14

Era una mañana cálida y luminosa. Tras consultar el reloj, Chen cambió de idea y decidió no visitar a su madre. La próxima vez, se dijo. Quizá después del caso Mao. Tendría que haberle pedido a la tía Yao que le enviara algo de comida a su madre. El restaurante estaba bastante cerca de su casa, pensó Chen demasiado tarde, dirigiéndose apresuradamente a la estación de metro situada en el cruce de las calles Henan y Nanjin.

El inspector jefe se apretujó contra los demás pasajeros para entrar en el vagón abarrotado, donde no quedaba ni un solo asiento libre. Incluso le costó mantenerse en pie entre tantos codazos. Durante la hora punta los taxis se arrastraban como hormigas, pero el metro al menos se movía. Chen pensó de nuevo en Gang, un minusválido que nunca podría entrar en un vagón de metro como ése. En sus años de universidad, el antiguo Guardia Rojo debió de estudiar los clásicos, dada la forma en que salpicaba de citas sus comentarios. Todo el mundo debería ser responsable de sus actos, pero Gang, tan joven y tan apasionado entonces, decidió seguir a Mao. Y pagó un precio muy alto por ello.

Cada vez hacía más calor en el interior del vagón. Chen se secó el sudor de la frente y del cuello. El inspector jefe se tambaleó tras una sacudida repentina y le pisó el pie a una chica que estaba sentada leyendo un periódico matinal. Chen musitó una disculpa. Ella le sonrió y continuó repiqueteando con sus sandalias en el suelo del vagón. La chica llevaba un vestido de verano amarillo, parecía una mariposa. Le recordó a Yang.

Intentar sacarle algo a Gang tal vez fuera una pérdida de tiempo, pero el inspector jefe no quería dejar ni una piedra por remover. Estaba angustiado porque se sentía responsable de dos casos, no sólo de uno; los dos posiblemente relacionados, aunque todavía no sabía qué conexión había entre ambos.

Al cabo de media hora, Chen llegó a la Mansión Xie con la camisa empapada en sudor. Se sintió obligado a peinarse con los dedos el cabello mojado antes de tocar el timbre.

A causa del asesinato, la fiesta y la clase del fin de semana se habían cancelado. La gente no creía que Xie estuviera involucrado; sin embargo, nadie quería estar allí mientras los polis entraban y salían haciendo preguntas y, de vez en cuando, solicitando declaraciones.

Jiao salió a abrirle.

—¡Ah, bienvenido, señor Chen! Usted es el único visitante hoy. El señor Xie no se encuentra bien esta mañana. Por la impresión, ya sabe. Pero no tardará en bajar.

Jiao llevaba un vestido mandarín rosa y blanco sin mangas, con la espalda casi totalmente al descubierto. Una variación moderna del elegante vestido, pero cubierta por un delantal blanco. Calzaba zapatillas de satén rosa.

—He venido demasiado temprano —se excusó Chen, preguntándose qué haría allí la muchacha si no había ninguna clase ese día, y tampoco ninguna fiesta.

—No se preocupe. —Consciente de que Chen le miraba el delantal con curiosidad, Jiao añadió—: He venido a ayudar un poco.

—Es muy considerado de su parte.

—No cocino demasiado bien, pero Xie no sabe cómo funciona nada en la cocina. Siéntese, por favor —indicó Jiao, sacando un cuenco de cristal tallado lleno de fruta seca—. ¿Qué le apetece beber?

—Café.

—Estupendo. Acabo de hacerme una cafetera.

Jiao se comportaba como si fuera la anfitriona. Después de servirle un tazón de café, se dirigió con paso grácil hasta el sofá que había junto a la vidriera. Sobre una mesita de caoba había una taza de café al lado de una máquina de escribir antigua. Jiao debía de haber estado sentada allí, a solas.

Había un esbozo pequeño apoyado contra la pared. Podría ser suyo, recién acabado. Chen no empezó a hablar enseguida. Se sentó en silencio bebiendo el café a sorbos, aparentemente relajado.

Mientras lo miraba, tal vez Jiao se preguntara por el motivo de su visita. Las largas aberturas del vestido mandarín dejaban ver sus esbeltas piernas.

—Estoy preocupado por el señor Xie —dijo Chen por fin—. Conozco a un par de buenos abogados. Si es necesario, podría ponerme en contacto con ellos en nombre de Xie.

—Gracias, señor Chen. Song no presionó demasiado al señor Xie, no después de que él le demostrara que tenía una coartada. Song también me hizo a mí algunas preguntas, pero no demasiadas. Ya hemos hablado con un abogado al que el señor Xie conoce desde hace años, sólo por si acaso.

—Sí, bien hecho —respondió Chen—. Por cierto, ¿usted conocía bien a Yang?

—No, no demasiado bien. Era una chica muy moderna, que revoloteaba de un sitio a otro como una mariposa. Parecía conocer a mucha gente.

—Ya entiendo —dijo Chen, tomando la palabra «mariposa» como una comparación negativa—. Recuerdo que intentó arrastrarla a una fiesta el otro día.

—Es muy observador, señor Chen.

—No pude evitar fijarme en usted —respondió él, sonriendo—. Es usted muy diferente, como una grulla inmaculada que destaca entre los pollos.

Parecía como si flirteara con una chica atractiva: era el «acercamiento» que el ministro Huang le había insinuado. Sin embargo, no la presionó y bebió otro sorbo de café, que le pareció fuerte y amargo. Ella tampoco respondió. Permaneció sentada recatadamente, con la mirada baja.

El timbre de un móvil, que comenzó a sonar dentro de su delicado bolso de mano, interrumpió el breve lapso de silencio.

—Discúlpeme —se excusó Jiao, levantándose de un salto y saliendo a toda prisa por la cristalera, sin ponerse las zapatillas.

Su silueta, con el teléfono sujeto contra la mejilla, quedó enmarcada por la puerta como si fuera un cuadro al óleo. Ataviada con su vestido mandarín rosa y blanco parecía una flor de ciruelo, imagen que a Chen le recordó vagamente un poema. Algo pensativa bajo la luz matinal, parecía asentir con la cabeza a su invisible interlocutor. Jiao levantó la pierna derecha, la dobló hacia atrás y apoyó el pie contra el marco de la ventana sin dejar de rascarse el tobillo. Se había pintado de rojo las uñas de los pies, resplandecientes como pétalos.

Años atrás, es muy posible que Mao se hubiera sentido fascinado por alguien como ella…

Chen se levantó y se dirigió a la antigua máquina de escribir que había encima de la mesita de la esquina. Una Underwood. No tenía papel puesto. Chen tecleó dos o tres letras al azar, todas ellas oxidadas y pegadas las unas a las otras. La máquina de escribir, un trasto inútil en cualquier otra parte, era aquí un valioso adorno.

—Disculpe por la llamada, señor Chen —dijo ella, volviendo a entrar sigilosamente en el salón—. Por cierto, usted tiene asistenta en casa, ¿verdad?

—¿Asistenta? —Chen se sorprendió de esa pregunta, que era más bien una afirmación. Quizás Jiao lo daba por sentado, al tratarse de un supuesto hombre de negocios. Chen respondió con una evasiva—. Seguro que usted también tiene.

—Antes tenía, pero dejó el trabajo de repente, sin avisar y sin darme ninguna explicación. Ahora aquí todo está hecho un asco, así que tengo que venir a ayudar. Necesito a alguien en casa.

Chen no tenía asistenta, no le hacía falta. Su madre le había dicho que debía tener a alguien en casa para que se ocupara de sus cosas, pero Chen sabía a qué se refería, y no era precisamente a una asistenta.

¿Realmente necesitaba Jiao una asistenta? Un año atrás aún trabajaba de recepcionista, cobrando poco más que una asistenta. Era joven y vivía sola, por lo que probablemente las tareas domésticas de su piso no requerirían muchas horas.

Sin embargo, aquello le brindó una oportunidad que Chen no podía desaprovechar. Jiao no lo había invitado aún a su casa, ni era probable que lo invitara en un futuro próximo. Tener allí a una asistenta que mantuviera los ojos abiertos resultaría muy útil.

—Sí, no cabe duda de que necesita una asistenta.

—Las que vienen recomendadas por las agencias no son de fiar. Puedo tardar semanas en encontrar a alguna buena y de confianza.

—La mía es muy responsable —contestó Chen, improvisando—. Confío en ella, lleva años trabajando en el sector. Seguro que conocerá a alguien que pueda convenirle.

—Eso sería estupendo. ¿Cree que podría encontrarme una asistenta? Confío en usted.

—Hablaré con ella hoy mismo.

Jiao parecía realmente aliviada. Cogió su taza de café y cambió de postura, apoyando los pies sobre el brazo del sofá. No era una pose demasiado apropiada para una mujer ataviada con un vestido mandarín, pero no podía decirse que Jiao fuera una dama, como Shang. De hecho, a Chen le pareció singularmente vivaz, sentada así, con una brizna de césped del jardín pegada a la planta del pie, un pequeño detalle que la volvía real y cercana. Ya no la veía como un débil eco de la lejana leyenda de Mao y Shang.

Después de ofrecerse a ayudarlos, primero con la inmobiliaria y luego con el caso del asesinato de Yang, aunque fuera de forma indirecta, tanto Xie como Jiao comenzaron a mostrarse muy amables con él. La cena a la luz de las velas con Jiao podría haber influido sutilmente: ahora ella le hablaba de forma distinta y parecía confiar en él, como acababa de decirle. Chen deseó hacerse acreedor de su confianza.

Jiao volvió a levantarse, consciente de la expresión pensativa en el rostro de Chen.

—Iré a echar un vistazo al piso de arriba y le diré a Xie que está usted aquí. Tal vez quiera decirle algo.

—No, no se preocupe. Ahora tengo que irme —respondió Chen, levantándose a su vez—. He quedado con alguien para comer.

Le encontraría una asistenta; tal vez fuera un paso crucial para la investigación. La asistenta tendría que ser alguien en quien él confiara, por lo que descartaba acudir al Departamento en busca de ayuda.

Sin embargo, nada más salir de la mansión se dio cuenta de que no tenía el número de teléfono de Jiao, así que volvió a entrar a toda prisa.

Jiao, que hablaba de nuevo por el móvil, dijo algo apresuradamente al verlo.

—¡Ah!, me había olvidado de preguntarle su número de teléfono, Jiao.

—Lo siento, yo también me olvidé de dárselo —respondió ella, tapando el móvil con la palma de la mano—. Yo tengo el suyo, le llamaré dentro de unos minutos y así usted tendrá también el mío.

Después de salir otra vez de la casa, cerrando la puerta tras de sí, Chen decidió pasear un rato. Aquella mañana de finales de verano, las cigarras chirriaban de forma intermitente entre el verde follaje de los álamos franceses que flanqueaban la calle. La zona había pertenecido a la Concesión Francesa a principios de siglo.

Chen sacó el móvil y empezó a marcar el número de Nube Blanca, pero se detuvo tras pulsar las tres primeras teclas. Además de que Nube Blanca podría correr un gran riesgo, era demasiado joven y demasiado moderna, y por mucho que lo intentara, no podría hacerse pasar por una asistenta. Después de dudar durante unos instantes, Chen llamó al Viejo Cazador y le explicó el problema.

—Por eso necesito encontrarle una asistenta a Jiao, alguien de confianza. No tanto para ella como para nosotros. Alguien que pueda trabajar desde dentro mientras usted patrulla en el exterior.

—Se lo preguntaré a mi vieja. Conoce a mucha gente —respondió el Viejo Cazador—. Lo llamaré tan pronto como sepa algo.

Chen volvió a meterse el móvil en el bolsillo del pantalón. Miró al frente y vio a un vendedor ambulante de tofu fermentado, que se inclinaba sobre un hornillo portátil y un wok en una bocacalle resguardada del sol. Chen se dio cuenta de que la brisa le había traído el olor penetrante del tofu, tan familiar. Era un tentempié típico de Shanghai, con un sabor muy acre que siempre le había gustado. Un momento inoportuno para caer en la tentación, a la que Chen trató de resistirse.

Con todo, acabó torciendo por la bocacalle, al final de la cual tomaría un atajo hasta la estación del metro. Ya había hecho este recorrido antes. Además, ésta era una zona más tranquila, lo que le permitía concentrarse.

Si algo le había llamado la atención aquella mañana, fue la extraordinaria preocupación que Jiao había mostrado de nuevo por Xie. Se trataba de una relación más intensa de lo habitual entre alumna y profesor, pero Chen no supo ver el motivo oculto que tanto Song como el propio Chen sospecharon en un principio.

A continuación, el inspector jefe pasó junto a una verja de hierro forjado que cerraba la entrada a un callejón. Frente a la verja aguardaba un hombre que fumaba agazapado, vestido con una camisa negra de manga corta al estilo chino. El hombre le lanzó una mirada a Chen desde debajo de un sombrero de lona blanca calado hasta las orejas, que le protegía la cara del sol. Era una imagen bastante frecuente en una ciudad en la que tantas personas habían perdido su trabajo en años recientes. Chen percibió de nuevo el olor del tofu fermentado, aquel olor acre que tanto le gustaba…

Entonces oyó pasos que se le acercaban por detrás. Mirando de reojo, Chen vio que el hombre del sombrero blanco se precipitaba hacia él blandiendo una barra de hierro en la mano y mascullando entre dientes: «¡Hijo de puta entrometido!».

Chen no se había formado en la academia de policía, pero era muy rápido de reflejos. Ladeó la cabeza y se volvió hacia el hombre. Su agresor, que había intentado golpearlo con todo el peso de su cuerpo, falló y se abalanzó hacia delante. Los dos acabaron en una típica postura defensiva de kung-fu. Chen balanceó el brazo y lo dejó caer con fuerza sobre la espalda de su atacante, que se tambaleó y comenzó a agitar frenéticamente el antebrazo, tatuado con un dragón azul, en busca de apoyo. Sin embargo, antes de propinarle un segundo golpe, Chen divisó a otro hombre vestido de negro que se acercaba corriendo desde la calle Shaoxing, blandiendo una barra de hierro idéntica a la de su agresor. Parecía que los dos lo hubieran esperado en el cruce para tenderle una emboscada.

—Debéis de tomarme por otro, hermanos —dijo Chen, intentando recordar la jerga de la Tríada mientras el primer gángster recobraba el equilibrio—. Las aguas están inundando el templo del rey dragón.

—¿Quiénes son tus hermanos? ¡Un sapo feo se pone a babear cuando ve a un bello cisne! Deberías mear y contemplar tu reflejo en el charco —dijo el segundo hombre, precipitándose hacia él tan rápido como un rayo.

Tras esquivar el golpe, Chen contraatacó con el puño derecho y notó que la barra de hierro le rozaba el hombro izquierdo. Tras tambalearse, cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el muro de ladrillos pardos de una casa de dos plantas situada en la esquina del callejón. Al caer, consiguió darle una patada en el abdomen al segundo matón, que empezó a retorcerse de dolor. Chen dio un paso hacia la izquierda, frenando instintivamente con su brazo entumecido otro golpe del primer agresor. Resollando y bamboleándose, estudió la situación con creciente desánimo. Podía enfrentarse a uno de ellos, pero contra dos hombres que blandían barras de hierro no tenía ninguna posibilidad.

Sólo conseguiría zafarse de los matones volviendo a la calle Ruijing. Si la calle estaba concurrida, y si algún policía hacía guardia —posiblemente un agente de paisano de Seguridad Interna—, los gángsteres no le alcanzarían, menos aún si armaba un gran escándalo a plena luz del día.

Tras volverse, corrió veloz hacia la calle principal, con los dos gángsteres pisándole los talones.

Mientras corría en dirección a la calle Ruijing Chen no vio a ningún policía ni a ningún agente de Seguridad Interna.

En el cruce sólo había un par de peatones, pero ninguno de ellos mostraba intención de intervenir; observaban lo que sucedía como un público absorto ante una escena de una película de artes marciales.

La puerta de la Mansión Xie estaba cerrada, como era habitual. Entonces Chen dirigió la mirada al otro lado de la calle, al pequeño café en el que había estado antes. Sobre la puerta de entrada colgaba un letrero de neón centelleante, donde se leía la palabra abierto. Y detrás del tabique había una puerta trasera, recordó Chen.

Giró en redondo y, cuando cruzaba corriendo la calle, a punto estuvo de chocar con una bicicleta. Una pareja salía del café charlando, con las manos entrelazadas. Chen se abalanzó sobre ellos y empujó a la mujer contra un ventanal, mientras el hombre agitaba el brazo con furia. Tras irrumpir en el café, para consternación tanto de los clientes como de la camarera, Chen cerró la puerta tras de sí antes de salir, a toda prisa y sin ser visto, por la puerta trasera, que daba a una callejuela.

En menos de un minuto los gángsteres empezaron a aporrear la puerta delantera, pero Chen tuvo tiempo suficiente para escapar por la callejuela antes de que los dos matones pudieran alcanzarlo. Al torcer por la calle Shaoxing, le pareció oír un terrible estruendo procedente de la callejuela.

Un taxi pasó a toda velocidad. Agitando la mano frenéticamente, Chen se dirigió al taxi a toda prisa y se metió en él, respirando con dificultad.

—Conduzca.

—¿Adónde?

—A cualquier parte. Usted conduzca.

Chen no fue capaz de reconstruir la secuencia de los hechos hasta que el taxi entró en la calle Fuxing.

Había sido una emboscada, no le cabía ninguna duda. Tal vez los gángsteres llevaran días siguiéndolo. En un par de ocasiones, tras entrar en la calle Shaoxing había cortado por la bocacalle hasta llegar a la estación de metro. Los agresores se habían situado en el cruce para esperar a Chen viniera por donde viniera.

A juzgar por su indumentaria, las barras de hierro, el tatuaje en el brazo de uno de ellos y la jerga que empleaban, era evidente que ambos eran miembros de la Tríada. No habían tratado de ocultarlo.

Sin embargo, Chen no recordaba haber molestado a ninguna organización en particular. Recientemente se había creado una brigada especial en el Departamento con el objeto de luchar contra el crimen organizado en la ciudad. La responsabilidad principal de la Brigada de Casos Especiales era investigar los asuntos políticos delicados. Gracias a que conocía a personas relacionadas con la Tríada, como Gu, Chen había conseguido mantenerse al margen de situaciones peliagudas.

No descartaba que lo hubieran confundido con alguien, pero tampoco podía darlo por seguro.

Y, en cuanto a una emboscada, ¿cuál sería el objetivo? De acuerdo con la tradición de las Tríadas, por lo que sabía Chen, una emboscada era una advertencia o un castigo. Con las barras de hierro, características de la cultura de las Tríadas, propinaban palizas; así sucedía en una película que había visto sobre las Tríadas, en la cual la víctima se retorcía en el suelo, brutalmente golpeada, mientras los gángsteres le espetaban entre dientes: «Si no te enmiendas, la próxima vez será mucho peor».

Sin embargo, lo que los matones le habían dicho a él daba a entender algo distinto.

Al llamarlo «entrometido» probablemente se referían a que se había involucrado en algún asunto de la Tríada. Chen no tenía ni idea de qué podría tratarse. Al fin y al cabo, muchas de las cosas que el inspector jefe había hecho podrían haberse interpretado de esa manera.

En cuanto a la metáfora sobre el sapo y el cisne, en un principio se refería a un hombre que pretendía a una mujer inalcanzable, generalmente un hombre feo o de posición social inferior que pretendía a una mujer bella o de clase social superior. Podía ser una advertencia sobre alguna relación imposible.

En la vida de Chen no había ninguna mujer, no por el momento. Irónicamente, Ling se podía haber considerado un «cisne» por pertenecer a una familia de cuadros superiores, pero acababa de casarse con otro.

En cuanto a Nube Blanca, una universitaria joven y atractiva que tiempo atrás le había hecho de «pequeña secretaria», nunca hubo nada serio entre ambos, al menos no por parte de Chen. Tenía cierto sentido, sin embargo, que un amante celoso viera al inspector jefe como un obstáculo. Era una posibilidad remota, pero Chen pensó que debía comentárselo a Gu.

Por otra parte, tal vez la advertencia se debiera a que se relacionaba con las alumnas de Xie. La mayoría tenía a hombres ricos y poderosos detrás, y uno de ellos podría haberse vuelto loco de celos. Pero Chen era un recién llegado a ese círculo, un aspirante a escritor bastante sesudo, por no decir bastante patoso, que no se había insinuado a ninguna de ellas, ni siquiera a Jiao. En la mansión, casi todos los invitados flirteaban un poco entre sí mientras bebían y bailaban bajo la luz tenue, al son de sugerentes melodías. Nadie se tomaba estos escarceos demasiado en serio.

—Entonces, ¿adónde quiere ir, señor? —volvió a preguntar el taxista.

—¡Ah! A la calle Fuxing —respondió Chen.

Le dolía muchísimo el hombro. Tendría que ir al médico. El doctor Xia, tras jubilarse de su puesto en el Departamento, trabajaba en una clínica privada de la calle Fuxing.

—Tendremos que dar un rodeo.

—¿Por qué? —preguntó Chen distraídamente.

—Por el nuevo edificio. Están construyendo un complejo de pisos de lujo junto a la calle Tiantong.

De repente le vino a la mente otra explicación: la inmobiliaria con contactos con «la manera blanca» y la «manera negra». Tal vez ellos lo hubieran visto como un entrometido. Esas empresas, que tenían buenos oídos y brazos muy largos, podrían haber oído hablar de él a través de sus contactos en el Gobierno municipal. Pero ¿a qué venía entonces la metáfora sobre el sapo y el cisne? No parecía guardar relación con nada.

El taxi se detuvo por fin frente a la clínica, un edificio nuevo de color blanco. A través de la puerta, Chen vio un tapiz de terciopelo con una cita de Mao escrita en caracteres llamativos: servir al pueblo.

Mientras pagaba al taxista se le ocurrió otra posibilidad. ¿Habían intentado impedirle que siguiera con la investigación? De ser así, la orden debía de proceder de otra sección del Departamento. O de los altos cargos de Seguridad Interna, que tenían sus razones para estar irritados con él. O incluso de la Ciudad Prohibida. De hecho, la investigación estaba relacionada con Mao, al menos en parte, y el resultado de sus pesquisas podría afectar a la legitimidad del Partido. Sin embargo, sólo el Viejo Cazador y el subinspector Yu sabían que había enfocado el caso desde esa perspectiva, y sólo lo sabían parcialmente…

—Aquí tiene su recibo —dijo el taxista, con evidente preocupación en la voz—. ¿Está bien, señor?

—Estoy bien —respondió Chen cogiendo el recibo, por una cantidad muy elevada. El taxista debía de haber conducido durante bastante tiempo antes de preguntarle adónde quería ir.

Chen bajó del taxi con aire aturdido. La cabeza le dolía tanto como al mono de Viaje al oeste, al que un maldito aro le comprimía la frente.