25

Unos cuarenta y cinco minutos después, Chen llegó a la mansión Xie y presionó con fuerza el timbre, que por fin habían arreglado. Él también quería activar la investigación.

Al cabo de un buen rato apareció Xie, envuelto en un batín de seda escarlata atado con un fajín también de seda. Sin duda acababa de levantarse de la cama, se dijo Chen. Por primera vez, Xie parecía un auténtico Old Dick.

—He regresado hoy mismo, señor Xie. Siento presentarme así. Han pasado muchas cosas durante los últimos días y estaba preocupado por usted.

—Sí, yo también estoy preocupado. Los policías no han dejado de entrar y salir de mi casa como si fuera un mercado. ¡Es terrible!

—Me lo imagino —respondió Chen—. Salgamos al jardín.

—¿Al jardín? —preguntó Xie, mirando a Chen—. De acuerdo, hablemos allí. Sígame.

Se dirigieron a las sillas de plástico, que ya no estaban bajo el peral en flor. Chen se preguntó si Xie se habría sentado alguna vez en el jardín desde la muerte de Yang. Probablemente nadie les oiría ahí.

—Me he enterado de lo que le ha pasado al agente Song —Chen fue directamente al grano, tras sentarse en una silla cubierta de polvo.

—Hablé con el agente Song sólo un par de horas antes de su muerte.

—Song murió asesinado, y ahora le consideran a usted el principal sospechoso. Estoy intentando ayudarlo, pero tiene que contármelo todo. Es usted un hombre inteligente, señor Xie. No tiene sentido irse por las ramas.

—No, claro que no, pero ¿qué quiere decir con contárselo todo?

—Para empezar, su relación con los padres de Jiao.

—¿Cómo dice, señor Chen?

—Cuando Song le habló del asesinato de Yang, usted declaró que no conocía a Jiao antes de que ésta lo visitara hará un año más o menos. Aquello no era cierto. Entorpeció usted la investigación, sobre todo porque fue Jiao quien le proporcionó su coartada. Ella tampoco dijo la verdad. Ambos son culpables de perjurio y de obstrucción de la justicia. Son delitos graves.

—¡Perjurio! No sé de qué me está hablando.

—Los compañeros de Song quieren venganza —explicó Chen, partiendo una ramita marrón que había encontrado en la silla—. No hace falta que le diga de lo que son capaces.

—¿Cree que realmente me importa? No soy más que un hombre de paja, que se esfuerza al máximo por guardar las apariencias. Y ya estoy harto, señor Chen. Pueden hacerme lo que quieran.

—¿Y qué hay de Jiao?

Xie no respondió de inmediato.

—Lo que más me preocupa, señor Xie, es que este asunto tiene algo de siniestro. Ya han muerto asesinadas dos personas. Primero Yang, y luego Song. Ambos estaban relacionados con usted y con Jiao. Y me temo que aún van a pasar más cosas. No necesariamente a usted, sino a Jiao.

—¡Dios mío! Pero ¿por qué?

—Es sólo una suposición, señor Xie. Están buscando algo a la desesperada, y no se detendrán hasta que lo encuentren. No se detendrán ante nada.

—¿De qué puede tratarse? Cuando vine a este mundo no traje nada conmigo. Que se lo queden. No hay nada por lo que merezca la pena tantas muertes.

—Quizás usted no lo tenga.

—¿Cómo puede ella…? —Xie se interrumpió y acabó haciendo una pregunta—. ¿Y cómo sabe usted todo esto, y qué puede hacer para ayudarnos?

—Si le digo la verdad, no sé qué puedo hacer para ayudarlos, no en estos momentos. Pero sé todo esto —dijo Chen, sacando su tarjeta y su placa— porque soy investigador de la policía. Le estoy contando más de lo que debería, por eso lo he traído al jardín. Tal vez hayan instalado micrófonos en la casa. Se trata de Seguridad Interna, no de policías normales y corrientes.

—Confío en usted, señor… —balbuceó Xie examinando la tarjeta— ¿inspector jefe Chen?

—Usted no tiene por qué confiar en mí, pero confía en el señor Shen, ¿verdad? —Chen sacó su móvil—. Llámelo.

—No, no hace falta. El señor Shen es como un tío para mí —respondió Xie con voz vacilante, y luego, con más firmeza—: Entonces, ¿quiere que le explique mi relación con los padres de Jiao?

—Sí, por favor. Cuéntemelo todo desde el principio.

—Hace muchísimo tiempo de todo eso. En los años cincuenta, mi familia y la familia de Qian se conocían, pero las cosas ya habían empezado a cambiar. Mis padres me instaban a agachar la cabeza, y a no relacionarme con Qian.

—¿Por lo que se decía sobre Shang?

—¿Cree que alguien le habría contado a un niño esas cosas?

Era evidente que Xie había oído aquellos rumores, pero Chen no lo presionó y volvió a partir la ramita mustia que tenía en la mano.

—A principios de la Revolución Cultural, los Guardias Rojos saquearon las casas de nuestras familias. Su familia se llevó la peor parte. Sometieron a Shang a las críticas implacables de las masas. Aún conservo en la memoria una escena: Shang de pie sobre algo parecido a un escenario, con la mitad de la cabeza rapada en una especie de estilo yin/yang y una ristra de zapatos gastados alrededor del cuello, como metáfora de los muchos hombres que habían usado su cuerpo. Los Guardias Rojos la insultaban y le arrojaban piedras y huevos. No hace falta que le diga que Qian también fue víctima de una terrible discriminación. Nos llamaban «cachorros negros». En cierta ocasión la arrastraron por la fuerza hasta el escenario para que permaneciera de pie junto a Shang, y la sometieron a la crítica de masas junto a su madre. Qian no pudo soportar tanta presión. Denunció a Shang y se mudó a una residencia de estudiantes.

—Lo entiendo perfectamente, señor Xie. Yo era muy joven entonces, pero mi padre también era «negro».

—Si hubo alguna diferencia entre Qian y yo, fue que yo conservé la vieja mansión. Ella se quedó sin nada. Shang murió. Echaron a Qian de su propia casa, y después desapareció durante varias semanas. Cuando volvió a aparecer había cambiado mucho. Como dice un antiguo refrán, quiso deshacerse de un jarro roto pero, desafortunadamente, ella misma se convirtió en un jarro roto. Entonces se enamoró de Tan, un buen amigo mío, otro cachorro negro de familia capitalista. Tan me habló de su relación. En aquella época, tener relaciones sexuales sin licencia matrimonial era delito, pero ¿qué otra cosa podían hacer dos jóvenes condenados al fracaso? Qian no tardó en descubrir que estaba embarazada. Yo estaba muy preocupado por ellos. Una mañana, a primera hora, Tan entró a escondidas en mi casa y me dio un sobre grande, diciendo que era algo de Qian. Se marchó a toda prisa antes de que pudiera hacerle ninguna pregunta. Alrededor de una semana más tarde, los cogieron cuando intentaban huir a Hong Kong. Tan recibió una brutal paliza en el viaje de regreso a Shanghai y acabó suicidándose, tras dejar una nota en la que asumía la responsabilidad de lo sucedido. Así fue como la absolvieron a ella.

—Gracias a eso Qian sobrevivió. ¿Se puso usted en contacto con ella después de la muerte de Tan?

—Qian estaba sometida a una vigilancia constante, y yo no quería meterme en problemas. Además, me había decepcionado. Al poco de morir Tan, se buscó otro amante. Estrechó a un nuevo cuerpo caliente entre sus brazos cuando el cuerpo anterior aún no se había enfriado en la tumba. Y no era más que un semental lujurioso, casi diez años más joven que ella. Los pillaron en plena perversión sexual, y a él lo encerraron por ser un «vándalo degenerado». Pensaba devolverle a Qian el paquete, por supuesto, pero entonces ella también murió.

—¿Qué ocurrió después, señor Xie?

—Bueno, la situación empezó a mejorar, aunque mi mujer me dejó y se fue a Estados Unidos. Debí de hablarle demasiado acerca del sueño americano. Karma.

—No es culpa suya, y es ella la que ha salido perdiendo. Por favor, volvamos al tema principal.

—A principios de los ochenta la gente volvió a llamarme señor Xie. Ya no tenía que pasarme el día enfurruñado como una mofeta sin hogar. Mi casa fue descrita como un símbolo de la antigua Shanghai en los fastuosos años treinta, y me aventuré a salir en busca de Jiao. Era una promesa que había hecho en memoria de Tan. Jiao vivía en un orfanato, al que de vez en cuando acudía a visitarla Zhong, la vieja criada de Shang. Le di algo de dinero a Zhong, no demasiado, para que se lo entregara a Jiao. La pobre muchacha lo estaba pasando muy mal.

—¿Se encontró allí con Jiao?

—Intenté no coincidir con ella, pero, casualmente, una tarde me vio en compañía de Zhong y ésta me presentó a Jiao como un amigo de su padre. Poco después, Jiao salió del orfanato y empezó a trabajar en empleos de poca monta.

—¿Usted aún conservaba aquel paquete?

—Sí. Jiao compartía una pequeña habitación con tres o cuatro chicas de provincias, no tenía ninguna intimidad. No quería dárselo en esas circunstancias, fuera lo que fuese.

—Hizo bien, señor Xie. Luego la vida de Jiao dio un cambio, ¿no?

—Sí, y de forma repentina. Dejó su empleo y se mudó a un piso de lujo…

—Un momento. ¿Usted no tuvo nada que ver con ese cambio?

—No, en absoluto. De hecho, me enteré a través de Zhong; ella creía que era yo el que había ayudado a Jiao. Pero ¿cómo podía ayudarla yo? Mire este jardín, ni siquiera puedo permitirme contratar a un jardinero.

—Debería tener uno —respondió Chen asintiendo con la cabeza mientras contemplaba el marchito jardín.

—Al cabo de unos meses, Jiao vino a verme, y después se convirtió en mi alumna.

—¿Había heredado mucho dinero?

No, no que yo sepa.

—Lo visitó después de la publicación del libro Nubes y lluvia en Shanghai, supongo.

—Creo que sí. Es muy buena alumna, pero no sé por qué asiste a mis clases. Posiblemente sea su manera de devolverme el dinero que le di. Pagando por las clases, quiero decir —explicó Xie frunciendo el ceño—. Es una chica muy amable. No logro entender por qué me proporcionó una coartada. ¿Para devolverme el favor con algo más que dinero? Yo he hecho muy poco por Jiao.

—Quizá fuera poco para usted, pero mucho para ella. Y otra cuestión, ¿le ha llegado algún rumor sobre los cambios en la vida de Jiao?

—Casi todo el mundo cree que alguien la está ayudando. Un nuevo rico que se lo paga todo. Pero no puedes pedirle a una chica que te explique algo así si prefiere no contártelo. Lo que haga es asunto suyo.

—Eso es cierto —admitió Chen—. En cuanto al paquete, ¿se lo entregó a Jiao después de que ella empezara a visitarlo con frecuencia?

—No inmediatamente después. Al principio no estaba seguro de si debía dárselo; me preocupaban los cambios inexplicables de su vida y la posibilidad de que alguien la estuviera manteniendo. Pero acabé entregándoselo, hace algunos meses. Es suyo, ¿no? No tenía ningún motivo para no dárselo.

—¿Descubrió lo que había en su interior?

—No. Fuera cual fuese el secreto que contenía, no era de mi incumbencia. Algún día tal vez tenga que jurar —dijo Xie, con los ojos ligeramente entrecerrados a causa de la luz— que nunca vi nada.

La luz de la tarde, filtrada a través del follaje, iluminaba las arrugas de su astuto rostro. Xie, superviviente de aquellos años tumultuosos, tenía que mostrarse cauto.

—¿Le dijo ella lo que había en el interior del paquete?

—No, no lo hizo. —Xie cambió de tema abruptamente—. A propósito, ¿se ha enterado de que entraron a robar en su casa hará un mes?

—No, no lo sabía —contestó Chen. Pero era fácil entender por qué Seguridad Interna no le había dicho nada al respecto, y por qué Liu creía que lo que buscaban se encontraba en casa de Xie.

—A pesar de que su piso está en un complejo muy vigilado, un ladrón consiguió entrar, pero no se llevó nada de valor.

—¿Ha revelado Jiao a alguien más la existencia del paquete?

—No lo sé. Aunque no creo que cometa ese error.

—Jiao viene con frecuencia a su casa y ustedes dos tienen mucho contacto. Dejando a un lado lo del paquete, ¿ha notado algo raro en ella?

—Bueno, para ser una joven que lleva una vida desahogada, no es realmente feliz. Tal vez sólo sea mi impresión. Lo que me extraña es que me visite con tanta frecuencia. Es comprensible que los Old Dicks estén siempre aquí, no tienen nada más que hacer, y ningún otro lugar al que ir. Pero no logro entender por qué viene Jiao.

—Sí, resulta sorprendente —admitió Chen—. Además, un «bolsillos llenos» exhibiría a su «pequeña concubina» igual que exhibiría un Mercedes, pero nadie parece haber visto a Jiao con un protector rico. ¿Sabe algo al respecto?

—No, nunca la he visto con un «bolsillos llenos», ni he oído que Jiao vaya con uno.

—¿Cree que Jiao vive sola?

—Sí, creo que sí. Aunque ahora que lo pregunta, me surge alguna duda. Una tarde, hará dos o tres meses, la llamaron en medio de la clase de pintura y se fue a toda prisa, diciendo que alguien «la esperaba en casa». Si se supone que vive sola, ¿cómo es posible que la llamara alguien desde su piso? Además, la llamaron a un móvil rojo que nunca había usado, y que no volvió a usar después de aquella llamada.

—Es muy observador. No me sorprende que se dedique a la pintura. Pero tal vez se tratara simplemente de una visita inesperada —sugirió Chen con tono reflexivo. No cabía duda de que Xie era muy observador, y no sólo como pintor—. Como profesor de pintura, ¿ve algo raro en los cuadros de Jiao?

—Tal vez no sea la persona más indicada para decirlo. Según algunos críticos, no soy más que un impresionista de salón, que sólo sabe plasmar sus impresiones de aquellos años decadentes.

—No tendría que importarnos la opinión de los críticos, señor Xie. En los últimos días, ¿le ha llamado la atención alguna cosa, no necesariamente como experto?

—Bueno, nada destacable. Hace poco Jiao pintó un cuadro de una bruja montada en una escoba, que sobrevolaba la Ciudad Prohibida. Una temática sorprendentemente surrealista.

—¿Una bruja montada en una escoba? —preguntó Chen—. ¿Como en una tira cómica norteamericana?

—Sí. No creo que Jiao haya intentado hacer dibujos humorísticos antes. Y yo nunca había observado esa veta surrealista en su trabajo.

—Quizá sea importante, pero no soy ningún crítico de arte. ¿Alguna cosa más, señor Xie? ¿Algo que crea que puede ayudarme, y de paso ayudarlo a usted también?

—Es todo lo que se me ocurre. —A continuación, Xie añadió con convicción—: No se preocupe por un viejo inútil como yo, señor Chen. Pero Jiao es buena chica. Tan joven, y tan bella… Lo tiene a usted en gran estima. Hará todo lo posible para ayudarla, ¿verdad?

Tal vez Xie creyera que Chen estaba dispuesto a ayudar por motivos sentimentales. Chen también sentía aprecio por Jiao, pero ahora eso era irrelevante.

Su móvil sonó antes de que pudiera responder a Xie. Contestó. Era Gu.

—Gracias a Dios. ¿Por fin ha vuelto, jefe? —preguntó Gu—. Lo he llamado un montón de veces.

—¿Qué ha pasado?

—¿Puede venir al restaurante Moon on the Bund esta tarde? Dan un cóctel. Tengo algo importante que contarle.

—¿No me lo puede contar ahora, Gu?

—Voy de camino hacia allá. Es urgente, tiene relación con la «manera blanca» y con la «manera negra». Será mejor que se lo cuente en persona. Allí también podrá conocer a ciertas personas.

A veces Gu podía ser muy exagerado, pero Chen conocía bien sus contactos con la «manera negra»: el mundo de la Tríada.

—Lo veré allí, Gu.

Chen se volvió hacia Xie y apagó el móvil.

—Tengo que irme, señor Xie. Pronto volveré a ponerme en contacto con usted. No le diga ni una palabra a nadie sobre nuestra conversación de hoy, ni siquiera a Jiao.

—No, ni una palabra. —Xie se levantó y asió la mano de Chen con fuerza―. Por favor, haga algo por ella, señor… inspector jefe Chen.