Hacia 1870 puede darse por acabada la que se conoce como la fase de acumulación originaria de capital, que fue lo que, en definitiva, caracterizó la Primera Revolución Industrial: la constitución de la base sobre la que se levantará el entramado de todo el sistema capitalista.
El sistema capitalista partía de tres principios que se consideraron inmutables:
1) Existencia de energía barata y en cantidad inagotable
(este principio primero fue aplicado al carbón y poste
riormente al petróleo).
2) Disponibilidad de la cantidad de mano de obra que
fuese conveniente en cada momento (nótese que la lo-
calización geográfica de esa mano de obra no era im
portante, de ahí que hasta la década de 1970 fuese fundamentalmente continental -preferentemente nacional- y que a partir de dicho año comenzasen diferentes procesos de deslocalización en todo el planeta).
3) Libertad de acción de los propietarios del capital (capitales cuyos propietarios -personas físicas o jurídicas- pueden tener cualquier nacionalidad, sin influir ello en su operativa).
A lo largo del siglo XIX y sobre todo en su segunda mitad, los descubrimientos técnicos (mecánicos, siderúrgicos, químicos, ópticos…) fueron continuos, lo que fue mejorando la calidad de los procesos productivos redundando en el aumento de las cantidades producidas de todo tipo de bienes.
Este hecho, en principio magnífico, suponía no obstante requerimientos continuados de capital; al mismo tiempo las cada vez más rápidas mejoras técnicas que se iban produciendo exigían plazos de amortización más reducidos. En consecuencia, obtener capital pasó a ser un objetivo fundamental.
Esta situación fue derivando hacia una creciente vinculación entre industria y capital: para las unidades productivas la obtención de capital de forma rápida y segura devino esencial a fin de aplicarse a su actividad industrial; por ello, es en el período comprendido entre 1850 y 1870 cuando puede fecharse el nacimiento del capitalismo financiero.
Además, esta nueva orientación del capitalismo se vio reforzada y alimentada por el incremento del comercio internacional. La necesidad de ampliar mercados a fin de rentabilizar al máximo las inversiones realizadas, junto con la necesidad de invertir para ganar cuota de mercado exterior, llevó a la firma de acuerdos internacionales -Tratado Anglofrancés de 1860, creación de la Unión Monetaria Latina en 1865- que representaron un avance importante en la liberalización comercial y en la agilización de las transacciones financieras.Pero los cambios que se dieron a partir de 1870 no afectaron sólo a la posición de algunos Estados. A escala mundial se fue entrando en una nueva época -Segunda Revolución Industrial-, en la que el capital como elemento central del proceso económico se convirtió en el eje alrededor del que se produjeron cambios paulatinos en el modo de producción y en las relaciones políticas, y que tuvieron su reflejo a nivel demográfico, filosófico, cultural y artístico:
Con su explotación del mercado mundial, la burguesía ha imprimido un sesgo cosmopolita a la producción y consumo de todos los países. Para chasco y desazón de los reaccionarios, ha retirado de debajo de nuestros pies el mismísimo suelo nacional. Las viejas industrias nacionales se han ido -y siguen yéndose- a pique, presionadas por nuevas industrias cuya entrada en escena constituye un serio peligro para todas las naciones civilizadas. La vieja autosuficiencia y cerrazón a nivel local y nacional han dado paso a un movimiento y a una dependencia multilaterales de las naciones. Y esto no sólo en la producción industrial, sino también en la producción espiritual. Así, los productos del espíritu de cada nación se convierten en bien común. La unilaterali-dad y cerrazón nacionales tienen los días contados, mientras vemos cómo a partir de numerosas literaturas nacionales y locales se va formando una sola literatura mundial.1
El modo de producción industrial basado en la acumulación de capital y en el maquinismo había significado el triunfo de la burguesía industrial, pero también había demostrado que sólo los que mejor se adaptaban a las cambiantes y agresivas circunstancias incrementaban su cuota de poder económico. En la nueva fase, con modificaciones más rápidas, con una economía más globalizada, más interrelacionada y más compleja, el capitalismo financiero exageró aún más esa necesidad.