Seis

Los ovnis podrán ser verdad o no, Adela mía querida, pero los dos, y también Curto, nos quedamos fascinados cuando se pone el sol por occidente, grande y anaranjado, hundiéndose poco a poco en el mar debajo de un dosel de oro, plata, carmín y coralina, amarillo limón y rosa de mayo. ¿Verdad? Más grande que nunca.

Y cuando aparece por oriente la luna llena tan grande como el sol al oscurecer. Yo sé que a veces hemos estado mirándola a la luna los tres y no digo nada, pero siento mil cosas dentro de mí. Adela tampoco dice nada pero la mira con asombro. Y el tonto de Curto maúlla, como si le pisaran el rabo, con intensidades diferentes.

O como si estuviera enamorado y en el tejado de su amada.

Yo sé que la luna nos deja a ti y a mí, Adela, mudos de emoción. Son diferentes emociones difíciles de explicar. Si no en otras cosas, tú y yo coincidimos en esa serie de emociones que nos da la luna llena redonda y rosácea o dorada como la dama gorda del circo que hace soñar a los chicos cosas feas.

Las nuestras, al revés, son cosas bonitas, aunque sólo sea por su rareza. Porque el mundo es muy raro, sobre todo en cosas como la luna y las mujeres. Por la noche miro la luna desde mi terraza, que no está más de cincuenta metros separada de tu ático datilífero, Adelita.

Tú la miras también desde tu nido.

¿Quién puede dejar de mirar una cosa tan sensacional? Porque esas lunas nacientes y plenas del verano son escandalosamente imprevistas.

Y aunque las esperamos, siempre son nuevas. Siempre parece que las vemos por vez primera, ¿verdad? Y no sé si la fascinación que nos producen es buena o mala, pero es diferente en cada cual. En los enamorados es inefable, es decir, que no se puede explicar. Es lo que me pasa a mí contigo, Adela. No lo puedo explicar. Tampoco podemos explicar a los ovnis, aunque el padre de Mary-Lou diga que llevan cangrejos.

En otros casos hay mil hechos curiosos y comprobados por los médicos. Por ejemplo, los que han perdido una pierna o un brazo en la guerra o en un accidente, cuando miran esa luna rojiza se sienten enteros y perciben la pierna o el brazo perdidos.

Y pasan otras cosas no menos extrañas: los pobres que la miran creen por un momento que son ricos. Esa luna que miramos al mismo tiempo Adela y yo tiene un resplandor orgiástico, pero lo más curioso es que esa felicidad duele en alguna parte de nuestro ser que no es el cuerpo.

¿Dónde puede producirse un dolor si no es en el cuerpo?, me digo yo. Y sin embargo, así es. Y ese dolor nos hace avanzar hacia alguna parte, no sé cuál. La verdad es que la luna, girando en torno a la tierra, avanza en espiral, y que el centro de esa espiral, avanzando también, es un eje magnético en el cual mil cosas nuevas suceden. Algunas explicables y otras no.

Las explicables son que ese eje magnético viene sobre nuestras vértebras (desde la muladar a chacra de abajo, de los hindúes, hasta la brahma chacra de arriba) y cambia nuestros sentires. Lo feo es bonito y lo que considerábamos hermoso durante el día se hace dudoso.

Yo tengo mi amante, como cada cual. Ya lo dije. Es Pat. No hay duda de que la quiero. Pero también hay otra mujer en San Francisco y vino a buscar su placer, y como ya dije se marchó al ver que tengo a Pat y a ti, Adela hermosa. Ella no sabe nada del desinterés con que voy a esperarte a nuestro banco en el parque. Donde nos hemos quedado algún atardecer en ese banco, los dos, yo sentado y tú en mis rodillas, mirando la luna saliente. Yo te acariciaba la espalda, sentía tu hermosa cola dorada contra el dorso de mi mano, alzada como siempre en forma de interrogación:

—¿Por qué la vida? ¿Para qué el amor? Si la vida es necesaria, ¿para qué la muerte? Si el amor es necesario, ¿por qué el rencor, la desconfianza y el odio? Si cada cual necesita su sangre para sí mismo, ¿por qué hay gentes violentas que quieren sacárnosla de las venas? Si todo el mundo ama y predica la paz, ¿por qué las guerras? Si las religiones aconsejan la pobreza virtuosa, ¿por qué los jerarcas levantan millones? Si el pontífice condena la guerra, ¿por qué el Vaticano tiene cientos de millones invertidos en industrias de guerra?

Si la belleza existe y es adorable, ¿por qué la fealdad? Y ahí es dónde Adela y yo comenzamos a comprender. Si no hubiera fealdad, ¿cómo podría existir la belleza? Sin puntos de comparación no hay manera de valorar nada, de establecer nociones justas y exactas.

Así pues, hay que aceptar y respetar la fealdad para poder gozar de la belleza; hay que tolerar la pobreza para poder gozar con más fruición de los tesoros adquiridos bien o mal; hay que aceptar el mal para justipreciar el bien; hay que sentir el terror de las tinieblas para gozar la aurora y la salida de la luna.

Hay que sentir en nuestras chacras ese eje central magnético que fabrica la luna en su girar serpentino y que produce también la hembra amada en sus vueltas y rodeos en torno de nuestro deseo o de nuestra impaciencia, o que reproducimos nosotros en ese soñar de nuestra codicia de machos.

En ese eje magnético se cometen los grandes asesinatos, los grandes robos, se dan las grandes sorpresas, buenas o malas, se hunde el cuchillo en la carne o el falo en la vagina, chocan las miradas de los enemigos echando chispas negras —por eso no se ven— y cantan los búhos su canción monótona, con sus uñas en el vientre de la víctima. Entretanto, en la casa de al lado se celebran las nupcias de la virgen y el sátiro, y en la de atrás un cura reza latines a un moribundo que trata en vano de creer en Dios.

En ese eje magnético que la luna hace llegar hasta nuestra médula vi una vez el cuerpo «astral» —así decían entonces— de un sacerdote que había sido mi profesor de latín cuando yo era chico, y al día siguiente leí en el periódico la noticia de que había muerto dos días antes. Gracias a ese eje lunar aprendí yo a amar a mis enemigos y a aborrecer a algunos de mis amigos, porque hay amistades inadecuadas y feas y nadie ama la fealdad. En ese eje aprendí a odiar (también a odiar) a esos tipos que se creen superiores a mí simplemente porque uno no quiere desplegar sus valores delante de ellos para no humillarlos. En ese eje creo que encontraré la razón de ser y la necesidad de morir un día no lejano.

Sí, querida Adela, que has dejado ya de dar de mamar a tus bebés y comienzas a ser feliz otra vez conmigo mientras tu amante nos mira de lejos compungido. En ese eje magnético que influye en nosose han gestado las naciones y las razas, las doctrinas y las antidoctrinas, y también se han estatuido los sistemas de la duda metódica o no.

Muchísimas cosas más suceden gracias a ese eje magnético que nadie más que tú y yo sentimos. Gracias a él tú te acercaste un día a mí y me tocaste en el muslo mientras yo leía. ¿Recuerdas? Sin recelo alguno. Y yo, al descubrirte, adiviné, gracias a ese eje, que hay formas de amor más fuertes que el sexo. También lo sabes eso tú, que abandonas a tu amante para estar conmigo y no porque quieras mis nueces, porque muchas veces vienes arriesgando algo y desafiando a los gatos con tu barriguita harta y satisfecha, sólo por el placer de estar conmigo.

Muchas cosas suceden en ese eje magnético como en el de la espiral de la tierra girando en torno del sol. En ese otro eje magnético. Y esto tú no lo sabes, pero adivinas el misterio y como tal lo sientes en la ausencia de tu comprensión. Algunos átomos cambian de calidad y de conducta, y el más primario y elemental, el del oxígeno, por ejemplo, adquiere uno o dos electrones más y se hace helio y va a enriquecer al sol o huye con velocidades crecientes hacia otra estrella, si puede, y en su creciente velocidad crea fotones y estos producen materia nueva.

Nada sabes tú de estas cosas, ardillita mía, pero como digo percibes el misterio muy bien en la ausencia de tu conocimiento. Y tal vez ese átomo de oxígeno ha cambiado dentro de ti misma y ha producido el helio en tu vértebra más alta —la brahma chacra, que dicen los hindúes— y en ella ha encendido esa luz que no comprendemos y que viene a alumbrarnos el paisaje de nuestros sueños.

Muchas cosas suceden bajo la luna gracias a esa modificación y cambio de los átomos sometidos a la acción del eje magnético. Pero perdona que te hable así. No soy pedante casi nunca, pero a veces el misterio me obliga a hablar de cosas raras y a decirte cómo yo me las explico a mí mismo.

Esta tarde vi entre los jugadores de cricket uno con gorra de pana y visera blanda que miraba hacia lo alto, tumbado en el césped, y decía:

—Eh, hermanos, ahí arriba hay un gavilán vigilándonos.

Yo me acerqué y le dije:

—No nos mira a nosotros, sino a los bebés de la ardillita que viven en lo alto de la palmera.

—¿Qué ardillita?

—La princesa de estos alrededores.

—¿Está usted loco? Ya he visto que a veces ese animalito sube a su hombro, pero no olvide que tiene pulgas como todas las ardillas y que esas pulgas contagian la peste bubónica.

—Yo estoy vacunado. Cuando fui a la guerra había ratas en los campamentos y me vacunaron contra esa enfermedad. Porque las ratas tienen pulgas también.

—Yo no fui a la guerra y no estoy vacunado —dijo el jugador de cricket encendiendo un cigarrillo.

Lo repitió alzando más la voz para que lo oyeran los otros que estaban más lejos. Luego dio una chupada al cigarrillo y me dijo:

—¿Qué chaladura es esa de usted con la ardillita?

—Ella es un ser vivo como usted y como yo. La verdadera chaladura es la de usted dándole cada día horas y horas con un mazo a una bolita de madera para hacerla pasar por debajo de un arco de alambre y apuntando en una pizarra con tiza las veces que lo ha conseguido.

Se quedó el hombre confuso un momento y por fin habló, dirigiéndose a uno de sus colegas:

—Aquí hay un tipo que dice que estamos chalaos todos los del club.

Porque había un club de cricket, con su casita, sus armarios para dejar las chaquetas y ponerse el traje de deporte, sus cuartos de aseo. Un club. La palabra tiene prestigio: club.

Ha llegado a ser una «palabra elegante» y, sin embargo, sus orígenes son de lo más miserable. Todo esto se lo decía yo a aquel jugador de cricket a quien no le gustaban las ardillas. Yo se lo decía a él, cuando vi aparecer la señora del poodle, como siempre, con aire bravisco. Y al verla cerca de mí levanté más la voz.

—Un club es una estaca, es decir, un garrote. Y hace dos o tres siglos, en las orillas del Támesis, en Londres, había cuadrillas de ladrones que merodeaban por la noche para dar en la oscuridad un golpe en la cabeza a cualquier honesto ciudadano y sacarle de las entrañas todo el dinero que llevara en oro, plata o billetes. Y cada grupo de golfos de aquellos aceptaba un jefe. Y se decía: «yo pertenezco al club de un uncle John» o bien «al club de Harvey el viejo» o al «club de Nazary el marica». Es decir, al garrote de algunos de aquellos forajidos que pegaban mejor.

Y ahora los grupos de deportistas o de políticos o de artistas se llaman así: clubs, es decir, garrotes. La verdad es que los que tienen club se sienten un poco más protegidos por el palo del jefe del grupo, pero yo no necesito club ninguno.

Esto último lo dije mirando el bastón con la maceta final que empleaba aquel individuo para jugar. Y lo curioso es que entonces en lugar de enfadarse se quitó a medias la gorra de pana y dándome la mano me dijo:

—Yo me llamo Williams.

—Yo, Cristóforo —dije alargando la mía.

—Oh, boy. ¿Cómo Columbus?

—Sí, pero yo no descubrí América. Estaba ya descubierta.

Entonces intervino la señora del poodle y habló de los derechos de los perros en general. El buen Williams debía ser viudo y de la misma edad, más o menos, de ella. Y parece que se interesaba no solamente por el perro.

Dejó la partida de cricket y se sentó a su lado en un banco. Ella le hablaba mal de mí seguramente y yo me alejé, pensando en el gavilán que flotaba en lo alto y en los bebés de Adela.

Al decir que mi amante segunda viene de San Francisco debo añadir que me ha escrito diciendo que no volverá más porque le han dado allí no sé qué empleo. Tanto mejor. Excuso decir que la de San Francisco no puede ver a Pat.

Mary-Lou me vigila como siempre y viene con el coche de su hermanita. Ayer llegué al parque también antes que ella. Una niña de la misma edad o un poco más joven, correctamente vestida —incluso con zapatos de charol y calcetines blancos—, vino a sentarse a mi lado para ver lo que estaba dibujando. En aquel momento apareció Mary-Lou con su miserable carruaje, y al ver que su puesto estaba ocupado dejó a su hermana, vino corriendo, echó a empujones a la niña, que cayó del banco a cuatro manos, y me dijo indignada:

—¿No es verdad que este sitio es mío? Díselo a ella.

—Es verdad —dije yo a la otra— que este sitio es de Mary-Lou.

La otra se alejaba volviendo la cabeza extrañada, y mi amiga se sentaba a mi lado satisfecha y feliz, acomodándose sobre su traserito y volviendo a acomodarse. Luego fue a buscar el carruaje que había quedado un poco lejos, advirtiéndome antes:

—Guárdame el puesto. No dejes que se siente otra chica.

Ah, la cosa estaba poniéndose de veras seria.

No decía «otra persona», sino otra chica.

Ya dije que frente a nuestro banco había un enorme cuadrilátero de césped cortado al ras, como una alfombra.

Apareció un hombre ya viejo —sesenta y cinco años por lo menos— muy tostado del sol, con el cabello blanco, la espalda encorvada por los años, pero vestido con prendas juveniles y deportivas.

Entró en el cuadrilátero, se detuvo en el centro y, como si estuviera solo, comenzó a quitarse la ropa. Primero la camisa, de manga corta —tenía los brazos sarmentosos y oscuros—, luego la camiseta. Su espalda encorvada mostraba los accidentes de su espina dorsal donde las vértebras se hacían más ostensibles. Igual que su cara, sus brazos, su pecho y su espalda eran casi negros a fuerza de sol.

Pero no había terminado. Se desabrochaba el cinturón, la bragueta, se quitaba el pantalón, no sin cierta alarma de los que lo mirábamos. Luego se descalzó. Su ropa quedaba en el suelo en un montoncito. Y él se sentaba al lado y daba su cuerpo viejo a la curiosidad expectante de los hombres y a los rayos de sol. En calzoncillos.

El viejo, que iba afeitado y cuya ropa interior era nítida, miraba a la derecha y a la izquierda, se incorporaba y murmuraba algunas palabras que no llegaban con claridad hasta nosotros. Mary-Lou, viendo mi curiosidad, me decía:

—Creo que es un cura.

—¿Un cura?

—Un cura de no sé qué religión.

El viejo seguía mascullando palabras, y cuando se cansó de hablarse a sí mismo se tendió otra vez sobre la hierba. Pasado un largo espacio se levantó, con movimientos torpes y angulosos de cangrejo, y se acercó a uno de los bancos marginales, donde había tres personas. Iba con el ceño fruncido y como enfadado. Se detenía a ocho o diez pasos de distancia y decía en voz atiplada pero enérgica:

—Y llegarme he a vosotros a juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros; y contra los que juran mentira, y los que detienen el salario del jornalero, de la viuda, y del huérfano, y los que hacen agravio al extranjero, no teniendo temor de Mí, dice Jehová de los ejércitos.

Yo no sabía si reír o no. La niña escuchaba indiferente porque no era la primera vez que lo oía. Y aunque lo fuera. Mary-Lou no se extrañaba de nada. Los individuos del banco próximo eran dos hombres y una mujer ya de edad. Supongo que si hubieran sido una pareja de enamorados eso de «adúlteros» les habría parecido impertinente. Aquellas tres personas sonreían con simpatía, a pesar del aire grave y autoritario del viejo, quien se dirigía a otro banco donde había una señora de edad y otra joven. A la misma distancia el viejo se detenía, alzaba el brazo curtido y decía:

—Vieron vanidad y adivinación de la mentira. Dicen: Ha dicho Jehová: Y Jehová lo había dicho o no lo había dicho. Y esperan que se confirmen sus palabras.

»No habéis visto visión vana ni habéis dicho adivinación de mentira por cuanto decís, dijo Jehová. No habiendo ya hablado.

»Por tanto, así ha dicho el señor Jehová: Por cuanto vosotros habéis hablado vanidad y habéis visto mentira, por tanto he aquí Yo contra vosotros, dice el señor Jehová.

Pensaba yo: «Ahora vendrá aquí, frente a nuestro banco. ¿Qué nos dirá a Mary-Lou y a mí?». Y así fue. Se detuvo delante y dijo:

—En cualquier causa que viniere a vosotros de nuestros hermanos que habitan en las ciudades entre sangre y sangre, entre ley y precepto, estatutos y derechos, habéis de amonestarles que no pequen contra Jehová, porque no venga ira sobre vosotros ni sobre vuestros hermanos. Obrando así no pecaréis.

No encontraba yo sentido alguno en sus palabras y cuando me disponía a preguntarle vi que se dirigía a otro banco sin hacerme caso. Mary-Lou lo miraba con una indiferencia aburrida. Luego repitió:

—Es un cura.

Terminó el viejo, al parecer, sus arengas y volvió al centro del cuadrilátero de césped con la satisfacción del deber cumplido.

No he dicho aún que la madre de Pat ha venido a vivir cerca de nosotros. Hace treinta años fue amante de mi padre, según dije. Amante adulterina. Lo primero que ha hecho mi padre es llamarme urgentemente para decirme que debo casarme con mi amiga de San Francisco y no con Pat, porque mis amores con Pat, si los hay, serán incestuosos. De paso me ha sorprendido con la noticia de su boda secreta con Güendolin, la antigua amante, madre de Pat. Boda civil. Ahora Güeny es mi madrastra y mi suegra. ¡Al mismo tiempo! Y según mi padre…

Vivir para ver.

Confieso que el matrimonio de mi padre con su vieja amante adulterina me hace mucha gracia. Pero no consigo reírme.

Yo le expliqué una vez más a mi padre que Pat y yo no somos hermanos, porque la madre de Pat la tuvo de otro amante y no de él; pero mi padre se niega a creerlo porque ese amor adulterino es el orgullo de su vida. Parece que ella le ha confesado la verdad y que se pasan el día y parte de la noche discutiendo amargamente. Se dan una vida de perros mientras nos miran a nosotros con envidia porque Pat y yo nos llevamos muy bien. Mi padre, que no quiere aceptar su desdicha de amante ultrajado, me ha dicho más de una vez:

—Juro por mis barbas que si te casas con Pat cometerás un pecado irremisible. Y yo no te lo perdonaré.

Quiere decir que no tendré perdón en este ni en el otro mundo. Eso me recuerda al viejo que nos habla de Jehová.

Yo me río, aunque sólo por dentro, y él se da cuenta y se entrega a todos los diablos. Las noches de luna da grandes voces insultando a su esposa Güendolin, a quien por abreviar llama también como yo: Güeny.

Una de las cosas que más divierte es oír llamarla perjura y prevaricadora, porque esas son palabras que ya no se usan en nuestra generación.

¡Prevaricadora! ¡Qué les parece!

Cuando se lo dije a Pat estuvo media hora reflexionando y sin decir nada. No sé por qué. Son raras las mujeres.

Ya he dicho que Pat y yo nos llevamos bien. El eje magnético de la luna acaricia nuestras chacras y nos da deleites recíprocos y suplementarios, estos parecidos a los que siento con Adelita.

Angelicales, claro. Además de los otros.

No puedo quejarme, la verdad.

Y no me quejo. Aunque últimamente nos disgustamos porque yo le propuse que me ayudara en la guardia que establezco de día contra los gavilanes y de noche contra Curto y otros posibles gatos merodeadores.

Pat me dijo, lo mismo que el jugador de criket, que estaba loco.

Pero con simpatía. Espero poder convencerla con alguna promesa. No se trata sino de estar durante la primera hora de la noche en la terraza con una poderosa linterna eléctrica de mano que he comprado para encenderla y dirigirla a lo alto de la palmera cuando vea descender sobre ella un gavilán o un búho (aunque estos últimos son en California demasiado pequeños y Adela puede con ellos). La luz los hace huir porque saben que no hay luz sin fuego, por la noche, y tienen horror a las llamas por la experiencia de los incendios en los bosques.

Comprendo que Pat no quiera estar toda la noche de vigilancia, pero le he dicho que los gavilanes sólo se presentan al oscurecer o al amanecer y le he prometido no volver a ver a la amiga de San Francisco. En todo caso, por el momento no ha protestado en serio. Espero convencerla cuando sepa que Adela tiene bebés, porque Pat es muy maternal y femenina. Y lo que no haría por Adela lo hará tal vez por sus hijitos. Sobre todo recordando mi promesa.

De otra forma tendremos que reconsiderar nuestra relación. Yo tendría el recurso de ponerme de parte de mi padre y fingir creer lo que él me dice. No es que no ame a Pat. Ella es una mujer deseable y además tiene buenas condiciones morales. Pero si no comprende los peligros que corre la vida de Adela ni mi capacidad de amor, si una amante no sabe valorar el amor y no ya el suyo sino el amor en abstracto y en lo que tiene de universalmente divino, yo tengo derecho a dudar y a cambiar de parecer. Porque no hay que olvidar que Pat se siente feliz con el adulterio (doble adulterio) de su madre. Lo que me parece ligeramente incómodo. Ella no es tonta, y cuando le insinué esta misma opinión se apresuró a decirme que ella se alegraba del adulterio doble de su madre porque así no éramos hermanos y nada ni nadie podía impedir que nos casáramos o que viviéramos juntos. La ley americana acepta el common-law marriage, es decir, que da legalidad en todos los sentidos a lo que en España llamamos amancebamiento. Así es que todo puede ser correcto, legal y moralmente.

Creo que aceptará mi proposición y será guardiana ocasional del nido de Adela. Ya digo que se trata sólo de dirigir sobre la palmera el faro de luz de la lámpara de mano, al atardecer, cuando crea que hay peligro, cosa fácil de ver aunque no haya luna. Y al amanecer también, claro.

Durante el día yo cuidaré de la ardillita. Por fortuna no necesito trabajar. Sufrí shell shock en la guerra con consecuencias que me califican casi como un mutilado y con sus mismos derechos. Me pagan ochocientos dólares mensuales y tengo un trust fund que me dejó mi abuelo y que me da doscientos más.

Con eso puedo vivir. Es decir, podemos vivir Adela. Pat y yo.

Por otra parte, Pat puede, si es necesario, trabajar durante las mañanas en una oficina. Se graduó de secretaria hace ya tiempo y no tiene nada de tonta. Lo digo porque según mis planes en relación con Adela podría llegar a sentirse un poco enclaustrada.

Y le sucede algo que también me pasa a mí y más que a nadie a Adelita: los tres sufrimos claustrofobia. Pero Adelita se libra de ella.

No podemos estar encerrados demasiado tiempo. Es natural. Dios o la providencia han hecho los horizontes para que los rebasemos o al menos para que los contemplemos en libertad.

En esa libertad que es el más preciado don.

Yo algunas noches tardo en dormirme pensando en el riesgo que día y noche amenaza a Adela.

A ese animalito que me adora de veras y que en su adoración me permite sentirme un poco divino. Es decir, que gracias a ella puedo yo darme cuenta de la dosis de divinidad que hay en cada criatura humana.

Y también en ella, en Adelita.

Tal vez en todos los animales, ya que no hay uno solo, por feroz que parezca, que no pueda ser amigo del hombre si lo sabemos tratar. Por lo menos es cosa universalmente sabida que un animal, cualquiera que sea, no se olvida nunca del favor que le hemos hecho una vez.

Lo mejor por el momento es que Pat dejará su dormitorio del campus para quedarse permanentemente aquí.

Tengo bastantes cosas que contarle de mí mismo, de su madre, de mi padre y, sobre todo, de Adela. Confieso que cuando le hablo de esta última exagero un poco en favor de la princesita dactilífera para prestigiarla.

Se podrá argüir que Adela no produce dátiles y por lo tanto no es dactilífera como la palmera Poenix, pero dactylifera no quiere decir en griego que produce dátiles, sino que tiene dedos.

Las cosas claras.