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Senderos que transforman


A veces obtienes lo que deseas de la vida.

El problema es que tal vez no te gusta la forma en que llega a ti. Puede ser que no te guste el empaque en el que viene. Tal vez ni siquiera notes que te ofrecen lo que pediste.

Nuestras búsquedas nos llevaron en direcciones radicalmente opuestas, pero los paralelismos comenzaron a surgir. Para uno de nosotros, la clave fue mantenerse fuera de prisión.


ROBERT: UN CAMBIO EN LA VIDA

Mientras mi hermana buscaba la espiritualidad en la selva de la Isla Grande, yo buscaba sexo en la selva de Waikikí. Cuando me quitaron el helicóptero fue difícil mantener mi estilo de vida fiestero y seguir saltando de isla en isla.

No obstante, en 1974 conocí a una hermosa mujer en un bar. Su nombre era Jennifer y era un poco hippie. No sé si fue por mi corte de marinero o mi personalidad en general, pero cada vez que la invitaba a salir tenía un pretexto para decirme «no».

Mi persistencia fue compensada finalmente. Me dijo: «Sí, pero con una condición».

Yo tenía que asistir a un seminario gratuito con ella. Sería su invitado. Como estaba desesperado, accedí.

El seminario gratuito era un Seminario de Entrenamiento Erhard (EST), como al que mi hermana Emi había asistido años antes. El evento se llevó a cabo en un espléndido salón de fiestas de un hotel en Waikikí. Estaba lleno, había como quinientas personas. Yo nunca había escuchado de EST, pero estaba impresionado con la cantidad de mujeres atractivas que había en el lugar. Todas me sonreían. Fue algo que nunca había experimentado. Desde la preparatoria había estado encerrado en una escuela militar para varones y luego en el ejército.

Pensé que había encontrado el paraíso en Waikikí.

Me senté junto a Jennifer, las luces se apagaron gradualmente y subió al escenario una mujer despampanante con un vestido blanco espectacular. Dijo algunas palabras y presentó a Werner Erhard. La gente saltó de sus asientos y aplaudió con fuerza.

Werner también vestía de blanco. Se veía en gran condición física. Sus facciones eran afiladas y atractivas; tenía confianza en extremo. Era un gran orador, pero entre más hablaba menos comprendía, lo único que entendí fue que tenía que hacer que mi vida funcionara mejor.

En poco tiempo me aburrí y quise irme. No tenía la menor intención de inscribirme en este entrenamiento, especialmente porque costaba 200 dólares y duraba dos fines de semana completos. Cuando hubo un descanso, volteé hacia Jennifer y le pregunté si quería ir a tomar algo. Agitó la cabeza y me preguntó algo que no me esperaba: «Bien, ¿estás listo para inscribirte en el curso EST?».

«No», le dije claramente. «Yo no necesito esto. Esta basura es para perdedores. Ven, vamos al bar y bebamos algo».

Jennifer movió la cabeza en silencio, me miró disgustada.

«¿Qué?», pregunté. «¿Tú crees que yo necesito esta basura?». Mi pregunta la hizo sonreír.

«De toda la gente que está aquí, tú eres el que más necesita el entrenamiento».

«¿Yo?», le pregunté indignado. Sentía como si me hubiera abofeteado verbalmente. «¿Por qué yo?».

«¿Por qué crees que no salgo contigo?», me dijo Jennifer.

«No lo sé», respondí con rudeza. «Dime».

Supongo que con esa pregunta estaba esperando que me aporreara como lo hizo. «No salgo contigo», dijo, «porque careces de mucho. No tienes confianza con las mujeres. Te da vergüenza y temor que te rechacen. Además, eres tan cachondo que estás desesperado. Te puedo asegurar que sólo hay una cosa que quieres. Pero ¿por qué querría acostarme con un hombre al que le faltan tantas cosas?».

«¿Qué?», aullé como perro pateado.

«Además», continuó Jennifer, «finges ser un macho, pero puedo ver a través de ti. Eres solamente un remedo de piloto de marina, grande y rudo. Manejas por ahí en tu Corvette como preparatoriano buena onda».

«Está bien», le dije, herido. «Si eso es lo que piensas, entonces me voy».

«Mira», me dijo con un poco más de suavidad. «Escúchame, no me hace feliz decirte esto. Me agradas. Tienes cualidades, pero tú me preguntaste».

Estábamos en un área llena de gente. Algunos conversaban, otros se estaban inscribiendo al entrenamiento. Otros se ocultaban nerviosamente en la mesa de refrigerios. Lo bueno es que la multitud era lo suficientemente ruidosa como para apagar los comentarios de Jennifer. Y si los hubieran escuchado, no les habría importado.

Tocó mi hombro, sonrió y me dijo con delicadeza: «Por eso te invité. Tomé el entrenamiento y mi vida entera cambió para bien».

Me guió hacia la mesa de registro. Yo todavía estaba molesto por sus comentarios. Me dolía el estómago y mi mente estaba totalmente acelerada. No sabía qué hacer, así que lentamente tomé una pluma y comencé a llenar la solicitud. Todavía estaba a punto de correr hacia la puerta. Realmente no sabía si quedarme o salir corriendo. No tenía idea en qué me estaba metiendo.

Finalmente pagué el depósito de 35 dólares para apartar mi lugar en el entrenamiento. Abandoné el salón y fui al bar del hotel.

Jennifer se quedó para la segunda parte del evento.

En marzo de 1974 entré al entrenamiento EST, y dos semanas después mi vida había cambiado, tal como ella prometió.

Gran parte del curso fue sobre acuerdos. Dicho de otra forma, ¿cumples tu palabra? Fíjate bien en la palabra «palabra». Los acuerdos se basan en cumplir tu palabra. Cuando alguien dice: «Él es un hombre de palabra», se considera un gran halago.

Durante el entrenamiento se hizo muy evidente que la mayoría de nuestros problemas personales comienzan porque no cumplimos nuestros acuerdos. No nos mantenemos fieles a nuestra palabra. Decimos una cosa y hacemos otra. Ese primer día en que sólo se habló sobre acuerdos, fue dolorosamente iluminador. También se hizo evidente que mucha de la miseria humana es producto de acuerdos que se rompen, de que no cumples tu palabra o que los otros no lo hacen.

Por fin comprendí que mi falta de integridad y el no cumplir mi palabra era lo que causaba mi penuria. Estuve en los programas EST dos años más y aprendí mucho sobre mí mismo. Poco después de que dejé de asistir a los seminarios, la organización atravesó varias pruebas y tribulaciones. Actualmente se le conoce como Landmark. No es que yo necesariamente recomiende el programa, sólo comento que, para mí, fue una experiencia renovadora.

 

El siguiente lunes, tras completar el entrenamiento de dos fines de semana, junté el valor necesario para llamar a mi comandante de escuadrón y solicitar una cita. Estaba prácticamente paralizado por el miedo. Entré caminando con firmeza a su oficina. Saludé y tomé asiento. Comencé diciendo: «Señor, antes de abandonar el cuerpo militar, quiero hablarle sobre los acuerdos que rompí con su escuadrón».

El coronel se sentó y escuchó mientras yo admitía que tomé un helicóptero en viernes, aterricé en un lugar alejado de la base, recogí a un montón de mujeres, hieleras con cerveza y volé a una playa en una isla remota. También confesé que había transportado equipo de buceo (lo cual está estrictamente prohibido porque la altitud puede hacer que los tanques presurizados exploten), y que había volado en estado de ebriedad.

Movió la cabeza en silencio. Finalmente, habló.

«Gracias por decírmelo. ¿Hay otros pilotos haciendo lo mismo?».

«Prefiero no decirlo», contesté. «Estoy aquí solo para declarar lo que yo hice».

«Comprendo», dijo el coronel. «Haré una investigación. ¿Está preparado para enfrentar un juicio si se le acusa de algo?».

«Sí», le dije.

«Está bien», me contestó. «Las autoridades militares se pondrán en contacto con usted».

 

Dos semanas después me llamó un abogado militar (un capitán de la Marina). Me pidió que fuera a su oficina en la base. Cuando estuvo ahí me informó sobre mis derechos y me preguntó si quería un defensor.

«No», le contesté. «Estoy aquí para decirle todo y enfrentar las consecuencias de mis acciones, aun si eso implica ir a la cárcel».

El capitán llamó a un estenógrafo y comencé mi declaración de tres horas. Describí todas las actividades con las que había infringido la ley. Me sentía exhausto cuando terminé, lisiado, vacío. Les había dicho todo, cada detalle y cuántas veces había engañado al sistema. No oculté nada.

Estaba sentado en silencio y vi que el capitán hizo salir al estenógrafo. Comenzó a guardar sus notas.

«¿Voy a ir a la cárcel?», le pregunté, esperando que me sacaran esposado.

El capitán continuó jugando con su portafolio por un momento y después me miró y me dijo. «No, se puede ir. Saldrá en un mes y me voy a asegurar que sea dado de baja con honor. Gracias por su servicio al país».

Las semanas de estrés y la sorpresiva decisión me vencieron. Ya no lo soportaba más. Estallé en lágrimas y dije: «No comprendo».

«Tome su regalo, teniente», dijo el capitán. «Gracias por decir la verdad. Ahora salga de aquí antes de que me arrepienta».

Me levanté confundido, no me moví. No podía hacerlo. Finalmente el capitán sonrió y me dijo: «Sabemos lo que usted y sus compañeros hicieron. Me enteré de las langostas gigantes que pescaron y de las fiestas nudistas. Diablos, me hubiera gustado que me invitaran. Se ve que eran muy divertidas».

«¿Usted sabía?», pregunté.

«Claro. Las noticias de ese tipo siempre vuelan. Había varios pilotos haciendo lo mismo. Me invitaron una vez, pero no fui. Sabía que los iban a descubrir tarde o temprano, me alegro de no haber ido».

«¿Quién más lo hacía?», le pregunté.

«Había varios pilotos que le dieron mal uso a la propiedad del gobierno. Algunos tenían mayor rango que usted y yo. Pero me alegro de que haya tenido el valor de decir la verdad. No es usted a quien persigo. Estoy tras los otros que no se atrevieron a confesar. Volar con mujeres a islas desiertas y volar ebrio es muy malo. Pero no tener el valor de admitirlo y mentir son peores delitos. Son un defecto de carácter, un defecto trágico.

»Todos cometemos errores», continuó. «Todos hemos roto las reglas. Cometemos estupideces y pensamos que nos podemos salir con la nuestra. Cometer un error y ser estúpido no es un crimen. Ser tonto no es un crimen, pero mentir sí lo es».

Después de eso, me retiré.

El capitán cumplió su promesa. En junio de 1974 salí de la base y era un hombre libre.

 

La libertad para mí era algo más que eludir el consejo de guerra. Mi «nueva vida» iba más allá de esos dos fines de semana que pasé en el seminario EST. Comprendí que tenía el poder de crear el mejor o el peor destino para mi existencia. Era mi elección.

Tuve que dejar de pensar que siempre estaba en «lo correcto». Tuve que aceptar mi lado oscuro y llevarlo a la luz. El enemigo estaba dentro de mí, no «allá afuera», en algún lugar. Al desarrollar mi carácter había comprendido que también podía cambiar mis defectos.

En ese momento decidí que tendría que trabajar toda la vida para enfocarme en mí mismo y en desarrollar un carácter con una ética superior, un carácter moral y legal. Aquéllas nobles palabras, «mandamientos» que los maestros de la escuela dominical y las amigas de mi madre refunfuñaban, regresaron a mí en un lenguaje que yo podía entender y que me pertenecía. Sabía que sería una misión para toda la vida. Tenía que trabajar mucho conmigo mismo.

Las lecciones de vida que había aprendido en la iglesia eran valiosas. Eran sencillas y lógicas. Como eran simples, comencé a preguntarme por qué la gente tenía dificultades para seguirlas. «¿Para qué ir a la iglesia si no vas a hacer que las lecciones sean parte de tu vida?».

Me hice muy cínico respecto a la gente que iba a la iglesia, pero no en cuanto a la iglesia. A veces me preguntaba por qué una persona que asistía regularmente y parecía ser devoto seguidor de Dios y de los rituales de su religión, no ponía en práctica las lecciones.

Mamá y papá se habían esforzado para protegernos de las realidades crueles del mundo real. Pero sin importar cuánto se empeñaron, el lado oscuro de la vida siempre nos alcanzó. Por ejemplo, cuando tenía seis años, nos enteramos de que uno de los compañeros del trabajo de papá se iba a divorciar. No sabíamos lo que significaba divorcio, o por qué una madre y un padre se separaban. Nuestros padres trataron de explicarnos las razones sin decirnos lo que significaba adulterio, pero de cualquier forma nos enteramos poco después.

Unos años más tarde, el padre de un compañero de la escuela fue arrestado y encarcelado por malversación de fondos. También en este caso nos explicaron delicadamente. Otro amigo, también hombre de familia, era alcohólico. Pasó mucho tiempo ocultado su secreto. Un día, en su estupor alcohólico, atropelló a un peatón en un crucero y terminó en la cárcel. La familia se desintegró y la esposa volvió a casarse.

La parte más difícil de explicar era que esas familias eran religiosas y asistían a la iglesia. La pregunta que nos desconcertaba era: «¿Para qué ir a la iglesia si no vas seguir las reglas de Dios?».

Esto no quiere decir que estoy por encima del pecado y de la locura. Te aseguro que me esforcé en hacer casi todo lo que me dijeron en la iglesia que no hiciera. Mi excusa es que nunca pretendí ser un buen cristiano que seguía las reglas. Me molestaba el número de personas que actuaba como si fueran seguidores de Dios. Asistían a la iglesia, hablaban sobre un Dios amoroso y decían seguir las reglas. Pero, en realidad, en privado no eran lo que decían ser.

Conforme pasó el tiempo comencé a preguntarme por qué muchas personas fingen ser santas cuando en realidad son verdaderos pecadores. Si era tan sencillo seguir las reglas para una buena vida, ¿por qué mucha gente no las seguía? Algunos de los ejemplos que me han perturbado en particular son:

Todos sabemos que no debemos mentir.

Todos sabemos que debemos decir la verdad. Mi pregunta es, ¿si ésta es una lección tan fácil de seguir en la vida, por qué tanta gente miente? Fue especialmente entretenido cuando se descubrió que el presidente Nixon, el líder más importante del mundo, mentía. Él iba a la iglesia y era un buen cristiano.

¿Por qué mintió?

Todos sabemos que no debemos cometer adulterio.

Entonces, ¿por qué tantas personas engañan a sus cónyuges? Me encanta la fotografía del presidente Clinton posando al salir de la iglesia con una Biblia en la mano. Más tarde nos enteramos de que se dirigía a ver a Mónica.

Todos sabemos que no debemos matar.

Pero los gobiernos invierten mucho tiempo, tecnología y dinero en construir armas que asesinan gente. ¿Por qué Estados Unidos, una nación supuestamente creyente, gasta tanto de su producto interno bruto en armas? ¿Por qué la Tierra Santa es uno de los lugares más violentos de la Tierra?

Todos sabemos que debemos «amar a nuestro prójimo».

Entendemos que debemos ser amables con nuestros congéneres, pero mucha gente habla mal de sus vecinos a sus espaldas, apuñalándolos con sus palabras. ¿Por qué tanta gente invierte tiempo, creatividad y esfuerzo en Internet para difamar a alguien más?

 

De nuevo me encontré en mi vida buscando respuestas nuevas a viejas preguntas. Me parecía que si seguíamos la regla de oro: «Trata a los otros como quieres que te traten a ti», la vida sería mucho mejor. Las reglas parecían simples, pero seguirlas era más difícil. Me preguntaba por qué.

También noté que los seres humanos luchaban mucho dentro de sí mismos. Al parecer, mucha gente iba a la iglesia para orar genuinamente por una vida mejor. Pero esa mejor vida los eludía. Por ejemplo:

  • Mucha gente quiere ser rica, pero millones de personas que son ricas espiritualmente, permanecen financieramente pobres.
  • Millones de personas quisieran ser más delgadas y saludables, un gran número de ellas reza para bajar de peso, pero sólo sube más.
  • Millones de personas rezan porque desean tener más amor y felicidad con sus parejas; sin embargo, es sabido que las peleas más encarnizadas las tenemos con quienes más amamos.
  • Millones de familias va a la iglesia para establecer un ejemplo moral para sus niños, pero algunos de los hijos de las familias más creyentes a veces se convierten en las peores personas.

Me preguntaba, ¿por qué?…

EMI: BUSCANDO MI TALLA

Mis hermanos y yo nacimos en el hospital San Francisco, en Honolulu, Hawai. Cuando era chica, mamá trabajaba ahí como enfermera. En algunas de las pocas visitas que le hicimos al trabajo, llegamos a ver a las monjas apuradas, cuidando a la gente. Pero eso era muy rara vez porque no se permitía la entrada de niños al hospital.

En general soy una persona con mucha fe. Estimo mucho a los maestros y a los santos de distintas tradiciones, y cuando viajo a diversos lugares por trabajo o cuestiones familiares, siempre trato de visitar los lugares santos de las distintas creencias.

 

Tal vez por mi temprana cercanía a San Francisco de Asís, siempre me he sentido atraída a su sorprendente vida y su trabajo. En 1999, cuando asistí a una conferencia para entrenamiento de maestros budistas en Pomaia, Italia, tuve la oportunidad de visitar Asís, donde había vivido San Francisco. Fue maravilloso estar precisamente en el lugar en donde él y Santa Clara estuvieron y comenzaron sus tradiciones monásticas. Aunque algunos consideran que Asís es un lugar turístico, en realidad está lleno de la energía de las oraciones de todos los fieles que han hecho peregrinajes hasta allá durante siglos. Cuando descubrí que la gente ha resguardado el cuerpo de San Francisco en la catedral, estuve a punto de llorar. Me parece que eso demuestra gran determinación, fe y sentido de protección. La gente mantuvo a salvo el lugar sagrado y la reliquia de su cuerpo durante siglos. Gracias a estas personas, sobrevivieron a la modernidad, los conflictos, la hambruna y la guerra. A los tiempos de fervor y a los de olvido.

También visité Lourdes, en Francia. Fui a Tolousse para ayudar a mi hija Erika y a su esposo cuando nació su segundo hijo. El día antes de irme de Francia, tomé un descanso y viajé durante dos horas en tren hasta Lourdes. Llegué a la hora del almuerzo, así que comí algo antes de explorar el área. En el café noté a un monje católico que también estaba comiendo. Después del almuerzo, lo volví a encontrar en el camino hacia la catedral y el área de las grutas. Se veía muy involucrado y me señaló en dónde estaban los lugares santos. Después, me preguntó: «¿Qué hace usted aquí?».

Le contesté que me encantaban las historias de los santos y que, cuando tenía la oportunidad, visitaba los lugares sagrados.

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Tenzin y su hija Erika, en diciembre de 1994, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Tenzin se dirigía de nuevo a la India.

 

«¿Pero, por qué razón está en el sur de Francia?».

Le expliqué que había ido porque mi hija acababa de tener un bebé. Se sorprendió mucho y me preguntó: «¿Quiere decir que los monjes como usted se pueden casar?».

«No», le dije. «Eso sucedió hace mucho tiempo».

«¿Pero qué le sucedió a su esposo?», me preguntó.

«Nos separamos hace muchos años», le contesté.

«¿Qué? ¿Quiere decir que ustedes los budistas se pueden divorciar?», me preguntó.

«Eso fue antes de que fuera budista», respondí.

«Bueno», me dijo, «debe saber que no podrá obtener ninguna bendición aquí a menos que haya sido bautizada».

«Pero sí fui bautizada cuando era niña», le contesté.

«¿Qué? ¿Quiere decir que abandonó todo?», me preguntó con incredulidad.

«No es que haya abandonado todo, sino que encontré mi camino en el budismo», le dije. Le expliqué que no creía que alguien tuviera que rechazar una fe para aceptar otra.

Después de eso, me llevó con amabilidad hasta donde estaba la gente llenando botellas con agua de manantial, y nos sentamos afuera de la gruta donde Bernadette Soubirous había tenido la visión de Nuestra Señora de Lourdes. Ahí recé por un rato. Después fui a las tiendas de las mujeres en donde la gente recibía la bendición con el agua de manantial. Como no hablaba francés, no comprendí sino hasta el último momento que teníamos que desvestirnos por completo para poder sumergirnos en el agua.

 

Los encuentros entre personas de creencias diferentes son importantes porque desarrollan la amistad y la armonía. Ya no vivimos en un mundo de islas en el que podemos mantenernos alejados de la modernidad, de otras culturas y puntos de vista. En los siglos anteriores el aislamiento era producto de las limitaciones tecnológicas y las dificultades para viajar. Siempre es importante estudiar profundamente las tradiciones y las comunidades que escogemos, pero en la actualidad es necesario que dialoguemos y seamos más tolerantes, que apreciemos más a los distintos grupos religiosos. Esto nos llevará a tener más paz, amistad y armonía.

En 1998 acepté un puesto en Colorado como maestra en residencia de un pequeño grupo budista. Un año después de haber llegado a Colorado Springs, uno de los capellanes de la Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos me solicitó que me reuniera con los cadetes interesados en el budismo. Terminé sirviendo como capellán budista por seis años. Durante ese tiempo también terminé mi maestría gracias a una beca, fui voluntaria en un hospicio y participé en grupos interreligiosos.

En 2005 y 2006 realicé el primer año de entrenamiento de Capellanía hospitalaria en el hospital Santa Mónica de la UCLA en California. Colorado Springs es reconocido por ser un centro de grupos cristianos fundamentalistas y conservadores. Después de los años que pasé ahí, esperaba tener mayor flexibilidad y más amistad en el entrenamiento de capellanía. Santa Mónica era un lugar más liberal y moderno, y creí que podría soltarme el cabello, por decirlo de alguna forma. Nuestro grupo estaba formado por cristianos de distintas denominaciones y por mí, una budista. La supervisora nos comentó que le agradaba que hubiera diversidad de religiones en las sesiones de entrenamiento. Creía que el proceso de aprender juntos se volvía más interesante y nos brindaba más experiencia interreligiosa.

Cuando estaba en el entrenamiento me sorprendió descubrir que algunos de los capellanes tenían puntos de vista mucho más conservadores que los que había yo encontrado en Colorado Springs. De hecho, Colorado Springs había sido una sorpresa refrescante. La gente era muy amigable y los extraños siempre me saludaban en la calle al pasar.

En el entrenamiento de capellanía tuvimos que redactar y compartir una declaración de nuestra misión personal. Debíamos indicar lo que creíamos que obtendríamos del entrenamiento, y por qué. Yo inicié un párrafo con la frase: «En un espíritu ecuménico, espero poder trabajar y aprender junto a los otros capellanes».

Un capellán me confrontó agitado diciendo: «¿Por qué está empleando la palabra “ecuménico”? Eso es sólo para los cristianos. ¿Y por qué usa la palabra “espíritu”? Esa palabra representa el espíritu santo de Cristo».

Otro capellán aligeró la tensión cuando dijo que «espíritu» tiene varios significados, así como cuando decimos «el espíritu de la bondad» o «el espíritu de la alegría». Fui a casa esa noche y busqué «ecuménico» en el diccionario. Descubrí que ambos estábamos en lo correcto. Una de las definiciones era el encuentro de varias tradiciones cristianas, pero la primera definición, del diccionario Merriam-Webster, era «mundial o general en extensión, influencia o aplicación».

Cambié la definición a «espíritu interreligioso» para que funcionara mejor en el sentido más general y para no ofender a los demás. Sin embargo, como se estudia y practica budismo en Occidente, debemos tener cuidado con las palabras que usamos. Debemos recordar que el inglés tienen una base judeocristiana. Culturalmente, es normal que nos enfrentemos al sesgo y la tradición. Tenemos que ejercitar la tolerancia y la bondad para encontrar un punto de encuentro.

 

Existe un rasgo común que he observado en la gente que, siendo de una cultura, se convierte a otra religión. A veces son más inflexibles, estrictos y fundamentalistas en su actitud que las familias que han pertenecido a dicha religión por años. También pueden ser más intolerantes con las religiones diferentes a la que ellos adoptaron. Por otra parte, puede haber un resultado muy positivo. Cuando una persona se convierte o adopta una religión diferente a la que le impone su tradición cultural, tiende a la práctica intensa, al estudio sincero, la curiosidad, el amor y fidelidad a sus nuevas creencias.

Su Santidad, el Dalai Lama, dice que generalmente es mejor que si una persona estudia el budismo, permanezca dentro de la propia fe de su tradición. Si encuentran algo interesante o valioso en su estudio del budismo u otras creencias, deberán utilizarlo sin que sea necesario convertirse. Es importante señalar que la filosofía budista no profesa la existencia de un Dios creador, divino e independiente. Por tanto, cuando una persona llega a un momento coyuntural en la vida (especialmente cuando uno se acerca a la muerte o tiene experiencias relacionadas con ésta), tal vez su educación temprana y sus creencias más profundas ofrezcan más tranquilidad. Especialmente la creencia de que hay un Dios creador que supervisa su vida.

En la tradición budista cada persona es responsable por sus propias acciones. Lo que sucede después de la muerte depende del mérito y karma acumulados. Éste es un detalle importantísimo, pero sutil, que en muchas ocasiones es soslayado por los creyentes. De hecho, muchos budistas tienden a divinizar a Buda o a los santos budistas. Rezan por su salvación y por alivio a su sufrimiento. Piensan que los santos los liberarán. Aunque nuestros maestros son indispensables para guiarnos y enseñarnos, debemos cumplir las etapas hacia la iluminación con nuestro propio esfuerzo y comprensión. Debemos acumular mérito y virtud, y purificar lo negativo y las ilusiones.

 

Como soy parte de una religión establecida, tengo la oportunidad de asistir a muchos eventos religiosos y reuniones interreligiosas. Asisto y a veces organizo las conferencias anuales de los monjes budistas en occidente, en Estados Unidos. Como solo somos unos cuantos en todo el continente, con mucha frecuencia los monjes occidentales están solos o asociados con centros budistas. Éstos son, predominantemente, comunidades laicas. Así ofrecemos a los monjes budistas la oportunidad de reunirse.

En ésta era materialista, el monasterio se volverá poco común y atraerá solamente a algunos. Los monjes generalmente trabajan durante largas horas en tareas de enseñanza, logística o gerenciales. Nuestras reuniones son eventos que ansiamos, nos permiten tomar un respiro de nuestras actividades. Podemos discutir y compartir nuestras prácticas, tradiciones y preocupaciones. En una de nuestras primeras conferencias, tuvimos una presentación de «batas del mundo». Nos permitió comprender la historia y el significado de las distintas batas de China, Japón, Tíbet y Tailandia. Todas eran muy diferentes.

Como occidentales que practican la tradición y cultura budistas, a veces realizamos alguna adaptación o debemos definir lo que son prácticas efectivas o expresiones culturales. Qué es esencial y debe ser aplicado, y qué cosas debemos dejar a un lado. Aunque los votos se han mantenido casi iguales, los hábitos de la práctica monástica evolucionaron de maneras únicas en las distintas culturas. Al reunirnos en occidente, las culturas y tradiciones convergen. Aprendemos mucho unos de los otros. También necesitamos una mente más abierta y tolerante para aceptar las diferencias. En la tradición tibetana en la que fui educada, los monjes a veces comen tres veces al día, consumen carne, preparan sus propios alimentos y utilizan zapatos de piel, pero no matarían a una mosca o un mosquito. Además, nuestros templos están repletos de colores vibrantes e imágenes magníficas.

En contraste, en las tradiciones china, coreana y vietnamita, los monjes son vegetarianos, a veces solo comen una vez al día y no usan artículos de piel. Los templos zen japoneses son tranquilos, más monótonos en sus colores y menos densos. En las tradiciones Theravada, los monjes no pueden tocar dinero, no operan vehículos, no preparan alimentos y sólo comen lo que se les ofrece, incluyendo carne. Algunas tradiciones se apegan al principio de tener pocas posesiones. Pero en Occidente, muchos monjes se mantienen a sí mismos, algunos trabajan, viven solos, tienen auto y casas llenas de posesiones.

Piensa en eso. Muchos templos tibetanos se establecieron a grandes altitudes. El monasterio de Gaden, donde estaba mi maestro, se encuentra en una colina solitaria y distante a más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar. Está por encima de la línea de las copas de los árboles, en una tierra árida y rocosa. Es casi imposible tener un jardín en donde crezcan vegetales para alimentar a miles de monjes. Ahí los monjes llevan una dieta de harina de cebada tostada y te de mantequilla, a veces un poco de carne seca (muchos de los monasterios que se restablecieron en la India, ahora ofrecen comidas vegetarianas). Al entrar al templo, el practicante puede gozar de la calidez del color y las representaciones de las imágenes de Buda, al entrar al templo.

En los exuberantes paisajes de los países con una elevación menor, los discípulos y los amigos de los monasterios pueden cultivar la tierra y llevar otro tipo de comida para los monjes. Ahí se puede seguir una dieta vegetariana diversa y balanceada. Los templos zen ofrecen un contraste serenidad y paz con el mundo exterior.

Éstas son tan sólo algunas de las diferencias externas. También hay muchas diferencias filosóficas e interpretativas, igual que sucede en otras religiones.

En algunas tradiciones las mujeres tienen puestos de gran poder y pueden ordenarse en rangos más altos. En otras, estas oportunidades no están disponibles.

Muchas de las diferencias son producto de la cultura. Por ejemplo, los cambios económicos y políticos dentro de cada país, a lo largo de los milenios. El clima y la vegetación también son factores importantes. Incluso en las tradiciones monásticas budistas debemos involucrarnos continuamente en un diálogo. Debemos aprender de otras tradiciones y apreciarlas y, al mismo tiempo, seguir profundizando en la convicción y la fe que tenemos en nuestra propia tradición.

 

Mientras estaba en Colorado Springs, tuve la buena suerte de asistir a una plática ofrecida por el Obispo John Spong. El obispo ha reflexionado con franqueza algunas de las asunciones y opiniones de su propia tradición cristiana. Aunque ha sido criticado por tener una postura radical, lo que ha hecho es analizar y cuestionar con un profundo amor por su fe. En las enseñanzas budistas, el mismo Buda nos dijo que no debemos aceptar ciegamente las enseñanzas. Dijo que deberíamos comprobarlas de la misma forma que lo haríamos con el oro: calentando, frotando y pesándolas para verificar su autenticidad y calidad antes de aceptarlas como verdaderas.

El obispo Spong habla con humor y cariño cuando dice que, si el paraíso es en algún lugar más allá del cielo, y Jesús subió al cielo y se fue al paraíso, entonces habría entrado en órbita. De acuerdo con las opiniones de la ciencia y de los cristianos del siglo I, María concibió a Jesús inmaculadamente y su vientre fue prestado para nutrir y dar a luz al niño Cristo. Pero el obispo Spong dice, y yo parafraseo: «Tomando en cuenta lo que sabemos hasta ahora sobre genética y reproducción humana, la mujer aporta un óvulo para crear a un niño. Por lo tanto, no fue solamente el vientre de María lo que fue prestado para producir a Jesús. ¿Significa esto que Jesús es medio humano y medio divino?».

El monje cristiano David Stendl-Rast también cuestiona si podemos tener un corazón gozoso en nuestra práctica espiritual y a la vez liberarnos de creencias dogmáticas y aburridos rituales sumamente arraigados e ilógicos. Él escribe que cuando alguien alcanza un éxtasis espiritual, éste se registra con escritos, enseñanzas y pureza moral, y es entonces celebrado en un ritual. Pero con el tiempo, los escritos se han vuelto dogmáticos y pueden llegar a estar desconectados del gozo. Los requisitos éticos se hacen inamovibles y restrictivos, y la celebración se formaliza y se torna hueca. Se olvida el agradecimiento. Para volver a ese gozo, a veces se requiere que el «fuego místico» atraviese el escudo de la formalidad. Que haya hombres y mujeres que puedan «distinguir entre la fe a la vida y la fe a las estructuras que la vida creó en el pasado, y que también puedan jerarquizar sus prioridades».

El monje también nos dice que lo que puede parecer una traición a la estructura, en realidad se vuelve fe, y que dicha traición también es un valeroso viaje en que el héroe encuentra ese corazón gozoso a otro nivel.

La buena ética, la vida recta y el pensamiento correcto, lo llevan a uno a su Jardín del Edén.

Yo me había ocultado durante tanto tiempo buscando aprobación, haciendo lo que otros me pedían en vez de explorar lo que yo podría, querría o haría, que me perdí a mí misma. Incluso como budista, tenía que vivir mi vida cumpliendo los deseos y las sugerencias de otros. Perdí mi poder y la energía de mi vida. Se habían ido en mi trabajo mientras yo me enfocaba en alinearme con las actividades centrales.

Cuando viví en un monasterio en la India intenté ser una «buena monja». Ayudaba, enseñaba y daba un ejemplo positivo a las monjas más jóvenes. Por muchos años todo esto fue gratificante. Sin embargo, siempre tomé el camino de menor resistencia para evitar el conflicto. Eso me permitía conservar mi fuerza y me daba nuevas oportunidades, pero también mejoraba sutilmente mi habilidad para ocultarme y no tener que salir. En la mayoría de las situaciones resultaba benéfico, pero a veces es necesario ponerse de pie y enfrentar el conflicto para retomar el poder y encargarme de mi propia vida. Hay algunas lecciones que solamente se aprenden de esa forma.

Debemos abatir a nuestros propios demonios. A veces son sutiles, aparentan ser una habilidad, apoyo o un amigo. Los antídotos deben ser aún más sutiles. Yo había estado bebiendo mi propia mezcla de Kool-Aid. Me había especializado en buscar aprobación a cualquier costo. Me había escondido entre los ropajes de mi propia envestidura.

La iluminación espiritual no se trata de eso.

Cuando nos imbuimos en oración, práctica, estudio, conducta y disciplina, nuestro viaje personal debe ser auténtico. Mientras caminaba por el sendero, mis opiniones equívocas me engañaron sutilmente y eso me cerró por completo. Mi sonriente exterior ocultaba un triste gesto interior. Pero mientras siguiera buscando aprobación en vez de hablar y enfrentarme, una parte de mí estaba forzada a vivir en un exilio mental. El resultado era que mi trabajo y mi vida parecían valer la pena, pero había una sutil corrupción en la práctica y me estaba lastimando. A veces vivimos por mucho tiempo cautivos de, y comprometidos con, el sabor de nuestro engaño. Las estructuras externas de la religión, de la disciplina y de la ética del trabajo nos ofrecen guías. Éstas nos sirven para mejorar nuestras relaciones y la habilidad de vivir en armonía con otros. Decidimos tomarlas y escogemos obedecerlas para reflejar y dirigir nuestra motivación y dirección internas.

Pero necesitamos supervisión para corregir y redirigirnos cuando perdemos el rumbo. El camino puede ser correcto, pero nuestra interpretación y conducta defectuosos. Necesitamos maestros hábiles y amigos espirituales gentiles.

Las enseñanzas budistas dicen que debemos examinar cuidadosamente a nuestros maestros y enseñanzas antes de aceptarlos; podemos examinarlos hasta por doce años. Yo creo que siempre debemos examinar, ser responsables con nosotros y con los demás, y no caer en la aceptación pasiva. Es muy fácil que nos influyan las modas, otras personas, nuestros delirios. Nuestras aspiraciones y guías deben ser claros, fidedignos y benéficos; nos deben ayudar a beneficiar a otros y a nosotros mismos. ¿Podemos seguir aspirando a la iluminación y al mismo tiempo involucrarnos en nuestras actividades cotidianas?

 

Mi vida como monja ha sido una aventura sorpresiva. Yo no la llamaría «un paraíso en la Tierra», pero ciertamente ha sido mucho más de lo que pude haber pedido o esperado cuando tuve las oportunidades de llevar una vida más ordinaria.

Pasé un año viajando en Estados Unidos y Sudamérica con monjes tibetanos y en todos lados nos abrieron las puertas. Fue un viaje de buena voluntad en que compartíamos las tradiciones del Tíbet y de los monasterios. También juntábamos fondos para construir un nuevo salón para el monasterio Gaden (un monasterio colosal restablecido en el exilio al sur de la India). Conocimos y disfrutamos de la compañía de mucha gente entusiasta interesada en la vida de los monjes y dispuesta a descubrir cómo podían ayudar a los tibetanos.

Nos quedamos en toda suerte de lugares, desde hogares modestos hasta mansiones. Incluso nos hospedamos en una funeraria llamada Nirvana, en El Salvador. Ahí realizamos las ceremonias de sanación rodeados de féretros vacíos y un gran crucifijo inclinado sobre nosotros. La gente de El Salvador acababa de salir de una guerra civil de doce años. El país se estaba poniendo de nuevo de pie. No podíamos creer las interminables multitudes que vinieron a ver a los monjes en Caracas, Venezuela.

En Santiago de Chile nos quedamos en un hermoso complejo de departamentos. Había sido construido recientemente con ladrillos fabricados con la tierra del lugar en donde estaba. Hasta las hojas de vidrio habían sido vertidas y fabricadas ahí. Era el lugar de una antigua batalla y los propietarios querían construir un centro de sanación para la gente. En Buenos Aires nos reunimos en un complejo de tabiques que era un club urbano de tenis. Había canchas construidas en el techo de los edificios. En Medellín, Colombia, nos invitaron a conocer al gobernador y al alcalde. Disfrutamos de una hermosa vista de la ciudad y del valle desde las altas ventanas de las oficinas. Uno de nuestros traductores al español comentó que, tan sólo un año antes, las calles habían recibido un baño de sangre debido a los enfrentamientos entre los cárteles de la droga y la policía. Aun así, la gente nos invitó y recibió a los monjes, y sus oraciones para la sanación y la paz.

Algunos podrían llamar a esto el paraíso en la Tierra. Ver y conocer gente a un nivel íntimo (con confianza, interés y buena voluntad), es la expresión de «el Jardín». Resulta muy gratificante estar con los monjes budistas en nuestras conferencias, ir a los retiros con excelentes maestros, visitar hermosas áreas urbanas y rurales, conocer a personas destacadas que viven y comparten su talento. Ir a la Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y encontrarnos con los cadetes que se daban tiempo para la práctica espiritual y la discusión. Vivir al pie de las colinas Himalayas para estudiar con Su Santidad, el Dalai Lama y mis maestros. Vivir con los tibetanos. Éste es un mundo rico.