miraba desde arriba.

—No has respondido a mi pregunta.

—¡No sé de qué demonios estás hablando! ¡No estoy casada!

El bajó la vista hasta la mano que tenía atrapada contra su pecho.

—Vaya, debería haberme dado cuenta de que no llevabas anillo. ¿Cuándo te divorciaste?

—Déjame en paz, Jackson —dije con poca energía, cansada de un juego y de una conversación que no entendía. Tenía que alejarme de él cuanto antes. Toda la indiferencia con la que había rodeado a mi corazón, se estaba desmoronando solo con su contacto—. No sé de qué estás hablando. Nunca he estado casada.

La presión que ejercía sobre mi mano se aflojó y pude liberarme. Arrugó la frente y sus ojos parecían incrédulos mientras me taladraban con la mirada.

—¿No te casaste con Sean?

Al entender lo ridículo de la situación solté una risa como hueca. Era consciente de la gente que había detrás de Jackson tomando fotos con sus teléfonos móviles y tuve el desagradable presentimiento de que mi vida privada estaba a punto a hacerse pública.

—Deberías revisar tus fuentes. Parece que estás equivocado sobre muchas cosas.

—Claire me dijo...

—No me menciones su puto nombre —siseé con una ira mordaz que iba en aumento—. Tú sí que tienes cara dura, maldita sea.

Me miró confundido.

—¿Por qué...?

Las luces de los flashes que procedían de mi espalda le interrumpieron. Me di la vuelta y vi a unos cuantos hombres con cámaras agolpados en la puerta, disparando fotografías furiosamente. Trisha estaba detrás de ellos en la acera mirando asustada. Moví con rapidez la cabeza hacia atrás para que el pelo me cayera sobre la cara y me tapara.

—Mierda —murmuró Jackson—. Hay una entrada en la puerta de atrás por la que podemos irnos. Vamos.

—¡Yo no voy contigo a ninguna parte! Déjame en paz, Jackson. Por favor, déjame en paz.

Me volví y abrí la puerta forzando a los paparazzi a echarse para atrás. Me cubrí la cara con la mano tratando de protegerme de los flashes de sus cámaras hasta que de pronto sentí que mi amiga me agarraba de la mano.

—¡Quitaos de en medio! —la oí chillar mientras seguía alejándome de aquellos frenéticos disparos de fotos.

Prácticamente salimos corriendo por la acera y doblamos por una esquina para meternos en una calle tranquila.

—No creo que nos sigan —dijo sin aliento.

Me apoyé contra la pared de un edificio, temblorosa ahora que la adrenalina había dejado mi cuerpo. Sentía un montón de emociones. Incredulidad de haberme encontrado con Jackson; confusión por sus preguntas sobre mi matrimonio; ira por el número que había montado y consternación porque su contacto me afectara todavía. Pero la primordial de esas emociones era temor. Temor de que me destrozara otra vez, como lo había hecho cinco años atrás. Después de que su traición me dejara devastada, había conseguido recomponerme; sin embargo, si aquello volvía a sucederme, no creía que pudiera tener la suficiente fuerza como para superarlo de nuevo.

—¿Estás bien?

Levanté la vista hacia Trisha que me estaba mirando con preocupación. Respiré hondo y me enderecé diciéndome a mí misma que no tenía nada que temer. Nunca me dejaría atrapar otra vez por aquel hombre. Suponiendo que estuviera interesado en mí, lo que resultaba bastante inverosímil. Era ridículo pensar que Jackson Reynard, la mega estrella del cine, quisiera tener algo que ver con la sencilla Emma Mills.

El Jackson Reynard que me había prometido su amor eterno estaba muerto. Peor aún, nunca había existido, tan solo había sido una fachada mientras se follaba a Claire aparte.

—Estoy bien —le respondí colocando una sonrisa en mi cara—. Confiemos en que mañana no haya fotos circulando por Internet de Jackson Reynard discutiendo con una desconocida.

—¿Quieres que volvamos a casa? —se ofreció Trisha—. Nos podemos quedar allí el resto de la noche.

Negué con la cabeza, decidida a no permitir que este incidente arruinara el resto de la noche.

—Tú has venido aquí solo para dos días y no los vamos a pasar escondidas en mi apartamento. Necesito una copa ahora más que nunca.

Nos esforzamos por no tocar el asunto de mi antiguo novio, no solo esa noche sino el resto del fin de semana. Las fotos de Jackson y de mí efectivamente aparecieron en las páginas web de cotilleos, pero por suerte en ninguna se me veía la cara de cerca, así que se hablaba de mí como la mujer misteriosa. Pensaba seguir siendo misteriosa para siempre.

A pesar del incidente, Trisha y yo conseguimos disfrutar juntas del resto del fin de semana. Redescubrí Nueva York con ella a base de tragarnos todas las actividades que pudimos en tan poco tiempo. Si las dos buscábamos entre la multitud el rostro de Jackson, ninguna lo mencionó. De todos modos, no creía que me lo fuera a volver a encontrar otra vez, porque estaba segura de que frecuentábamos lugares muy diferentes.

—Llámame si necesitas algo —dijo Trisha dándome un fuerte abrazo cuando se marchó. Estábamos en frente de mi edificio de apartamentos y Trisha estaba a punto de tomar un taxi para el aeropuerto—. Puedo venir en cualquier momento.

—Lo haré —le prometí devolviéndole el abrazo—. Muchas gracias por hacer el viaje conmigo.

Mi amiga se quedó dudando mientras el taxista echaba la maleta en el maletero y se volvía a sentar mirándonos con impaciencia.

—¿Estarás bien aquí, sola?

—Estaré bien —tranquilicé a Trisha—. Estoy crecidita. Sé porqué estás preocupada, pero sinceramente dudo que me vuelva a encontrar a Jackson otra vez. Y aunque lo hiciera puedo arreglármelas; eso es agua pasada.

Trisha me apretó la mano y se metió en el taxi.

—Te quiero. ¡Te echaré de menos!

—Yo también te quiero. Saluda a Sean de mi parte.

Vi alejarse al taxi. Mis palabras habían sido valientes, pero sabía que no estaba diciendo la verdad a mi amiga. Al irse Trisha me sentí sola, pero me negué a convertirme en una persona solitaria. Había hecho mucho esfuerzo por reconstruir mi vida y miraría hacia el futuro. No había vuelto a Nueva York para descubrir que la nueva Emma Mills era igual que la que había venido aquí la primera vez. Ahora aceptaba quién era y me sentía feliz de ser la persona en la que me había convertido.