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Saltos de fe


Dar un salto en la fe significa que no tendrás todas las respuestas. A algunas personas esto les causa miedo. Sin embargo, lo que en verdad debe atemorizarnos es encontrarnos con gente que cree que posee todas las respuestas.


ROBERT: PRUEBA DE LA EXISTENCIA DE DIOS

En diciembre de 1984, a diez años de mi compromiso de trabajar en mi persona, me encontré preguntándome lo mismo que cuando era niño: «¿Realmente existe Dios?». Para ser honesto, la razón por la que lo cuestionaba era que no podía ir más allá del dogma de la iglesia para encontrar la espiritualidad. No hubiera podido enunciarlo de esa forma entonces, pero la verdad es que no entendía por qué la gente que era tan religiosa los domingos podía ser tan pecaminosa todos los demás días.

Cuando era chico sabía por qué yo hacía cosas malas. Las hacía porque era divertido. Pero era sólo un muchacho. Seguramente los adultos sí serían capaces de cumplir su palabra y de ser más fieles a sus creencias que un niño. En ese entonces me preguntaba por qué tanta gente que profesaba públicamente que creía en Dios y en lo privado, hacía cosas terribles. Era como si tuvieran vidas secretas.

No había podido responder a la pregunta de si realmente existe Dios. Estaba ahí desde mi pasado, así que busqué una forma de responderla y de probar su validez.

A pesar de que buscaba algo más que las opiniones de otra persona, mucho de mi ímpetu nació en aquel seminario de una semana de Bucky Fuller. Durante cinco días nos habló del futuro de los negocios y de los grandes cambios que se avistaban en el horizonte. También habló del fin de la Era Industrial y del nacimiento de la Era de la Información. Señaló que la avaricia excesiva produce crueldad y que la Era de la Información sería el comienzo de la generosidad y la abundancia.

A pesar de que me esforcé en poner atención, se me escapó buena parte de lo que estaba diciendo. La plática me había abrumado. De pronto, cuando se hablaba sobre los cambios que atravesábamos, algo me despertó. Fuller mencionó la evidencia de que Dios existe. Dijo que no había un «Dios de segunda mano». Esto significa que no necesitaba que un predicador se interpusiera entre él y el Gran Espíritu para actuar como intérprete (él prefería utilizar el término «el Gran Espíritu», que usaban los nativos norteamericanos. También se refería a la naturaleza en vez de a Dios. Sentía que el término Dios implicaba un hombre).

El Doctor Fuller reveló que en 1927 había iniciado un proyecto al que denominó Cochinillo de Indias B. La B era por Bucky (Buckminster). Consideraba que él y su propia vida eran como un enorme experimento. A los 32 años, sin un centavo, casado y con una pequeña hija, decidió probar la existencia o inexistencia de Dios. ¡Al fin me estaban diciendo algo nuevo e interesante! Durante una charla que supuestamente tendría como tema el futuro de los negocios, Fuller comenzó a hablar de la prueba de la existencia de Dios.

Le di toda mi atención.

Fuller continuó contando que alguna vez fue un pequeño desarrollador de bienes raíces. Había comprendido que no contaba con lo que se requería para convertirse en un hombre de negocios exitoso. Sus amigos le recordaron que tenía una esposa e hijos, y le sugirieron que buscara un empleo. Pero cada ocasión que lo contrataban, el dinero y la seguridad disminuían su habilidad y su capacidad mental para aprender. Descubrió que la certidumbre y el dinero lo estaban matando. Así que abandonó la seguridad de su trabajo y se lanzó en un clavado hacia lo más profundo. Podía hundirse o nadar.

Nos dijo que, cada vez que hacía un clavado así, sin seguridad ni medios de apoyo económico, se convertía en un hombre más inteligente. Era intrigante.

También nos presentó el concepto de comprometer tu existencia con la mayor ventaja para los demás. Me hizo pensar. ¿Significa que no se trata solamente de volverme rico? Comenzó a sonar como mi padre pobre. La diferencia es que mi padre sólo hablaba de la seguridad que ofrece un empleo y el Doctor Fuller se refería a algo más: a dar un salto. Había un gran conflicto en mi mente entre las ideas de Fuller y las de mis dos padres. Sin embargo, quería seguir escuchándolo.

En el seminario me entregaron una copia de un libro de Fuller titulado El camino crítico (Critical Path), que incluye este pasaje:

Asumí que en el transcurso de mi trabajo, la naturaleza lo evaluaría. Pensaba que si hacía lo que la naturaleza me pedía, y si lo hacía de una manera prometedora y respetando sus principios, mi trabajo sería recompensado económicamente. También podía suceder lo contrario y, en ese caso, tendría que dejar inmediatamente lo que estaba haciendo y buscar caminos alternativos hasta encontrar el correcto. La naturaleza tendría que aprobar este nuevo camino ofreciéndome apoyo para seguirlo y continuar mi misión.

El pasaje contenía la clave para probar la existencia o inexistencia de Dios. Para mí significaba que, si estaba haciendo lo que Dios quería (como resolver algún problema que él quisiera que se solucionara), me llegaría alguna forma de apoyo, como dinero. Si el dinero no aparecía, significaba que debía cambiar mi camino rápidamente o morirme de hambre.

Esta idea era emocionante y viable. Se trataba de confiar en Dios y dar un salto de fe. Si el dinero me llegaba, entonces Dios estaba de acuerdo con lo que yo hacía. También significaría que usé bien mi intuición respecto a lo que Dios quería que hiciera, y que no estaba haciendo simplemente lo que a mí me interesaba.

Así quedaba atrás la idea de hacer lo que amas.

Por si este concepto no hubiera sido suficiente, el Doctor Fuller también hizo temblar mi mundo cuando dijo que la mayoría de los negocios producían lo que él llamaba obnóxico. Era el término para los productos que no hacían que el mundo fuera mejor. El único objetivo de las compañías obnóxicas, era hacer dinero. Hoy en día, a estos productos se les llama chucherías. En lo profundo, yo sabía que mi negocio de productos de rock era una típica compañía de obnóxica. Pero pasé días y semanas negándolo, tratando de justificar mentalmente que las carteras de nylon y las gorras con logos de bandas de rock en serigrafía, eran productos valiosos para el mundo.

Cuando Emi lidiaba con la situación de pertenecer al programa de beneficencia social, yo me enfrentaba a la idea de que mi compañía y sus productos (aquellas cosas en cuya producción invertía mi vida), tenían un impacto casi nulo en el mundo real. Estaba produciendo dinero, pero no le hacía bien a nadie. Comprender esto me hirió y provocó un colapso en los cimientos de mi negocio, mi trabajo y de mi valor como empresario.

Era un reto a todo aquello en lo que creía.

La idea de que me iba bien en lo económico pero que no estaba haciéndole ningún bien al mundo, me cambió por completo. Gracias al Doctor Fuller, hoy en día sé que hay dos «estados de cuenta» que describen nuestra vida. El primero es uno que refleja cómo nos va en términos financieros. El segundo, el de nuestra cuenta social, nos dice cuánto bien le hemos hecho al mundo. Bucky le llamaba «la cuenta cósmica». Mi primer estado de cuenta reflejaba que yo era millonario, pero el segundo me decía que estaba en bancarrota.

Tenía que encontrar la forma de modificarlo. Sin importar lo maravilloso de mi estilo de vida, yo no podría sentirme bien de ser rico gracias a una compañía de, digamos, tabaco. Especialmente porque mi padre murió de cáncer en los pulmones. Mi estado financiero podía estar bien, pero no estaba contento con mi estado social.

Por supuesto, también hay personas que han beneficiado grandemente al planeta y que son muy fuertes en términos de su contabilidad social. Sin embargo, estas mismas personas tienen estados financieros muy endebles. Mi hermana cayó en ese grupo. Eso es lo que nos reunió de nuevo, la creencia de que, tanto nuestros estados financieros como los estados sociales, pueden ser fuertes.

Mucha gente religiosa cree que los monjes siempre deben ser pobres, pero en la orden de mi hermana no existen los votos de pobreza. Solamente se espera que los monjes lleven una vida austera y sencilla. Ésta era mi oportunidad de compartir con Emi lo que había aprendido sobre el dinero. De esa forma su estado de cuenta financiero podría verse tan bien como el social. Podría cuidarse a sí misma mientras se hacía cargo de otros.

Los hermanos están para ayudarse.

 

Lo anterior me recuerda la historia del gurú hindú Bhagawan Shri Rashneesh, un personaje bastante pintoresco y controversial. Él y su orden religiosa se apoderaron de un rancho cerca del remoto pueblo de Antelope, en Oregon, en la década de los ochenta. Molestaron a las aproximadamente 40 personas que vivían en el pueblo. Además, atrajo a miles de seguidores y llamó mucho la atención. En una entrevista, un reportero le preguntó: «¿Por qué tiene 93 Rolls Royce?». Su respuesta fue inesperada.

«Ésa no es la pregunta. La pregunta es: ¿por qué usted no tiene 93 Rolls Royce?».

El número de los Rolls Royce se puede cambiar cada vez que se cuenta la historia para hacerla más interesante, pero lo que es divertido en verdad es el comentario del gurú. En mi opinión había bastante verdad en su respuesta. En lo personal no creo que ser pobre me haga ser más espiritual. De hecho, cuando era pobre, la misma circunstancia me robaba el espíritu y nunca me fortaleció. Después del seminario de Fuller, comprendí que quería tener dos estados de cuenta y ser rico en ambos.

También supe que era un sueño imposible si seguía produciendo productos obnóxicos.

 

Lo que no he dicho es que tenía un «pequeñísimo problema». Después de asistir al seminario El futuro de los negocios, con el Doctor Fuller, hice un viaje a mis fábricas en Corea y Taiwán. Me horrorizó lo que encontré. Había niños trabajando en terribles condiciones para poner los logos de serigrafía de las bandas de rock en los productos de mi compañía. Vivían hacinados en condiciones infrahumanas. Inhalaban gases tóxicos en medio de un calor insoportable y no había ventilación. Yo me estaba haciendo rico, pero estaba utilizando sus vidas para producir obnóxicos, productos sin ningún valor a largo plazo.

Mi vida cambió de nuevo.

No me malinterpretes. Me gustaba mi producto obnóxico, no estoy diciendo que no tuviera valor en lo absoluto. Me gustan las cosas bonitas y tengo la capacidad de pagar para obtenerlas. Sólo estoy muy contento por ya no producirlas.

Al volver de mis fábricas, pasé más tiempo leyendo el libro de Fuller, El camino crítico. Me costó trabajo entenderlo, así que llamé a algunos amigos y les pregunté si les interesaba comenzar un grupo de estudio para entender los conceptos de Bucky Fuller. Increíblemente, como seis personas estaban dispuestas a invertir una noche a la semana para estudiar en grupo. Fue una experiencia muy grata trabajar en equipo en vez de hacerlo para competir, como lo hacemos en la escuela.

El libro tiene diez capítulos, así que acordamos leer uno cada semana. Después nos reuniríamos el miércoles en mi departamento durante cuatro horas por la noche, para discutir lo aprendido. Siempre era interesante ver cuando una persona entendía algo que a los demás se les había escapado. Cuando teníamos una visión integral y uniforme del capítulo, hacíamos un mapa mental. Lo hacíamos en una enorme hoja de papel con plumones de diferentes colores.

Un mapa mental era una interesante y creativa manera de usar el mayor número posible de imágenes y dibujos para explicar los mensajes de cada capítulo. Debíamos mantener el uso de palabras al mínimo. No había respuestas correctas ni incorrectas. Si nos quedaba duda sobre lo que el Doctor Fuller había querido decir, nos dirigíamos directamente al pasaje en el libro y tratábamos de entenderlo en vez de presentar nuestras opiniones personales.

Al finalizar las diez semanas habíamos evolucionado. Nos convertimos en personas que veían el mundo desde una perspectiva diferente y más amplia.

Estudié con el Doctor Fuller dos años, en 1981 y 1982. Después decidí comenzar mi carrera como maestro. Yo había jurado que nunca tomaría esa profesión porque la escuela y los maestros nunca me habían agradado. Pero me comprometí a aprender para ser el tipo de maestro que me hubiera gustado tener cuando estuve en la escuela. Mi idea no era enseñar con palabras, memorización inútil, lecturas al azar y exámenes sin sentido, quería transmitir conocimiento a través de juegos y acciones.

 

Obtuve la siguiente información en uno de los talleres. El instructor nos comentó que hay cuatro tipos de personas en el mundo:

  • La gente que tiene que caerle bien a los demás
  • La gente que tiene que estar cómoda
  • La gente que siempre tiene que estar en lo correcto
  • La gente que siempre tiene que ganar

Estas características están dentro de cada uno de nosotros, pero siempre hay una que domina. Yo estoy dentro de la categoría de los que «siempre tienen que ganar». Por eso que me agrada incrementar mi fuerza de voluntad y el poder de mi mente. La gente de esta categoría normalmente está involucrada en los deportes, los negocios y las ventas.

Los que siempre tienen que estar en lo correcto, sólo necesitan el poder de la mente. Usualmente son académicos, doctores o abogados. Las personas que tienen que caerle bien a los demás y las que tienen que estar cómodas, buscan paz, armonía, amistad y balance para sus vidas. En general, buscan empleos seguros, un trabajo en el gobierno, están involucrados en la religión, las caridades y el servicio a otros. Tal vez les agrada meditar en silencio, orar o buscar más tranquilidad para sus vidas.

Para ser honestos, sé que yo debería estar buscando más paz, balance y armonía en mi vida. Pero mi necesidad de ganar es mi prioridad. Prospero cuando estoy en acción, adoro mi trabajo y sufro en las vacaciones. Me he retirado dos veces y fue espantoso. Mi doctor dijo que yo era una de las pocas personas que conoce cuya salud mejora al estar bajo presión. Puedo encontrar placer en la belleza de la naturaleza, en cierto tipo de meditación, pero sólo después de que escalé hasta la cima de la montaña. En la escuela rezaba frecuentemente, en especial en tiempo de exámenes. Ahora hablo mucho con Dios y con Jesús, especialmente en el campo de golf.

Ésta es mi manera de decir que, gracias a mi necesidad de ganar, descubrí mi camino hacia Dios. En realidad, tratar de ser una mejor persona no me ayudó a encontrar a Dios. Lo encontré porque quería aprovechar mi poder personal al máximo y así poder ganar. Es obvio que hay otras personas que tienen distintas motivaciones para buscar a Dios.

Encontré las siguientes tres palabras en otro programa:

Ser Hacer Tener

En ese curso, el instructor nos dijo: «Cuando una persona se fija un objetivo, se está enfocando en el tener». Continuó: «Por ejemplo, muchos quieren tener un millón de dólares. Lo importante no es el objetivo, sino lo que tienes que hacer para obtenerlo. Después viene quién tienes que ser para llevar a cabo lo necesario y lograr tener el millón de dólares».

Mi padre rico diría: «Existen un millón de cosas que puedes hacer para obtener un millón de dólares. Tu trabajo es encontrar esa “cosa en un millón” en la que estás dispuesto a ser el mejor».

Cuando encontré esa «cosa en un millón», supe que necesitaría dar un salto de fe para olvidar todo lo demás y seguir ese camino. El instructor habría estado de acuerdo con mi padre rico. Terminó diciendo: «Cuan más grande es tu objetivo, más grande es tu espíritu».

Mi padre rico me explicó que el objetivo se mide con el estado de cuenta financiero personal. Especialmente si se trata de dinero. Me dijo: «Cuando veo el estado de cuenta financiero de una persona, puedo saber lo que tiene en la vida. Cuando veo su estado de cuenta social, puedo saber lo que hace y, lo más importante, puedo saber cuán grande es su espíritu».

«Con frecuencia, la gente es pobre porque no tiene fuerza de voluntad», continuó diciendo. «Puede ser buena, honesta y agradable. El problema es que quizá le resulta más fácil dar pretextos para decir que no le alcanza para comprar algo, o tal vez culpa de sus problemas a otros o a sus circunstancias personales. Si esas personas rezan, le piden a Dios que les dé algo, en lugar de enfocarse en lo que ellos tendrían que dar para recibir lo que quieren».

«Si quieres recibir mucho», me dijo, «tienes que dar mucho».

 

A finales de 1983 conocí a una hermosa joven que se llamaba Kim. Comencé a invitarla a salir. Me tomó seis meses convencerla de que aceptara mi invitación. En febrero de 1984, en nuestra primera cita, hablamos hasta el amanecer sobre el propósito de la vida, los negocios y sobre mi salto de fe inspirado en Fuller.

A principios de 1984 comencé a vender mis negocios y fábricas. Iba a hacer el trabajo que Dios me tenía reservado y a probar su existencia. Mi plan era enseñar al margen del sistema escolar. Quería compartir las importantes lecciones que no se ofrecían dentro de ese sistema. De cierta forma, quería salvar a otros de lo que mi papá estaba enfrentando debido a su falta de educación financiera. Papá todavía lidiaba con sus finanzas y también a él quería salvarlo.

En 1984 vendí mi Mercedes, dejé mi apartamento de lujo en el Hotel Colony Surf, de Diamondhead, y renuncié a las cosas caras de la vida. Kim renunció a su trabajo en publicidad, vendió su auto y se despidió de sus amigos. Nos tomamos de la mano y saltamos juntos.

El peor año de nuestras vidas fue 1985. Dejamos Honolulu y nos mudamos a San Diego para seguir nuestras carreras como maestros, gente de negocios e inversionistas. A veces teníamos menos de cinco dólares a la semana para comer. Gracias a Dios, había un pequeño puesto de tacos al final de la calle. Caminábamos hasta ahí y comprábamos una quesadilla de 99 centavos. Pero cada taco nos tenía que alcanzar para más de una comida.

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Bobby McKelvey (al centro) es la amiga de Kim y Robert que les ayudó cuando se quedaron sin casa en 1985. Les brindó su casa y su corazón.

 

Las cosas empeoraron. En algún momento nos quedamos sin casa, comenzamos a dormir en los sótanos de las casa de otros y estudiamos con lo que la Biblia llama «profetas falsos», como el maestro de Emi en Hawai que llegaba borracho a las reuniones.

Nos topamos con aproximadamente quince profetas falsos. Algunos de ellos eran genios pero, a pesar de su inteligencia, tenían un terrible defecto que opacaba su carácter. Por ejemplo, había un maestro que se acostaba con las chicas guapas que iban a sus seminarios. Es muy difícil tener poder espiritual si no tienes ética ni moral.

Sin importar el tiempo que podíamos estudiar con estos maestros, siempre tratamos de aprender de ellos, tomar lo mejor de lo que nos ofrecían, y luego seguir adelante.

Kim y yo cambiamos el rumbo numerosas veces. El Doctor Fuller había dicho que el apoyo moral o económico aparecería si hacíamos lo que Dios quería. Así que si el dinero no llegaba, confiábamos en nuestro instinto, cambiábamos de dirección, aprendíamos nuestra lección y seguíamos caminando.

Nos tomó un año descubrir que muchas empresas no querían enviar a sus empleados a seminarios que les enseñaran a tener una vida mejor. Las empresas buscaban que en los cursos sólo se hablara de cómo ser un mejor empleado. Finalmente, en diciembre de 1985, llevamos a cabo un seminario que nos trajo un poco de remuneración económica. Nos pagaron 1500 dólares que tomamos como señal de que estábamos haciendo lo que Dios quería.

Fue una Navidad llena de gozo.

 

De la misma forma que le sucedía a Emi, me sentía muy feliz a pesar de no tener dinero. Estaba más contento que nunca porque finalmente estaba haciendo algo que se suponía que debía hacer. Estaba estudiando las cosas que quería conocer en vez de aquellas que tenía que aprender para pasar un examen. Me había convertido en estudiante y había encontrado a un maestro, el Doctor Buckminster Fuller.

El Doctor Fuller murió el 1.º de julio de 1983. Lo único que me quedó para seguir aprendiendo fueron sus libros y grabaciones. Irónicamente, la última vez que estuve con el Doctor Fuller fue en mayo de 1983, en Pahala, Hawai, el mismo pueblo en donde se habían conocido mis padres en 1945. También era el lugar en que Emi vivió en el templo budista en 1973. Si conocieras este pueblo y vieras lo pequeño que es, te preguntarías por qué alguien querría estar ahí y, sobre todo, por qué alguno de nosotros querría estar ahí.

EMI: CUANDO ME CONVERTÍ EN TENZIN

Yo casi no conocía a Robert en el tiempo en que ambos buscábamos los caminos que debíamos seguir. Estábamos demasiado alejados el uno del otro, así que pasaron muchos años antes de descubrir que ambos estábamos a punto de dar un salto de fe.

Después de mi aventura para ganar dinero en Alaska, volé con unos amigos a la India en septiembre de 1975. Llegamos a Calcuta y tomamos un tren hacia Nueva Delhi. De ahí avanzamos más, hasta adentrarnos hasta el pie de los Himalayas. Viajamos en trenes repletos de gente y cubiertos de hollín. También los «trenes directos» se detenían durante su ruta, así que hicimos algunas paradas en distintos pueblos y nos tomó varios días cruzar el continente.

Llegué a Dharamsala, el lugar en donde Su Santidad, el Dalai Lama, vive en el exilio. Dharamsala es una pequeña villa en las montañas, un lugar muy pobre. Para producir calor y cocinar sólo contaban con anafres de leña, carbón o keroseno. Había pocas instalaciones sanitarias. Tampoco había agua corriente. La gente hacía largas filas para lavar sus trastes en las únicas dos llaves de agua del pueblo. Usaban la ceniza que producía el fuego como un abrasivo para limpiar las sartenes y ollas. Nunca había experimentado algo similar a la vida que ahí llevaban.

La mayoría de la gente imagina la India como un lugar cálido, pero en los Himalayas es muy frío. Cuando llegué llevaba conmigo una buena chaqueta de pluma de ganso. A pesar de eso me sentía muy incómoda porque había nieve en el piso y el concreto de las casas se congelaba. Sin embargo, había encontrado mi paraíso en la Tierra, estaba en donde se suponía que debía estar.

Muy pronto encontré un lugar para vivir. Renté un cuartito apenas más grande que mi bolsa de dormir. La renta era de 35 rupias al mes, que en aquel entonces equivalía a unos cuatro dólares. Estaba bien, no necesitaba mucho porque estaba feliz simplemente por estar ahí.

Los tibetanos son increíblemente cálidos y amables. Perdieron su país, sus hogares y sus templos. Los exiliaron en la India sin mayor posesión que lo que pudieron llevar consigo a través de los Himalayas. La mayoría lleva una existencia muy precaria, pero gracias a muchos de sus maravillosos maestros y practicantes, cuentan con gran fortaleza. En vez de sentirse derrotados, celebran su determinación de vivir en libertad, ayudarse unos a otros y construir sus comunidades.

Su fortaleza es evidente más allá de las diferencias culturales. No permiten que los obstáculos o los problemas detengan sus vidas. Tienen gran convicción en su fe y prácticas éticas. Se han fortalecido con determinación y valor para alcanzar sus objetivos.

Asistí a cursos en la Biblioteca Tibetana y fueron sorprendentes las enseñanzas las impartía el Venerable Geshe Ngawang Dhargyey, un anciano monje tibetano. Después traducían la sesión al inglés. La clase era para visitantes y había gente de todo el mundo. Entre murmullos se podían escuchar las traducciones al francés, español, italiano, japonés y otros idiomas. Los maestros eran académicos entrenados y educados que gozaban mucho la experiencia de dar clase. Pero no solamente enseñaban; también eran capaces de inyectar su comprensión y experiencia a cada lección.

Por ejemplo, hablaban del sufrimiento en la vida: aquellos momentos en que trabajamos duramente para obtener lo que queremos pero no lo conseguimos; o cuando nos esforzamos mucho por obtenerlo, lo conseguimos y después decidimos que ya no lo queremos; también cuando nos esforzamos muchísimo para obtener algo y después nos lo arrebatan.

Los maestros nos preguntaban que, si en realidad no hubiera forma de librarse del sufrimiento en la vida, entonces, ¿para qué molestarse en estudiar el sufrimiento? Pero si existiera el potencial para liberarnos de él, entonces tendríamos que buscar una forma de lograrlo y no rendirnos hasta encontrarla.

Éste es uno de los varios temas del Lam Rim, el «camino gradual hacia la iluminación». Fui a la India para estudiarlo. Este camino nos inspira a esforzarnos para desarrollar nuestro potencial humano al máximo. Eso fue lo que me atrajo, la posibilidad de alcanzar la iluminación después de remover todas las ideas equívocas y falsas de la vida, alcanzar todas las cualidades virtuosas. Quería encontrar el valor para seguir el camino hacia la iluminación. Buscaba el gozoso espíritu con que los tibetanos viven a pesar de sus penurias.

 

Estaba a los pies de mi maestro y había encontrado aquello a lo que quería dedicar mi vida. Así fue como di el salto. No necesité un retiro de meditación para decidirlo.

Algunas personas encuentran su llamado muy jóvenes. Pronto se dan cuenta de que quieren estudiar medicina o música. Algunos se tardan más, y otros que nunca lo encuentran. Ese llamado es en realidad el de tu familia espiritual guiándote hacia la existencia para la que naciste. Hay otras ocasiones en que la gente en nuestra vida, como los padres, maestros y amigos, nos dice lo que deberíamos hacer. A veces, nosotros mismos encontramos nuestro don y llamado pero, aun así, es necesario dar un salto de fe como Robert y yo lo hicimos. Yo nunca hubiera imaginado que mi llamado llegaría al pie de los Himalayas.

En este viaje conocí a Su Santidad, el décimo cuarto Dalai Lama. Nos otorgaron dos entrevistas privadas para discutir las preguntas que los occidentales teníamos acerca del budismo. Cuando estuvimos ante él, se enfocó totalmente en nosotros y en la discusión. Su presencia era imponente.

Nos extrañó mucho enterarnos de que la mayoría de los tibetanos no eran budistas.

«Yo diría que el 90 por ciento, sí, 90 por ciento no son budistas», dijo. Después sentimos que se refería a las personas en general, a quienes declaran ser practicantes pero que todavía se aferran a la reputación y la avaricia. Los que todavía conservan posesiones y buscan los placeres opuestos a la ética, los votos matrimoniales e incluso a la salud. Los que se imbuyen en una dicha egoísta y pasajera.

Teníamos mucho en que pensar. Uno de los más grandes maestros budistas de nuestro tiempo nos acababa de advertir sobre los riesgos de manchar nuestra práctica espiritual.

Recuerdo bien cuando fuimos a visitar al Hacedor de lluvia. Era un adepto a la meditación que vivía en una pequeña choza en la montaña. Le llamaban el Hacedor de lluvia porque tenía la habilidad de iniciar o detener la lluvia con oraciones y ceremonias. Las paredes de su casa eran endebles tablillas de madera que había sacado de cajas de naranjas. El viento soplaba por entre los agujeros.

Cuando estuvimos dentro, nos sentamos sobre unos tapetes sucios sobre la tierra. Hicimos un esfuerzo por leer un texto tibetano que estaba sobre una caja volteada. Un practicante intervino con rapidez y colocó, debajo de las escrituras, un viejo trapo arrugado y manchado de carbón. Era todo lo que teníamos pero, por respeto a las escrituras, y hasta en esas pobres condiciones, no colocamos las enseñanzas en una superficie descubierta.

Hacia el final de nuestra estancia, le dijimos al Hacedor de lluvia que deseábamos llevarlo a Nueva Delhi con nosotros. Queríamos que un doctor revisara sus oídos y sus pobres ojos. Dijo que no podía ir en la fecha que propusimos porque debía estar presente para detener la lluvia en las celebraciones de Año Nuevo. Así que cambiamos nuestros planes y decidimos salir después de esa fecha. Por supuesto, hubo nieve durante varios días antes de Año Nuevo, pero exactamente el día de la víspera el cielo brillaba y el clima era hermoso. Era un día perfecto para celebrar.

No fue nada fácil regresar de la India, reiniciar mi vida occidental y volver a ser madre. Tenía que encontrar un trabajo y hacerme cargo de mi hija otra vez; fue muy duro.

Comencé a trabajar como contadora y apenas podía ganarme la vida viviendo entre Honolulu y Los Ángeles criando a Erika. Lo que me tomó por sorpresa fue el choque entre los dos estilos de vida. El lujo de poder estudiar todo el día con mi maestro se había acabado. Ahora tenía que trabajar tiempo completo, luchar para continuar mis estudios y ser madre de una preadolescente.

En 1984 escribí al Dalai Lama solicitando ser ordenada como monja. Para ese momento ya llevaba casi diez años pensando en ordenarme como monja y tenía el respaldo de mi maestro en Los Ángeles para continuar con mis aspiraciones. Pasaron varios meses antes de recibir respuesta de la oficina del Dalai Lama. Estaba muy nerviosa y me preocupaba saber si me aceptarían o no. Cuando llegó la carta atravesé toda una serie de emociones distintas: emoción, miedo, alivio y muchas más.

Me habían aceptado. Mi vida cambiaría de nuevo, así que comencé a prepararme para volver a la India.

 

Solicité al Dalai Lama que él me ordenara porque lo consideraba un excelente guía. Me sentí honrada cuando aceptó. Sentí que si profesaba mis votos con él podría conservarlos por largo tiempo.

Mi ordenación en Dharamsala fue como entrar a un mundo totalmente distinto. Me dieron mis hábitos antes. La bata se sentía muy diferente porque era como si trajera puestas mis preciadas promesas. Antes de entrar al templo, los monjes rasuraron mi cabeza. Solamente dejaron un pequeño mechón que el maestro de ordenación tenía que recoger y abrochar durante la ceremonia.

Nunca había estado en un lugar exclusivamente con monjes. Ahora, estaba ahí frente a Su Santidad, el Dalai Lama, y con muchos monjes más que vestían sus coloridas batas doradas. Junto a mí se sentó uno que iba a ser ordenado a un nivel más alto que yo. Él tradujo toda la ceremonia. Los monjes recitaron y cantaron los votos que yo iba a profesar, fue algo muy solemne.

El Dalai Lama me dio mi nombre de ordenación durante la ceremonia: Tenzin Kacho. Tenzin significa sabiduría y Kacho significa la que va al cielo.

Me convertí en Tenzin Kacho el 5 de octubre de 1985.

 

Al regresar a la India a estudiar había cumplido un ciclo. Estaba yendo más lejos esa vez. Era como una oruga que había estado envuelta en su capullo y ahora emergía convertida en monja budista.

Tenía que pasar seis meses más en India después de la ordenación. Así tendría más experiencia y una mejor comprensión de mi nuevo papel. El tiempo que pasé ahí me ayudó y alentó mucho, pero tenía temor de regresar y enfrentar mis responsabilidades. ¿Podría ser digna de los hábitos? ¿Cómo me las arreglaría en el mundo occidental como monja y madre? Tenía confianza en mi salto de fe y sabía que podría enfrentar de pie mis desafíos.

Pero cuando volví a Los Ángeles me encontré de nuevo con que, aun si deseaba llevar una vida simple, mis finanzas no lo permitían. Ni siquiera podía cubrir los gastos más elementales.

En 1986 Robert estaba participando en un seminario de Tony Robbins en Hollywood. Enseñaba a los estudiantes a «cruzar a través del fuego». Me sentía emocionada y nerviosa ante la posibilidad de volver a verlo después de tantos años. Había pasado mucho tiempo y yo era una persona diferente. ¿Qué tan diferente sería él?

Fui a Hollywood. Kim fue la primera que dijo algo. Cuando me vio en los hábitos, dijo: «Realmente estás comprometida con esto».

«¿Creerías que andaría en esta bata y con la cabeza rapada, caminando por las calles de Los Ángeles si no estuviera comprometida?», respondí. Ése fue el raro inicio de una prolongada visita que debía a mi hermano y a su esposa.

Él también había cambiado.