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Se sentiría mejor cuando hubiera salido del bosque. Las únicas figuras que divisaba en los campos eran espantapájaros, y no se veía ni una sola ave en el vasto e indiferente cielo. Sin embargo se sentía vigilado. Si alguien lo había seguido por la carretera, desde el pueblo o desde la gran mansión, podría haberlo visto por el retrovisor a varios cientos de metros. No era más que la imaginación lo que lo perturbaba. Su maldita imaginación era lo que lo había llevado allí en primer lugar, y estaba empezando a pensar que le reportaba más problemas que satisfacciones.

Creyó que la última vez había vencido a sus enemigos, al escabullirse por debajo de la capilla, ¿pero podía aquello haber atraído la desgracia sobre él mismo o sus colaboradores? No comprendía cómo, sobre todo porque hoy sus enemigos no parecían en absoluto conscientes de lo que había tenido que soportar. ¿Habría empeorado su situación volviendo allí solo?

No podía haber llevado a nadie consigo. Por muy nervioso y perseguido que se sintiera, no quería que nadie supiera lo que había hecho hasta que saliera a la luz, cuando ya fuera inevitable. Y no podía dejar que sus sentimientos lo atraparan allí, se dijo, haciendo sonar el claxon para ahuyentar sus miedos y proclamar que volvía. No había nada esperándolo en el bosque, sólo los productos de su imaginación. Pisó con fuerza el acelerador y se sintió inesperadamente valiente, como si espoleara a un buen caballo lanzándolo hacia el centro del peligro.

La sombra de los árboles, una sombra verde, húmeda y fría como el musgo, caía sobre él. La vegetación se apretaba a los lados de la carretera como formando un túnel que reptaba hacia la luz. Quizás el sol estuviera oculto tras una nube, porque el túnel parecía más oscuro que antes. La falta de luz y el olor a tierra le produjeron la sensación de estar sepultado y aceleró, lanzando el coche hacia la promesa de la luz del día.

Cuando enfiló una breve recta de la carretera, miró atrás. Sólo lo seguía el olor a tierra removida, aunque ¿por qué iba a seguirlo precisamente a él? Era un olor casi ominoso, quizá porque sugería la existencia de algo aún más desagradable bajo su superficie, algo oculto entre las sombras de los árboles y fuera de su campo de visión. El camino estaba libre. Tenía el tiempo justo para echar otra mirada atrás, sólo para convencerse de que las sombras no eran más que sombras. Volvió la cabeza y vio una figura que corría tras él a cuatro patas por la carretera, una forma delgada que se movía más rápido que el coche.

El sobresalto le hizo girar aún más la cabeza, y sintió una punzada de dolor en la nuca. Sus pies se hundieron salvajemente en los pedales y el coche dio un salto hacia adelante. Por un momento —demasiado largo— fue incapaz de apartar la vista de su perseguidor. Volvió a mirar al frente justo cuando el coche se cruzaba en la carretera. En el momento en que pisaba el freno, se estrelló contra un árbol.

El impacto hizo añicos el parabrisas y arrugó el capó como si fuera un papel, pero él se había agarrado con tal fuerza al volante que no salió proyectado fuera del coche. Los fragmentos de cristal llovieron sobre su cara y su cuello, y cuando intentó quitárselos, se dio cuenta de que no podía usar las manos. Tenía las muñecas rotas. No podía moverlas para salir del vehículo antes de que se incendiara, lo que temía que ocurriera en cualquier momento. Se dio la vuelta, encajó una rodilla bajo la manilla de la puerta y la empujó hacia arriba. La puerta se abrió tan rápido que casi cayó de bruces sobre la maleza.

Tambaleándose dio varios pasos hacia la carretera, y mientras avanzaba, descubría a cada momento nuevas heridas y golpes. El dolor y la conmoción del accidente habían vaciado su mente. El bosque parecía más oscuro y remoto. Todo lo que sabía era que necesitaba ayuda, y el lugar más próximo donde encontrarla era la fonda frente a la que había pasado entre el pueblo y el bosque.

O había olvidado la causa del accidente, o su cerebro se negaba a aceptarla. El golpe y su cuerpo roto eran lo único en que podía pensar. Cuando aquello salió a su encuentro desde detrás del coche, su mente fue tan incapaz de comprender como su cuerpo de defenderse. Se quedó inmóvil, contemplando un rostro que no podía ser llamado tal, mientras unas uñas largas y ennegrecidas buscaban su garganta y terminaban lo que los fragmentos de cristal habían comenzado.