—Esperad ahí. Aram Baksh os dará un hombre.

Retrocedió cautelosamente hasta encontrarse fuera del alcance de un garrotazo repentino, y entonces se volvió y dobló la esquina noroeste del muro. Una vez de vuelta con su caballo, esperó unos segundos para asegurarse de que los negros no estaban siguiéndolo sigilosamente y a continuación, tranquilizando a la inquieta montura con un susurro, se puso de pie sobre la silla. Alargó los brazos, se agarró al remate de la pared y se encaramó a ella. Desde allí estudió el patio un instante. La taberna se levantaba en la esquina suroeste del recinto y el resto del espacio estaba ocupado por árboles y jardines. No vio a nadie. La taberna estaba a oscuras y en silencio, y sabía que todas las ventanas estaban cerradas y atrancadas.

Conan sabía que Aram Baksh dormía en un aposento que daba a un camino flanqueado por cipreses que desembocaba en la puerta del muro oeste. Como una sombra, se deslizó entre los árboles y al cabo de unos instantes llamó suavemente a la puerta del cuarto.

—¿Qué ocurre? —preguntó una voz atronadora desde dentro.

—Aram Baksh —siseó Conan—. ¡Los negros están trepando por el muro!

Casi instantáneamente, la puerta se abrió y al otro lado apareció recortada la figura del posadero, vestido solamente con una camisa y con un puñal en la mano.

Estiró el cuello hacia la cara del cimmerio.

—¿Qué cuento es ese…? ¡Tú!

Los dedos vengativos de Conan estrangularon el grito en su garganta. Los dos hombres cayeron juntos al suelo y Conan le arrebató el puñal de la mano. La hoja refulgió a la luz de las estrellas y manó la sangre. Aram Baksh emitió unos jadeos horribles con la boca llena de sangre. Conan lo obligó a levantarse. La hoja cortó de nuevo y la mayor parte de la barba cayó al suelo.

Sin soltar el cuello de su prisionero —porque un hombre puede gritar incoherentemente aunque le hayan cortado la lengua—, Conan lo sacó a rastras del oscuro aposento y lo llevó por el camino de los cipreses hasta la puerta reforzada del muro exterior. Con una mano levantó la tranca, abrió la puerta e hizo pasar a las tres figuras sombrías que esperaban en el exterior como buitres negros. Conan dejó al posadero en sus ávidos brazos.

Un horrible grito ahogado en sangre escapó de la garganta del zamboulano, pero no llegó respuesta alguna desde la silenciosa taberna. Los clientes estaban acostumbrados a que la gente gritara en el exterior. Aram Baksh forcejeaba como un salvaje, con los dilatados ojos clavados en la cara del cimmerio. No encontró piedad allí. Conan estaba pensando en las decenas de desgraciados que debían una muerte sangrienta a la vil codicia de aquel hombre.

Con avidez, los negros lo arrastraron por el camino mofándose de sus frenéticos sollozos. ¿Cómo iban a reconocer a Aram Baksh en aquella figura semidesnuda, manchada de sangre, con aquella barba grotescamente recortada, que balbuceaba de manera ininteligible? Los sonidos siguieron llegando hasta Conan, que se encontraba junto a la puerta, aun después de que las figuras se hubiesen esfumado entre las palmeras.

Tras cerrar la puerta a su espalda, Conan volvió junto al caballo, montó y se dirigió hacia el oeste, hacia el desierto, aunque dando un amplio rodeo para esquivar el siniestro palmeral. Mientras cabalgaba, sacó de su cinturón un anillo en el que brillaba una gema que atrapaba la luz de las estrellas con trémulas iridiscencias. La levantó para admirarla y le dio varias vueltas. La bolsa de monedas de oro, colgada del borrén de la silla, tintineaba suavemente, como una promesa de riquezas mayores por llegar.

«Me pregunto qué diría Nafertari si supiera que los reconocí, a ella y a Jungir Khan —se dijo—. Y también la Estrella de Khorala. Si alguna vez llega a saber que se la quité a su amante del dedo mientras lo ataba con el cinto de su propia espada, su cara será digna de verse. Pero con la ventaja que les estoy sacando, nunca podrán alcanzarme».

Se volvió hacia las palmeras, entre las que estaba empezando a aparecer un fulgor rojizo. Un vibrante canto de salvaje exultación se elevó en la noche. Y otro sonido, mezclado con él: unos chillidos locos e incoherentes y unos lloriqueos frenéticos en los que no podía distinguirse palabra alguna. El sonido siguió a Conan mientras cabalgaba hacia el oeste a la luz menguante de las estrellas.