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Promesas rotas


Entre los seminarios EST y los estudios budistas, parte de la familia y muchos de nuestros amigos, los cristianos en particular, no entendían por qué tomábamos esos caminos. Consideraban al EST como un programa de culto de la nueva era. Pero en realidad no era un programa nuevo, sino más bien una mezcla de enseñanzas del Oriente y Occidente antiguos, y de los principios trascendentes por los que vale la pena vivir.

También era una nueva forma de educación que trascendía los sistemas tradicionales. El programa había sido lo suficientemente fuerte para transformarnos a ambos y ofrecernos un mundo que no habíamos visto nunca antes. El seminario no se enfocaba en lo correcto o incorrecto, lo tradicional contra lo moderno, o lo que es aceptable y lo que no. Nos demostró que era fundamental tener una visión más amplia, observar desde múltiples perspectivas.

El budismo también ofrecía nuevas ideas y abría la mente a conceptos novedosos. Pero, por supuesto, el beneficio que las personas encontraban de las enseñanzas dependía mucho de hasta qué grado estaban comprometidas con superarse.

En ambos casos, había gente a quien no le interesaba.


ROBERT: APROVECHA EL PODER ESPIRITUAL

Invité a mi papá a uno de los eventos EST, pero en cuanto entró al salón salió disparado hacia el bar.

De tal palo, tal astilla.

No pude volver a hablar con él al respecto sin que se enfadara. El suceso permaneció como una hosca pared de silencio entre nosotros. Mis dos hermanas tomaron el curso y eso nos unió más como familia. Aunque teníamos diferencias, al menos se hizo más fácil comprendernos. Años después de que la guerra nos separara, estábamos creciendo juntos y unidos.

Seguí otros caminos de educación no tradicional. A lo largo de los años, descubrí que muchas de las sabias palabras que me decían ya las había escuchado, en la iglesia y en la Marina. Si mentía o robaba, en casa me castigaban con severidad. Y también me lo habían advertido en la iglesia, la escuela y la Marina. El problema era que crecí escuchado las palabras, pero no comprendía el mensaje.

En marzo de 1974, en el primer día de mi entrenamiento EST, se habló exclusivamente sobre los acuerdos. El líder del seminario repasó, con deliberada lentitud, cada uno de los diez o doce acuerdos. Después preguntó a cada asistente en el salón: «¿Estás de acuerdo?, ¿estás dispuesto a cumplir?».

Justamente cuando creía que los 300 participantes del salón ya estaban de acuerdo en un punto, alguien levantaba la mano y discutía: deseaba ser la excepción a la regla o quería más detalles sobre el acuerdo. Una hora después, el salón entero seguía debatiendo sobre el mismo tema. Era una discusión estancada.

Nunca había visto tanta psicosis humana al hablar de cumplir promesas. Después de once horas, por fin nos dieron el primer descanso para ir al baño. Estaba listo para mojar el suelo. Para ese momento del primer día del seminario, tan sólo habíamos llegado al acuerdo número cinco. Faltaban tres días completos.

Quería huir.

Pero primero tenía que ir al baño de caballeros.

Como ya mencioné, había escuchado las palabras anteriormente, pero nunca entendí el mensaje. Ya sabía que era importante cumplir mis acuerdos. Sabía que no debía mentir o engañar, que tenía que seguir las reglas y cumplir mi palabra. Ya me lo habían dicho en la Marina, sólo que ahí recibía el mensaje con una patada en el trasero o un rodillazo en la entrepierna.

En el entrenamiento EST experimentaba el mensaje sentado en un salón lleno de cientos de personas que discutían al respecto. No podría decir que el mensaje me llegó (al menos no completo) ni que ahora mi vida sea perfecta. Pero puedo decir que lo sigo escuchando una y otra vez. En cada ocasión comprendo mejor el significado, lo incorporo un poco más a mis acciones y, entonces, mi vida sí mejora.

Tras cuatro días de entrenamiento entendí perfectamente lo que era un mentiroso, un tramposo, un defraudador, un farsante, un soñador, un irresponsable, un holgazán, un maniaco sexual, un ladrón y todo aquello que yo decía no ser. Lo peor de todo era fingir que yo no era ninguna de esas personas. Sólo me engañaba.

Jennifer y muchos otros me habían descubierto por completo.

 

Ahora que estaba de vuelta en Estados Unidos, me sentía muy desilusionado por la calidad de nuestros líderes gubernamentales. También comprendí que mi comportamiento no era mucho mejor que el suyo. Todo lo que aprendí en la escuela dominical se había quedado en el camino, comenzando con «No matarás».

En Vietnam había enfrentado la muerte en repetidas ocasiones y, a pesar de eso, estaba vivo. Después de aquello, ¿qué otro tipo de consecuencia podría espantarme?

Mi experiencia en la guerra me ayudó a desarrollar un truco para aprovechar mi lado oscuro; además, me dio licencia para usarlo en el nombre del valor y el patriotismo. Mi lado oscuro fue valioso, me mantuvo vivo. Pero fuera del campo de batalla no había lugar para esas tendencias. Por otro lado, era imposible apagarlas. En vez de tomar las riendas y reordenarlo, continué usando mi lado oscuro a voluntad, siempre en mi beneficio.

La Marina fortaleció mi carácter; pero lo que se consideraba valor en Vietnam, en casa era imprudencia. Como lo mencioné antes, mi carácter era un defecto. Mis cheques personales y estados de cuenta se esfumaron, y vivía la vida sin consideración alguna por los demás y sin respetar la ley.

Reitero: dicen que el carácter marca el destino, pero sucede lo mismo con nuestros defectos.

En aquel entonces no pude ver la conexión, pero ahora observo que muchos líderes políticos (de Richard Nixon a Bill Clinton o Elliot Spitzer) caen en la misma trampa: creen que son invencibles. Ellos, al igual que yo, ofrecieron su vida a un propósito superior y su mundo cambió. También desarrollaron los rasgos de su carácter y así liberaron sus defectos. Es la otra cara de la misma moneda: permitieron que su lado oscuro emergiera sólo porque podían hacerlo.

De hecho, eso fue lo que respondió Bill Clinton a un reportero que le preguntó por qué había tenido relaciones con Mónica Lewinsky. Humildemente, contestó: «Porque pude».

Después dijo que no había excusa alguna.

Yo vivía imprudentemente porque pensé que podía hacerlo. Ahora comprendo mejor por qué el amigo de mi padre destruyó a una gran familia por una mujer más joven. O por qué nuestro conocido fue a la cárcel por malversación de fondos. Probablemente habían escuchado las palabras, pero fue necesario que un hombre perdiera a su familia y otro terminara en la cárcel para que ambos escucharan el mensaje, si es que acaso lo escucharon.

Y el error del alcohólico que fingía no serlo, fue engañarse y no pedir ayuda. A él tal vez ni siquiera le llegó el mensaje, quizá continúa mintiéndose a sí mismo.

Ahora también comprendo mejor por qué Nixon pudo mentir respecto al allanamiento, o por qué Clinton pensó que podía tener sexo con Mónica y salirse con la suya. Eran dos hombres muy inteligentes que habían escuchado las palabras y conocían las reglas, pero tuvieron que ser procesados legalmente o estar bajo la amenaza de serlo, para recibir el mensaje. Aunque dudo que les haya llegado.

«No soy un pillo», fue la infame frase de Nixon. Y: «No tuve sexo con esa mujer», es la famosa frase de Clinton. Después trató de defender lo que había dicho enredándose en la definición de lo que significa sexo. También trató de explicar que lo que él y Mónica habían hecho no era sexo. Me pregunto si entendió el mensaje. Su pecado no fue tratar de definir «sexo», sino incumplir su acuerdo de hombre casado, romper sus votos de matrimonio y, después, mentirle al mundo. Romper una promesa, especialmente un voto hecho ante Dios, y mentir sobre ello, es el reflejo de un trágico defecto en el carácter de una persona.

Después de cuatro días en el entrenamiento EST, comprendí que yo tenía los mismos defectos que esos hombres. También entendí lo que era un ladrón y un defraudador. Ambos han sido advertidos; sin embargo, nuestras cárceles están llenas de pillos «inocentes» y hombres que no han comprendido el mensaje. Hay líderes religiosos que juzgan a otros y poco después se les sorprende en actos sexuales. Me dan lástima. También los políticos y ministros que atacan a los gays y después se ven forzados a admitir, en las salas del Congreso, que ellos mismos han solicitado sexo homosexual a jóvenes internos.

Insisto: ellos han escuchado las palabras, pero no pueden entender el mensaje. Ahora también comprendo por qué mucha gente es pobre cuando podría ser rica. También conocen las palabras, dicen que quieren ser ricos, pero si revisas sus finanzas descubrirás que no han recibido el mensaje.

Sucede lo mismo con la gente con sobrepeso o que sufre de alguna enfermedad. Son personas que quieren estar sanas y también han escuchado el mensaje. Lo escuchan cada vez que se pesan o que su médico les hace una advertencia sobre su salud. Pero sencillamente no prestan atención.

El mundo está lleno de gente que busca amor, todos conocemos las palabras «te amo». El mensaje nos trata de llegar cuando estamos solos, heridos o molestos. Pero cuando estamos en busca de nuestra familia espiritual, las palabras no son suficientes. Lo que nos acerca es la combinación del mensaje y de las acciones que nos unen.

 

En 1974, cuando crucé la puerta de la Estación Aérea de la Marina en la bahía Kaneohe, en Hawai, comencé una nueva vida. Entonces tenía una mejor visión de las lecciones que había aprendido en casa, en la iglesia, en la escuela y en la Marina. Las palabras eran las mismas, pero por fin llegaba el mensaje.

Cuando dejé la Marina tenía una mayor comprensión de la ética, la moral, la legalidad, el amor, el valor y la integridad. También sabía que me faltaba mucho por entender, que debía desarrollarme más. Tendría que establecer en mi vida un estándar personal superior de los valores que enlisté. Comprendí que tenía que trabajar con diligencia para ser mejor y vivir con estos valores, y no sólo usarlos como palabras. Si lo lograba, me estaría encaminando hacia Dios, acercándome a un poder espiritual disponible para todos, si así lo queremos.

Pero primero debía encargarme de algunos asuntos. Por eso, en 1974, al terminar mi entrenamiento, decidí que tenía que estar bien conmigo mismo. Comenzaría remediando mis acuerdos incumplidos. Decidí comenzar con los más importantes y después trabajar hacia abajo hasta llegar a los de menos peso.

Mi mayor problema tenía que ver con todas las reglas que había roto como piloto de la Marina. Aunque estaba a punto de ser dado de baja, sabía que no podía irme sin limpiar el desastre. Y eso fue lo que hice.

El resultado fue que dejé la marina entendiendo mucho mejor lo que significaba la frase: «Y la verdad los hará libres». La había escuchado antes, pero ahora sí me estaba llegando el mensaje. Confesé todo lo que había hecho y un mes después recibí mi baja con honor de la Marina. El capitán cumplió su palabra.

 

A lo largo de casi toda mi vida me habían repetido lo mismo: «Tienes mucho potencial, pero no lo aprovechas». Ésta es una de las razones por las que ahora mi búsqueda permanece. Así también se justifica la importancia que le doy a mi desarrollo personal.

Desde ese momento, pasé todo el tiempo buscando educación e ideas que me ayudaran a encontrar mi don para emplearlo de la mejor forma. Quería aprovechar el potencial que sabía que tenía. No me imaginaba que una de las lecciones más sencillas se convertiría en la más importante. Lo mismo sucedió con las herramientas que me fueron reveladas.

Las palabras. Éstas me habían dado forma durante toda la vida. Mis palabras reflejaban quién era cada vez que mentía, y lo hacía tratando de evitar el castigo. Y cuando dije la verdad, también fueron mis palabras las que me revelaron en qué me estaba convirtiendo. En el EST, mi búsqueda me enseñó el valor de seguir mis acuerdos, de cumplir mi palabra.

En mi búsqueda comencé a aprovechar cada vez más lo espiritual y, sin darme cuenta, a acercarme más a Dios.

EMI: PROBAR LAS AGUAS

Un domingo, cuando tenía seis o siete años (lo recuerdo porque vivíamos en la casa de la calle Lono), me desperté y miré alrededor. Todos dormían. Lo gracioso es que la mesa estaba puesta y el desayuno servido. Era el trabajo de mamá, pero ella todavía no despertaba.

Entonces me di cuenta de que Robert no estaba ahí. Se había levantado temprano. Cocinó huevos revueltos con los cebollinos que crecían en el jardín atrás de la casa, tostó pan y dispuso una hermosa mesa para todos. Después, se subió al pequeño y ruidoso autobús que iba a la iglesia.

¡Me pareció algo muy maduro y valiente! Él tenía, como máximo, ocho años. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera romper un huevo con seguridad. Mucho menos subirme al autobús e ir a la iglesia sola.

 

Es verdad que mamá y papá se esforzaron en ocultar el lado oscuro y triste de la vida. Eso produjo en mí una visión al estilo de Pollyana, siempre encontrando lo mejor de cada situación. Como papá era director del Departamento de Educación y mamá era enfermera, seguramente se enfrentaron a todas las formas de felicidad y sufrimiento humano. Pero nosotros definitivamente teníamos un escudo que nos protegió de las dificultades de la vida que nuestros padres y otros japoneses-americanos enfrentaron.

Al crecer y entender más, las noticias se filtraron hasta nosotros. Las que tenían que ver con la violencia doméstica, abuso del alcohol o de maestros que eran despedidos por hacer propuestas indecorosas a las estudiantes. Las pocas chicas que se llegaban a embarazar, desaparecían de la escuela y no se les volvía a mencionar, era un tabú. No sé si las cosas sean mejor ahora que las chicas pueden llevar a sus hijos a la escuela. Es más difícil enfocarte en el estudio si tienes que cuidar a un niño.

Creo que definitivamente es mejor que ahora se puedan sostener pláticas sobre educación sexual, tanto en casa como en la escuela. Mamá y papá nunca me dijeron nada sobre el tema, creo que tampoco a mis hermanos.

Las religiones del mundo tienen altos estándares éticos que sirven como guías para que vivamos en armonía. La iglesia y otros grupos religiosos sirven para que encontremos a personas que piensan de manera similar y para mantener buenos estándares éticos en nuestras relaciones. Además, aprendemos las oraciones y la filosofía que debemos obedecer en nuestra respectiva tradición. Cuando seguimos ideas falsas o nos dejamos influenciar por gente o ideas negativas, sucumbimos ante el comportamiento dañino.

En la tradición budista hay diez no virtudes que debemos abandonar y diez virtudes que debemos cultivar. Como soy monja, tengo más votos que cumplir, pero estos fundamentos son las premisas básicas que aplican para todos. Hay tres no virtudes que tienen que ver con el cuerpo:

  • Matar
  • Robar
  • Involucrarse en conductas sexuales inapropiadas

Hay cuatro del habla:

  • Mentir
  • Calumniar
  • Usar lenguaje rudo y ofensivo
  • Contar chismes

Y tres de la mente:

  • Codicia
  • Mala intención
  • Dudar del renacimiento y el karma

Las diez virtudes contrastan con las anteriores, comenzando con las tres del cuerpo:

  • Proteger la vida
  • Respetar lo que pertenece a otros
  • Usar nuestra sexualidad con sabiduría y gentileza (como monja, yo hice un voto de celibato completo)

Hay cuatro virtudes del habla:

  • Hablar con la verdad
  • Hablar bien de los demás
  • Usar un lenguaje gentil
  • Hablar de cosas que son importantes

Las tres de la mente:

  • Ser feliz
  • Tener una actitud que beneficie a otros
  • Abandonar las ideas equivocadas

Todo lo anterior puede parecer muy obvio, pero al revisar con cuidado y observar las realidades de la vida diaria, veremos que generalmente actuamos al calor del enojo o como resultado de celos, odio, lujuria y avaricia. Estas ideas falsas acaban con el buen juicio y nos arrojan al agua hirviendo. Tal vez nuestra mente racional puede ver con claridad las razones para apartarse de las no virtudes, pero cuando surge nuestra mente engañosa necesitamos aplicar todos los antídotos posibles.

En el tiempo que fui capellán budista de la Academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, conocí a un cadete con el que trabajé por algunos años. Él solía hacer preguntas excepcionales sobre ética, especialmente respecto al engaño y la mentira. Me agradaban sus cuestionamientos porque nos permitían reflexionar sobre la forma en que funcionamos.

Después de un tiempo dejó de asistir. Poco más tarde descubrí que la Academia lo había expulsado, ¡por hacer trampa!

Otra cadete, que también fue expulsada, enloquecía cuando hablábamos de no practicar conductas sexuales inapropiadas. Ella creía que estaba bien involucrarse en relaciones extramaritales, siempre y cuando la gente no se enterara. Estaba segura de que la esposa del policía con quien había estado saliendo no sabía nada y que, por tanto, sus acciones no lastimaban a nadie.

Cuando deseamos mucho algo, racionalizamos, justificamos y perpetuamos nuestros actos. Un maestro dijo que esto era como iluminar con una luz intensa, todo lo bueno que tenemos, lo que nos enorgullece, y esconder lo perturbador y dañino. Esconder lo malo es como beber veneno mientras te ocultas detrás de una escalinata oscura. Aunque nadie te vea, de todas formas te hará daño.

Aun cuando se estudie, discuta y medite sobre aspectos de la conducta ética y el poder de nuestros engaños, podemos caer en la aversión y en los apegos enfermizos. Aunque queramos cosas buenas y deseemos ser bondadosos, nuestro deseo por la fruta prohibida nos puede obstaculizar. Cuando satisfacemos nuestros apetitos, la emoción de vivir al límite nos invade. Ansiamos experimentar por lo menos una emoción, la buscamos y queremos que el rubor de la luna de miel dure para siempre.

A veces, cuando caemos en la misma rutina rancia en el trabajo, la casa y la familia, podemos sentir enfado y aburrimiento. Evidentemente, ansiamos divertirnos.

Existen dos niveles en los que podemos trabajar en nuestro comportamiento. El primero permite explorar la ética y «probar el agua», probar la flexibilidad en la práctica. En el segundo nivel podemos trabajar con mayor profundidad para desvanecer las malas interpretaciones y los malos entendidos sutiles. En este nivel podemos comenzar a raspar las opiniones más arraigadas y revelar nuestras motivaciones, sesgos, perspectivas y la forma en que funcionamos en la vida.

 

Al igual que a Robert, siempre me atrajo el sexo opuesto. Pero como era muy tímida nunca tuve novios ni besé a alguien, sino hasta terminar la preparatoria. Me aterrorizaba estar a solas con un chico aunque sólo fuera para ir a tomar un refresco.

En realidad, en la escuela salí una vez a cenar con alguien del equipo de futbol americano. Pero estaba tan nerviosa que no pude iniciar una conversación más allá de lo trivial. Otro amigo me invitó a un baile escolar pero me arrepentí varias veces y, al final, asistí al baile sin él. No quería confundirlo. Me encantaba bailar pero prefería ir sola, divertirme bailando con amigos y no estar atada a alguien.

Pero, claro, sentía la atracción natural.

Como Robert dice: «A veces obtienes en la vida lo que pides». En el verano de 1968 llegó mi rudo despertar. Acababa de cumplir veinte años y estaba lista para explorar el sexo. Estaba más que lista, pero todavía era tímida. Tuve que alejarme de Hawai y de mis raíces para poder dejarme llevar finalmente. Vivía con amigas; una de ellas me regaló pastillas anticonceptivas que le habían sobrado. Yo no sabía que si dejaba de tomarlas aumentaría mi fertilidad y, por tanto, no debería tener relaciones sexuales sin protección. Aprendí rápidamente las realidades de la vida y tres meses después estaba embarazada.

El resultado de mis acciones, tal como se han manifestado en mi vida, me ha dejado mensajes muy poderosos. El presente refleja las acciones pasadas y conlleva los frutos que hemos sembrado. Las respuestas a mis preguntas llegaron cuando escogí responsabilizarme por mis acciones y criar a Erika. Como ya lo mencioné, fue un camino difícil por varias razones: el embarazo no fue planeado, no estaba preparada para la maternidad y el matrimonio. Además, estaba en busca de las respuestas a mis preguntas internas.

 

El mismo día del funeral de mamá, papá nos reveló que ella había tenido un aborto. Nunca le pregunté qué sucedió, pero recuerdo que siendo niños experimentábamos la emoción y el dolor que seguramente sentía y que nos ocultó durante su vida. A veces padecíamos su enojo. No lo comprendíamos, pero nos tocaba escuchar las emociones que ella no podía esconder.

«¿Sabían que el doctor me dijo que nunca debí haberlos tenido?». A veces nos arrojaba su dolor de tal manera que no sabíamos cómo responder.

Sabíamos que había sufrido del corazón por la fiebre reumática, pero nunca nos alentaron a tratarla con más cuidado por ello. No teníamos las herramientas para entender o enfrentar la hipocondría que aparentemente padecía.

El hecho de que papá haya mencionado el aborto el día del funeral, me hace pensar que seguramente fue algo que pesó mucho en sus vidas mientras estuvieron juntos. Era uno de esos secretos que son como una herida que no sana entre la gente que se ama. Me hizo preguntarme si eso había influido en el hecho de que no hayamos conversado sobre la sexualidad, o en que no me hayan ofrecido otras opciones mientras estuve embarazada de Erika.

Lloro de tan sólo pensar en la posibilidad haber tomado otra decisión respecto a mi embarazo. Erika es ahora una de las personas más importantes en mi vida. Responsabilizarme por ella, en medio de mi confusión y ambivalencia, al final me dio fortaleza y dirección. Las elecciones que hice y las direcciones que tomé fueron hechas con ella en mente. También pensaba en ella cuando tenía que decidir respecto a mis amigos o mis relaciones personales. Entonces mis decisiones pueden haber parecido confusas o hasta insensatas, pero mientras enfrentaba los desafíos también quería saber con todas mis fuerzas de qué se trataba esta vida.

No me parecía justo, mucho menos suficiente o razonable, que de repente mi misión en la vida fuera establecerme con un esposo y un hijo. Bob, el padre de Erika, se esforzó mucho. Nuestras vidas habían cambiado. No estuvimos juntos por mucho tiempo y durante los años que crié sola a Erika a Bob le era muy difícil entender mis viajes a India y a otros lugares. Él no comprendía que mi vida pudiera tener más de un centro.

 

Al igual que Robert, fui invitada a un seminario EST. No podía creer cuán felices, competitivos y amigables eran todos. Me preguntaba si sus vidas siempre serían así o si sólo estaban actuando.

Tomé el entrenamiento en1972. El primer fin de semana lo dirigió Werner Erhard, y el segundo Randy McNamara. Continué asistiendo durante varios años. Antes de eso había estado atrapada en una red de timidez. El programa me permitió liberarme, aclarar mi mente. Aprendí que podía expresarme y enfrentar cada situación directamente. Las sesiones me ayudaron a salir de mi caparazón y del mundo isleño en que vivía. Pude crecer muchísimo gracias a que aprendí a pensar con más eficacia y a ver con claridad a través de las capas de conceptos y suposiciones. Más adelante, Erika tomó el EST para niños y pudimos comunicarnos mejor.

El entrenamiento EST realmente me hizo ver la importancia de mantener nuestros acuerdos. En muchos sentidos, descubrí que era sencillo hacerlo. Casi siempre podía estar ahí sentada a tiempo, evitar perderme una sesión y hacer el número de llamadas a las que me había comprometido.

Pero todavía podía ocultarme. Como cumplía con mis acuerdos y asistía, podía desaparecer. Podía desaparecer más para mí que para otros porque, externamente, todo seguía en su lugar. Podía sentarme y escuchar a la gente quejarse de los acuerdos, podía ser muy paciente. Yo me concentraba en estar tranquila y relajada para convertirme en una graduada modelo. No era muy llamativa, sólo era obediente. Seguía las instrucciones, no era una agitadora. Hacía el papel de «buena».

Qué aburrimiento; así perpetué mi tendencia a esconderme.

A pesar de todo, sabía que había un cambio en mi futuro y estaba comprometida con ello. Comencé a aprender que, cuando cambias, quienes están a tu alrededor se sienten desafiados. Sucede así porque los demás asumen cuál es tu lugar, y con el cambio se ven repentinamente amenazados por tus acciones y tu nueva fortaleza.

 

Lo más importante de las sesiones EST eran los acuerdos, el compromiso de cumplir nuestra palabra. Nuestras palabras transmiten la fuerza de nuestro corazón y mente, de nuestras convicciones. En mi caso, he desarrollado el vocabulario de un monje. Acomodada en esta vida por mucho tiempo, casi décadas, sentí que estaba logrando grandes cosas. Pero podemos ocultarnos hábilmente de nuestras lecciones de vida y sus mensajes. Podemos retroceder ante la oportunidad de escapar de nuestras zonas de seguridad. Cuando éstas se vuelven inadecuadas, aumenta la incomodidad y esto nos provoca crecer.

Cuando pienso en la ruptura de nuestros acuerdos, en no vivir siguiendo nuestra palabra, en promesas rotas, recuerdo aquéllas que le hicieron a mi padre cuando fue candidato a vicegobernador. Las personas en quienes confió le dijeron que, si la elección salía mal, él estaría bien. Le aseguraron que tendría un empleo bien pagado, pero eso no sucedió.

Mi padre siempre creía en la palabra de los demás. Aprendió una dura lección sobre la confianza, el honor y las promesas rotas. Nosotros, sus hijos, fuimos testigos de lo caro que lo pagó, y aprendimos bien esa lección.