Diez

Al volver a casa estábamos mi seudosuegra, mi padre y yo. Por fortuna no había vuelto Patricia.

Porque mi padre, con barba o sin ella, en algunas materias es un puritano terrible. Es decir, exige a los otros que lo sean. En lo que se refiere a sí mismo es más tolerante. Por ejemplo: quiere acostarse con Patricia.

Yo, por seguir la tradición según la cual son los hijos quienes educan a los padres, trato de amortiguar su puritanismo, pero hasta ahora cada vez que lo intento se ofende de tal modo que tengo que dar marcha atrás.

Por ejemplo, sigue sin poder tolerar la idea de que Patricia no sea hija suya —eso quiere decir que Güeny lo engañó— y tampoco de que lo sea, porque entonces no debe seducirla. Hace ya veinticinco años que Patricia nació y le duelen aún a mi padre los cuernos retrospectivos como si acabaran de nacerle. Por otra parte, Patricia le gusta. Yo, que suelo ir directo a las cosas, se lo dije allí, delante de Güeny, y ella se puso pálida, inhaló aire y estuvo un buen rato sin exhalarlo. Por fin respondió:

—¡Jesús, qué manera de hablar! Entre gentes decentes no se habla de cuernos.

Mi padre me miró pálido también y alzó la voz.

—Esas palabras ofenden mi dignidad. Y hieren mi conciencia.

Miraba a Güeny, pero ella no decía nada todavía. Yo sabía que hablaría, pero por el momento no creía que había llegado la ocasión. Mi padre tomaba otra vez la palabra.

—¡Dime la verdad! ¿Los chicos se ven a solas?

—¿Y tú? —interrumpí yo—. ¿Por qué te has afeitado las barbas?

Él hizo como si no me oyera y repitió su estúpida pregunta:

—¿Esos chicos viven juntos?

Los chicos éramos Patricia y yo, claro. Mi suegra se puso de pie dispuesta a todo. Hay que conocerla.

—Tu hijo se ve con mi hija cuando bien le parece. ¡Pues no faltaría más!

—¿Con nuestra hija?

—Mi hija. La mía. Digámoslo de una vez: mía y de otro.

—Yo la reconocí legalmente, Güeny.

—No todo lo legal es legítimo.

—Ellos son hermanos, Güeny.

—No hay tal, querido. ¿Cómo te lo voy a decir? ¿Con música? Además, tú no lo crees y por eso andas buscándole la vuelta. Si lo creyeras no te habrías afeitado la barba.

—Estás ofendiendo la memoria de tu esposo muerto y mis convicciones morales de esposo vivo y legítimo.

—No fue mi esposo el padre. Ni tú tampoco ¿Cómo te lo voy a decir?

Pero mi padre tenía la vena trágica aquel día, como los personajes de Sófocles:

—¡Y lo confiesas, maldita! ¿Cómo puedes estar segura?

—He hecho pruebas de sangre. Además, no hay sino mirar a quién se parece. ¿O no te has fijado todavía en el color de sus ojos?

Entonces mi padre hizo algo que nunca habría esperado de él. Es un hombre fornido, duro de carácter y con unos bíceps como los luchadores de catch as can catch. Pero con cara de granujilla. Pues bien, mi padre quiso hablar y con el corazón atravesado en la garganta no lo hacía porque tenía miedo de llorar. Adelita, que había recorrido la casa y estaba otra vez encima del piano, parecía darse cuenta y se hacía presente con un compasivo «teré-teré». Miraba fijamente a mi padre.

Yo me apresuré a hablar:

—El tiempo todo lo cura.

—El honor no conoce el tiempo.

—Pero tú… al parecer… —dijo Güeny.

—Yo me lamento, pero no por mí mismo. Yo soy ahora el esposo legítimo y podría sentirme herido por lo que sucedió entonces. El tiempo no cuenta. Y no hablo por mí mismo, sino por tu esposo de entonces, que en gloria esté. Estás ofendiendo su memoria.

—Bah, ¡bien que le importa a él todo esto! Ahora sabe más de la justicia de Dios que todos nosotros y de lo que es la fidelidad y de lo que son los cuernos. Y el incesto.

—No repitas esa palabra delante de mí. Digo, los cuernos.

—Tú no haces sino pensar en ellos.

—Una cosa es pensar y otra formular la expresión con palabras procaces.

Ya digo que a veces mi padre es un poco redicho. Pero ahora sin barbas no le va. Yo traté de intervenir una vez más, conciliador y receloso.

—Papá, debes creer lo que ella dice. Ella lo sabe mejor que tú. Sólo la mujer sabe quién es el padre de sus hijos. No fue el padre su esposo legal. Tampoco fuiste tú, que te sentías feliz entonces creyendo que lo engañabas.

—Ahí le duele —interrumpió ella.

—Creyendo que lo envilecías, papá —repetí yo, animado por mi suegra.

—Tú creías —añadió mi suegra— que le ponías los cuernos al pobre Bienvenido, que en paz descanse, pero quien se los ponía era Lucas. Eso es.

—Mientes —y lo decía mi padre con la esperanza de hacer suya a Patricia.

—Era Lucas, de quien tú decías que estaba predestinado a la cornudería porque en el evangelio de Lucas el animal simbólico es el toro. ¡Tú andabas entonces muy interesado en los estudios bíblicos, sobre todo en el Nuevo Testamento! ¿O es que has perdido la memoria?

Abajo, en el umbral de la casa, se oyó maullar a Curto. En aquel momento, y mientras mi padre y Güeny hablaban de la Biblia y de los cuernos, yo recordaba: «En todo el Antiguo Testamento, con sus ochocientas páginas de letra menuda, y en el Nuevo, con los cuatro evangelios, las epístolas de san Pablo y los otros apéndices, no hay un solo gato. Hay caballos, burros, leones, mulas, elefantes, palomas, pero no hay un solo gato. Si supiera eso Adela le parecería muy bien».

Encima del piano ensayaba Adela a saltar y no podía porque sus patitas resbalaban en la superficie pulida y encerada.

Y mi padre y mi supuesta suegra seguían cada vez más irritados.

—Yo lo amaba, Davy —decía Güeny—, a pesar de todo.

—Tanto peor. Porque le obligabas a estar agradecido por tu amor y al mismo tiempo le ponías el gorro. ¿No es eso?

—Él no me guarda ya rencor desde el mundo de los bienaventurados. Allí no existen las miserias de la tierra. Allí no es aquí.

Y soltaba a reír. Eso es lo malo de mi suegra. Cuando la situación se hace más dolorosa y vergonzante para su adversario suelta a reír. Cosa de mujeres, pienso yo. Mi padre luchaba entre los cuernos y el incesto.

Viéndose atrapado, mi padre —con sus barbas afeitadas en vano— se dejó caer en su asiento como en la sepultura —todo era falso—, y mirando a Güeny con los ojos redondos murmuró:

—¡Maldita sea la hora en que te conocí, hembra del diablo!

Güeny se esponjaba sobre sus llantas:

—Parece que cuando me conociste te daba más satisfacción que tu esposa. Y guardaste treinta años la memoria. ¿No es así?

—Treinta indecentes años que tú dedicaste al amante preferido. Al otro.

—En eso te equivocas. El preferido fuiste siempre tú.

—Pero, según dices, Pat es hija del otro. ¿En qué quedamos?

—Te falla la memoria. Tú tuviste un accidente en tu juventud, según me confesaste, y quedaste estéril. Tuviste orquitis doble. Eso deja estériles a los hombres.

Parecía mi padre fuera de sí. Con una voz que sonaba dentro de los intestinos pero que se entendía muy bien y con la frente perlada por el sudor dijo:

—¡Dios mío! ¡Y pensar que este es el día de mi cumpleaños! ¿Dónde está Pat? Siquiera ella tendría alguna consideración por mí.

Había venido porque lo invitamos y murmuraba todavía dentro de su vientre: «Cuernos, orquitis… ¡Qué palabras en el día del cumpleaños de un hombre honrado!».

—Olvidas —dijo ella, marisabidilla— que los cuernos de oro los llevaba Cleopatra, emperadora de Egipto, y también su hermano y esposo Ptolomeo, y que orquitis viene de la palabra orquídea, que es la flor más hermosa entre todas. Y por si algo faltaba, los emperadores egipcios, que eran la gente más decente del mundo, no creían que el incesto fuera vergonzoso. Se casaban con sus hermanas.

Ah, allí Davidson, mi padre, encontraba algún consuelo viendo que Güeny aludía al incesto, es decir, a la posibilidad de que Patricia fuera su hija sin escándalo. Pero al darse cuenta de ella se apresuró a añadir:

—La orquitis doble la tuviste antes de que naciera tu hijo Cristóforo, de modo que…

Oyéndolos hablar yo deducía que entre nosotros nadie sabía quién era hijo de quién. Yo también había tratado de discriminar entre los descendientes de mi amiga Adelita los parentescos y no lo conseguía nunca. Había verdaderos incestos y con ellos madejas que no se podían desenredar. A todo esto la ardilla escuchaba encima del piano y se había puesto sin darse cuenta en el mismo centro, donde parecía un bibelot.

Yo trataba de no escuchar a mi padre ni a mi suegra y contemplaba a Adela en éxtasis.

—Patricia tiene —argumentaba mi padre volviendo a su tesis primera— una marca de nacimiento que tengo yo también. Verás.

Se desnudaba el pecho —pensando otra vez en la tentación incestuosa— y mostraba una peca bastante voluminosa debajo de la tetilla izquierda. Es verdad que Patricia la tenía, pero se la hizo quitar con una pequeña operación que no dejó cicatriz alguna. Yo dije:

—Patricia no tiene esa marca, padre. ¡De veras que no!

Mi padre se enfureció. A pesar de todo parecía preferir el incesto, pero para sí mismo y no para mí:

—Ah, entonces le has visto el pecho desnudo. Tenéis relaciones íntimas.

Lo peor de todo aquello fue que en aquel momento Patricia decidió regresar a casa porque le parecía ridículo y se negaba a aceptar lo que de nosotros decía mi noble progenitor.

Al verla entrar mi padre disimuló su coraje y hasta la besó en la frente. Mi suegra, en cambio, la miró con frialdad:

—Quítate la blusa —le ordenó— y enséñale a mi marido el seno izquierdo.

—¡Pero está sin barbas tu padre! —me dijo Patricia, asombrada.

Güeny —la gran bruja— sabía lo de la operación. Mi querida Patricia se extrañó un poco y llegó a sospechar por un momento que podría ser realmente hija de mi padre. En fin, se desnudó el pecho y mi suegra lo levantó un poco para que se viera en sus delicadas proporciones. No había peca alguna.

Se quedó mi padre turbado y dijo, mirando al techo:

—¡Válgame Dios! En esta casa todos estamos locos.

—El único que lo parece es usted, sin la barba —decía Patricia.

Yo pensaba: «Todos locos menos Adelita». A todo esto mi suegra, considerando terminada la discusión, iba a la cocina y salía con el modesto pastelito de cumpleaños y la velita encendida. Dijo una frase con la que parecía resumirlo todo:

—Feliz cumpleaños, querido. No olvides que la vida hay que seguir viviéndola como es. Nosotros no la hemos inventado. Dios nos asista a todos.

Mi padre recorrió la casa y al ver que no había más que un dormitorio cogió el sombrero y se marchó murmurando amenazas. Mi suegra salió a llamarlo al balcón diciéndole con la mejor y más dulce voz «queridito», pero no consiguió nada. Mi padre se alejaba en su auto. Yo la tranquilicé:

—No te preocupes, Güeny, que yo te llevaré más tarde con mi coche.

—Los dos te llevaremos —dijo Patricia—, porque yo iré también.

—Será inútil —dijo Güeny— porque durante veinte años ha vivido ese hombre con la ilusión de que tú eras su hija y prefiere la idea de que vivís vosotros incestuosamente a la hipótesis de haber sido hace treinta años cornudo. Así son las cosas. La vida es complicada.

Yo dije con una risita de conejo:

—¡Qué extraña manía esa de los cuernos! Pero además a mi padre le gustaría el incesto. El suyo, claro. Por eso se ha afeitado.

Y reí un poco más alto. Las dos mujeres se miraron extrañadas y por un instante tuve la impresión de que tal vez Patricia tenía otro amante en alguna parte. No me importa. Ya digo que en nuestra gente —con excepción de mi padre— hay la tendencia a la tradición matriarcal. Y los tiempos cambian. A veces pienso que debería analizar esa inclinación a fondo, pero supongo que es una simple cuestión de irresponsabilidad. Como tantas otras.

A los beatnicks de ahora les pasa algo bastante parecido a esto.

Cuando nos quedamos solos apagamos la velita y yo me quedé reflexionando y dije a mi suegra:

—Papá estaba furioso.

Ella parecía tranquila:

—Es que trata de hipnotizarse, como cada cual, para ser menos desgraciado. Y mientras vosotros no os caséis cultivará en el fondo de su alma la sospecha de que sois hermanos; es decir, de que tú, Patricia, eres su hija.

—¿Pero no dices —pregunté yo— que papá es estéril?

—Bueno, la realidad es lo que cada cual quiere pensar de sí mismo y lo que piensa de los demás.

Esta vez mi suegra me pareció un pozo de ciencia. Ella seguía hablando:

—Fue estéril algún tiempo, pero eso se cura. Hasta los que se esterilizan quirúrgicamente tienen que repetir de vez en cuando la operación porque de otro modo pueden fecundar a la mujer pasado algún tiempo.

Yo pregunté a Güeny:

—¿Por qué no dijiste esas palabras cuando estaba papá? Le habrías quitado un estigma miserable del fondo de sus confusiones.

Soltó Patricia a reír.

—Mamá es así. Es una picara. ¡Si tú supieras! Ella me empuja hacia tu padre. Por eso él se ha quitado las barbas.

Las mujeres han sido siempre para mí difíciles de entender y es que la mayoría son como agujas magnéticas que han perdido el norte y apuntan caprichosas en una dirección u otra. Hace tiempo que he renunciado a entenderlas. Cuando veo una que me gusta trato de hacerla mía al menos durante dos o tres meses. Patricia es la que más tiempo me ha durado.

Con Adela no tengo problemas, en cambio. Ella me quiere, yo la quiero. Ella me trae sus problemas dramáticos. A veces trágicos. Yo le comunico los míos sin palabras —ella tiene intuición y hay entre los dos corrientes misteriosas de entendimiento— y nunca dudamos el uno del otro ni nos peleamos. Y nuestro amor será constante. Tal vez eterno. Porque para las ardillas como para los árboles, con la prodigiosa perfección de sus flores y sus frutos, probablemente hay también una eternidad.

Al menos la del intercambio entre la materia y la energía y la energía y la materia una vez y otra por un infinito esferoidal. Con movimientos y reacciones de una gran exactitud y pureza.

No tengo la menor duda de todo eso, la verdad. Nunca la he tenido.

Y si tengo la certeza quiere decirse que existe la posibilidad, porque todas nuestras certidumbres vienen de una posibilidad de origen que vale tanto como el cumplimiento, porque el hecho de que esa posibilidad se cumpla o no es accesorio y del todo contingente.

Cuando hubimos merendado yo dije, con un acento ligero que es el que tengo con mi suegra:

—Así pues, yo no soy hijo de mi padre, tampoco.

Las dos soltaron a reír:

—Vaya una manera de hablar. Eso me recuerda aquel payaso de circo que juraba que no era hijo de su madre sino de su tía.

Los tres compadecíamos a mi padre y lo imaginábamos solo y lejano en su casa suspirando o tal vez —quién sabe— llorando. Su esposa reía de mis hipótesis:

—No lo creas. Se estará dando un buen trago.

Y añadió:

—Lo malo es que le va mal al hígado.

Por un momento le agradecí aquella reflexión a Güeny, que me pareció piadosa, pero después me di cuenta de que la autora de todas aquellas incomodidades era ella misma. Ella empujando a Patricia hacia mi padre tal vez por el gusto de envilecerlo más.

No entiendo y me niego a tratar de comprender. ¿Para qué?

A mi padre le gusta sentirse trágico, quizás al estilo de Edipo, y cuando se lo dije a mi amiga y a Güeny las dos respondieron al mismo tiempo:

—Sí, pero le falta talento. Y ha perdido las barbas. Una respuesta incongruente. Para escribir una tragedia hace falta talento pero no para sentirla.

En cuanto a Adela no sé si he dicho que volvió a su palmera con los suyos.

Era natural, supongo. Y yo no me había hecho ilusiones.