31

Shang… —Hua estaba recobrando el conocimiento, con el rostro desencajado por el asombro—. ¿Qué demonios ha pasado?

—Esto es exactamente lo que ha pasado —respondió Chen, pensando en la interpretación supersticiosa del Viejo Cazador—: usted ha estrangulado a la nieta de Shang y Mao lo ha dejado fuera de combate. Para ser más exactos, el retrato de Mao lo ha dejado fuera de combate.

—¿Cómo ha entrado usted aquí?

Durante su breve encontronazo en la oscuridad, tal vez Hua no lo hubiera visto salir del vestidor. Quizá no se había dado cuenta de que Chen se había escondido allí.

—¡Eres un demonio, te mereces mil cuchilladas! —interrumpió el Viejo Cazador—. No te vas a librar de ésta, has cometido un asesinato en primer grado.

Hua parecía ahora muy distinto. Tenía los ojos opacos, la boca entreabierta y la mejilla izquierda le temblaba de forma incontrolada. No quedaba ni rastro del Mao imperial. Ni siquiera del empresario de éxito. Era un hombre acabado.

Chen se dio cuenta de que debía aprovechar la ocasión para sacarle más información al asesino. Aún quedaban varias preguntas por responder.

Pero su móvil volvió a sonar con estridencia, rompiendo el hechizo del momento. Le llamaba el ministro Huang desde Pekín. Chen no tuvo más remedio que contestar.

—Me acaba de llamar Liu, inspector jefe Chen.

—Ah, ministro Huang. Pensaba llamarlo —respondió Chen. No le sorprendió la rapidez con la que había actuado Liu—. Alguien llamado Hua ha asesinado a Jiao en su piso. Es un chiflado que intenta imitar a Mao. Lo he detenido.

—¡Un chiflado que intenta imitar a Mao! Es increíble. ¿Cómo ha conseguido entrar en el piso? Seguridad Interna se ha quejado de sus métodos singulares. —El ministro añadió rápidamente—: Es pura envidia, desde luego. Entiendo. Se les ha adelantado de nuevo.

—Estaban empeñados en adoptar medidas contundentes, pero no me pareció buena idea tratándose de un caso tan delicado políticamente. Como usted mismo ha dicho, iba en contra de los intereses del Partido, tenía que actuar por mi cuenta.

—Tengo que admitir que ha actuado con mucha decisión. ¿Encontró algo en el piso?

—Sí, había algo de Shang.

—¡Caramba, inspector jefe Chen!

—Un pergamino con un poema caligrafiado a pincel por el propio Mao y dedicado a una tal Fénix, que era el apodo de Shang, como ya sabe. Se trata de «Oda a la flor de Ciruelo». El pergamino tiene un certificado de autenticidad. ¿Quiere que se lo entregue a Seguridad Interna?

—¡Ah! Eso. No. Entréguemelo a mí. No tiene por qué mencionárselo a Seguridad Interna, usted trabaja directamente para el Comité Central del Partido. ¿Alguna cosa más?

—No por el momento —respondió Chen. Al parecer, el ministro no creía que el pergamino pudiera dañar la imagen de Mao. Chen decidió no mencionar la escoba. Aún tenía que comprobar lo que había en su interior. Además, el Viejo Cazador y Hua estaban escuchando la conversación—. Voy a registrar el piso a fondo. Le informaré de cualquier cosa que encuentre, ministro Huang.

El Viejo Cazador parecía tan perplejo como Hua, pese a que aquél sabía de los contactos de Chen en las altas esferas. Poco imaginaba Hua que el «escritor en ciernes» era en realidad un inspector jefe que estaba hablando con un ministro del Gobierno de Pekín.

—No revele nada a los medios de comunicación —ordenó el ministro Huang—. Es en interés del Partido.

—Sí, comprendo. Es en interés del Partido.

—Ha resuelto el caso pese a estar sometido a mucha presión. Le sugeriría que se tomara unas vacaciones. ¿Qué le parecería ir a Pekín?

—Muchísimas gracias, ministro Huang —respondió Chen, preguntándose si el ministro estaba enterado de su reciente viaje a la capital—. Lo pensaré.

—Como ya le he dicho, usted es un policía excepcional. Las autoridades del Partido siempre pueden confiar en usted. Le aguardan responsabilidades de mayor envergadura.

El ministro no había olvidado su promesa de ascender a Chen, probablemente como sucesor del secretario del Partido Li en el Departamento de Policía de Shanghai.

Una vez concluida la conversación, el silencio invadió el dormitorio.

Aún tendido en el suelo, Hua recorrió la habitación con mirada desafiante hasta posarla en Chen.

—¡Menudo cabrón! Me has metido en problemas para fastidiarme, ¿verdad? Eres un imbécil. «Pese a estar rodeado por el enemigo, / me mantengo firme e invencible.»

Hua volvía a citar a Mao. Esta vez, se trataba de un poema que Mao compuso mientras combatía en la guerra de guerrillas contra los nacionalistas, durante los años que pasó en las montañas Jinggang. Sin embargo, era absurdo que Hua intentara imitar el acento de Hunan. Sonaba falso, hueco, carente de convicción.

—¡Menudo idiota! —exclamó el Viejo Cazador—. Continúa perdido en la época de las montañas Jinggang. Este hijo de puta ni siquiera sabe a qué día estamos hoy.

Pero ¿qué sabía Hua acerca del material de Mao? Chen tenía que descubrirlo. A juzgar por la actitud desafiante de «Mao», sería imposible hacerlo hablar antes de que llegaran los agentes de Seguridad Interna.

—¿Hoy? Mirad en qué se ha convertido China por culpa de las supuestas reformas. Se ha restaurado completamente el capitalismo. Las nuevas Tres Montañas aplastan a la clase trabajadora, que vuelve a sufrir en el fuego, en el agua. Yo ya predije todo esto hace mucho, mucho tiempo. «Al meditar sobre la inmensidad, / le pregunto a la Tierra infinita: / ¿Quién es el maestro que controla el ascenso y la caída de todas las cosas?»

—¿De qué diantres habla este tipo? —gruñó el Viejo Cazador—. El ascenso y la caída del diablo, eso es lo que pienso.

—Está citando a Mao de nuevo —explicó Chen, tras reconocer los versos de otro poema que Mao había escrito en su juventud, y que quizá no era tan conocido. El monólogo de Hua era una defensa apasionada de Mao, además de una autojustificación.

Sin embargo, era una defensa ejercida de la forma más grotesca: Hua yacía de espaldas, completamente desnudo, declamando aquellos versos heroicos y agitando el brazo de modo similar a como lo agitaba Mao, tanto en vida como en la fotografía que Hua tenía debajo. Se trataba de una extraña yuxtaposición: no sólo de Mao y de Hua, sino de muchas otras cosas, pasadas y presentes, personales e impersonales. A Chen le costó reprimir el impulso de arremeter contra Hua y contra todo lo que éste representaba. Fue entonces cuando al inspector jefe se le ocurrió una idea.

Sacó un cigarrillo para el Viejo Cazador, lo encendió, y después se encendió otro también para él, sacudiendo la ceniza con ademán desdeñoso. Parecía como si evitara mirar al tipo que yacía postrado en el suelo.

—Este cabrón está totalmente absorto en sus sueños primaverales y otoñales de ser Mao, pero no le llega a Mao ni a la altura del zapato. Debería echar una gran meada y contemplar su patético reflejo en el charco.

—¿Qué quieres decir? —le espetó Hua.

—No eres rival ni para los polis corrientes. —Chen se volvió, sin dejar de dar golpecitos en el cigarrillo con el dedo—. ¿Cómo puede un hijo de puta tan patético como tú engañarse a sí mismo creyendo ser Mao?

—Tú tuviste mucha suerte, cabrón maquiavélico, pero el otro poli no tuvo tanta.

—Song ni siquiera sospechaba de ti —siguió presionando Chen, dando palos de ciego—. Erraste el tiro.

—Vino a verme para que le diera información sobre ella y se metió donde no debía. No podía permitir que se saliera con la suya. La lenidad para con tu enemigo es un delito para con tu camarada.

Según dijo Liu, Song sólo llevó a cabo un interrogatorio rutinario, pero a Hua le entró el pánico. A un hombre despiadado como Hua —o como Mao— le pareció lógico asesinar a Song para impedir que lo investigaran. Chen supuso que Hua, con tal de aferrarse a la fantasía de ser Mao, quiso demostrar que era capaz de matar de forma tan despiadada como Mao.

—«La lenidad para con tu enemigo es un delito para con tu camarada» —repitió el Viejo Cazador, imitando el acento de Hunan como Mao con el ceño fruncido—. Ésa es la cita de Mao que solíamos cantar en el Departamento como si fuera una plegaria matutina durante los años de la dictadura del proletariado. No consigo entenderlo, jefe. Este cabrón habla y cita como si tuviera un disco del Libro rojo dentro de la cabeza.

—Ha interpretado tantas veces a Mao que ha acabado convirtiéndose en él. Cuando se vio amenazado por la investigación de Song, no dudó en ordenar que lo mataran. Del mismo modo que Mao se deshacía de sus rivales escudándose una y otra vez en las «divergencias sobre la línea del Partido».

—¡Soy Mao! —gritó Hua—. ¡A ver si lo entendéis de una vez!

—Hablas en sueños —le espetó Chen con sorna—. ¿Cómo podrías siquiera acercarte a la sombra de Mao? Para empezar, muchas mujeres sentían devoción por él, en cuerpo y alma. «El presidente Mao es grande, en todos los sentidos» Piénsalo. Muchos años después de su muerte, la señora Mao se suicidó por la «causa revolucionaria» de su marido. Tú puedes citar a Mao, ¿pero hay alguien que te sea fiel? Wang Anshi lo expresó muy bien: «Después de todo, el señor de Xiang es un héroe, / porque una belleza ha querido morir por él». ¿Y qué hay de ti? Ni siquiera pudiste conquistar el corazón de una «pequeña concubina».

—Hijo de puta —masculló Hua entre dientes, gruñendo ferozmente y mirando de un lado a otro como un animal atrapado—. No digas gilipolleces.

—Y tú no digas las mismas gilipolleces que decía Mao —interrumpió el Viejo Cazador.

—«No digas gilipolleces» era un verso de un poema que Mao publicó en sus últimos días, cuando creía que podía escribir cualquier cosa que le viniera en gana. La frase fue motivo de chanza entre la gente después de su muerte. Tal vez Jiao haya compartido la cama contigo, pero nada más —siguió diciendo Chen—. Como reza el antiguo proverbio, ella soñaba sueños diferentes cuando estaba en la cama contigo. Tú no sabías nada de ella.

—¿Y qué coño sabes tú?

—Sé muchas cosas, y tú no tienes ni idea de nada. Sé de sus pasiones, de sus sueños, de sus planes de futuro. Hablamos de todo esto durante horas en el jardín de Xie, y durante una cena a la luz de las velas en el restaurante que antes fue la casa de la Señora Chiang. Deja que te ponga un pequeño ejemplo: su dibujo de una bruja montada en una escoba que sobrevuela la Ciudad Prohibida. —Chen hizo una pausa con desdén deliberado, a fin de enfurecer aún más a Hua. Lo único que sostenía al empresario era el álter ego de Mao que había creado, y al que debía aferrarse a toda costa. Chen quería descubrir si Jiao le había mencionado algo a Hua sobre el auténtico material de Mao, oculto en la cabeza de la escoba o en cualquier otro sitio. Si se sentía muy presionado, puede que Hua acabara revelando el secreto. Por lo pronto, ya había admitido su implicación en el asesinato de Song—. Es tan simbólico, tan surrealista…, y algo se oculta detrás de la imagen…

—¡Cállate, cerdo! Te colaste por ella, te volvió loco. Hiciste todo lo posible por conquistarla con esa cena y con toda tu palabrería literaria, simbólica o no, pero no la conseguiste, no pudiste tocarle ni un solo pelo. Para demostrarme su lealtad, me juró que dejaría de verte para siempre. «¡Oh, al son de la Internacional, trágica y sublime, / un huracán viene a mi encuentro desde el cielo!»

Su reacción era la de un amante-emperador herido; no sabía nada acerca del material de Mao, ni de la cabeza de la escoba.

—¡Si yo no podía tenerla, tampoco ibas a poder tú, ni nadie más! —continuó diciendo Hua acaloradamente, echando saliva al hablar—. Has llegado demasiado tarde. Me traicionó, y tuvo que morir.

Las presiones de la investigación y sus celos irracionales, unidos al temor de que Jiao pudiera dejarlo por otro hombre, llevaron a Hua al límite. La estranguló no tanto para acallar sus gritos como para impedir, por una decisión de su subconsciente, que otros pudieran tenerla. Una vez más, ésta era la lógica de Mao, la lógica de un emperador. Como sucediera en la Antigüedad, las damas del palacio debían permanecer solteras y conservarse «intactas», incluso después de la muerte del emperador.

—¡Hijo bastardo de Mao! —exclamó el Viejo Cazador.

—Ahora —dijo Hua, incorporándose y apoyándose en un codo— dejadme que os cuente algo. Yo triunfé, y soy el emperador —dijo Hua con voz henchida de dignidad altiva. Súbitamente, se puso en pie de un salto intentando no perder el equilibrio y giró en redondo con inusitada agilidad—. Vosotros habéis fracasado, y sois los asesinos.

Fue una reacción inesperada, rápida y violenta, que cogió a Chen y al Viejo Cazador por sorpresa. Hua debió de recuperarse durante la llamada telefónica y la posterior conversación. El empresario se lanzó hacia delante e intentó golpearlos con el brazo derecho. Gracias a su corpulencia, arremetió contra ellos con tal fuerza que envió al Viejo Cazador de espaldas contra la pared. A continuación, corrió hasta el salón y giró bruscamente en dirección al largo pergamino con el poema de Li Bai que colgaba de la pared.

Chen no había previsto aquella reacción. Creyó vislumbrar una puerta detrás del pergamino, pero no estaba seguro porque el salón estaba envuelto en la penumbra. Maldiciendo, salió en persecución de Hua, quien corría como una exhalación. Pero Hua tropezó de repente y se tambaleó profiriendo un grito estremecedor, tras pisar el recogedor lleno de trozos de vidrio que Jiao había dejado en el suelo.

Chen llegó hasta él de una zancada y lo golpeó con el canto de la mano. El golpe resonó en la cabeza de Hua, y se le reabrió la herida que le había hecho el retrato de Mao. Hua se desplomó sangrando y se golpeó la cabeza contra la esquina de la mesa del comedor. Miró hacia arriba, se estremeció violentamente como presa de una pesadilla y volvió a perder el conocimiento, sin dejar de proferir un sonido gutural.

—¡Imbécil! —El Viejo Cazador corrió hacia el hombre inconsciente, le dobló hacia atrás los brazos y le puso las esposas—. ¿Y ahora qué, inspector jefe Chen? Los agentes de Seguridad Interna llegarán en cualquier momento. ¿Qué vamos a decirles?

—Interpretaremos nuestros papeles. Usted está jubilado, por supuesto, y casualmente patrullaba por la zona esta noche. Cuando oyó el ruido, subió rápidamente al piso de Jiao. Por supuesto, no sabe usted nada acerca del caso Mao…, acerca del caso.

Tal vez Seguridad Interna no se tragara esta versión, pero de algún modo era cierta. No podían controlar lo que hacía un poli jubilado.

Chen no estaba demasiado preocupado por lo que pudiera pasarle a él. Pekín le había dado libertad de acción. Gracias a haberlo grabado todo, y al testimonio del Viejo Cazador, podría inculpar a Hua por los asesinatos de Jiao, Yang y Song. Serían pruebas suficientes.

No le quedaba nada más por hacer, salvo entregar el pergamino de Mao a los altos cargos de Pekín. Y tampoco le sería difícil contar su versión de lo sucedido. Tal vez fuera necesario omitir algunos detalles, obviamente, pero lo mejor para él, y para todo el mundo, sería poner fin así al caso.

De este modo no podría considerarse un caso Mao.

Hua sería encerrado, convenientemente, como «chiflado». Dada la vinculación del asunto con la figura de Mao, nadie haría preguntas, y todo acabaría silenciándose. Lo presentarían como un caso más de asesinato, y quizá revelarían ciertos detalles, como el hecho de que Jiao fuera la mantenida secreta de Hua, su «pequeña concubina». Esta interpretación les parecería plausible a algunos, Jiao habría seguido los pasos de su abuela. De tal palo, tal astilla.

Semejante conclusión les parecería aceptable a los altos cargos del Partido, y no tendrían que seguir preocupándose por el material de Mao. Si Jiao había conservado algo, se había llevado el secreto a la tumba. Así acababa la historia de Shang.

Y también les parecería aceptable a los agentes de Seguridad Interna: vengaban a Song y ponían fin a la pesadilla que habían sufrido, aunque continuarían quejándose de Chen ante las autoridades de Pekín.

El inspector jefe Chen les había dado lo que se esperaba de él: una lista de respuestas que satisfaría a los dirigentes del Partido.

Pero ¿qué había de la lista de respuestas que tenía que presentarse a sí mismo?

Angustiado, echó otra mirada al cuerpo que yacía sobre la cama.

Se había esforzado en hacer un buen trabajo para que Jiao no se viera envuelta en una tragedia como la de Shang. Pero ¿realmente había hecho cuanto estuvo en su mano por ayudarla? Tuvo que admitir que su responsabilidad como agente de la ley era lo primero para él. Como policía que trabajaba dentro del sistema, y para el sistema, intentó recuperar el material de Mao pese a todos sus recelos. Por consiguiente, mientras examinaba la escoba dejó de prestar atención a lo que sucedía en el dormitorio. Dos o tres minutos de negligencia que tuvieron consecuencias fatales.

—No cabe duda de que usted es un poli excepcional —musitó el Viejo Cazador, intentando consolar a un abatido Chen.

—Un poli excepcional —repitió Chen.

Le vino a la mente lo que le había dicho Ling en aquella habitación siheyuan, entre los recuerdos del molinillo naranja que giraba en la ventana de papel, de sus lecturas de Marea primaveral sentados en un banco verde en el parque Beihai, de la llamada telefónica que se desvanecía bajo las alas relucientes de las gaviotas blancas que sobrevolaban el parque Bund, mientras el agua besaba la orilla…

Por aquel motivo, por sus ansias de ser un poli excepcional, había abandonado, o perdido para siempre, tantas cosas… Era demasiado doloroso pensar en ello. Alicaído, volvió a entrar en el dormitorio.

Vio la escoba en el suelo, cerca del vestidor.

¿Qué iba a hacer con ella?

La inspeccionaría antes de entregársela a los altos cargos de Pekín. A ellos les correspondería decidir cómo actuar para no ir en contra de los intereses del Partido. Fuera la que fuese su decisión, le reconocerían el mérito y Chen tendría el ascenso garantizado.

Así, también se respetaría el principio de no juzgar a Mao por su vida personal, aunque, en lo que se refería a Mao, lo personal tal vez no fuera tan personal después de todo. T.S. Eliot vertió sus experiencias personales en un poema incluido en el manuscrito de La tierra baldía; en el caso de Mao, su vida personal constituyó un desastre para toda la nación.

¿Y cuáles eran los deseos de Jiao?

No tuvo que responder a esa pregunta. La respuesta saltaba a la vista en el cuadro de la bruja que sobrevolaba la Ciudad Prohibida montada en su escoba: «¡Hay que barrer todos los bichos!». Chen tenía la impresión de haberse convertido también él en un bicho, un bicho abrumado por la culpabilidad e incapaz de mirar a Jiao a los ojos, que continuaban abiertos.

Aún más alicaído, Chen se fijó en el trocito de cebolleta picada que había sobre el elegante empeine de Jiao, un detalle minúsculo que la volvía intensamente real, aunque él la hubiera perdido para siempre. Jiao había caminado descalza por la cocina hacía muy poco. Chen no llegó a conocerla bien. Tal vez Jiao hubiera tenido sus defectos, posiblemente era tan vanidosa, coqueta, vulnerable y materialista como muchas otras chicas de su edad, pero, al igual que ellas, tenía derecho a seguir viva.

Sin embargo, como les sucediera a su madre y a su abuela, Jiao había muerto bajo la larga sombra de Mao.

Ya que el inspector jefe no había sido capaz de protegerla en vida, al menos debía intentar hacer algo por ella después de su muerte.

Chen volvió a mirar la escoba caída junto al vestidor. Si la dejaba allí, la inspeccionarían cuidadosamente, formaba parte del escenario del crimen y descubrirían lo que se ocultaba en su interior.

El sonido de una sirena atravesó la noche. Chen sintió el impulso de hacer algo, algo que nunca hubiera hecho un poli excepcional.

—Cuando salí a toda prisa del vestidor, tropecé con esta escoba y se cayó al suelo —explicó Chen, agachándose para recoger la escoba—. Voy a ponerla donde estaba.

—Escúcheme —dijo el Viejo Cazador con expresión reflexiva—, no tiene por qué explicarles nada a los de Seguridad Interna. Entramos juntos en el piso. La brigada de seguridad del barrio me había dado antes la llave maestra. Ya sabe a qué me refiero, jefe.

Chen comprendió qué sugería. El Viejo Cazador creía que no le sería fácil explicar por qué se encontraba en el interior del vestidor, y por qué no fue capaz de impedir que Hua matara a Jiao. Sería mejor afirmar que había irrumpido en el piso junto al policía jubilado. Tal vez Hua contradijera esa versión, pero nadie prestaría demasiada atención a los desvaríos de un hombre trastornado.

Sin embargo, era innegable que Chen había estado en el vestidor, y que, de no ser por su afán de recuperar el material de Mao, podría haberle salvado la vida a Jiao.

Chen volvió a guardar la escoba en el vestidor por otra razón.

—No, la escoba no forma parte del escenario del crimen —respondió Chen negando con la cabeza—. Será mejor que la guarde en el vestidor. —Chen cogió el estuche alargado que contenía el pergamino—. Tendré que entregárselo a las autoridades de Pekín.

De ese modo, lo que pudieran hacer con la escoba escaparía a su control. Y ya no sería asunto suyo.

No pensaba actuar contra la voluntad de Jiao, no con sus propias manos. Al menos, eso podría decirse a sí mismo después.

Y tampoco habría tratado de encubrir a Mao, pese a lo que pudieran juzgar o interpretar los demás.

La escoba, como muchos otros objetos del dormitorio, iría a parar a la basura. Tal vez alguien la recogiera y la usara para barrer, hasta que, sucia y gastada, acabara convirtiéndose en polvo…

Tal vez el objeto guardado en su interior saliera a la luz algún día. Para entonces, nadie podría afirmar que el material de Mao, fuera lo que fuese, había pertenecido a Jiao. Cuando ya no estuviera al frente del caso, Chen no tendría inconveniente en ver de qué se trataba. Él también sentía curiosidad.

Pero, por el momento, mientras no lo viera con sus propios ojos, no estaría ocultando información. Era algo que había aprendido de Xie.

—No se preocupe por mí, Viejo Cazador. Pekín me ha dado vía libre para la investigación. Y me conocen por mis métodos excéntricos.

Chen oyó el ulular de las sirenas y el pitido de los cláxones. Los coches de policía se acercaban al edificio. El Viejo Cazador se dirigió hacia la ventana y miró a la calle, que de repente se había vuelto tan ruidosa como el agua hirviendo.

Chen miró hacia arriba y vio la luna carmesí encaramada en lo alto del cielo nocturno, como si estuviera cubierta de sangre. Las pálidas nubes y la fría lluvia parecían lavarla.

Comenzó a susurrar un poema, en voz muy baja.

Los caballos galopan, el cuerno solloza.

Puede que el paso entre las montañas sea de hierro,

pero vamos a cruzarlo de nuevo,

vamos a cruzarlo de nuevo;

las colinas se extienden como si fueran olas,

el sol se hunde en sangre.

—¿Qué está recitando? —preguntó el Viejo Cazador, volviéndose para mirar a Chen.

—«El paso entre las montañas Lou», un poema de Mao —explicó Chen—; lo escribió durante la primera guerra civil.

—Deje en paz a Mao —replicó el policía jubilado, estremeciéndose como si se hubiera tragado una mosca—, ya sea en el cielo o en el infierno.