23
El tren traqueteaba en la creciente oscuridad.
Chen había conseguido el billete a través de un revendedor, al que había pagado un precio mucho más elevado del habitual. No intentó regatear. No era posible comprar un billete de avión sin mostrar permisos oficiales, que el inspector jefe no tenía. Viajaba en un duro asiento de un vagón de tercera, pero Chen se consideraba afortunado de haber podido subir al tren en el último momento.
Durante sus años de universidad solía viajar con frecuencia entre Pekín y Shanghai sentado en los duros asientos del tren, leyendo y dormitando durante la noche. Ahora el viaje le parecía muy incómodo, tenía las piernas entumecidas y le dolía la espalda. No lograba echar una cabezadita, y mucho menos dormir. Los únicos libros que llevaba consigo eran Nubes y lluvia en Shanghai, que no le apetecía sacar, y las memorias del médico de Mao, que no podía leer abiertamente.
Sin duda estaba malacostumbrado por ser inspector jefe, reflexionó con cierta ironía. En los últimos años, Chen siempre había viajado en avión o en cómodos coches cama, por lo que había olvidado cuán incómodo era viajar sentado en asientos como aquél.
Frente a él, al otro lado de una mesita, se sentaba una pareja joven, posiblemente en viaje de luna de miel. Ambos iban vestidos con ropa demasiado formal para un tren tan abarrotado como ése. El hombre llevaba una camisa nueva y pantalones de vestir muy bien planchados, la mujer un vestido rosa con finos tirantes. Inicialmente ella se sentó recostada contra la ventana, pero no tardó en cambiar de posición y se acurrucó junto a él. No les importaban las incomodidades mientras pudieran ver el mundo reflejado en los ojos del otro.
Junto a Chen se sentaba una chica joven, posiblemente una estudiante universitaria, vestida con una blusa blanca y una falda de color verde hierba con un estampado de hojas de hiedra. Calzaba unas zapatillas de plástico de color verde claro. Sobre su regazo tenía la traducción al chino de El amante de Marguerite Duras. Chen lo había leído tiempo atrás, y aún recordaba que al principio de la novela se citaban los versos de W.B. Yeats «Cuando seas vieja y canosa, y te venza el sueño…».
Se preguntó si él sería capaz de escribir, o incluso de decir, algo así.
«El tren llegará a Tianjin en un par de minutos. Los pasajeros con destino a la ciudad de Tianjin…» La voz que se oyó por megafonía hablaba con el típico acento melodioso de Pekín, en el que la erre se pronuncia de forma más marcada que en el mandarín estándar.
El tren comenzó a aminorar la marcha. Chen miró por la ventanilla y vio en el andén gris a varios vendedores ambulantes que vendían «Los Perros no se Irán», nombre increíble de una marca de bollos al vapor rellenos de carne de cerdo, una especialidad de Tianjin. Quizás el nombre tenía su origen en un cumplido: «Los bollos son tan buenos que los perros no se irán». Uno de los vendedores ambulantes que se acercaron al tren tenía aspecto de matón y empujaba un cesto lleno de bollos hacia las ventanillas con expresión casi feroz.
En Tianjin subió al tren un enjambre de pasajeros cargados con bultos y maletas, empujando y apretujándose en busca de algún asiento libre. Según las normas ferroviarias, sólo los pasajeros que subían en la primera parada tenían garantizado un asiento.
El tren arrancó de nuevo. La bandera verde ondeaba en el andén en medio de una oscuridad casi absoluta.
Chen se recostó contra la ventanilla, intentando pensar en lo que acababa de suceder en Shanghai. El viento le alborotaba el cabello a medida que el tren cobraba velocidad.
Tras repasar mentalmente la escasa información de que disponía, Chen pronto vio que no tenía sentido especular. Pero la muerte de Song no se debía a un atraco callejero cometido al azar, de eso estaba seguro.
Apareció un revisor empujando un carrito por el pasillo, en el que llevaba snacks, fideos instantáneos, tés y cerveza. En la rejilla inferior del carrito había varias teteras de pico largo. Chen pidió fideos instantáneos con ternera y cebolletas fritas servidos en un cuenco de plástico, en el que el revisor vertió con destreza un arco de agua caliente. El inspector jefe pidió además un huevo hervido en té, y lo introdujo en el cuenco. No sería demasiado agradable abrirse camino por el tren hasta el vagón restaurante, para luego tener que volver a su asiento.
Chen esperó dos o tres minutos antes de sacar el huevo, y a continuación echó el paquete de condimentos en la sopa. Le pareció que los fideos instantáneos tenían un sabor bastante aceptable. Las motas verdes que flotaban en la sopa recordaban remotamente a la cebolleta picada. Era igual que en sus años de estudiante, con la diferencia de que entonces los fideos instantáneos no venían en recipientes de plástico.
La pareja que tenía enfrente sacó una fiambrera de acero inoxidable con ternera frita y pescado ahumado, así como cucharas y palillos envueltos en papel. Iban muy bien preparados para el viaje. La mujer empezó a pelar una naranja y a metérsela en la boca a su marido, gajo a gajo.
Chen se acabó el huevo, pensando que debería haber comprado un par de bollos de la marca «Los Perros no se Irán». Después se sorprendió de haber pensado algo así. No había perdido el apetito, ni siquiera durante un viaje como ése. Rebuscó en el bolsillo un cigarrillo pero no lo sacó. El ambiente del tren ya estaba bastante cargado.
La muchacha que viajaba a su lado empezó a leer su libro sin comer nada. Debía de sentirse incómoda sentada durante tanto tiempo en la misma postura, así que se quitó las zapatillas de sendas patadas y apoyó un pie descalzo en el borde del asiento que tenía delante. La muchacha marcaba algunos párrafos con un bolígrafo y tamborileaba con los dedos sobre el asiento.
Era muy joven, pero parecía bastante seria. Tal vez la forma en que leía reflejaba la forma en que se enfrentaba al mundo. Chen intentó estirar las piernas sin molestar a sus compañeros de viaje, pero no fue nada fácil, y a punto estuvo de verter el cuenco con fideos sobre la mesa. La mujer que tenía enfrente lo fulminó con la mirada.
Le volvió a la memoria lo que había leído sobre el tren especial de Mao. El coche cama estaba equipado con todas las comodidades, la cama especial tenía una tabla de madera en lugar de colchón, y en él viajaban también esas revisoras y enfermeras tan guapas que lo trataban a cuerpo de rey…
Chen se masajeaba las sienes con los ojos entrecerrados, tratando de evitar un ataque de migraña, cuando sonó su móvil. Era otra vez el subinspector Yu.
—Un momento —le dijo Chen.
El inspector jefe se disculpó y salió con dificultad al pasillo. Para su sorpresa, varias personas viajaban de pie apoyadas contra la puerta. Al parecer, eran los pasajeros que no habían encontrado asiento. A su espalda vio un lavabo con el letrero de «libre», se metió en él apresuradamente y cerró la puerta con el pestillo tras de sí.
—A ver, dígame lo que ha encontrado —dijo Chen, abriendo una ventanita. El aire del lavabo estaba muy cargado y allí dentro apestaba.
—He ido al comité vecinal. Hong no era policía de barrio en aquella época, pero habló con Huang Dexing, su predecesor. Llegó una escuadra enviada desde Pekín. El Gobierno municipal llamó a Huang y le ordenó que cooperara en todo lo que le pidieran. Parecía una misión confidencial. Los miembros de la escuadra registraron las habitaciones de Tan y de Qian, y quisieron hablar con sus allegados.
—¿Encontraron algo?
—No. Huang ayudó a confeccionar una lista de personas a las que interrogar, pero la lista no llegó a usarse. Tan murió, y Qian a punto estuvo de morir también. Pasó varios días desvariando, tumbada en una cama de hospital. Y la escuadra abandonó la investigación y volvió a Pekín.
Ahora el lavabo del tren parecía un horno, aunque hacía rato que el sol se había puesto.
—Huang intentó recordar los nombres de la lista, pero no lo consiguió —siguió explicando Yu—. Todo aquello pasó hace muchos años, y no se conservan los expedientes en ninguna parte. Según recordaba Huang, la lista incluía nombres del círculo en el que se movía Qian antes del inicio de la Revolución Cultural, y del instituto de secundaria en el que estudió Tan. Una de esas personas fue vista con él poco antes de que intentara huir a Hong Kong, y otra venía también de una «familia negra». Seguí investigando y pregunté en el instituto de secundaria El Gran Paso Adelante. Hablé con un profesor jubilado que había dado clase a Tan. Según me dijo, uno de los mejores amigos de Tan era Xie…
—¿Qué sabe acerca de Xie, subinspector Yu?
—Bueno, el Viejo Cazador siguió a Jiao hasta la Mansión Xie. Así que debe de estar relacionado con el caso, supongo.
Pese a su advertencia, el subinspector Yu había actuado por su cuenta, algo que Chen tendría que haber previsto. Sin embargo, los datos que su eficiente compañero acababa de obtener podrían ser cruciales; ahora sabían que Xie era culpable, como mínimo, de ocultar información.
—La información sobre Xie es importante. Pero recuerde, ni usted ni el Viejo Cazador deben acercarse a él. Ya estoy de regreso a Shanghai. Tenemos que hablar de Xie antes de que alguien dé ningún paso. ¿Ha descubierto algo más sobre la muerte de Song?
El picaporte comenzó a vibrar. Alguien que esperaba fuera se estaba impacientando.
—Nada, pero tengo el nombre de su sustituto, Liu, y su número de móvil, jefe.
—Estupendo. —Chen copió el número en su móvil—. Lo llamaré cuando llegue a Shanghai.
Chen decidió llamar a Liu, pese a que el picaporte no dejaba de moverse. Una llamada corta.
—Liu, soy Chen Cao.
¡Ah, inspector jefe Chen! ¿Dónde se ha metido?
—Estoy en un tren de regreso a Shanghai. Reúnase conmigo en la estación hacia las siete de la mañana —dijo Chen sin responder a la pregunta de Liu. Y luego añadió—: He estado enfermo.
Tras colgar, Chen salió finalmente del lavabo. Un gigantón de barba poblada le dirigió una mirada furibunda, entró apresuradamente en el cubículo y cerró dando un portazo.
Por la rendija de la puerta entraba una agradable corriente de aire. Pero Chen tuvo que volver a su asiento, abriéndose paso entre los demás pasajeros. Una mujer corpulenta de mediana edad se había sentado en el suelo con las piernas estiradas. Su hijita estaba sentada en una postura similar, con la espalda apoyada contra la de su madre. Chen tuvo que pasar con cuidado, levantando mucho los pies.
Cuando consiguió llegar a su asiento, le sorprendió encontrar a una anciana sentada allí, con la mejilla apoyada sobre la mesita. La mujer, de entre setenta y ochenta años, llevaba un vestido de tela negra tejida a mano y tenía el cabello plateado, muy brillante. Posiblemente era uno de los pasajeros que habían subido al tren en Tianjin, y había ocupado su asiento mientras Chen hablaba por teléfono.
—No me entendía —musitó la chica en tono de disculpa. Tal vez había tratado de impedir que la anciana ocupara el asiento de Chen, sin conseguirlo.
—Llame al revisor —sugirió el hombre que se sentaba enfrente—. Esto va contra las normas.
Se suponía que el revisor sacaría a rastras a la mujer vestida de negro, la cual farfulló unas palabras ininteligibles pero continuó allí sentada sin moverse, como una estatua.
—Le será difícil aguantar de pie durante toda la noche —apuntó un pasajero desde el otro lado del pasillo.
—Pues no le quedará más remedio —repuso el revisor, empezando a empujar a la anciana—. Las normas son las normas. Hay una litera disponible. Una litera superior. Alguien puede ocuparla pagando un suplemento.
—Una litera —repitió Chen. Tal vez quedó libre cuando algún pasajero se había apeado en Tianjin—. Yo pagaré el suplemento.
—Son doscientos yuanes —dijo el revisor—. Es mucho más cómoda que los asientos. Eso le solucionará el problema a un «bolsillos llenos» como usted. No lleva mucho equipaje, ¿verdad?
—No, no llevo mucho equipaje, pero puede acompañar a la anciana a la litera, yo ya estoy bien en este asiento. Aquí tiene los doscientos yuanes.
La pareja situada enfrente miró a Chen con asombro mientras éste sacaba dos billetes de cien yuanes. La anciana resultó no ser tan dura de oído y se levantó sin que tuvieran que repetírselo. El revisor, aliviado porque se había solucionado el problema, se la llevó sin añadir más.
—No hay mucha gente dispuesta a seguir el ejemplo del camarada Lei Feng —comentó el hombre que se sentaba al otro lado del pasillo—. Ya no estamos en la época de Mao.
Chen volvió a sentarse en su asiento junto a la ventanilla sin decir nada. Si recibía otra llamada, no le sería fácil subir y bajar de la litera superior de un coche cama. Su decisión no había tenido nada que ver con un modelo de altruismo como fuera Lei Feng durante la época de Mao, aunque a Chen le hubieran endosado un caso sobre el presidente.
—Usted debe de ser alguien importante —afirmó la chica, sentándose más cerca de Chen—, pero ha comido fideos instantáneos en lugar de ir al vagón restaurante.
—Bueno, me gustan los fideos instantáneos —sonrió Chen a modo de disculpa.
En la sociedad actual, alguien que comía fideos instantáneos sentado en un duro asiento de tren estaba considerado un don nadie incapaz de pagar un suplemento de doscientos yuanes para dormir en una litera, y mucho menos de pagársela a otro. La brecha entre ricos y pobres era un hecho vergonzoso, pero aún más vergonzosas eran las reacciones de la gente. En la época de Mao, se suponía que la sociedad era igualitaria, al menos en teoría. Chen se sintió mal.
—Es un gasto a cargo de mi empresa. El billete, quiero decir.
No era del todo cierto; tal vez no le reembolsaran el importe del billete. Aun así, no iba a preocuparse ahora por doscientos yuanes.
Las luces nocturnas del tren se encendieron. La pareja de enfrente cerró los ojos, tras recostarse el uno contra el otro. El silencio fue invadiendo gradualmente el vagón. Chen contempló en la ventanilla su reflejo, supuesto al paisaje en la oscuridad.
Pekín quedaba muy atrás.
Borracho, fustigué a un caballo valiosísimo;
me preocupa abrumar
a una belleza con una pasión excesiva.
Los dos versos de Daifu le volvieron inesperadamente a la memoria. Años atrás, un amigo se los había copiado en un abanico de papel, que Chen luego perdió. Con una punzada de culpabilidad, el inspector jefe cayó en la cuenta de que ni siquiera había llamado a Ling antes de abandonar Pekín.
Pero entonces se puso a pensar en otro poema que Mao había escrito a Yang cuando ambos eran jóvenes:
Te saludo con la mano y me voy.
Nos es insoportable permanecer de pie
mirándonos, inconsolables.
Nuestro sufrimiento se repite una y otra vez,
tus ojos rebosantes de dolor
reprimen las lágrimas con dificultad.
Continúas malinterpretando mi carta,
pero todo esto pasará
como las nubes y la niebla.
Sólo tú me comprendes en este mundo.
¡Cómo me duele el corazón!
¿Acaso lo sabe el cielo?
A Chen no le gustaba el poema, tan lleno de lugares comunes. Y aún le costaba entender cómo podía haber sido tan cruel Mao con Yang y con sus otras mujeres.
El sonido de su móvil interrumpió sus cavilaciones. Era el Viejo Cazador. Chen miró de reojo a la chica que iba a su lado y vio que dormitaba con la boca levemente abierta.
El inspector jefe decidió no levantarse esta vez. Tal vez un par de frases breves fuera de contexto resultaran incomprensibles si las oían.
—Estoy en el tren, de regreso a Shanghai. Esto está abarrotado, hay mucha gente tanto sentada como de pie —explicó Chen, para asegurarse de que el policía jubilado captara la indirecta.
—Fui a ver a su criada. —El Viejo Cazador fue directo al grano. Esta vez no comenzó a divagar como un personaje de las óperas de Suzhou—. Se llama Zhong.
—¿Su criada? —Debía de ser la criada de Shang, cayó en la cuenta Chen—. ¡Ah! Ya entiendo. Eso es estupendo. ¿Le ha contado algo nuevo?
—Xie visitaba a Jiao en el orfanato. Según Zhong, la ayudó económicamente.
—Eso es muy interesante.
—Zhong afirma que Xie es el responsable del cambio que se ha producido en la vida de Jiao.
—¡Caramba!
—Voy a investigarlo, con la ayuda de Zhong.
—No, no haga nada, Viejo Cazador. Estaré ahí a primera hora de la mañana. Hablémoslo primero.
Chen nunca había pensado que Xie hubiera ayudado a Jiao. Económicamente, eso no era posible. Xie apenas podía subsistir con sus ingresos.
Sin embargo, entre Xie y Jiao había algo, una relación que ahora estaba fuera de toda duda a la luz de la información que le habían proporcionado Yu y el Viejo Cazador.
Entonces, ¿a qué venía tanto secretismo por parte de Jiao y de Xie? Ninguno de los dos había querido revelar el vínculo que los unía. Se lo habían ocultado tanto a Chen como al resto de sus conocidos. Los invitados que acudían a la mansión tampoco parecían saber nada. Si Xie visitó a Jiao en el orfanato cuando ésta era una niña, lo hizo por su amistad con Tan. No había nada malo o indecoroso en ello, ni era preciso ocultarlo. Al inspector jefe le sorprendió que Seguridad Interna desconociera la conexión entre Xie y Qian.
El caso parecía cada vez más desconcertante.
A su lado, la chica empezó a roncar, aunque sin hacer demasiado ruido. De la comisura de la boca le colgaba un hilillo de saliva.
Hacia las tres, rígido como una caña de bambú tras permanecer varias horas en el asiento, Chen comenzó a dar cabezazos contra el duro respaldo. Estaba tan cansado de cavilar en la oscuridad que por fin se durmió.
Lo último en lo que pensó antes de dormirse fue en aquella tabla de madera a modo de colchón que había visto en el Mar del Sur Central. Una cama muy incómoda, sin lugar a dudas.