Siete

Sucede algo con lo que no contaba. Pat hizo su guardia dos horas en la terraza encendiendo de vez en cuando la linterna de bolsillo y proyectándola sobre la palmera. Pero al cuarto día se acabaron las pilas y la lámpara no funcionó.

Entonces vino a mi lado dando voces. Yo acababa de dormirme y tenía un sueño erótico. Sucedió lo que se puede imaginar.

Luego busqué por toda la casa sin encontrar pilas nuevas y le eché a ella la culpa por descuidar esas importantes materias, y cuando se hizo de día fui a una tienda y compré un faro permanente de electricidad que hice instalar en la terraza y que proyectaba un rayo más poderoso que el de mi linterna sobre la cresta de la alta palmera, permanentemente.

Aquello me pareció una decisión generosa que yo me agradecía a mí mismo, aunque la broma me costó algún dinero.

Pero quien más lo agradecía era Pat, como se puede suponer, porque volvió a su vida normal. En los días que duró su vigilancia crepuscular y auroral se puso imposible. En primer lugar tiene miedo a la noche. Luego, es bastante dormilona. Finalmente la soledad de dos horas en la terraza le hacía pensar en sí misma, lo que le produce alguna clase de angustia, como a cada cual.

Ella tiene sus ambiciones frustradas y está en una edad en la que esas frustraciones no tienen remedio. Porque si ahora no puede gozar de la vida, ¿cuándo?

Yo, en cambio, estoy en esa cuarentena en que la providencia comienza a enseñarnos a morir. Confieso que no consigo hacerme a la idea. Es cosa difícil. Todo el universo tiembla al oír esa palabra. Porque el universo también ha de morir, como todo lo que ha nacido. Aunque sin duda Dios no se desdice y cuando ha hecho algo tan inmensamente complejo y perfecto debe de ser para darle alguna clase de continuidad. Los sabios han descubierto que no hay destrucción de la materia, sino que esta se transforma en energía y al revés, lo que produce una vez más el círculo —en espiral— del que he hablado otras veces.

Es decir, que puede haber y sin duda hay un futuro para nuestro universo como lo hay para nosotros mismos. Digo yo. Lo mejor de todo esto es que nadie está seguro y sólo vive de verdad aquello que por no ser seguro tiene dentro encendida una esperanza y un inquieto anhelo. Así es que…

Pat no ha entrado aún en el período declinante de la vida.

Y las frustraciones le duelen. Ella quiso ser, a los quince años, estrella de cine. Más tarde estudió para secretaria, a ver si se casaba con su jefe. Pero este había tenido ya una secretaria hermosa con la que se casó y se limitó a hacerle el amor a Pat alguna vez para traicionar a su esposa.

En fin, Pat, decepcionada, vino a refugiarse a mis brazos sintiéndose defraudada en plena juventud. Y se matriculó otra vez en la Universidad. Descubrió en mí al homo eroticus poco a poco, y cuando quiso darse cuenta estaba enamorada. Al menos eso dice. Hasta el extremo de aceptar la misión —verdaderamente extraña— que le confié en la terraza. Con eso quiere convencerme.

Una vez se quedó toda la noche en soledad, con la linterna en la mano, riéndose de mí y llorando un poco por sí misma. Se sentía abandonada del mundo que había querido conquistar. Recordaba que siendo niña mi padre la sentaba en sus rodillas —como yo a mi Adela— y la acariciaba descuidadamente. Pat conoció con mi padre los primeros síntomas de verdadera feminidad. Uno consistía en sentirse feliz al ser llamada tonta. Es decir, no tonta sino tontita, lo que es diferente. A los hombres les gustan las mujeres ton titas o que por coquetería simulan serlo. El segundo síntoma fue el placer que le producía el olor del cigarro habano que mi padre solía fumar. Tanto le gustaba ese olor que a veces, cuando mi padre fumaba, ella se acercaba cautelosamente y olía desde la puerta. Digo desde la puerta porque mi padre estaba acostado con su madre.

En sus recuerdos figuraban con sugestiones confusas las rodillas de mi padre, la tontería coqueta, el olor del tabaco y el lecho materno con sus esperanzas femeninas y sus ambiciones naturales de virgen que no desea serlo eternamente. Tal vez mi padre me envidia y dice eso del incesto para separarnos a Pat y a mí.

En la terraza, según me confesó Pat la primera noche que abandonó la guardia, pensaba muchas cosas extrañas, la mayor parte negativas y malsanas como suele suceder en soledad. Entre ellas: «Yo no soy hija del padre de Cristóforo. Pero entonces, ¿por qué dice él que lo soy?».

Es difícil vivir sin esperanza, y tal vez la de mi padre se ha acabado y me envidia. La esperanza mía dura todavía y espero muchas y grandes cosas, aunque no podía decir cuáles y por eso tienen tanta importancia. Sólo cuenta en la vida lo verdaderamente inexpresable. Lo que expresamos muere con la expresión. Se acaba con la formulación. Por eso en algunas altas empresas es mejor, entre los hombres, merecer una cosa que tenerla; es decir, merecer ser monarca de un reino oriental que serlo, o director de un banco que serlo, también. Claro es que en este segundo caso hay la ventaja del desfalco. La esperanza codiciada, para un director de banco, de cometer una gran estafa. No deja de ser una forma de esperanza generadora de vida, pero son muy pocos los que lo intentan y lo consiguen. Es decir, salvando la cara.

Me dijo Pat que no podía menos de pensar en su madre y en los problemas que le había creado a su padre, es decir, al mío. No creo haber dicho todavía el nombre de mi padre: Davidson. O tal vez lo dije. No es que seamos judíos, sino que en las Iglesias de este país les gustan los nombres del Antiguo Testamento y si a mí me pusieron Cristóforo es porque en griego quiere decir «el que lleva el Cristo» y querían que yo lo llevara en las procesiones de la Iglesia episcopal, cuando fuera mayor.

Davidson es el nombre de mi padre, y a mí me gusta. Su mujer lo llama Davy. Recuerdo una canción que dice:

Triste estaba el rey David

cuando le llegaron nuevas

de la muerte de Absalón…

Y luego repiten esas dos últimas palabras: «de Absalón… de Abbbbbbbsalooón…». Yo tenía ese disco de gramófono, y, cosa curiosa, por el otro lado estaba la «Santa Espina», una hermosa sardana. Me gusta la música popular española. La del Norte —sardanas, jotas, aurrescus, espatadanzas, muñeiras— porque son de una pureza y falta de propensión sexual completa. Y las danzas del Sur porque son todo lo contrario: invitación a la unión nupcial. Nupcial, de donde viene la palabra novia —nubilable. En fin, ya se sabe y no hay que insistir.

Pero volvamos a Pat. Yo la llamaría por su nombre entero: Patricia, porque pat quiere decir también bacinilla u orinal. Sin embargo, como ya no se usan esos recipientes sino en los hospitales, la palabra pat ha perdido su valor folklórico primitivo y nadie piensa en los orinales cuando la dice. Yo tengo, sin embargo, muchas neuronas memorativas y cada una de ellas suscita alguna clase de afecto o desafecto y de placer o displacer. Por eso en el futuro y a lo largo de estas memorias procuraré llamarla siempre Patricia.

Me decía que en aquellas noches —y voy a usar sus mismas palabras porque ya digo que mi memoria es bastante buena— se sentía relativamente vacía por dentro. Una expresión problemática. Relativamente vacía no es una situación fácil de entender. Pero, además, vacía por dentro es una frase innecesanamente reiteradora porque ¿hay maneras de estar vacío por fuera? Sin embargo, como las mujeres se expresan por insinuaciones emotivas más que por palabras lógicas no me extrañaba y seguía escuchándola con interés. Me decía Patricia que toda ella se iba detrás del rayo de luz de la linterna a lo alto de la palmera y que allí veía o creía ver claramente las cosas que yo le había contado: «Una ardilla, apasionada por sus cuatro bebés y tratando de dormir sin lograrlo porque del cielo y de la tierra le amenazaban toda clase de males y desde luego el peor de todos: la muerte». Y Dios lo permite. ¿Qué pensar de Dios?

Una muerte peor que la de los hombres, según Patricia. Y en cierto modo tiene razón. Porque a nosotros nos mata la vida o nos mata un criminal, pero ahí acaba todo. A Adela la quieren matar para comérsela. Uno de nosotros al morir —dice Patricia— es sólo un muerto que inspira respeto, devoción y a quien se entierra en comunidad con rezos y bendiciones. Pero saber que el que va a matarnos no es Dios sino un tigre o una serpiente boa que van a devorarnos es, además de trágico, envilecedor.

¡Comérselo a uno!

Eso decía Patricia y había que ver su expresión, es decir, la manera de mirarme cuando lo decía. Era casi tan graciosa como la ardilla.

Yo creo que le guarda algún rencor a Dios y a veces lo ha confesado hablando de él de una manera insultante. Todo por no haberse ella logrado a sí misma todavía según sus ambiciones. ¡A los veinte años! Bueno, pongamos veinticinco. No me atrevo a repetir sus mismas palabras o en todo caso lo diré en inglés y con algún otro disfraz complementario, porque repetirlo como ella lo dijo sería intolerable. Ella dijo en un instante de exaltación brutal: «God is a son of a gun». Y no dijo «a gun», sino «a bitch». Yo divido en dos la expresión porque de otro modo sería espantosa, al menos para mis oídos y para muchos de los que me oigan o lean.

Naturalmente, suponiendo que haya un dios antropomorfo como nosotros, no se ofenderá con las palabras de Patricia, como tampoco se ofendería un padre razonable si uno de sus pequeños hijos, antes de alcanzar uso de razón, lo llamara «hijo de puta». El padre se reiría o le daría dos azotes que serían más bien caricias.

Cuento ese detalle para que se vea la manera de ser de Patricia. Ella sí que es una verdadera hijita de puta si pienso en su madre. Cuando yo se lo hice observar, ella me respondió:

—Sí, no hay quien se salve, y en esas cosas raras y deprimentes pensaba mientras enviaba de vez en cuando el rayo de luz sobre la palmera. Te aseguro que más de una vez salvé a tu adorado tormento, es decir, a Adela, porque escuché jijíos en el aire y vi descender un halcón. Con el fogonazo de la linterna lo asusté y Adela se salvó. Entonces pensaba en nuestro incesto, según tu padre. Lo dice para que tú me dejes en paz porque yo sé que le gusto.

No es necesario creer todo lo que dicen las mujeres, sobre todo cuando quieren hacer méritos con uno. También me decía: «Yo no tengo celos de tu ardilla porque una vez en nuestros transportes de amor —así lo dijo ella, transportes, porque es un poco retórica— me llamaste Adela, y eso que habría sido irritante si Adela fuera una mujer es acariciador siendo una ardillita. Ya sé que enamorarse de una ardilla sólo le sucede a un majareta, pero te digo la verdad, el hombre que no está un poco tocado no sirve para nada. Un hombre normal es un babieca. Por eso mandé a paseo a un empleado de una compañía de seguros que me dijo: “Veo en usted el ángel de mi hogar”. Lo que debía haber hecho era cogerme por la cintura hasta hacerme crujir las vértebras y morderme en los labios, ¿no te parece? ¿El ángel? ¿Quién quiere ser un ángel? Dejémoslos cantando aleluyas en los cielos y vayamos nosotros a lo nuestro. En cuanto a mi madre, dice que yo no soy hija de tu padre para que tú sigas a mi lado. ¿Quién tendrá razón? Ni Dios lo sabe, tal vez».

A mí me hacen gracia las salidas de Patricia. Algunos la considerarían un poco masculina, pero lo es sólo cuando habla conmigo, porque sin darse cuenta me imita en todo. Y es que en su mundo inconsciente yo soy su arquetipo, su modelo ideal y semidivino. Claro está, eso me gusta. Algo así le sucede, quizás, a Adelita.

Patricia se interesa por todo lo que a mí me apasiona. Sobre todo por sí misma —que me apasiona de veras. Pero, en serio, también por la vida de Adela y su seguridad y la de sus bebés. Ayer, sin ir más lejos, tuvo una observación sagaz haciéndome ver que el foco de luz constante y sin alternativas podría llegar a perder su valor defensivo, porque lo que asusta a las aves de presa es el movimiento, sobre todo el de la luz, que les recuerda el rayo que incendia los bosques. La sorpresa vale mucho en la vida de los animales y de las personas.

Creo que tiene razón y voy a poner en el faro un aparatito de relojería de modo que la luz se encienda y se apague con intervalos de un cuarto de minuto, es decir, de quince segundos. Me va a costar algún dinero más, porque los electricistas cobran caro, sobre todo en estas cosas innecesarias y que ellos consideran de lujo, pero lo haré de todas formas. Cuando le dije a Patricia que dedicaría a esa mejora el dinero que pensaba invertir en comprarle a ella una pulsera egipcia de las que están ahora de moda por el cuarto milenario de Tutankamen pareció cambiar de opinión, pero ya era demasiado tarde.

Entonces su mirada se hizo opaca y como estrábica y debió de decir por dentro aquella expresión que una vez le dedicó a Dios.

Eso yo no se lo tomé en cuenta.

Al contrario, me halaga. Hay que conocer a las mujeres. Con eso sigo yo más seguro de que me idolatra.

Hemos hecho, pues, ese cambio en el mecanismo del faro. Y es verdad que pensando en la seguridad de Adelita duermo más tranquilo.

Ya he dicho que Patricia queda algunas noches en su dormitorio del campus y viene a verme de día. Es una especie de secretaria o ama de llaves en el sentido en que suelen serlo las de los curas españoles. Es la mejor manera de relación con la hembra cuando no se tienen aficiones fecundatorias, es decir, a la paternidad o a la maternidad. Y no por egoísmo, sino, al contrario, por liberalidad y deseando evitarles a mis posibles hijos las miserias de un tiempo que está llegando, con sus crisis y sus catástrofes políticas, y sobre todo con sus amenazas atómicas. Por otra parte, quedándose en el campus le hace pensar a mi padre que creemos en eso del incesto. Pero si mi padre la seduce lo mataré. Ah, pues, ¡no faltaría más!

Patricia me da la razón, pero creo que al mismo tiempo, y sin confesarlo, desea que mi padre le haga la corte. Alguna vez me ha dicho, mirándome de reojo (no por desafecto, sino porque sabe que esa mirada me gusta):

—Claro, tú con tu Adela tienes bastante. ¿Has pensado alguna vez que yo podría ser la ardilla de alguien?

—Si tu relación con mi padre es igual que la mía con Adela o con Mary-Lou no tengo inconveniente. Allá vosotros. El mío por ellas es un amor transferido, angélico y estelar.

Me decía Patricia también que en aquellas horas que pasó en la terraza se acordaba de todas las cosas malas de su vida. «Qué raro —me decía— que la gente toda, incluida yo misma, sea tan imbécil. No tienes idea de la infinita estupidez que llevamos dentro. Nunca acabaríamos con el repertorio de nuestra idiotez, aunque viviéramos milenios. Y es que por dentro somos infinitos como el universo». Yo decía, dándole la razón, que en nuestro inconsciente está el universo entero y ella lo entendía a su manera y parecía orgullosa de sus propias opiniones.

—Nunca aprenderemos —añadía—. Para corregir una estupidez hacemos otra mayor. Recuerdo lo que te pasó con aquella mujer, aquella novia tuya, digámoslo así, que quiso suicidarse. Suicidarse por ti, supongo o al menos eso te diría —yo afirmaba con la cabeza sin gran convicción— y la salvaron, pero quedó enferma algunos meses. Y tú le escribiste cartas de amor. Hermosísimas cartas de amor que ella ha ido enseñando por todas partes. Cartas de amor que nunca me has escrito a mí. Tú no la querías a ella, pero te daba lástima. Y quisiste salvarla «inflándole el ego», como dicen ahora los psiquiatras. Y la salvaste.

Patricia decía en inglés «el igo» y sonaba en español «el higo». Es decir, «inflándole el higo», lo que suena de un modo asombrosamente y escandalosamente hilarante o nitrogenado. Digo esto último porque la absorción del nitrógeno hace reír al varón más grave, y como he tenido siempre aficiones a la experimentación científica, una vez en un velorio nocturno y en la sala del difunto llena de gente enlutada y doliente fui soltando ese gas que llevaba en un pequeño tanque empleado antes para darle oxígeno al muriente y allí hubieras visto a veintitantos parientes del muerto riendo a carcajadas sin saber por qué ni para qué. Yo, que no quería sentir los efectos del nitrógeno, llevaba en la boca una cápsula de oxígeno y tenía las narices taponadas con cera. Así era el único que no reía. Y todos se sentían culpables de su conducta viéndome a mí serio, cuando el culpable de su risa era yo, en realidad.

La experiencia resultó positiva, como se ve.

Pero Patricia seguía recordando mis cuatro cartas —parecía una baza contra la muerte— de amor que por piedad escribí a aquella mujer y que ella hizo leer a todas sus rivales ocasionales para castigarlas. Es verdad que por aquellas cartas yo conseguí experiencias amorosas sin que la suicida pudiera imaginarlo. La aptitud de intriga de los hombres va por distintos canales que la de las mujeres. Y es verdad que todos somos infinitamente imbéciles, pero que en esa infinitud toma nuestra idiotez —lo que nosotros llamamos así— dimensiones posiblemente sobrenaturales y virtuosas.

Aunque quién sabe, como dice Patricia.

Porque ella es beata, pero puede dudar y blasfemar. Como ella dice: «es mejor blasfemar que no creer». Alguna clase de fe tiene el que blasfema. También en eso se equivoca la pobre Patricia. La mayor parte de los que blasfeman lo hacen mecánicamente y sin creer en nada. Por un atavismo mecánico.

Pero yo no discuto con Patricia. Sólo los tontos discuten con las mujeres. Digo, con las mujeres que les interesan como objeto de placer.

Yo sé que ella me guarda rencor por mi amiga de San Francisco, pero le digo, con intenciones de doble corriente:

—En esas horas de soledad en la terraza pensaste mucho en ti misma. Y eso ayuda a conocerse uno para bien o para mal. Y pensabas si tu madre había sido o no una verdadera cortesana.

Ella me miraba dudando, y yo recurría al latín, que suele dejarla desarmada:

Nosce te ipsum, que decían los clásicos. Y aunque eso es imposible siempre, la intención es respetable. Tu madre debe de saber lo que es.

Ella seguía con una extraña disposición a contradecirme, lo que es raro y debe de ser porque está con el período lunar, y para ganar la partida y enviarla a dormir aquella noche al campus le dije:

—Lo que tú no sabes es que en los días que hiciste la guardia le robaron a Adela uno de sus bebés, el más bonito.

Era verdad que en los últimos días sólo aparecían en el tronco de la palmera —sin llegar al suelo, porque Adela se lo prohibía— tres de aquellos bebés. No era necesario que el cuarto se lo hubieran comido los halcones, claro. Pero lo dije para hacerle sentirse culpable.

Más tarde pude comprobar que vivía. Por el momento, claro.

Así y todo sucedieron cosas inolvidables, de veras. Entre mi padre y la madre de Patricia, entre Patricia y yo y entre Adela y su universo circundante. Y también entre Mary-Lou y todos nosotros. Porque todos —hasta Curto— habían comenzado a meterse en nuestras vidas.

Una mañana Mary-Lou, al venir a mi banco, me preguntó:

—¿Tienes madre, Cristóforo? ¿No? ¿Estás casado?

—No, tampoco. ¿Por qué?

—Por nada.

Pasó otro largo espacio en silencio. Los dos mirábamos el mar lejano que en el último horizonte se confundía con el cielo. Yo quería hacerla hablar un poco más. Esperaba una proposición de matrimonio.

—¿En qué piensas? Ahora eres niña todavía.

—Estoy creciendo bastante, no creas.

—¿Qué edad tienes? ¿Ocho años?

—No. Ocho y medio.

—Hay que esperar. Pero, además, cuando tú tengas dieciocho años yo tendré sesenta. Seré un marido viejo.

—Y eso, ¿qué? ¿Es que todos los maridos tienen que ser nuevos?

—Más o menos. Tú eres una niña.

—Ya sé que las niñas no se casan. Me lo dijeron en la escuela. Ahora soy niña. Luego creceré y seré a…, ado…

—Adolescente.

—Eso es. Y luego creceré más y seré adúltera.

—No, mujer —salté yo, escandalizado.

—¿No? ¿Por qué?

—Adulta. Se dice adulta.

—Pues… quiero decir cuando crezca. En el parque se crece mucho, según dice mi madre. Pero no quiero crecer demasiado.

—No, eso no. ¿Has visto la jirafa?

—¡Que si la he visto! —dijo ella, asustada.