Capítulo 16

Cuando por fin nos movimos, fue para darnos una lánguida ducha en la que reaprendimos nuestros cuerpos. Después, envueltos en los albornoces del hotel, pedimos algo de comer al servicio de habitaciones. Por acuerdo tácito, no hablamos de nada relacionado con nuestra relación. Jackson me contó cosas de su última película y los apuros que pasó al hacer ciertas escenas arriesgadas en las que no aceptó el trabajo de un doble. También me habló de todos los países en los que había estado rodando las últimas películas. Y todas aquellas historias me hicieron darme cuenta de que él vivía en un mundo que me era totalmente ajeno, un mundo lleno de gente famosa y de aventuras reservadas solo para los ricos. A veces me resultaba sencillo olvidarme de que aquel hombre era una celebridad, pero trataba de no olvidar que ya no era mi Jackson, sino Jackson Reynard. Él ya no me pertenecía, pertenecía al mundo.

Jackson, por su parte, se mostró muy interesado en saber lo que había estado haciendo esos últimos cinco años, así que le puse al corriente, aunque mis historias fueran mucho menos entretenidas que las suyas. Fue un alivio que no abordara otra vez el asunto de las relaciones sentimentales. No me interesaba saber con cuántas mujeres había estado en esos cinco años, ni tampoco quería que se enterara de la vacía vida privada que yo, lamentablemente, había llevado, pues solo había mantenido dos tibias relaciones que no habían llegado a nada serio.

—Vamos a darnos un baño —sugirió poniéndose de pie y tomándome de la mano. Yo dudé y mire la hora en el reloj de pared. Cuanto más tiempo permaneciera allí, más difícil me resultaría dejarle. Estábamos construyendo una fantasía que podía hacerse añicos si se caía.

—Jackson, son casi las seis. Debería irme. Cuanto más me quede... será peor.

Él me agarró de la mano levantándome del sofá. Luego me tomo la cara entre las suyas e inclinándose sobre mi me beso suavemente.

—Me prometiste una noche y quiero que pases esta noche junto a mí. Tenemos el resto de nuestras vidas para estar separados.

Me sentí impotente ante su petición y le dejé que me llevara de la mano al baño, que era más bien un spa. Jackson le dio a un interruptor y un ligero vapor empezó a inundar la habitación. Parpadee maravillada de que tuviéramos una sauna privada. En realidad la bañera era un jacuzzi y en cuanto me metí dentro del agua templada y burbujeante de espaldas a Jackson me sentí relajada. Note un excitación impúdica al estar rodeada de agua caliente y del calor de él, que empezó a deslizar sus manos por mi cuerpo deteniéndolas para acariciar mis pezones. Hizo rodar las puntas entre sus dedos y me arqueé contra sus manos. Luego me tense expectante al sentir sus manos descendiendo y entonces me rodeo con las piernas, haciéndome abrir las mías de manera que quedé totalmente expuesta.

—Tócate, mi amor —me susurró al oído—. Quiero verte mientras te tocas.

En ese punto, podía haberme pedido cualquier cosa y lo habría hecho. Bajé una mano y empecé a jugar con mi ya excitado clítoris con más placer, pues sabía que él me estaba mirando.

Al cerrar los ojos, sentí su respiración cada vez más desigual, y seguí frotándome y gimiendo. Entonces me levantó las caderas para que pudiera enganchar los pies al borde de la bañera, de manera que mi centro palpitante quedara por encima del agua. Me metí los dedos untándolos de mi propia humedad, y después seguí tocándome. Sentía contra mis nalgas cómo se le iba poniendo dura, mientras él continuaba retorciéndome los pezones y mi cuerpo se tensaba como un arco.

—Eso es, mi amor. Déjame ver cómo te corres sola. Piensa en mí succionándote el clítoris y lamiéndote el conejito. Piensa en lo duro que te voy a follar cuando hayas llegado. Eso es, nena. Eso es.

Jackson siguió susurrándome al oído palabras que me alentaban mientras yo continuaba frotándome la vulva con frenesí, escuchando su voz ronca diciéndome lo que me haría hasta que me condujo cerca del límite. Y finalmente, no pude aguantar más las sensaciones, arqueé la espalda y grité mientras las sacudidas del clímax me recorrían el cuerpo en olas. Jackson mantuvo las piernas entorno a mí, de manera que yo las tenía separadas y extendidas, y mi centro quedaba arriba, convulsionando fuera del agua, lo que intensificó el orgasmo. Entonces me besó con delicadeza en un lado de la cabeza. Caí inerte en sus brazos y me desplomé contra él cuando se movió para que nuestras piernas se quedaran sumergidas dentro del agua. Pensaba que ya se me había pasado el clímax cuando, al levantar la mano y meterle los dedos en la calidez de su boca para que lamiera la humedad de mi sexo, me llegó una última sacudida.

—¿Alguna vez has pensado en mí mientras te tocabas? —me preguntó con una voz baja y profunda. Aquellas palabras se acercaban demasiado a la verdad y me quedé paralizada. No quería admitir la de veces que me había imaginado su boca y sus manos sobre mí, dentro de mí mientras yo me acariciaba hasta llegar al clímax. No deseaba que supiera la angustiosa soledad que sentía después de correrme al tener que enfrentarme a la realidad de estar sola en mi habitación. Así que me di la vuelta, arrodillándome entre sus piernas extendidas. Acaricié su pene bajo el agua, que estaba duro, y me quedé mirando a la profundidad de sus ojos.

—Tenemos que salir del agua para que pueda chupártela.

Él emitió un sonido de placer al oír mis palabras y se puso de pie, levantándome al tiempo que él lo hacía.

El agua resbalaba por nuestros cuerpos mientras me ayudaba a salir de la bañera. El cuarto baño estaba caliente y empañado por el vapor. Jackson arrastró una alfombrilla afelpada hasta nuestros pies y se apoyó contra el lavabo frente a mí, con el deseo reflejado en la cara. Pero a pesar de todo, ladeó los labios con una sonrisa traviesa.

—No tienes que pedírmelo dos veces.

Me arrodillé frente a él sobre la alfombrilla y le sujeté el pene desde el nacimiento. Inspiró de golpe al lamerle el glande y fue cerrando los ojos al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Lentamente, me fui introduciendo el pene en la boca, succionándolo y lamiéndolo en toda su dura extensión, como si no pudiera saciarme con él.

—Sí, mi amor —murmuró Jackson, sacudiendo las caderas contra mi boca—. ¡Cómo me gusta!

Continué subiendo y bajando la boca hasta que me lo metí tan adentro que noté la punta golpeando contra la campanilla y luego ir más allá. Me atraganté un instante y sofoqué una arcada, deseando darle tanto placer como pudiera, y seguí chupándosela frenéticamente, de manera que con la presión se me hacían hoyitos en las mejillas. Sentía en la boca su pene duro como un acero suave y me deleitaba con sus incontrolables reacciones a mis caricias. Gemí al aumentar el ritmo sintiendo que mi cuerpo también respondía y me iba humedeciendo entre los muslos.

Levanté la vista y le vi mirándome con una expresión salvaje y tensa por la excitación. Tenía una mano extendida sobre mi cabeza. Me la apretó y me miró a los ojos; entonces sentí que el pene daba un tirón disparando su cálido semen dentro de mi boca. Jackson cerró los ojos, estiró los labios pegándolos a los dientes, mientras yo dejaba escapar un gemido gutural, pues con la mano aún sobre mi cabeza me sujetaba la boca, prisionera de los chorros de semen que salían con su orgasmo. Sin embargo, no intenté moverme. Me lo tragué con avidez sintiendo su gusto salado y di lengüetazos a las gotas que quedaban y relucían sobre el glande.

Después de la última convulsión, él se inclinó y tomándome por los brazos me puso en pie y enterró su cara entre mi pelo, sin decir una palabra. Le rodeé el cuello con los brazos sintiéndole aspirar profundamente. Tras unos instantes, se echó hacia atrás buscando mi cara. No entendía cómo podía tener aquella expresión tan sombría después de una experiencia tan gratificante. Pero tampoco lo quería saber.

Nos pusimos los albornoces de nuevo y fuimos descalzos al salón. Encendí la televisión para llenar el silencio, pues el aire formal de Jackson me hacía sentirme incómoda. Nos sentamos a ver la televisión; la normalidad de aquella escena no dejaba de asombrarme. Los dos estábamos sentados en el sofá y él tenía mi mano en su regazo, acariciando suavemente la palma con el pulgar. Parecíamos una pareja normal relajándose después de un vigoroso y satisfactorio encuentro amoroso, sin embargo, yo me sentía todo menos relajada. Y me puse aún más tensa cuando salió un anuncio de la próxima película de Jackson, Cruce de líneas. El tráiler era un montaje de escenas que se sucedían en la pantalla, y sin querer se me hizo un nudo de resentimiento en el estómago al verle junto a Candace Stile fundidos un beso apasionado. Retiré mi mano de su regazo y vi que me miraba. Me preguntaba si me estaba diciendo la verdad sobre Candace o si había algo más que amistad y una simple relación profesional entre ellos. Jackson no tenía el mejor historial en lo que a fidelidad se refería.

—No hay nada entre nosotros, ya te lo dije. Candace y yo solo somos amigos.

Me encogí de hombros porque no quería que pensara que yo deseaba que me diera explicaciones sobre su relación.

—No importa.

Suspiró y se estiró para alcanzar la carta del servicio de habitaciones. Según parecía, se había olvidado del asunto.

—¿Tienes hambre? Podemos pedir algo más.

Me mordí el labio y decidí olvidarme de Candace. Tenía razón al decirle que no me importaba, pero mi corazón no estaba de acuerdo con eso.

—Creía que ya sabías que yo siempre tengo hambre. Debe de ser todo un cambio si me comparas con esas modelos anoréxicas de las que te rodeas —dije en tono de broma para distender el ambiente.

Jackson respondió con una sonrisa.

—Es agradable estar con una mujer que pide algo más que una hoja de lechuga. Podemos encargar todo lo que quieras, montones de comida, hasta hartarnos.

Me reí del ímpetu con que lo dijo, un entusiasmo infantil que me recordó al Jackson que yo conocía. Así que estudiamos la carta y luego él pidió comida como para un ejército. Entonces me puse a buscar en la lista de películas de prepago mientras esperábamos la comida y me detuve en Exposición arriesgada, la primera que había protagonizado él.

—¿Quieres que veamos esta? —pregunté con una sonrisa—. He oído que el protagonista está para morirse.

Sonrió abiertamente pero negó con la cabeza.

—Lo que menos me apetece ver esta noche es lo feo que salgo en una de mis películas —bromeó, y luego vaciló antes de seguir—. ¿La has visto?

—No, ni esta ni ninguna otra de las tuyas. Preferí hacerlo así, ya sabes, por nuestro pasado tan complicado...

Asintió con la cabeza comprensivo y yo volví a prestar atención a la película que ya se reproducía en la pantalla, intentando hacerme a la idea de que el hombre de cara sonriente de la película era el mismo que estaba sentado a mi lado. Y el hombre sentado a mi lado se parecía al de antes. A mi Jackson.

—¿Cómo conseguiste que te volvieran a dar el papel? Me sorprendió que lo hicieran después de haberles dejado plantados.

—¿Te acuerdas de Mark, mi agente? Se arrastró suplicante y les prometió que no volvería a pasar. Y además me rebajaron el sueldo. —Jackson se encogió de hombros, tomó el mando y cambió de canal, así que su imagen desapareció de la pantalla—. En ese momento yo no me preocupaba de nada. Todo se lo debo a Mark.

La conversación se estaba acercando peligrosamente a lo que nos había ocurrido, así que cambié de tema.

—¿Cuál es tu próximo trabajo?

—Tengo unas cuantas ofertas, pero todavía no he aceptado ninguna. He estado trabajando sin parar desde qué hice Exposición arriesgada y creo que es el momento de tomarme un descanso.

La llegada del servicio de habitaciones nos interrumpió y mientras él firmaba yo me quedé boquiabierta al ver toda aquella cantidad de platos. Después de que el empleado del hotel se hubiera marchado, me quedé mirándole cuando entró de nuevo al salón.

—Incluso para mí es una cantidad absurda de comida. Es imposible que nos acabemos esto.

Jackson me guiñó un ojo y nos sentamos en el sofá en lugar de en el comedor. Era mucho más cómodo y acogedor comer en la sala de estar con el carrito de comida frente a nosotros.

—Tienes que estar fuerte. Tengo planes para ti esta noche.

Puse los ojos en blanco, pero mi cuerpo se excitó anticipándose. Parecía como si no tuviera bastante de Jackson. Nunca había sentido este constante estado de excitación sexual con nadie y quería saciarme esa noche, porque tendría que durarme para toda la vida.

Mientras comíamos estuvimos mirando una comedia ligera en lugar de su película; me reí y me relajé con las absurdas payasadas de los personajes. Cuando se hizo tarde, le seguí a al dormitorio de buen grado y disfruté con sus servicios de placer.

Después nos quedamos tumbados en la cama abrazados, con mi espalda contra su pecho y sus brazos rodeándome. No quería dormirme porque sabía que eso haría que la mañana llegara antes. Y la mañana significaba que nos separaríamos. Jackson tampoco dormía. Me seguía rozando el cuello con los labios y acariciándome la cadera con la mano hasta que los ojos se me cerraron entre parpadeos, y el agotamiento, finalmente, se apoderó de mí.

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, me desperté desorientada y recorrí con la mirada la habitación. Sentía mucho calor y me di cuenta de que Jackson todavía estaba abrazándome. Me di la vuelta entre de sus brazos y vi que me miraba con una leve sonrisa en los labios.

Pero a pesar de su sonrisa, parecía cansado y exhausto, y me pregunté si habría dormido algo.

—Buenos días, amor mío.

—Buenos días —repliqué con la voz ronca de recién despertada. Por más que quisiera fundirme en él, necesitaba empezar a poner distancia entre nosotros ya. Era la única manera de poder marcharme. Así que rompí el círculo de su abrazo, y vi revolotear en su cara un gesto de contrariedad cuando me levanté, recogí la ropa del suelo y me encaminé a la ducha.

—¿Quieres desayunar? —me preguntó todavía echado en la cama. Tenía la sábana cruzada por la cadera, y su musculoso pecho hacía un marcado contraste con las sábanas blancas. Su pelo oscuro estaba enmarañado y tenía una sombra de barba en la cara. Así, ladeado, estaba guapo y más que irresistible. Definitivamente, tenía que escaparme de allí lo antes posible.

—No, creo que anoche me pasé con la cena. Me voy a dar una ducha rápida y luego me marcharé.

Su mandíbula se tensó al tiempo que se levantaba de la cama y tuve que hacer un esfuerzo para no mirarle hacia abajo, pues estaba desnudo. Esperé que protestara, pero se limitó a asentir abruptamente con la cabeza y salió enfadado de la habitación. No pude evitar quedarme mirando cómo se flexionaban los músculos de sus piernas y de sus nalgas mientras se alejaba hecho una furia.

Suspiré y entré en el baño, me di una ducha y me puse la ropa del día anterior, excepto la ropa interior, que me la metí en el bolsillo. Me sentía un poco desprotegida con los pantalones cortos sin nada debajo, sobre todo porque eran muy cortos y blancos, pero las bragas se me habían empapado por la excitación.

Cuando salí del dormitorio, él estaba sentado en la mesa con la ropa del día anterior, incluida su gorra, que llevaba colocada bastante hacia abajo, de manera que no podía verle la cara. Estaba bebiendo una taza de café e hizo un movimiento en dirección a la cafetera.

—Hay más café si quieres —me dijo. Su voz era inexpresiva, no mostraba ni enfado ni tristeza. Su actitud de indiferencia me ayudó a reafirmar mis defensas, y me dije a mí misma que estaba bien acabar con aquello sin discusiones.

—No, gracias, tengo que marcharme —repuse. Luego fui hacia él y me detuve junto a la mesa, pensando en qué decir. Me fui poniendo nerviosa al ver que seguía allí sentado sin levantar la cabeza. La cara quedaba fuera de la vista por la visera de la gorra y no tenía ni idea de lo que sentía.

—Yo... espero que todo te vaya bien —tartamudeé tratando de pronunciar las palabras adecuadas. Luego solté una risa forzada y dije—: Quizás ahora empiece a ir a ver tus películas. Será una entrada más para ayudar a aumentar tus beneficios, aunque dudo que lo vayas a necesitar. —Jackson no respondió y ni siquiera levantó la vista, así que me fui poniendo más nerviosa—. Bueno... adiós —dije quedamente, pues no me apetecía seguirle hablando a una estatua muda.

—Adiós, Emma —contestó en voz baja, con el tono todavía desprovisto de emoción.

Me di media vuelta, recogí el bolso y me marché, cerrando despacio la puerta tras de mí. Nuestra despedida no fue lo que yo esperaba. Una pequeña parte de mí había estado esperando que él me rogara que me quedase, que me dijera que sentía lo que me había hecho en el pasado y que quería estar conmigo. Mientras el ascensor me bajaba a toda velocidad al vestíbulo, me reí como una tonta. ¿Cómo había podido esperar algo así? Jackson Reynard había obtenido exactamente lo que quería y ahora había terminado conmigo. El día anterior había hecho su papel de amante adorable y yo había participado en la farsa. No le culpaba por ello, los dos habíamos estado fingiendo, pero ahora había llegado el momento de la verdad.

El aire de la mañana era fresco, a pesar de que estábamos a principios de agosto y me dieron escalofríos porque la ropa que llevaba no era adecuada. Por suerte, el viaje en taxi fue rápido porque ese domingo por la mañana las calles estaban vacías. La ciudad parecía tranquila, como si todavía estuviera durmiendo, lo que me puso más melancólica. Fue como si aquella urbe pudiera sentir mi desánimo y yo me estuviera poniendo a tono con él.

Me pasé el resto del día en casa torturándome sola, pues alquilé por Internet Exposición arriesgada. No me extrañaba que Jackson hubiera saltado a la fama después de hacer esa película. Estaba increíble, su papel era el de un héroe en conflicto con un pasado problemático, que luchaba por tomar decisiones morales contra la corrupción del gobierno. Era una película emocionante y con mucha acción, pero lo que más me atrajo fueron los momentos tranquilos, cuando su personaje luchaba por tomar la decisión correcta. Aquella desesperación absoluta parecía tan real que podía ver el dolor de su mirada cuando se daba cuenta de sus errores. En la película tenía una historia de amor con Masón Jennings, una deslumbrante belleza morena. Me sentí inevitablemente celosa con sus escenas de amor, a pesar de que sabía que no eran reales. En otro tiempo, cuando veía a Jackson y a Claire besándose en la obra de teatro, yo había sonreído como una ingenua proclamando que solo estaban actuando. Pero ahora ya sabía que había habido algo más que eso.

Cuando el personaje de Masón Jennings resultó ser una traidora que trabajaba para el gobierno corrupto, sentí satisfacción porque le traicionaran, aunque el engañado fuera su personaje de ficción. Vi la película varias veces, recreándome la vista con Jackson, consciente de que eso era autodestructivo.

Me sentía patética porque cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo, pero no llamó.

Los días se convirtieron en semanas y cuando el aire fresco del otoño descendió sobre Nueva York, yo ya había vuelto a mi rutina y había dejado de mirar el teléfono de manera compulsiva. También había dejado de buscar noticias de Jackson por Internet y evitaba premeditadamente los programas del corazón, aunque era inevitable verle en las portadas de las revistas. Se decía que él tenía problemas en su relación con Candance y se rumoreaba que habían roto.

Un día en que soplaba un viento otoñal al pasar por un puesto de periódicos de camino al trabajo vi la foto de Jackson en la portada de una revista de cotilleos. Estaba cabizbajo y tenía las manos metidas en los bolsillos, sobre la foto un titular resaltado que decía: «¿Jackson Reynard deprimido y con el corazón roto?»

No pude evitar levantar la revista del montón impactada porque la foto parecía estar tomada en Nueva York. Como ignoraba cuándo la habían hecho, me pregunté si estaría de vuelta. Pasé rápidamente las páginas hasta encontrar el artículo en el que se hablaba de él.

Al parecer había sido visto en varios locales de Nueva York con aspecto dejado y deprimido. Lo que alimentaba el rumor de que él y Candance Stile habían roto, aunque sus representantes negaban que hubieran estado juntos alguna vez.

Según la revista, las fotos se habían tomado recientemente; entonces el corazón comenzó a latirme con rapidez ante la idea de que estuviera en Nueva York.

Suspiré, consternada de que aún tuviera esa fijación con él. Me forcé a dejar la revista en su sitio, eludiendo la mirada de censura del dueño del puesto porque no la compré.

El trabajo fue una distracción que agradecí, lo mismo que la invitación de Drew a comer. Nos habíamos acercado más en las últimas semanas y yo le estaba agradecida por esa amistad.

Nos decidimos por un almuerzo tranquilo en lugar de ir a picar algo rápido, ya que los dos teníamos libre después del mediodía. Celeste hizo una reserva en una lujosa marisquería y di un suspiro de alivio cuando nos sentamos a la mesa, rodeados por el murmullo de las conversaciones sobre negocios que llenaba el amplio local.

—Qué bien poderse tomar un respiro y comer algo decente —dije irónicamente después de haber pedido—. Esto es mucho mejor que tragarse un sándwich mientras lees informes comerciales.

—Es bueno salir de la oficina de vez en cuando —coincidió Drew—. Y más teniendo a Celeste encima todo el tiempo. Parece que desde que le pregunté por ti se han abierto las compuertas y ahora cree que tiene derecho a saber lo que hago en mi vida privada. —Drew sonrío con ironía—. Ayer, sin ir más lejos, me preguntó si había suficiente fibra en mi dieta.

Me eché a reír, asintiendo con la cabeza porque eso era típico de Celeste. Drew tenía razón sobre que su asistente personal se metía en su vida privada. Antes ella respetaba los límites que él le había puesto en su relación profesional, pero ahora incluso yo había notado un cambio en él en ese aspecto desde la primera vez que nos vimos. Se le veía mucho más despreocupado y menos serio, dispuesto a dejar pasar cosas sin importancia con una sonrisa indulgente. Celeste insistía en que nunca le había visto así y estaba convencida de que yo tenía algo que ver en ello, aunque a mí me parecía que más tenía que ver con la irrupción de Celeste en su vida. Ahora que había cambiado la naturaleza de su relación, ella podía insuflar aire fresco en su imperturbable estilo de vida.

De pronto sentí que una sombra pasaba a nuestro lado y levanté la vista, esperando ver al camarero con los platos. Se me borró la sonrisa de la cara al ver a Jackson mirándome fijamente.

A pesar de la impresión, le miré con avidez. Llevaba unos pantalones de color gris oscuro que le sentaban a la perfección y un cinturón negro que resaltaba su abdomen piano. Una camisa blanca almidonada de cuello destacaba sus hombros anchos y su piel bronceada. Sobre la frente le caía un mechón de pelo castaño por encima de aquellos ojos verdes que me estaban dejando clavada en la silla.

—Emma —dijo, haciendo que el músculo de su mejilla se moviera—. Qué sorpresa.

—Jackson —repuse, intentando controlar mis emociones—. No... esperaba volver a verte.

Jackson dirigió la mirada a Drew, que tenía las cejas levantadas con cara de sorpresa. Era obvio que le había reconocido. De hecho estaba clarísimo que todo el mundo lo había hecho. En las mesas de alrededor se impuso el silencio y la gente se inclinaba para intentar escuchar nuestra conversación. Jackson tenía razón sobre lo que decía de los neoyorkinos; no perseguían en tropel a los famosos, pero no podían disimular su interés.

—Eso es evidente —dijo Jackson con rotundidad mientras descansaba su mirada en mí.

—Bueno... me ha alegrado verte —tartamudeé, deseando que se marchara de nuestra mesa lo antes posible.

Pero en lugar de eso arqueó una ceja con gesto desafiante.

—¿No nos vas a presentar?

Drew se aclaró la voz y se puso de pie haciendo que los dos miráramos en su dirección. Su cara de sorpresa al reconocer a Jackson había desaparecido y ahora lo miraba lleno de curiosidad.

—Soy Drew Stephens —dijo extendiéndole la mano y mirándole sin muchas ganas. Era difícil no darse cuenta del tono hostil en que Jackson había hablado.

—Trabajamos juntos —intervine al ver que Jackson estrechaba la mano de Drew con rigidez.

Me resultó inevitable compararlos, puesto que ambos estaban de pie un frente a otro. Jackson era más alto y Drew más ancho, y tan fuerte como Jackson aunque con menos músculos. Las facciones anchas de Drew transmitían poder y control y le hacían verse decididamente varonil.

Jackson era pura belleza masculina de nariz recta y labios carnosos adornando su rostro. Irradiaba inteligencia e impetuosidad. Eran polos opuestos y ahora estaban mirándose fijamente el uno a otro.

—Jackson Reynard —dijo escuetamente, dirigiendo la vista hacia mí en cuanto se soltaron las manos—. Emma y yo... somos «viejos amigos».

Pronunció estas dos últimas palabras de manera insinuante y me empecé a poner de mal humor. Nos habíamos dicho adiós el mes pasado y no quería verle allí, haciendo que mis emociones se descontrolaran. No tenía derecho a invadir mi vida y ponerme en evidencia delante de Drew.

—Sí, Jackson y yo nos conocimos hace tiempo —dije con un tono excesivamente cariñoso—. Yo era amiga de su novia, Claire.

Jackson respiró muy fuerte visiblemente furioso y me agarró por la muñeca como la última vez.

—Tenemos que hablar.

Drew avanzó unos pasos, pero le hice un gesto con la cabeza, rogándole con la mirada que no empeorara las cosas. Moví la vista hacia Jackson y me quedé mirándole.

—Estás montando un número —le siseé, demasiado consciente de que cada vez nos miraba más gente. Incluso vi a un camarero que se detenía con descaro para observarnos.

—Depende de ti —dijo él en tono grave—. Podemos discutir aquí o en privado.

La expresión inflexible de Jackson hizo que le creyera. Estaba dispuesto a hacer una escena en público sin importarle las consecuencias. Me levanté con resignación y miré a Drew pidiéndole disculpas.

—Lo siento, Drew. Tendré que comer en otro momento —dije, y miré fijamente a Jackson antes de continuar—. Necesito aclarar algunas cosas con él.

—¿Estás segura, Emma? —me preguntó preocupado, sin hacer caso de la cara furibunda de Jackson—. No tienes que ir si no quieres.

Me armé de valor para sonreír a Drew porque lo único que yo quería era salir del restaurante cuanto antes. Sentía las miradas fijas de la gente en nosotros.

—Está bien, Drew. Jackson y yo solo hemos de aclarar un asunto. Te veo luego en la oficina.

Drew asintió, aunque no se le veía muy convencido, mientras Jackson me llevaba fuera sujetándome todavía por la muñeca.

—¡Más despacio! —le siseé porque me hacía ir tras él corriendo a su mismo paso—. ¡Estás haciendo que se fijen en nosotros!

Me di cuenta de que un hombre surgía de alguna parte con una cámara mientras Jackson detenía un taxi con mi muñeca todavía atrapada entre sus dedos. Me volví enseguida al oír el disparo de la cámara, y me sentí aliviada cuando Jackson abrió la puerta del taxi empujándome adentro. Luego se metió detrás de mí, aparentemente ajeno a las cámaras que había junto al taxi al tiempo que mascullaba una dirección al conductor que no oí. Yo estaba demasiado ocupada ocultando el rostro con las manos cuando aparecieron más cámaras que comenzaron a hacer fotos por la ventanilla del otro lado, pues al paparazzi solitario se le habían unido otros.

—¿Por qué me haces esto? —susurré sin levantar la vista—. ¿No me has hecho ya bastante daño? ¿Puedes dejarme en paz? —exclamé y luego levanté la cabeza al ver que Jackson no me contestaba.

Estaba mirando hacia delante y su perfil parecía de granito, duro e inflexible. No le pregunté adonde íbamos porque no estaba segura de que me fiuera a contestar. Me puse tensa al darme cuenta de que nos dirigíamos a su antiguo barrio. No creía que me llevara a Andrews, ya que ese también era un sitio público. Pero tampoco entendía por qué íbamos hacia allá. No me salió la voz hasta que por fin el taxi se detuvo frente a su apartamento y el taxista arrancó a toda velocidad después de que Jackson le pagara.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Necesitamos hablar en privado donde nadie se quede pasmado mirándonos, maldita sea —respondió con dureza. Podía sentir la rabia que hervía en su interior, pero no entendía la causa.

Sin dejar de soltarme la muñeca continuó empujándome hasta entrar en el edificio. No sabía que siguiera conservando aquel apartamento, aunque supuse que para alguien como él no suponía ningún problema rodearse de apartamentos vacíos.

Abrí la boca con sorpresa al ver a Sam en la recepción; tenía el mismo aspecto que hacía cinco años. Saludó a Jackson como si verle fuera algo habitual, pero puso cara de sorpresa al verme.

—¡Emma! —exclamó calurosamente—. ¡Qué sorpresa tan agradable verla!

—A mí también me alegra verte, Sam —le respondí con una sonrisa sincera—. Ha pasado mucho tiempo.

No pude oír su respuesta porque Jackson me arrastró hasta el interior del ascensor y apretó furiosamente el botón como si le hubiera hecho algún daño. Una vez dentro me froté la muñeca donde Jackson la había estado apretando con tanta fuerza.

—¡Pero qué pasa contigo! —le grité, mirándole como si hubiera perdido la cabeza—. ¿Estás poseído? ¡Te comportas como un loco!

Mi bravuconería desapareció en el instante en que me empujó contra una esquina del ascensor.

—¿Te lo estás follando?

Le miré fijamente, alucinada por su pregunta y por la furia de su voz. Jackson levantó la mano y me agarró el brazo sacudiéndome con brusquedad. No había ninguna ternura ni en su manera de tocarme ni en su expresión.

—¡Respóndeme!

Negué con la cabeza y después del momentáneo temor, me salió la rabia.

—Estás loco. ¿O te crees que porque eres rico y famoso puedes actuar de esta manera? Puede que otras personas toleren tu sentido de la propiedad, pero yo no. Aléjate ahora mismo de mí.

Le empujé por el pecho, pero tenía tanta fuerza que no pude moverle. Se burló de mi intento de apartarle y abrió la boca para hablar, pero el timbre del ascensor indicó que habíamos llegado al piso dieciséis y le interrumpió. Volvió a sujetarme por la muñeca y dejé que me llevara a su casa. Tenía que acabar con ese juego para que Jackson me dejara en paz y era mejor hacerlo en su apartamento.

Si bien sentía la rabia y la violencia de su enfado, estaba segura de que él nunca me haría daño, no daño físico, aunque sí me preocupaba el emocional.

Me bloqueé cuando entré en el apartamento después de que abriera la puerta. Al mirar alrededor se me puso la carne de gallina: era como si me hubieran transportado en el tiempo. El apartamento estaba exactamente igual que hacía cinco años. Los muebles que habíamos elegido juntos seguían todavía dispuestos de la misma manera. Pero había algo más que eso. Parecía como si él y yo todavía viviéramos allí, como si nos hubiéramos ido a hacer unos recados y estuviéramos a punto de volver. El jersey azul que siempre dejaba sobre el respaldo del sofá por si me entraba frío permanecía en el mismo sitio, y también el pasador que solía dejar en la mesita del café por si quería recogerme el flequillo mientras veía televisión. Cerca del pasador estaba el CD de Tal como éramos, con la caja entreabierta como si acabáramos de ver la película. Recordé las innumerables veces que le había hecho ver a Jackson aquella película sensiblera con la que yo acababa llorando y luego riéndome cuando él me besaba las lágrimas para secármelas.

Levanté una foto enmarcada de los dos que reposaba sobre una mesa auxiliar. Estábamos en el monumento a John Lennon de Central Park y le habíamos pedido a una persona que nos la hiciera; luego yo la había colocado allí con todo el cariño; era como si mi padre estuviera en la foto con nosotros.

Levanté la vista y vi que me estaba mirando con una expresión inescrutable. No sabía cómo me iba a sentir si seguía mirando por el apartamento y comprobaba que mantenía perfectamente hasta los más pequeños detalles. Me daba escalofríos ver mis pertenencias como si yo aún siguiera viviendo allí. Casi esperaba chocar contra mí misma cuando doblé la esquina y entré en el dormitorio. Si la sala de estar me había impresionado, el dormitorio me dejó sin palabras. La habitación estaba exactamente igual que hacía cinco años excepto por dos cosas: la primera eran una serie de fotografías mías que llenaban la parte de arriba del tocador; unas fotos que Jackson me había tomado mientras salíamos juntos hacía años. En algunas se me veía contenta, en otras, seria; había docenas de fotos cubriendo la superficie del tocador.

La otra excepción era la falda negra transparente que estaba sobre la cama, la que me había puesto la primera vez que me cité con Jackson para una sesión de ejercicios en el gimnasio. Fue la primera vez que dormimos juntos. Recordé que cada vez que le preguntaba dónde estaba, siempre bromeaba con que se la guardaba de recuerdo, hasta que finalmente, yo me olvidé de ella. Ahora yacía sobre la cama como un escalofriante recuerdo de lo que había pasado hacía tiempo.

Oí un ruido detrás de mí y me di la vuelta, Jackson estaba en la puerta del dormitorio.

—Vamos a hablar en la sala de estar —comentó con tirantez y la voz emocionada. Le seguí sin decir palabra y me senté en el sofá sin saber qué de qué hablar. Él también se sentó, pero dejó la distancia suficiente entre nosotros para darme a entender que él también se sentía incómodo.

—Tengo que explicarte lo del apartamento —empezó, mientras se miraba las manos que tenía agarradas frente a él—. Como no viniste a Los Angeles no sabía qué hacer con todas tus cosas. Ya lo habíamos enviado todo a California, pero no podía soportar ver constantemente tus recuerdos. Era demasiado doloroso. Nunca me llamaste para pedirme que te devolviera las cosas. Así que las volví a enviar de vuelta aquí.

Después de mi conversación con Claire no me había atrevido a volver a contactar con él. Tampoco me había preocupado de las pertenencias que había enviado a Los Ángeles porque no eran cosas personales. Cuando me fui a Maryland a ver a Sean me había llevado las fotos de mi padre, que eran lo único que me importaba. Eso y el colgante con el diamante que Jackson me había regalado.

—Pero —dije encontrando por fin la voz—, es como si todavía estuviéramos viviendo aquí. Mis cosas no están en cajas. Si no fuera porque lo sé, diría que estamos en una especie de distorsión espacio temporal.

Él se rió secamente, hasta que al final levantó la vista y me miró a los ojos. Mientras hablaba se le notaba triste.

—Te he traído hasta aquí sin pensarlo. Estaba demasiado enfadado como para pensar en cómo reaccionarías si vieras este apartamento. Cuando rompimos estaba enloquecido. No pensaba con lógica. Por eso rodar Exposición arriesgada fue como una bendición porque aquel papel me permitió evadirme mentalmente. Sin embargo, no fue una distracción suficiente, de alguna manera me trastorné y reproduje las cosas como solían estar para que eso me ayudara. Y cuando terminé... nunca más las volví a cambiar.

Respiré hondo, sus palabras me habían impactado mucho. A pesar de haberme engañado con Claire y de la insistencia de ella en que estaban enamorados, Jackson parecía haber sufrido tanto como yo después de nuestra ruptura. Quizá se había dado cuenta del gran error que había cometido engañándome con antigua compañera de apartamento, de igual modo que yo me había dado cuenta de que había sido un gran error dejarle.

—No he venido aquí a hablar del apartamento —dijo con un tono que volvía a ser inflexible. El hombre que se mostraba avergonzado explicando lo del apartamento se había desvanecido—. He venido aquí para averiguar si te estás acostando con ese imbécil de tu trabajo.

La pena que había sentido al descubrir que él había sufrido tanto como yo se convirtió en un ataque de rabia al oír sus palabras. Era una tonta por dejarme atrapar por las lamentaciones del pasado. En aquel momento tenía delante de mí a un hombre furioso que se atrevía a hacerme preguntas personales, como si tuviera el derecho de hacerlo.

—¿Cómo te atreves a preguntarme eso? —le espeté con desdén—. No te debo ninguna explicación.

Me agarró por los hombros y me sacudió con tanta fuerza que los dientes me entrechocaron.

—¡Me lo debes todo, también una explicación! —rugió y me agarró con fuerza acercándome a él, con una mirada glacial—. Tú eres mía y nadie más va a tocarte.

Luego cerró de golpe la boca y la puso contra la mía, presionando con tanta fuerza que tuve que abrirla. Me succionó la lengua con contundencia metiéndola en su boca y al notar que me mordía gemí, no sé si de placer o dolor. Le empujé por los hombros, tratando de detenerle antes de que yo me descontrolara, pero intentarlo era como empujar una montaña y esperar que se moviera.

Jackson me sujetó la cabeza entre las manos. Luego dejó escapar un sonido de frustración cuando por fin conseguí cerrar la boca apretando con fuerza los labios.

—Abre la boca —masculló, inclinando sus labios sobre los míos, pero cuando rehusé cerró los puños con impaciencia con mi pelo entre ellos. Luego me habló con un tono entre provocador y lleno de deseo—. Bien. Si así es cómo quieres hacerlo...

Me pilló por sorpresa la brusquedad con que me metió la mano por debajo de la falda rasgándome la ropa interior. Luego me levantó la falda hacia arriba para dejarme completamente al descubierto, e hizo un gesto de triunfo con la boca cuando metió el dedo entre los labios de mi vagina.

—Estás calada. Sé que tu cuerpo me desea, no me importa lo que digas.

Lo miré fijamente, sin reconocer al hombre que tenía ante mí. Más que un ser humano parecía un animal marcando su territorio.

—Jackson, no. Así no —susurré.

Las ventanas nasales se le hincharon y su expresión se ensombreció aún más.

—Nunca me rechaces, Emma. Me perteneces.

Se deslizó del sofá arrodillándose frente a mí y me bajó las bragas hasta abajo tirándolas después al suelo. Me puso las piernas detrás de sus hombros de manera que me veía forzada a mantenerlas abiertas. Para engañar a mi deseo contraje la pelvis mientras él me acariciaba la parte superior del muslo, peligrosamente cerca de mi centro tembloroso.

—Me encanta cómo hueles. Me encanta cómo sabes. La manera en que tiemblas cuando te hago el amor con la boca —me dijo en voz tan baja que apenas se oía—. Nadie más te va a probar excepto yo. Nadie que no sea yo te hará el amor. —Justo cuando iba a mirarle, me apretó las caderas con las manos haciéndome daño—. ¡Dilo!

—Nadie me probará salvo tú. Nadie me hará el amor excepto tú —susurré con el deseo luchando contra aquella situación enfermiza. Sentía lo húmeda que estaba, tan húmeda que goteaba.

Entonces dejó escapar un gruñido de aprobación y metió la cara entre mis muslos, chupándome como si tuviera hambre de mi sabor.

Las sensaciones que me producía eran demasiado exquisitas para soportarlas e intenté apartar las caderas para escapar de su lengua que seguía con su pillaje, pero me sujetó con firmeza, y continuó trabajando con la boca hasta llegar al punto del placer. Grité al sentir que me metía la lengua como una flecha, lamiéndome sin descanso, volviendo una y otra vez sobre el clítoris hasta que grité de nuevo y me convulsioné una y otra vez en un clímax tan violento que lo sentí como una experiencia extracorpórea.

Siguió succionando mientras me sacudía y le empujé los hombros tratando de liberarme de él.

—Jackson —dije con voz ronca sintiéndome agotada—. Me... me voy a correr.

Me miró con expresión decidida mientras seguía succionándome el clítoris.

—Otra vez —susurró con los labios contra mi piel—. Otra vez.

—No, no puedo... —dije sin aliento, y no pude seguir hablando, sentía que estaba a punto de explotar por las sensaciones que estaba experimentando. Su lengua casi me lastimaba, incluso tenía la vulva más sensible debido al orgasmo. Me movía entre los límites del placer y el dolor, y deseaba huir tanto como deleitarme en ello. Cuando llegué de nuevo al clímax las convulsiones fueron tan fuertes que por un momento pensé que perdería el conocimiento.

Cuando recuperé el control, le vi desabrocharse el cinturón y quitarse los pantalones y los bóxer. Su erección era imponente, sobresalía con el glande brillando por el líquido de la preeyaculación.

—Voy a follarte duro, Emma. Levanta las piernas.

Ni siquiera se me ocurrió protestar, ni tampoco me importó el destello de triunfo que vi en sus ojos. Me embistió sin ninguna delicadeza; los ojos le brillaban mientras me veía gritar y arquear la espalda. Según iba introduciéndose más en mí yo sentía un placer total, mi canal estaba tan resbaladizo que se deslizó hasta dentro con facilidad. Entonces empezó a moverse metiendo y sacando su miembro al tiempo que me sostenía las piernas hacia arriba para poderme penetrar más profundamente.

—Está bien, mi amor. Hazme entrar. Te siento tan bien.

—¡Jackson! —grité sin creerme que pudiera sentir otra vez el placer creciendo dentro de mí.

Ni siquiera en nuestros momentos de sexo más salvaje había conseguido que tuviera más de dos orgasmos seguidos. No creía que fuera posible.

—Eso es, nena. Suéltate. Suéltate y deja que yo me encargue de ti. Eres mía. Solo yo puedo hacerte esto.

—¡Sí, sí! —sollocé llevando la cabeza de un lado a otro sin parar, incapaz de controlar mis reacciones.

—¡Dilo! —gritó con voz sonaba ronca, con mucha fuerza.

—Soy tuya. Solo tú puedes hacérmelo. Por favor, Jackson. ¡Por favor, sigue! —grité. Ya no me importaba el placer ni nada; quería que me marcara como si fuera de su propiedad.

Entonces me agarró las nalgas colocándome en posición mientras me embestía sin piedad con su falo duro martilleando mis partes blandas hasta que el éxtasis me hizo chillar. Oí el grito de Jackson al mismo tiempo que eyaculaba dentro de mí, de manera que mis convulsiones le exprimieron a fondo. Después cayó sobre mí, todavía dentro de mi cuerpo, y paulatinamente el aturdimiento fue desapareciendo cuando me di cuenta de lo que habíamos hecho. Me sentí avergonzada por aquella manera animal de copular. Aquello no era amor, era dominación. Jackson me inmovilizó las caderas con las manos cuando intenté que saliera de mí. Levantó la cabeza, sudoroso, con la cara y el pelo mojados.

—No —me ordenó en un tono implacable—. Me quedaré dentro de ti. Quiero asegurarme de que todo se queda dentro, hasta la última gota.

Le empujé con fuerza y, al tomarle por sorpresa, cayó de espaldas y su pene se deslizó afuera.

—¿Estás loco? —vociferé, temblando de repugnancia por la manera en que habíamos copulado. Cuando me puse de pie, sentí el semen saliéndome de entre los muslos, pero no me importo. Estaba tan enfadada conmigo misma como con él, aunque me resultó más sencillo dirigir toda mi rabia contra él.

—¡No soy un maldito animal y no te pertenezco!

Jackson se levantó de un salto mientras yo me bajaba la falda y recogía el bolso y la ropa interior del suelo.

—Espera, Emma —dijo Jackson, dejando notar el pánico en su voz—. Lo siento. Yo solo...

—No quiero escucharlo —siseé mirándole como si no le reconociera—. Por última vez, ¡déjame en paz! No entiendo por qué me has traído a este maldito santuario morboso. ¡Nuestra relación fue una mierda y quiero olvidar todo lo que pasó!

Él palideció al oír mis palabras envenenadas, que solo pretendían lastimarle. Le vi destrozado mientras miraba cómo me iba, pero no me importó, y me marché dando un portazo.