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El paraíso en la Tierra


En 1973 era difícil ver el lado positivo de las cosas. Papá había sufrido una derrota porque fue traicionado. Por si fuera poco, nos sentíamos desilusionados por la guerra y la corrupción en Washington.

El vicepresidente Agnew fue obligado a renunciar a su cargo y fue sustituido por el vocero Gerald R. Ford. En 1974 la Cámara de Representantes de Estados Unidos inició el proceso legal en contra del presidente Richard M. Nixon. En las noticias se hablaba del escándalo de Watergate durante todo el día.

Quienes convencieron a papá de postularse, sabían lo difícil que le sería ganar la elección para vicegobernador. Le hicieron promesas en las que creyó por completo. En cuanto la elección pasó las promesas se evaporaron. Esto nunca le había sucedido, así que aprendió una dura lección sobre la confianza y el honor.

La Guerra de Vietnam dejó a muchos soldados con heridas físicas y cicatrices emocionales. Pero también tuvo el efecto opuesto en otros: los hizo más audaces. El hecho de enfrentar la muerte en una zona de guerra, hizo que algunos se sintieran invencibles, poderosos, demasiado confiados en sus habilidades y convencidos de que podían hacer lo que quisieran. Estando en combate, las reglas, tal y como las conocíamos, a veces salían volando por la ventana. Lo que contaba en el calor de la batalla era tu habilidad de cumplir con la misión y… sobrevivir.

Esa actitud altanera de ser invencible hizo que muchas personas se descontrolaran y creyeran que eran a prueba de balas. Al igual que el presidente Nixon, pensaron que estaban por encima de la ley. Y después, cuando la realidad los golpeó, tuvieron que buscar las respuestas en otros lugares. Algunos se dirigieron a las iglesias.

El problema es que no se puede encontrar a Dios en todas las iglesias. Creo que entendíamos bien lo que significaba ser una buena persona, pero en la iglesia sólo se hablaba de reglas. Todo tenía que ver con lo correcto y lo incorrecto, quién iría al cielo y quién al infierno.

Algo particularmente perturbador era que una iglesia podía señalar a otra iglesia o religión. Podía asumir que sus miembros estaban siguiendo las enseñanzas de un Dios equivocado y, por tanto, terminarían en el infierno. En una ocasión, cuando le preguntaron a una maestra metodista la diferencia entre un católico y un metodista, contestó que «los metodistas se van a ir al cielo, y los católicos no».

Cuando le preguntaron por qué, su respuesta fue simple.

«Porque Jesús no cuelga en nuestra cruz. Los católicos todavía tienen a Jesús en su cruz. Significa que no creen en la resurrección y por lo tanto no irán al cielo».


ROBERT: BUSCANDO EL PARAÍSO

La iglesia y la religión no eran parte significativa de la vida de los Kiyosaki. Dedicábamos más tiempo a estar juntos como familia. Los fines de semana empacábamos un almuerzo e íbamos a explorar la isla que era nuestro hogar. Había playas desiertas en donde podíamos pasar todo el día. También había montañas con cimas nevadas hasta donde escalábamos para jugar en la nieve. Nuestro lugar favorito era el Parque Nacional Volcánico, a tan sólo una hora de distancia. Ahí explorábamos las fumarolas o veíamos los cráteres de los volcanes a lo largo del Camino de la Cadena de Cráteres. A veces buscábamos huellas que los hawaianos habían dejado impresas en el lodo cientos de años atrás. Cuando algún volcán hacía erupción, viajábamos en auto hasta allá y nos sentábamos por horas, impactados por el poder de la naturaleza. En muchos sentidos, las maravillas naturales funcionaron como una especie de iglesia para la familia.

Aunque el dinero siempre fue un problema, los artículos de primera necesidad nunca nos hicieron falta. Pero nuestras bicicletas, por ejemplo, siempre eran de segunda mano y necesitaban reparaciones. La ropa tenía parches y la usábamos tanto como era posible. Si podíamos pasar las prendas al hermano siguiente, lo hacíamos. Comíamos alimentos sencillos preparados con poco dinero, pero siempre hubo suficiente para todos.

Pasábamos mucho tiempo con otras tres familias que tenían hijos de más o menos las mismas edades. En 1967, cuando papá fue ascendido a superintendente de educación del estado de Hawai, tuvimos que mudarnos de la isla de Hawai a Honolulu, que era la capital del estado en la isla de Oahu. Más o menos por esa misma época todos los hijos fuimos dejando el hogar familiar. Nuestra conexión con una vida sencilla, amigos cercanos y el crudo poder de la naturaleza se vio interrumpida.

La familia se dispersó y realmente nunca volvió a reunirse. El dejar el remoto Hilo y asistir a una escuela en Nueva York, cambió mi vida. Llegué ahí en 1965; era todo un pueblerino. Todavía recuerdo la ropa que usé para el viaje: una chaqueta deportiva negra que había comprado en la sección de ropa usada del dispensario de nuestra iglesia, una camisa blanca, corbata roja angosta, pantalones caqui y zapatos negros de piel. Quería estar seguro de que luciría como un neoyorquino cuando llegara y que no destacaría entre la multitud.

Y no destacaba, solamente me veía muy raro.

De no ser por mis tíos que vivían en Manhattan, tal vez todavía estaría extraviado, tratando de recuperar mi equipaje. Mi tío era en realidad el hermano más chico de mi abuela materna, es decir, era tío de mi padre. Era un artista comercial y su esposa era reconocida por sus esculturas en madera, piedra y metal. Antes de convertirse en escultora había sido primera bailarina en París durante la Segunda Guerra Mundial. Se conocieron en Nueva York después de la guerra y tuvieron una emocionante vida en el ámbito artístico.

Mi tía venía de Rumania y podía hablar con fluidez siete idiomas distintos. Era hermosa, divertida, dinámica, cariñosa y gentil. Se convirtió en mi modelo de mujer.

Cuando mi equipaje apareció finalmente, el chofer de mis tíos lo llevó a la limusina y nos condujo al departamento en la parte conocida como Upper East Side de Manhattan. Hilo había quedado muy lejos.

 

Me tomó aproximadamente dos años ajustarme a la vida en Nueva York. En muchas ocasiones pensé en darme por vencido y regresar a Hawai. Extrañaba a mis amigos y la vida que había dejado atrás. Pero, repentinamente, a los veinte años, Nueva York se convirtió en mi nuevo hogar.

Por fin pertenecía. Estaba sincronizado con el paso de la ciudad.

Al mismo tiempo, la escuela estaba por enviarme alrededor del mundo como estudiante a bordo de buques mercantes. No sólo crecí en Nueva York, sino también en algunas de las ciudades más importantes del mundo. No pasó mucho tiempo antes de descubrir que ya no pertenecía a Hilo, Hawai. No podía volver a casa.

En la actualidad sigo viajando alrededor del mundo. Adoro este planeta, su belleza y su gente. El mundo es mi hogar. Ahora tengo negocios en varias de las ciudades más grandes porque los negocios me dan un pretexto para visitar este increíble hogar que conocemos como planeta Tierra.

Sin importar en qué lugar me encuentre, siempre me emociono como un niño pequeño que observa la erupción de un volcán, o que ve una ola azotar las blancas arenas de una playa virgen. La naturaleza es una especie de paraíso cuando se le mira desde la cima nevada de una montaña o al estar solo en un bosque. Me parece que haber crecido en contacto con la naturaleza afectó profundamente mis pensamientos sobre Dios y sobre la posibilidad de vivir en un paraíso terrenal.

Hasta cuando corro tras un taxi en Nueva York, llevo el espíritu de la naturaleza conmigo.

A veces he sentido el espíritu de Dios en algunas iglesias. Cada Navidad, cuando el coro al que pertenecía mamá cantaba «El Mesías», de Handel, podía sentir cómo el espíritu de Dios inundaba la habitación. Años después, mientras viajaba alrededor del mundo, a veces quedaba anonadado ante el espíritu manifiesto de Dios en la arquitectura de las grandes catedrales como Notre Dame y de algunos de los antiguos templos de las religiones asiáticas. Cuando visité el Vaticano, en Roma, y la ciudad de Jerusalén, el espíritu me conmovió profundamente. Al estar de pie en ambos lugares, se hizo evidente que cientos de años atrás los humanos habían sido inspirados por un poder más allá de esta Tierra. Eso fue lo que les permitió construir esos monumentos.

Pero en lugar de encontrar a Dios en la iglesia de mamá, descubrí que los sermones estaban repletos de enseñanzas sobre lo correcto y lo incorrecto, y que la iglesia siempre estaba pidiendo dinero. Ahí no había mucho del espíritu de Dios. Era más bien miedo a Dios, y si algo me enseñó la guerra sobre el miedo fue que el temor a la muerte convierte nuestra vida en un viaje hueco y vacío. Quienes temen a la muerte lo hacen porque no han encontrado nada por lo que valga la pena morir.

¿Cómo podía conciliar este «miedo a Dios» y la fe ciega con mis creencias de que hay muchas formas de servir en este mundo?

 

Las amigas de mamá eran excelentes personas, siempre que no estuvieran en la iglesia o hablando sobre Dios, el infierno o los condenados. Todo iba bien mientras se comportaran como madres. Eran gentiles, cariñosas y siempre tenían apetitosa comida. Pero en el momento en que el nombre de Jesús se mencionaba, se transformaban. Cada vez que alguna de las «señoras de la iglesia» comenzaba a hablar sobre Jesús, yo encontraba la forma de abandonar la habitación.

En el programa televisivo Saturday Night Live, la comediante Dana Carvey encarna a un personaje que se llama la «señora de la iglesia». Cada vez que la veía en televisión me moría de la risa. Carvey lucía, actuaba y sonaba exactamente igual a una de las amigas de mi mamá. Su caracterización sintetizaba todas las razones por las que yo no podía encontrar a Dios en una iglesia.

Mamá se juntaba con un montón de esas señoras.

Las señoras de la iglesia hacían varias cosas que me molestaban. Una de ellas era forzarme a creer las historias sobre Jesús. Por ejemplo, cuando tuve suficiente edad para saber la verdad sobre los pájaros y las abejas, y de dónde venían los bebés, cuestioné la idea de que Jesús había nacido de una virgen. A la señora de la iglesia le dio un ataque y prácticamente me condenó por dudar.

Obviamente, también tenía problemas con otras de las historias, como aquélla en la que Jesús camina sobre el agua y es resucitado de entre los muertos. Las historias no me molestaban, lo que me enfurecía era la persecución por atreverme a cuestionarlas.

Hice un trato con mi papá: estuve de acuerdo en asistir a la iglesia hasta los trece años. Él quería que yo tuviera algo de educación religiosa, pero no me exigió que fuera a un templo en particular. Yo tenía la libertad de asistir a las celebraciones de distintas iglesias y con distintas denominaciones. En mi juventud fui a protestantes, luteranas, católicas, metodistas, budistas y pentecostales. También hubiera asistido a templos judíos o musulmanes, pero no se profesaban dichas religiones en nuestro pequeño pueblo en los sesenta, o al menos yo no conocí de ellos.

Descubrí que cada una de las iglesias y religiones tenían mensajes y significados que valía la pena adoptar. En el templo budista tuve algunos problemas porque las oraciones casi siempre se hacían en japonés y yo no lo hablaba. En la iglesia católica también me las vi difíciles con el latín. La iglesia que más me gustó fue la pentecostal porque sus reuniones estaban llenas de vitalidad, había canto, aplausos y se «hablaba en lenguas». En esta iglesia fue en donde sentí que el espíritu de Dios se movía en la habitación. También fue en donde aprendí más sobre la Biblia, la historia de Jesús y la importancia de la religión en la vida de una persona.

Pero cuando cumplí trece años le dije a mi papá que ya había tenido suficiente educación religiosa y que a partir de entonces iría a surfear los domingos.

El problema que tenía con las amigas de mi mamá era en lo que se convertían cuando yo me negaba a beberme el Kool-Aid. En cuanto me negaba a creer en las historias, se transformaban en las «señoras de la iglesia». Primero eran madres dulces y gentiles, pero si yo cuestionaba alguna historia bíblica, aparecía una señora de la iglesia tronando los dedos e insistiendo en que me bebiera el Kool-Aid.

Ahora, no es que yo esté en contra de beberse el Kool-Aid. La vida está llena de diferentes sabores de esta bebida. Por ejemplo, cuando me uní a la Marina tuve que beberme un Kool-Aid con sabor a Marina. Si me fuera a convertir en republicano, tendría que beberme el Kool-Aid republicano. Si quisiera ser aceptado por los ambientalistas, tendría que beberme el Kool-Aid ambientalista. Así que beber Kool-Aid es parte de la vida. Es sólo que yo quiero decidir el sabor que me voy a beber, y no me gusta que me lo hagan pasar a la fuerza.

La señora de la iglesia y yo nos enfrascamos en una discusión cuando tenía diecisiete años. Era domingo y su hijo había ido a surfear conmigo en lugar de asistir al sermón. Era invierno y el surf era espectacular. Tan pronto como llegué a casa, la señora de la iglesia me llamó y me dijo que la esperara. Estaba tan molesta que el teléfono estuvo a punto de derretirse. En diez minutos ya estaba en la casa tronándome los dedos, bufando y furiosa. Me dijo que yo no iba a corromper a su hijo alejándolo de la iglesia y de Dios.

«Tú no te vas a ir al cielo, pero tampoco debes arruinar la oportunidad que mi hijo tiene. Él va a la iglesia los domingos, ¿entiendes?».

«Yo no lo llamé», le dije. «Él me llamó».

«No me interesa», gruñó. «Quiero que pase el domingo en la iglesia con Dios».

«Eso fue lo que hicimos», le contesté tranquilamente.

Mi relación con la señora de la iglesia permanece tolerable a la fecha. Veo a su hijo de vez en cuando. Actualmente es una abuela y bisabuela muy dulce. Nos llevamos bien, pero simplemente no discutimos sobre Dios. Ella encuentra a Dios en la iglesia y yo lo encuentro en todos lados; en una ola, en el bosque, en la iglesia, mientras vuelo por el país y también en la ciudad de Nueva York.

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Robert (izquierda) y sus amigos surfistas de la preparatoria, yéndose de pinta para visitar su lugar favorito de surfing. Emi creía que estos muchachos siempre se divertían.

 

El Kool-Aid es para mí un símbolo del dogma, de las reglas, los rituales, creencias, de las estructuras mentales que hay en cualquier grupo. Grupos religiosos, escolares, militares y otro tipo de organizaciones. Es el pegamento mental que mantiene unida a la gente. Es el elemento que hace que quienes no pertenecen al grupo se mantengan fuera.

Por ejemplo, muchos vegetarianos creen que comer proteína animal es malo para su salud, incluso que es pecado. Los que adoran la carne piensan que un grueso y jugoso trozo de carne es un regalo de Dios. Mucha gente religiosa cree que beber alcohol es un pecado, pero en la Biblia se menciona que el agua se convirtió en vino. A mí me encanta beber un buen vino con un filete y con vegetales. Yo creo que todos son regalos de Dios, fragmentos del paraíso en la Tierra. Al menos, ése es mi dogma, mi Kool-Aid en lo que se refiere a la comida y la bebida. Mi cardiólogo piensa que debería disminuir mi ingestión de carnes rojas y de vino pero, claro, él también bebe un favor diferente de Kool-Aid.

Uno de los sabores de Kool-Aid del que me alejé es el de la idea de que uno tiene que morir para ir al cielo. La señora de la iglesia a veces me amenazaba diciendo que, si no asistía a la iglesia, no me iría al cielo. Un día, cuando pasé por nuestra sala, ella estaba hablando con mi mamá sobre ir al cielo y sentarse junto a Dios.

Las interrumpí preguntando: «¿Por qué no se sienta junto a Dios ahora?», le tomó un momento reponerse antes de contestar: «Porque cuando muera voy a ir al cielo. Muchas personas no irán. Cuando llegue al cielo estaré de nuevo con Jesús y con Dios».

«¿Y qué hay sobre el paraíso en la Tierra?», pregunté. «¿Por qué tiene que morir para ir al cielo? ¿Qué el Jardín del Edén no estaba en la Tierra?».

Mi madre se levantó y me dijo que fuera a hacer mi tarea. Me empujó a través de las puertas de la cocina y dijo: «Tú y yo vamos a tener una conversación con tu padre cuando regrese a casa».

 

En 1974, cuando fui dado de baja con honor de la Marina, necesitaba mis propias respuestas. Respuestas nuevas a viejas preguntas. Como dije anteriormente, no las había encontrado en las escuelas tradicionales, iglesias, corporaciones, ni en la milicia. En 1974 creía que muchas de nuestras escuelas, iglesias, corporaciones, organizaciones políticas, bancos y organizaciones militares, sin darse cuenta se habían convertido en parte de una maquinaria corporativa multinacional que era casi invisible. Esta maquinaria estaba detrás del complejo militar-industrial que controlaba el mundo. Comencé a sospechar de todo lo que me habían enseñado y me habían dicho.

Estaba desilusionado.

Una de las experiencias positivas de ir a la guerra fue que entré en contacto con el poder del espíritu humano. En varias ocasiones vi a mis compañeros estar a punto de morir pero, milagrosamente, sobrevivían. Dos de mis amigos que lucharon en el ejército juran que vieron balas atravesar a un soldado sin herirlo. Creen que su compañero estaba en un estado espiritual más allá del miedo y que las balas pasaron a través de él. Yo nunca vi nada tan milagroso como eso, pero creo en los relatos de mis amigos.

A veces me cuestiono por qué yo sí sobreviví y dos de mis compañeros de Hawai, no. Eran pilotos de la marina. Yo me estrellé tres veces y logré sobrevivir. Ellos solamente se estrellaron en una ocasión. Después de mis accidentes pensé mucho en mi voluntad de vivir. Reflexioné sobre cuánto afecta el factor de la voluntad humana en nuestra existencia.

En Vietnam pude ver cómo un país tercermundista derrotaba a la nación más rica y poderosa del mundo: Estados Unidos. Después de volar en varios enfrentamientos, fue obvio qué lado tenía mayor voluntad de vivir y de ganar. Un día llamaron a mi aeronave para realizar una evacuación médica. Tenía que sacar a un soldado herido del área de conflicto. Cuando vi que subían su cuerpo estaba seguro de que no sobreviviría. Estaba hecho pedazos, se podía ver a través de él. Aunque pensé que no lo lograría, volé tan rápido como pude de vuelta al portaviones en donde el equipo médico del barco lo llevó inmediatamente a la sala de operaciones.

El soldado volvió a Estados Unidos tres semanas después, estaba bastante vivo. Su deseo de vivir fue mucho más fuerte que mi falta de fe.

 

En 1974 me preguntaba: si Dios en verdad existía, ¿cómo era posible que permitiera tanta crueldad y corrupción en la Tierra? Al mismo tiempo fui testigo de su poder y del espíritu que hay en cada uno de nosotros, el que surge cuando más lo necesitamos.

Yo ya había visto demasiado. Había ido a la escuela y a la guerra. Ya no quería luchar en el nombre de Dios en una guerra cuasisagrada. Ya no quería «matar a un comu por Cristo». Tampoco quería seguir peleando por petróleo, bancos, corporaciones multinacionales, política, avaricia y poder. Definitivamente no quería creer que debía morir o matar a un infiel para poder ir al cielo.

En lugar de eso, decidí comenzar a trabajar y a buscar el paraíso en la Tierra, mi propio Jardín del Edén. Eso era mucho más lógico que seguir bebiendo el Kool-Aid de organizaciones, viviendo con miedo a Dios y esperando a morir para poder vivir.

Así que, cuidadosamente, corté los hilos que me ataban a las escuelas tradicionales, a las religiones y a la política. El día de hoy, si voy a la iglesia, lo hago más o menos de la misma forma en que voto: en vez de ir por su denominación, voy para escuchar a un pastor a quien respeto, alguien quien siento que camina por el camino que señala y actúa bajo los principios que predica. Cuando voto, lo hago de manera similar: no voto por los partidos, no voto por los republicanos o por los demócratas, voto por el candidato que me parece honesto.

También dejé de escuchar el consejo de mi padre pobre: «Regresa a la escuela, haz una maestría, un doctorado y busca un empleo en el gobierno o en una compañía grande». En lugar de eso fui a visitar a mi padre rico y le dije que quería seguir sus pasos para convertirme en un empresario y trabajar con bienes raíces. En mi opinión, el camino de mi padre rico me ofrecía liberarme de la tiranía que hay en ser empleado de grandes empresas o del gobierno. También significaba una mejor oportunidad de encontrar y definir mi propio Jardín del Edén, mi paraíso en la Tierra.

Tenía 27 años. Antes de abandonar la Marina comprendí que tenía que definir lo que significaba para mí el paraíso en la Tierra. En ese momento comencé a buscar respuestas fuera de los lugares e instituciones tradicionales. Al definir mi propio jardín, mi propio paraíso, comprendí que necesitaba crear y servir mi propio sabor de Kool-Aid, el que más me agradara. Uno de los ingredientes que quería en mi Kool-Aid, era la noción de que el dinero es bueno. Estaba harto de la idea de que desear dinero es la raíz de todo mal.

Cuando estudié en Nueva York entré en contacto con el espíritu y el juego de hacer dinero. Ese juego y mis visitas a las grandes ciudades del mundo encendieron mi espíritu. Actualmente, Nueva York es mi «tierra prometida». Cuando le digo a mis amigos religiosos que encontré el espíritu de Dios en esa ciudad, muchos inclinan la cabeza y rezan por mí. Para muchos, Nueva York es el epicentro del pecado, una moderna Sodoma y Gomorra.

Cuando pensaba en el paraíso terrenal, también tenía en mente encontrar a la mujer de mis sueños, mi alma gemela. Mis padres tuvieron un matrimonio lleno de amor, también mis tíos de Nueva York. Yo deseaba lo mismo. Tuve oportunidad de ver que los matrimonios de muchos de mis amigos eran desastrosos. Descubrí que estar casado con la persona equivocada puede ser un infierno. Si quería vivir en el paraíso, necesitaba encontrar a mi alma gemela, alguien que compartiera mi idea sobre el paraíso terrenal.

Pasé diez años muy divertidos saliendo con todas las mujeres que pude. Conocí a varias que definitivamente no eran para mí. No significa que hayan sido malas personas, simplemente no nos llevábamos bien. No había buena química. Me alegra haberlas conocido, porque de esa forma pude descubrir lo que no quería en una relación. Al menos podía reconocer una mala relación antes de casarme.

Con todo, estoy contento de poder decir que en el mundo abundan las mujeres fabulosas. Muchas me ayudaron a crecer y, ¡Dios sabe que lo necesitaba! Me pude haber casado con un par de ellas pero, aunque no lo hice, hasta la fecha celebro haber tenido esas relaciones. Cuando conocí a Kim supe que era la mujer de mis sueños, mi alma gemela, la pareja de mi vida.

El mejor libro sobre el futuro

 

El individuo soberano (The Sovereign Individual), de James Dale Davidson y Lord Rees-Mogg, es posiblemente el mejor libro que he leído sobre el futuro de la economía. He estudiado a estos autores por años. Predijeron con precisión la caída de la Bolsa de Valores de 1987, el final de la Unión Soviética y el ataque de Osama Bin Laden. Hablan de muchas de las cosas que habla el Doctor Fuller, especialmente del fin de las naciones como las conocemos ahora. Uno de los puntos interesantes que señalan sobre el término de cualquier Era, es el incremento de la corrupción cerca el final.

Aseguran que, justo antes de que la Era Agraria terminara y comenzara la Era Industrial, se suscitó una corrupción desenfrenada en las iglesias y órdenes religiosas. También han señalado que hacia el final de la Era Industrial habrá corrupción gubernamental. Todo eso ya lo vimos.

Rees-Mogg y Davidson también dicen que el mundo cambia cada 500 años. Éstos han sido los cambios:

500 a. C. Surgimiento de la democracia griega
0 Nacimiento de Cristo
500 d. C. Inicio de la Edad Media
1000 d. C. Surgimiento del Feudalismo
1500 d. C. Renacimiento y Era Industrial
2000 d. C. Era de la Información

Al igual que el Doctor Fuller, Rees-Mogg y Davidson aseveran que la riqueza generada a través de la tecnología ya no estará en manos de sólo unos cuantos. El poder de la tecnología será suficientemente económico para todos nosotros; ricos y pobres tendrán acceso a él. Esto conlleva buenas y malas noticias.

Las buenas noticias son que la Era de la Información liberará a los individuos como nunca antes. La gente tendrá la posibilidad de educarse a sí misma. Los autores dicen que «aquellos que puedan educarse a sí mismos, tendrán libertad casi absoluta para inventar su trabajo. Podrán entender los beneficios de su productividad. El genio se liberará de las opresiones del gobierno y de las cargas que implican los prejuicios raciales y étnicos. En la Era de la Información, las opiniones torcidas de otros no podrán obstaculizar a nadie que sea verdaderamente capaz».

«Los políticos ya no serán capaces de dominar, suprimir y regular la mayor parte del comercio en esta nueva situación». En otras palabras, ya no será importante si gobiernan los republicanos o los demócratas. En la Era de la Información el poder será para ti, para el individuo.

El Doctor Fuller predijo que estaríamos entrando a la Era de la Integridad. Es por ello que nuestra profecía personal y nuestra visión del futuro son tan importantes.

En 1984, después de pedirle durante seis meses que saliera conmigo, finalmente accedió y tuvimos nuestra primera cita. Desde ese momento hemos pasado casi todos los días juntos. En más de veinte años, sólo nos hemos separado, en total, poco menos de 50 días. Ella es mi mejor amiga, mi socia de negocios y mi esposa.

 

El paraíso en la Tierra también era aplicable a mi empleo. Yo sabía que quería ser un empresario rico y viajar alrededor del mundo. Quería que mis negocios compaginaran con la visión de mi alma. Y, lo más importante, quería tener la confianza de que mi trabajo provocaba una diferencia y hacía que este mundo fuera un mejor lugar para vivir.

Mientras me preparaba para abandonar la Marina, quería recuperar mi poder, el que me había abandonado al ingresar a las escuelas tradicionales, las iglesias y los negocios. No quería volver a la escuela sólo para sentirme estúpido. No quería ir a la iglesia para que me dijeran que era un pecador y que primero tenía que morir para comenzar a vivir. No quería ser el empleado de una compañía para que el mismo negocio me dijera cuánto podía producir yo, con quién debía trabajar, quién sería mi jefe y si podía o no obtener un mejor puesto.

Quería recuperar el poder. El poder de dirigir mi vida en mis propios términos, de encontrar mi paraíso terrenal.

En la escuela dominical aprendí que Noé soportó una tormenta durante 40 días y 40 noches. También que Moisés caminó 40 años en el desierto antes de llegar a la «tierra prometida». En 1974 esperaba encontrar la «tierra prometida» en 40 días, pero también estaba dispuesto a caminar 40 años.

EMI: PROBANDO LAS AGUAS

Cuando estaba en la escuela sentía curiosidad por los niños que siempre comían pescado los viernes y que salían temprano para ir al catecismo. Deseaba fervientemente unirme a ellos y quería saber lo que estudiaban.

Algunas veces en la iglesia metodista o en alguna de las otras a las que asistíamos, aparecían excelentes maestros para los jóvenes. Yo disfrutaba sus clases y esperaba con ansia el campamento de verano de la iglesia. Al estar ahí comprendí que era una persona sumamente tímida y que carecía de habilidades para interactuar socialmente. Pero me encantaban los encuentros, las discusiones, las fogatas y los cantos. Eran una sutil invitación para conocer gente nueva. Sentía gran admiración por los chicos y chicas extrovertidos, quienes estaban más involucrados y siempre saltaban para participar y dirigir actividades.

Igual que Robert, cuando era niña, en Hawai asistí a las celebraciones de muchas denominaciones y a distintos templos con amigos y compañeros de la escuela. Ésa era nuestra forma hawaiana de apreciar las diferentes tradiciones. Cuando era niña no cuestionaba a Dios ni las tradiciones religiosas; las aceptaba y las respetaba. Mi mente no era inquisitiva y desafiante como la de Robert, al menos no durante mi infancia.

Pero cuando me convertí en adulta comencé a estudiar y cuestionar abiertamente. Alaska era un buen lugar para ganar dinero rápidamente. Tenía dos trabajos. El primero era en una oficina. Pertenecía a una compañía de artículos para los trabajadores del oleoducto. El segundo empleo era como mesera. Mi objetivo era ganar el dinero que necesitaba para viajar a la India.

El viaje a Alaska fue extenuante. Mi amiga y yo condujimos desde Boulder, en Colorado, hasta Fairbanks. Viajamos en una camioneta GMC 1953. La puerta del conductor se abría repentinamente sin ninguna razón y, como no teníamos cinturones de seguridad, nos mantuvo en suspenso todo el viaje. Tampoco tenía calefacción, por lo que el frío de enero fue brutal. En algún momento caímos en un banco de nieve, y como tampoco teníamos una pala decente, tuvimos que ingeniárnoslas para salir de ahí. Usamos un sartén.

El trabajo de mesera me exigía servir a muchos turistas durante el verano; en los meses más fríos, atendía a los trabajadores de los oleoductos y a algunas personas de la localidad que sabían bien cómo enfrentar el crudo invierno. Era un lugar de tránsito: todos querían salir del oleoducto tan pronto como pudieran para hacer su propia fortuna en esta fiebre del petróleo del siglo XX.

A pesar de que estaba trabajando muchísimo, de cierta forma me estaba liberando. Me organicé con el papá de Erika para que la cuidara en Hawai mientras yo estaba en Alaska y en India. Así pude enfocarme en mi objetivo de llegar a la India. Estaba con amigos de Hawai y Colorado. Vivíamos con sencillez en medio de un salvaje oeste moderno. Todos tenían el sueño de conseguir un empleo sindicalizado en el oleoducto. Significaba mucho más dinero. El pago por tiempo extra era del 150 por ciento o más. Una amiga mía obtuvo trabajo en el sindicato de carpinteros. Con su sueldo y trabajando mucho tiempo extra, en muy poco tiempo reunió los fondos necesarios para estudiar su maestría.

En lo personal, deseaba entrar y salir de Alaska pronto para viajar a India en el siguiente otoño. Nunca me uní al sindicato. Muchos consideraban a Alaska como la tierra de la miel y la leche, un lugar en donde era sencillo hacerse rico. Mi objetivo era llegar a la India y estudiar ahí con maestros tibetanos. Alaska era sólo un medio para lograr mi objetivo.

Sabía que en 1969 Robert había pasado un tiempo en Valdez, Alaska, como oficial de un barco. Estaba ganando 48 000 dólares al año y solamente trabajaba siete meses. No tenía gastos y podía ganar y ahorrar más dinero que yo. Parece que ése siempre fue el patrón en nuestras vidas.

En contraste, después de pasar nueve meses en Alaska, ahorrando cada centavo, logré juntar 4000 dólares. Con eso pude comprar dos viajes a Hawai y ver a Erika, un pasaje a la India y guardar algo de dinero para vivir modestamente allá durante seis meses.

 

En 1975 me fui con mis amigos a la India. Mi corazón latía fuertemente ante la oportunidad de estudiar con el Venerable Geshe Ngawang Dhargyey en el sorprendente pueblo de Dharamsala. Era como un pequeño Tíbet en las montañas de la India. Su Santidad, el Dalai Lama, había establecido un gobierno tibetano en el exilio, y todos los cargos importantes se habían restablecido. La comunidad tibetana era muy pobre entonces. A veces veía gente caminando en la nieve sin calcetines y con zapatos que no les quedaban bien. Eran personas increíblemente felices, unidas y solidarias. Siempre estaban dispuestos a ayudarnos. Vivían sus enseñanzas y estaban muy agradecidos de estar vivos y cerca de Su Santidad, el Dalai Lama.

Fue en ese tiempo que el Venerable Geshe Dhargyey me sorprendió al sugerir que me convirtiera en monja. Me quedé atónita. Convertirme en monja estaba totalmente fuera de mis planes. Erika vivía con su padre, por lo que la gente que me rodeaba no sabía nada sobre mi familia ni mi vida en Hawai. No hablamos más del asunto, pero no me podía sacar la idea de la cabeza. Me preguntaba cómo viviría en Occidente una monja con una hija.

«Sería difícil», le dije. «Tengo una hija pequeña».

Él ni siquiera se inmutó. No hablamos más del asunto.

Durante un descanso de seis semanas fui con mis amigos a una peregrinación a los cuatro lugares budistas sagrados más importantes: Lumbini, en Nepal, el lugar donde nació Buda; Sarnath, el primer lugar en donde enseñó; Kushinagar, en donde murió; y Bodhgaya, donde fue iluminado. También fuimos a Rajgir, llamado Vulture’s Peak (el Pico del buitre). Aquí fue en donde Buda enseñó el Heart Sutra.

Fue difícil viajar. Los trenes de carbón estaban repletos y cubiertos de hollín. Como no había autobuses, tuvimos que ir a Lumbini en el transporte colectivo de bicicleta. En realidad fue mejor que los taxis de Calcuta. Allá no había bicicletas. Escuálidos hombres jalaban el carro, mientras nosotros, los americanos bien alimentados, íbamos arriba. El hombre nos llevaba hasta nuestro destino atravesando caminos llenos de baches.

En Bodhgaya pasé semanas en una tienda que compartí con cinco tibetanos para asistir a algunas enseñanzas de su Santidad Ling Rinpoche, tutor superior del Dalai Lama. Mientras tanto, seguía considerando lo que Geshe Dhargyey me había dicho sobre convertirme en una monja. Y, aunque no sabía en ese momento lo que significaría convertirme en monja, me empezó a parecer atractivo. Cuando regresé a mis clases en la primavera de 1976, le pregunté a Geshe Dhargyey al respecto. Parodió la respuesta que le había dado anteriormente, diciendo: «Sería difícil, tienes una hija pequeña». Su respuesta me sorprendió y me hizo reír con nerviosismo. Pero luego me dijo: «Sería maravilloso si lo hicieras».

Me llevó diez años tomar mis votos para convertirme en monja. Después de regresar a Hawai, mudarme a Los Ángeles y estudiar con otro maestro maravilloso, el Venerable Geshe Tsultim Gyeltsen, tuve la oportunidad de volver a la India y que Su Santidad, el Dalai Lama, me ordenara en 1985. En todo este tiempo nunca he mirado atrás.

Por supuesto, ha habido momentos de lucha y duda, pero convertirme en monja y lograr que el estudio y la práctica del budismo se hayan vuelto el objetivo de mi vida, ha sido muy satisfactorio. Me acerqué a las enseñanzas porque deseaba que el dolor terminara. Quería respuestas. Sentía que había muchos asuntos inconclusos. Mi madre y mis abuelos habían fallecido antes de que pudiera apreciarlos y tomar la herencia y la historia que portaban.

El refugio que siempre me había brindado la familia, se volvió inestable cuando murieron mamá y el abuelo. Comprendí que no siempre estarían ahí. Hasta la tierra bajo mis pies era inestable, especialmente en la Isla Grande en donde el suelo seguía creciendo y experimentando cambios. Aislada, en medio del Océano Pacífico, la isla estaba produciendo nuevas áreas secas. A pesar de ello, ahora se dice que Hawai desaparecerá en algún momento debido a que el nivel del agua sube y la tierra se está hundiendo casi imperceptiblemente.

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Emi (al centro) con dos amigas aspirantes a traductoras en Hawai, 1983. Fotografía tomada antes del salto de fe para convertirse en monja budista.

 

La muerte me impulsó a pensar más en la vida. Como todos moriremos algún día, yo quería aprender a vivir y a enfrentarme a mis múltiples cuestionamientos. ¿Por qué la gente que amamos atraviesa por grandes tragedias? ¿Y por qué morimos?

¿Adónde se van todos al morir?

¿Debemos morir?

¿Por qué la gente es cruel y embustera con los demás? ¿Y por qué después, cuando pierden a sus amigos, a sus seres queridos, su reputación o su estatus, se sienten arrepentidos y llenos de odio hacia sí mismos?

¿Por qué la gente cree que puede mentir, destruir las vidas de otros, robar y engañar?

¿Por qué si mi padre era un buen hombre tuvo que experimentar tal agitación y traición en su vida?

¿Acaso no había consecuencias, tanto obvias como sutiles, para nuestras acciones? ¿Si no nos atrapan, entonces no hay consecuencias? ¿Las consecuencias no importan tanto en la vida como después? ¿Acaso hay un después de la vida?

Mis estudios budistas me ofrecieron respuestas a esas preguntas. Encontré un excelente camino y una gran comunidad, una familia espiritual. El estudio y la práctica de las enseñanzas budistas satisfacían mis necesidades espirituales, pero descubrí que algunos de mis amigos budistas tenían problemas para cumplir con sus promesas. Lo mismo sucede en otras religiones. A mí también me costó trabajo.

Existen diez no virtudes básicas que se deben evitar: matar, robar, tener conducta sexual inapropiada, mentir, hablar mal de otros, calumniar, usar palabras altisonantes, codiciar, tener mala voluntad y pensamientos equivocados. Éstas no virtudes se deben evitar por completo, pero a veces es difícil hacerlo. Es complicado mantener nuestros votos cuando el apego, el enojo, la envidia o la competitividad interfieren.

Tenía amigos a quienes admiraba; algunos estaban en buenos puestos, otros en lugares más modestos, pero todos practicaban el budismo con diligencia y lucidez. Hasta ellos se equivocaban. Yo trataba de ser una buena practicante, pero aún así la gente se molestaba conmigo. A veces me descubría chismeando y hablando de otros a sus espaldas.

Tenía conflictos hasta cuando sentía que me comportaba bien y que me estaba convirtiendo en una mejor persona para el beneficio de los otros. Mi hija quería que estuviera cerca de ella, mi exesposo sentía que yo era muy inestable. Necesitaba un empleo y, mientras mis amigos establecían sus carreras, apenas ganaba lo suficiente para comer y pagar la renta.

A pesar de todo, ese estilo de vida me funcionó por varias décadas. Pude continuar con mis estudios, viajar y vivir en la India, obtener dos títulos, convertirme en tibetana y pasar mucho tiempo aprendiendo y en retiro. Desafortunadamente, aparecieron dos patrones recurrentes en mi vida que limitaron mi práctica. El primero era que siempre buscaba la aprobación de la gente a quien respetaba. Me pasaba la vida haciéndolo. Primero busqué la aprobación de papá, después la de mis maestros.

El segundo patrón consistía en ocultarme tras mi timidez; siempre me mantenía al margen y no hablaba, así evitaba exponerme o revelar lo que consideraba mis faltas: ignorancia, enojo, confusión, celos y miedo. Aunque es posible que se hicieran evidentes de otras formas.

A veces, cuando se cultiva un sendero individual, se puede parecer diligente, sereno, devoto y sabio. Pero, de hecho, yo estaba usando esa apariencia para que los demás me aprobaran. Mi vida se tornaba miserable. Esconderme me impedía aprender o crecer. Dentro de mí había un arsenal imperceptible de engaños que querían controlarme, y estaba emergiendo.

Tras ser iluminado, la primera enseñanza de Buda incluyó las Cuatro Nobles Verdades. Éstas son:

La verdad del sufrimiento.

La verdad de la causa del sufrimiento.

La verdad del cese del sufrimiento.

La verdad del camino hacia el cese del sufrimiento.

El practicante debe vencer la oscuridad y el engaño que lo bloquean. Debe comprender que éstos en realidad no existen. Debido a que malinterpretamos la naturaleza de la realidad, a veces nos creamos opiniones equivocadas sobre todo lo que está en el mundo. Comprendemos la importancia de ser amables, de seguir principios éticos, de no dañar a otros. También sabemos que esto no sólo se aplica a nuestros amigos y seres queridos. Pero cuando las mentiras del apego o las aversiones se presentan, nuestra mente, cuerpo y palabra, actúan mal.

Descubrí que debido a mi viejo hábito de buscar la aprobación de mis maestros, siempre trataba de complacer a otros. Mis acciones me detenían y estaban mal enfocadas. Como monja, podía ocultar esta tendencia tratando de ser buena y auxiliar a otros, aunque me perdiera a mí misma. Era un sutil engaño que destruyó mi equilibrio. Ése era mi sufrimiento.

Mi visión y mis acciones se habían separado demasiado, como el péndulo de un reloj. Tal vez por eso me columpiaba inevitablemente hasta el extremo opuesto: quería, necesitaba y debía detenerme. Mis problemas de salud eran un signo físico de mi desequilibrio interior. Desde entonces he tenido que ser cuidadosa para mantener el equilibrio. Debido a estos hábitos tan arraigados, cuando surge alguna situación que así lo requiere, puedo funcionar en «automático». Me involucro en el siguiente proyecto, adquiero nuevas responsabilidades o cualquier cosa que necesite atención inmediata. La parte «salvadora» de mi linaje Samurai emerge y me alienta para salvar a todos.

Desafortunadamente, me es muy fácil volver al estado de separación de mi exterior y mi interior. La meditación, observar mis acciones y mis palabras, y cuidar mi lengua, me ayudan a detenerme y pensar sobre lo que está sucediendo. De esa forma detecto el patrón y tengo cuidado al escoger en qué me involucro. Así no termino metida en otro proyecto «urgente». Por mi práctica y bienestar personal, siempre tengo que trabajar concienzudamente para lograr paz física y mental. Busco un equilibrio en mi hábito de desear aprobación. Acabar con costumbres viejas y poco saludables es una forma de purificar los engaños y las ideas erróneas. Nos da mayor claridad para avanzar en el camino.

Esta tendencia requiere atención, amor, acción y sabiduría. Mi vida y mis acciones también necesitan el balance justo. Poder brindar todo lo anterior se ha vuelto un compromiso interno y personal. Desafiar los hábitos y opiniones que no son sanos es parte de una guerra benéfica.

Buda, dijo:

«Sé una luz para ti mismo».

«Cuando yo muera, las enseñanzas serán tu maestro».

«El odio no se puede cambiar con odio; el odio se debe cambiar con amor».

Así son los desafíos personales. A diferencia de Robert, yo pienso que esta batalla es una guerra. Contradictoriamente, es una guerra que requiere amor y atención gentil. No es necesario pelear encarnizada y despiadadamente contra nosotros mismos. Con mucha habilidad e interés, podemos liberarnos de esos patrones tan dolorosos, duraderos e insidiosos. La confusión, el autoengaño y los malos hábitos comienzan porque no experimentamos con el amor y la sabiduría, porque no obtenemos la atención o guía apropiadas, y eso nos saca de equilibrio.

Todos respondemos al amor. En cambio, cuando se presentan fuerzas negativas, tratamos de compensarlo y nos escondemos. Es increíble que, aunque necesitamos el amor y respondemos a él, nos involucremos tanto en guerras, en conflictos familiares y laborales. Jugamos al engaño, competimos sin sanidad, somos envidiosos, avariciosos, posesivos y nos negamos a ayudar a otros.

Robert comenta que, «aunque todos deseamos la paz, la guerra siempre será parte de la condición humana». Esta frase es tan aleccionadora como el análisis de Will Durant, quien señala que en toda la historia de la humanidad solamente durante 29 años no ha habido guerra en algún lugar del mundo. ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Acaso es éste el único resultado, la única posibilidad?

Buda mencionó tres venenos:

  • Deseo/apego
  • Odio/enojo
  • Ignorancia/engaño

Hasta que no superemos estas condiciones, sucumbiremos ante las inequidades de los venenos. Las enseñanzas nos muestran que es posible liberarse de estas ideas falsas, pero debemos hacer la tarea. No hay nadie fuera de nosotros que pueda desaparecer o remover nuestras ideas falsas.

Aunque yo «era una buena monja», estaba viviendo mi neurosis. Algo tenía que cambiar. Al contemplar las antiguas preguntas de pronto estaba buscando nuevas respuestas.

¿Ser un individuo me hace incapaz de actuar? ¿Y ser una monja?

Cuando me convertí en monja me uní a una comunidad más grande de lo que pude haber imaginado. He estudiado con los maestros tibetanos. Existen comunidades budistas monásticas en India, Sri Lanka, Tailandia, China, Burma, Camboya, Japón, Mongolia, Taiwán, Singapur, Malasia y Corea. Históricamente contamos con las de Indonesia, Grecia, Afganistán y otros países. Actualmente, hay monjes budistas que cultivan la paz interior en muchos países.

Al buscar el poder de traer paz al mundo, siempre he creído que Su Santidad, el Dalai Lama, encarna el modelo del enorme potencial humano. Sin embargo, él con frecuencia dice: «Solamente soy un monje». Con esto, nos recuerda que no debemos considerarlo como alguien marginado y diferente, sino como una inspiración para desarrollar todo nuestro potencial.

El Dalai Lama tiene la capacidad de brindar calidez a los corazones de la gente del mundo, y de acercar a personas de tradiciones y opiniones muy distintas. Esto me muestra que existe la posibilidad de vivir con un ideal muy alto, de convertirnos en seres humanos excelentes. Aunque hay muchas personas que viven discretamente y son excelentes seres humanos, es importante señalar que el mundo ha brindado reconocimiento al Dalai Lama y a sus esfuerzos por dar una solución pacífica al desarraigo de los tibetanos y la pérdida de su país.

Respecto de la guerra y los conflictos (globales y locales) me siento impotente. Esto es prueba de mi preocupación y tristeza. Mi impotencia es una forma de preguntarme por qué no hago algo al respecto o qué es lo que podría hacer. Pero la escritura es poderosa y el discurso puede beneficiar a mucha gente, así que enseño y escribo sobre cómo anular los tres venenos: odio, avaricia e ignorancia. Así podemos socavar los conflictos internos y externos.

¿Por qué ganan los agresores?

El gobierno chino y su gente ocupan el Tíbet actualmente. Consideran que el Dalai Lama es un «separatista» de la gente y de la tierra madre. Dicen que debería mantenerse alejado de las cuestiones políticas. También aseguran haber liberado a los tibetanos de la esclavitud y haberlos llevado hacia la prosperidad y a una economía mayor. Pero en realidad han tomado el Tíbet para su propio beneficio. Lo reclamaron por sus recursos naturales, llevaron gente china para establecerse en tierras tibetanas, les dieron empleo e impidieron que los tibetanos nativos tuvieran acceso a la educación, al empleo y a otras oportunidades.

Debo señalar que Estados Unidos le hizo lo mismo a los nativos americanos.

En 1986 realicé un viaje en autobús con algunos viajeros tibetanos. Fuimos de Dharamsala a Katmandú, en Nepal. Un amigo me pidió que los cuidara durante el viaje. Pasamos cuatro fronteras y aduanas, y descubrí que a los tibetanos los segregaban y los llevaban a distintas áreas en los puntos de revisión. A pesar de que en ninguna de las fronteras había restricciones para los occidentales y para muchos nepaleses, los guardias le quitaban muchísimo dinero a los tibetanos sin que otros pasajeros lo notaran. Este maltrato es mínimo si se compara con lo que tienen que enfrentar dentro del Tíbet o cuando tratan de escapar cruzando las fronteras a pie para entrar a Nepal o la India. Algunas veces los han encarcelado, torturado y devuelto a los chinos para que paguen sobornos. Han tenido que soportar hambre y frío para obtener su libertad y escapar de la opresión china que se vive en el Tíbet.

Respecto a la política de Estados Unidos, Robert dijo: «A mí me parece que el crimen paga». Y, «¿por qué le suceden cosas malas a la gente buena?».

¿Puedo hacer una diferencia?

Cuando era joven oraba fervorosamente. Deseaba progresar, aprovechar mis dones al máximo. Hay un poema de Dylan Thomas: «No entres dulcemente en la noche. / Furia, furia cuando la luz fenece». Mi interpretación me dice que no se trata de ponerse furioso o ser abusivo, sino de que debemos tomar el centro de nuestras vidas y aprovecharlo completamente, aprender de la vida, no dejar ninguna piedra sin mover.

¿Será posible vivir una vida ética, poderosa y benéfica ayudándonos a nosotros y a otros sin condiciones?

¿Podemos elevarnos por encima de la opresión y el odio, de las actitudes mentales negativas, de la depresión, las distracciones y los intentos fallidos? ¿Podemos disfrutar enormemente de la vida?

Éste es el desafío de nuestra existencia.

¿Podemos vivir armónicamente en la diversidad?

Pase varios años muy dedicada al estudio. Asistí a eventos de intercambio de fe y trabajé con ministros y practicantes de otras creencias. La pregunta es, ¿con todos los grupos que tienen distintas religiones, cómo podemos vivir en armonía en un mundo que se hace cada vez más pequeño?

Tuve la maravillosa oportunidad de involucrarme con personas de otras religiones, incluyendo budistas de otras ramas. Esto me ha ayudado a apreciar la fe que tiene la gente en sus diferentes creencias. Pude ver el esfuerzo que hacen para practicar, estudiar y ser buenos discípulos. Todavía nos queda un largo trecho por recorrer para ser gentiles con quienes tienen creencias disímiles a las nuestras. Cuando subestimamos o minimizamos a otros, se hacen evidentes nuestra intolerancia y estrecha visión.

Con mucha lucidez y verdad, David Barry dijo: «Generalmente, las personas que quieren compartir sus ideas religiosas contigo no quieren que tú compartas las tuyas con ellos».

En muchas ciudades y comunidades conviven culturas y religiones diversas. Todos deberíamos aprender sobre los demás, de la misma forma en que disfrutamos la comida, los trajes típicos y la música de otros países. ¿Acaso no es inteligente, incluso sabio, poder mantener y apreciar puntos de vista diferentes, opuestos?

¿Una persona ordinaria, como yo, puede ser exitosa?

Aquí surgen más preguntas y respuestas. ¿Cómo puedo ser exitoso si soy una persona promedio, si soy un aspirante espiritual? No tengo talentos especiales. ¿Qué puedo hacer? La respuesta es: ¡sí, podemos tener éxito! ¡Para eso es nuestra inteligencia! Persevera en tus cualidades.

¿Necesitaba encontrar mis propias respuestas?

Casarme y formar una familia no era la respuesta adecuada para mí, aunque me parece maravilloso conocer gente que permanece felizmente casada durante décadas. En la actualidad es la excepción, no la regla. Individualmente atravesamos muchos cambios a través de los años. Es maravilloso y encomiable que dos personas, estando juntas, puedan crecer, cambiar armoniosamente y compartir una visión. Yo tenía que realizar mi búsqueda a mi manera.

Buda nos mostró un sendero hacia la iluminación. Pero tenemos que caminar por él y seguir nuestro propio camino. Las respuestas y las lecciones deben comprenderse individualmente.

Una persona puede sermonearnos hasta ponerse azul, pero en realidad debemos experimentar y descubrir las lecciones nosotros mismos. A veces he tenido que aprender algo una y otra vez. En otras ocasiones, lo comprendo de inmediato. De cualquier forma, hacemos lo que queremos y a veces la respuesta no es muy clara porque no estamos prestando atención. Pero el universo nos muestra el resultado de nuestro esfuerzo.