
Nuevas respuestas
a viejas preguntas
La guerra y los desastres naturales entraron en nuestra familia por la fuerza. Sus imágenes y realidades influyeron en nosotros y nos definieron. En muchos sentidos, la explosión nuclear que presenciamos convirtió la vida en algo aún más precioso que no podíamos dar por hecho. Probablemente no hubiéramos comenzado a buscar nuestras propias respuestas sobre la vida y sobre Dios (si es que existía), si el fantasma de la destrucción global y de la Guerra de Vietnam no hubiera aparecido.
Aunque fuimos bautizados como cristianos, casi no se hablaba sobre Dios en casa. Solamente orábamos para agradecer antes de las comidas y en ocasiones especiales como el Día de Gracias, Navidad y Pascua.
Mamá asistía con fe a la iglesia, pero fue a diferentes templos durante su vida. Aunque pasaba la mayor parte del tiempo en la Iglesia Metodista de Hilo, en Navidad se acercaba a la iglesia que tuviera el mejor director y coro. Esa época del año le gustaba mucho y adoraba cantar «El Mesías» de Handel. Desde un mes antes de Navidad, nuestra casa reverberaba con el sonido de un disco de 33 rpm del «Coro Aleluya», una y otra vez.
Un recorte del periódico Honolulu Star-Bulletin sobre Marjorie Ogawa Kiyosaki. Mamá logró muchas cosas durante el tiempo que estaba ocupada criándonos.
Papá casi no iba a la iglesia, pero una de las memorables ocasiones en que asistió fue cuando mamá cantaba con el coro. A él le gustaba trabajar en el jardín, hacer su arte y leer libros. Parecía que encontraba paz en la soledad.
Nuestros padres insistieron en la educación tan poco como lo hicieron en la religión. Aunque nuestro padre algún día se convertiría en el superintendente de educación del estado de Hawai, nunca nos presionó ni nos habló sobre la importancia de la escuela. Si llegábamos a casa con malas calificaciones, no decía mucho. Se aseguraba de estar ahí para ayudarnos con la tarea —pero sólo si se lo pedíamos. Ni siquiera nos molestó con las presiones comunes que los padres ejercen para asistir a la universidad y convertirnos en doctores o abogados. Nuestros padres nos permitieron buscar respuestas de acuerdo con nuestros intereses.
Éste era el tipo de ambiente familiar que moldeó el futuro de los cuatro niños Kiyosaki.
ROBERT: PÉRDIDA Y TRAICIÓN
En 1970, nuestro padre, que entonces era superintendente escolar, dio el paso más grande de su vida. Contendió como republicano por el puesto de gobernador del estado de Hawai. Fue un salto suicida, ya que Hawai había sido un bastión de los demócratas y los sindicatos. Tenía muy pocas oportunidades de ganar.
Antes de hacer el gran anuncio, nos llamó para explicarnos por qué daría ese paso político tan desastroso. Era una decisión difícil ya que competiría contra su jefe, el gobernador del estado de Hawai. Si perdía, ya no tendría su empleo como director de educación. Era un puesto por el que había trabajado toda su vida. No obstante, habló de sus razones con sus hijos y su esposa.
«Llega un momento en nuestra vida en que tenemos que levantarnos y hacer lo correcto… o no actuar». Continuó diciendo: «Yo no puedo seguir en mi trabajo y no decir nada sobre la corrupción de esta máquina política. Si gano, tendré la oportunidad de hacer algunos cambios. Si pierdo, por lo menos podré verme al espejo y saber que defendí algo que consideré correcto».
Nos dijo que ésa era la razón por la que renunciaría a su empleo y arriesgaría todo por lo que había trabajado. Nos advirtió que la campaña se tornaría desagradable y sucia, y que las cosas que se dirían sobre él no eran verdad. También previó que habría intentos de desacreditarlo a él y, posiblemente, a toda la familia.
Éste es un recorte de prensa del Star Bulletin de Honolulu que anuncia que Ralph Kiyosaki renunció a su cargo como superintendente escolar para ser candidato a vicegobernador, una carrera casi imposible de ganar. Siempre quiso brindar lo mejor a su comunidad. Este suceso cambió a mi padre y a la familia para siempre.
A pesar de todo, nos preguntó: «¿Cuento con su apoyo?».
Todos estuvimos de acuerdo en que lo apoyaríamos si ganaba o perdía.
El Partido Republicano le aseguró que si perdía la elección le conseguiría un empleo muy bien pagado. Tras su derrota, el empleo nunca se materializó. Había quedado desempleado a los 51 años. Poco después de la elección, nuestra madre murió a los 49. Era como si la derrota y la caída de la prominencia política de mi padre, la hubieran afectado mucho más que a su esposo.
Aparentemente, perder la elección y a su esposa, fueron parte de un trauma emocional que lo abrumó. Aunque aún era un hombre relativamente joven, nunca pudo enderezar su carrera profesional de nuevo.
Hasta la elección, su vida se había podido leer como un libro de texto sobre el éxito. Fue el estudiante con las calificaciones más altas, presidente de su clase, dio el discurso de despedida en su graduación y obtuvo su título de licenciatura en tan sólo dos años. Mientras progresaba en el sistema educativo, continuó sus estudios de posgrado. Asistió a la Universidad Stanford, a la Universidad de Chicago y a la Universidad North-Western. Estuvo muy cerca de obtener su doctorado.
El primer golpe verdadero de su vida fue perder la elección para vicegobernador. Antes de eso todo había sido éxito para él. Después de la política, se metió al mundo de los negocios y muy pronto descubrió que el éxito escolar no es el mismo que el éxito en los negocios. En pocos años, su dinero para el retiro y sus ahorros se agotaron.
Murió en 1991, a la edad de 72 años; había pagado un precio muy alto por defender sus convicciones. Justo antes de morir, la Universidad de Hawai le entregó un título de doctorado honorario y lo reconoció como uno de los educadores más importantes en la historia del estado. A pesar de que estaba debilitado por los efectos de la quimioterapia, insistió en ir a la ceremonia y lloró mientras agradecía a sus colegas el nombramiento.
La pérdida de la elección y la muerte de mamá tuvieron lugar en 1971, justamente cuando fui enviado a Vietnam. Deseaba estar en casa para ayudar en la campaña y brindar mi apoyo moral, pero la escuela de vuelo en Florida no daba mucho tiempo libre. Sólo obtuve cinco días de permiso oficial para asistir al funeral de mamá en Hawai.
El fracaso político de mi padre le dejó un mensaje sombrío a toda la familia. Más que una elección perdida, fue un ejemplo de nuestra impotencia para cambiar las cosas, para arrebatar el poder a quienes lo tienen. Como sabemos, la política puede ser un sistema muy corrupto. Cuando nuestro padre fue candidato, sabíamos que era un buen hombre y deseaba que las cosas mejoraran. Estaba cansado de la corrupción tras bambalinas en el estado del Hawai. Su aplastante derrota nos señaló la dura realidad: ser una buena persona con buenas intenciones no es suficiente. En especial si te enfrentas a las arraigadas y pudientes estructuras de poder.
Póster de campaña para la infortunada candidatura a vicegobernador.
En enero de 1972, me asignaron a un portaviones al sur del Mar de China. La escuela había terminado y mi verdadera educación estaba por comenzar. Un año más tarde, en enero de 1973, ya era una persona diferente. Después de un año en combate volví a Estados Unidos, muy perturbado por la experiencia de la guerra. Afortunadamente, no estaba traumatizado y no tenía cicatrices emocionales. Aunque sé que hubo gente que murió debido a mis acciones, nunca maté a nadie directamente. Desde el punto de vista de un piloto de helicópteros, la guerra puede ser estéril, casi surrealista. Nunca vi a mis enemigos frente a frente. Nunca vi sus cuerpos al final de la batalla. Cada noche volaba a casa, al portaviones. Tomaba un baño caliente, cenaba, veía una película y dormía en una acogedora cama en una habitación con aire acondicionado en la playa, lejos del peligro.
Sin embargo, descubrí que siempre estaba de mal humor. Creo que algunos de los problemas que hicieron a mi padre involucrarse en la política, también me molestaban en Vietnam. A la mitad del viaje se me ocurrió la enfermiza idea de que nos estaban mintiendo. Comprendí que Estados Unidos no tenía la bandera blanca. No éramos los chicos buenos, no éramos inocentes. Los vietnamitas no nos recibían con los brazos abiertos. Yo no era John Wayne y no éramos héroes.
Sentí como si se hubieran aprovechado de mi patriotismo y que, además, habían explotado mi ignorancia. Las preguntas me asaltaban implacables.
¿Estaba luchando por Estados Unidos o por corporaciones multinacionales y sus inversionistas?
¿Estaba luchando por la libertad o matando por dinero?
¿Les estaba haciendo a los vietnamitas lo mismo que habían hecho anteriormente los soldados a los indios americanos o a los hawaianos?
¿En verdad éramos diferentes a los cruzados cristianos y los musulmanes árabes de la Edad Media, que se mataban unos a otros en nombre de su Dios?
La patraña política que aparecía en los periódicos nos decía que estábamos luchando por los corazones y las mentes de los vietnamitas, no por Dios o por dinero. En la zona de combate nos esforzábamos por hacernos amigos de los vietnamitas y ser gentiles. Son gente verdaderamente maravillosa. El mayor problema fue que nunca supimos a quién teníamos que dispararle. A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, aquí el enemigo no tenía que usar uniforme y luchar de acuerdo con las reglas. Fue difícil ser gentil con un niño o una mujer y, al mismo tiempo, tener que estar preparado para matarlos.
Los norvietnamitas lucharon contra nosotros usando uniformes estadounidenses. En muchas ocasiones, cuando volábamos con vietnamitas a bordo, el jefe de mi comando tenía que observar muy de cerca a las tropas que transportábamos. Nunca sabíamos de qué lado estaban esos soldados en realidad. Comencé a preguntarme: «Si somos los buenos, ¿por qué nos odian los vietnamitas? ¿Qué no entienden que estamos luchando por su libertad?».
Un día, tras una batalla particularmente desastrosa, le pregunté a mi oficial al mando: «¿Por qué los vietnamitas del Norte pelean con más ahínco que los nuestros, los del Sur?», había unos 40 pilotos cansados y descorazonados en la instalación donde nos encontrábamos, por lo que mi pregunta no fue bien recibida.
Unos días después, en una reunión informativa similar, un piloto dijo: «No te preocupes, vamos a ganar esta guerra. Dios está de nuestro lado».
De inmediato, otro piloto metió su cuchara y dijo: «Pues avísale a Dios pronto, porque nos están pateando el trasero».
Todos los pilotos rieron con nerviosismo.
Además de la filosofía patriótica que nos indicaba que estábamos luchando por la democracia y la libertad, siempre había un trasfondo religioso en nuestra misión. Antes de llegar a Vietnam nos dijeron que pelearíamos contra los comunistas y que los comunistas no creían en Dios.
Muchos de los pilotos en verdad creían que estábamos luchando por Dios y que Él estaba de nuestro lado. Un piloto llegó a usar un parche bordado que decía: «Mata a un comu por Cristo».
El comandante de nuestro escuadrón le ordenó retirar el parche.
Pude ver con mis propios ojos que la mayoría de los vietnamitas era gente muy religiosa. Puede ser que no creyeran en el mismo Dios que nosotros, pero sí creían en Él. En las casas se exhibían diferentes símbolos religiosos y en las ciudades más grandes había magníficas catedrales católicas.
Después de algún tiempo, también comencé a preguntarme quién jalaba las cuerdas. ¿Quién estaba agitando las cosas? ¿Quiénes eran los titiriteros? ¿Quiénes podían lograr que los hombres se mataran entre sí? Entre más pensaba en eso, menos podía odiar a mi oponente. Comprendí que los soldados enemigos eran iguales a mí; peleaban en contra de los inventos del patriotismo sin conocer la verdad íntegra. La mayoría peleaba contra mí porque yo peleaba contra ellos y pensaba que era lo correcto. Ellos creían lo mismo. Muy pronto fue evidente que lo que causa la guerra es una necesidad de estar en lo correcto y asumir que los demás se equivocan.
Sentado solo en la noche, en un portaviones en el mar, tuve mucho tiempo para pensar. Yo había juzgado duramente a todos mis compañeros de clase que evadieron su reclutamiento. El mero hecho de que hubieran buscado cualquier forma posible de evitar su servicio al país, me había hecho pensar que estaban equivocados. También había asumido que, al unirse a los Cuerpos de Paz, mis padres habían cometido un error. Pasaba lo mismo con mis hermanas y sus protestas contra la guerra. Comprendí que yo era el único que parecía estar en lo correcto. ¡Cuán acertado creía ser porque tenía valor y patriotismo, por estar luchando por mi país!
Esa noche se volvió claro que todos estábamos trabajando con el mismo fin: la paz. Comprendí que también mi rival estaba luchando por la paz. Sentado ahí, me pareció que era una locura que nosotros, los humanos, invirtiéramos tal cantidad de recursos en peleas y matanzas en pro de la paz.
Cuanto más reflexionaba sobre el tema de la guerra, más comprendía que ésta siempre sería parte de la condición humana. Mientras continuáramos pensando en términos de correcto e incorrecto, habría guerras, peleas, disputas y discusiones. Si no eran guerras entre países, entonces serían políticas, religiosas y de negocios. Incluso entre los cónyuges, los amigos y las familias.
En aquella oscura noche con viento, sentado en la cubierta del portaviones, terminó mi guerra contra los vietnamitas, y comenzó la búsqueda de mi paz interna. Supe que para encontrarla, debería controlar la furiosa guerra dentro de mí.
En 1974, la Marina levantó cargos contra mí y me amenazó con formarme Consejo de Guerra. Para entonces me había cansado de ser el niño bueno. Porté uniforme militar por casi diez años, cuatro en la academia y seis como marino. Estaba cansado de seguir órdenes. Después de haber volado en combate por un año, de enfrentar la muerte, de estrellar tres veces mi helicóptero y sobrevivir, era más audaz. Creía que era invencible, un súperhumano. Confiaba demasiado en mis habilidades, o tal vez debería decir que confiaba en poder salirme con la mía siempre.
Los cargos que enfrentaba no me parecían demasiado serios. Era muy fiestero y me encantaba divertirme. En lugar del introvertido y educado joven que había partido de Hilo en 1965, era un hombre con su lado oscuro totalmente expuesto. Mi crimen era ir a Waikikí, iniciar conversaciones con mujeres atractivas en los bares y preguntarles si les interesaba ir en mi helicóptero a una isla desierta. Al principio pensaban que estaba bromeando, pero no era difícil convencerlas de que hablaba totalmente en serio, especialmente porque los otros hombres en esa época tenían el cabello largo y yo usaba corte militar.
Los viernes por la noche sacaba un helicóptero del escuadrón, volaba a una playa cercana y llenaba la nave con cerveza y mujeres. A quince minutos de distancia, en un corto vuelo sobre el agua hacia una isla desierta, aterrizaba con mi copiloto en las islas vírgenes más bellas del mundo. Era como un paraíso en la Tierra, era un estilo de vida delirante.
Regresábamos el domingo por la noche.
En una ocasión, tras dejar a las chicas, aterricé en el escuadrón. En cuanto apagué el motor, tres carros de un escuadrón de la Policía Militar (MP, por sus siglas en inglés), se estacionaron cerca del helicóptero. Abrí la portezuela y lo primero que cayó fueron latas de cerveza que rodaron sobre el asfalto. Después caí yo, un marino de Estados Unidos que en lugar de vestir traje de vuelo a prueba de fuego, tenía puesto un traje de baño y sandalias de goma.
Eso fue bastante malo, pero después se puso peor, cuando los policías militares descubrieron una hielera llena de langostas, un ciervo muerto al que le había disparado desde el aire y ropa interior de mujer en el compartimiento del pasajero, por alguna razón, no notaron lo gracioso de la situación.
De inmediato fui relevado de mi estatus de vuelo y tuve un arresto domiciliario, lo cual no estuvo tan mal porque vivía en Waikikí. Muchos estarían de acuerdo que Wakikí se parece bastante al paraíso. Los abogados militares prepararon su caso contra mí durante cinco meses. Ocasionalmente me llamaban para hacerme preguntas. El problema fue que había mentido. De hecho, tuve que hacerlo una y otra vez para encubrir mis mentiras anteriores. En poco tiempo me fue imposible mantener mi historia.
Los marinos me enseñaron a dar mi vida voluntariamente a algún propósito superior y a no temer. La Marina fortaleció mi carácter, pero lo que se consideraba valor en Vietnam, en casa lo veían tan sólo como imprudencia. Mi carácter se había convertido en un defecto. Mis cheques personales y estados de cuenta se habían esfumado, y vivía la vida sin consideración alguna para los demás y sin respetar la ley.
Lo hacía sencillamente porque creía que podía.
Dicen que el carácter marca el destino, pero también nuestros defectos lo hacen.
Aquel mismo año, las audiencias del Watergate llevaron a la renuncia del presidente Richard Nixon. La Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos había iniciado el procedimiento para impugnarlo por delitos cometidos en el desempeño de sus funciones. Los cargos que le imputaron incluían obstrucción de la justicia, abuso de poder e incumplimiento con los citatorios del congreso. El 5 de agosto de 1974, el presidente admitió haber ordenado al FBI detener la investigación del allanamiento en Watergate. Nixon renunció el 9 de agosto, convirtiéndose en el primer presidente de la historia en hacerlo.
El vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, renunció antes, en 1973, después de que se difundiera evidencia de corrupción política. Más adelante, reclamó su derecho a no contestar los cuestionamientos que lo podrían incriminar por los cargos de evasión de impuestos. El vocero de la Cámara de Representantes, Gerald Ford, se convirtió en vicepresidente tras la renuncia de Agnew en 1973. El presidente Nixon renunció después, en 1974. Una de las primeras cosas que hizo el presidente Ford fue otorgar un perdón absoluto a Nixon. De esta forma, Gerald acabó con cualquier posibilidad de procesarlo legalmente.
Mientras se divulgaba el escándalo de Watergate, a mí me estaban dando de baja con honor de la Marina. Parecía como si la corrupción que había alentado la candidatura de mi padre estuviera siendo expuesta. Por fin, mucha de la corrupción que había presenciado en Vietnam salió a la luz.
«Finalmente», pensé, «está llegando la integridad al sistema. Tal vez sí hay gente honesta en el gobierno».
Cuando el presidente no electo, Gerald Ford, perdonó a Nixon y le dio inmunidad, se acabó mi fe en el gobierno y en los procesos políticos.
Estaba desilusionado.
Comencé a buscar nuevas respuestas a viejas preguntas, como: ¿Acaso no tengo poder como individuo?
Pensé que había asistido a la escuela para obtener algo de poder. Cuando era joven, había escuchado al presidente y general Dwight D. Eisenhower advertir al mundo sobre el poder del complejo industrial militar. En Vietnam había visto de cerca lo que le preocupaba al presidente Eisenhower. El complejo industrial militar había tomado el control. Yo fui a la escuela y ahí me entrenaron para ser un soldado y empleado de este complejo.
Después de vivir una guerra inútil, me preguntaba si alguno de nosotros tenía el poder de traer paz al mundo.
¿Por qué gana la gente deshonesta?
Me parecía que ese poder hacía que las cosas fueran correctas. Pensaba que si obtenía ese poder, estaría por encima de la ley. No tendría que obedecer las reglas. Podría jugar bajo mis propios términos.
A Nixon lo perdonaron y al presidente Kennedy lo asesinaron. Me pregunté si la honestidad en realidad era la mejor política. Parecía que con el crimen se podía obtener más. Las preguntas engendraron más preguntas. ¿Por qué le sucedían cosas malas a la gente buena?
¿Puedo hacer que las cosas cambien?
Mamá y papá siempre trabajaron duro para ayudar. Es por ello que, además de tener empleos de tiempo completo, fueron voluntarios de la Cruz Roja, de Protección Civil y de los Cuerpos de Paz. Creían que sus vidas hacían una diferencia, aunque fuera pequeña.
Yo me había unido a la Marina para lograr un cambio. Ahora tenía preguntas que necesitaban respuestas. Quería saber qué podría hacer yo para cambiar las cosas, aunque fuera solamente un poco.
¿Existe Dios?
Me preguntaba por qué Dios no era justo, por qué sólo algunas personas eran ricas y muchas otras pobres, por qué algunos nacían con más salud, por qué Dios parecía ser cruel con algunos y bendecir a otros.
¿Por qué muere más gente en el nombre de Dios?
¿Por qué yo era tan ordinario?
A los 25 años comprendí que no tenía ningún talento especial. Era una persona promedio. No era aplicado en la escuela, no era un atleta talentoso. ¿Cómo podía llegar a tener éxito si era sólo promedio?
¿Debía encontrar mis propias respuestas?
Para 1974 había hecho lo que mis padres y la sociedad habían recomendado: fui a la escuela, asistí a la iglesia, serví militarmente, voté y tenía un trabajo. Pero en ninguna de esas instituciones había encontrado las respuestas que buscaba.
Volé en Vietnam de enero de 1972 a enero de 1973. Cuando terminó mi viaje fui asignado al escuadrón marino en la Bahía de Kaneohe, en Hawai.
En junio de 1974 fui dado de baja con honor de la Marina.
Estados Unidos perdió la guerra en 1975. Aunque la Guerra de Vietnam había terminado, mi conflicto personal continuaba. En ese tiempo aún no sabía cuánto me había perturbado ir a Vietnam.
EMI: LA ESPADA CORTA
Cuando Robert se fue a Nueva York para estudiar en la Academia de la Marina Mercante de Estados Unidos, en 1965, la estable dinámica familiar comenzó a cambiar. Papá había descuidado la burbuja que protegía a la familia. Y la burbuja comenzaba a desintegrarse.
En 1966 me gradué de la preparatoria y fue mi turno de abandonar el aletargado pueblito de Hilo. Mi destino eran los dormitorios de la Universidad de Hawai y la gran ciudad de Honolulu. Incluso el cambio a otra isla fue considerable para mí. De cualquier forma, me adapté, hice nuevos amigos y perdí el contacto con mis conocidos en Hilo. Después de dejar el pueblo, me pareció que no tenía muchas cosas en común con la gente de ahí.
En 1967 papá fue nominado por la Junta Educativa para ser superintendente de educación del estado de Hawai.
El resto de la familia empacó y se mudó a Honolulu. Fue un cambio difícil para mamá, quien se hacía cargo de todo. Mi abuela paterna estaba enferma, por lo que tuvimos que volar varias veces a Maui para ayudarla. Recuerdo bien que papá dijo que tomaría el cargo de superintendente por tres años.
Logró mucho durante ese tiempo y constantemente aparecía en los periódicos. Había colaborado en la reestructuración y presentó nuevas ideas para las escuelas; también revitalizó las viejas costumbres que detenían la educación de los niños. En Kona, muchas escuelas iniciaban las clases en diciembre porque en los meses de otoño se empleaba a los niños para levantar granos de café. Papá convenció a los granjeros locales de permitir a los niños continuar con sus estudios y presionó para que el comienzo de clases del nuevo año escolar fuera en septiembre. También viajó en bote para ir a la isla privada de Niihau, donde alentó a los líderes para que permitieran a los niños ir a la escuela de Kamehameha, en Honolulu, y así mejorar sus oportunidades educativas. Asimismo, ayudó a acabar con la costumbre de los matrimonios interfamiliares que había operado por generaciones y que ocasionaban malformaciones genéticas.
Honolulu era una ciudad llena de oportunidades. Durante mis estudios pude asistir a montajes teatrales y series alternativas de cine. Leí libros de autores y dramaturgos intrigantes. Un nuevo mundo se había abierto para mí en la ciudad. En mi primer año en la universidad conocí a un chico de Long Island, Nueva York. Venía de un pueblo cercano a la academia en donde mi hermano estaba estudiando. Bob Murphy era un atractivo italoirlandés y tenía ojos encantadores. Era divertido y bailaba muy bien; nos hicimos amigos. Después de algún tiempo volvió a Nueva York y nos escribimos cartas durante el verano del primer año.
Durante mi estadía en la universidad descubrí mis pasiones y tuve despertares gracias a amigos e intereses externos. En realidad no fue en los salones de clase, y eso se notaba en mis calificaciones. Hacia el final de mi segundo año, mi estancia en la universidad corría peligro. Decidí que necesitaba un descanso de la escuela.
Por supuesto, me daba vergüenza confesar a mis padres mi situación académica porque, ¡vaya!, mi padre era el superintendente escolar del estado. Finalmente les di la noticia y, tal como me lo esperaba, no los hizo felices. Sin embargo, me permitieron buscar mi propio camino, como siempre.
Me dieron la oportunidad de irme y hacer lo que verdaderamente deseaba, en lugar de cumplir con lo que otros esperaban de mí. La nueva contracultura hippie me convocaba, y San Francisco también. Así que en el verano de 1968 aproveché mi primera oportunidad de abandonar Hawai y viajar. Permanecí durante todo el verano y el otoño en Berkeley, California, batallando con el frío.
Un día recibí una llamada sorpresa de Robert. El barco en que viajaba había hecho una parada en San Francisco. Tomé un autobús y fui a encontrarme con él en la ciudad. Quería llevarme a comer y, siendo una hippie pobre de la ciudad, estaba preparada para meterme en el primer merendero o restaurante que viéramos. Pero como Robert siempre fue amante de la buena comida, sugirió caminar más y encontrar un buen lugar. Él portaba su uniforme blanco de la Academia de la Marina Mercante. Nos dirigimos a Fisherman’s Wharf.
Mientras caminábamos nos acercamos a tres hippies de cabello largo y barba. Se movieron de la pared y del poste de luz en que estaban recargados, se acercaron a Robert y hablaron con él. El contraste entre el militar trasquilado y los hippies greñudos, era evidente. Cuando la conversación terminó y seguimos caminando, Robert me dijo que ¡dos de ellos habían dejado la academia para ir a vivir a San Francisco!
Era un tiempo sorprendente en la Costa Oeste. Los Beatles acababan de regresar de la India y estaban popularizando la música oriental en Occidente. Las nuevas ideas y la apertura florecían. Yo estaba buscando el lugar y a la gente adecuados para estudiar y aprender.
La contracultura estaba en auge, y lo mismo sucedía con la nueva cultura espiritual. Aunque estaba en el epicentro del amor libre y la marihuana, comprendí que se necesitaría mucho más que eso para romper mi esquema de chica isleña introvertida. Extrañaba a mis amigos de Honolulu. Extrañaba mi hogar. Estaba cansada del frío y de la monotonía. Después de varios meses en San Francisco me quedé sin dinero; había perdido mis deseos de estar ahí. Comprendí que ése no era mi lugar y volví a las islas.
En Hawai continué reuniéndome con mis amigos de la universidad, pero no regresé a la escuela. Cuando volví a Honolulu, Bob Murphy y yo nos pusimos en contacto y comenzamos a pasar tiempo juntos. Nuestra amistad dio un giro romántico y, en diciembre de 1968, descubrí que estaba embarazada. Haber confesado a mis padres anteriormente que mi vida académica estaba en riesgo había sido muy sencillo comparado con la bomba que debía dejarles caer.
«¿Se va a casar contigo?».
Ésas fueron las palabras de papá. Desde el punto de vista de mis padres, había solamente una solución al problema. Pero yo ya estaba atrapada en un torbellino con la idea de que iba a ser madre, sin mencionar las náuseas matutinas y los cambios de mi cuerpo. También fue difícil informar gradualmente a los amigos y a la familia. Pensar en casarme con una persona a quien había conocido en la escuela y con la que sólo había salido por tres semanas era un enorme salto.
Mi capacidad de elección y mi libertad parecían no tener opciones. Sentí que debía hacer lo que concordaba con el respeto a la familia, así que Bob y yo nos casamos en febrero de 1969. Mi hija Erika nació ese mismo año. Aunque yo amaba a su padre, realmente no deseaba estar casada. Sin embargo, tuve que hacer lo que esperaban de mí, como ya había sucedido en otros momentos coyunturales de mi vida.
Cuando papá anunció que se postularía para vicegobernador, me sentí nerviosa e insegura. No entendía la política de aquel entonces. Debido a esto, aunque lo amaba y respetaba su trabajo y aspiraciones, sentí que no podría salir y ayudarlo en su campaña. Tenía una hija pequeña que cuidar y todavía me estaba ajustando a la vida matinal.
Erika era una niña hermosa de plácido carácter; todos la amaban. Me responsabilicé totalmente de su educación y quería que nuestra relación fuera amorosa y amistosa. No deseaba una existencia llena de cargas e infelicidad. Tuve que pensar profundamente en lo que quería hacer en la vida y cómo podría lograrlo siendo una madre joven. Aunque algunos aspectos de mi futuro eran inciertos, hubo algo totalmente claro para mí. No podía seguir casada. Aunque no sabía lo que quería hacer exactamente, sabía que el matrimonio no era mi objetivo. Todavía estaba buscando mi lugar. Mi esposo y yo trabajamos durante dos años para tratar de solucionar nuestra situación, pero finalmente nos separamos y después nos divorciamos.
Cuando pienso en mi breve matrimonio, recuerdo que fue difícil y doloroso. Las razones que me habían hecho casarme con Bob eran producto de la obligación y la preocupación por Erika. Nos casamos porque queríamos hacer lo correcto, no por amor o felicidad. Recuerdo que fue un tiempo de confusión e incertidumbre. Y varios meses fueron devastadores para papá. A veces siento que estuvo obligado a soportar mucho más que cualquier otra persona.
En noviembre de 1970 perdió la elección. En diciembre él y mamá enviaron lindas tarjetas navideñas a todos. Con ellas agradecían el apoyo y deseaban feliz año nuevo. Los meses siguientes trajeron una enorme carga emocional y cambiaron a papá para siempre.
En enero de 1971 regresé a casa a vivir como madre soltera.
En febrero, mi abuelo paterno, quien vivía con nosotros, falleció.
Un mes más tarde, en 1971, mamá murió repentinamente.
Tres devastadoras pérdidas en rápida sucesión y dos hijos luchando en Vietnam le pasaron factura a papá. Nunca volvió a ser el mismo.
Tengo vívidas memorias del día en que mamá murió. Había estado en casa preparando sándwiches para Erika, para ella y para mí. Dijo que sentía que su corazón latía irregularmente y se acostó en el sofá de la sala. Me pidió una toalla húmeda para limpiar sus manos y que llamara a mi padre.
Entonces papá trabajaba en el sindicato de maestros. Vino a casa de inmediato y mamá seguía diciendo que no quería morir. Papá trató de calmarla diciéndole: «No te vas a morir… No te preocupes». Llamó al doctor, y éste le dijo que la llevara al Hospital San Francisco porque estaría trabajando ahí.
Mamá murió en la sala de operaciones y papá me llamó para que fuera al hospital. Cuando llegué me llevó a ver a mamá. Estaba tan abrumado y exhausto emocionalmente que dejó caer su brazo sobre mi hombro como peso muerto. Mamá yacía en una mesa de metal con una bata de cirugía. Comenzaba a salir espuma blanca de su boca. Papá reconocía esas señales de muerte. Todo sucedió tan rápidamente que nos sentíamos mareados.
Retrato de la familia Kiyosaki tomado después de la inesperada muerte de nuestra madre Marjorie, el día de su funeral. Papá quería que tomaran esta fotografía porque Robert y Jon debían volver a sus puestos militares en la Guerra de Vietnam. La familia mostraba una buena cara al mundo, pero internamente había demasiados conflictos. Esto sucedió a cuatro meses de que papá perdiera las elecciones para vicegobernador. Debe haber sido un tiempo increíblemente difícil para él. En la hilera superior, de izquierda a derecha: Jon, Ralph, Robert. En la hilera inferior: Emi, Erika y Beth. Es evidente el estrés en el rostro de papá.
Nos tomó varios días traer a Robert y a Jon desde Vietnam y Tailandia para el funeral. Beth voló a casa desde California. Probablemente había más de mil personas. Ése era el resultado del activo rol que Ralph y Marjorie tuvieron en su comunidad, de la forma en que mamá atraía a la gente hacia ella con su bondad y del reciente periodo de papá en el proscenio político. Algunos días más tarde, Robert, Jon y Beth tuvieron que volver a sus actividades. Apenas puedo imaginar el tipo de horrores que estos hombres, mis hermanos, enfrentaban en la guerra.
Se fueron muy pronto y yo me quedé con papá y Erika.
Estaba demasiado traumatizada con las experiencias de mi propia vida para considerar o temer la posible pérdida de mis hermanos. Después de interminables ríos de gente y montañas de cartas, la ausencia de mamá y del abuelo se sintió en la casa. Sentí los hilos de las obligaciones familiares jalándome nuevamente.
Papá sufrió mucho en muy poco tiempo. Repentinamente, mamá ya no estaba ahí para cocinar, hacer diligencias y pagar las facturas. Además, él había perdido su puesto como superintendente de educación.
Ahí estaba yo con Erika, viviendo con papá en una casa llena de memorias y repleta de las pertenencias de mamá y del abuelo. Papá tenía frente a sí la enorme y desalentadora tarea de hacerse cargo de las finanzas de la casa. Anteriormente, ése había sido el rol de mamá y, por tanto, él nunca había prestado atención a ello. Recuerdo que un día mencionó que un mes antes había firmado una nueva póliza de seguro de vida y había pagado un dólar más para cubrir a mamá con un beneficio adicional de mil dólares por fallecimiento. Eso fue cuando se convirtió en director del sindicato de maestros. También compartió conmigo su sorpresa al descubrir que mamá había utilizado las tarjetas de crédito hasta el límite, pero que solamente había estado pagando el mínimo cada mes.
De pronto, papá se sumergió en los libros de cocina de mamá, se convirtió en un maravilloso chef en muy poco tiempo. Experimentaba mucho, igual que lo hacía con su arte. Papá era un artista creativo y talentoso. Dibujaba, pintaba, esculpía en madera y hacía móviles.
Ralph Kiyosaki era un producto de su tiempo. Había «nacido en la historia», como Robert lo explica. Él y mi madre, parte de la generación de la Segunda Guerra Mundial, vivieron en un tiempo donde la ética exigía trabajo duro. Un empleado podía trabajar en una sola compañía durante su vida activa y después contar con un retiro de la compañía complementado con un cheque del gobierno. Mi padre era un hombre extraordinario. Su solvencia moral, su servicio a los demás, su mente brillante. Su interés en el arte, la ciencia, las matemáticas, la naturaleza y la literatura. Su forma de cuidar de la gente de las islas. Todo eso es ahora parte de la historia de Hawai.
Mi padre era un hombre que miraba hacia el futuro. Podía contemplar las consecuencias de las acciones del Departamento de Educación, la forma en que éstas afectarían a las generaciones venideras. Inició nuevos programas y trabajó abiertamente en el rediseño de la ciudad de Hilo tras el desastroso maremoto. Mi padre era un hombre generoso.
También tenía un carácter fuerte y podía ser impaciente. Cuando se daba cuenta de que algo se necesitaba, no le gustaba esperar a que el cambio se diera solo.
Quienes lo alentaron a dejar su puesto de superintendente y postularse como candidato, lo abandonaron. Esa pérdida, las promesas rotas y la polarización que alimentaba la maquinaria política, ocasionaron que, en conjunto, las antiguas alianzas y el territorio amigable se fracturaran. A veces papá hablaba de ir al continente y comenzar de nuevo, pero adoraba Hawai y nunca lo pudo dejar.
Fueron tiempos difíciles y, obviamente, él necesitaba apoyo moral. Mucha gente, incluyendo amigos y familiares, me dijeron: «Ahora puedes cuidar de tu padre».
Aunque parecía lógico, no era una opción viable para mí. Simplemente no podía quedarme en casa y aceptar el papel de hija diligente. Papá tenía que atravesar su luto, pero tenía 51 años y aún estaba en buena forma. Yo me enfrentaba al divorcio, trababa de ser la mejor madre posible para Erika y, mientras tanto, buscaba respuesta a las preguntas que me asediaban.
Durante mi corto matrimonio y el periodo en que viví en casa, me cuestionaba sobre el propósito de la vida. ¿A qué estaba destinada? En tan sólo unos años había pasado por la juventud, la educación, el matrimonio, la maternidad y el divorcio. ¿Qué me quedaba? ¿La vejez y la muerte? También estaba en medio de eso, viviendo en la casa de mi padre.
Todo el proceso parecía una realidad trágica con muy poca libertad para escoger. El matrimonio y la maternidad siendo soltera habían llegado sin ser planeados, tal vez por eso sentía que me habían arrebatado mi juventud y mi libertad. Necesitaba soltarme de los compromisos familiares. Estoy segura de que mi presencia y la de Erika habrían sido de ayuda a papá, pero él tenía muchas cargas encima: el sindicato de maestros, el Departamento de Educación, la situación postelectoral y su condición de viudo. Eran problemas que yo no podía compartir con él.
En ese punto de mi existencia mi padre y yo no hablábamos mucho ni discutíamos con profundidad, pero yo sabía que tenía que seguir avanzando. Nos acercamos más cuando él fue mayor. Es cierto que yo le profesaba un amor constante y feroz, además de una gran devoción, pero incluso en ese tiempo tormentoso ambos sabíamos que había llegado mi momento de crecer y explorar los nuevos horizontes que me llamaban.
Desde que Erika tuvo dos años, organicé un día al mes para realizar alguna actividad juntas como amigas y no tanto como madre e hija. Íbamos al cine o a la playa, nos sentábamos en algún lugar con una linda vista y conversábamos. En aquellos días, de manera consciente, hice a un lado mi papel de madre que debe disciplinar. Charlábamos sobre cualquier cosa en el mundo y simplemente disfrutábamos la compañía de la otra. Pude conocerla como la persona independiente que era, sin estar atada a mí. Me decidí a fomentar una relación en la que pudiéramos hablar sobre todo y traté de darle amor y apoyo incondicionales.
El hecho de experimentar la muerte tan de cerca tuvo un profundo impacto en mí, durante mi infancia, incluso ahora. Ésas son la guerra y la paz que necesitamos apaciguar en el interior. Enfrentar la idea de que, algún día, todos moriremos. Así que, asumido ese hecho, pondero la pregunta: ¿cómo debemos vivir?
Entre 1971 y 1973, Erika y yo nos estábamos abriendo paso en la vida. Mis decisiones respecto a tener amigos o llevar una relación —cuándo permanecer con alguien y cuándo seguir adelante—, siempre las tomé pensando en ella.
Muchas de mis decisiones les pueden haber parecido tontas a otros, pero trataba de equilibrar las responsabilidades de la maternidad con mi búsqueda de respuestas a la esencia de la vida.
El padre de Erika siempre trató de entenderme y apoyarme, pero mis andanzas ponían a prueba su paciencia. Utilizaba el poco dinero que tenía para asistir a seminarios y pláticas. Muy pocos entendían por qué. En un evento con Werner Erhard, fundador de Seminarios de Entrenamiento Erhard (EST, por sus siglas en inglés), no podía creer cuán felices, competitivos y amigables eran todos. Me preguntaba si sus vidas siempre serían así, o si sólo estaban fingiendo.
Las dos semanas que duró el seminario EST me sirvieron para acabar con mi timidez y comunicarme mejor con Erika.
En 1973, mientras Robert aterrizaba en remotas playas y nuestro país estaba tratando de procesar legalmente al presidente Nixon, Erika y yo nos mudamos y nos retiramos a los exuberantes escenarios de la Gran Isla de Hawai. Ahí hallé algunos de los nuevos horizontes que había estado buscando. También encontré al tipo de gente que me interesaba; aquellos que vivían de la tierra, de la agricultura, que aprendían y estudiaban nuevas tecnologías y practicaban disciplinas espirituales como el vegetarianismo, el ayuno, la meditación y el taichi.
Me puse en contacto con unos amigos que vivían cerca de los volcanes Kilauea. Se dedicaban a la construcción de enormes casas con los domos geodésicos diseñados por R. Buckminster Fuller. Vivir en esas casas era increíble. En el templado Hawai se fabricaban domos con placas de plástico transparente pegadas a puntales de madera de contrachapa. Imagina vivir en una casa casi transparente, en medio de un bosque con helechos de casi seis metros de altura. A veces el cielo nocturno adquiría un color rojo profundo. Era porque las fuentes volcánicas arrojaban lava derretida proveniente de Kilauea, a unos kilómetros de distancia. La lava salía por borbotones a través de las fisuras y recovecos en la tierra.
El domo en que vivíamos era pequeño. Era una casa de dos pisos con un domo transparente en la parte superior y una habitación hexagonal abajo. Teníamos enormes barriles de madera en la plataforma del segundo piso para juntar la abundante agua de lluvia. La gravedad nos ayudaba a tener agua corriente para un lavabo en el piso de abajo. Mi amigo Joe fabricó una enorme sombrilla de plástico transparente. Podía girar para que en los raros días de sol, abriéramos el techo del domo.
Erika tenía tres años y le fascinaba vivir ahí. Tenía una tabla deslizadora en la parte exterior. En ella bajaba del segundo piso del domo hasta el primero. Asentado sobre un viejo carrete de cable telefónico, teníamos un gigante wok de hierro. Lo usábamos como chimenea para calentarnos en los días fríos y lluviosos.
El área del Parque Nacional Volcánico, en donde vivíamos, estaba a unos 1200 metros de altura. Era fría, húmeda y continuamente estaba envuelta por un banco de niebla. Los helechos crecían a gran altura y la vegetación era densa y húmeda, difícil de penetrar. A veces manejábamos hasta llegar a unos cráteres volcánicos inactivos pero que producían fumarolas de vapor. Bajábamos a una de las fisuras más grandes, nos desvestíamos hasta quedar en sandalias y tomábamos baños de vapor.
Llevar esa vida alternativa fue grandioso. Aunque había una creciente tendencia hacia el ascetismo total, yo sentía una fuerte necesidad de incorporar prácticas más espirituales a mi vida.
Durante una de nuestras inocentes aventuras, varios de nosotros hicimos una cita para conocer a un maestro zen. Íbamos a encontrarnos con su discípulo, llamado Ananda, en un entronque en el bosque de un área volcánica en Puna. Era una zona de menos altura; el clima era más seco y caliente, y la vegetación era muy distinta. Nos encontramos con Ananda en el lugar fijado, luego viajamos algunos kilómetros por atajos llenos de hierba seca. No sabíamos hacia dónde nos dirigíamos. Podíamos escuchar el sonido de la hierba seca que el auto iba aplastando. Mientras nos adentrábamos más en lo desconocido, alguien dijo: «Ésta es su última oportunidad de volver, es ahora o nunca».
Finalmente llegamos a un claro en donde había dos edificaciones estilo South-Pacific. Tenían pisos de madera y techo de paja apoyado en cuatro troncos; no había paredes. El maestro zen vivía en la construcción más grande, y Ananda y su esposa vivían en la otra. El maestro había ido al pueblo, así que tuvimos que esperar por largo rato. Cuando finalmente llegó, Ananda fue a hablar con él. Cuando regresó nos dijo que volviéramos la semana siguiente porque su maestro ¡estaba borracho!
Sentimos que nos estaban probando y que debíamos perseverar.
Cuando finalmente logramos verlo, notamos que con frecuencia hablaba con parábolas. Pero lo más desconcertante ocurrió una ocasión en que se detuvo y llamó a los gatos para que fueran a comer. Su voz retumbó sobre las tierras secas llenas de hierba. De entre los arbustos, debajo de los árboles y de todos los huecos, salieron varias docenas de gatos saltando hacia su choza e inundando el lugar.
El maestro rescataba gatos de todos lugares. Muchos estaban enfermos y mutilados, otros tenían heridas abiertas que supuraban y apéndices cancerosos. Había gatos ciegos, gordos, golpeados, flacos y sarnosos, de todos los tamaños y colores. El refugio era muy desagradable. Estaba sucio y no había lugar para sentarse. Todo estaba lleno de pelo de gato, desechos de sus heridas y trozos de comida.
Pero nos negamos a abandonar las enseñanzas del maestro zen. Un día nos reunimos en un parque en las montañas. Hacía mucho frío y llovía, así que encendimos una fogata en la chimenea del refugio. El maestro habló sobre el estricto entrenamiento al que se había sometido en su monasterio en Japón. También nos contó que al final del retiro se realizó un examen a los poquísimos aspirantes que se habían esforzado por años para calificar. Cada mañana tenían que romper gruesas cubiertas de hielo que cubrían los barriles de agua en que se bañaban. Después tenían que asearse a esa temperatura antes de sentarse a meditar por horas todos los días.
Estábamos absortos, cuando de repente sacó un grueso trozo de carne. La sangre goteaba por entre el montón del papel de carnicería. Lo arrojó directamente a las brazas. Joe, un estricto vegetariano, se sintió asqueado. No pudo volver a escuchar al maestro.
De esa forma saltamos a través de aros mentales y nos embarcamos en aventuras. Buscábamos y encontrábamos gurús y maestros, vivíamos en distintas tradiciones espirituales. Devoré libros que explicaban varios caminos, otros contenían crónicas de las vidas de fantásticos yogis, practicantes y maestros. Me esforcé en encontrar una comunidad en la que pudiera meditar y desarrollar una vida inclinada a la práctica espiritual.
En una visita que hice a Honolulu para ver a papá, conocí a Ward, un joven que acababa de volver a casa tras haber pasado cuatro años en la India, Nepal y Sikkin. Sus padres le habían obsequiado un viaje alrededor del mundo por graduarse de la preparatoria y terminó viviendo en la India. Yo estaba fascinada con las historias sobre su maestro, el Dieciseisavo Gyalwa Karmapa. También me habló de sus estudios con los maestros tibetanos que se estaban estableciendo en el exilio en los Himalayas indios. Estaban escapando de la toma Chino Comunista del Tíbet. Me dieron ganas de aprender todas sus enseñanzas, pero había muy poca información disponible en Estados Unidos en aquel entonces.
Cuando abandoné mi vida en el domo, me mudé al templo de Wood Valley en Pala, un pequeño pueblo que también estaba en la Gran Isla de Hawai, a unos 80 kilómetros de Hilo. Fue ahí donde se conocieron mis padres. Después de la Segunda Guerra Mundial papá trabajó en ese lugar como supervisor escolar y mamá como enfermera. Recuerdo que ambos me llevaron al templo cuando era pequeña. Sentí miedo porque estaba lleno de maleza y la corría el rumor de que estaba embrujado.
Años más tarde terminé viviendo en ese mismo templo. Fue algo espeluznante. En cuanto me mudé, los amigos que vivían ahí se fueron por algún tiempo, así que permanecí sola en ese recóndito y fantasmal bosque por dos semanas. No había electricidad; sólo lámparas de keroseno con una luz tan tenue que difícilmente atravesaba la oscuridad.
La situación empeoró.
El agua generalmente estaba contaminada y nos enfermamos. Teníamos que idear formas de solucionar ese problema. Esto sucedió durante la crisis energética a mediados de los setenta, por lo que el gas también estaba siendo racionado. El templo estaba situado a ocho kilómetros del pueblo y para salir de ahí teníamos que atravesar un sembradío de caña. Como debíamos minimizar el consumo de gasolina de la camioneta del templo, me era imposible abandonar el lugar.
Las cosas mejoraron cuando volvieron los demás y establecimos una rutina. Durante la escasez de gas, en días designados uno de nosotros se iba a las cuatro de la mañana para formarse en una fila y obtener el combustible. Fueron precisamente estos tiempos de crisis ambiental y económica, lo que reforzó mi deseo de tener un estilo de vida más simple y en armonía con la naturaleza.
Aunque éramos sólo unos cuantos, diseñamos un horario establecido para reparar, preparar y pintar el templo. Fueron algunos de los mejores años de mi vida.
Asistía a clases dos veces diariamente, allí encontraba todo lo que estaba buscando. Las enseñanzas budistas tibetanas eran muy lógicas. El enfoque sobre el karma, la conciencia, el renacimiento y la naturaleza de las cosas, compaginaban con mis ideas. Estando alejada, en un remoto valle lejos de la ciudad, me sentía relajada, enfocada y capaz de mantener un estilo de vida sencillo sin las distracciones de la gran ciudad.
Erika tenía entonces cuatro años y todavía no era necesario que asistiera a la escuela. Había una pareja viviendo en el templo que tenía dos niños, así que los días de Erika estuvieron llenos de juego. Leímos muchos libros juntas. Todos vivíamos en armonía con la tierra, nos levantábamos con el sol y nos íbamos a dormir al oscurecer. Yo sentía como si estuviera regresando a casa.
Como fui educada en la cultura japonesa, desde niña había estado en contacto con el budismo. La vida de Buda me era familiar; además, mi hermano Robert había nacido el mismo día que Buda.
Recuerdo haber asistido a las ceremonias budistas japonesas. Le preguntaba a papá qué era lo que cantaba el ministro y él me decía que, como las recitaciones no eran en japonés, no tenía la menor idea. Más adelante supe que era una recitación en sánscrito, algo común en las tradiciones budistas mahayanas. Algunos años después, en Wood Valley, las enseñanzas me fueron traducidas, así que se hicieron claras y tangibles. Fue extraordinario.
Estaba encontrando a mi familia espiritual, mi hogar y mi camino.
En 1974, después de vivir un año en el templo de Wood Valley, supimos que el Dieciseisavo Karmapa, jefe del linaje Kagyupa del budismo tibetano, haría un viaje histórico a Estados Unidos. Mucha gente fue a San Francisco para verlo. Erika y yo estábamos entre ellos. Después de vivir con nuestros amigos en el aislado valle en Hawai, fue abrumador participar, junto con miles de personas, en la ceremonia de la Corona Negra.
El evento fue majestuoso, como de otro mundo. La histórica Corona Negra era un antiguo ofrecimiento de las damas celestiales al Karmapa. Durante la ceremonia se sostiene el sombrero en alto. Dicen que aquellas personas que tengan una conexión kármica con el Karmapa podrán ver a las damas celestiales haciendo su ofrecimiento. Mi ingenuidad me llevó a creer que, tras un año completo de estudiar con honestidad y de ayudar a reparar el templo, sería merecedora de tal visión. Pero no fue así.
Seguimos al Karmapa, viajamos hacia el norte en auto y llegamos a Vancouver, en Canadá. Asistimos a los eventos todo el tiempo. Ahí tomé mis Votos del Refugio para convertirme en budista, junto con los cinco votos laicos en que prometí no matar, no robar, no mentir, no tener una conducta sexual inapropiada y no ingerir sustancias tóxicas.
Los tomé con mucha seriedad y los quería mantener con toda convicción. Había tanta gente tomando los Votos del Refugio, que tuvimos que separarnos en grupos de 75 personas, aproximadamente. Les pedí a mis amigos que cuidaran a Erika mientras yo iba con mi grupo, pero cuando volví pasaron varios minutos antes de que pudiera encontrarla.
Por supuesto, estaba enloquecida, pero minutos después salió un grupo de su Ceremonia del Refugio y con ellos estaba la pequeña Erika, ¡acababa de tomar sus votos con ellos! Ambas lo habíamos hecho el mismo día.
En Canadá, Erika y yo nos separamos del grupo. Hice arreglos para ir a Boulder, Colorado, a estudiar con Chogyam Trungpa Rinpoche. Cuando lo conocí en San Francisco me sugirió mudarme a la residencia Marpa en Boulder, cerca de la Universidad de Colorado. Cuatro meses después obtuve una entrevista personal de diez minutos con Trungpa Rinpoche. Erika y yo caminamos en la nieve con gran dificultad para llegar la reunión.
Compartí con Trungpa Rinpoche mi indecisión y mis preguntas: ¿debería continuar estudiando en Boulder o reunirme con mis amigos para estudiar en la India? ¿O tal vez debería viajar a Alaska y aprovechar la fiebre de la construcción del oleoducto de Alyeska, para ganar y ahorrar dinero? Me sugirió ir sola a un retiro de diez días y hacer meditación shamatha que consistía en sentarme y concentrarme en mi forma de respirar. Ese periodo de meditación me ayudaría a decidir.
Me organicé para ir al Centro de la Montaña Shambhala, entonces se llamaba Centro Dharma de Rocky Mountain. Dejé a Erika con una amiga en la residencia Marpa. Eso fue en enero de 1975 y había nieve por todos lados. El dinero escaseaba, pero compré un poco de arroz integral, zanahorias y un par de bocadillos. Le pedí a un amigo que me prestara su auto y me encaminé al sitio del retiro.
Al llegar encontré que solamente había dos cuidadores. Me llevaron a una de las cabañas aisladas al otro lado del Marpa Point, el área más elevada de la propiedad. La cabaña era un cuarto pequeñito con una estufa de madera que ocupaba la mayor parte del espacio. La cama era un tablón elevado en una esquina del cuarto, en ambos lados había ventanas desde donde se podía ver el valle que estaba abajo. Era imponente, vasto y silencioso.
No vi a nadie en más de una semana; los cuidadores solamente fueron en una ocasión a ver que todo estuviera en orden. Hubo una tormenta por tres días, y como la regadera estaba colina abajo un día «me bañé» rodando en la nieve.
Ahí tuve la oportunidad de enfrentar a mi propia mente sin ninguna distracción. Por supuesto, como estaba acostumbrada a seguir instrucciones y me era muy fácil esconderme, no fue difícil mantener mi compromiso de sentarme por ocho horas, leer un solo libro en ese tiempo y mantenerme en retiro. Aunque tenía la capacidad de sentarme durante mucho tiempo, mi mente no estaba entrenada para concentrarme, estaba distraída. Las decisiones que debía tomar eran colosales porque afectarían mi futuro y el de mi hija.
Robert menciona que el enemigo vivía dentro de él y que tuvo que afinar sus problemas de carácter. Mi desafío era superar mis propias mentiras y seguir trabajando en el sutil odio interno y externo, en la intolerancia y la impaciencia. Tuve que aprender a ser más cariñosa conmigo misma y más sincera en cuanto a mi amor por los demás. Aunque podía esconderme tras mi máscara exterior de una dulce paciencia, ésta era la lección que tenía que aprender y lo sigue siendo hasta ahora.
El libro que leí fue La Joya de la Liberación, de Gampopa (Jewel Ornament of Liberation). En él se explican las etapas por las que deben pasar los practicantes budistas. Para mí fue muy útil analizar las etapas del camino sin perder de vista mis obligaciones y necesidades. Había prometido cuidar a Erika, pero también deseaba seguir estudiando con maestros que hubieran recorrido una parte mayor del sendero. Mi objetivo final era alcanzar la iluminación.
Dentro de los confines de mi pequeño cuarto y en la vastedad de mi futuro, comprendí que tenía que saltar. Iba a cumplir mi palabra, mi compromiso conmigo misma y con los que me rodeaban. Esta claridad me ayudó a entender lo difícil que sería vivir en Boulder, lidiar con el desempleo y criar a Erika en la residencia Marpa. Al ponderar todas mis opciones, escogí ir a Alaska y hacerla en grande. Con el dinero que ganara podría viajar a fin de año con mis amigos para estudiar en la India.
Fue un salto de fe, pero estaba preparada y segura de mi elección.