6
VOLVIENDO a mis andanzas para comprar un revólver. Al cabo de dos días, un tipejo pequeño y amarillento se me acercó en la puerta de una armería y me preguntó si me interesaba un arma.
—Sí, me interesa.
—Sígame.
Empezó a andar sin mirar atrás. Fuimos hacia la calle Camerino. Al atravesarla vi el edificio de mi escuela. Súbitamente tuve la revelación melancólica de que aquélla había sido la única época feliz de mi vida. Con gran tristeza percibí toda la dimensión de mi infelicidad desde que me había convertido en adulto. No había hecho más que engañarme, evadirme, a través del sexo y la comida.
Estaba imaginando la historia de un escritor epicúreo, hedonista, etc., que decide purificarse por la ascesis, cuando el tipejo azafranado se coló por la puerta de una casa donde había un rótulo que decía: «Fotógrafo 5 minutos».
Cuando llegué a la puerta, el individuo estaba subiendo ya una escalera de madera, apoyándose en el pasamanos. Subí tras él. Me esperó en el descansillo.
—Por aquí.
Entramos en la sala de espera del fotógrafo. El hombre sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta. Penetramos en un cuarto oscuro, sin muebles, y llamó con los nudillos, en contraseña, a una puerta gruesa, que parecía blindada. En el cuarto vacío se enciende una luz, se abre un postigo en la pesada puerta, y se clavan en mí dos ojos. Poco después, se abría la puerta y entramos en un salón, donde había una mesa, varios armarios de madera y archivadores de acero.
—Quiere un revólver —dijo el individuo bilioso.
—¿22, 38 o 45? —preguntó el camarada que estaba en el despacho.
—Es para matar a un hombre —dije.
—¿Quiere destrozarlo? ¿Arrancarle las narices, los dientes, la tapa de los sesos? Aparte de matarlo, claro… —preguntó el hombre.
—Explíquemelo con detalle —dije.
—Con un 22, usted sólo lo mata; con un 45 y bala dum-dum, lo hace trizas.
—¿Y qué es una bala dum-dum? —pregunté.
Los hombres se miraron y rieron desdeñosamente.
—Aquí, el amigo, es lego. No tiene ni idea. Se quita el metal de la punta para que aparezca el plomo. Luego, hace una cruz en el plomo. Con el impacto, el plomo se abre, Queda deshecho, ¿entiende?
—Cuarenta y cinco con dum-dum —dije.
El hombre abrió un armario y sacó una pistola enorme, negra.
—Peine de siete tiros —dijo—. Se carga por la culata, así. Tirando de aquí, se introduce la bala en la recámara. Sólo queda apretar el gatillo.
Me explicó también cómo funcionaba el seguro:
—Cuando no vaya a usar el arma, presione aquí, queda trabada, inmoviliza el percutor. Las automáticas son muy traidoras.
Antes de marcharme, pregunté:
—¿Es bueno este revólver? ¿Puedo confiar en él?
—Esto no es un revólver, es una pistola. El revólver tiene un tambor, un cilindro. ¿Ve algún cilindro en esta arma?
El hombre movió la cabeza. Cuando salí del despacho oí que decía entre dientes:
—¡Jodido tío! ¡Mira que confundir un revólver con una pistola!
Cuando llegué a casa coloqué el revólver, digo la pistola, encima de la mesa, al lado del TRS-80, y me quedé mirando las dos máquinas. La pistola me pareció más bonita y, no sé por qué, me inspiró, me dio ganas de escribir.
Enchufé el TRS-80. Primero el printer, Epson FX-80, conectado con la computadora. Luego, en el drive 0 coloqué el Superscripsit y en el drive 1 un floppy disk, para archivo. La luz roja de encima de los drives se encendió y apagó cuando el TRSDOS estuvo cargado. Mes, día y año, enter, hora, minuto, segundo, enter, luz roja encendiéndose y apagándose, en los dos drives. Ready. Escribí SS enter. El menu del programa apareció en la pantalla. Pulsé 0.
Name of document to open?
Escribí «Bufo».
Enter.
En la pantalla, Open Document Options:
Document name: Bufo I
Author: Gustavo Flávio
Operator: G. F.
Comments: Novela
Printer type: LP8
Lines per page: 54
Pitch: P
Line spacing (to 3 +, «+» - 1/2): 1
1st page to include header: 1
1st page to include footer: 1
Nuevamente: enter.
Apareció la screen page: a tab line, con el ghost cursor y el status line y las especificaciones de impresión del documento. En lo alto de la «página» lucía intermitentemente el cursor. Todo listo para empezar a escribir.
Fueron apareciendo las palabras a medida que escribía:
Material de archivo. Spallanzani considera a Bufo un individuo estúpido. Apetito sexual y gastronómico de Bufo. Yo y Bufo. Paralelo. So many writers, Conrad for instance, have been aided by beeing brought up in a metier utterly unrelated to literature. El inglés es el latín de los tiempos modernos. Lévi-Strauss: De hecho, no soy muy optimista con relación al futuro de una humanidad que se reproduce tan rápidamente que se ha convertido en una amenaza para su propia supervivencia, antes incluso de que empiecen a faltarle los elementos más esenciales como el aire, el agua, el espacio. Estoy mirando el revólver, digo pistola, aquí, al lado. Basta de tonterías.
Paré de escribir.
Print command, apreté la tecla control, y marqué «P». Me quedé oyendo el rápido traqueteo de la Epson. Arranqué el papel con los caracteres que había escrito y lo tiré a la papelera («La papelera, el mejor amigo del escritor»: Singer). ¿Para qué guardar aquello en el archivo de la computadora? Definí el bloque apretando las teclas control y X. En la status line, apareció:
Delete Copy Move Adjust Search Freeze Hyph Print Line-space?
Pulse la tecla D, que significa Delete, apagar.
En la status line: You have asked to remove this block. Are you sure? (Y o N)? «Ha pedido usted la eliminación de este bloque. ¿Está seguro? ¿(Sí o No)?». El Superscripsit es siempre muy cuidadoso cuando uno manda borrar más de un párrafo, Pulsé «Y», sí, e inmediatamente aquél montón de letras desapareció de la pantalla y fue eliminado del archivo. Apreté la tecla control y la tecla Q, quitting the document, volviendo al main menu. En la pantalla:
(O) Open a document
(D) Display disk directory
(S) System setup utility
(P) Proofread a document
(C) Compress a document
(A) ASCII text conversion utility
(E) Exit to TRSDOS
Pulsé la tecla E. TRSDOS Ready.
Escribí: KILL BUFO: 1. Pulsé tecla enter.
El TRSDOS buscó y encontró lo que había en el drive 1 sobre Bufo & Spallanzani, y lo apagó todo, la obertura que yo había colocado en el archivo, con el encuentro del científico y el batracio, la primera aparición de Laura, la torre de la Ghirlandina con la campana, la historia de la infancia de Spallanzani, mis anotaciones, el plan general del libro, todo fue borrado, destruido, en una fracción de segundos. Ya no existía Bufo & Spallanzani sobre la faz de la Tierra, todo arrojado en la gran papelera del olvido. La orden KILL era tan perentoria que la computadora obedeció sin discusión la orden recibida.
KILL. Matar, destruir. Para matar a Delamare bastaba también con apretar una tecla, el gatillo de la pistola que tenía allí al lado. Mi imaginación divagaba.
Llamaron a la puerta.
Por el visor vi un individuo cargado con un enorme ramo de rosas adornadas con cintas de colores.
—¿Gustavo Flávio? —preguntó.
Entonces lo entendí todo e intenté cerrar la puerta, pero ya era demasiado tarde. Apoyó el arma en mi pecho y dijo:
—¡Adentro!
Entró detrás de mí, cerrando la puerta de una patada. Tiró las flores al suelo, displicentemente.
—Pon las manos atrás —dijo. Con habilidad me puso las esposas—. Túmbate ahí —dijo fríamente, indicando el suelo.
Me tumbé boca abajo. Le oí marcar un número por teléfono.
—Ya he entrado. Todo bien. El muy cabrón tiene un Colt. Antiguo —descolgó.
—Oye, mira —empecé a decir.
—¡Cállate!
No hablaba con rabia, pero era un tono seco e intimidatorio.
Con dificultad, volví el rostro para ver dónde estaba el hombre. Se había sentado en una butaca, erguido, con las dos manos apoyadas en las piernas. No veía la pistola. Me miró impasible. Si algo se podía leer en su rostro inescrutable era un enorme desinterés hacia mí.
Sonó el timbre, haciendo latir mi corazón. Oí que el hombre abría la puerta. Por los ruidos debían de ser dos las personas que acababan de llegar. Cuando quise volver la cabeza, recibí una patada en la nuca.
—¡Quieto!
Sentí que me aflojaban el cinturón y me tiraban de la cremallera de la bragueta hacia abajo. Me bajaron los pantalones.
—¡Eh! —grité.
Otra patada, seguida de un dolor fino en la nalga. Me habían puesto una inyección. Uno de los hombres pasó ante mi zona de visión. Llevaba barba negra. Volvieron a mi cabeza los recuerdos de los días del manicomio. Psiquiatras, detectives, fiscales, jueces. Flores sobre una sepultura. Se corrió la losa sepulcral como en un filme de vampiros, y un tipo vestido de negro, con una flor blanca en la solapa, me sonrió y dijo: mucho gusto, soy Mauricio Estrucho.
—La peor forma de autoridad —dijo Estrucho—, la más arrogante y disimulada, es la del artista: él juzga, de manera implacable, a quien piensa de manera distinta a él, siempre presentándose como justo e imparcial.
Cuando empezó a parecerme raro aquel discurso de Estrucho, su rostro fue envejeciendo, apareció en su cara una barba blanca, y quien hablaba conmigo era ahora Tolstói:
—Vamos a ver, ¿cuándo vas a acabar esa mierda de Bufo & Spallanzani?
Cuando iba a decir que Bufo & Spallanzani había sido killed por la computadora, se acabó el sueño.