
Visiones del futuro
Cuando ambos estábamos en la preparatoria y nos esforzábamos como estudiantes, jamás hubiéramos imaginado lo que el futuro nos deparaba. No sabíamos que uno de nosotros se convertiría en escritor y educador, y que la otra sería monja.
Cada uno a su estilo, al principio éramos superficiales, idealistas y hasta teníamos un toque de rebeldía. En parte se lo debíamos a nuestros padres. Los sucesos de la vida templaron todo eso y nos ayudaron a dejarlo atrás.
Nuestros caminos tomaron rumbos inesperados, tanto en las tradiciones del budismo como en el mundo de los negocios. Parecía que seguíamos senderos totalmente diferentes. Pero, mirando hacia el futuro, teníamos más en común de lo que sospechábamos.
ROBERT: FLASH DE ENTENDIMIENTO
Fue irónico que cuando dejé la Estación Aérea de la Marina en la bahía Kaneohe, era mucho mejor marino de lo que lo había sido durante mi tiempo activo en la corporación. Al alejarme tuve una apreciación renovada de la Marina y de su Código de Honor. Comprendí mejor algunas palabras como misión, coraje y valor. Aprecié más la frase: «La verdad los hará libres», y entendí por qué mentir era para los cobardes.
Finalmente reconocí que para decir la verdad se necesitaba valor.
Se hizo claro por qué mucha gente no era libre, a pesar de que había vivido en la «tierra de la libertad». Por qué muchos carecían de valor, aunque habían vivido en la «tierra de los valientes».
Recuerdo que hice mi último saludo; fue a un joven marino. Reflexioné sobre la gran parte de mi vida que había dejado al recibir y devolver ese gesto. Vi al marino desaparecer en mi espejo retrovisor y me sobrecogió un sentimiento de pérdida. Pero me dirigía hacia la zona montañosa para entrar a un nuevo mundo en Honolulu.
Ese nuevo mundo era el de los negocios.
Aunque extrañaba mucho la milicia, comprendí que al dejarla llegó la oportunidad de rediseñar mi vida. Era mayor y tenía más experiencia. Estaba en la posición de tomar decisiones más sabias respecto a mi futuro. Recordé que cuando era niño, los adultos siempre me preguntaban: «¿Qué quieres ser cuando crezcas?». Ahora, a los 27 años, sentí que tenía la posibilidad de hacerme la misma pregunta.
¿Cuál era mi visión para el futuro?
Con el beneficio de mi experiencia, podía dar respuestas distintas. Percibí que, con la edad, ahora me conocía un poco mejor. Y mientras entraba al túnel que se dirige a las montañas, el que separa la base militar de Honolulu, mi mente volvió al tiempo en que tenía diez años, la edad en que decidí que quería ir al mar para ser oficial en un barco. También pensé en cuando tenía 21 años y decidí ir a la escuela de aviación para convertirme en piloto.
A los 27 ya no quería ser oficial de un barco ni piloto; navegar en barcos y volar aviones parecía sólo un sueño infantil.
Al salir del túnel y ver la ciudad de Honolulu extenderse ante mí, me sentí agradecido de tener la oportunidad de escoger nuevamente mi camino.
En cuanto llegué a mi condominio en Waikikí, me quité el uniforme militar y me vestí de civil. Me di cuenta de que había usado uniforme militar por más de nueve años, así que lo tomé y lo empaqué junto a los otros uniformes en mi clóset, nunca los volvería a usar. Había invertido tanto de mi vida en lo que ese uniforme representaba, que también era parte de aquello en lo que me había convertido.
Una semana más tarde fui a la oficina de la Corporación Xerox en Honolulu. Usé un traje azul de negocios, camisa blanca y una corbata. Estaba a punto de ver el mundo y de convertirme en una nueva persona detrás de un nuevo uniforme. Es el mismo que uso ahora.
De 1965 a 1974, realmente no sabía por lo que mi hermana estaba atravesando. Casi no nos hablábamos en aquel tiempo porque ella estaba buscando la paz y yo estaba luchando en la guerra.
Durante la siguiente década su vida siguió siendo un misterio para mí. Supe que vivía con su hija en una comuna en una montaña de la Gran Isla. Mi papá a veces se quejaba de su estilo de vida; sentía la necesidad de proteger a su nieta. Pero nunca le presté mucha atención a lo que decía entre dientes. Yo atravesaba mis propios cambios. El mundo de mi hermana y de mi padre no era el mismo que el mío.
Los años entre 1974 y 1985 trajeron muchos cambios.
RESPECTO A LAS MUJERES
Durante aquel tiempo no hubo muchas mujeres en mi vida. Cuando era militar había tenido muy pocas oportunidades porque el número de hombres era mucho mayor que el de mujeres. Al menos ésa era mi excusa. La mayoría de las mujeres en mi vida entonces eran chicas de la guerra y prostitutas. Yo disfrutaba de esas relaciones.
En 1974 estaba listo para recuperar el tiempo perdido. Conocí a muchas jóvenes interesantes en el trabajo, en la iglesia, en bares y en los seminarios. Al entrar al mundo de los negocios en 1974, creí que había muerto y llegado al cielo en lo concerniente a las mujeres.
RESPECTO A LA EDUCACIÓN
Mi padre pobre me sugirió volver a la escuela y cursar una maestría o estudiar derecho. Fui a la escuela de leyes de la Universidad de Hawai y rápidamente comprendí que no tenía las aptitudes ni el deseo de convertirme en abogado. Solicité el programa de maestría y me informaron que necesitaba cursos adicionales de negocios antes de poder ingresar.
Intenté tomar esos cursos durante dos meses. Me di cuenta de que no quería seguir en la educación tradicional.
Después de asistir al seminario EST había descubierto que estaba más interesado en los seminarios de desarrollo personal que en la educación tradicional. Me gustaba asistir a clases para expandir mi mente y mi espíritu, en lugar de competir por calificaciones con otros compañeros.
Jugando con dinero
En un evento que dirigió el Doctor R. Buckminster Fuller, aseguró que «el gobierno está jugando con el dinero».
Hasta ese punto de la plática, yo no había prestado atención a lo que decía. Había estado hablando sobre las verdaderas coordenadas de la ciencia y la matemática. Pero cuando entró a la explicación sobre cómo manipulaban los ricos el sistema del dinero a través de los funcionarios del gobierno, y cómo le roban fundamentalmente a la gente honesta que trabajó para conseguir el dinero, me interesó de inmediato.
No era la primera persona a la que había escuchado decir esto. Mi padre rico despotricaba cuando hablaba sobre los engaños financieros que usan los ricos para robarle a la clase trabajadora. El presidente Kennedy a veces hablaba de la gente que usaba a los senadores y congresistas para lograr que se aprobaran leyes y poder hacerse más rica. Kennedy señalaba que el papel del presidente era representar a las personas, no a los ricos. Y el Doctor Fuller estaba diciendo lo mismo, que la avaricia se había apoderado del mundo.
Mis oídos se aguzaron cuando lo escuché decir: «Los ricos usan al gobierno, a través de los políticos que han elegido, sus abogados y sus contadores, para meter su mano a tus bolsillos, tomar tu dinero y ponerlo en los suyos legalmente».
A veces necesitamos escuchar las cosas más de una vez y de más de una persona para que nos llegue el mensaje. Cuando el Doctor Fuller dijo lo mismo que había escuchado decir a mi padre rico, a mi padre pobre, al presidente Eisenhower y a Kennedy, el mensaje llevaba más impacto. Era como encontrar al fin la pieza faltante de mi rompecabezas, la cual le dio más sentido y significado a mi vida.
Fuller dijo que todos teníamos un propósito aquí en la Tierra, una misión: que cada uno tiene un don regalado por Dios y que era nuestro deber desarrollarlos y compartirlos con el mundo. Fue muy claro en que no estábamos aquí solamente para hacer dinero. Estaba seguro de que los humanos habíamos venido para crear un mundo que funcionara para todos, no sólo para los ricos o los que nacieran en países occidentales.
Pensaba que era ridículo que nuestro sistema económico se basara en las filosofías económicas de un predicador llamado Thomas Malthus, quien divulgaba una filosofía de la carencia en vez de una economía de la abundancia. Fuller señaló frecuentemente que Dios, o el Gran Espíritu, era pródigo y que su abundancia era para todos. Le molestaba que solamente algunos hombres reclamaran la generosidad de Dios y que, aparte, nos vendieran el regalo de Dios de vuelta, a nosotros, como en el caso de las compañías petroleras.
Yo pasaba la mayoría de los fines de semana asistiendo a distintos seminarios de varias materias. Fui a seminarios para el aprendizaje con la totalidad del cerebro, sexo tántrico, renacimiento, programación neurolingüística (PNL), y regresiones a vidas pasadas. Asistí hasta a una clase para comunicarme con los muertos.
Nadie respondió mi llamada, ni siquiera mi mamá.
En muchas de estas clases encontré la noción de que nuestras almas tienen un propósito en la vida que va más allá de ser un empleado o un soldado del gobierno. Me intrigaba la idea de que posiblemente había un propósito superior para mi vida.
Respecto a lo financiero, asistí a clases de inversión y de técnicas de negocios. No lo hice para tener buenas calificaciones, sino para ser un mejor inversionista y empresario.
RESPECTO AL ESTILO DE VIDA
Yo sabía en el alma que deseaba ser adinerado, que quería un estilo de vida de rico, no una existencia de clase media como la de mis padres. No estaba seguro exactamente de cómo lo lograría, pero deseaba llegar ahí con vehemencia.
En lo espiritual no quería adorar al dinero o ser su esclavo. Eso me quedaba claro porque mis padres habían tenido amigos que ahorraban, ahorraban y ahorraban. Tenían montones de dinero pero vivían frugalmente, por debajo de sus posibilidades. Aseguraban que el dinero era la raíz de todo mal. Desde mi perspectiva, el resultado de esta actitud era que el dinero se convertía en el dios que adoraban o al que temían.
Yo sólo quería ser rico, lo que significa ser rico mental, física, emocional y espiritualmente. Quería desarrollar el don de Midas, para que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Estaba dispuesto a estudiar, trabajar duro y desarrollar mi espíritu para que, algún día, pudiera ser una persona rica en verdad, en vez de alguien de clase media con un montón de dinero.
RESPECTO A LA VISIÓN
Observar a mi padre cuando era mayor, me dio una visión del futuro. Ahí estaba él, con mucha preparación, trabajador, un hombre responsable socialmente, luchando en sus últimos años en empleos extraños y prácticamente sin ahorros o inversiones a su nombre. Sus apoyos médicos y financieros dependían por completo del gobierno.
Era triste, pero en él veía el futuro de toda mi generación, la generación baby boomers.
Entonces no sabía que observar la lucha de mi padre algún día sería un catalizador para el trabajo de mi vida. Ahora me pregunto si la lucha de mi papá no me acercó al propósito de mi vida, si acaso no fue la razón para escribir Padre Rico, Padre Pobre, para crear el juego de mesa CASHFLOW, y la razón de todos mis esfuerzos para ofrecer educación financiera alrededor del mundo. ¿Podía mi visión del futuro guiarme a mi misión?
RESPECTO A LA LUJURIA VS AMOR
A lo largo de los años conocí a muchas mujeres maravillosas; la lujuria me había acercado a ellas, pero terminé enamorándome de algunas. Entre 1974 y 1984 aprendí, a la mala, que no estaba listo o suficientemente maduro para el amor. Mis relaciones nunca parecían funcionar. Conocí a mujeres grandiosas, pero todavía no era un hombre de valor para una gran mujer.
Ahora que estoy casado con Kim, agradezco saber la diferencia entre la lujuria y el amor. No tendría un matrimonio sólido actualmente si no hubiera aprendido esta importante diferencia.
RESPECTO AL DINERO
En algunas de las iglesias a las que asistí, conocí a gente que le rezaba a Dios para resolver sus problemas financieros. Muchos parecían pensar que Dios debía proveer, así como otros creen que ése es el papel del gobierno. En algunos de los seminarios de superación personal a los que asistí, muchas personas creían que tener pensamientos positivos, o escribir su objetivo en un pedazo de papel y mirarlo a diario, era todo lo que se necesitaba para ser rico.
El puro deseo de tener dinero no sirve de nada. Gracias a mi padre rico, creo que la educación financiera, la experiencia, las habilidades, el trabajo y la dedicación es lo que se necesita para resolver los problemas de dinero. Aparentemente, mucha gente, sin importar si iba a la iglesia o no, creía que «Dios proveería». Le resultaba muy conveniente olvidar la segunda parte del mensaje que es: «Da y te será dado».
En una iglesia escuché al predicador decir: «Es importante tener fe en que Dios proveerá, pero ustedes también tienen que trabajar. La fe sin trabajo es igual a la muerte». Muchas iglesias señalan la importancia de ayudar a otros, lo que significa corresponder al Señor. Pero también hay quienes quieren dinero, sólo que siempre prefieren recibirlo a darlo.
Mi padre rico decía: «Da lo que quieras. Si quieres una sonrisa, sonríe. Si quieres un golpe en la boca, golpea a alguien. Si quieres dinero, da dinero». También decía: «Los pobres permanecen así porque no dan lo suficiente. Frecuentemente dicen: “daré dinero cuando tenga dinero”. Por eso no tienen mucho. Si quieres dinero, da dinero. Si quieres más, da más».
RESPECTO A ENCONTRAR EL PROPÓSITO EN LA VIDA Y COMPARTIR TU DON
En algunas de las iglesias y seminarios a los que asistí aprendí que Dios o un poder superior nos dio un don a cada uno. Nuestro trabajo es descubrirlo y compartirlo con la humanidad. Aunque entonces yo no sabía que tenía un don, me mantuve abierto a la posibilidad de que tenía algo que ofrecer. Me enfoqué en dar en lugar de rezar para que Dios me proveyera. Me enfoqué en la generosidad y el servicio como los caminos a la manifestación de mis sueños.
Ahora comprendo que hay dos razones por las que muchas personas no comparten su don. La primera es que no lo reconocen. Y la segunda es que, si acaso sí reconocen su don, no trabajan para compartirlo. Mucha gente cree que los dones llegan con facilidad. Por ejemplo, Tiger Woods es un golfista talentoso. Aunque tiene talento, tiene que esforzarse mucho para desarrollar y compartir su don con el mundo. Puede ser que muchos golfistas sean igual de buenos, pero no se esfuerzan tanto como Tiger en desarrollar y compartir su talento.
RESPECTO AL CARÁCTER Y LOS DEFECTOS
En las iglesias y los seminarios también aprendí que es esencial tener carácter para compartir tu don. Como proviene de Dios o de alguna fuente divina, es importante entregarlo al mundo con el grado más alto de integridad personal y carácter. A través de los años he experimentado personalmente la disminución de mi carácter. Sucede cuando permito que mis defectos sean más fuertes que éste. Descubrí que si quería obtener más de la vida, tenía que ser más fuerte. Esto se logra impidiendo que los defectos opaquen las cualidades.
Como ya mencioné, las cualidades y los defectos son las dos caras de una misma moneda.
En un seminario tuve un instante de comprensión y me di cuenta de que muchos no desarrollan por completo sus cualidades porque están muy conscientes del poder de sus defectos, de su lado oscuro. El líder del seminario demostró con destreza que nuestros defectos florecen cuando estamos bajo presión. Por ejemplo, una persona que se esfuerza por ser honesta, bajo presión se puede convertir en un ladrón. O alguien con un carácter dulce por fuera, puede sacar a flote una vena maligna que se oculta detrás de su fachada.
El estrés y los desafíos son una forma de sacar lo mejor o lo peor de la gente. Durante aquel seminario comprendí que si quería desarrollar mi potencial completamente tenía que encontrar alguna forma de permitir que mi lado oscuro saliera a la luz. Ahora creo que soy una persona más sincera porque me siento cómodo con el niño bueno y tímido que era en mi juventud, y con el frío y tosco marino que fui cuando me hice adulto. Además, puedo asumir e intercambiar los dos carácteres.
RESPECTO A LA MISIÓN EN LA VIDA
También fue en iglesias y seminarios donde aprendí que el propósito o la misión de nuestra vida consiste en tomar el don que nos fue dado, desarrollarlo y compartirlo.
Trabajé en la Corporación Xerox porque quería vencer mi timidez y mi miedo al rechazo. También quería aprender a vender para hacer negocios. Mi padre rico siempre decía que vender es una habilidad esencial en el empresario. Tras cuatro años en Xerox, finalmente logré mi objetivo y me convertí en uno de los mejores vendedores y además tenía un salario adecuado a mi estatus.
El problema fue que descubrí que es difícil mantenerse motivado. Después de varios seminarios distintos, sabía que mi misión en la vida no era obtener un mejor puesto, hacer más dinero y subir por la escalera corporativa. Vender el modelo más reciente de Xerox ya no me emocionaba, aunque ganara mucho dinero haciéndolo.
Además, aunque era competitivo por naturaleza, la idea de vencer a IBM, nuestro principal competidor en aquel entonces, no me volvía loco. Descubrí que un empleo, profesión o carrera es muy distinto al propósito que tenemos en la vida, a nuestro llamado o misión. Mi espíritu se estaba fortaleciendo, se hacía más audaz y quería más, no solamente subir una escalera.
RESPECTO A LA DEDICACIÓN, LA DETERMINACIÓN Y LA DISCIPLINA
Mi padre rico me enseñó que había cuatro tipos de personas en el mundo de los negocios. Estos tipos están definidos en el Cuadrante del Flujo de Dinero que se ilustra a continuación:
E significa empleado.
A significa autoempleado, dueño de negocio pequeño o especialista.
D significa dueño de negocio grande.
I significa inversionista.
Nuestro sistema escolar hace un trabajo bastante respetable entrenando personas para los empleos en E o en A. El problema es que la gente más rica del planeta pertenece a D y a I. En la iglesia, en los seminarios de desarrollo personal y con mi padre rico, aprendí que para tener éxito en cualquiera de las cuatro secciones se requiere sacrificio.
En 1974 decidí no seguir los pasos de mi padre pobre y convertirme en un E con un empleo asegurado en el gobierno. Tampoco escucharía a mamá, quien quería que me convirtiera en doctor o mínimo en un A. En 1974 decidí que cuando creciera, quería convertirme en un D y en un I; en dueño de un negocio grande e inversionista. Con ese objetivo en mente, comencé a crear mi propia visión del futuro.
Cuando le dije a mi padre rico que me iba a convertir en empresario, me preguntó si estaba dispuesto a caminar en territorio agreste durante 40 años. Cuando le pregunté: «¿Por qué 40 años?», me contestó: «Porque ése fue el tiempo que Moisés caminó en el desierto antes de que Dios los llevara, a él y a su tribu, a la “tierra prometida”». Además: «La mayoría de la gente no está dispuesta a caminar por 40 años porque le es más fácil encontrar un empleo y conformarse con un cheque de nómina».
«Nunca encuentran la “tierra prometida”, la tierra de la abundancia, la leche y la miel, el Jardín del Edén, el paraíso en la Tierra». Abandonan su búsqueda de aquello para lo que nacieron y nunca encuentran a su familia espiritual.
Para mi hermana, la prueba de fe era el budismo. La mía era el capitalismo. Por segunda vez en mi vida quería averiguar si contaba con lo necesario.
El año 2014 marcará 40 años de mi caminata en las secciones D e I para encontrar mi propia tierra prometida. En 2014 descubriré si fui lo suficientemente fuerte en mi prueba de fe.
En 1981, a pesar de toda mi sabiduría y buenas intenciones, me encontraba divorciado y en bancarrota. Había construido y perdido mi primer negocio, y me había casado y divorciado de mi primera esposa. Había probado el éxito, había construido la compañía que inventó y llevó primero al mercado las carteras de nylon y Velcro® para surfistas. El negocio pronto se transformó en una compañía que manufacturaba productos para bandas de rock como The Police, Van Halen, Boy George, Duran Duran, Iron Maiden y otros. Fui millonario por cerca de un año. Me había enamorado y estaba casado con una gran mujer.
Pero permití que la riqueza, el éxito, la lujuria y el amor se me subieran a la cabeza. Me volví altanero y arrogante, compré autos veloces y comencé a engañar a mi esposa. Mis cualidades se habían convertido en defectos y comenzó la autodestrucción. No pude cumplir mi palabra respecto a trabajar en el desarrollo de mi carácter, y mi «yo» tomó el control.
Era el mismo comportamiento que me había metido en problemas en la Marina. Se hizo obvio que necesitaba una búsqueda interna muy profunda si quería retomar la fuerza para enderezar mi vida. Todos hemos visto a gente caer de la nube por sus defectos, desde muy alto, y más de una vez.
Lo triste era que yo ya conocía la fuerza de las palabras y la importancia de cumplir con la mía. Lo había escuchado una y otra vez en todos los seminarios a los que había asistido a lo largo de los años. También cuando era niño, en la escuela dominical.
«Y la palabra se hizo verbo», decía la frase, pero nunca la relacioné con mi vida en aquel entonces. No obstante, en el estado vulnerable en que me encontraba en 1981, comprendí el significado de esas palabras. De repente estallaron, atravesando mi cabeza como un choque eléctrico.
¿Era posible que algo tan sencillo como las palabras llevara en sí tanto poder? ¿Podía ser que algo tan simple pudiera determinar la calidad de nuestras vidas? ¿Acaso éstas son simplemente un reflejo de nuestras palabras?
¿Podía ser así de simple?
Estaba atónico y me intrigaba si la diferencia entre una persona rica y una pobre era simplemente sus palabras. ¿La diferencia entre una persona feliz y una deprimida podría ser las palabras que se repetían a sí mismas? ¿La diferencia entre un sinvergüenza y una persona honesta era simplemente una elección de palabras? ¿También marcaban la diferencia entre un millonario y un multimillonario?
Cuando pensé en ello en términos más prácticos, comprendí que la diferencia entre un dentista y un abogado (ambos inteligentes, y bien capacitados), era las palabras que usaban en su profesión. Mientras más lo analizaba, el poder de las palabras se hacía más evidente. También entendí que nos convertimos en nuestras palabras.
El flash de lucidez duró como un minuto. Después de eso regresé a mi pensamiento normal. El impacto fue menguando, pero nunca olvidé el mensaje. En términos simples, parecía que nuestro cerebro era como un motor en un auto, y las palabras eran el combustible. Si poníamos combustible malo en el motor, éste no funcionaría bien. ¿Acaso sucedería lo mismo en la relación de nuestra mente con las palabras?
Comprendí que mi palabra —es decir, mi habilidad de cumplir un acuerdo o la carencia de ésta, junto con las palabras que decía—, se había transformado en carne, en verbo. Yo era el producto de mis palabras y lo había perdido todo. Ahora mi monólogo, las palabras dentro de mi cabeza, decían que mi vida era un desastre. Tenían razón.
Me estaba convirtiendo en aquello como me llamaba a mí mismo: perdedor.
Con una comprensión real de que necesitaba un cambio y ayuda para lograrlo, fui a buscar un nuevo maestro y nuevas respuestas. Ese año, 1981, conocí y comencé a estudiar con el Doctor R. Buckminster Fuller.
Después de mi padre pobre y mi padre rico, el Doctor Fuller fue la tercera mayor influencia en mi vida. La gente lo ha considerado una de las mentes más originales del siglo XX. Era un futurista, escritor, inventor y filósofo. Muchas de sus predicciones se han hecho realidad en nuestro tiempo. El Doctor Fuller también tenía su opinión respecto a las palabras.
EMI: ELECCIONES
Robert dice que la gente escucha las palabras pero no entiende el mensaje. Los cristianos hablan de que «la palabra se hizo verbo». Él se pregunta: «¿Será posible que algo tan simple como las palabras pueda determinar la calidad de nuestras vidas? ¿Será que éstas son solamente un reflejo de nuestras palabras?». Robert reflexiona sobre las palabras que usamos en nuestra profesión.
De la misma forma, creo que las palabras son un reflejo de nuestra mente y una llave a nuestras creencias.
Él se pregunta si la diferencia entre una persona rica y una persona pobre es el vocabulario. El vocabulario es un reflejo de nuestra mente y de nuestro estado mental. Cuando usamos la jerga de la profesión, también encarnamos las características de la propia actitud mental respecto a nuestra situación en la vida, relaciones sociales y vínculo con la riqueza. En cada profesión hay gente apabullante o discretamente exitosa, próspera y famosa. También hay quienes son oscuros, pobres y tienen problemas en su trabajo. Sucede igual con los políticos, los hombres de negocios, los campesinos y los monjes.
Si alguien me hubiera dicho en la preparatoria que me convertiría en monja al crecer, me habría desmoronado. Ser monja nunca fue un pensamiento en mi mente. Cuando estaba en la universidad, me especialicé en psicología y pedagogía. Pero yo era una caminante, buscar era parte de mi vida.
Mi hermano, por otra parte, estaba más enfocado.
Siempre que pensaba en mi futuro me sentía atraída a las ciencias sociales, pero mi papá me desalentó. Fue más fácil para mí ceder que defender mi posición. Sugirió que me involucrara en ciencias más emocionantes en lugar de las «pseudociencias». Así era como él llamaba a la psicología. Robert era lo opuesto. Cuando papá le preguntó: «¿Por qué quieres ser marino?», Robert simplemente fue y lo hizo. A él no le importaban la aprobación y los permisos.
Ambos fuimos muy rebeldes, cada uno a su manera. Robert sólo hizo lo que quería. Yo seguía buscando en silencio, explorando nuevos estilos de vida y caminos. Aprendiendo sobre la vida. Ésa era la gran diferencia entre nosotros. Hasta 1968, cuando me embaracé.
Cuando Erika nació y comencé a criarla, hubo muchas lecciones que entender. Tuve que aprender a cuidarla y a mantenernos. Y mientras lo hacía, seguí tratando de comprender la vida.
Cuando Erika y yo nos mudamos a las montañas de Hawai, comencé a recibir ayuda de la beneficencia social. Si Robert se hubiera enterado de eso, se le habría roto cada uno de los huesos. Todavía me apena recordarlo ahora. Mi papá siempre pensó que el gobierno debía cuidar de nosotros, aunque no creo que haya estado pensando en la beneficencia social. Él sabía que yo recibía la ayuda, pero nunca hablábamos sobre eso. Su pregunta habría sido: «¿Por qué no consigues un buen empleo en el gobierno que incluya una pensión?», justamente como le había dicho a Robert: «Quédate en la Marina y asegúrate un buen retiro».
Ésas eran formas aceptables en que el gobierno podía ayudarnos. Pero la beneficencia, no lo era.
Yo sentía que era justificable aceptar beneficencia. Me decía a mí misma que lo merecía porque estaba haciendo «buen trabajo» para otros. Estaba estudiando espiritualidad. Con el dinero que recibía del gobierno ayudaba a otros. Hacíamos casas con domos, tinas de madera para agua caliente, y trabajábamos con cualquiera que deseara unirse. Por ahí pasó mucha gente extraña.
Yo era parte de una comunidad. Estaba buscando una utopía perfecta, mi paraíso en la Tierra. Y lo hacía con un grupo que pensaba igual que yo. Teníamos mucho en común y, desafortunadamente, uno de esos rasgos comunes era que todos recibíamos ayuda del gobierno. Juntos justificábamos nuestro comportamiento y, pensándolo bien, ahora veo que acepté la ayuda gubernamental porque era un patrón bien recibido entre la gente que me rodeaba.
Mis ideas sobre la beneficencia comenzaron a cambiar cuando encontré a una mujer que había sido hermana mía en una comunidad. Me dijo que desde que el gobierno daba dinero a las madres solteras con hijos, su plan había sido seguir teniendo niños.
Me molesté.
Dentro de mí sabía que era incorrecto. Varios meses después tuve otra llamada de atención cuando fui a solicitar cupones de comida a una oficina del gobierno en Honolulu. El lugar estaba lleno de gente y de nuevo el destino me hizo una jugada. Mi trabajadora social resultó ser otra hermana. Ella tenía que verificar que yo necesitara los cupones. Me sentí muy avergonzada. Con frialdad, me dijo: «Todos atravesamos altibajos en la vida». Era una frase con mucha carga. También fue una señal más de que tenía que cambiar, tomar el control y escapar de la mentalidad de la beneficencia.
Cuando Erika tenía cuatro años, abandoné la beneficencia y decidí nunca volver a caer en esa situación. Fue difícil porque me importaban mucho mis estudios. La mayoría del dinero que ganaba lo utilizaba en niñeras y en seminarios de desarrollo personal y espiritual. Fue difícil en lo financiero porque sabía que tenía que tomar esas clases. Pero descubrí que para ser congruente con mi sendero espiritual, debía seguir la ética y rechazar la beneficencia. Por mi bien y el de mi hija.
La ayuda del gobierno estaba matando mi espíritu.
Además, mi actitud respecto a la beneficencia causaba un conflicto con mi deseo de obtener libertad espiritual. Buda nos enseña que tenemos el potencial de ser libres y que debemos trabajar en ello. Incluso, el término «Buda», significa «despierto». Un Buda es alguien que ha purificado todos los «velos e ideas falsas» y que ha logrado excelentes cualidades de virtud. Era hora de que yo removiera mis propios velos e ideas falsas para convertirme en una mejor persona.
El budismo me atraía por las maravillosas enseñanzas y la claridad de los maestros que nos mostraban cómo aplicarlas. Otra razón para acercarme al camino budista fue que la mayoría de los maestros que conocí eran gentiles, felices, tenían un gran sentido del humor y celebraban la vida. Yo quería cultivar esas cualidades en mí misma.
Tuve que aprender a confiar en mis instintos espirituales y seguir los profundos principios éticos que nuestros padres nos habían inculcado, en lugar de depender del gobierno. Creí que al seguir mi camino espiritual encontraría lo necesario. Pero también me aseguré de no estar cambiando a una institución por otra. Esta vez, mi camino tenía que ser propio y debía recorrerlo con los ojos abiertos.
Cuando tomé la decisión de trabajar en Alaska para ganar suficiente dinero e ir a estudiar a la isla, le pedí a mi exesposo que cuidara a Erika un año. Estuvo de acuerdo, así que regresé a Hawai de Colorado mientras él la inscribía en una escuela japonesa budista en Honolulu. La decisión de dejarla iba en contra de lo que yo consideraba ser una buena madre. Ella deseaba con vehemencia acompañarme a la India. Desgraciadamente, yo sabía que no tenía suficiente dinero para hacer el viaje juntas, y mucho menos para mantenerla estando allá.
También me preocupaba su salud y la posibilidad de exponerla a enfermedades. Después de todo, era sólo una niña. Sin embargo, la verdad es que quería llevarla conmigo, que experimentáramos India juntas por primera vez. Pero financieramente no era posible y ésa fue una parte del sacrificio.
Mis decisiones de dejar Colorado, ir a Alaska y luego viajar a la India, le parecían absurdas a la gente que me rodeaba. Mi exesposo pensaba que irme era irresponsable y que yo era muy inestable. Mi papá también estaba muy preocupado, mamá quería que yo fuera una «buena chica», pero mis acciones los confundían frecuentemente. Mis padres querían una vida llena de seguridad y garantías. Pero yo tenía mi propio camino y, aunque sabía que tal vez no encontraría lo que estaba buscando, estaba dispuesta a correr el riesgo.
Tenía la gran necesidad de ir a un lugar y, por primera vez en mi vida, no iba a permitir que la desaprobación de otros me detuviera. Me iba a mover con o sin permiso. Sabía lo que quería y no había duda en mi mente ni en mi corazón. Tenía que ir a la India a estudiar, aunque eso significara hacer a un lado mi papel de madre por más de un año.
Ahora comprendo que era «mi llamado», y que estaba buscando el bienestar espiritual. En aquel entonces sentía como una carga de energía eléctrica dentro de mí diciéndome que debía ir. Era un llamado, una atracción tan fuerte que sabía que estaba escogiendo el camino correcto. A veces los llamados implican sacrificios y desafíos, y para mí era ciertamente así. A cierto nivel sentía una enorme gratificación, pero había otra parte que estaba fuera de equilibrio. Erika quería estar con su madre, como todos los niños, pero mis limitaciones económicas y mi deseo de estudiar en la India y en otros lugares nos hicieron separarnos. Al verlo ahora, sé que me perdí de maravillosos momentos mientras ella crecía. Estar presente y criarla habría sido muy bueno para ambas.