22 de junio

Vuelta a casa

NO PODÍA DORMIR. La noche anterior había caído roto de agotamiento en el familiar suelo de madera de la habitación de Lena. Ambos nos habíamos quedado dormidos sin quitarnos siquiera la ropa. Habían pasado veinticuatro horas y se me hacía raro estar en mi cuarto, otra vez en una cama, tras dormir entre raíces y cerré la ventana a pesar del calor. Fuera había demasiadas cosas de las que tener miedo, demasiadas cosas contra las que luchar.

Era sorprendente que los vecinos de Gatlin pudieran dormir.

Lucille no tenía ese problema. Estaba amontonando ropa sucia en un rincón, preparando una cama para pasar la noche. Esa gata era capaz de dormir en cualquier sitio.

Pero yo no. Daba vueltas en la cama. Me resultaba muy difícil sentirme cómodo en medio de tanta comodidad.

A mí también.

Sonreí. Oí el crujido de las tablas del suelo y abrieron la puerta.

Era Lena, con mi vieja camiseta de Silver Surfer. Por debajo asomaban sus pantalones de pijama de verano. Tenía el pelo mojado. Lo llevaba suelto, como a mí me gustaba.

—Esto es un sueño, ¿no?

Lena cerró la puerta con un ligero brillo en sus ojos, en el verde y en el dorado.

—¿Un sueño de los tuyos o de los míos? —Se metió en la cama. Olía a jabón, limones y romero. Habíamos recorrido un largo camino para llegar hasta allí. Acomodó la cabeza sobre mi pecho y se pegó a mí. Percibí su incertidumbre y sus miedos.

¿Qué ocurre, L?

Se arrebujó un poco más.

¿Podrás perdonarme alguna vez? Sé que nada volverá a ser igual

La rodeé con los brazos recordando cuántas veces había pensado que la había perdido para siempre. Esos momentos me rondaban amenazando con aplastarme bajo su peso. No podía vivir sin ella. El perdón no tenía nada que ver conmigo.

Sí, todo será distinto, será mejor.

Pero no soy de Luz, Ethan. Soy otra cosa, soy complicada.

Busqué bajo las sábanas, cogí su mano y me la llevé a la boca. La besé en la palma, que todavía conservaba los trazos negros. Parecían de rotulador, pero yo sabía que no se borrarían nunca.

—Sé quién eres y cómo eres y te quiero. Nada puede cambiar eso.

—Ojalá pudiera regresar. Ojalá…

Apreté mi frente contra la suya.

—No. Tú eres tú. Tú elegiste ser tú misma.

—Da miedo. Mi vida da miedo. He crecido en medio de la Luz y la Oscuridad. Es extraño no encajar en ningún lado. —Rodó hasta apoyar la espalda en la cama—. ¿Y si no soy nada?

—¿Y si esa no es la pregunta correcta?

—¿Cuál es la pregunta correcta?

—Tú eres tú. ¿Quién eres tú? ¿Quién quieres ser? ¿Cómo puedo conseguir que me beses?

Se incorporó y se inclinó sobre mí. Sus cabellos me rozaron la cara haciéndome cosquillas. Me tocó con sus labios y sentí de nuevo electricidad, la corriente que fluía entre nosotros. La había echado de menos, aunque me quemara los labios.

Pero faltaba otra cosa.

Estiré el brazo y abrí el cajón de la mesilla.

—Creo que esto es tuyo.

Deposité el collar en su mano y los amuletos se le escurrieron entre los dos: el botón de plata que sujetaba con un clip, el cordón rojo, el pequeño rotulador que le regalé en el depósito de agua.

Se lo quedó mirando perpleja.

—He añadido un par de cosas. —Desenredé la cadena para que pudiera ver el gorrión de plata del funeral de Macon, que después de lo que había sucedido había adquirido un significado muy distinto—. Amma dice que los gorriones viajan hasta muy lejos y siempre encuentran el camino de vuelta a casa. Como hiciste tú.

—Sólo porque tú fuiste a buscarme.

—Conté con ayuda. Pero eso también he colocado esto.

Le enseñé la placa de Lucille, que había llevado en mi bolsillo mientras iba en busca de Lena y la veía a través de los ojos de la gata. Desde el rincón del cuarto, Lucille me miró y bostezó tranquilamente.

—Este objeto permite a los Mortales ponerse en contacto con un animal Caster. Macon me lo ha explicado esta mañana.

—¿Lo llevabas todo el tiempo?

—Sí. Tía Prue me lo dio. Funciona mientras lo lleves encima.

—Espera un momento. ¿Cómo es que tu tía tenía una gata Caster?

—Arelia se la regaló para que cuando bajara a los Túneles no se perdiera.

Lena desenmarañó el collar, deshaciendo los nudos que se habían formado desde que lo perdió.

—No puedo creer que lo encontraras. Cuando me lo quité, pensé que no volvería a verlo.

No lo había perdido, se había desprendido de él. Resistí la tentación de preguntarle por qué.

—Pues claro que lo encontré. Guarda todos los regalos que te he hecho.

Leña cerró el puño a su alrededor y apartó la mirada.

—Todos no.

Me di cuenta de que estaba pensando en el anillo de mi madre. También se lo había quitado, pero no lo encontré.

No, al menos, hasta aquella mañana, cuando lo vi en mi mesa, como si siempre hubiera estado allí. Volví a buscar en el cajón y abrí el puño de Lena para colocarle el anillo en la palma. Al sentir el frío metal, me miró.

¡También lo has encontrado!

No. Debía de tenerlo mi madre. Estaba en mi mesa cuando me he levantando.

¿No me odia?

Era una pregunta que sólo una Caster podía hacer. ¿La había perdonado el fantasma de mi madre muerta? Yo conocía la respuesta. Encontré el anillo dentro de un libro que me había prestado Lena, El libro de las preguntas, de Pablo Neruda, y la cadena servía de marca páginas bajo los versos: ¿Es verdad que el ámbar contiene las lágrimas de las sirenas?

Mi madre fue algo más que aficionada a la poesía de Emily Dickinson, pero le encantaba Pablo Neruda. Era como la espiga de romero que encontré en el libro de cocina favorito de mi madre las últimas Navidades, algo que era a la vez de mi madre y de Lena, como si así debiera ser siempre.

Respondí a Lena colgándoselo del cuello, donde le correspondía estar. Lo tocó y miró mis ojos marrones con sus ojos verde y oro. Sabía que seguía siendo la chica a la que amaba, sin importar el color de sus ojos. Ningún color podía cambiar a Lena Duchannes, que era un suéter rojo y un cielo azul, un viento gris y un gorrión de plata, unos cabellos negros escapando de detrás de la oreja.

Ahora que estábamos juntos, volvía a sentirme como en casa.

Lena se inclinó sobre mí y tocó mis labios suavemente. A continuación me besó con una intensidad que me estremeció. Sentí que encontraba el camino que llevaba de vuelta a mí, a nuestras curvas y esquinas, a los lugares donde nuestros cuerpos encajaban de forma tan natural.

—De acuerdo, definitivamente, este es un sueño de los míos —dije con una sonrisa acariciando su increíble masa de pelo negro.

Yo no estaría tan seguro.

Me acarició el pecho mientras yo aspiraba su olor. La besé en el hombro y la estreché contra mí hasta que sentí sus caderas hincándose suavemente en mi piel. Había pasado mucho y la había echado mucho de menos: el tacto de su piel, su olor… Cogí su rostro entre mis manos y la besé otra vez. Se me aceleró el corazón. Tenía que detenerme a coger aliento.

Me miró a los ojos y se echó sobre mi almohada con cuidado de no tocarme.

¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? ¿Es mejor que antes?

Sí, mucho mejor.

Me quedé mirando la pared y conté en silencio hasta que el corazón recuperó su pulso normal.

Que mentiroso eres.

La abracé, pero no me miró.

Nunca podremos estar juntos, Ethan.

Ahora lo estamos.

Le acaricié los brazos suavemente, observando que se le ponía la carne de gallina.

Tienes dieciséis años y yo cumpliré diecisiete dentro de dos semanas. Tenemos tiempo.

En realidad en años Caster ya tengo diecisiete. Soy mayor que tú.

Sonrió y la estrujé entre mis brazos.

Diecisiete. Da igual. Tal vez a los dieciocho sepamos cómo, L.

L.

Me senté y me quedé mirándola.

Lo sabes, ¿verdad?

¿El qué?

Tu verdadero nombre. Ahora que has Cristalizado lo sabes, ¿no?

Ladeó la cabeza y sonrió de medio lado. La coloqué encima de mí, con la cara frente a la mía.

¿Cuál es? ¿No te parece que debería saberlo?

¿Todavía no lo sabes, Ethan? Me llamo Lena. Es el nombre que tenía cuando nos conocimos. El único que siempre tendré.

Lo sabía, pero no pensaba decírmelo. Comprendí por qué. Lena estaba Cristalizando otra vez, decidiendo quién sería, vinculándose con las cosas que habíamos compartido. Sentí alivio, porque para mí ella siempre sería Lena.

La chica que conocí en mis sueños.

Nos cubrí con la manta. Aunque ninguno de mis sueños se parecía remotamente a aquello, al cabo de unos minutos nos quedamos profundamente dormidos.