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El inspector jefe Chen Cao no estaba de humor para intervenir en la reunión sobre estudios políticos organizada por el comité del Partido del Departamento de Policía de Shanghai.

Su malhumor se debía al asunto que debatían aquel día: la imperiosa necesidad de construir la civilización espiritual en China. «Civilización espiritual» era un eslogan político que aparecía con frecuencia en los periódicos del Partido desde mediados de 1990. El Diario del Pueblo acababa de publicar otro editorial sobre el tema aquella misma mañana. En el mismo número, sin embargo, se destapaba un nuevo caso de corrupción protagonizado por un alto cargo del Partido.

¿De dónde podría surgir esta «civilización espiritual»? No iba a aparecer por arte de magia, como el conejo que sale de la chistera de un mago. De todas formas, a Chen no le quedaba más remedio que permanecer sentado a la mesa de la sala de reuniones, muy tieso y con el semblante serio, y asentir como un robot mientras los otros hablaban.

«No puedes unir nada con nada si tienes las uñas rotas.»

Chen no podía recordar si esta imagen tan sombría provenía de un poema que había leído hacía mucho, tendido al sol en alguna playa.

Pese a toda la propaganda política del Partido, el materialismo se estaba extendiendo por toda China. Circulaba el chiste de que la antigua consigna política «Mirad hacia el futuro» se había convertido en una máxima aún más popular, «Mirad el dinero», porque la palabra china qian se pronuncia exactamente igual para referirse al futuro y al dinero. Pero eso no era un chiste, o no exactamente. Entonces, ¿de dónde surgiría la «civilización espiritual»?

—Hoy en día, la gente no ve más allá de sus propios pies —dijo con voz solemne el secretario del Partido Li Guohua, el cargo más alto del Partido dentro del Departamento. Mientras hablaba, las abultadas ojeras de Li no dejaban de temblar—. Tenemos que hacer hincapié una vez más en la gloriosa tradición de nuestro Partido. Tenemos que reconstruir el sistema de valores comunista. Tenemos que reeducar al pueblo…

¿Era el pueblo el culpable de lo que estaba sucediendo? Chen encendió un cigarrillo mientras se frotaba el caballete de la nariz con los dedos índice y corazón. Después de todos los movimientos políticos surgidos bajo el régimen de Mao, después del inicio de la Revolución Cultural en 1966, después del agitado verano de 1989, después de los numerosos casos de corrupción dentro del Partido…

—Al pueblo sólo le importa el dinero —intervino en voz alta el inspector Liao, jefe de la brigada de homicidios—. Permítanme que les dé un ejemplo. La semana pasada fui a un restaurante. Un antiguo restaurante de cocina de Hunan que lleva abierto muchos años pero que, de pronto, se ha convertido en un restaurante temático dedicado a la figura de Mao. Todas las paredes están cubiertas de fotografías de Mao y de sus cautivadoras secretarias personales. La carta está llena de especialidades que, supuestamente, fueron los platos favoritos de Mao. Y las Hermanas Camareras de Xiang, enfundadas en corpiños de estilo dudou con citas de Mao impresas, se contoneaban por el restaurante como si fueran putas. El restaurante está aprovechándose descaradamente de la memoria de Mao, quien debe de estar revolviéndose en su tumba.

—Y circula una anécdota —añadió el subinspector Jiang— sobre la llegada de Mao a la plaza Tiananmen, donde un astuto hombre de negocios fotografiaba a los turistas junto a Mao, ganando así un montón de dinero. Una auténtica vergüenza.

—Dejen en paz a Mao —interrumpió el secretario del Partido Li sin ocultar su enfado.

Fuera una auténtica vergüenza o no, un chiste a expensas de Mao continuaba siendo un tabú político, pensó Chen mientras cogía el cenicero. Con todo, el chiste ilustraba a la perfección la sociedad actual. Mao se había convertido en una marca muy rentable. «¿Castigo merecido o karma?», se preguntó Chen mientras observaba las volutas de humo que se elevaban en la sala de reuniones, hasta que acabó percatándose de que Li comenzaba a impacientarse a su lado. Tenía que decir algo.

—Base económica y superestructura ideológica…

Chen consiguió recordar un par de términos marxistas que había aprendido en la universidad, pero no siguió hablando. Según Marx, existe una relación de correspondencia entre la superestructura ideológica y la base económica. Lo que definía el actual «socialismo con características chinas» era, sin embargo, la flagrante incongruencia entre ideología y economía. Dado que la economía de mercado era totalmente capitalista —y que se encontraba en la «fase primitiva de acumulación», citando de nuevo a Marx—, ¿qué clase de superestructura comunista o de civilización espiritual cabía esperar?

En todo caso, tendría que pensar en algo rápidamente. Era lo que se esperaba de él: no sólo como «intelectual» licenciado en filología inglesa antes de que el Estado lo destinara al Departamento de Policía, sino también como inspector jefe, además de cuadro emergente del Partido.

—Venga, inspector jefe Chen, usted no es sólo policía, también es un poeta con obra publicada —insistió el comisario Zhang. Zhang era un «revolucionario de la vieja guardia», jubilado desde hacía mucho, que aún asistía a las reuniones del Departamento sobre estudios políticos porque creía que los problemas actuales se debían a la falta de cultura política—. Seguro que tiene mucho que decirnos sobre la necesidad de reconstruir una civilización espiritual.

Chen adivinó enseguida lo que se escondía tras el comentario de Zhang. No sólo criticaba de manera soterrada que fuera poeta, sino también que, en opinión de Zhang, fuera demasiado liberal.

—Cuando me dirigía al trabajo esta mañana en un autobús abarrotado de gente —volvió a empezar Chen, aclarándose la garganta—, un viejo que andaba con muletas subió al autobús con dificultad. El viejo se cayó cuando el autobús frenó de golpe. Nadie se levantó para cederle el asiento. Un pasajero joven, que iba sentado, comentó que ya no estamos en la época del camarada Lei Feng, el modelo de altruismo comunista que tanto alababa Mao…

Chen volvió a dejar la frase a medias. Quizás era una coincidencia que Mao saliera a relucir tantas veces en la conversación, como un fantasma que se aparece una y otra vez. Chen apagó el cigarrillo dispuesto a acabar la frase, pero su móvil resonó con estridencia en la sala de reuniones. El inspector jefe contestó la llamada sin mirar a los demás.

—Hola, soy Yong —dijo una voz de mujer, clara y algo seca—. Te llamo para hablar de Ling.

Ling era la novia que Chen tenía en Pekín o, para ser exactos, su ex novia, aunque ninguno de los dos había reconocido abiertamente la ruptura. Yong, amiga y antigua colega de Ling, había intentado ayudarlos durante su prolongada relación intermitente, que se remontaba a la época universitaria de Chen.

—¡Vaya! ¿Le ha pasado algo a Ling? —exclamó Chen, atrayendo las miradas sorprendidas de sus compañeros. El inspector jefe se levantó apresuradamente y a continuación agregó—: Lo siento, es una llamada urgente.

—Ling se ha casado —explicó Yong.

—¿Cómo dices? —preguntó Chen, mientras salía al pasillo con paso decidido.

En realidad no tendría que haberse sorprendido tanto, la relación se había enfriado mucho tiempo atrás. El padre de Ling era un alto cargo del Partido, por lo que fue un obstáculo para ambos que Ling fuera una HCS (hija de un cuadro superior), y que Chen no quisiera verse convertido en un HCS gracias a ella, o incluso por ella. Las desavenencias aumentaron debido a un cúmulo de cosas: la aversión de Chen por las injusticias sociales, la distancia entre Pekín y Shanghai y tantas otras cuestiones que los separaban…

«Ling no tiene la culpa», se dijo Chen una y otra vez. Con todo, la noticia lo dejó anonadado.

—Su marido es también «hijo de un cuadro superior», además de un empresario de éxito y un cuadro del Partido. Aunque a Ling eso no le importa, ya lo sabes…

Chen escuchaba en un rincón con la mirada fija en la pared que tenía enfrente, que parecía un folio en blanco. En cierto modo, se sentía como quien escucha algo que le ha sucedido a otro.

—Tendrías que haberte esforzado más —añadió Yong en defensa de Ling―. No puedes contar con que una mujer se pase la vida esperándote.

—Entiendo.

—Tal vez no sea demasiado tarde. —Yong esperó a la despedida para darle la puntilla—: Ling aún siente cariño por ti. Ven a Pekín, tengo muchas cosas que contarte. Hace tanto que no vienes que ni me acuerdo de tu aspecto.

Así que Yong no estaba dispuesta a tirar la toalla, aunque la propia Ling ya lo hubiera hecho al decidir casarse con otro. En realidad, Yong quería que Chen viajara a Pekín para una posible «misión de salvamento».

Chen no sabía cuánto había durado la conversación que acababa de mantener en el pasillo.

Cuando por fin volvió a la sala de reuniones, el debate político tocaba a su fin. El comisario Zhang sacudió la cabeza como si fuera un tambor chino. Li lo miró fijamente con expresión escrutadora. Tras sentarse de nuevo junto al secretario del Partido, Chen permaneció en silencio hasta el final de la sesión.

Cuando los asistentes a la reunión empezaban a irse, Li llevó a Chen a un lado.

—¿Va todo bien, camarada inspector jefe Chen?

—Todo va bien —respondió Chen, volviendo a adoptar su papel oficial—. El tema que hemos tratado hoy me ha parecido muy importante.

Después, en lugar de volver a su piso, Chen decidió visitar a su madre. Aquella noche no le apetecía cenar solo.

Sin embargo, al torcer por la calle Jiujiang el inspector jefe aminoró el paso. Ya eran casi las seis. Su madre, una mujer de salud frágil y costumbres frugales, vivía sola en su viejo barrio: sería mejor que comprara comida hecha si pensaba presentarse sin avisar. Entonces recordó que había un pequeño restaurante a la vuelta de la esquina. En su infancia, cuando aún iba a la escuela primaria, Chen pasaba por delante a menudo y solía mirar con curiosidad hacia el interior, pero nunca llegó a entrar.

Un niño pequeño hacía rodar un aro de hierro oxidado por una bocacalle, una escena que a Chen le resultó familiar pese a no haberla visto en mucho tiempo. Era como si, en la creciente oscuridad, cada vuelta del aro le trajera a la memoria recuerdos de su infancia. Lo invadió una sensación de déjà vu.

Le entraron dudas sobre si visitar a su madre o no. La echaba en falta y se sentía mal por no haber podido ocuparse de ella como era debido, pero aquella noche no le apetecía aguantar uno de sus sermones sobre su prolongada soltería, que siempre incluían la misma máxima confuciana: «Hay ciertas cosas que convierten a un hombre en un mal hijo, y no tener descendencia es la más grave». Tras echar una mirada rápida a la fachada del restaurante, que parecía tan sórdido e inmundo como años atrás, Chen decidió entrar. Del techo, manchado de humo y de humedad, pendía una bombilla desnuda que iluminaba con luz débil tres o cuatro mesas sucias y destartaladas. La mayoría de los clientes, tan mugrientos como el restaurante, sólo tenía delante bebidas alcohólicas baratas y platos de cacahuetes hervidos.

La camarera, una mujer baja y rechoncha que rondaría los cincuenta y pico, le entregó una carta sucia con gesto hosco y sin dirigirle la palabra. Chen pidió una cerveza Qingdao y dos platos fríos: tofu desecado con salsa roja y huevo de mil años con salsa de soja.

—¿Tienen alguna especialidad de la casa? —preguntó Chen.

—Tripas de cerdo, pulmones, corazón y otros despojos, cocidos al vapor con vino de arroz destilado. Nuestro cocinero aún elabora su propio vino de arroz. Es una especialidad de la antigua cocina de Shanghai. No creo que pueda encontrarlo en ningún otro sitio.

—Estupendo, tomaré eso —dijo Chen mientras cerraba la carta—. ¡Ah! Y también una cabeza de carpa ahumada. Que sea pequeña.

La mujer lo miró de arriba abajo sin ocultar su curiosidad. Al parecer, Chen era un cliente importante para un antro como ése. Él era el primer sorprendido de tener tan buen apetito aquella noche.

Un cliente que estaba sentado a una de las mesas del fondo se volvió para mirarlo. Chen lo reconoció enseguida: era Gang, un vecino de su antiguo barrio. Gang había sido un poderoso dirigente dentro de la organización de los Guardias Rojos de Shanghai a principios de la Revolución Cultural. Años después cayó en desgracia, y acabó convertido en un gandul borracho y sin empleo que vagabundeaba por el barrio. Chen conocía a través de su madre las vicisitudes del legendario ex Guardia Rojo.

Gang se volvió, carraspeó y comenzó a aporrear la mesa con fuerza.

—Los sabios y los eruditos están solos durante miles de años. Sólo un borracho deja su impronta.

Parecía una cita de Li Bai, poeta de la dinastía Tang conocido por su pasión por la bebida.

—¿Sabe quién soy? —siguió diciendo Gang—. El comandante en jefe del tercer cuartel de los Guardias Rojos de Shanghai. Un soldado leal a Mao, que lideró a millones de Guardias Rojos para que combatieran por él. Al final, Mao nos arrojó a los leones.

La camarera depositó los platos fríos y la cerveza Qingdao sobre la mesa de Chen.

—Enseguida le traigo los fideos y la especialidad del chef.

Nada más irse la camarera, Gang se levantó y se dirigió a la mesa de Chen arrastrando los pies, con una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba una minúscula botella de alcohol en la mano, conocida popularmente entre los borrachos como «el petardo pequeño».

—Así que usted es nuevo aquí, joven. Me gustaría darle algunos consejos. La vida es corta, sesenta o setenta años como mucho, no tiene sentido desperdiciarla preocupándose hasta que el pelo se le ponga blanco. ¿Una mujer le ha roto el corazón? ¡Venga ya! Las mujeres son como esa cabeza de pescado ahumado. Poca carne, pero demasiadas espinas, mirándolo con esos ojos tan repugnantes desde un plato blanco. Si no va con cuidado, se le clavará una espina en la garganta. Piense en Mao. Incluso un hombre como él acabó mal por culpa de su mujer, o de sus mujeres. Al final, de tanto follar perdió la cabeza.

Gang hablaba como un borracho, saltando de un tema a otro con escasa coherencia, pero sus palabras intrigaron a Chen, e incluso lo desconcertaron.

—Así que usted tuvo su momento de gloria durante la Revolución Cultural —dijo Chen, indicándole a Gang con un gesto que se sentara a su mesa.

—La revolución es como una puta. Primero te seduce y luego te abandona como si fueras un trapo con el que se ha limpiado la mierda del culo. —Gang se sentó frente a Chen, cogió un trozo de tofu desecado con los dedos y sorbió de su botella casi vacía—. Y una puta también es como la revolución, porque te embarulla la cabeza y el corazón.

—¿Y así es como ha acabado usted aquí, por culpa tanto de las mujeres como de la revolución?

—Ya no me queda nada. Bueno, nada excepto la bebida. El alcohol nunca te abandona. Cuando estás mamado, bailas con tu propia sombra, que siempre te es fiel. Tan dulce, tan paciente, y nunca te pisa al bailar. La vida es corta, como una gota de rocío al amanecer. Los cuervos negros ya han empezado a volar en círculos sobre tu cabeza, y cada vez se acercan más. Así que ¡salud! Alzo mi copa.

»Ya que es la primera vez que viene aquí, me toca invitarlo a mí —dijo Gang, bebiendo un trago largo de cerveza mientras Chen le acercaba su vaso—. Voy a conducirlo por el camino de la verdad.

Chen intentó imaginarse a Gang conduciendo a un poli por ese camino. El antiguo Guardia Rojo se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sólo encontró un par de céntimos. Rebuscó de nuevo, pero no tenía más calderilla. Las mismas monedas reposaban sobre la mesa.

—¡Maldita sea! Esta mañana me he puesto otros pantalones y me he dejado la cartera en casa. Présteme diez yuanes, joven. Se los devolveré mañana.

Era evidente que Gang lo engañaba, pero aquella noche Chen sentía un placer malsano compartiendo mesa con él, así que le dio dos billetes de diez yuanes.

—Tía Yao, una botella de licor del río Yang, un plato de carrilleras de cerdo y una docena de patas de pollo en salsa picante —gritó Gang en dirección a la cocina, agitando la mano como el comandante de los Guardias Rojos que fuera tiempo atrás.

La tía Yao —la camarera de mediana edad— salió de la cocina, tomó nota a Gang y cogió el dinero que éste le ofrecía sin dejar de observarlo detenidamente.

—¡Granuja asqueroso! ¿Ya vuelves a hacer de las tuyas?

La camarera arrastró a Gang por la fuerza hasta su mesa cogiéndolo por el cuello de la camisa, como haría un halcón con un pollo. La escena provocó una carcajada general en el restaurante, como si fuera una comedia televisiva.

—No le haga caso —dijo la tía Yao volviendo a la mesa de Chen—. Emplea el mismo truco con todos los clientes nuevos y les cuenta la misma historia una y otra vez, hasta que se apiadan de él y le dan dinero para empinar el codo. Y lo que es peor, uno de mis clientes jóvenes se dejó engatusar por Gang y se convirtió en un maldito borracho como él.

—Gracias, tía Yao —respondió Chen—. No se preocupe por mí, sólo quiero comer tranquilo.

—Muy bien. No creo que vuelva a molestarlo. Esperemos que haya dejado de soltar gilipolleces —añadió la camarera, lanzando una mirada furibunda hacia la mesa de Gang.

—No se preocupe por mí, tía Yao —repitió Gang desde su mesa mientras ella volvía a meterse en la cocina.

La tía Yao debía de ser la única camarera del restaurante. Llevaba años trabajando allí y conocía bien a los clientes habituales. No tardó en regresar a la mesa de Chen con los fideos y la especialidad del chef, servida en una cazuelita rústica, aún humeante, como si acabara de salir de una cocina rural. Los fideos con ternera parecían recién hechos y muy calientes.

La camarera se sentó en un taburete situado a poca distancia de la mesa de Chen, como si quisiera montar guardia para asegurarse de que Gang lo dejaría comer tranquilo.

Pero Chen no cenaría en paz aquella noche.

Acababa de introducir los palillos en la cazuela de sabroso aroma cuando sonó su móvil. Tal vez otra llamada de Yong, pensó, ya que la amiga de Ling no se daba por vencida tan fácilmente.

—Camarada inspector jefe Chen, soy Huang Keming. Lo llamo desde Pekín.

—Caramba, ministro Huang.

—Tenemos que hablar. ¿Lo llamo en mal momento?

Así era, pero Chen prefirió no decírselo al nuevo ministro de Seguridad Pública. Y, en realidad, Huang no quería oír la respuesta. Chen se levantó y salió apresuradamente del restaurante, tapando el teléfono con las dos manos.

—En absoluto. Dígame, ministro Huang.

—¿Ha oído hablar de Shang Yunguan, una estrella de cine de los años cincuenta?

—Shang Yunguan… Vi una o dos películas suyas hace mucho tiempo, pero no me impresionaron demasiado. Creo que se suicidó a principios de la Revolución Cultural.

—En efecto, pero en los cincuenta y a comienzos de los sesenta fue muy popular. Cuando el presidente Mao venía a Shanghai solía bailar con ella en las fiestas organizadas por las autoridades municipales.

—¿Sí, ministro Huang? —inquirió Chen, preguntándose qué se traería entre manos el ministro.

—Puede que Shang hubiera cogido, o que le hubieran entregado, algo que pertenecía al presidente. Pudo suceder en un sinfín de ocasiones.

—¿Algo que pertenecía a Mao? —Chen se puso en guardia enseguida, aunque apenas pudo disimular el sarcasmo en su voz—. ¿Y de qué podría tratarse?

—No lo sabemos.

—Quizá se trataba de fotografías con pies que rezaran «Nuestro gran líder alentó a una artista revolucionaria a hacer una nueva contribución», o «Que florezcan cientos de flores». En los periódicos y las revistas siempre aparecían fotos suyas.

—Tal vez Shang se lo dejara en herencia a su hija Qian —continuó diciendo Huang sin responder a Chen—, que murió en un accidente hacia el final de la Revolución Cultural. Qian tuvo a su vez una hija, llamada Jiao. Tendrá que acercarse a Jiao.

—¿Por qué?

—Quizá lo tenga.

—¿Se refiere al material que perteneció a Mao?

—Sí, podríamos decirlo así.

—¿Sabe si Shang, Qian o Jiao se lo enseñaron alguna vez a alguien?

—No que nosotros sepamos.

—Entonces tal vez ni siquiera exista.

—¿Qué le hace pensar eso?

—En el caso de Shang, una actriz de cine muy popular, seguro que los Guardias Rojos registraron su casa de arriba abajo. Y no encontraron nada, ¿no es cierto? El material de Mao, fuera lo que fuese, no era como los decretos imperiales que podían salvarle la vida a alguien en otras épocas. Aunque dicho material existiera, no la salvó. Por el contrario, puede que sólo le causara problemas. ¿Cómo hubiera podido Shang dejárselo en herencia a su hija Qian? ¿Y cómo pudo Qian, que murió en un accidente, habérselo entregado a su hija Jiao?

—¡Camarada inspector jefe! —Obviamente, a Huang no le gustó nada la respuesta de Chen—. No podemos permitirnos pasar por alto esta posibilidad. Jiao se comporta de forma bastante sospechosa. Hará un año, por ejemplo, dejó su trabajo de forma repentina y se mudó a un piso de lujo. ¿De dónde salió el dinero? Ahora suele ir a fiestas a las que también asisten invitados de Hong Kong, de Taiwan o de países occidentales. ¿A qué se dedica en realidad? Es más, el anfitrión de estas fiestas, un tal señor Xie, es alguien que le guarda mucho rencor a Mao. Tal vez Jiao esté intentando vender el material de Mao por un anticipo sustancioso para un libro.

—¿Un anticipo por un libro? Si ya ha cobrado, no creo que podamos hacer nada al respecto. El editor tendrá ahora el material, el material de Mao.

—Tal vez aún no lo tenga, o no lo tenga todo. Quizás hayan llegado a algún acuerdo para salvaguardar la seguridad de Jiao. Si se publicara un libro de estas características mientras permanece en China, Jiao podría meterse en problemas. Es muy consciente de que no puede hacer una cosa así.

—¿Ha solicitado un pasaporte?

—No, todavía no. Si diera un paso demasiado obvio, podría acabar mal.

A Chen le sonó a conspiración. El ministro debía de tener sus razones para estar preocupado, pero a Chen se le ocurrían muchas preguntas.

—¿A qué se debe tan repentino interés en este asunto? —preguntó Chen después de hacer una pausa—. Shang murió hace mucho tiempo.

—Es largo de contar, pero, para resumir, se debe a dos libros. El primero se titula Nubes y lluvia en Shanghai. Habrá oído hablar de él.

—No, no me suena.

—Está demasiado ocupado, inspector jefe Chen. Es un superventas sobre Qian, y también sobre Shang.

—¿En serio? ¿Un superventas?

—Sí. Y el otro libro son unas memorias escritas por el médico personal de Mao.

—De ése sí que he oído hablar, pero no lo he leído.

—Con ese libro aprendimos la lección. Cuando el médico solicitó un pasaporte para viajar a Estados Unidos por motivos de salud, le permitimos marcharse y entonces publicó su libro allí. Está lleno de mentiras sobre la vida privada de Mao. Sin embargo, los lectores están tan interesados en todos esos detalles sórdidos que se los tragan sin pestañear. El libro se vende como rosquillas por todo el mundo. Han sacado ya diez reimpresiones en varios idiomas en un año.

Chen había oído bastantes rumores sobre la vida privada de Mao. En los años inmediatamente posteriores a la Revolución Cultural, cuando la esposa de Mao fue tachada de demonio de huesos blancos, comenzaron a circular detalles escabrosos sobre su vida como actriz de cine del tres al cuarto, algunos de ellos relacionados directa o indirectamente con Mao. Las autoridades de Pekín no tardaron en poner fin a las habladurías. Después de todo, no se podía desligar a la señora Mao del propio Mao.

—Así que estos dos libros nos hacen creer que Shang dejó algo a Jiao. Algo que podría usar en contra de los intereses de nuestro Partido.

—Sigo sin entenderlo, ministro Huang.

—No creo que haga falta que se lo explique todo por teléfono. Conocerá más detalles cuando lea el expediente del caso que ha abierto el Departamento de Seguridad Interna.

—¿Lo están investigando en Seguridad Interna? —preguntó Chen, frunciendo el ceño—. Ese Departamento suele encargarse de los casos políticos más delicados. Entonces, ¿por qué me llaman a mí?

—Llevan semanas siguiendo a Jiao sin éxito. Quieren adoptar medidas más contundentes, pero algunos destacados camaradas de Pekín no creen que sea una buena idea. El camarada Zhao, ex secretario del Comité Central de Disciplina del Partido, entre ellos. Tenemos que pensar en las posibles repercusiones, eso está claro. Tanto Xie como Jiao son conocidos en sus respectivos círculos, y tienen contactos en los medios occidentales. Además, si presionamos demasiado, Jiao podría asustarse y actuar de forma precipitada.

—¿Y qué puedo hacer yo?

—Usted enfocará el caso desde otro ángulo. Investigue a Jiao y a las personas con las que se relaciona, y, lo que es más importante, descubra qué le dejó Shang y recupérelo.

—Espere, ¿qué quiere decir con «otro ángulo»?

—Cualquier enfoque que le parezca que funcionará. Más suave que duro, ya sabe a qué me refiero.

—No, no lo sé. No soy el agente 007, ministro Huang.

—Es un caso que no puede rechazar, camarada inspector jefe Chen. Cualquier calumnia contra Mao, el fundador del Partido Comunista chino, afectará a la legitimidad de nuestro Partido. Se trata de una misión especial, y el camarada Zhao me ha aconsejado ponerme en contacto con usted. Según la información obtenida por Seguridad Interna, podría usted acercarse a Jiao en alguna de las fiestas a las que suele asistir. Usted no desentonaría en esos ambientes. Podría aprovechar para practicar el inglés, o para recitar sus poemas.

—Entonces, debo acercarme a Jiao fingiendo ser cualquier cosa menos policía…

—Es en interés del Partido.

—El camarada Zhao me dijo eso mismo cuando investigaba otro caso —explicó Chen, consciente de que no tenía sentido seguir discutiendo—. Pero sigue sin existir ninguna garantía de que Shang le dejara algo a Qian.

—No tiene que preocuparse por eso. Haga las cosas a su manera, confiamos en usted. Ya he hablado con el secretario del Partido Li. Como sabe, se va a jubilar pronto. Cuando ponga fin a esta investigación, usted accederá a un cargo de mayor responsabilidad.

Era una indirecta evidente, pero ¿le apetecía a Chen semejante ascenso? De todos modos, sabía que no tenía elección.

El ministro Huang se despidió y colgó. Chen cerró el móvil.

Cuando volvió al restaurante, los fideos estaban fríos, la cerveza evaporada y sin espuma, y la especialidad de la casa, grasienta y grisácea. Chen había perdido el apetito.

La tía Yao se acercó a toda prisa a su mesa y se ofreció a calentarle los fideos, que, tras tanto tiempo en la sopa, ahora tendrían la misma consistencia que el engrudo.

—No, gracias —respondió, negando con la cabeza mientras se sacaba la cartera.

Gang volvió a acercarse a Chen cojeando.

—Ahora lo reconozco —dijo Gang—. Usted vivía en este barrio, y me llamaba tío Gang. ¿No se acuerda?

—¿Usted es…? —preguntó Chen, sin querer admitir que lo había reconocido nada más verlo.

—Tal vez un triunfador como usted no tenga buena memoria —dijo Gang con un brillo fugaz en la mirada—. Yo me comeré las sobras.

—No he probado nada, salvo la cabeza de pescado —explicó Chen.

—Le creo —dijo Gang dándole una palmadita en el hombro—. Ahora usted es alguien importante.

La cabeza de carpa ahumada los miraba con sus ojos repugnantes.