20 de junio

Hijo de nadie

LA PUERTA EN SÍ NO era tan peculiar.

Ni el pasadizo que conducía hasta ella o el corredor en curva que tuvimos que recorrer antes de llegar. Recodo tras recodo a través de pasajes abiertos a través de rocas, tierra y madera astillada. Se suponía que así eran los Túneles: húmedos, oscuros y angostos; como cuando Link y yo seguimos a un perro vagabundo por los desagües de Summerville.

Supongo que lo más raro era el aspecto tan poco extraordinario de todo ahora que habíamos averiguado el secreto del mapa. Seguirlo era lo más fácil. Al menos hasta llegar a aquel punto.

—Esa es, no puede ser otra —dijo Liv levantando la vista del mapa.

Me fijé en una escalera de madera que teníamos delante y que conducía hasta una puerta por cuyas rendijas entraban delgados rayos de luz.

—¿Estás segura?

Asintió y se guardó el mapa en el bolsillo.

—Entonces, veamos adónde conduce —dije subiendo la escalera.

—No tan deprisa, Malapata. ¿Qué crees que hay al otro lado de esa puerta?

Ridley quería retrasar el momento. Estaba tan nerviosa como yo.

Liv estudió la puerta.

—Las antiguas leyendas dicen que es un lugar de magia antigua ni Oscura ni Luminosa.

Ridley negó con la cabeza.

—No sabes de lo que estás hablando, Guardiana. La magia antigua es brutal e infinita, el caos en su forma más pura. Una combinación que hará que tu pequeña investigación no culmine en un final precisamente feliz.

Me acerqué más a la puerta, con Liv y Link detrás.

—Vamos, Rid, ¿quieres ayudar a Lena o no?

La voz resonó entre aquellas paredes.

—Sólo digo que…

Oía el miedo en la voz de Ridley. Procuré no pensar en la última vez que lo había oído, a enfrentarse a Sarafine en el bosque.

Empujé la puerta, que crujió. La vieja madera se combó. Otro intento y se abriría. Y habríamos llegado a la ignota Frontera, fuera lo que fuese.

No estaba asustado. No sé por qué, pero cuando forcé la puerta no pensaba que entraba en un universo mágico, sino en casa, en mi casa. Aquella puerta no era distinta de la de la feria de Gatlin, la que estaba bajo el túnel del amor. Tal vez fuera una señal: lo que encontramos al principio de nuestro viaje reaparecía al final. Me pregunté si era un buen o un mal presagio.

No me preocupaba lo que pudiéramos encontrar al otro lado de la puerta. Lena estaba esperando y, lo supiera o no, me necesitaba.

Ya no había vuelta atrás.

Me apoyé en la puerta y se abrió. La rendija de luz se transformó en un sol blanco y cegador.

Me interné en la luz dejando la oscuridad a mi espalda. Apenas veía los escalones, que descendían. Respiré profundamente el aire con olor a mar y cargado de sal.

Loca silentia. En esos momentos lo comprendí. En el momento en que abandonamos la oscuridad de los túneles para emerger en el ancho y plano reflejo del agua sólo había luz y silencio.

Lentamente, mis ojos fueron acostumbrándose a la luz. Nos encontrábamos en lo que parecía una playa rocosa en plena marea baja, con conchas de ostras grises y blancas y rodeada por una desigual fila de palmeras. Junto al mar discurría un paseo de madera ya vieja con vistas a las islas. Aguzamos el oído esperando escuchar las olas, la brisa o alguna gaviota. Pero reinaba el silencio, un silencio tan espeso que nos mantenía paralizados.

Era un paisaje tan corriente como surrealista y vívido como el de un sueño. Los colores eran demasiado vivos, la luz demasiado intensa, y en las sombras lejanas que se divisaban más allá de la playa, la oscuridad era demasiado negra. Pero todo parecía hermoso, hasta aquellas sombras. Así actuaba aquel silencio mágico y envolvente. Nos rodeaba como una soga estableciendo entre nosotros una unión inextricable.

Eché a andar hacia el paseo de madera y las redondeadas formas de las islas emergieron en la distancia. Más allá sólo había una niebla densa y plana. La bajamar había dejado aquí y allá matas de hierba encharcada por encima del fangoso suelo. A lo largo de la playa había varios muelles que se extendían sobre las aguas hasta perderse en el negro horizonte. Parecían dedos de madera vieja y gastada, puentes hacia ninguna parte.

Miré al cielo. No se veía ninguna estrella. Liv consultó el selenómetro, dándole unos golpecitos.

—Las mediciones de este cacharro ya no son correctas. A partir de ahora debemos orientarnos sin ayuda —dijo. Se quitó su artilugio y lo guardó en el bolsillo.

—Lo suponía.

—¿Y ahora qué? —preguntó Link, que se agachó a coger una concha que luego arrojó lo más lejos posible con el brazo sano y que el agua se tragó sin el menor ruido.

Ridley se colocó a su lado. La brisa movía sus rubios cabellos con mechas rosas. A lo lejos, en el muelle que teníamos delante, ondeaba la bandera de Carolina del Sur —una palmera y una media luna sobre un campo azul oscuro—, que parecía una enseña Caster en su delgada asta. Pero al fijarme más detenidamente, me di cuenta de que aquella bandera era ligeramente distinta a la de Carolina del Sur: junto a la media luna y a la palmera había una estrella de siete puntas, la Estrella del Sur, como si hubiera caído del cielo para plantarse en aquella bandera.

Nada parecía indicar que aquel era el lugar de unión del mundo Mortal y el mágico. No sé qué esperaba, pero salvo una estrella de más en la bandera del estado y una sensación de magia densa como la sal de la brisa marina, nada había cambiado.

Avanzamos por el muelle y llegamos hasta la bandera. El viento había amainado y gualdrapeaba contra el asta sin el menor ruido.

Liv consultó el mapa.

—Si no me equivoco, tiene que estar más allá de la boya, entre el punto donde nos encontramos y esa isla.

—Yo creo que no nos hemos equivocado. —Estaba seguro.

—¿Por qué lo sabes?

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste de la Estrella del Sur? —dije y señalé la bandera—. Piénsalo un momento. Hemos venido siguiendo la estrella hasta aquí y ahora nos encontramos con esta en la bandera. ¿No será la que veníamos buscando? Supongo que es una especie de indicación de que estamos en el lugar correcto.

—¡Claro! La estrella de siete puntas.

Examinó la bandera, tocando la tela con cuidado, dejando que la idea fuera cobrando cuerpo poco a poco.

Pero no teníamos tiempo. Yo sabía que teníamos que seguir adelante.

—¿Qué estamos buscando? ¿Tierra o algún tipo de construcción?

—Pero entonces, ¿no era esto lo que buscábamos? —preguntó Link. Parecía decepcionado. Volvió a meter la cizalla bajo el cinturón.

—Creo que aún tenemos que atravesar el mar. En realidad, tiene mucho sentido. Es como cruzar la laguna Estigia para entrar en el Hades —dijo Liv extendiendo el mapa—. Según este mapa, tenemos que buscar un pasaje que nos lleve hasta la Frontera a través del agua. Un vado o un puente.

Colocó la piel de vitela sobre el mapa y todos miramos. Link cogió ambos.

—Sí, ya veo. Es increíble —dijo, poniendo y quitando la piel de vitela. Y soltó el mapa, que cayó sobre la arena mojada.

—¡Cuidado! —exclamó Liv agachándose para recogerlo—. ¿Es que estás mal de la cabeza?

—¿Mal de la cabeza? Al contrario, soy un genio.

Algunas veces, los diálogos entre Liv y Link se volvían completamente desquiciados. Liv guardó el mapa de tía Prue y seguimos caminando.

Ridley cogió a Lucille Ball. Casi no había hablado desde que abandonamos los Túneles. Quizás después de que la hubieran domesticado prefiriera la compañía de Lucille. O tal vez estuviera asustada. Sin duda conocía mejor que los demás los peligros que nos aguardaban.

El Arco de Luz me quemaba la pierna. Mi corazón palpitaba y la cabeza me daba vueltas.

¿Qué me estaba haciendo? Desde que entramos en aquella tierra de nadie que en el mapa aparecía con el nombre de Loca silentia, la luz había dejado de iluminar el camino para iluminar el pasado. El pasado de Macon. Se había convertido en vehículo de las visiones, en una línea directa a ellas que yo no podía controlar. Las visiones aparecían de forma intermitente introduciendo en el presente fragmentos del pasado de Macon.

Una hoja de palma crujió al pisarla Ridley. Luego otra cosa y me vi lejos de allí…

Tras chasquearle el hombro, Macon sintió de inmediato un dolor agudo, como si se le quebraran los huesos. Se le estiró la piel como si ya no pudiera contener la amenaza que se cernía desde su interior. Se quedó sin aire en los pulmones como si lo hubieran aplastado. Y empezó a ver borroso y a experimentar una sensación de caída a pesar de que se le hincaron las piedras al darse contra el suelo.

La Transformación.

A partir de ese momento no podría caminar en compañía de Mortales a la luz del día. El sol le abrasaría la piel y no podría ignorar el ansia de alimentarse de la sangre de los Mortales. Ahora era uno de ellos, otro Íncubo de Sangre del antiguo linaje de la familia Ravenwood.

Un depredador entre presas y siempre en busca de alimento.

Volví al presente tan súbitamente como me había abstraído de él.

Tropecé con Liv. Me daba vueltas la cabeza.

—Tenemos que seguir, estoy perdiendo el control.

—¿Qué quieres decir?

—El Arco de Luz… y las cosas extrañas que me pasan… por la cabeza —dije, incapaz de explicarme.

Liv asintió.

—Imaginaba que lo ibas a pasar mal. No sabía si un Wayward tan sensible como tú a la atracción de ciertos Caster podría verse más afectado por la energía particularmente poderosa de este lugar. Bueno, eso suponiendo que seas… —Eso suponiendo que yo fuera un Wayward.

—Entonces, ¿la Frontera ya te parece un lugar real?

—No. A no ser que… —Señaló el último de los muelles. Era el más viejo y estrecho de todos y mucho más largo que los demás. Tanto que no se veía el final, sólo que desaparecía por la nieva—. Ese podría ser el puente que hemos estado buscando.

—Parece cualquier cosa menos un puente —comentó Link con escepticismo.

—Sólo hay una forma de averiguarlo —dije, y eché a andar.

Nos abríamos paso entre conchas y tablas podridas, y yo me resbalaba a menudo. Estaba y no estaba allí. Iba pendiente del ácido diálogo de Ridley y Link y al instante siguiente me sumía en una nueva visión del pasado de Macon. Sabía que las visiones encerraban algún mensaje relevante, pero se acumulaban con tanta velocidad que me resultaba imposible pararme a averiguarlo.

Pensé en Amma, que habría dicho: «Todo tiene un significado». Intenté imaginar qué diría a continuación. «P.R.E.S.A.G.I.O. Siete vertical. No dejes de prestar atención al presente, Ethan Wate, porque te señala el camino al futuro».

Como siempre, tenía razón: todo tiene un significado, ¿o no? De todos los cambios de Lena habría podido deducir la verdad, pero no había prestado la suficiente atención. Intenté encajar los pasajes que recordaba de las visiones para urdir la historia que intentaban narrar.

Pero no tuve tiempo. Al llegar al puente me asaltó otra visión. El muelle no empezó a moverse. Dejé de oír las voces de Ridley y Link…

La habitación estaba a oscuras, pero Macon no necesitaba luz para ver. Tal como había imaginado, la estantería estaba repleta de libros dedicados a todos los aspectos de la historia de los Estados Unidos y particularmente a las dos guerras que habían forjado ese país: la de Independencia y la de Secesión. Macon pasó los dedos por los lomos de piel. Aquellos libros ya no le servían.

La suya era otro tipo de guerra, una contienda entre Caster que libraba contra su propia familia.

Oyó pasos encima de él. El ruido de la llave en forma de media luna al entrar en la cerradura. Las bisagras chirriaron y una rendija de luz entró por la trampilla del techo. Le daban ganas de estirar el brazo, de ofrecerle la mano para ayudarla a bajar, pero no se atrevía.

Llevaba años sin verla ni tocarla.

Sólo se habían comunicado por carta y mediante mensajes entre las hojas de libros que dejaba para él en los Túneles. Pero en todo ese tiempo no la había visto ni oído su voz. Marian se había asegurado de ello. La trampilla se abrió del todo y la luz entró en el cuarto.

Macon contuvo la respiración. Era aún más hermosa de lo que recordaba. Unas gafas de cerca rojas evitaban que su reluciente cabello castaño cayera sobre la cara. Sonreía.

—Jane. —Llevaba mucho tiempo sin pronunciar su nombre en voz alta. Era como una canción.

—Nadie me llamaba así desde… —Bajó la mirada—. Ahora me llaman Lila.

—Claro, ya lo sabía.

Lila estaba visiblemente nerviosa. Le temblaba la voz.

—Lo siento, pero tenía que venir, era la única forma. —Evitó mirarlo a los ojos—. Lo que tengo que decirte no podía dejártelo escrito en el estudio y no podía arriesgarme a enviarte un mensaje a través de los Túneles.

Macon tenía un pequeño estudio en los Túneles, consuelo de la vida solitaria y el exilio en Gatlin que se había impuesto. A veces Lila depositaba un mensaje entre las hojas de los libros que dejaba para él. Pero sus mensajes nunca eran personales, siempre estaban relacionados con su investigación en la Lunae Libri, eran respuestas posibles a preguntas que ambos se hacían.

—Me alegro de verte —dijo Macon acercándose a ella. Lila se puso tensa y a él pareció dolerle—. Estás a salvo. He conseguido dominar los ataques.

—No es eso. Es que… no debería estar aquí. Le dije a Mitchell que me quedaba a trabajar en el archivo y no me gusta mentirle. —Se sentía culpable. Aún era tan honrada como Macon recordaba.

—Estamos en el archivo.

—Eso es una trampa semántica, Macon.

Macon suspiró profundamente al oír su nombre en los labios de Lila.

—¿Qué es eso tan importante para que hayas corrido el riesgo de venir a verme, Lila?

—He encontrado algo que tu padre te ocultó.

Los negros ojos de Macon se oscurecieron aún más ante la mención de su padre.

—Llevo años sin ver a mi padre. No he vuelto a verlo desde… —No quería decirlo en voz alta. No había visto a Silas desde que lo manipuló y convenció de que tenía que dejar marchar a Lila. Silas y su retorcida visión de las cosas, su desprecio de Mortales y Caster. Pero Macon no dijo nada. No quería ponerle las cosas más difíciles a Lila—. La Transformación.

—Hay algo que tienes que saber —dijo Lila bajando la voz, como si lo que estaba a punto de decir debiera hablarse en susurros—. Abraham está vivo.

Macon y Lila no tuvieron tiempo de reaccionar. Se oyó un zumbido y una figura se materializó en medio de la oscuridad.

—Bravo, es mucho más lista de lo que suponía. Lila, ¿verdad? —dijo Abraham dando palmas—. Un error táctico por mi parte. Nada, sin embargo, que tú hermana no pueda enmendar. ¿No estás de acuerdo, Macon?

Macon frunció el ceño.

—Sarafine no es mi hermana.

Abraham se ajustó la corbata. Llevaba una de lazo típica del Sur. Con barba blanca y traje más parecía un coronel sudista que el asesino que en realidad era.

—No hay necesidad de ser grosero. Al fin y al cabo, Sarafine es hija de tu padre y es una pena que no se lleven bien —dijo, y se acercó a Macon—. ¿Sabes? Siempre tuve la esperanza de entablar esta conversación contigo, porque estoy seguro de que en cuanto hablemos, comprenderás tu lugar en el Orden de las Cosas.

—Sé cuál es mi lugar. Hace mucho tiempo que decidí Vincularme a la Luz.

Abraham se echó a reír con carcajadas estentóreas.

—Como si eso fuera posible. Eres un Íncubo, una criatura oscura por naturaleza. Esta ridícula alianza con los Caster de Luz para defender a los Mortales es una necedad. Tu sitio está con nosotros, con tu familia —dijo, y miró a Lila—. ¿Por qué te niegas a ocuparlo? ¿Por una Mortal con quien nunca podrás vivir? ¿Con una Mortal casada con otro hombre?

Lila sabía que Macon no había tomado la decisión únicamente por ella, pero sabía también que en parte lo había hecho por ella. Hizo acopio de todo su coraje y miró a Abraham.

—Vamos a encontrar la forma de acabar con esto. Los Caster y los Mortales no pueden limitarse a coexistir, deberían compartir algo más.

A Abraham le cambió la expresión. Su rostro se ensombreció y ya no parecía un viejo caballero del Sur, sino una criatura siniestra e inicua.

—Tu padre y Hunting —dijo mirando a Macon con una sonrisa—, esperaban que te unieras a nosotros. Ya le advertí a Hunting que los hermanos te decepcionan con frecuencia. Igual que los hijos.

Macon volvió la cabeza. Su semblante parecía un reflejo exacto del de Abraham.

—Yo no soy hijo de nadie.

—En cualquier caso, no puedo permitir que ni tú ni esta mujer interfieran en nuestros planes. Es una pena que le dieras la espalda a tu familia porque amas a esta Mortal y ella tenga que morir porque tú la has arrastrado a esto. —Abraham desapareció y se materializó delante de Lila—. En fin —dijo, y abrió la boca para mostrar sus colmillos.

Lila se tapó las sienes y gritó esperando un mordisco que no llegó. Macon se materializó entre Abraham y ella, que sintió el peso de su cuerpo como si la aplastara y empujara hacia atrás.

—¡Lila, corre!

Se quedó paralizada un instante viendo forcejear a Macon y Abraham con tanto ruido y violencia como si se abriera la Tierra. Lila observó que Macon tiraba al suelo a Abraham, quien profería gritos desgarradores. Y echó a correr.

El cielo giró en redondo lentamente. Liv debía de estar hablándome, porque la veía mover la boca, aunque no distinguía lo que decía. Volví a cerrar los ojos.

Abraham había matado a mi madre. Había muerto a manos de Sarafine, era cierto, pero Abraham había dado la orden. Estaba seguro.

—Ethan, ¿me oyes? —dijo Liv con nerviosismo.

—Estoy bien.

Me incorporé despacio. Los tres me miraban y Lucille se había sentado sobre mi pecho. Estaba tendido en medio del muelle.

—Dámelo —dijo Liv, intentando quitarme el Arco de Luz de las manos—. Actúa como una especie de vehículo de visiones metafísicas que no puedes controlar.

No cedí. No podía permitirme el lujo de perder una fuente de información tan valiosa.

—Dime al menos a quién has visto. ¿A Abraham o a Sarafine?

—No se preocupen. Estoy bien, pero no quiero hablar de ello.

Link me miró.

—¿Seguro que estás bien?

Parpadeé unas cuantas veces. Era como si estuviera sumergido y los viera a través de una masa de agua.

—Seguro.

Ridley estaba a un metro, secándose las manos en la falda.

—Las famosas últimas palabras de Malapata.

Liv cogió la mochila y miró el extremo de aquel muelle casi interminable. Me levanté y me puse a su lado.

—Hemos llegado —dije mirando a Liv—. Lo intuyo.

Me estremecí y, al mismo tiempo, noté que Liv también estaba estremecida.