LO QUE SE NOS AVECINA

La evolución de los últimos doscientos años ha llevado a la economía mundial a un lugar sin retorno. Dirán que todos los lugares, una vez alcanzados, son de no retorno, y sí, así es, pero lo que ahora estamos exponiendo para luego abordar en profundidad es que la evolución de las cosas está abocándonos a una crisis sistémica, una situación que es imposible de evitar, pues una crisis sistémica es inevitable debido a que es fruto de una determinada evolución.

Una crisis sistémica es algo muy serio y especial: en dos mil años tan sólo se han producido dieciocho, la última en 1929, así que la del 2010 será la decimonovena de las acontecidas en estos dos milenios. ¿Por qué se produce una crisis sistémica?

Los sistemas económico-político-sociales son consecuencia de una realidad: las cosas suceden de determinada manera, son hechas de determinado modo, producen determinados efectos, no exactamente iguales, pero sí esencialmente idénticos en cuanto a sus significados y el modo como son hechas. Todo eso, ese conjunto de maneras de acontecer, de modos de hacer y de consecuencias constituye un sistema.

Es posible datar el momento en que un sistema comienza su existencia; a la vez, su duración es idéntica para todos los sistemas habidos en los últimos veinte siglos: 250 años; del mismo modo, es posible datar el momento en que se produce la muerte de un sistema (al menos lo ha sido para todos los sistemas habidos en estos dos mil años).

Maneras, modos, consecuencias…, en cualquier caso, existe algo que caracteriza a cada sistema de forma inequívoca. Ese elemento, que cambia al cambiar el sistema, es el modo de producción. Al igual que todos en el pasado, el sistema actual, el sistema capitalista, tiene sus bases, sus características y su fundamento filosófico-político. Todo ello predetermina un modo de producción.

El capitalismo se sustenta sobre tres bases. Su base cultural la determinó el calvinismo, la base filosófica se la dio la Ilustración y la económica de alguna manera es consecuencia de las otras dos y está definida por la búsqueda de la maximi-zación del beneficio individual.

La ética calvinista aportó algo que la moral católica, simplemente, no contemplaba: el individualismo. Para la moral católica lo único importante era la salvación de las almas en un entorno de libre albedrío, sí, pero influido por el mensaje de que la vida terrenal era un mero accidente en el tránsito hacia la eterna, la única importante; en consecuencia, los padecimientos y sufrimientos de ésta en nada importaban, ya que esta vida era una preparación, en la mortificación, para aquélla. En un entorno como el descrito, únicamente los ministros de la Iglesia, y en el idioma divino, el latín, podían hacer de transmisores entre los fieles y Dios.

El calvinismo, en cambio, parte de que la vida de cada persona se halla predeterminada; no obstante, el uso que cada uno haga de su potencial y de todo lo que Dios ha puesto a su alcance hará que sea mejor o peor a los ojos de Él, ya que cada cual se preocupará de utilizar de la mejor manera posible todo lo que Dios ha creado y procurará aportar a esas creaciones divinas características desarrolladas con su actividad y trabajo. En ese orden, la comunicación con Dios debe realizarla cada persona, sin intermediarios, y debe hacerlo en su propio idioma.

Es evidente que una visión como la aportada por la moral católica no fomenta ni el desarrollo de la economía como actividad enriquecedora ni a la persona como ente individual, lo que sí hace la ética calvinista. Simplificando, en los Estados y zonas en los que el calvinismo se desarrolló se produjeron significativos avances de la actividad económica, lo que no sucedió en aquellos donde triunfó la Contrarreforma abanderada por España.

La Ilustración aportó el componente filosófico. Nacida a finales del siglo xvii en Inglaterra, la Ilustración evolucionó a partir del calvinismo profundizando en el concepto de liberalismo y, a partir de éste, en el de propiedad privada. No es extraño que fuese la burguesía manufacturera, clase con un creciente poder económico pero carente de toda representación política debido al régimen monárquico y absolutista reinante, la que abrazase fervientemente y desde el comienzo los predicamentos liberales.

Obviamente, la maximización del beneficio individual se convirtió en el objetivo que alcanzar dentro de la ética calvinista: obtendrían mayor beneficio las personas que mejor hubieran utilizado los bienes creados por la divinidad y más hubieran aportado con su trabajo y bien hacer, por tanto serían ellas a quienes con mejores ojos miraría Dios. Evidentemente, algo así sólo era posible en un entorno liberal.

A partir de estas bases, las características del capitalismo se deducen con facilidad. Los bienes de producción deben ser de propiedad privada y ha de ser la persona propietaria quien decida cómo y de qué manera utilizarlos.

A la vez, la toma de decisiones debe producirse en un entorno libre, sin ningún tipo de fuerzas que limiten el poder de decisión de la persona; por ello, el papel de los gobiernos debe ser mínimo, y el de los Estados, el imprescindible para garantizar el orden necesario para la libre elección.

Finalmente, el papel del trabajo queda circunscrito a la generación de un valor que se obtendrá mediante la contribución, además, de capital y materias primas, factores y elementos organizados todos ellos de la mejor forma posible y supeditados a la obtención del mayor beneficio que en cada momento sea factible. En consecuencia, los factores productivos, y el trabajo como uno más, pasan a ser mercantilizados y supeditados a la oferta y a la demanda, en teoría libres, en la práctica, supeditados al capital, factor que fue convirtiéndose, aceleradamente, en el factor esencial.

El sistema capitalista fue conformándose a partir del desarrollo del maqumismo, del capital, en definitiva. Su fundamento fue estableciéndose con arreglo a sus bases y a sus características: lo importante, lo único importante, es el individuo, cada uno, en su papel de ciudadano que genera valor, consume y paga impuestos, es decir, lo importante es cada persona, no el Estado, que debe limitarse a garantizar que se cumpla el orden que debe cumplirse a fin de posibilitar la búsqueda del máximo beneficio.

La aparición del capitalismo, como la de cada sistema en su momento, se produjo cuando las circunstancias fueron las idóneas. La ética calvinista fue determinante, junto con las aportaciones de plata que España hizo a Europa a partir de su colonización de América. Sin embargo, lo más importante no fue eso, sino el agotamiento en el que desde mediados del siglo XVIII había entrado el sistema anterior: el sistema mercantilista.

Cuando las condiciones fueron las óptimas, se produjo el nacimiento de una nueva filosofía: la que sería la filosofía capitalista; asimismo fue diseñada una nueva estructura: la que a partir del 1820 aportaría el capitalismo. La Revolución francesa, llevada a cabo por la nueva clase, la burguesía, supuso el principio del fin del viejo orden, y el cataclismo generado por las guerras de Coalición acabó de romper el orden del ya totalmente agotado sistema mercantilista.

Volveremos sobre el tema; ahora simplemente deseo destacar que nos hallamos en un momento muy semejante al período 1760-1770: una vez definida la filosofía del sistema que sustituirá al capitalismo, se está diseñando la que será la estructura de ese nuevo sistema. ¿Qué ha sucedido? Simplemente que el sistema capitalista, el actual, ha cumplido su función y ya se halla prácticamente agotado. La crisis de las hipotecas basura, los niveles descontrolados a que se ha llevado la economía financiera, los montos de deuda privada de todo punto ya inasumibles, la creciente productividad que ya está tornando en excedentarios amplios colectivos humanos, los avances de una tecnología crecientemente eficiente, no son más que manifestaciones del agotamiento del sistema.

Nuestro sistema alcanzó el punto de no retorno en 1973 y su máximo nivel de evolución en el año 2003; a partir de aquí comenzó a gestarse el crash del 2010, cuya precrisis comenzó en 2007. La del 2010 no será una crisis coyuntural a semejanza de la de 1962, la de 1987, la de 1991 o la del 2000, sino una crisis sistémica, porque supondrá cambios en cómo «las cosas son hechas», es decir, en el modo de producción, al igual que lo supuso el crash de 1929, que dio paso a la Depresión de los años treinta.