13

Chen volvía a estar inmerso en un sueño recurrente: una antiquísima gárgola gris susurraba algo en la Ciudad Prohibida al ponerse el sol, en medio de murciélagos negros que revoloteaban alrededor de grutas sombrías. Entonces se despertó.

Chen permaneció tumbado con la cara oculta en la almohada blanca durante varios segundos, intentando descifrar si el ruido podía ser el agua que goteaba en el palacio. Era el teléfono, sonando con estridencia bajo la luz grisácea del amanecer. Al descolgar escuchó la voz de Yong, que le llamaba desde Pekín.

—Ling ha vuelto. ¿Sabes qué? Ese hijo de puta desalmado tiene una pequeña secretaria. Ling lo acaba de descubrir y, de momento, se ha ido a vivir a casa de sus padres.

La voz de Yong se oía clara y nítida, a diferencia de los murmullos indistintos de su sueño. Mientras escuchaba, Chen se frotaba los ojos, aún desorientado.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Quién tiene una pequeña secretaria?

—¿Quién va a ser? El maldito hijo de puta con el que se ha casado.

—Vaya.

Alargó el brazo para coger un cigarrillo al percatarse finalmente de la rabia con la que hablaba Yong. Luego se incorporó en la cama y se apoyó en un codo.

—No digas «vaya» otra vez, di algo más. Haz algo, Chen.

Pero ¿qué podía hacer él?

No era asunto de la policía detener a la «pequeña secretaria» de nadie, una situación que había pasado a formar parte del «socialismo con características chinas». Cualquier nuevo rico tenía, invariablemente, una pequeña secretaria —su joven amante— como símbolo de su riqueza y de su éxito. En algunos casos, tenía incluso una «pequeña concubina». En cuanto al marido de Ling, empresario y funcionario de una familia de cuadros superiores, lo sorprendente sería que no la tuviera.

—Tal vez aún haya esperanza para vosotros. Ven a Pekín, Chen. Ling no es feliz. Tú y Ling deberíais hablar. Tengo muchas sugerencias que hacerte.

—Estoy en medio de una investigación, Yong —repuso Chen, con la boca inexplicablemente seca—. Una investigación importante.

—Siempre estás ocupado, nunca piensas en nada que no sea tu trabajo en la policía. Ése es tu verdadero problema, Chen. Ling me contó que pensaba en ti incluso durante su luna de miel. Puede que seas un policía excepcional, pero me decepcionas como persona.

Yong colgó el teléfono con brusquedad, presa de la frustración. Al otro lado del pasillo, su vecino cerró la puerta de golpe, como si quisiera solidarizarse con Yong.

Chen se acercó el cenicero lleno de colillas y de cerillas usadas del último par de días. Lo que le había dicho a Yong era cierto, estaba involucrado en un caso sobre Mao, algo que ni siquiera podía explicarle.

No era el momento más indicado para viajar a Beijing, pese a todas las sugerencias que Yong había prometido hacerle. La luna de miel de Ling apenas había acabado. Fuera cual fuese el problema que la acuciaba ahora, Chen no tenía ningún derecho a inmiscuirse.

El inspector jefe se acabó el cigarrillo antes de levantarse. Aún atontado a causa del sueño interrumpido, se dirigió al lavamanos y se lavó los dientes vigorosamente mientras la imagen de la gárgola gris iba desapareciendo. Aún tenía un gusto amargo en la boca.

En la pequeña nevera no había casi nada: una caja con sobras de pato asado de la semana anterior y media caja de sobras de cerdo a la parrilla de quién sabía cuándo, ambas de sus comidas fuera de casa, y un cuenco de arroz frío duro como una piedra. No le apetecía desayunar fuera de casa. En las últimas dos semanas se había gastado el sueldo de todo el mes, y tuvo que volver a recurrir a sus ahorros. Quizá le devolvieran una parte de los gastos en los que había incurrido a causa de su misión especial, pero no estaba seguro de cómo acabaría el caso Mao, y no quería enviar una factura astronómica si fracasaba en su investigación. Decidió prepararse un chop suey y puso a hervir todas las sobras en una olla de agua caliente, junto a unas cebolletas, jengibre y un pimiento desecado que encontró en la nevera. En un impulso, sacó la botellita de tofu fermentado y lo echó en la olla, junto al líquido multicolor.

Cuando la olla hervía sobre el quemador de gas, volvió a sonar el teléfono. Esta vez era Song.

—He hablado con Gao Dongdi, un abogado para el que había trabajado Yang, y también con algunos amigos y familiares de ella…

A decir verdad, Chen tuvo que admitir que Song, pese a seguir presionando para adoptar «medidas contundentes», no había dejado de investigar el asesinato por otras vías.

Chen encendió otro cigarrillo mientras escuchaba. Si Xie no estaba involucrado, el asesino de Yang, que había abandonado el cadáver en el jardín, aún andaba suelto. Tal vez el asesinato no guardara relación con el caso Mao, pero no por ello iba a dejar de investigarlo.

—Todos los que van a la Mansión Xie tienen sus razones —siguió explicando Song—. Algunos quizá vayan para sentirse parte de la élite social, pero otros lo hacen por cuestiones más prácticas. Por ejemplo, Yang acudía a la Mansión Xie para establecer contactos. Esperaba resultarles irresistible a los «bolsillos llenos», y posiblemente tuviera algo más importante en mente: hacerse con la mansión. Xie pasa de los sesenta. Es un hombre divorciado, sin herederos.

—Ése es un posible móvil de asesinato —contestó Chen—, al menos para todas esas jóvenes rivales que mantienen una estrecha relación con Xie.

—Sin embargo, si eso fuera cierto —dijo Song, contradiciéndose , el cuerpo de Yang habría aparecido en cualquier sitio menos en el jardín de Xie.

Además, Yang no mantenía una relación demasiado estrecha con Xie, tal y como Chen había observado. No suponía una amenaza seria para ninguna rival.

Si había alguna persona que estaba muy unida a Xie, ésa era Jiao. Sus atenciones con Xie habían ido más allá de lo que Chen hubiera esperado, por no mencionar la coartada que le había proporcionado a su mentor. Con todo, a Chen le costaba creer que Jiao fuera una joven materialista movida por intereses económicos. Esa imagen no encajaba en absoluto con lo que sabía de ella.

No obstante, por una vez, Song y Chen parecían converger en el mismo punto: la posible relación entre Xie y Jiao.

Tras hablar con Song, Chen permaneció absorto en sus pensamientos durante varios minutos antes de encontrar el chop suey totalmente carbonizado sobre el quemador de gas. Se dirigió entonces a la ventana y encendió el tercer cigarrillo de la mañana mientras contemplaba los nuevos rascacielos que aparecían por toda la ciudad, como brotes de bambú después de un chubasco primaveral. El inspector jefe notó que le empezaba a temblar el párpado izquierdo: un mal augurio, según las supersticiones populares en las que creía el Viejo Cazador. Chen frunció el ceño, intentando encontrar un té fuerte apropiado para su estado de ánimo.

Tras rebuscar de nuevo en el cajón, sólo vio una diminuta botella de ginebra, posiblemente un recuerdo de algún viaje en avión. Le desconcertó que hubiera aparecido precisamente aquella mañana, como la gárgola del sueño. La botella era diminuta, más pequeña aún que el «petardo pequeño» que había visto en la mano de Gang el día en que le asignaron el caso.

De pronto se le ocurrió un plan para aquella mañana.

Iría al restaurante que se encontraba cerca del piso de su madre. Gang le había dicho que solía sentarse allí de la mañana a la noche. Tal vez no lo encontrara, pero no perdía nada con intentarlo. Desayunar allí no sería caro. Y quizá se pasara después por casa de su madre para hacerle una visita breve.

A la entrada del restaurante, la tía Yao vendía bolas de arroz tibio rellenas de masa recién frita a los clientes que esperaban en la cola, bostezando o frotándose los ojos. La mujer pareció asombrarse al verlo llegar aquella mañana, y lo miró de reojo mientras envolvía las bolas de arroz glutinoso que tenía en las manos. Chen vio que Gang estaba sentado a solas en el interior del restaurante.

—¡Ah, el Pequeño Chen! Hoy viene muy pronto —dijo Gang.

—Esta mañana he encontrado esta botella de ginebra por casualidad, así que he pensado en usted.

—Cuando oyes los tambores y los gongs de la batalla, piensas en un general. Usted es una especie de caballero de la antigüedad.

Gang sólo tenía una taza de agua fría sobre la mesa manchada de vino. Ni bolas de arroz ni tiras de masa frita. Y nada de alcohol. Tal vez estuviera allí sentado porque el restaurante era como su segundo hogar.

—Es demasiado pronto para mí —dijo Gang, cogiendo la botellita.

—Dos cuencos de fideos con ternera picante, tía Yao —pidió Chen.

—El licor extranjero podría ser demasiado fuerte para el desayuno. —Gang estudió la botella de ginebra con detenimiento, dándole la vuelta en la palma de la mano.

—Tiene razón. —Chen se dirigió de nuevo a la tía Yao, diciéndole en voz alta—: Y una botella de vino de arroz Shaoxing.

—No ha venido aquí por los fideos, ¿verdad? —dijo Gang, con un brillo repentino en los ojos—. Dígame si puedo ayudarlo en algo.

—Está bien, vayamos al grano, Gang. Usted fue un líder de los Guardias Rojos al principio de la Revolución Cultural. Tengo algunas preguntas sobre la campaña para «barrer a los Cuatro Viejos». Entonces yo era muy joven, ¿sabe? Había muchas cosas que no entendía. Empiece hablándome de esa campaña.

—Bueno, Mao quería volver a arrebatarles el poder a sus rivales en el Partido, así que movilizó a los estudiantes para que se convirtieran en Guardias Rojos, una fuerza de las bases que combatiría por él. En la primera campaña de la Revolución Cultural, los Guardias Rojos recibieron la orden de «barrer a los Cuatro Viejos»: viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres y viejos hábitos. Así que ciertos enemigos de clase, como capitalistas, terratenientes, intelectuales y artistas famosos, se convirtieron en blancos fáciles. Fueron sometidos a las críticas de las masas, y se registraron sus hogares en busca de «objetos antiguos», que los Guardias Rojos destruían o robaban.

—Sí, a mi padre le quemaron todos los libros. Y a mi madre le arrancaron un collar que llevaba puesto.

—Siento que su familia sufriera. Mao declaró la campaña para «barrer a los Cuatro Viejos» una actividad revolucionaria, y los Guardias Rojos creían cualquier cosa que él dijera. Pegamos muchas palizas, pero más tarde también nos las pegaron a nosotros. —Gang se inclinó para remangarse los bajos de los pantalones—. Mire, a mí me lisiaron de una paliza. Karma.

—Todo se debió a la Revolución Cultural, y usted también pagó un precio muy alto. No sea duro consigo mismo, Gang. En aquella época había infinidad de enemigos de clase «negros», y muchas organizaciones de Guardias Rojos. ¿Cómo se llevó a cabo la campaña?

—Cada fábrica, escuela o unidad de trabajo contaba con una organización de Guardias Rojos o con algún grupo similar, pero también había organizaciones más grandes, como la mía, compuestas por Guardias Rojos procedentes de distintas escuelas. Para realizar una acción «de barrido» contra una familia determinada, por lo general no era necesaria la intervención de una organización grande como la nuestra. Por ejemplo, si su padre era profesor universitario, debieron de ser las organizaciones de Guardias Rojos de la universidad las que asaltaron y saquearon su casa.

Gang dejó de hablar cuando llegaron los fideos y el vino de arroz. La tía Yao había dispuesto las lonchas de ternera en una bandejita aparte, en lugar de colocarlas sobre los fideos. También les trajo, gratis, un plato de cacahuetes hervidos.

—Los fideos «del otro lado del puente» —dijo Gang muy animado, abriendo la botella de vino de arroz de un golpe contra la esquina de la mesa, y levantando sus palillos a modo de invitación, como si fuera el anfitrión—. Para que podamos tomar el vino acompañado de carne. La tía Yao es muy considerada.

—Me han dicho que también enviaron algunas escuadras especiales desde Pekín, del Grupo para la Revolución Cultural del Comité Central del Partido Comunista, el CCPC.

—¿Por qué le interesa todo esto? —preguntó Gang, levantando la vista.

—Soy escritor —explicó Chen, sacando una tarjeta de la Asociación de Escritores—. Voy a escribir un libro sobre aquellos años.

—Bueno, merece la pena hacerlo, Pequeño Chen. Hoy en día los jóvenes no tienen ni idea de la Revolución Cultural; lo único que saben es que los Guardias Rojos eran monstruos malvados. Debería publicarse algún libro objetivo y realista sobre aquel periodo —dijo Gang, depositando de nuevo los palillos sobre la mesa—. Volviendo a su pregunta. ¿Quién dirigía el Grupo para la Revolución Cultural del CCPC en Pekín por aquel entonces? La señora Mao. ¿Quién estaba detrás de ella? Mao. Cuando las enviaron a Shanghai, esas escuadras eran muy poderosas y capaces de hacer cualquier cosa: golpear, torturar y matar sin informar al Departamento de Policía y sin preocuparse de las consecuencias. En resumen, eran como el enviado especial del emperador que blande la espada imperial.

—¿Se pusieron en contacto con su organización? Al fin y al cabo, ellos eran como dragones venidos de algún lugar lejano, mientras que ustedes eran las serpientes locales más grandes.

—Solían enviar a escuadras pequeñas con alguna misión secreta. De vez en cuando solicitaban nuestra cooperación. Por ejemplo, si querían adoptar medidas enérgicas contra alguien, nosotros les ayudábamos y, si hacía falta, manteníamos a otras organizaciones alejadas del blanco.

—¿Recuerda a Shang?

—Shang… Sólo que era actriz. Es todo lo que recuerdo.

—Una escuadra especial se ocupó de ella durante la campaña para «barrer a los Cuatro Viejos». Se suicidó.

—Así que eso es lo que quiere saber. —Gang apuró el vaso de un trago—. No podría encontrar a nadie mejor que yo para ayudarlo, Pequeño Chen. Casualmente, me he enterado de algo acerca de esas escuadras especiales. Algunos actores sabían ciertas cosas sobre la señora Mao en los años treinta, sobre su escandalosa vida privada como actriz de tercera. Por eso quería silenciarlos. Los persiguió hasta la muerte y destruyó cualquier prueba incriminatoria, como viejas fotografías o periódicos. Cosas antiguas, desde luego. En el juicio a la Banda de los Cuatro, lo que hizo la señora Mao durante la campaña se mencionó como parte de sus delitos.

—Es una teoría.

Aunque en el caso de Shang, pensó Chen llevándose el vaso a los labios sin probar el vino, al ser mucho más joven que la señora Mao, no podía tener ninguna información sobre la época en que la esposa del presidente trabajó de actriz.

—No estoy seguro acerca de Shang. No es un nombre que relacione con esos años —siguió explicando Gang mientras se servía otro vaso de vino—. Quizás estaba demasiado ocupado. Pero puedo intentar ponerme en contacto con el que fue mi ayudante entonces, por si él sabe algo. Hace mucho que no lo veo.

—Sería de gran ayuda si él pudiera recordar algo.

—Usted me trata como si yo fuera un representante del Estado y, como tal, debería hacer algo a cambio, naturalmente.

—Se lo agradezco de verdad —respondió Chen, mientras escribía su número de móvil en su tarjeta—. No me llame al número del despacho, no suelo estar.

—Ah, así que usted también es un representante de la ciudad. —Gang examinó la tarjeta detenidamente—. El otro día, cuando condescendió a sentarse conmigo, enseguida supe que usted era distinto. Usted es alguien, Pequeño Chen. Siempre será bienvenido aquí, pero no tiene por qué beber conmigo. Si no, la tía Yao me matará.

—¿De qué hablas? —preguntó la tía Yao, acercándose a su mesa muy escamada.

—De tu corazón de oro por haber tolerado a un borracho inútil como yo durante tantos años.

—¿Alguna cosa más? —le preguntó la mujer a Chen sin responder a Gang.

—No, yo ya me marcho. Gracias —contestó Chen levantándose—. No se preocupe, tía Yao. Gang me ha dicho que no beba con él. La próxima vez sólo pediré fideos.