20

Gunvald Larsson y Martin Beck habían consumido las primeras horas de la mañana pensando intensamente, pero por desgracia se veían limitados por sentimientos de inquietud, humillación y cansancio. Ambos se daban cuenta de que ya no eran jóvenes.

Heydt había entrado en el país a pesar de todas las medidas de seguridad rigurosísimas; parecía lógico pensar que el resto del grupo terrorista se hallase también en Estocolmo, y que llevase allí bastante tiempo. No parecía verosímil que Heydt hubiera venido solo.

Sabían bastantes cosas sobre Reinhard Heydt, pero en cambio no tenían la más ligera idea de en qué parte de la ciudad se encontraba, y sólo podía tratar de adivinar qué pensaba hacer.

De todos modos, tenían algunas pistas, al menos dos bastante seguras: el aspecto de Heydt, y el hecho de que dispusiera de un coche verde con matrícula sueca, con las letras GOZ; en cambio, no sabían de qué clase de coche se trataba, ni la marca, y, sobre todo, ya no les quedaba tiempo para hacer nada.

¿De dónde había sacado el coche? ¿Lo habría robado? Eso parecía ser un riesgo innecesario y Heydt no era hombre que se arriesgase inútilmente. En cuanto pudieron, comprobaron la lista de coches robados, pero no coincidía ninguno.

También podía haberlo comprado o alquilado, pero hacer esas comprobaciones les llevaría días, y quizá semanas, y sólo disponían de unas pocas horas, durante las cuales sus despachos pasarían de ser un lugar de trabajo decente a convertirse en la sede del caos y del desorden.

Skacke y Melander llegaron a las siete y escucharon con expresión grave el nuevo aspecto del caso Heydt. Después empezaron a hacer trabajar sus teléfonos, pero ya era demasiado tarde. Por allí empezó a desfilar una cantidad enorme de personas, muchas de las cuales parecía como si se acabaran de dar cuenta de que su presencia en el lugar era indispensable. Llegó el director general de la policía, seguido de cerca por Stig Malm, el jefe local de la policía de Estocolmo, y el jefe de las fuerzas de orden público. Poco después apareció Bulldozer Olsson con su alegre semblante, y luego vino un representante del cuerpo de bomberos, al que nadie había invitado, dos intendentes de la policía, que según todos los indicios sólo venían movidos por la curiosidad, y, como colofón, un secretario de Estado enviado por el gobierno, al parecer con el encargo de observar la operación.

Un rato más tarde, incluso se pudo ver la coronilla de Eric Möller en medio de aquel jolgorio, pero a aquellas horas ya habían perdido todas las esperanzas de poder hacer algo importante.

Gunvald Larsson se dio cuenta muy pronto de que le resultaría totalmente imposible llegar a su casa en Bollmora para ducharse y cambiarse de ropa, y si Martin Beck tenía algún plan en ese sentido o en cualquier otro, todo se vino abajo debido a que, desde las ocho y media y sin interrupción, estuvo hablando por teléfono con un montón de personas, la mayor parte de las cuales tenían una relación bastante remota con la visita del alto dignatario.

En el revuelo general, también entraron dos reporteros criminalistas en el cuartel general, donde intentaban captar noticias. Estos periodistas, según se creía, tenían una opinión favorable sobre la policía, y en la dirección general existía la intención de caerles bien y de lograr su apoyo. El director general con uno de los reporteros a sólo medio metro de distancia, se dirigió a Beck diciéndole:

—¿Dónde está Einar Rönn?

—No lo sé —mintió Martin Beck.

—¿Qué está haciendo?

—Eso tampoco lo sé —dijo Martin Beck, mintiendo todavía más.

Mientras retiraba el codo del armario, se oyó al director general de la policía murmurar para sí:

—Es curioso, es una forma de dar órdenes curiosísima.

Poco después de las diez llamó Rönn y consiguió, tras mucho toma y daca, hablar con Gunvald Larsson.

—Sí, hola, soy Einar.

—¿Está todo preparado?

—Sí, me parece que sí.

—Bien, Einar, ¿estás cansado?

—Sí, eso sí. ¿Y tú?

—Estoy hecho un guiñapo —confesó Gunvald Larsson—, ayer ni me acosté.

—Bueno, yo al menos he dormido dos horas.

—Algo es algo. Y ahora, ten mucho cuidado.

—Sí, y tú también.

Gunvald Larsson no dijo nada sobre Heydt, en parte porque allí había demasiadas personas extrañas que podían oírle, y en parte porque aquella información sólo serviría para que Rönn se pusiera aún más nervioso de lo que ya estaba, suponiendo que lo estuviera.

Gunvald Larsson avanzó como pudo hasta la ventana, dio la espalda a todos los demás y miró hacia el exterior. Lo único que se veía desde allí era el supercuartel general de la policía, en construcción, y un poco de cielo gris y triste.

El tiempo era el que se podía esperar con cero en el termómetro, viento del noroeste y nubes de nieve aproximándose, lo cual no iba a ser nada divertido para la gran cantidad de policías de servicio en el exterior, ni tampoco para los manifestantes.

El jefe de la SÄPO parecía haber tenido razón en un aspecto: durante todo el día habían estado llegando manifestantes de Noruega y aún más de Dinamarca, confundiéndose con los del país y formando todos juntos un muro ininterrumpido desde Norrtull hasta la plaza de Sergel y el edificio del Parlamento en el centro de Estocolmo, centro de reciente construcción, todo él provisional, y absolutamente catastrófico desde el punto de vista del medio ambiente.

A las diez y media, Martin Beck consiguió liberar a sus tres colaboradores más cercanos y les hizo entrar en un despacho contiguo, en el que Gunvald Larsson cerró en seguida las puertas y desconectó todos los teléfonos.

Martin Beck les dirigió un parlamento muy breve:

—Sólo nosotros cuatro sabemos que Reinhard Heydt está en la ciudad, con toda seguridad, y con él por consiguiente un grupo terrorista al completo. ¿A alguien le parece que estos hechos deben hacernos modificar nuestro plan?

Nadie respondió hasta que Melander se sacó la pipa de la boca y habló:

—Por lo visto, ésta es la situación con la que habíamos contado desde un principio, o sea que no veo por qué hemos de cambiar nuestro plan a estas alturas.

—¿Cuál es el riesgo que corren Rönn y su gente? —preguntó Benny Skacke.

—Muy grande —dijo Martin Beck—. Vamos, eso me parece a mí.

Sólo Gunvald Larsson discrepó:

—Si ese maldito Heydt o alguno de sus colaboradores sale con vida del país, me lo voy a tomar como un fracaso personal, tanto si hacen volar por los aires a ese americano como si no.

—O le pegan un tiro —dijo Skacke.

—Les va a ser prácticamente imposible pegarle un tiro —aseguró Melander con una gran calma—. Toda la protección a distancia se basa en impedir acciones a larga distancia. En los contados casos en que abandone el coche blindado va a tener una fuerte protección personal de hombres provistos de armas automáticas y chalecos antibala. Todas las zonas interesadas han sido cerradas al tráfico desde las doce de esta noche.

—Y en el banquete de esta noche —preguntó Gunvald Larsson de repente—, ¿van a servirle champán en copas blindadas a ese cabrón?

Solamente se rió Martin Beck, por lo bajo pero de todo corazón, y él mismo se sorprendió al verse capaz de reír en una situación semejante.

Melander dijo con paciencia:

—El banquete es cosa de Möller; si he entendido bien su plan, cada uno de los camareros y servidores del patio de Caballerizas será esta noche un agente de seguridad armado.

—¿Y la comida? —quiso saber Gunvald Larsson—. ¿Va a cocinar el propio Möller? Porque, si es así, el pobre senador tiene pocas probabilidades de salir con vida.

—El cocinero jefe y las cocineras son de confianza, pero además se les visitará y se les observará atentamente.

Durante un rato hubo silencio. Melander fumaba su pipa; Gunvald Larsson abrió la ventana y dejó entrar un viento helado y algo de lluvia y nieve, junto con la dosis normal de motas de polvo y aceite y demás desechos dañinos de la industria.

—Tengo otra cuestión —dijo Martin Beck—, y ahora el tiempo apremia. ¿Quiénes están de acuerdo en que deberíamos advertir al jefe de la policía de seguridad sobre la presencia de Heydt y también de ULAG en Estocolmo?

Gunvald escupió con desprecio por la ventana. Skacke parecía meditar, pero no dijo nada; fue de nuevo Melander el responsable de la idea más lógica:

—Informar de estas cosas en el último momento no mejorará las posibilidades de Eric Möller y de la protección personal; muy al contrario, corremos el riesgo de que se produzca confusión y órdenes contradictorias. La protección personal ya está organizada y todos son conscientes de su trabajo.

—Está bien —dijo Martin Beck—; como sabéis, hay varios detalles —bueno, muchísimos— que sólo conocemos los cuatro. Si algo sale mal, seremos nosotros los que carguemos con el muerto.

—No tengo nada en contra —respondió Skacke.

Gunvald Larsson volvió a escupir con desprecio por la ventana. Melander asintió con la cabeza; lleva treinta y cuatro años como policía y pronto serían treinta y cinco, y tenía mucho que perder con una suspensión o un eventual despido.

—No —dijo por fin—, yo no puedo decir, como Benny, que no tengo nada en contra; en cambio, estoy dispuesto a correr un riesgo calculado, y éste es el caso.

Gunvald Larsson miró su reloj. Martin Beck siguió su mirada y dijo:

—Sí, ya es la hora.

—¿Nos atenemos estrictamente al plan? —preguntó Skacke.

—Sí, mientras la situación no desemboque en algo dramático; entonces, lo dejo a vuestra propia consideración.

Skacke asintió. Martin Beck dijo:

—Yo y Gunvald nos serviremos de uno de los coches más rápidos de la policía, un Porsche, para poder avanzar o retroceder y dar la vuelta a lo largo del itinerario, lo más deprisa posible, en caso necesario.

La policía no tenía más de media docena de aquellas maravillas mecánicas pintadas de blanco y negro.

—Vosotros dos, Benny y Fredrik, iréis en la furgoneta de la radio; os colocaréis a la cabeza de la comitiva, entre la escolta motorizada y la limousine blindada. Allí podréis seguir la radio y la televisión, y vigilar también nuestra propia radio. Aparte del conductor, dispondréis de un experto en electrónica, que según dicen es capaz de hacer cualquier cosa con la electrónica y algunas cosas más.

—Bien —dijo Melander.

Volvieron al despacho, en el que sólo permanecía el jefe local de la policía. Estaba delante del espejo y se peinaba con cuidado y coquetería. Después se miró la corbata, que era de seda y de un solo color, como de costumbre; aquel día era amarillo claro.

Sonó el teléfono y contestó Skacke.

Tras una breve conversación ininteligible, colgó y dijo:

—Era SÄPO-Möller; ha expresado su sorpresa.

—Vamos, habla, Benny —ordenó Martin Beck.

—Estaba sorprendido de que uno de sus hombres figurase en la lista del grupo especial.

—¿Qué coño es eso de una lista del grupo especial? —exclamó Gunvald Larsson.

—El hombre se llama Victor Paulsson. Möller dice que él, personalmente, ha estado aquí esta mañana para recoger la lista del grupo especial. Dice que necesitaba este grupo para una misión especial de protección personal, y que ha puesto a ese Victor Paulsson en la lista del GE y que desde ahora está bajo sus órdenes.

—¡Por todos los demonios del infierno! —gritó Gunvald Larsson—. ¡No, por todos los cuernos del mundo, esto no puede ser cierto! Ha estado arriba y se ha llevado la lista de los idiotas, los patanes, los que estaba previsto que hicieran guardia sin moverse.

—Pues ahora ya los tiene —dijo Skacke—, y no me ha dicho desde dónde llamaba.

—¿O sea que se ha creído que tu abreviatura de Gilipollas Escogidos quería decir Grupo Especial? —preguntó Martin Beck.

—¡No! —gritó Gunvald Larsson y se golpeó la frente con el puño—. ¡Mierda de mierda, esto no puede ser! ¡Me cago en su madre! ¿Ha dicho para qué los quería?

—Sólo que era para una misión especial.

—¿Como proteger al rey?

—Si es por el rey, aún llegaríamos a tiempo —dijo Martin Beck—, pero si no...

—Si no, no podemos hacer ni una puñetera mierda —exclamó Gunvald Larsson—, porque ahora nos tenemos que marchar ya. ¡Qué puta mala suerte, joder!

Cuando atravesaban la ciudad en el coche, añadió:

—Pero ha sido culpa mía, ¿por qué no escribí simplemente «Lista de idiotas», y por qué no me la guardé en mi escritorio bajo llave?

—A lo mejor aún se puede arreglar —dijo Martin Beck.

El vehículo de escolta iba por su cuenta al aeropuerto. Gunvald Larsson prefirió tomar el camino por la calle Kung y la de Svea. En todas partes se veían grupos de policías uniformados, así como muchos de paisano, que en su mayor parte eran criminalistas y agentes de la periferia.

Detrás de ellos se apretujaban ya bastantes manifestantes con pancartas y banderolas, y un número superior de curiosos.

En la acera, delante del cine Rialto, justo delante del edificio principal de la Biblioteca Nacional, se encontraba una persona cuya presencia sorprendió bastante a Martin Beck. El hombre no era muy alto para ser policía, tenía la cara curtida y las piernas un poco arqueadas. Llevaba un abrigo con capucha y pantalones de lana a rayas diagonales grises, marrones y verdes, con las perneras metidas en unas botas altas y verdes de goma. En la nuca llevaba un sombrero de safari de color indeterminado. Nadie que no supiera que era policía podía habérselo imaginado.

—¿Quieres parar un momento? —dijo Martin Beck—. Junto a ese tipo del sombrero de cazador de tigres.

—¿Quién es? —preguntó Gunvald Larsson frenando—. ¿Un agente secreto o el jefe del servicio de seguridad de Korpilombolo?

—Se llama Nöjd —contestó Martin Beck—, Herrgott Nöjd. Es inspector de policía en Anderslöv, un municipio entre Malmö e Ystad, en el distrito policial de Trelleborg. ¿Cómo puñeta ha venido a parar aquí?

—¿Y qué piensa hacer? —dijo Gunvald Larsson parando el coche—. ¿Cazar alces en el parque de Humle?

Martin Beck abrió la portezuela y dijo:

—¿Herrgott?

Nöjd le miró sorprendido. Luego se ajustó la cinta del sombrero de safari y éste se inclinó hacia adelante, sobre uno de sus ojos vivarachos.

—¿Qué hace aquí, Herrgott?

—No lo sé exactamente. Me han traído en un avión chárter lleno de policías de Malmö, Ystad, Lund y Trelleborg, esta mañana muy temprano, y después me han colocado aquí. Ni siquiera sé muy bien dónde estoy.

—Estás muy cerca del cruce de las calles Oden y Svea —explicó Martin Beck—, Si todo va bien, la escolta pasará por aquí.

—Hace un rato ha pasado un borrachín y me ha dicho que fuese a buscarle una botella de licor. Se ha quedado muy cortado. Teníamos orden de parecer unos paletos.

—Tienes un aspecto formidable —dijo Martin Beck.

—¡Vaya tiempo de mierda! —exclamó Nöjd—. ¡Y qué ciudad más complicada! Hace un par de minutos ha venido una viejecita y me ha preguntado por la Biblioteca Nacional. ¿Qué podía decirle yo, si ni siquiera sé en qué calle estoy?

—Si miras al frente verás un gran edificio marrón con una torre redonda muy rara, justo enfrente de ti; ésa es la Biblioteca Nacional, y tú estás en la calle Svea, de espaldas a un cine que se llama Rialto.

—Sí, eso ya lo había visto —dijo Nöjd—, y parece que hacen una buena película.

Martin Beck echó un vistazo a los carteles, que anunciaban una película de Luis Buñuel.

—¿Vas armado?

—Sí; ésas eran las órdenes.

Se desabrochó el abrigo y dejó ver un gran revólver, sujeto a la cintura con un gancho, justamente como Gunvald Larsson solía llevarlo, aunque él prefería la pistola automática.

—¿Eres el jefe de todo este circo? —preguntó Nöjd.

Martin Beck asintió y preguntó a su vez:

—¿Y qué tal por Anderslöv cuanto tú no estás?

—Bien. Me sustituye Evert Johansson, y todo el mundo sabe que vuelvo pasado mañana. Nadie se atreverá a hacer nada, aparte de que no pasa nunca nada en Anderslöv, excepto aquella vez hace un año, cuando estuviste allí.

—Me invitaste a una cena fantástica —dijo Martin Beck—. ¿Quieres cenar en mi casa esta noche?

—¿Aquel día que cazamos faisanes?

Nöjd se echó a reír y luego respondió a la pregunta:

—Desde luego, sólo que lo que ocurre es que nos dan las órdenes más fantásticas. Tengo que dormir en una casa que está vacía, junto con otros diecisiete. Alojamiento dijeron... ¡joder!

—Ya lo arreglaremos —le aseguró Martin Beck—; hablaré con el jefe de la policía de orden público; precisamente en estos momentos es subordinado mío. ¿Tienes mi número y mi dirección, verdad?

—Ya lo creo —contestó Nöjd palmeándose el bolsillo trasero—. ¿Y éste quién es?

—Se llama Gunvald Larsson. Normalmente trabaja en la sección de delitos violentos, aquí en la ciudad.

—¡Pobre diablo! —dijo Nöjd—, He oído hablar de él. ¡Vaya trabajo! Es un tío enorme para un cochecito tan pequeño. Me llamo Herrgott Nöjd; es un nombre chocante, pero ya me he acostumbrado. Y en Anderslöv ya no se burla nadie.

Gunvald Larsson no le dirigió ni una palabra a Nöjd; acababan de ser presentados y esto era todo.

—Nos hemos de marchar —dijo.

—Está bien —dijo Martin Beck—; entonces nos veremos esta noche en mi casa. Si hay jaleo, nos llamaremos.

—Muy bien —asintió Nöjd—, pero ¿tú crees que pasará algo?

—Casi seguro —contestó Martin Beck—, algo ocurrirá pero es difícil saber qué.

—Mmmm —rezongó Nöjd—, espero que no me ocurra precisamente a mí. ¿Cómo se llama esta calle que cruza?

—Calle Oden.

—Procuraré acordarme. Es mejor que os marchéis, hasta luego.

—Adiós. Ya nos veremos. ¿Te parece bien a las ocho?

Gunvald Larsson conducía velozmente. Aquel coche estaba hecho para correr. Durante el camino sólo intercambiaron un par de frases.

—Parecía un buen tipo —comentó Gunvald Larsson—; no sabía que todavía quedaban polis así.

—Tenemos alguno que otro, pero no quedan demasiados.

A la altura de Norrtull, Martin Beck preguntó:

—¿Dónde está Rönn?

—Bien oculto, pero no estoy preocupado por él.

—Rönn es bueno —dijo Martin Beck.

—Pocas veces expresas lo que sientes en este aspecto.

—No, es mi manera de ser.

A lo largo de la carretera había policías, y más allá, esparcido a lo largo de la carretera, se encontraba lo que la policía valoraba en diez mil manifestantes, una cifra algo baja a todas luces, pues más bien parecía que había treinta mil.

Cuando entraban en la zona del vestíbulo de llegada vieron el avión, que se disponía a tomar tierra en aquel momento.

La operación había empezado. Por la radio policial llegó una voz metálica:

—Todas las unidades provistas de radio emplearán desde este preciso instante la señal Q. Repetimos: Q, y será válida hasta nueva orden. Sólo se obedecerán las instrucciones del comisario Beck. No hace falta contestarlas.

Martin Beck sonrió. La señal Q era muy poco frecuente; significaba silencio total en la radio policial.

—¡Coño, y yo no he podido ducharme ni cambiarme de ropa! —exclamó Gunvald Larsson—. Ese maldito Heydt tiene la culpa.

Martin Beck observó a su compañero y le pareció que estaba bastante más elegante que él mismo.

Gunvald Larsson aparcó fuera de la terminal de llegadas internacionales. El avión todavía no había tocado tierra. A pesar de todo, habían llegado a tiempo, por lo menos con varios minutos de antelación.