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Guerra y paz


Como mencioné anteriormente, este libro inicia con el tema de la guerra y sus imágenes porque ésta fue el instrumento que definió los valores de nuestra familia biológica, así como nuestra búsqueda personal de respuesta a viejas preguntas.

Lo mismo que otras personas, nos esforzábamos por entender los valores de nuestros padres y la forma en que encontraríamos a nuestra familia espiritual. Como éramos japoneses-americanos, con frecuencia nos enfrentábamos a las ramificaciones de la guerra, particularmente de la Segunda Guerra Mundial. Irónicamente, la guerra nos ayudó a encontrar respuestas y a conquistar el miedo, incluso el temor a la muerte. Nos llevó a descubrir que hay cosas por las que vale la pena morir.

En 1962, presenciamos una explosión atómica. Ese suceso detonó emoción y temor en la familia. Disparó las preguntas que nos hemos hecho una y otra vez en el curso de nuestras vidas. La visión del cielo pasando del rojo brillante al morado oscuro, iluminó más preguntas que respuestas. Nos hizo cuestionarnos cómo era que los humanos podían invertir tanta tecnología para matar a sus congéneres.

¿Y con qué propósito?


ROBERT: LECCIONES DE GUERRA

Desde los catorce años supe que iría a la guerra. No sabía por qué, sólo lo sabía. Llámalo intuición. A esa edad pregunté a mis padres si podía ser voluntario en la Marina. Cuando mi papá me preguntó por qué en la Marina, respondí: «Porque son los primeros que luchan, son los primeros que llegan a las playas».

Mi papá sólo negó con la cabeza y sugirió que esperara hasta cumplir dieciocho para tomar la decisión.

Siete de mis tíos fueron a la guerra. Cuatro de ellos lucharon en la Segunda Guerra Mundial en Europa, fueron miembros del Regimiento 442, la unidad de combate más condecorada en la historia militar de Estados Unidos. Los miembros de esta unidad, principalmente de origen japonés, ganaron más de 18 000 condecoraciones individuales, incluyendo 9486 Corazones Púrpuras y 4000 Estrellas de Bronce. Había 21 medallas de honor. Además, el Regimiento 442 fue alabado cinco veces por el presidente, durante los veinte días que duró la batalla en Rhineland. Fue la única unidad militar con semejante logro.

Su valentía ayudó a minimizar parte del prejuicio que surgió tras el ataque japonés a Pearl Harbor. Muchos de los hombres de esta unidad tenían el compromiso de probar su lealtad como norteamericanos. Tal vez por ello lucharon tan fieramente y sufrieron tantas pérdidas. Afortunadamente, mis cuatro tíos regresaron a salvo.

Otros dos tíos lucharon por Estados Unidos contra los japoneses. Uno de ellos fue prisionero en Filipinas y parte de la infame Marcha Bataan de la Muerte. Como muchos de los que participaron en la caminata de 100 millas, fue torturado por sus captores pero sobrevivió. Wayne Kiyosaki, el hermano menor de mi padre, escribió un libro sobre su captura y la terrible experiencia que vivió en manos de los japoneses. El libro se titula Un espía en la niebla (A Spy in Their Midst). Pasó el resto de su carrera militar en la Fuerza Aérea, en Japón y en Estados Unidos. Trabajó para la oficina de investigaciones especiales. De hecho, tiempo después trabajó con algunos de sus captores y los perdonó diciendo: «La guerra quedó en el pasado», y: «En la guerra hacemos cosas terribles».

Mi tío Wayne también luchó en la Guerra de Korea. Hablaba un dialecto chino con fluidez y fungió como intérprete. Traducía los mensajes en chino que se enviaban durante el conflicto.

Mi decisión no tuvo que ver con el hecho de que siete de mis tíos hubieran ido a la guerra porque ellos casi no hablaban sobre eso. Mi padre no luchó. Fue voluntario pero lo clasificaron como inadecuado porque no tenía buena vista, era demasiado alto y muy delgado. En vez de ir a la guerra tomó un empleo de maestro en un pueblo extremadamente alejado de la Isla Grande de Hawai. Ahí conoció a mi madre, quien era enfermera. Era un pueblo de plantaciones de azúcar. De haber ido a la guerra, no habría conocido a mi madre, no habría sido nuestro padre ni compartido la vida que tuvimos.

 

Cuando me gradué de la preparatoria en 1965, el fantasma de la guerra influyó en mi selección de escuela. Solicité y recibí dos nominaciones para obtener una beca: una para la Academia Naval de Estados Unidos, en Anápolis, Maryland, y otra para la Academia de la Marina Mercante en Kings Point, en Nueva York.

Acepté el nombramiento en Kings Point por cuatro razones.

Número uno: mi papá no iba a pagar mis estudios. Él creía que yo era tan mal estudiante que pagarme la universidad sería un gasto inútil.

Número dos: descubrí que los graduados de Kings Point eran de los mejor pagados del mundo, incluso mejor pagados que los de la Academia Naval. El dinero ya era importante para mí a esa edad.

Número tres: sabía que necesitaba un ambiente muy estricto y disciplinado. Asistir a la Universidad de Hawai, a donde habían ido muchos de mis amigos, hubiera sido un error. Me habrían expulsado de inmediato.

Y número cuatro: deseaba viajar alrededor del mundo en barco, seguir las huellas de los grandes exploradores como Colón, Cortés y Magallanes. Mi deseo se cumplió, más o menos. Un año más tarde, cuando tenía 19, navegué a la bahía de Cam Ranh, en Vietnam. La Academia de la Marina Mercante enviaba estudiantes al mar por un año a bordo de buques mercantes como petroleros, cargueros y líneas de pasajeros. Durante ese año los estudiantes viajaban alrededor del mundo. Yo tenía la esperanza de que me embarcaran hacia Europa y Sudamérica, pero mi primera misión fue a bordo de un buque carguero que transportaba bombas a Vietnam. Ahí presencié la guerra en primera fila.

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De izquierda a derecha: Robert; su mamá, Marjorie; su papá, Ralph; y su hermana, Beth, en la graduación de Robert de la Academia de la Marina Mercante, el 4 de junio de 1969. Fue un momento de orgullo. Emi dijo: «Yo deseaba estar en la graduación de Robert, pero estaba en casa preparándome para el nacimiento de Érika que sería al mes siguiente».

 

Participar en la guerra, en vez de observarla a través de películas o de la televisión, afectó profundamente mi visión del mundo. Me preguntaba cómo, siendo humanos, podíamos invertir cantidades tan grandes de tiempo, dinero, esfuerzo y tecnología para matarnos unos a otros.

Vi por primera vez a los monjes budistas cuando estuve en Vietnam en 1966. Los vi enfundados en sus batas, con tazones de arroz y reuniendo comida. Pedían arroz a la gente que pasaba por la calle. Si les dabas comida, ellos rezarían por ti. Si no les dabas, no obtendrías sus bendiciones. Eso fue lo que nos dijeron, y me molestó mucho.

En el catecismo nos habían enseñado a «amar a tu prójimo como a ti mismo». Nadie mencionó nada sobre pedirle comida. No entendí lo que había visto y pensé que era una hipocresía. Me recordó las experiencias que tuve en la iglesia durante mi niñez. Veía a la gente que era piadosa en el templo, pero en cuanto llegaban al estacionamiento comenzaban a acuchillarse los unos a otros.

 

Al regresar de Vietnam en 1966 vi por primera vez a los hippies en San Francisco. Tampoco los entendía. No sabía que más adelante mi propia hermana seguiría estos caminos, el del budismo y del movimiento de paz.

En 1968, más o menos en la época de la ofensiva Tet en Vietnam y de las protestas en las calles estadounidenses, la hora de la comida en casa se convertía en un asunto muy interesante. Mamá y papá trabajaban en los Cuerpos de Paz, mis hermanas estaban decididamente contra la guerra, y mi hermano y yo nos preparábamos para unirnos a ella. Aunque respetábamos los puntos de vista de los otros, había divergencia de opiniones. Mamá y papá eran más o menos neutrales y permitían que nos formáramos y que defendiéramos nuestras propias ideas. Yo era menos neutral. Pensaba que mis hermanas eran ingenuas y traidoras, que los chicos con quienes salían habían eludido su reclutamiento por cobardes o hippies, y que no eran «verdaderos hombres».

Aunque amaba a mis hermanas, durante muchos años no tuve mucho de qué hablar con ellas. La guerra me había separado de mi familia.

Dos años más tarde, en 1969, me gradué de Kings Point como tercer oficial y acepté un empleo muy bien pagado en la Standard Oil de California. Trabajaría en uno de sus buques-tanque. Era un buen empleo con mucha seguridad, justo como el que mis padres deseaban para mí.

Sólo duró seis meses.

De vuelta en San Francisco, vi cómo el Verano del Amor de los hippies se convertía en una vida de drogas y protestas encolerizadas. Recordaba vívidamente que me habían escupido dos veces por portar el uniforme militar. Hombres y mujeres escuálidos de pelo largo me ofrecían flores diciendo: «Paz, hermano». Pensaba que eran cobardes y perdedores, que estaban equivocados. Yo sentía la obligación de tomar partido, renuncié a mi bien pagado empleo como oficial de buque con la Standard Oil de California, y me convertí en voluntario para defender a mi país.

Después de definir mi posición, conduje de California a Pensacola, Florida, para ingresar a la escuela de vuelo. En 1971 estaba de vuelta en la Costa Oeste, en Camp Pendleton, para un entrenamiento avanzado en helicópteros artillados. En 1972, a los 25, estaba de nuevo en Vietnam. En esa ocasión como teniente de la Marina y piloto de un artillado.

Fui voluntario por muchas razones. Estaba exento del reclutamiento porque formaba parte de la Industria Vital No Defensiva, es decir, la del petróleo. No obstante, decidí que era mi deber luchar por mi país. También lo hice porque mi hermano más chico, Jon, lo había hecho. Y, finalmente, porque quería ir a la guerra. Mi vena maligna, mi lado oscuro, deseaba pelear. Yo quería hacerlo. Quería saber lo que se sentía «morir o matar», y deseaba experimentar nuevamente la emoción que tuve a los dieciséis años en aquel cine. Quería saber si contaba con lo necesario. Ésta era la guerra de mi generación y no quería perdérmela.

Tal vez tuvo algo que ver con que mi familia desciende de los Samurai por la línea paterna. Los Samurai son la clase guerrera de la cultura japonesa. Tal vez creí que tenía una tradición familiar Samurai que mantener viva. Sin importar el origen de mi compromiso, me había bebido el Kool-Aid militar y sentía que estaba perpetuando la tradición de la familia.

Seguí preguntándome cómo era que los humanos podían invertir tanto tiempo, dinero, tecnología y esfuerzo para matar, pero en mi interior comprendía que asesinar es, y siempre será, parte de la naturaleza humana. Ha habido muchas guerras a lo largo de la historia y, desgraciadamente, seguirán existiendo en el futuro.

A través de la historia, cada cultura ha tenido una clase guerrera. Las culturas débiles, siempre han sido conquistadas por culturas que poseen ejércitos más fuertes. El trabajo de un guerrero es mantener la paz, y para ello siempre debe estar listo para la guerra.

Lo que quiero explicar es que no estoy en contra de la guerra. Estoy a favor de la paz y, por lo mismo, estoy dispuesto a pelear por ella, aunque suene muy bizarro para algunos. Para sobrevivir, para mantener la paz y para florecer, una civilización necesita guerreros. En cada ciudad siempre se necesitarán policías, bomberos, doctores, enfermeras, líderes cívicos, trabajadores, profesionales, educadores y gente de negocios. Estas personas son guerreras de corazón. Son como muchos que viajan y luchan para salvar una vida, cuando otros huyen para salvarse a sí mismos.

Comencé a pensar que la paz y la prosperidad no dependían exclusivamente de quienes las salvaguardan. Por supuesto, esto me ponía en desacuerdo con las creencias de mis padres y mis hermanas.

 

En la película Salvando al soldado Ryan, el director Steven Spielberg retrató los horrores y el heroísmo en la guerra. No tenía nada que ver con las películas glamorosas de Hollywood en donde aparecía John Wayne. En la guerra no se usan sombreros blancos. Si hubiera sabido cómo sería la experiencia real, no me habría ofrecido como voluntario.

Justamente antes de partir a mi misión, un veterano de la Segunda Guerra Mundial con muchas condecoraciones me dijo que, en su época, cuando un novato se unía al escuadrón tenía que estar preparado para dispararle a un prisionero en el rostro. Era una regla «extraoficial» del campo de batalla. El conocido dicho que usamos en los negocios y en la vida cotidiana: «No tomes prisioneros», en ese contexto significaba: «Mejor dispárale al prisionero». Por supuesto, eso iba en contra de todas las reglas de la guerra que nos habían enseñado. Pero en la zona de combate, donde te encuentras frente a frente con la realidad de la vida y la muerte, harás lo necesario para salvar tu vida y la de los compañeros de escuadrón.

Afortunadamente, aunque me sentía preparado para hacerlo, nunca tuve que jalar el gatillo.

En Salvando al soldado Ryan, el personaje de Tom Hanks no pudo matar al prisionero alemán y éste lo asesinó a él.

 

De cierta forma, lo mismo sucede diariamente en los negocios y en la vida. Además de la brutal realidad de la supervivencia, la guerra me enseñó muchas otras cosas. Más de las que comprendí entonces. A través de los años he podido resumirlas en tres lecciones importantes.

Estando en la guerra aprendí que es muy fácil hablar, y que las acciones dicen más que mil palabras. Sé que lo hemos escuchado muchas veces, pero antes de la guerra sólo eran palabras para mí. Muchos jóvenes murieron porque la gente que estaba de nuestro lado no cumplió su palabra. Nos pidieron pelear en una guerra que no tenía razón de ser. Hoy en día sigo apoyando a nuestras tropas, pero tengo la misma sensación de traición por parte de nuestros líderes. Esos mismos líderes que son parte de mi generación y que fueron jóvenes en mi tiempo; no lucharon en Vietnam y no aprendieron las lecciones que recibimos al pelear en la guerra de nuestra generación. Me parece que muchos de los que ordenaron la invasión de Irak, muy convenientemente «se habían perdido» la Guerra de Vietnam. ¿Habrán sido hippies en San Francisco o burócratas en Washington?

Reitero que no estoy en contra de la guerra. Siempre hay un tiempo y un lugar para ella. En realidad estoy en contra de no aprender las lecciones por las que otros murieron décadas atrás. Sobretodo, estoy en contra de que ignoremos esas lecciones una vez más. El dramaturgo George Bernard Shaw alguna vez escribió: «Si la historia se repite y lo inesperado siempre sucede, qué incapaz debe ser el Hombre de aprender de la experiencia».

Otra razón que respalda mi preferencia por la guerra es que, en algunas ocasiones, la guerra lleva a la paz. Inglaterra fue nuestro enemigo en varias ocasiones y ahora es nuestro gran aliado. Lo mismo sucede con Francia, Alemania, Italia, México y Japón. En Estados Unidos también hubo una guerra interna entre el norte y el sur. Ahora estamos en paz y somos socios comerciales. A veces la guerra es precursora del comercio y, a su vez, el comercio trae paz.

En general no es benéfico para el negocio dispararle a los clientes. No obstante, si una guerra no se pelea hasta el final y no hay un ganador evidente, la paz no llega. Por el contrario, la guerra puede continuar por años, así como sucedió con Alemania Oriental y Alemania Occidental, con Corea del Norte y Corea del Sur, y con Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Ahora, las dos Alemanias están unidas y prosperando, al igual que los dos Vietnam. Corea del Norte, sin embargo, padece una terrible pobreza y sigue siendo una amenaza. Aunque es muy costoso en muchos sentidos, cuando una guerra se pelea hasta el final, puede ser un camino más rápido hacia la paz.

Por desgracia, la Guerra de Irak no es una guerra entre naciones, sino de naciones, entre tribus, peleada bajo la bandera de la religión. Es un conflicto de mil años, una repetición de las cruzadas, excepto por el hecho de que ésta se pelea con armas de alto poder. Así continuará.

La tercera lección es: la paz llega a través de la prosperidad. Aunque se ha asesinado a muchos en nombre de Dios y del patriotismo, la mayoría sabe que la verdadera causa de la guerra es el dinero. Las razones reales subyacentes a la Guerra de Irak no son la libertad o la democracia, sino el petróleo y las ganancias. La guerra es provechosa para mucha gente. Hay cientos de compañías que hacen sus fortunas gracias a ella.

Por eso abandoné la Marina en 1974. Ya había tenido suficiente de la guerra y sabía que había un mejor camino hacia la paz. Hasta ese año pasé mi vida estudiando para ser un guerrero. El gobierno había invertido mucho dinero para entrenarme y proveerme con las herramientas del oficio. Era tiempo para la paz. Mi búsqueda comenzó.

Fue precisamente esta búsqueda de paz y de respuestas a preguntas espirituales, lo que nos acercó a mi hermana y a mí nuevamente tras varios años.

Ahora me siento agradecido de haber ido a la guerra y vivir aquellas experiencias en combate. En la Marina obtuve un nivel de disciplina y madurez que no había encontrado ni siquiera en la escuela militar. Como marino, se me dio la oportunidad de conocer a algunos de los mejores caballeros que he encontrado en mi vida. Unos eran oficiales y otros marinos. Gracias a esta experiencia, las palabras como honor, valor, misión, respeto e integridad, adquirieron un significado profundo para mí. Cuando hago negocios siempre busco esas cualidades en la gente con quien trato.

La guerra también me enseñó mucho sobre la gente y el carácter. Cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles, tanto en la guerra como en la vida, mostramos nuestro verdadero ser. Eso saca lo mejor o lo peor de cada uno. Cuando alguien se enfrenta a la adversidad, al estrés o a la posibilidad de una batalla de vida o muerte, podemos contemplar el verdadero carácter de una persona, su fortaleza o su debilidad.

La guerra es una auténtica prueba de carácter.

 

En 2007 me reuní con Shimon Perez y un pequeño grupo de gente. Perez fue Premio Nobel de la Paz y primer ministro de Israel. Cuando nos conocimos era presidente de ese país. Durante la hora que duró la reunión, el señor Perez, dijo: «La guerra une. El precio de la paz, divide». Para explicarse mejor, continuó: «Los gobiernos sólo pueden hacer la guerra, no pueden hacer la paz». Después habló de la privatización de la paz, asegurando que mantener la paz contribuía al bienestar de los negocios. Él creía que si las naciones contaban con una milicia fuerte, los negocios fortalecerían el proceso de paz a través de las relaciones comerciales entre los países. El ganador del Premio Nobel nos hablaba sobre la obtención de la paz a través de la prosperidad.

 

Cuando salí de la reunión sentí que Perez tenía pocas esperanzas de que los esfuerzos religiosos o gubernamentales lograran la paz. Como dijo: «La guerra une». Por desgracia, creo que se refería a que, aunque la gente no desea la guerra, estaría dispuesta a organizarse y reunir dinero para apoyarla.

Cuando el presidente Perez dijo: «El precio de la paz divide», creo que se refería a que mantener la paz es costoso. El problema es el siguiente: nadie quiere pagar por mantener la paz, todos quieren que alguien más lo haga. Por tanto, seguimos teniendo guerras porque es lucrativo. Es sencillo reunir dinero para la guerra, ya que crea empleos y atrae prosperidad.

Como sabemos, la Guerra de Irak es extremadamente costosa. Cada estado de nuestro país tiene, por lo menos, un negocio que se beneficia de ella. Son el tipo de negocios que producen armas y proveen a las tropas con sus herramientas de combate. Para las compañías como Halliburton, Boeing y General Motors, el mayor cliente es el gobierno. Éste se capitaliza, a su vez, con el dinero de los contribuyentes.

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Robert y Kim con Shimon Perez, primer ministro de Israel. Con Yasser Arafat e Yitsak Rabin, fue Premio Nobel de la Paz en 1994 por sus esfuerzos para lograr la paz en Medio Oriente.

 

Desde mi perspectiva, esto significa que los negocios que trabajan por la paz necesitan esforzarse más. El presidente Perez habló sobre la privatización de la paz. Dijo que, para que ésta prevalezca, necesita ser parte de la agenda empresarial. La mayoría de los negocios la apoyaría porque para un empresario es mejor tener clientes vivos y prósperos, que muertos.

 

Adelanto hasta septiembre 11 de 2001.

Mi esposa Kim y yo estábamos volando, y nos acercábamos al aeropuerto Leonardo da Vinci en Roma, en el preciso momento que el vuelo 11 de American Airlines chocó contra el World Trade Center.

Tres días más tarde estábamos en Estambul, Turquía, para hablar frente a un grupo de empresarios musulmanes. Comencé mi plática con estas palabras: «Fui educado como cristiano. En realidad desconozco las bases del islamismo. Me parece que esto representa un problema y les ofrezco disculpas por mi falta de conocimiento sobre su cultura y religión».

El título de mi plática era «Paz mundial por medio de los negocios». El título había sido seleccionado varios meses antes del 9/11. Para ese momento histórico, podía ser el mejor o el peor título.

 

Mi charla sería sobre la importancia de la educación financiera, la cooperación y el capitalismo. Hablé de cómo se puede ayudar a la gente al brindarle educación financiera en lugar de las dádivas del gobierno. La plática en general fue sobre la paz a través de la prosperidad, y en ningún momento hablé sobre guerra o religión.

Estando en el escenario frente a cientos de hombres y mujeres musulmanes, noté tres estilos distintos de vestimenta en tres áreas del lugar: la ropa occidental, las prendas del Medio Este y la ropa negra que usan los miembros del movimiento musulmán fundamentalista. Comprendí que toda la experiencia de mi vida me había preparado para ese momento.

No podía hablar como un guerrero a favor de la guerra, pero podía hablar como un guerrero a favor de la paz.

EMI: EL MITO DEL SAMURAI

Tal vez mi percepción de la vida me convierte en idealista. Siempre he adorado a mis padres, a mi familia y maestros, y espero que la gente sea noble, que esté preparada para la gran pelea.

Al mismo tiempo que existen guerras en las fronteras o el territorio de los países, hay batallas cotidianas en el interior de cada uno de nosotros. Creo que éstas se producen por nuestras fallas y delirios, acrobacias mentales que nos impiden encontrar la paz y vivir una buena vida, como sea que quieras definirla.

Una buena vida es sencilla y nos da paz interior. Es algo que he buscado desde mi adolescencia. Creo que la gente debe valorar a los otros y aferrarse a ellos como si fueran algo precioso. Se deben respetar las diferencias, trabajar en beneficio de quienes están cerca y esforzarse por ser mejor, sin importar nuestro estilo de vida y cultura. ¿Acaso hay un mayor desafío que éste?

Todavía hay muchas lecciones que debo aprender, pero todo lo que mencioné son verdades en las que creo.

Una de las primeras enseñanzas de Buda, es: «El odio no se puede cambiar con odio; el odio se debe cambiar con amor».

En el complejo contexto de la guerra, lo anterior puede sonar demasiado simple. Sin embargo, en realidad transmite la semilla que se requiere para una coexistencia de entendimiento y paz; la necesaria entre las facciones que pelean en la Tierra y para las que se enfrentan dentro de nosotros mismos.

 

Con cierta inocencia e ingenuidad confié en que mis padres nos protegerían. Creía que nuestro país tenía buenas intenciones y que realizaría acciones en beneficio la humanidad. La guerra y su amenaza albergan el miedo y la sospecha en la mente. La guerra provoca inestabilidad. Nos polariza y magnifica las emociones positivas y negativas. Tal vez nos da más significado y aviva el fuego de la existencia, que de otra forma sería demasiado complaciente. Nos ayuda a comprender que la vida no permanece igual y que la flama se puede sofocar en un instante.

Y mientras los líderes de las naciones determinan sus estrategias de guerra, muchos jóvenes llenos de valentía y propósito llevan a cabo órdenes por amor a su país. Creo que todos poseemos una carga ancestral que nos prepara, aunque a veces sucede de manera indirecta.

La familia Kiyosaki tiene linaje Samurai y, a pesar de que éste contradice mis principios de no violencia, me llena de orgullo. Mi orgullo por lo Samurai se justifica porque es una tradición que implica mantener la honestidad por encima de lo incorrecto, ayudar al oprimido y ser noble salvaguarda de la paz. Desde mi perspectiva, la espada samurai representa este poder, no la violencia que se engendra con avaricia y odio.

Nuestros padres no hablaban mucho sobre la Segunda Guerra Mundial. Era extraño porque Hawai estaba lleno de remanentes de la presencia militar durante el conflicto bélico. Cada isla tenía bases militares instaladas en lugares estratégicos y a veces la gente comentaba que los militares poseían los mejores bienes raíces.

Para la generación de mis padres debió resultar muy difícil ser de ascendencia japonesa en aquel entonces. Sin embargo, ellos y sus amigos se convirtieron en ciudadanos modelo y líderes de su comunidad, así nos protegieron del estigma. Nosotros, los japoneses, tenemos una forma profundamente condicionada de ser discretos, pero uno de los aspectos de mayor peso en nuestra cultura es el servicio a los demás. Como muchos niños, me sentía intimidada por la gente que me rodeaba, pero estaba muy orgullosa de mi familia.

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El último Samurai. Esta foto de nuestro tátaratátarabuelo, se tomó aproximadamente en 1860. Era el fin de los Samurai como una clase noble y el principio de la era de la pólvora. La espada y el código Samurai han sido entregados de primogénito a primogénito durante generaciones. Nuestro padre le pasó la espada a Robert, justo como su padre lo hizo con él. El código del guerrero vive dentro de nosotros. Lo único que necesitamos es convocarlo.

 

En Hilo, donde crecimos, un gran porcentaje de la población es de origen japonés, y tal vez por eso nunca experimenté el prejuicio o la discriminación. Con el paso del tiempo y las modificaciones en las tendencias migratorias, los japoneses-americanos se han convertido en una minoría, incluso dentro de los porcentajes de los asiático-americanos. Nosotros crecimos en lo que llamamos «la cacerola del Pacífico», en donde habitaba gente de todas las razas. Basada en esa experiencia, nunca pude entender por qué la gente tenía que enfrentarse y asesinarse para resolver sus diferencias.

Ocasionalmente, mi padre y mis hermanos salían de cacería con otros padres y sus hijos. Cargaban avíos para acampar y cazar y se iban durante los fines de semana. A Robert le gustaba esta actividad más que a mi padre o a Jon. A veces empacaba arcos y flechas, o avíos de pesca y lanzas, y se iba con sus amigos. Lo que más me asustaba eran las pistolas y las lanzas; les tenía gran animadversión. Me enfermaba el olor a animal muerto con el que volvían.

Un día, cuando no había nadie en casa, saqué una de las pistolas BB de mi hermano. Me senté en la entrada del garage a jugar con ella. Había un lote baldío al otro lado de la calle, así que apunté a unos matorrales y ramas y disparé el arma. Después detecté a un pajarito distraído sentado sobre el cable del teléfono y le disparé. El ave sacudía sus alas mientras caía al suelo. Me causó tal conmoción que corrí a los arbustos en donde creí que había caído, pero nunca lo encontré. Deseaba que no estuviera herido y que solamente se estuviera escondiendo.

Jamás volví a tomar el arma.

 

Yo no apruebo la guerra; sin embargo, creo que necesitamos salvaguardas poderosos. Los tibetanos, a quienes he estudiado desde 1972, tuvieron que entregar su país en 1959 a Mao Tse-tung y a la China Comunista, porque no contaban con una fuerza militar y no estaban preparados para la avalancha de la invasión. Les agradaba vivir tranquilos y en paz, pero eso los hizo vulnerables.

Mi hermano dice: «Tiene que haber un mejor camino hacia la paz que la guerra». Pero para los tibetanos tal vez aplica la pregunta que hizo en 2007 Kalon Pema Chhinjor, anterior Ministro del Gabinete tibetano: «¿Acaso fue el enfoque insular de aislamiento y práctica espiritual lo que provocó la pérdida del país?».

Si aplico esta premisa a mi propia vida, debo preguntarme: «¿Acaso es mi enfoque insular de espiritualidad y de evasión al conflicto lo que causa la guerra dentro de mí? ¿Es que como individuos o naciones a veces nos involucramos y enfocamos tanto en una dirección que nos ponemos en desventaja?», estas preguntas y sus inevitables respuestas me han acercado más al mundo de Robert.

 

Este libro inició con una cita de F. Scott Fitzgerald:

La prueba de una inteligencia de primera clase es la habilidad de tener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir funcionando.

Éste es el desafío para cada uno, para las comunidades y las naciones. ¿Cómo podemos equilibrar nuestras aspiraciones, necesidades y acciones terrenales con las espirituales? O, ¿acaso es la realidad más parecida a lo que Jacob Needle-man sugiere en El dinero y el significado de la vida (Money and the Meaning of Life)?:

La voluntad es poder de vivir y estar en dos mundos opuestos, al mismo tiempo.

¿Podemos vivir íntegra y libremente dentro de estas dos aparentes fuerzas centrífugas opuestas: guerra y paz, riqueza y espiritualidad?

Anteriormente mencioné el orgullo que siento por tener linaje Samurai. Creo que mi emoción nace de saber que esta esplendorosa tradición corresponde a un noble salvaguarda de la paz. En casa siempre se exhibían enormes y bellas espadas Samurai. Papá era hijo primogénito de un primogénito, y por eso las heredó de los abuelos cuando se casó con mamá. Recuerdo la ocasión en que nos reunimos para que papá y mamá le dieran la espada a Robert. Él también era hijo primogénito de un primogénito.

Mis padres nos transmitieron la dignidad y el poder de tener linaje Samurai. Fue una influencia informal pero penetrante. Aquí se presenta una dualidad: ¿cómo es que podíamos estar orgullosos de ser espadachines? Los Samurai eran respetados por ser los protectores y defensores de nuestra tierra, de la gente, la fe y los líderes. Sin embargo, también podían ser asesinos, ladrones y zánganos que seguían a caudillos corruptos. En esencia, tenían que mantener la paz y su estatus.

Mi abuelo dejó la isla Kyushu junto con su primo para ingresar a la escuela de medicina en Tokio. Cuando llegaron, sólo había un lugar disponible, por lo que mi abuelo animó a su primo para que él lo tomara. Poco después, mi abuelo encontró un lugar a bordo de un barco que iba a Hawai. Viajó con la familia de mi abuela. A manera de broma, Robert siempre dice que hubiera sido una transición muy natural pasar de espadachín a cirujano sólo que, en el caso del abuelo, su destino parecía ser otro.

Echamos raíces en Hawai; mi bisabuelo y mi abuelo portaron el linaje patriarcal y nuestra familia floreció. Cuando le entregaron la espada Samurai a Robert, también recibió un espejo de bronce para su futura esposa, que había sido fabricado mucho antes del tiempo de la producción del vidrio.

¿Qué recibí yo?

Nada, porque era una chica. En esta jerarquía tradicional, sólo el primogénito varón recibe la herencia. A las mujeres no se les apreciaba. Las jóvenes japonesas en Hawai aprendíamos esta tradición del antiguo Japón.

Durante nuestra infancia disfrutamos de mucha libertad y tiempo para divertirnos. En realidad nuestros padres no insistían demasiado en temas como la iglesia o la escuela. No estaban sobre nosotros dándonos instrucciones o ayudando con la tarea. Tampoco nos hacían saber lo que esperaban de nuestro futuro.

En general, los eventos que se presentaron en nuestras vidas y el mundo que nos rodeaba, tuvieron más impacto que cualquier intento de dirigirnos hacia alguna meta particular.

Yo siempre estuve interesada en la psicología y la ética. Obtuve mi título de licenciatura en psicología con una especialidad en gerontología, el estudio de la vejez. Cuando inicié mis estudios, mi padre me sugirió tomar otra dirección al decirme: «¿Por qué estudias esas pseudociencias? ¿Por qué no te vas hacia las ciencias puras y precisas?», él era matemático y científico, e impartió esas materias antes de convertirse en administrador.

Recuerdo que le hacía preguntas similares a Robert, como por qué quería ir a la guerra, por qué no deseaba uno de los seguros empleos gubernamentales como el que él mismo había tenido durante la mayor parte de su vida laboral…

 

Yo no entendía bien las razones políticas tras la Guerra de Vietnam, pero estaba en contra de que la violencia se usara para resolver problemas. Nuestros compañeros de clase se enlistaban, mientras que la mayoría de mis amigos hacía cualquier cosa con tal de evitar el reclutamiento. Había mucha controversia al respecto y la vida de mis hermanos en medio de la guerra me resultaba ajena.

Estoy segura de que la guerra y la paz son luchas internas que todo el mundo enfrenta.

No protesté activamente contra la Guerra de Vietnam porque me causaba confusión e incertidumbre. La realidad de la guerra intensifica nuestros miedos y nos obliga a involucrarnos en actos atroces. El calor de la batalla justifica y alienta dichos actos. Mucha gente experimenta terribles calamidades por la agresión, el odio, la avaricia y la codicia. Las imágenes de la guerra —es decir: muerte, destrucción y protestas violentas—, nos inundaron a través del televisor. Yo me incliné por la resolución pacífica y me aferré a la creencia de que el conflicto podía tener solución negociando y sin agresión. «El odio no se puede cambiar con odio; el odio se debe cambiar con amor». (Buda).

Pero la guerra sólo termina cuando uno de los contendientes es aplastado y cede ante el vencedor, o a través de concesiones y acuerdos. Antes de este final, el caos reina y es natural involucrarse en los actos más atroces. Recuerdo los comentarios de Robert sobre la Guerra de Vietnam: «La realidad es que muchos jóvenes murieron porque la gente que estaba de nuestro lado no cumplió su palabra».

O como lo enunciaba el corresponsal de guerra, Chris Hedges:

La guerra expone un lado de la naturaleza humana que normalmente está enmascarado por la coerción y las exigencias sociales que nos mantienen unidos. Nuestros hábitos cultivados y las mentiras piadosas de la civilidad, nos arrullan y adormecen en una opinión refinada e idealista sobre nosotros mismos. Pero con cada avance que tiene la industria moderna del arte de la guerra, nos acercamos más a nuestro propio aniquilamiento. También comenzamos a atarnos explosivos a la cintura. ¿Acaso hemos realizado un pacto suicida?

En su libro, La guerra es una fuerza que nos da significado (War Is a Force that Gives Us Meaning), Hedges asegura: «Han muerto no menos de 62 millones de civiles» y «43 millones de militares (han sido) asesinados» debido a la guerra en el siglo XX.

Me sorprendió enterarme de cuántas bajas civiles había, sin incluir aquellos que han quedado inválidos y mutilados por la guerra, o los que tienen cicatrices emocionales por la pérdida, el desarraigo, la enfermedad, la violación, la pobreza y por haber sido testigos de atrocidades. Qué alto es el precio de esta avaricia, del miedo y el odio hacia otros. Cada combatiente se aferra a la idea de que su lado es el más importante, valioso y correcto.

Las ideas falsas ejercen un fuerte dominio sobre nosotros. Según William James Durant, educador y escritor: «Sólo hay 29 años en toda la historia de la humanidad, durante los cuales no hubo guerra en algún lugar». Este dato es triste si pensamos en los grandes logros y el potencial de obtener beneficios aún mayores para nuestro mundo. En el tiempo que encierra la frase «toda la historia de la humanidad», ¿no pudimos resolver los conflictos por algún medio menos grotesco que la guerra?

El panorama no es bueno. Todo nos conduce a la aniquilación de la raza humana por sus propias manos. Nos engañamos pensando que uno puede dominar a otro construyendo un arsenal y tropas, usando poder militar y político. Esta delirante idea, la agresión, el odio y las antiguas heridas, es lo que mantiene con vida al engaño.