Trece

Hemos estado Adela y yo al oscurecer en el parque mirando al ovni y estoy seguro de que nuestras impresiones eran las mismas.

La prensa de esta mañana ha levantado una cierta inquietud y los aviones de las Fuerzas Aéreas subieron a ver qué sucedía. Entonces el ovni ha desaparecido con una rapidez increíble dejando una estela anaranjada en el horizonte. Ni yo ni Mary-Lou y Adela lo olvidaremos. Son esas cosas que por no tener explicación no alcanzan plenitud ni decadencia en nuestra mente.

Yo recuerdo lo que me dijo Mary-Lou. Porque el ovni ha estado dos noches siempre fijo en el mismo lugar.

Anoche, cuando le llevé su vaso de agua a Adela, llevé también conmigo y para mí un frasquito de buen coñac. Ella bebe su agua metiendo la cabeza en el vasito, y anoche estuvimos los dos mirando el ovni y luego, en mi banco de siempre, yo me di un buen lamparillazo.

Cada uno bebió a la salud del otro. Lo mío dicen que es bueno para el corazón. Lo de ella también, porque así no le dan sobresaltos cuando tiene que ir a beber el agua lejos. Tuve la tentación de poner un poco de brandy en el agua de mi amiga, pero me arrepentí e incluso me avergoncé. No se debe abusar de la confianza de los animales poniendo en riesgo su salud.

Los ovnis. ¿Qué sentiría ella?

Al volver a casa vi a Patricia alborotada con lo del ovni y llena de curiosidades.

La pregunta de ella era la que yo esperaba después de besarme y de recorrer con su mano graciosa mi cuerpo en busca de evidencias propicias.

Me preguntaba por qué los tripulantes de los ovnis no bajaban nunca a tierra. Yo le dije confidencialmente, bajando la voz:

—Si me guardas el secreto yo te diré que no bajan porque nos conocen y saben qué clase de pájaros somos. Pero además te diré que conmigo han hecho una excepción.

—¿Quieres decir?

—Yo los he visto. Bajaron detrás del museo del parque. No lo digas por ahí, porque acudirán los periodistas y creerán que estoy loco o que soy un maníaco de la publicidad como suelen ser los pobres diablos, ahora. Pero yo los he visto y he llegado a hablar con ellos.

—¿En qué idioma?

—No hace falta idioma. Son corrientes magnéticas en las que se producen imágenes. Y me han dicho que no bajan a la tierra porque llevan años observándonos y saben que no hay futuro para nosotros.

—Pero ¿por qué han hecho una excepción contigo?

—Dicen que soy un poeta capaz de comprender. Es decir, de imaginar y creer que comprendo, que es lo mismo. Tienen una idea horrenda de los hombres. Creen que somos monstruos antediluvianos, como los megaterios para nosotros. En serio. Y claro, recelan.

—¿Los megaterios? ¿Somos mayores que los tripulantes de los ovnis?

Yo recordaba a Mary-Lou:

—Mucho mayores. Ellos no tienen forma humana y su tamaño no es mayor que un círculo de treinta centímetros de diámetro.

—¿Y qué más dicen de nosotros? —preguntó ella sin fe alguna en lo que yo iba a responder porque creía que estaba bromeando.

—¿Qué van a decir? Me han recordado cosas que todos sabemos y pretendemos olvidar. Por ejemplo, las dos palabras que se dicen más entre los hombres son monosílabos: tú y yo. Y aunque no lo creas hay para el más de tres mil adjetivos denigrantes. Ya sé que no lo puedes aceptar, pero así es.

—Dime algunos —pidió ella dispuesta a discutir.

—Ahí van y no recordaré sino una ínfima parte. Comenzando por los que se refieren al sexo: marica, mariquita, maricuela, y el aumentativo y despectivo: maricón. Sinónimos: apio, sarasa, canco, herculano, rosquete, adelaida, joto, puto (estos últimos en la América hispana); por otra parte, cabrón, cornudo, corniveleto o cornigacho, cabestro, buey, consentido, calzonazos, bragazas; en otra clave: hijo de puta, hospiciano, cunero, expósito, puñetero (masturbador), castrón, zopenco, lelo, lilaila, beduino, idiota, estúpido, imbécil, estulto, memo, papirote, porro, bodoque, samarugo, sandio, bobo, gilí, gilipoyas, fatuo, insensato, inepto, mentecato, simplón, vacuo, botarate, alcornoque, morral, zambombo, sinsustancia, calamocano, arrocinado, ganso, gurrumino, bitongo…

—Basta, basta —decía Patricia, abrumada.

Pero yo seguía:

—Feto, canalla, tagarote, macarra, butifarra, escuerzo, bastardo, boqueras, cerote, tarugo, testaferro, pelele, estafermo, gamberro, gandul, chiflado, turulú, besugo, tolondrón…

Patricia decía que las sonoridades tenían gracia. Y yo continuaba:

—Patitieso, fanfarria, caloyo, borrego, carajeta, pajarraco, papamoscas, maula, farsante, embustero, mezquino, putrefacto, malsín, indecente, indecoroso, inmundo (y otros muchos que comienzan con el negativo «in»), perverso, malo, resabiado, calavera, tortuoso, maligno, perdido, desuellacaras, crápula, perdulario, degenerado, encenagado, roñoso, vil, golfo, asqueroso, soez, granuja…

—Por favor —decía ella sentada en la cama y tapándose los oídos.

—No, no, hay muchos más. Hay millares. Y para que no creas que exagero voy a decirte algunos más que recuerdo, porque todos sería imposible. Me llevaría la noche y el día de mañana: truhán, bribón, villano, charrán, falso, mamarracho, tipejo, guiñapo, pelagatos, bergante, andrajo, espantanublados, pendón, rufián, zurriburri, zascandil…

Patricia, aunque se cubría los oídos, me oía:

—¿Qué clase de personas son los zurriburris y los zascandiles?

—Algo así como mi padre, que se obstina en que tú y yo somos medio hermanos para evitar la cornamenta, ¿comprendes? Y al mismo tiempo te busca. —A medias— decía ella riendo todavía.

—Hay más: quídams, zarramplines, perillanes, guajas, sabandijas, inaguantables y cargantes, gazaperos, hampones, mandilandingos…

—Eso ¿qué es? ¡Un ejemplo! —pedía ella.

—¿Un ejemplo? Tu madre en femenino, si no lo tomas a mal. Zurrapas, bajunos, rastreros, ruines, raheces, miserables, astrosos, gorrinos… Podría seguir así tres días. Combinados con los delincuentes menores: ratero, descuidero, carterista y consorte, soplón, madrugón, braguetero, etc., y con los mayores: asesinos, alevosos, felones, traidores, ventajistas, palanquistas, sería el cuento de nunca acabar. En serio.

—Esos últimos ¿son políticos?

—No. Te confundes con los falangistas. Palanquista, con pe. Y con cu.

—Bueno. ¿Y qué quieres decir con todo eso?

—Pues que los ovnis lo saben. Y por el otro lado el Yo (con mayúscula, claro) tiene tres veces más calificativos, todos elogiosos. Pero no vale la pena citarlos, porque te dormirías y realmente no llegarías a entenderlo. Y el Yo, como te dije, es la voz que con más frecuencia se pronuncia no sólo en España, sino alrededor del planeta.

—Yo creo que exagerabas un poco en los calificativos del .

—No. No he dicho otros que ahora me vienen a la memoria y que son un poco más cultos: vitúpero, nefando, malandrín, ganforro, sinvergüenza…

—En inglés no tenemos sino media docena de adjetivos para ofender al .

—Mientes, querida. Tenéis tantos como nosotros.

Y para el Yo, es decir, para engalanar vuestra noble presencia, todavía más. Acéptalo, y si no lo aceptas te pondré ejemplos.

—No, por favor.

—Es así alrededor del planeta. En todos los idiomas. Los ovnis lo saben.

—Eso de mandilandinga le va muy bien a mi madre, es verdad.

—¿Por qué? —pregunté con curiosidad maligna.

—No sabría decirte. A mi padre le va muy bien eso de cornigacho.

—Cornigacho pretérito.

Ella reía y preguntaba:

—¿Tú crees que ellos tendrán para nosotros palabras vejatorias también? Y si las tienen, ¿cuáles serán?

—A ti mi padre, si no logra acostarse contigo, te llamara putrefacta semiincestuosa.

—¡Qué manía! Él no es mi padre. ¿Y a ti cómo te llamaría?

—A mí, papanatas.

—Y mi madre, ¿qué diría de ti?

—Ella sabe poco español. Sabe más italiano. Me llamaría estafermo, que es el muñeco que ponen los caballeros para entrenarse con las lanzas. Es un muñeco del tamaño de un hombre, que gira sobre un poste fijo cuando le dan la lanzada en el escudo de hierro. Pero como en la otra mano lleva colgada una bola de hierro, también el caballero tiene que andarse con cuidado para que al subir por el aire la bola no le rompa la crisma. La cosa tiene su miga. Estafermo.

No comprendía Patricia qué relación tenían los ovnis con todo aquello, y yo le expliqué que ellos sabían que la humanidad había fracasado en absoluto y aunque trataba de salvarse por el lado religioso, había tantas religiones peleando a tiros entre sí, y en el nombre de un dios común, que no se lograba nada.

—¿Los hombres de los ovnis se han dado cuenta de todo eso?

—Sí, pero no son hombres. Parecen cangrejos —sugestión otra vez de Mary-Lou— de metal con seis patas, pero con un núcleo radiante magnético muy penetrante y claro. Se han dado cuenta, y al sentir desde fuera de nuestro sistema solar las explosiones atómicas han venido a ver qué pasa.

—¿Qué les importa a ellos?

—Saben que en una de esas explosiones experimentales se puede destruir el universo.

—¿Cómo es eso?

—Los hombres de ciencia de la tierra ya dijeron al principio que había una probabilidad entre treinta y dos mil de que se produjeran reacciones en cadena que acabaran con el universo. Bueno, el universo es indestructible. Pero podían acabar con la forma actual que tiene y con todas las civilizaciones, si las hay. Una probabilidad entre treinta y dos mil. Y a medida que se hacen nuevas explosiones la probabilidad es mayor. Hasta ahora se han hecho cerca de mil. Por ese camino la probabilidad se cumplirá antes de llegar a la experiencia del trigésimo segundo millar. Naturalmente, hay sin duda un peligro para todo el mundo.

—¿Ellos quieren evitarlo?

—No sé. Parecen más interesados en averiguar quiénes van a heredar el planeta cuando nosotros destruyamos a la humanidad, que parece estar cerca. Hasta ahora los seres mejor dotados para sobrevivir son los roedores, entre los vertebrados.

¡Adelita! —gritó ella, simulando entusiasmo.

—Es posible.

—Pero ¿tú crees que de veras se acaba todo esto?

—Sí, desde luego.

—¿Aunque pongamos un solo gobierno mundial y se acaben las guerras?

—Eso es imposible. Si pudiera haber un solo gobierno mundial lo habría habido en los dos o tres millones de años que lleva funcionando mal o bien nuestra sociedad. Es decir, cuatro millones según descubrimientos recientes.

—Eres pesimista.

—Soy realista. Hay que ver las cosas a partir del individuo, como te decía. El Yo es sagrado y el es abyecto. Y los dos son impenetrables, aunque por un lado sexual lo sean y por cierto bien a gusto de los dos. De los seres humanos, de las ardillas y de las cucarachas. Luego vuelve el rencor.

—No necesariamente.

—Tienes razón en lo que se refiere a las ardillas y las cucarachas. Pero ¿quieres ejemplos más claros que los de tu madre y mi padre?

Ella callaba pensativa y —supongo— tratando de decidir quién tenía razón. Al fin suspiró de un modo aquiescente y se acercó a mí.

—¿Por qué somos tan estúpidos y tan malos?

—Con la estupidez basta, querida Patricia. No hay estupidez buena. ¿Has visto que todo el mundo habla bien de una persona cuando ha muerto? Esperan esa oportunidad y hablan bien porque el que muere hace a todos un favor, ya que dándose cuenta o no todos querían que muriera.

—¡Pero eso es locura!

Yo afirmaba, bajando la voz:

—Una locura que nos imponen al nacer por una antiquísima tradición y herencia. Eso es verdad, y fabricamos las bombas atómicas con el deseo inconsciente de acabar con el resto de la humanidad un día no lejano. El que las fabrica cree que eso sucederá después de haber muerto él de muerte natural, pero podría ser que los ovnis no quisieran esperar tanto.

—¿Qué pueden hacer ellos?

—Tienen muchas maneras de acabar con nosotros, y probablemente sin causarnos dolor. Igual que paralizan nuestro corazón.

Patricia parecía indignada, y repetía, con sus manos en mis hombros:

—Eso es ya demasiado. No te creo. ¿Cómo te has enterado?

Tuve que volverle a contar lo que le dije. Era de una simplicidad total. Bajó el ovni y los que lo tripulaban, es decir, los cangrejos mecánicos —que sin duda tenían algo orgánico y vivo como nosotros—, se asomaron fuera. Se veían dos pupilas encendidas entre ruedas y halos de colores. Y a veces se oía algo como la risa nuestra. Supongo que es porque como hay nitrógeno en nuestra atmósfera y no en la de ellos eso les hace reír. Es el gas de la risa. —Claro es que puede producir la muerte —añadí—, pero morirse de risa no está tan mal, supongo.

La cosa le parecía demasiado dramática a Patricia para reír. Eso me dijo. Y siguió preguntando:

—¿Para qué quieren acabar con nosotros?

—¿No lo entiendes aún? Es para evitar que con la continuación de las pruebas nucleares el tanto por ciento de probabilidades de reacción destructora en cadena aumente.

—¿Y quedarán las ratas y las ardillas? ¿O las cucarachas?

—Son las que saben ocultarse bajo tierra y reproducirse más rápidamente. Y no desean la muerte de nadie. Con el tiempo, al cabo de dos o tres millones de años, tal vez logren una civilización mejor que la nuestra.

—La nuestra no es mala.

—No, para usar el Yo admirable el deleznable. Pero por ese camino ya ves adonde hemos llegado. Meditaba Patricia profundamente al parecer, y por fin habló, después de tomar de la mesilla un vaso con coñac y beber un buen trago:

—¿Es esa la razón de que quieras tanto a Adela?

—Tal vez sea una tendencia inconscientemente lógica. Ella viene a mí, tiene manerismos graciosos y me necesita para comer, que es más importante que tu necesidad de mí para copular. Y no te enfades.

—Yo podría tener otro hombre si quisiera.

—Y ella otro amigo protector.

—¿Por qué no tengo otro hombre en lugar de tenerte a ti?

—En la vida la irregularidad es más interesante que lo normal. Y teniéndome a mí haces desgraciados a tu madre y a mi padre. Te gusta hacerlos desgraciados, sin darte exacta cuenta. A tu madre porque hieres su reputación y a mi padre por celos. Y por deseo sexual.

—Vas demasiado lejos, Cristóforo. No seas malo. Ni mi madre ni tu padre me han dicho nunca una mala palabra contra ti.

—No es necesario. Tú las adivinas.

—¿Y por eso voy a quererla mal a mi madre?

—No es necesario quererla mal para tratar de fastidiarla. Como yo a mi padre.

Patricia está bien, pero me molesta en ella que tiene una tendencia a mostrarse superior, porque le quita una parte de sus atractivos, y lo digo en serio. Para nosotros, españoles, alguna forma de graciosa debilidad de la hembra es un estimulante.

Atavismos, claro. Nos gusta protegerlas… y humillarlas.

Como dije antes, yo no he visto a ninguno de los tripulantes del ovni, pero estoy casi convencido de que mis hipótesis y los cangrejos de Mary-Lou son ciertos, y Adelita lo sabe lo mismo que yo. Ella y yo nos entendemos como se entienden de un modo u otro todos los seres vivos en este orbe nuestro, sean vegetales o animales.

La dificultad realmente grave comienza con los seres humanos, atentos al Yo y al , como acabo de decir.

Y no es broma. No se trata sólo de una palabra, sino de una imagen y una serie de imágenes. Tengo amigas que poseen en su casa ocho o diez álbumes de fotografías y en cada uno más de cien —siempre de ella misma— con un vestido u otro, a medio desnudar, saliendo del baño con una toalla por delante, dormida o aparentando dormir en el jardín con flores en el pelo. Y además tienen en su casa más de una docena de espejos, unos de tamaño natural —para verse de cuerpo entero—, otros de busto y algunos de mano. Amigas tengo que llevan en el coche dos o tres espejos y cada vez que se detienen ante una luz roja sacan uno de debajo del trasero o de detrás de la espalda y se miran de frente o de refilón encogiendo el morrito y abriendo descomunalmente los ojos.

Siempre con una expresión infantil. Es curioso eso.

A no ser que estén jugando a las mujeres fatales, lo que también sucede a veces. Pero lo más frecuente es jugar a la niña inocente.

Los hombres no son mejores, claro. Muchos tienen también sus álbumes con fotos, aunque para disimular les dejan la tarea de coleccionarlas a sus esposas. Pero, además, se miran al espejo al afeitarse cada día o cada dos días, al ponerse el sombrero antes de salir de casa, al sentarse en el coche y mirar el espejo retrovisor. Pero no basta con eso. Además escriben autobiografías, las publican e incluso tratan de levantar mitos y arquetipos basados en su conducta privada o pública, como César o Alejandro Magno. Siempre contra alguien.

Si no lo consiguen —que es lo que les pasa a la mayoría— hacen el ridículo lamentablemente, y su esposa y sus hijos disimulan, y tratan incluso de aceptar el mito y el arquetipo —aunque saben que es falso— y divulgarlo en el barrio. Antes era fácil entre las porteras dándoles algún aguinaldo, pero ahora van desapareciendo aquellas arpías encantadoras que daban la buena o la mala fama a cada cual según sus costumbres, sin duda en complicidad con el sereno nocturno.

Y la televisión no puede afrontar, ella sola, tareas tan ingentes.

Si hacemos un cálculo prudente y conservador veremos que la mujer normal dedica la tercera parte de su vida —pongamos veinticinco años— a mirarse al espejo, lo que como es natural influye de un modo u otro en su carácter, y llega a hacer de ella, cuando es vieja y fea, un enemigo peligroso del género humano.

El hombre, por otras razones —el afeitado diario, el coche, el nudo de la corbata— dedica normalmente no más de veinte años a mirarse en el espejo, pero otros tantos a maldecir de sus superiores o sus iguales en la tertulia y algunos menos —pongamos ocho— sentado en el retrete. El tiempo que le queda para lo que podríamos llamar la «convivencia creadora» no es mucho, si descontamos además los nueve o diez años que invierte —sumando cada experiencia— en gozar de la hembra, en copular confortablemente y en evitar que esa hembra lo haga con otros.

Como se ve, cada cual se dedica a sí mismo y trata de hacer difícil, por no decir imposible, el que su vecino se dedique a sí mismo también. Los tripulantes de los ovnis no nos han dicho nada de esto, pero Adela y yo lo sabemos. Por la vía de lo elemental y lo universal informulable. Adelita lo sabe por la vía ganglionar.

—Y eso, ¿qué es?

—Es lo mismo que para los sabios de la Edad Media el húmedo radical. Lo uno gira alrededor de lo otro, como la esencia y la existencia, y producen un eje magnético que es esa serie de beams que los individuos de los ovnis usan tan fácilmente y que en la tierra comenzamos a usar también en los laboratorios pero muy tímidamente y muy atrasadamente todavía.

Ella me miraba pensando: «Mi amante es un sabio». Pero eso la dejaba tan resentida —la definición se hace por comparaciones y de esa comparación salía ella disminuida— que estuvo tres o cuatro horas sin hablarme.

Sin duda para molestarme de alguna manera llamó dos veces por teléfono y estuvo hablando largamente de un modo ambiguo, evitando que yo pudiera identificar la persona con quien hablaba —no dijo nunca su nombre.

Luego se puso a hablarme bien de mi padre en aquellos aspectos que sabe que a mí me irritan.

Yo pensaba en Adelita y en si los blue-jays le habrían robado su agua o su comida. A pesar de todo la vida no está tan mal, ¿verdad?

Todavía queda un poco de esperanza para cada cual si sabemos hacer uso del lado que podríamos llamar higiénico de nuestra imaginación. Y de nuestras posibilidades ganglionares, como Adelita y yo.

Baja California, 1977