29
De repente se encendió una luz dentro del vestidor; parecía como si se hubiera activado con el sonido de las pisadas de Jiao al acercarse.
Era una lucecita minúscula, que sólo iluminó tenuemente un círculo en el suelo. Probablemente estaba conectada a un temporizador automático.
Conteniendo la respiración, Chen tensó los músculos y se dispuso a salir corriendo.
Pero la puerta del armario no se abrió.
Para su sorpresa, los pasos comenzaron a alejarse.
A Chen le pareció oír, sudando entre sorprendido y aliviado, que Jiao se dirigía a la cocina.
Al cabo de un minuto la oyó volver, probablemente con la escoba de la cocina.
Fue un auténtico milagro que hubiera ido a buscar la escoba de la cocina en lugar de coger la que guardaba en el vestidor.
«Mao» encendió la lámpara de la mesita de noche después de que Jiao volviera al dormitorio.
Chen alcanzó a ver por fin el cuerpo de Jiao, de un blanco refulgente, y contempló la delicada tensión de su espalda curvada y de sus nalgas cuando la muchacha se agachó para barrer el suelo con una escoba y un recogedor.
No fue más que una visión fugaz. Jiao recogió los trozos de cristal y volvió a la cocina con la escoba y el recogedor.
Al regresar al dormitorio, la muchacha apagó la luz nada más meterse en la cama.
¿Por qué se había molestado en ir, desnuda, hasta la cocina para buscar una escoba cuando guardaba otra en el vestidor? Quizá no quería usar una escoba suave para limpiar el té vertido en el suelo. En Shanghai solían usarse escobas hechas con trozos de bambú en los patios de las casas shikumen o en las cocinas con suelo de cemento. Para un dormitorio, sin embargo, se empleaban escobas fabricadas con juncos de Luhua, u otras de mejor calidad, fabricadas con bonote…
—Primero dijiste que ibas allí por las clases de pintura —siguió diciendo «Mao»—. Pensé que te vendría bien ir, pero cada vez pasas más tiempo en la casa de Xie. Clases, fiestas…, y a veces vas sin ninguna excusa. ¿Por qué?
—¿Qué puedo hacer aquí? Tú siempre estás ocupado, sólo vienes por tu ración de nubes y de lluvia.
—Y eso no es todo. Has estado cuidando muy bien a Xie, cocinando, limpiando y lavándole la ropa, pero necesitas una asistenta para que te ayude aquí. Cuando estuvo enfermo en el hospital, te quedaste horas junto a su cama.
—Xie ha sufrido mucho. Ahora es un anciano que vive solo, y yo sólo quiero ayudarlo un poco, como también hacen sus otras alumnas.
—¿Como hacen sus otras alumnas? No sigas tomándome el pelo. Incluso llegaste a proporcionarle una coartada falsa. Aquella noche, por lo que recuerdo, volviste a casa bastante pronto. ¿Por qué lo hiciste?
—Es incapaz de hacerle daño a nadie, incapaz de matar una mosca. Intentaron tenderle una trampa, tuve que ayudarlo.
—¿Ayudarlo? ¿Ayudarlo posando desnuda para él y arriesgándote a cometer perjurio por él? —preguntó «Mao» alzando la voz—. Me dijiste que, antes de ir a sus clases, no lo conocías. Eso es otra mentira. Hizo cuanto estuvo en su mano por ayudarte, y me remonto a los años que pasaste en el orfanato.
—Yo no sabía nada.
—Ahora es toda una leyenda en Shanghai. Tiene una mansión que vale una fortuna, además de una colección fabulosa.
—¿Por quién me tomas?
—¿Cómo puede importarte un tipo tan patético?
¿Era posible que le importara? Si bien Chen había observado que existía algo entre Xie y Jiao, nunca había contemplado realmente esa posibilidad.
No obstante, no resultaba del todo descabellado pensar que Jiao se hubiera sentido atraída por Xie. No necesariamente por intereses materiales, sino por un ansia espiritual. Tal vez viera en el entorno de Xie la continuación imaginada del mundo de Shang, destrozado por Mao. Además, la relación con Xie quizás aportara un significado simbólico a la trágica vida de la joven, porque el recuerdo de Mao también estaba destrozando su mundo.
—¿Acaso te importo como ser humano? No, no soy más que un objeto de tu fantasía, como un jarrón, un adorno, un Mercedes o una casa.
—¿Estás mal de la cabeza? Compré aquel pergamino para ti. Costó el equivalente de cinco Mercedes.
—No, lo compraste para ti. Para alimentar tu fantasía de ser Mao.
—Y si le propuse a Xie comprarle la casa fue por ti. Xie no sería nada sin esa maldita casa.
—¡Tú estabas detrás de la oferta que le hizo la inmobiliaria! Debería haberlo imaginado. Tú y tus contactos con la «manera blanca» y con la «manera negra».
—De no haber sido por la intromisión de Chen, Xie estaría hoy en la calle. Y ahora escúchame bien. El que se interponga en mi camino, sea quien sea, recibirá su merecido. No se librará ni siquiera tu señor Chen, pese a todos sus contactos. La próxima vez no escapará sólo con una advertencia de mis hermanitos.
—¿Por eso se marchó de repente de la ciudad? ¡Eres capaz de cualquier cosa!
—Sí, soy capaz de deshacerme de cualquiera que se me ponga por delante. Y ni se te ocurra pensar que alguien te ayudará a alejarte de mí. No hay nadie en este mundo capaz de ayudarte. Ni Chen, ni Xie ni Yang…
—¿Yang? ¿Por qué mencionas a Yang?
—Esa puta intentaba arrastrarte a otras fiestas, donde seguro que habrías conocido a otros hombres.
—¿Qué? —Jiao se incorporó en la cama, que crujió y chirrió—. ¿Cómo has podido…?
—¡Usa el cerebro, joder! —gruñó «Mao»—. ¿Quién más cuida de ti?
—Tú sólo te cuidas de ti mismo. Follas conmigo sólo porque Mao se follaba a mi abuela.
—Pero yo soy Mao, el hijo del cielo, y tú no puedes ser de nadie más. ¡De nadie más!
Chen estaba seguro de que el hombre tumbado en la cama estaba loco. No se limitaba a imitar a Mao, creía ser Mao.
—Pero Yang…
Jiao no pudo acabar la frase y comenzó a sollozar desconsoladamente.
—Preferiría defraudar a todos los habitantes del mundo antes de que ellos me defraudaran a mí. ¡Hacer la revolución no es como invitar a la gente a cenar, estúpida!
Chen reconoció la primera frase. Era una cita de Cao Cao, un estadista de la dinastía Han al que admiraba Mao. Y la segunda era una cita famosa del Libro rojo, una frase que los Guardias Rojos repetían mientras golpeaban a la gente y destrozaban sus posesiones a principios de la Revolución Cultural.
Por otro lado, el comentario del hombre también daba a entender que había matado a Yang porque, a su modo de ver, la muchacha se había convertido en una amenaza para él. Su asesinato, y el posterior abandono de su cadáver en el jardín de Xie, podría haber servido para acabar con el viejo —también una amenaza— de no haberle proporcionado Jiao inesperadamente una coartada.
—Eres un monstruo demente, matas como si arrancaras malas hierbas —gritó Jiao histérica.
—¡Perra desagradecida!
El hombre la abofeteó con fuerza.
—¡Hijo bastardo de Mao!
Su protesta dio paso a un sonido sordo: «Mao» debía de estar impidiendo que gritara. Por la noche, el alboroto procedente de la habitación de una joven soltera podría llamar la atención de los vecinos.
Chen se levantó de un salto y asió el borde de la puerta, pese a que aún no estaba seguro de cómo actuar. La violencia doméstica no era una de sus prioridades en aquellos momentos, y podría enterarse de muchas más cosas si Jiao y el hombre continuaban peleándose.
El inspector jefe tropezó con algo en el interior del vestidor y a punto estuvo de caerse. Era la escoba. Quedó paralizado al notar un bulto bajo el pie. Había algo duro entre las fibras de bonote de la escoba. Se agachó y lo examinó bajo el resplandor de la lucecita. La cabeza de la escoba parecía gastada, pero estaba atada con un cordel relativamente nuevo.
Tal vez, tras desatar las fibras de bonote, Jiao hubiera insertado algo en su interior y luego las hubiera vuelto a atar.
¿Qué había ocultado?
Chen palpó la cabeza de la escoba una vez más. Parecía algo de forma cuadrada. Quizá de papel. No una o dos hojas sino un montón, de menor tamaño que un folio. Quizás una libreta, salvo que, al tacto, no parecía una libreta de tapa dura.
Chen volvió a recordar lo que Diao le había contado acerca del equipo fotográfico de Shang y de su pasión por la fotografía. Tal vez en la cabeza de la escoba había fotografías de Shang y de Mao, posiblemente en sus momentos más íntimos, perdidos entre las nubes y la lluvia.
Chen comprendía ahora por qué estaba guardada la escoba en el vestidor. Jiao no quería dejarla en la cocina, donde la asistenta podría haberla usado como si fuera una escoba normal y corriente. En el vestidor estaba a salvo y, psicológicamente, a Jiao le parecía aceptable guardarla allí. Por eso no la había usado hacía un rato.
Además, la escoba explicaba el cuadro surrealista de Jiao. Quizás en su subconsciente imaginaba que se vengaba barriendo la Ciudad Prohibida. Las frases de Mao parecían, irónicamente, muy apropiadas en este contexto. La preocupación del Gobierno de Pekín no era infundada.
Chen sacó su navaja, dispuesto a abrir la cabeza de la escoba en el vestidor apenas iluminado.
Después de todo, realmente éste iba a ser un «caso Mao».
—El cabrón de Chen ataca en la oscuridad…
El inspector jefe quedó atónito al oír su nombre en el momento en que sostenía la navaja a escasos centímetros de la cabeza de la escoba. Lo cierto era que no había emprendido ninguna acción contra nadie a través de sus contactos en el Gobierno municipal. Se había limitado a presionar para que declararan la Mansión Xie patrimonio histórico de la ciudad. Pero tal vez alguien más estuviera vigilando a «Mao».
—Su desaparición no se debió a la advertencia de mis hermanitos. No sé qué estará tramando.
«Mao» era Mao, quien, obsesionado con la idea de que todo el mundo conspiraba contra él, mató a su sucesor elegido a dedo, Liu Shaoqi, y después al siguiente, Ling Biao, por no mencionar a miles de altos cargos del Partido que le habían sido leales.
—Y conoce de algo a ese poli hijo de puta que vino a mi despacho para pedirme información sobre ti. Pero me deshice de él.
El teniente Song quizás había descubierto el vínculo entre Jiao y «Mao». Cuando fue a hablar con «Mao», éste decidió que Song también suponía una amenaza.
—Sí, tienes que decirme que sí, ¡di que sí! —gritó «Mao».
La palabra «sí» resonó en el dormitorio.
Jiao no respondió.
Un silencio atronador envolvió a Chen. Cuando «Mao» interrumpió su monólogo, no volvió a oírse nada, salvo su fatigosa respiración.
Chen abrió la puerta un poco más y vio ante sí una escena abrumadora. «Mao» estaba sentado a horcajadas sobre el abdomen de Jiao, completamente desnudo y de espaldas a la puerta del vestidor. Con los músculos tensados al máximo y sin dejar de temblar, apartó la mano de la boca de Jiao, tras abandonar su empeño de impedir que gritara. Jiao yacía inmóvil, con las blancas piernas muy abiertas y el oscuro vello púbico a la vista.
Sólo había transcurrido una décima de segundo, el tiempo suficiente para que todos los detalles comenzaran a grabarse en la conciencia de Chen.
—Por ti —«Mao» dejó de usar repentinamente el acento de Hunan—. Lo hice todo por ti. Sin ti, sin…
Chen abrió la puerta del todo y se precipitó hacia delante, pero tropezó con la escoba que sobresalía del vestidor.
«Mao» se incorporó bruscamente y soltó a Jiao. Volviéndose, cogió algo a toda prisa de la mesita de noche y lo lanzó contra Chen, que logró esquivarlo. El objeto se estrelló contra la ventana y atravesó el cristal con un fuerte estrépito.
Chen quedó atónito al ver que «Mao» era Hua, el magnate inmobiliario con el que había conversado aquella misma tarde en el cóctel. Allí Hua había hablado con un fuerte acento de Pekín.
Mientras intentaba recuperar el equilibrio, Chen contraatacó arremetiendo contra Hua con la navaja que llevaba en la mano. Hua se apartó bruscamente y chocó contra la fotografía de Mao que colgaba sobre la cabecera de la cama.
Lo que sucedió a continuación parecía una escena absurda de una película de terror filmada a cámara lenta. Era como si la fotografía de Mao hubiera cobrado vida, gruñó, tembló y se estrelló contra la cabeza de Hua con todo el peso de su marco metálico.
—Mao…
Hua se tambaleó, miró a su alrededor sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, cayó de espaldas sobre la cama y perdió el conocimiento.
Chen se acercó a toda prisa a la cama y apartó el cuerpo de Hua de encima del de Jiao. La muchacha yacía inerte sobre la sábana arrugada, con los brazos y las piernas muy abiertos y el cuerpo frío y espectral bajo la trémula luz del dormitorio. Chen le tocó el cuello. No había pulso.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido. El inspector jefe sintió de repente que le entraban náuseas.
Cuando Chen iba a coger su móvil, Hua sufrió una violenta convulsión y rodó por la cama hasta caer sobre el retrato hecho añicos de Mao.
Nada más apretar la primera tecla, Chen oyó un ruido seco de pasos que se acercaban por el pasillo exterior, y a continuación alguien comenzó a aporrear la puerta.
—¡Abran inmediatamente! Patrulla policial.
Era el Viejo Cazador, que ya empezaba a meter una llave en la cerradura.