Una osada carga de caballería
contra la Compañía de Electricidad
y Gas del Pacífico

Una mañana, cuando Lee Mellon llevaba un par de semanas viviendo debajo de mi habitación de Leavenworth Street, me desperté y miré a mi alrededor. El prado se estaba marchitando por momentos. La hierba se había vuelto parda. El arroyo estaba casi seco. Las flores habían muerto. Los árboles estaban caídos. No había visto ni un pájaro ni un animal desde que muriera el anciano. Todos se habían marchado.

Decidí bajar y despertar a Lee Mellon. Me levanté de la cama y me vestí. Bajé a su habitación y llamé a la puerta. Mi idea era que fuéramos a tomar un café o algo.

—Adelante —dijo Lee Mellon.

Abrí la puerta y vi que Lee Mellon estaba dentro del saco de dormir con una joven. Sus pies entrelazados asomaban por un extremo de la cama. Las cabezas sobresalían por el otro extremo. Al principio pensé que estaban follando, pero enseguida me di cuenta de que no. Aunque tampoco me había equivocado demasiado. La habitación olía como el gimnasio de Cupido.

Me quedé allí de pie y a continuación cerré la puerta.

—Ésta es Susan —dijo Lee Mellon—. Éste es mi colega.

—Hola —saludó ella.

La habitación estaba totalmente amarilla porque las persianas estaban bajadas y el sol les daba de pleno. Había montones de cosas tiradas por la habitación: libros, ropas y botellas en un desorden inteligentemente planeado. Había mapas de importantes batallas venideras.

Hablé con ellos unos minutos. Decidimos bajar a la cocina comunitaria y desayunar.

Salí al pasillo mientras se vestían, y a continuación bajamos a la cocina juntos. La chica se metió la blusa en los pantalones. Lee Mellon ni se había molestado en atarse los cordones de los zapatos. Se retorcieron como gusanos para cebo mientras bajaba las escaleras.

La chica preparó el desayuno. Es curioso, a día de hoy aún recuerdo qué cocinó: huevos revueltos con cebollitas y queso cremoso. Preparó unas tostadas de trigo integral y una cafetera. Era joven y alegre. Tenía una cara y un cuerpo bonitos, aunque le sobraba un poco de peso. Pechugona es la palabra exacta, pero eso era sólo grasa infantil.

La joven habló de manera muy entusiasta del libro de John Steinbeck Hubo una vez una guerra.

—Esos pobres peones que trabajan en la fruta —dijo la chica.

Lee Mellon estuvo de acuerdo con ella. Después del desayuno subieron a su habitación a hablar de su futuro.

Yo me fui al centro y vi tres películas en un cine atestado de pulgas de Market Street. Era una de mis malas costumbres. De vez en cuando me entraba el deseo de confundir mis sentidos contemplando a unas personas planas y enormes paseándose por un gran fragmento de luz, como gusanos siguiendo la trayectoria intestinal de un tornado.

Me unía a los marineros que no pueden echar un polvo, a los ancianos que convierten esas salas en sus solarios, los visionarios inmóviles, y los pobres enfermos que acuden para que les administren el tratamiento externo de contemplar cómo un par de glándulas mamarias lusitanas besan unos dientes titánicos con funda.

Encontré tres películas que me hicieron tilín: una película de monstruos de las de socorro-socorro, una película del oeste de las de bang-bang, y una película romántica de medio pelo de las de tequiero-tequiero, y encontré asiento junto un hombre que tenía la mirada clavada en el techo.

La chica se quedó tres días con Lee Mellon. Tenía dieciséis años y venía de Los Ángeles. Era judía y su padre se dedicaba al negocio de los electrodomésticos en Los Ángeles; se le conocía como el Rey de los Congeladores de Sepúlveda Boulevard.

El hombre se presentó al final del tercer día. Al parecer, la chica se había escapado de casa, y cuando se le acabó el dinero llamó a su papi por teléfono y le dijo que estaba viviendo con un hombre y que necesitaban dinero, y le dio a su padre la dirección adonde enviar el dinero.

Antes de que el padre de la chica se la llevara, tuvo una pequeña charla con Lee Mellon. Le dijo que no quería ningún problema y le hizo prometer que nunca volvería a verla. Le dio veinte dólares y Lee Mellon le dio las gracias.

El Rey de los Congeladores dijo que podía montarle un buen follón a Lee Mellon si quería, pero que prefería evitar cualquier escándalo.

—Simplemente deje de verla y todo irá bien.

—Claro —dijo Lee Mellon—. Le entiendo perfectamente.

—No quiero ningún problema, y usted no quiere ningún problema. Así que dejemos las cosas tal y como están afirmó el padre.

—Ajá —asintió Lee Mellon.

El Rey de los Congeladores se llevó a su hija de vuelta a Los Ángeles. Había sido una bonita aventura, incluso cuando su padre, una vez en el coche, le dio una bofetada y la llamó schicksa [4]

Poco después de aquello, Lee Mellon dejó su habitación porque no podía seguir pagando el alquiler y sitió Oakland. Fue un asedio bastante pobre, que se alargó durante meses y estuvo caracterizado por una única maniobra de ataque, una osada carga de caballería contra la Compañía de Electricidad y Gas del Pacífico.

Lee Mellon vivía en la casa abandonada de un amigo que en aquel momento era campeón de ping-pong de clase C en un rústico manicomio de California. La clasificación de A, B o C quedaba determinada por el número de tratamientos de shock que se había administrado a los pacientes. El gas y la electricidad habían sido desconectados en 1937, cuando la madre del amigo había sido desahuciada por tener pollos en casa.

Naturalmente, Lee Mellon no tenía dinero para que se los volvieran a conectar, de manera que abrió un túnel hasta la conducción general de gas y se apañó una conexión. A partir de entonces ya pudo cocinar y calentar la casa, aunque nunca tuvo la energía suficiente para controlar completamente el flujo. Por consiguiente, cada vez que dejaba salir el gas con una válvula apresuradamente improvisada y acercaba una cerilla, brotaba una llama azul de casi dos metros de altura.

Encontró una vieja lámpara de queroseno que le daba luz. Tenía una tarjeta para la biblioteca pública de Oakland, y con eso se entretenía. Estaba leyendo a los rusos, y lo decía con ese cierto tono solemne que pone la gente cuando dice: «Estoy leyendo a los rusos».

No tenía mucha comida, pues iba escaso de dinero. Lee Mellon no quería conseguir un trabajo. Asediar Oakland ya era bastante difícil sin tener que ir a trabajar. De manera que casi siempre pasaba hambre, pero no pensaba renunciar a su instalación de gas. Tenía que espabilarse para conseguir manduca: mendigar por la calle, rondar las puertas traseras de los restaurantes y caminar buscando monedas por los arroyos de la calle.

Durante su prolongado asedio dejó de beber y no mostró mucho interés por las mujeres. En una ocasión me dijo: «No he echado un polvo en cinco meses». Lo dijo como si tal cosa, como si comentara el tiempo que hacía.

¿Crees que va a llover?

No, ¿por qué iba a llover?

Susan se presentó una mañana en Leavenworth Street y dijo:

—Tengo que ver a Lee Mellon. Es muy importante.

Me di cuenta de que era importante. Desde luego, se le notaba. En el vientre se le abultaban los meses.

—No sé dónde vive —mentí—. Se fue un día, sin más, y no me dejó ninguna dirección —mentí—. Me pregunto dónde estará Lee Mellon —mentí.

—¿No le has visto por la ciudad?

—No —mentí—. Simplemente desapareció —mentí.

No podía decirle que estaba viviendo en Oakland en medio de una gran pobreza, ni que su único consuelo era que había abierto un túnel hacia la conducción principal de gas y que ahora disfrutaba del dudoso fruto de su labor: una llama de dos metros de altura. Ni que se había quedado sin cejas.

—Simplemente desapareció —mentí—. Todo el mundo se pregunta dónde ha ido —mentí.

—Bueno, si le ves por ahí, dile que tengo que verle. Es muy importante. Me alojo en el Hotel San Geronimo de Columbus Avenue, habitación 34.

Me lo anotó en un trozo de papel y me lo entregó. Me lo puse en el bolsillo. Susan observó cómo me lo metía en el bolsillo. Incluso después de que yo hubiera sacado la mano del bolsillo, seguía mirando la nota, aunque estuviera en mi bolsillo detrás de un peine, junto a un envoltorio de golosina doblado. Apostaría algo a que habría podido decirme la marca de la golosina.

Al día siguiente vi a Lee Mellon. Había vuelto a la ciudad. Había tardado nueve horas en ir de Oakland a San Francisco en autostop. Se le veía bastante mugriento. Le conté lo de Susan, y lo mucho que había insistido en que era importante que le viera. Le dije que tenía pinta de estar preñada y se comportaba como tal. En mi opinión, lo estaba.

—Así es la vida —dijo Lee Mellon sin mostrar emoción alguna—. Yo no puedo hacer nada. Tengo hambre. ¿No tienes nada para comer? ¿Un sándwich, un huevo, espaguetis, algo? Lo que sea.

Lee Mellon nunca volvió a mencionarme a Susan, y naturalmente, yo nunca volví a sacar el tema. Lee Mellon se quedó en Oakland unos cuantos meses más.

Intentó empeñar una plancha eléctrica robada. Se pasó el día yendo de una casa de empeños a otra. Nadie quería la plancha. Lee Mellon observó cómo la plancha se transformaba lentamente en un mohoso albatros de una sola pata. Al final la dejó en el banco de una parada de autobús. Estaba envuelta en papel de periódico y parecía basura.

Su decepción por no haber conseguido empeñar la plancha puso fin a su asedio de Oakland. Al día siguiente levantó el campamento y se fue de vuelta a Big Sur.

La chica continuaba viviendo en el Hotel San Geronimo. Como se sentía tan infeliz, cada vez estaba más gorda, y era como un cruce entre una seta y un bocio.

Cada vez que me veía me preguntaba muy impaciente si había visto a Lee Mellon, y yo siempre mentía y decía que no. Su desaparición nos había dejado a todos intrigados. ¿Qué más podía decirle? Pobre chica. De manera que mentía hablando entrecortadamente... no.

Mentí y dije que no y otra vez no no no no no no no no no no no no no no y más no. Y de nuevo no no no no no no no no no no sé nada de Lee Mellon. Simplemente había desaparecido de la faz de la tierra.

El padre de la chica, el Rey de los Congeladores de Sepúlveda Boulevard, la repudió. Al principio intentó convencerla de ir a una de esas clínicas de abortos de Tijuana que tienen una elegante oficina y un quirófano limpio como una gasolinera Chevron. La chica dijo que no, que pensaba tener el bebé. El padre le dijo que se fuera, y le pagaba un estipendio mensual para que nunca regresara a Los Ángeles. Cuando el bebé nació, la chica lo dio en adopción.

A los diecisiete años se convirtió en todo un personaje en North Beach. Engordó rápidamente más de cincuenta kilos. Se convirtió en un personaje enorme y grotesco, y fue añadiendo capas y capas de grasa, como si fueran capas geológicas.

Decidió que era pintora, y como era inteligente comprendió que era mucho más fácil hablar de pintura que pintar. De manera que iba a los bares y hablaba de pintores de genio como Van Gogh. Había otro pintor del que siempre estaba hablando, pero he olvidado el nombre.

También comenzó a fumar puros y se volvió fanáticamente antialemana. Fumaba puros y decía que habría que castrar lentamente a todos los alemanes, enterrar a los niños en la nieve y poner a trabajar a las mujeres en las condenadas minas de sal sin más herramientas que sus lágrimas.

Mucho después de haber tenido el niño, seguía viniendo a verme, se me acercaba con su andar de pato, y me preguntaba si seguía viendo a Lee Mellon. Yo siempre decía que no, y al cabo de un tiempo aquello pasó a ser una broma entre nosotros, porque ella ya sabía que yo estaba mintiendo, y por aquel entonces ya había visto a Lee Mellon, había averiguado en qué situación se encontraba, y había dejado de importarle, aunque seguía preguntándome: «¿Has visto a Lee Mellon?», aunque ahora era ella la que estaba mintiendo. Nuestra situación se había invertido. «No, no lo he visto», podía decir yo ahora sin mentir.

Durante unos años le dio por tener hijos. Se convirtió en una fábrica de bebés. Siempre hay alguien dispuesto a irse a la cama con una tía gorda. Y en cuanto nacían, los daba en adopción. Era una manera de pasar el rato, aunque al final también se cansó.

Creo que por entonces tenía veintiún años, era antediluviana, y su época de personaje de moda en North Beach había llegado a su fin. Susan había dejado de ir a los bares y de hablar de pintores de genio y de esos malvados alemanes. Incluso dejó de fumar puros. Ahora se pasaba el día en el cine.

Cada día acarreaba al cine esas capas de grasa, con las que ahora se sentía cómoda, y se llevaba dos o tres kilos de comida con ella por si se desataba una inesperada tormenta de nieve dentro de la película y su asiento de anfiteatro barato quedaba congelado como el Antártico.

En una ocasión, yo estaba de pie en una esquina hablando con Lee Mellon y ella se me acercó.

—¿Has visto a Lee Mellon? —mintió con una gran sonrisa en la cara.

—No —pude decir ahora sin mentir.

Lee Mellon no mostró el menor interés en nuestro jueguecito.

—El semáforo se ha puesto verde —dijo Lee Mellon.

Llevaba un uniforme gris y su espada golpeteó el suelo al cruzar la calle.